Capítulo 2
Matt colgó el teléfono, aliviado. Rick tenía sus propios problemas con su nueva sumisa, una preciosa inspectora con mucho carácter y pocas ganas de ceder el control, pero siempre podía contar con él en casos así. Además, sabía que el escritor sentía mucho aprecio hacia Pam. Al día siguiente iría a su loft y hablarían sobre el siguiente paso a dar con la anticuaria, ahora debía ocuparse de ella.
-Puta, no sirves para nada.
-Por favor amo, basta, no puedo más –suplicó.
-Calla. Eres mía. Tu cuerpo es mío y haré con él lo que me plazca –alzó de nuevo el látigo y golpeó. Gritó con todas sus fuerzas, sintiendo como la sangre empapaba su piel. Sollozó. Iba a matarla. No podría sobrevivir a aquello. La mataría. Cerró los ojos con fuerza. Si no podía escapar, al menos no quería ver. Pero un nuevo latigazo la hizo volver. -¡Mírame, zorra!
-Amo… por favor…
-¡Cállate!
-Pam –la zarandeó –Pam, despierta.
-No, no por favor, para, por favor… -Pam lloraba en sueños. Preocupado, Matt se levantó y la dejó sobre la cama, arrodillándose a su lado.
-Pam, despierta –murmuró, su voz dulce. Ella abrió los ojos y miró a su alrededor. ¿Dónde estaba él? ¿Y el látigo? ¿Por qué la sangre ya no corría por su espalda? Temblando clavó su mirada en los ojos de Matt, perdiéndose en el verde intenso. Él suspiró, lo había asustado -. Ya pasó, era una pesadilla.
-Lo sé –murmuró, apartando la vista, avergonzada. Sabía muy bien que era una pesadilla, llevaba teniéndola durante meses, años. Matt le apartó el pelo de la cara, pegado a su frente por el sudor.
-¿Has hablado con Amanda de esto?
Amanda era su terapeuta. Una mujer especializada en traumas sexuales y casos de abusos y maltrato doméstico. Pam se sonrojó, él la miró, extrañado. Luego torció el gesto.
-¿Pam? ¿Has dejado la terapia?
Asintió, sin mirarlo. Él resopló. –No puedes hacer eso –masculló. Ella levantó la cabeza, con rabia.
-Sí puedo. Es mi vida, que quieras follar conmigo no te da derecho a meterte en… -se calló de golpe. ¿Qué estaba diciendo? Matt no quería follársela, quería ayudarla. Eran amigos y ella una desagradecida. –Lo siento –susurró.
-No sé si darte unos azotes por esa impertinencia o dejarlo para cuando estés menos cansada.
-¿Puedo elegir? –puso cara de niña pequeña, aliviada de que él no le hubiera dado más importancia a su réplica de la que le daría un amo disgustado por el comportamiento de su sumisa. Él aguantó la risa.
-No. Bocabajo –le indicó, fingiendo una frialdad que estaba lejos de sentir. Pam obedeció enseguida, discutir sólo empeoraba los castigos y siendo sincera consigo misma quería aquellos azotes, eran la mejor manera de olvidar las manos de su ex…
-¡Auch! –gritó. El azote fue duro, inesperado. Apretó los puños y miró hacia él.
-Serán diez –le dijo, impasible.
-Sí, señor –gruñó, dolorida. Esta vez él no pudo evitarlo y se rio.
-Sé una niña buena y después te compraré un helado –le dijo como si fuera una cría de seis años.
-¡Oh, sí, sí, helado! ¿Puedo elegir el sabor, papá? –continuó con el juego, poniendo una horrible voz infantil.
-No –contestó y la azotó de nuevo, esta vez en la sensible zona donde su trasero se unía a sus muslos. Ella gimió, empezando a dudar de que el dolor fuera el objetivo de las azotainas. El calor de las palmadas la animaba y cuando recibió la quinta se sorprendió a sí misma alzando las caderas hacia él. Matt la acarició y luego presionó su culo hacia el colchón. –Creo que esto está dejando de ser un castigo –comentó. Y le dio tres más, rápidas.
Pam sintió como la humedad corría entre sus piernas. Hacía siglos que no se sentía así. Volvió a alzarse, esperando el siguiente, ansiosa. Matt volvió a empujarla hacia abajo.
-Quédate quieta, princesa.
Pam trató de relajarse, pero su cuerpo había cobrado vida propia. Cada azote la hacía revivir, despertando de un largo sueño. Él sabía lo que hacía. Ella contó mentalmente, nueve, diez. Y luego suspiró, queriendo más. Pero él paró, no sólo de azotarla, sino de tocarla. Se levantó, en silencio, parecía debatir consigo mismo. Pam miró sobre su hombro, sorprendida. Nunca antes había visto a un amo dudando. Aquello era… confuso.
Matt le acarició distraídamente sobre las nalgas maltratadas mientras meditaba sobre su siguiente paso. Ella estaba excitada, eso lo tenía claro. Parar podía disminuir la poca confianza que ella tenía en él como amo; seguir podía llevarla a otro ataque de pánico.
-¿Amo? –la voz asustada de Pam interrumpió sus pensamientos. -¿He hecho algo mal?
Él se sentó a su lado, tranquilizándola con la mirada. –No, cariño. Todo está bien. –La obligó a incorporarse para tomarla desde la nuca y besarla. Se apartó cuando sus propios latidos comenzaron a superar los de ella. Por ahí no, no hoy. –Vamos a intentarlo de nuevo –le dijo, ladeando la cabeza hacia la cruz. Pam negó. –Pam…
-No quiero.
-Pam, escúchame, si no lo intentas jamás volverás a disfrutar de esto.
-He dicho que no –replicó, su voz helada. Al instante palideció, su ex jamás hubiera permitido que le hablara así, él le hubiera dado un bofetón y después…
-Está bien –respondió, levantándose. Lo miró sorprendida, Matt cogió las ropas dobladas y se las entregó sin mirarla. –Vístete, la sesión ha terminado.
-Estás enfadado –susurró, notando un nudo en la garganta. ¿Por qué no la comprendía?
-No lo estoy –contestó, esperándola apoyado junto a la puerta.
-Pero te he decepcionado –insistió. Dolía que un amo la mirase así, dolía más que los golpes. Él se encogió de hombros.
-Tu cuerpo deja de ser mío en el momento en que me dices no.
-Yo no… no puedo hacer esto… no hoy.
-¿Te recuerdo a él? –le preguntó de repente. Ella no contestó, agachó la mirada, sin poder hablar. Matt suspiró.
-Termina de vestirte, te llevaré a casa.
-Matt…
-Pam, déjalo. Estás cansada, te he presionado demasiado pronto. Vamos, es tarde.
Aguantando el llanto se vistió y salió al pasillo, sin esperarle. Matt la siguió en silencio, sintiéndose culpable al notar como trataba de esconderse de él. Sin decirle nada la tomó de la mano y se la acarició mientras caminaba con ella hacia el ascensor. Una vez dentro la abrazó, con fuerza.
-Lo siento –murmuró -. No estoy enfadado contigo, sino conmigo. No debí presionarte, no tan pronto.
-No te… no… no… no te veo como a él –sollozó.
-Lo sé –le aseguró, mientras limpiaba sus lágrimas -. Tranquila.
-Matt… ¿puedo… puedo dormir en tu casa esta noche? –preguntó avergonzada. Él contuvo una sonrisa, se la veía adorable con ese rubor en las mejillas, a pesar de las lágrimas y de los pequeños temblores que aún la atravesaban. Asintió.
Pam se sintió nerviosa, era la primera vez en dos años que dormiría bajo el mismo techo que un hombre. Matt se hizo un lado para dejarla pasar y encendió la luz de su apartamento. La anticuaria sonrió, el piso no había cambiado nada desde la última vez que estuvo allí. Él se acercó a la cocina y sacó una botella de agua de la nevera. -¿Quieres?
-Sí, por favor.
-Podríamos ver una película si no estás muy cansada.
-Pues… la verdad es que estoy agotada –dijo en voz baja, sin mirarlo. Matt suspiró, Pam tenía miedo de hacerlo enfadar, otra secuela de meses de maltrato. El pelirrojo caminó por el pasillo y volvió con una almohada, una manta y su pijama. –Ya sabes dónde están mi habitación y el baño.
-¿Vas a dormir aquí?
-Por supuesto.
-No… yo estaré bien en el sofá, vete a la cama.
-Me gusta mi sofá –replicó –Y no me harás cambiar de opinión.
-Pero…
-No lo hago por ti, preciosa, sino por mí. Así mañana no podrás negarte cuando te pida que me prepares tortitas para desayunar.
-¿Sigues sin saber cocinar? –se burló.
-Voy por los huevos fritos, la semana que viene me pasaré al nivel dos: salchichas y tortillas.
Empezó a desnudarse, sin pudor, para después tumbarse en el sofá y volverse.
-Apaga la luz, por favor. -Ella negó con la cabeza, una sonrisa dibujándose en sus labios y caminó hacia el pasillo.
-Buenas noches, Matt.
-Que descanses.
-o-
Pam se sentía bien, de hecho hacía mucho tiempo que no se había sentido tan bien. La mañana había sido divertida; había tratado de enseñar al pelirrojo a cocinar tortitas, pero tras seis quemadas y una pegada a los azulejos de la cocina lo había dejado por imposible y le había "ordenado" poner la mesa. Era extraño darle órdenes a un amo, Jack jamás lo hubiera permitido, pero Matt era… diferente. Él había fruncido el ceño como un niño pequeño, murmurado algo parecido a "no lo hacía tan mal" y sacado el mantel y los cubiertos. Después él se había disculpado, diciendo que tenía dos operaciones y que la llamaría.
-Estás sonriendo –Miranda la miraba como si nunca jamás la hubiera visto feliz y quizás fuera así. Pam se encogió de hombros. –Sienta bien verte contenta. Pareces otra.
-Gracias. ¡Y ahora a trabajar! Ha llegado una colección de primeras ediciones de novelas y quiero que las clasifiques por fechas.
-A sus órdenes. –La joven tomó la caja y se retiró a la trastienda, para dos minutos después gritar de sorpresa.
-¡Pero qué te pasa!
-Podrías haberme avisado –replicó, sosteniendo en alto un ejemplar de El amante de Lady Chatterley y otro de Delta de Venus.
-No irás a decirme que te molesta un poco de lectura erótica.
-¿Molestarme? ¿Me puedo quedar con alguno? –preguntó con entusiasmo.
-Supongo que puedes… -repuso volviendo a la tienda.
-Me lo quitarás del sueldo, ¿verdad? -La oyó decir desde el interior.
Matt salió del loft de su buen amigo sintiendo una mezcla entre envidia y felicidad. Parecía que Rick por fin iba a reconocer lo que sentía por aquella inspectora y si no lo hacía sería simplemente por cobardía. Matt había sido testigos de las miles de relaciones basadas exclusivamente en sexo y sumisión que su amigo había tenido a lo largo de los últimos años; él mismo se había ocupado de consolar a algunas de las chicas que se habían visto rechazadas sólo por querer más. Pero con Kate Beckett era distinto, Matt lo había notado la noche en que la había conocido en el club; Rick siempre había sido muy cuidadoso a la hora de jugar, jamás apartaba su atención de la sumisa, pero esa vez había ido más allá. Richard Castle amaba a esa mujer y si no se lo decía pronto, Matt le clavaría un bisturí en la yugular. Era su mejor amigo, estaba harto de verlo tan solo. Ella lo hacía feliz. Y él podía hacerla feliz.
Mientras conducía sus pensamientos volvieron hacia la anticuaria. La noche anterior no había ido bien, ella seguía aterrada por mucho que intentase negarlo. Y sin embargo, durante el desayuno le había azotado con la cuchara de echar la masa de tortitas en la mano y lo había mandado a buscar cubiertos y platos. Pam era valiente y quería curarse. Quería olvidar el sufrimiento y él se aseguraría de que así fuera. No pudo evitar reírse al pensar en la cara que pondría cuando le dijese que al día siguiente Richard compartiría la sesión con ellos. Y además la inspectora los acompañaría. Bueno, ella podría disfrutar de la sesión… si no lo mataba antes.
-¡Qué has hecho qué!
Pam no daba crédito. Nada más llegar a su apartamento él la había llamado. Y el cabrón todavía se atrevía a decirle que era para darle buenas noticias.
-Nena, escucha... –Y encima le hablaba como si fuera una niña pequeña. ¡Eso sí que no!
-No escúchame tú, zanahorio, dile a tu amigo que no soy un espectáculo porno, no voy a…
-Pam, preciosa, ¿tengo que recordarte aquella noche?
La anticuaria agradeció que él no pudiera verla en esos momentos, se había puesto roja al recordar el trío que habían hecho los tres cuatro años atrás. Como la habían besado, acariciado… como había estado con los dos a la vez. Se sorprendió abanicándose con una mano mientras que la otra sostenía el teléfono.
-¿Nena? ¿Estás ahí?
-Sí… -Pam, céntrate –Lo que te decía, no pienso jugar delante de…
-¿Cuál es el problema? –la interrumpió él.
-¿Aparte de qué no me has avisado y de que llevo siglos siendo completamente monógama?
-Lo primero es lo de menos, como amo que soy no tengo por qué consultarte nada sobre el sexo y en cuanto a lo otro, Rick sólo mirará, no va a tocarte. No si no quiere que la poli le pegue un tiro en los huevos.
-Matt, no quiero hacerlo –dijo, molesta.
-Parte de tu miedo reside en esa idea de que si te hiciera daño nadie podría protegerte –le respondió, con suavidad -. ¿No te sentirías mejor sabiendo que habrá más alguien allí?
-Tendré que desnudarme delante de él –dijo en apenas un hilito de voz. Enseñarle sus cicatrices, mostrar sus señales de debilidad y de…
-Eres una mujer preciosa con un cuerpo increíble y unas cicatrices que demuestran lo fuerte que eres –le dijo, su voz enojada; ningún amo toleraba autocríticas de una sumisa sobre su cuerpo. Años atrás, cuando ella le había dicho que odiaba sus tetas, demasiado grandes, él la había puesto sobre sus rodillas y le había dejado el culo al rojo vivo. Nunca más había criticado sus pechos. Pero ahora no se trataba de vergüenza por defectos físicos sin importancia, la sola idea de que algún hombre viera su espalda y su trasero cubierto de cicatrices le provocaba nauseas. Pero era Rick… y él había sido muy bueno con ella…
-¿Sigo teniendo mis palabras de seguridad? –preguntó, nerviosa.
-Eso no tienes que preguntarlo –contestó con un bufido. ¡Cómo si fuera a dejarla indefensa!
-Y la inspectora esa… ¿cómo es?
-Impetuosa, contestona, poco dispuesta a obedecer… y además me odia.
-Creo que me caerá bien –comentó, él se rio.
-Venga, cariño, ¿no tienes curiosidad por conocer a la mujer que ha atrapado a Richard Castle?
-¿Sólo estarán ellos?
-Que pronto te olvidas de mí –protestó.
-Matt…
-Nadie más, te lo prometo.
-Voy a arrepentirme de esto –murmuró para sí -. Está bien, de acuerdo.
-Espera, ¿has dicho que sí? Porque tenía un ticket para un spa como soborno.
-Sí, idiota, he dicho que sí. Y ahora si no te importa necesito una ducha. –Le colgó, suspirando. Matt estaba loco y ella por seguirle el juego también. En fin, al menos conocería a esa mujer, sentía mucha curiosidad, si había conseguido que Rick volviera a ser el que era antes de lo ocurrido con Kyra, es que debía ser una mujer extraordinaria.
-o-
-¿Qué haces aquí? –Lo miró sorprendida, muerta de sueño. Esa mañana no trabaja, Miranda abriría la tienda y ella aprovecharía apra dormir, pero parecía que él tenía otros planes.
-Nos vamos a los Hamptons –anunció.
