Capítulo 4

-Quítate la ropa –le ordenó fríamente. Pam se congeló ante el tono de su voz, recordando como esa frialdad la había atravesado una y otra vez, tiempo atrás.

-¿No me has oído? ¡Muévete!

-Jack, por favor… -suplicó. Aún tenía un cardenal del día anterior, le dolía, muchísimo.

-¿Jack? –repitió en voz baja. La tomó del cuello, apretando con fuerza, hasta que le lloraron los ojos -. No soy Jack para ti, puta. Soy tu amo, haz lo que te digo o te arrepent…

-¡Pam! Vuelve conmigo, nena.

El grito la hizo volver. Su exmarido no estaba por ninguna parte, en la cocina sólo estaban Pam y Matt. Matt, su actual amo, porque ella así lo quería. Se abrazó a sí misma, se sentía helada. El pelirrojo se acercó a ella y la abrazó, hablando sobre su oído. –Hago esto porque me importas y porque lo necesitas. Lo sabes, ¿verdad?

-S… sí –tartamudeó. Matt se apartó de ella, su mirada de nuevo fría y se cruzó de brazos.

-Desnúdate. No quiero repetírtelo.

-¿Qué vas a hacer? –se atrevió a preguntar. Matt arqueó una ceja.

-Castigarte. Fuera la ropa, ahora.

-¿Cómo? –insistió ella. El veterinario negó; Pam quería llevar el control y él no iba a permitírselo.

-¿Cómo? –repitió -. Como yo quiera. Si quiero golpear tu trasero desnudo, lo haré; si quiero decirle a mi amigo que te azote con su cinturón, lo haré. Te castigaré como me dé la gana. Y Pam, estás vestida y estoy empezando a perder la paciencia. Desnúdate, ¡ya!

Intentó calmarse, recordar que él jamás le haría daño. Se desnudó como pudo, su corazón latiéndole a mil por hora y sus manos temblando. ¿Qué iba a hacer? ¿Le dolería? ¡Tonta, claro que te va a doler, es un castigo! Había pasado mucho tiempo desde que la castigasen de verdad. Mientras se quitaba el sujetador oyó como el amo se remangaba la camisa y alzó la mirada. Observó cómo Matt doblaba la manga sobre su codo y hacía lo mismo con la otra, tranquilo, sin perder la calma. Pam respiró hondo, aquel gesto siempre le había parecido intensamente erótico. Y con él, el miedo se marchó, al menos en su mayor parte. Jack nunca había sido amigo de la calma, siempre lo había acelerado todo, pero Matt no. Matt hacía las cosas a su ritmo y le había enseñado como la anticipación podía ser la mejor herramienta para despertar el deseo en alguien. Comenzó a excitarse, aun sabiendo que lo que vendría sería doloroso.

-Las bragas –Matt llamó su atención, indicándole que no había acabado. Se las quitó y las dejó en el suelo, a sus pies. El pelirrojo miró a su alrededor y después señaló el cajón de los utensilios de cocina. – Busca algo ahí con lo que pueda azotarte.

Dejándola perpleja empezó a recoger los platos de la isla, silbando una cancioncilla. Unos segundos después se giró: -¿Pam? ¿No he sido claro?

-Lo siento –se apresuró a abrir el cajón y mirar. ¿Algo para azotarla de ahí? ¿Qué podía elegir? Mientras decidía una brisa atravesó la ventana. Pam se sobresaltó, al sentir el aire sobre sus nalgas desnudas. Buscó con la mirada las bragas, pero su amo adivinó las intenciones.

-Vístete sin permiso y te llevaré así al pueblo –le advirtió.

No se atrevería… ¿o sí? Matt como amo era inflexible, pero… La anticuaria decidió que no quería averiguarlo y desechó la idea de coger su ropa interior. Volvió a concentrarse en el cajón. ¿Qué diablos iba a elegir? ¿La espumadera? Dios, eso dolería. ¿La pequeña tabla de cortar con mango? O…

-Ya está, señor –anunció, preocupada, con poco entusiasmo. El amo tendió la mano, esperando. Aceptó la cuchara de madera que su sumisa le ofrecía y la examinó con atención.

-Buena elección –la felicitó -. Colócate sobre la isla, las piernas separadas, la cabeza gacha, el culo bien alto –le indicó.

-Sí, amo –musitó. La postura era excitante, pero la cuchara de madera no tenía ningún objetivo erótico. Quería causarle dolor para asegurarse de que no volviera a cometer el mismo error. Se colocó tal como le había ordenado y apretó los puños. Lo mejor de los castigos era el consuelo. Tras el dolor, vendrían sus abrazos. Con Jack no había sido así, no cuando mostró su verdadera cara. Con él los castigos habían acabado con horas de abandono y frío, pero Matt no era como él. Matt la cuidaría.

-Hago esto porque acordamos no hablar del trío con otros –le dijo -. Estoy enfadado, Pam.

-No fue mi intención –murmuró, suplicante.

-Lo sé –Serás castigada igual, no lo dijo, pero lo dio a entender. Pam cerró los ojos y entonces llegó. El primer azote con la cuchara de madera sobre su trasero. Gritó de dolor y se obligó a calmarse y no moverse. Matt acarició la zona golpeada, con suavidad. -¿Cuántos crees que mereces, princesa?

La ponía a prueba. Si decía un número razonable lo aceptaría, si optaba por su comodidad, serían muchos más. Pensó como un amo, se puso bajo la piel del pelirrojo, imaginando cuantos azotes le daría él y probó, tentando la suerte: -¿Quince?

Matt sopesó la oferta y después asintió. La chica no había pensado al hablar con la inspectora del trío, no era un error tan grave, no podía dejárselo pasar, pero tampoco tenía que alargarlo demasiado. Le acarició el pelo, con dulzura –Muy bien, cariño, has sido sincera y valiente, quince entonces.

Y cayó el siguiente, con la misma fuerza que el anterior. Gimió, dolorida y sintió como resbalaba sobre la encimera. Si al menos tuviera algo a lo que agarrarse… Matt volvió a acariciarla, sus dedos calmando la castigada piel. Arriba se escuchó movimiento y supuso que el escritor estaba conteniendo a la inspectora. Le sorprendía que ella no hubiera bajado aún y le hubiera apuntado con su arma. Quizás la charla que había tenido con Kate la había hecho entender. Notó como la mujer que esperaba otro azote se relajaba y alzó el brazo de nuevo.

-¡Ahh! –Se quejó. Tres, sólo iban tres y le dolía muchísimo. Apretó los dientes, odiaba gritar en un castigo, darle el gusto al amo. Y además Kate estaba arriba. Ella parecía tan fuerte… no quería parecer débil, no para esa mujer. Durante los dos siguientes se mordió el labio, con fuerza. Matt se colocó delante de ella, poniendo un dedo bajo su barbilla.

-Si te muerdes el labio te vas a hacer daño –la regañó.

-No quiero que me oigan –gimió. Matt miró hacia el techo, sorprendido y volvió a centrarse en ella.

-Es en mí en quien debes poner toda tu atención, Pam, no en ellos. Si te duele, grita. Me da igual lo que ellos piensen. Y a ti también debería darte igual.

-Creerá que soy débil –susurró, avergonzada. El pelirrojo le acarició el rostro.

-Un monstruo te hizo daño –le dijo en voz baja -. Y aun así estás aquí. No eres débil, eres muy valiente. Grita si quieres, cariño, eso no te hará débil. Si te oyen, que te oigan.

Volvió a colocarse detrás de ella y esperó a que su cuerpo le dijera que estaba lista para más. La azotó de nuevo, esta vez más suave, para seguidamente darle otro tan duro como los anteriores. Pam gritó y sus ojos se llenaron de lágrimas. Duele. Uno tras otro los golpes cayeron sobre su culo, hasta que lo sintió en llamas. Los contó mentalmente. Doce, todavía quedan tres… duele

Se colocó de nuevo frente a ella y le limpió las lágrimas, con ternura, haciendo que salieran más. Pam jamás había entendido como la mano de un amo podía azotar con tanta dureza y al mismo tiempo limpiar las lágrimas con dulzura. Apretó la mejilla contra la palma, necesitando su consuelo. Matt se agachó y la besó, saboreando sus labios, salados por el llanto. –Sólo quedan tres, cariño –le dijo.

-Duele… -sollozó.

-Lo sé, princesa –respondió, sincero. Matt se acercó a su trasero, que había pasado del blanco al rosa en cuestión de segundos. Ahora estaba muy rojo, suspiró, tendría que echarle una pomada después, no quería que le salieran cardenales. Odiaba oír los sollozos ahogados de su sumisa, que no le temblase la mano a la hora de castigar no quería decir que disfrutase con aquello. Alzó el brazo y lo dejó caer; Pam aulló y se retorció, pero no paró. La sujetó con firmeza, impidiéndole mucho movimiento y le dio los dos últimos azotes, uno en cada mejilla. Después arrojó la cuchara a un lado y cogió en brazos a la mujer sollozante. Fue con ella hasta una salita y se sentó, Pam sobre su regazo, ladeada para evitar que su castigado trasero se rozara contra la tela de su pantalón. Le frotó la espalda, murmurando en voz baja: –Lo has hecho muy bien, estoy orgulloso. Ya ha pasado, mi niña, shhhh, ya está.

Estuvieron ahí sentados un buen rato; una media hora después ella no lloraba, pero aún soltaba pequeños hipidos. Matt jugaba con su pelo, enredando sus dedos en él, sin prisas. Pam podría necesitar toda la mañana para recuperarse y él se la daría. Ningún amo que se precie presionaría a una sumisa tras un castigo. Había un momento para cada cosa y ahora tocaba cariño y consuelo. Y eso le daría.

-¿Puedo hacer algo por ella? –El pelirrojo alzó la vista, sorprendido. Kate los miraba desde la puerta, preocupada pero, y era aquello lo que extrañaba al amo, sin una mirada acusatoria. ¿Tanto había influido en la inspectora la charla que habían tenido un rato antes? Le dio un beso en el pelo a su sumisa antes de mirar hacia ella:

-Hay chocolate hecho en la nevera. ¿Podrías calentar una taza y traérsela?

-Claro.

-Gracias, Kate.

Cuando la inspectora se dirigió hacia la cocina el escritor la sustituyó. Se acercó a la pareja y le enseñó un bote de pomada.

-Gracias.

-De nada –murmuró, arrodillándose junto a ellos. Pam no reaccionó, tenía la cabeza enterrada entre el pecho del veterinario y su propio cabello. –Gírala –dijo en voz baja, sin querer molestarla mucho. Matt la colocó de tal manera que su trasero estaba al alcance de las manos del escritor. Rick aplicó un poco de pomada sobre su mano y la extendió sobre su culo. Pam siseó y se retorció. Su amo la sostuvo.

-Sólo será un momento, bonita. Tranquila… eso es, muy bien. –El escritor extendió bien la crema. Luego se incorporó, acariciando su cabello. Se giró, dispuesto a marcharse y dejarles intimidad, cuando la sumisa lo llamó, con una vocecilla culpable.

-Lo siento, Rick… -Él la miró, confuso y luego comprendió. Le pedía disculpas por haber hablado del trío, claro, él era la otra parte implicada. Se acercó a ella y le dio un beso en la frente, diciéndole lo que ella necesitaba oír.

-Te perdono, cariño. Ahora descansa.

Kate llegó en ese momento y sin decir nada le entregó la taza. Matt la tomó por ella y la probó, asegurándose de que estuviera a una buena temperatura. La acercó a los labios de Pam: -Bebe, cielo, te sentirás mejor.

Mientras le daba de beber observó a la otra pareja. Kate miraba a su amo, como si no supiera como actuar. Rick la tranquilizaba con la mirada. El veterinario quiso suavizar el ambiente, se suponía que el fin de semana en la playa sería relajante para las dos sumisas, no quería estropearlo. Con cuidado, obligó a Pam a mirarlo, parecía más tranquila.

La anticuaria se sentía mejor a pesar del dolor; las caricias y los mimos de su amo y la compresión de la pareja que los acompañaba la ayudaban. Había cometido un error pero ahora estaba saldado, los amos no volverían a mencionarlo, no cuando ella… -Lo siento amo –murmuró, su voz más sincera que nunca -. Siento haber hablado de lo que era un secreto nuestro.

-Lo sé, cielo. Borrón y cuenta nueva –le prometió. Pam, tímida le dio un beso en los labios, rezando para que él no la rechazara. Por supuesto no fue así: Matt le permitió tomar de él lo que quisiera, aceptando que se apartase con demasiado rapidez. Se puso en pie con ella, asegurándose de que las piernas la sostuvieran. Luego habló en voz alta, alegre. –Ahora me gustaría haceros una propuesta.

-¿Comprarme una cuchara de madera nueva? –preguntó Rick, molesto; Pam no pudo evitar reírse. Matt la rodeó con los brazos, aliviado.

-Hace un par de meses empecé un nuevo proyecto aquí, en los Hamptons.

-¿Has abierto otro refugio de animales? –se interesó el escritor.

-Así es, se aceptan donaciones, por cierto, pero a lo que iba: quería pasarme a ver qué tal están los chicos, pensé que os gustaría venir.

-A mí me encantaría –Kate respondió entusiasmada. Pam asintió. Rick se encogió de hombros.

-Si queréis pasar la mañana viendo bichos…

-¿Cómo puedes decir eso? ¡Tú tienes un gato!

-Es sólo que cuando te dije de venir a mi casa en la playa pensaba más en ti tomando el sol desnuda –repuso. Matt se rio:

-Hay tiempo para eso –le dedicó una mirada lasciva a su sumisa, quien se ruborizó -. Además no te lo estaba ofreciendo a ti, se lo decía a ellas.

Ambas se miraron, divertidas. Pam parecía haber olvidado el castigo. Rick rodeó la cintura de Kate de forma posesiva, ésta lo miró, sorprendida. ¿Estaba celoso? -¿Podríais adelantaros? Dame la dirección e iremos en una hora, Kate y yo tenemos algo que hacer.

-¿Ah, sí?

-Sí –replicó él, indicándole que cerrase la boca. Kate frunció levemente el entrecejo y se encogió de hombros, indiferente. Pam le guiñó el ojo, confundiéndola aún más. ¿Qué sabía ella?

Matt apuntó en una libreta la dirección y luego tomó a su chica de la mano. –Creo que necesitas algo de ropa –comentó, pellizcando su trasero. Pam se sobresaltó y le dio un manotazo, corriendo escaleras arriba. El veterinario la siguió y la dejó atrapada entre su cuerpo y la pared. Abarcó un pecho con la mano, juguetón, apoyando la otra junto al rostro de la rubia. Ella jadeó. Ahora que el efecto del castigo se había ido, el dolor era bien recibido, enviando chispas de placer por todo su cuerpo. Matt se acercó, atrapado su labio inferior entre sus dientes y tirando suavemente de él.

-¿El dolor te excita, preciosa? –susurró, seductor. Pam asintió, cerrando los ojos, los labios de él trabajando ahora en su cuello, su mano apretando su trasero, calentándola. Matt la acarició entre las piernas, sus dedos volvieron húmedos. Chupó uno, haciendo un gesto de placer. –Eres deliciosa, pequeña. ¿Quieres?

-Sí –gimió. El amo llevó su mano hasta su boca; ella abrió los labios y su lengua jugó con sus dedos, lamiéndolos despacio. Se saboreó a sí misma y sintió como más humedad empapaba sus muslos. Matt volvió a tocarla allí, haciendo círculos perezosos sobre el clítoris, acercándola cada vez más al clímax. Y entonces paró. -¿Amo? –gimió, frustrada.

-Ve a vestirte, cariño. Te espero aquí.

-¿Me vas a dejar así? –se atrevió a preguntar, indignada. Él se rio, ladeando la cabeza hacia la puerta del dormitorio.

-Y lo que te queda. Ponte un vestido y sin bragas. Te quiero disponible para mí.

Ella apretó los labios, callándose el insulto que tenía preparado para él y fue hacia el armario. Se pudo un vestido liso, de tirantas, muy escotado y tal como el amo exigía, sin bragas. La falda le rozaba las rojas nalgas y la hacía gemir ante la sensación. Contuvo un grito al sentarse para ponerse los zapatos, unos altos tacones que estilizaban sus piernas. Pensó con envidia en las largas piernas de la inspectora y suspiró. Bueno, al menos ella tenía pechos. Demasiado grandes, observó con disgusto. Pero naturales. Y a Matt le encantaban.

-¿Nena? Si no estás lista en cinco minutos iré a por ti.

-¡No me metas prisa! –replicó. Su cuerpo se congeló de golpe, ¿qué había dicho? Matt se acercó, serio, ella alzó los brazos, en auto reflejo de protegerse el rostro. El pelirrojo la tocó, obligándola a mirarlo. Le sostuvo la mirada durante minutos, hasta que ella se relajó, bajando los brazos. –Lo siento… -murmuró. ¿Por qué se defendía de él? Matt no era un monstruo. El veterinario la ignoró y llevó su mano hasta el interior de su vestido, comprobando algo. Asintió, satisfecho e introdujo un dedo dentro de ella.

-Perfecto –comentó, penetrándola con él; una, dos, tres veces. El miedo fue ahuyentado para que el deseo pudiera regresar. Pam se cerró contra ese dedo, gimió, pero de nuevo, él se alejó. –Vamos, los perros te van a encantar.

Llegaron de la mano junto a los coches, Rick estaba allí, destapando un coche. Un ferrari. Para ellos. Matt lo miró como un niño pequeño, emocionado. La rubia se adelantó:

-¿Puedo llevarlo?

-¿Eh? ¡Ni hablar, conduzco yo! –protestó él, pero Pam ya miraba suplicante el escritor, quien acabó decidiendo. Matt negó con la cabeza.

-Hace contigo lo que quiere –se burló.

-Y contigo –replicó. Pam era la consentida del grupo, eso nadie lo dudaba. La anticuaria se sentó entusiasmada tras el volante y se levantó de golpe, aullando. Ambos la miraron, Matt se rio.

-¿Te duele algo, cielo?

-Cabrón –masculló. El pelirrojo abrió la puerta, tendiendo la mano.

-Las llaves, por favor. –Pam se rindió, demasiado iba a ser estar sentada sin moverse como para conducir. Rick se apiadó de ella, divertido.

-Te dejaré llevar el que tengo en la ciudad.

-Te tomo la palabra –contestó, frotándose el trasero, dolorida, antes de sentarse en el asiento del copiloto, esta vez con mucho cuidado.

-Nos vemos allí en un rato –Rick se despidió de ellos. Matt asintió.

-Gracias por esto, a ver si funciona.

-Funcionará –aseguró, alejándose. Pam los miró, extrañada.

-¿Funcionará?

-Esto es los Hamptons, la playa de los ricos. Si ven a un tío entrando con un ferrari a un refugio pensarán: ¿mi vecino millonario va a donar en ese refugio y yo no?

-Y para demostrar que ellos también pueden sacarán el talonario –concluyó.

-Exacto. A menudo la solidaridad es sólo sinónimo de aparentar –murmuró.

-¿Y eso no te molesta?

-¿A mí? Si lo que quieren es hacerse una foto con un perrito abandonado para enseñarla a sus amigos, que se la hagan. A mí mientras que donen, me la suda –masculló y arrancó.

El refugio no estaba muy lejos, llegaron en un cuarto de hora. Pam admiró el edificio, no se parecía en nada a una perrera, sino que era una pequeña mansión. Matt la observó, sintiéndose orgulloso de su trabajo y tomando de la mano a la mujer se dirigió a la entrada. Allí un chico de poco más de veinte años los recibió:

-Señor Anderson, señorita.

-Michael, te he dicho en mil idiomas que me llames Matt. Pam, él es Michael, es uno de los cuidadores.

-Encantada.

-Un placer.

-¿Cómo va todo? –Matt le preguntó, serio. El joven suspiró.

-Tranquilo, Holly no ha podido venir, está enferma así que estamos solos Alex, Danielle y yo. Ya les hemos dado las raciones diarias. Ah y creo que Nilo se ha hecho algo en una pata, está cojeando.

-Le echaré un vistazo –dijo -. ¿Estás tú en la recepción?

-Sí. He vuelto a llamar a la agencia, se suponía que nos mandarían a alguien para ocuparse de esto, pero nada.

-Les llamaré luego –dijo, de mal humor -. ¿Alguna donación?

-Una típica Paris Hilton que no ha querido ni darme la mano y un anciano muy agradable. No sólo nos ha hecho una donación de 3000 dólares sino que además se ha llevado a Leo.

-¡Eso es genial! –Matt por primera vez pareció contento. Pam no pudo evitar sentirse orgullosa de él, se le veía tan preocupado por esos animales… El veterinario se volvió hacia ella.

-Vamos, te enseñaré a los chicos –Luego miró al muchacho -. En un rato vendrán una pareja de amigos, déjalos pasar.

-De acuerdo, estaré atento.

-Vamos, nena.

La llevó hasta una puerta situada en un pasillo del edificio que daba a un precioso jardín, le recordaba al claustro de un convento, sólo que en los pórticos se disponían las perreras, todas ellas amplias y limpias. Había unas diez, cada una de ellas de unos diez metros cuadrados y sorprendentemente con las puertas abiertas. El jardín disponía de un pequeño estanque, de agua limpia, además de algunos árboles que daban sombra. Los perros vagaban allí a sus anchas. Pam lo miró, maravillada.

-Esto es precioso.

-Quería algo cómodo, las típicas perreras me dan nauseas –dijo.

-¿Cuántos animales tenéis aquí?

-Veinte perros adultos en este patio, dos en cada perrera; diez cachorros en un patio más pequeño que te enseñaré ahora y quince gatos, catorce ahora que se han llevado a Leo. Podríamos albergar más, pero prefiero la comodidad a la aglomeración.

-¿Qué instalaciones tenéis?

-En la planta baja de la mansión tenemos la recepción, mi despacho y la gatera, que comunica con un patio cerrado que hace las veces de cajón de arena y sala de juegos. Allí los mininos se divierten y toman el sol, seguros y apartados de los perros. En el piso superior tenemos la enfermería, con una sala que uso de quirófano; allí es donde los esterilizo.

-¿A todos?

-Sí, no puedo permitirme que tengan crías. Los cachorros y gatitos que tenemos aquí son recogidos; en el refugio sólo han nacido tres perritos porque la madre ya venía preñada.

-Vaya…

-A Still le has caído bien –anunció, divertido. Un chucho sin raza que identificar se acercó a ellos, meneando el rabo y le olió la mano a la anticuaria. Pam se arrodilló y lo acarició entre las orejas. El perro le recompensó con un lametón en la mejilla.

-Es adorable. ¿Still? –repitió, con curiosidad.

-Cuando lo encontramos tenía tanto miedo que no se movía, por eso le llamamos así. Ven aquí chico –lo llamó. El perro dio un par de ladridos y apoyó las patas en la camisa del veterinario. Era tan grande que lo tiró al suelo. Matt soltó una carcajada y le dedicó unas caricias antes de levantarse y coger a Pam de la mano. Paseó por el jardín con ella, presentándole a cada animal.

-Ella es Nymeria, Holly es fan de Juego de Tronos y le puso el nombre –señaló a una bonita perra de raza labrador, de unos seis meses -. Ese de ahí Grey, se lo pusimos porque todas las chicas caen rendidas a sus pies –Pam puso los ojos en blanco pero acarició el animal. Ojos grises y aire presuntuoso, un nombre bastante acertado. –Audrey –señaló a una galga de ojos tristes que yacía en su perrera, echa un ovillo -. Es mi favorita, la pobrecilla aún no ha superado el miedo a los humanos. Cuando la encontramos tenía sarna, una pata y dos costillas rotas –murmuró.

-Pobrecilla –Pam se acercó, entrando en la perrera, invadiendo el espacio del animal. Audrey se alejó, aterrada –No voy a hacerte daño –murmuró -. Ven aquí, preciosa… -le habló con voz dulce, acercándose despacio. Tentativamente colocó una mano sobre su lomo, ella aulló. –Es difícil confiar de nuevo, lo sé –susurró, dándole un par de palmaditas y saliendo. Matt no dijo nada, sólo le tendió la mano y continuó con las presentaciones, aunque a Pam no se le escapó la tierna caricia que le dio con el pulgar.

Uno a uno le presentó a los veinte perros, doce machos y ocho hembras. Pam jugó con todos y les dedicó mimos y atenciones, pero ninguno de ellos les llamó la atención como Audrey. Se volvió hacia el pelirrojo, señalando a la galga.

-¿Por qué Audrey?

-Estaba excesivamente delgada pero aun así todos nos enamoramos de ella. Es nuestra favorita.

-Quiero quedármela –murmuró. Matt la miró, sorprendida.

-¿Lo dices en serio?

-Yo… sí, estoy segura.

Matt no pudo evitarlo, la tomó de la cintura y la besó, impetuosamente.

-¡Ehhh! Que hay perros delante –Rick y Kate se acercaban a ellos, seguidos por Michael. El veterinario fulminó a su amigo con la mirada antes de volverse hacia Pam.

-Está aterrada, va a ser difícil que confíe en ti, Pam. Piénsatelo bien, ¿de acuerdo? Si mañana sigues sin cambiar de opinión te arreglaré los papeles.

-Está bien –respondió aunque ella no pensaba cambiar de opinión. Audrey se merecía una oportunidad, la misma que Matt le estaba dando a ella. El pelirrojo que hablaba con la pareja recien llegada se dirigió a ella:

-¿Quieres ver a los cachorros?

-Sí.

-Espera –Kate señaló a un bonito animal crema, de ojos oscuros y tiernos. -¿Cómo se llama ese?

-Royal –respondió Michael-. -Es un tío divertido, todo el día de juerga y muy leal. Durante los primeros días no dejó que nadie se acercase a Audrey, se autoproclamó su protector.

-¿Estás pensando en adoptar un perro? –Rick la miró con curiosidad. Kate negó.

-No… estaría demasiado tiempo solo, es sólo que, me resulta familiar.

Matt llevó al resto a ver a los cachorros y tomando a una bola de pelo negro de poco más de dos meses se dirigió al cuidador: -Le echaré un vistazo a esa pata, ¿les enseñas al resto y a los gatos?

-Claro.

-Voy contigo –Pam siguió al veterinario, quien le indicó que la siguiese hasta el interior de la mansión. La enfermería era amplia y olía bien. Matt dejó al animal sobre la camilla y se puso la bata blanca antes de examinarlo. -¿Está bien? –preguntó. Él asintió, sacando un bote de galletas para cachorros y dándole una al perrito.

-Sí, está bien. ¿Estás segura de que quieres quedarte a Audrey?

-¿No se supone que tienes que insistir para que adopten a los animales y no para que los dejen aquí?

-Antes de insistir tengo que asegurarme de que se los lleve la persona adecuada.

-¿Crees que no puedo cuidar de ella? –preguntó, herida. Por supuesto, la pobre maltratada no había podido cuidar de sí misma, como iba a hacerlo de otro ser vivo. Se apartó de él, saliendo de la enfermería. Matt apretó los dientes y tomando al cachorro la siguió.

-Pam, Pam espera, no quería decir eso.

-¡Entonces que querías decir! –gritó, furiosa. El pelirrojo alzó las manos, apaciguador; con una aún sostenía al cachorro quien ladró para que lo dejaran en el suelo.

-Sé que puedes cuidar de ella, es sólo que… ¿crees que podrás curarla sin que eso te afecte a ti?

-No lo sé, pero me gustaría intentarlo. Ella merece una oportunidad y yo también –dijo, desafiante. Él asintió, culpable. Pam lo miró aún tensa y luego sonrió, con malicia. –Nilo acaba de mearse en tus zapatos. Es una pena, parecían muy caros –se marchó, disfrutando al oírlo maldecir. Estaba decidida: cuando volvieran a Nueva York, Audrey se iba con ellos.


No tengo tiempo para revisarlo y ver las faltas, si encontráis alguna lo siento, lo corregiré cuando pueda. Besos y gracias por leer.