Capítulo 5
-¿Va todo bien?
Michael los había dejado solos en la perrera para hacer sus tareas. Kate miraba con curiosidad a la pareja. Pam asintió, tensa, mientras el veterinario dejaba al cachorro en el suelo. Rick jugaba con dos perritos cuando alzó la mirada hacia su amigo, tratando de no reírse:
-¿Te ha meado el perro encima?
-¡Cállate! –ladró -. Voy a cambiarme, vuelvo enseguida.
-¿Tienes ropa aquí? –La inspectora parecía sorprendida.
-Los perros le mearán con frecuencia –dijo Pam, con satisfacción. Matt la fulminó, su rostro se volvió duro:
-Ven conmigo. –La rubia negó, caminando hacia el patio principal.
–Iré a ver a Audrey.
-¡Pam!
Ella lo ignoró, Matt hizo ademán de seguirla, pero Kate lo sujetó del brazo. –No sé qué le has hecho, pero deja que vaya yo.
-Pero…
-Tú ve a cambiarte, apestas –y fue junto a la otra. Matt se volvió para ver como el escritor ocultaba su risa.
-¡Qué!
-En un minuto una sumisa te ha ignorado y la otra te ha dado órdenes. Tu mamá estaría orgullosa.
-Gilipollas –masculló antes de entrar en la mansión.
Pam entró en la perrera donde Audrey se estiraba. La galga caminó hacia atrás, con el rabo entre las patas al ver que se acercaban visitas. Visitas desconocidas para la perrita, que sólo había recibido cariño de los cuidadores del refugio. Kate se mantuvo fuera, observándolas a ambas.
-Ven… ven aquí preciosa –la llamó, poniéndose en cuclillas, pero Audrey no estaba por la labor. –Vamos, no voy a hacerte nada, ven conmigo chica –cogió un par de galletitas con forma de hueso que encontró en un estante en la perrera y tendió su mano -¿No quieres? Está muy rico –insistió.
-Pobrecilla, está aterrada.
-Matt dice que estaba muy mal cuando la encontraron –dijo con tristeza -. Quiero quedármela.
-Podríais cuidaros la una a la otra –comentó Kate y luego sonrió -. Mira.
Pam se volvió, feliz. Audrey se acercaba despacio, olisqueando. La anticuaria no se movió, sólo esperó, paciente hasta que la perra estuvo a escasos pasos de ella. Alzó un poco la mano, tranquila. El animal cogió entre sus dientes las galletas y luego se alejó a su rincón, donde se las comió. Luego la miró y soltó un ladrido. Se acercó de nuevo, un poco más animada y esta vez no se apartó cuando la humana le dio un par de caricias. –Eso es –murmuró -. Buena chica.
-¿Qué te ha hecho Matt?
-No cree que deba quedarme con Audrey.
-Yo no he dicho eso –Matt llegó junto a ellas, seguido de Rick -. Sólo me preocupa el efecto que ella pueda tener en ti.
-Por Dios es un perro, ¿qué va a hacerle? –Kate bufó.
-Teme que me vea reflejada en ella –dijo Pam, con desdén -. Ya ves, como soy la pobre maltratada no puedo mirar a esta perrita sin echarme a llorar -ironizó.
-Pam… te la estás buscando –Matt parecía muy enfadado. La sumisa salió de la perrera, desafiante.
-¿Qué vas a hacer?
Rick la miraba con la boca abierta, ¿dónde estaba la asustadiza Pam? Kate por su parte sonreía, con orgullo. Incluso Pam estaba sorprendida de su propio comportamiento, pero no podía evitarlo, una fuerza interior la llevaba a luchar por la perrita que la miraba con ojos tristes y dulces a la vez.
Matt estaba tenso y a la vez sentía un deje de orgullo al ver como su sumisa por fin se atrevía a enfrentarlo sin temor. Él quería su sumisión, no su miedo. Se cruzó de brazos, decidido a empujarla un poquito más:
-¿Me estás desafiando, nena? ¿Es qué no has tenido suficiente con lo de hoy?
-Quiero llevarme a Audrey –respondió ella, la voz un poco temblorosa ante la mención del castigo, pero se obligó a mantenerse firme.
-Eso ya lo has dicho –respondió -. Lo que todavía no tengo muy claro es por qué deberías quedártela.
Kate soltó un gruñido, pero antes de que dijese nada Rick la trajo hacia sí y la besó, hasta dejarla sin aliento. La inspectora se apartó, mareada por la sorpresa. –Vamos –dijo él -. Vamos a ver los gatos, estoy pensando en llevarle un compañero a Isis.
La pareja se marchó, dejando a una anticuaria indignada que apretaba los puños y a un veterinario que se sentía culpable por hacerla pasar un mal rato. Pero le gustase o no, Pam tenía que empezar a defenderse; la sumisa necesitaba recuperar la confianza en sí misma.
-¿Y bien? –la presionó -. ¿Por qué crees que eres buena para ella? O mejor dicho, ¿por qué crees que es ella buena para ti? ¿Cómo sé que no te vas a echar a llorar en cuanto te sientas identificada con Audrey?
-Yo… ¡yo no soy débil! ¡No hables como si lo fuera! –vociferó -. Ella tiene miedo, vale yo también… pero… ¡pero podemos cuidarnos la una a la otra!
-Creía que pensabas que no podías cuidar de nadie –dijo suavemente, provocándola, sabiendo que estaba llegando al límite. Pam miró al suelo; el veterinario se tensó, pensando que se había pasado de la raya, pero entonces ella volvió a levantar la barbilla, sus ojos brillantes por lágrimas de rabia.
-¿Cómo voy a dejar de verme a mí misma como una inútil si no me das la oportunidad de demostrar lo contrario? Necesito cuidar de ella, quiero cuidar de ella –señaló a la perrita -. Por Audrey. Y por mí -susurró.
Matt se acercó a ella, limpiándole una lágrima que había escapado y ahora corría libre por su mejilla. Pam pensó en ese instante que Matt no hacía otra cosa que limpiarle las lágrimas, pero no tuvo tiempo para avergonzarse por ello. El pelirrojo se arrodilló junto a la puerta de la perrera, Audrey se acercó a él, moviendo ligeramente el rabo. –Hola, amiga –le dijo en voz baja -. Te he encontrado una familia. No es un matrimonio con niños pero creo que te gustará. Es divertida, lista y muy cariñosa, te caerá bien. Ella también ha sufrido mucho, igual que tú –continuó hablando con el animal, como si estuviera seguro de que la galga entendía todo lo que le estaba diciendo -. Confío en ti para que me la cuides –añadió. Pam lo miraba boquiabierta, ¿Matt la estaba poniendo bajo la protección de Audrey? –pero sobre todo, confío en ella para que cuide de ti. –Audrey le lamió la mano, Matt curvo sus labios hacia arriba -. Ya verás, vais a ser muy felices juntas. ¿Qué me dices?
La perra soltó un par de ladridos, Matt le acarició la cabeza, efusivo y se levantó, satisfecho para volverse hacia Pam, quien no pudo evitar lanzarse a sus brazos.
-Gracias –susurró. Él se permitió disfrutar de su abrazo unos segundos más antes de alejarse al ver que Danielle, una de las cuidadoras, entraba en el patio. Era una chica joven, tendría la edad de Michael y a Pam no se le escapó la mirada encendida que le lanzó a su amo. Matt sin embargo no pareció percatarse de ello.
-Mañana vendremos a por ella –le dijo -. Quiero que pase una última noche aquí, con los perros y los chicos. Además, dudo mucho que Rick quiera tenerla en su casa.
-Está bien –miró a su recién adoptada mascota y luego dirigió la vista hacia la mansión, donde la otra pareja había ido a conocer a los gatos. -¿De verdad va Rick a quedarse con un gato?
-Más le vale, ahora que lo ha dicho o se va de aquí con uno o con 5000 dólares menos en su cuenta.
-Harías cualquiera cosa por estos animales, ¿verdad?
-No sé de qué me hablas, soy un tipo duro, nada de sentimentalismos –repuso, pero sus ojos brillaban al mirar a su alrededor. Pam lo besó en la mejilla, hablando en su oído:
-Un tipo duro que no teme a las lágrimas de una mujer.
Tras despedirse de Audrey, asegurándole que volverían a por ella al día siguiente, entraron en la gatera cogidos de la mano, donde les esperaba una curiosa estampa. Rick estaba sentado en el suelo, con dos gatos en su regazo, uno más pequeño subido a su hombro y otro apoyado en su pecho. Matt se acercó, boquiabierto. Pam parecía tan sorprendida como él y Kate seguía con los ojos abiertos como platos. El pelirrojo se dirigió a esta última:
-¿Lo sabías?
-Sabía que le gustaban los gatos, pero esto… justo antes de que llegaseis tenía a otro más medio dormido en su pierna.
-Sois una monada, no sé con cual de vosotros quedarme –decía, mirándolos a todos.
-Nunca más podré tomarlo en serio como amo –observó Kate.
-Yo tampoco.
-Rick, tío, estás echando tu fama a perder.
-Ignoradlos, pequeños, los tres están celosos de que me prefiráis a mí.
-Da miedo.
-Mucho. Creo que voy a esperaros fuera –Pam fue hacia la salida, seguida de Kate, que no daba crédito. Esperaron apoyadas en los coches, la inspectora aún perpleja. Pam soltó una risita: -Tendrías que verte la cara.
-El mismo hombre que me azota el culo y me folla como un animal acuna gatitos. Da mal rollo.
-Míralo por el lado bueno, el día en que te apetezca una zurra sólo tienes que recordarle este momento.
-Hablando de zurras, ¿qué tal tu culo?
-Aún duele –respondió, haciendo una mueca -. Pero eso es lo de menos, el muy cabrón después se dedicó a ponerme cachonda y dejarme a medias.
-No se te ha notado nada –observó.
-Al entrar y ver a los perros se me ha pasado el subidón –se encogió de hombros -. Pero ahora… esto de no llevar bragas y que me dé el aire ahí abajo no ayuda nada.
-¿Necesitas que te calme un poquito, nena? –Matt estaba detrás de ella, una sonrisa de satisfacción y orgullo masculino en el rostro. Pam se mordió la lengua. Kate miró hacia la mansión:
-¿Dónde está Rick?
-Terminando de rellenar los papeles de la adopción de Alexis.
-¿Alexis? –repitieron ambas a la vez.
-La gata que acaba de adoptar. Pelirroja y con los ojos azules, a mí me recuerda mucho a Martha.
-¿Ha adoptado a un gato que se parece a su madre? –Pam estaba perpleja.
-¿Conocéis a su madre?
-Claro –respondieron los dos, sorprendidos ante la pregunta. –Mira, ahí viene tu amo –Richard Castle llevaba envuelta en una manta a una gatita de poco más de tres meses, mirándola embobado, los ojos tiernos. –Esto empieza a darme miedo hasta a mí –comentó Matt, tirando de Pam para conducirla hasta el coche.
Ya dentro, a salvo de la azucarada escena, Pam no pudo evitar soltar una carcajada. El pelirrojo la miró y al final la acompañó, hasta que sus ojos se llenaron de lágrimas.
-Dios, ¿has visto la cara de ella? Pobre…
-Va a ser divertido verlos hoy en la mazmorra –se rio él. Pam seguía riéndose, cuando se encontró con el rostro de Rick a escasos centímetros del suyo, serio. La rubia tragó saliva, pero él la ignoró, dirigiéndose al veterinario.
-Si tú y tu sumisa habéis terminado de reíros de mí, quizás quieras llevarla hasta la playa. Me han dicho que han puesto un mercadillo de antigüedades.
-¡Un mercadillo! –A ella se le iluminaron los ojos, aunque su entusiasmo duró poco cuando la mirada fría del amo volvió a fijarse en ella.
-Nos veremos esta noche, en el cuarto de juegos –dijo en voz baja, helada. Pam miró al frente, nerviosa, perdiéndose como los ojos del escritor brillaban con humor.
Matt arrancó, echando una ojeada a la chica que parecía asustada. –Tranquila, cariño, yo te protegeré del hombre que susurraba a los gatos –Al final no pudo evitar hacerla reír.
El trayecto hacia la playa no sería muy largo, pero Matt decidió que aprovecharía el tiempo, no había olvidado la conversación que su sumisa había tenido con la inspectora. Sin apartar la vista de la carretera habló, su voz grave, sexy.
-¿Pam? Levántate un poco el vestido y separa las rodillas.
La sumisa se humedeció al instante, sólo con oírle sus pezones se apretaron bajo su vestido. Obedeció, su mano temblorosa por la excitación, mirando a su alrededor. La carretera estaba tranquila.
Dejando una mano sobre el volante acercó la otra hacia los labios de su sumisa: -Chupa –ordenó, su voz tranquila; un amo no tenía la necesidad de gritar, las órdenes susurradas y calmadas eran mucho más efectivas y conseguían su propósito, excitarla a ella. Pam abrió la boca, y lamió uno de sus dedos, luego dos, cubriéndolos de saliva. Él la dejó hacer antes de apartarlos.
-Voy a meterlos en tu coño –le dijo -. Espero que estés mojada –añadió, la voz perversamente erótica, anunciando un sensual castigo si no era así. Pam gimió, la mano de su amo vagaba sobre su muslo, jugando con ella, levantándole un poco más la falda. Poco a poco se perdió bajo la tela, encontrando su entrada anegada con sus fluidos. Matt esbozó una sonrisa satisfecha, su mirada nunca se apartó de la carretera. –Sí –susurró -. Empapada, justo como a mí me gusta –hacía círculos alrededor del clítoris, torturándola con caricias muy ligeras aumentando el calor, poco a poco. Pam intentó juntar las piernas, buscando algo de alivio, recibiendo una fuerte bofetada sobre su muslo. Su mano ya no jugaba entre sus pliegues; gimoteó, frustrada.
-¿Vas a estarte quieta? –preguntó, con paciencia.
-Sí, amo –gimió, suplicante.
-Ábrete más –ordenó -. Te quiero bien disponible para mí.
Ella obedeció, separando las piernas todo lo que podía en el vehículo. Matt giró la cabeza apenas un segundo para comprobarlo antes de volver a mirar al frente. Esperó un par de minutos, aumentando su ansiedad y su necesidad. Luego volvió a tocarla, justo sobre el hinchado clítoris, que pellizcó suavemente entre sus dedos.
-Amo… -suplicó, arqueándose en su asiento. Él no respondió, siguió masturbándola, tratando de ignorar el dolor de dentro de sus pantalones. Ella se quedó sin aliento cuando la penetró con un dedo, sus paredes internas tan hinchadas que lo sentía enorme. –Por favor –gimió, pero entonces Matt se retiró, llevando los dedos a su boca, limpiándolos, haciendo un gesto de placer, como si saboreara un delicioso helado. Pam lo miró confusa, sentía que estaba a punto de empezar a arder. -¿Amo?
-No te correrás ahora –se limitó a decir.
-Pero…
-Te quiero así, preciosa, muriéndote de la necesidad. Esta noche entenderás porqué. –No le dijo que tenía pensando volver a empujarla y probar de nuevo la Cruz de San Andrés, ella misma lo comprendería, cuando fuera el momento adecuado. Pam murmuró un insulto por lo bajo que él oyó bastante bien, pero no se lo tuvo en cuenta, la pobre debía estar deseando su muerte en ese momento. –Hemos llegado –anunció, señalando el cartel con el "FERIA DE ANTIGÜEDADES" que colgaba entre dos farolas. Vamos.
El próximo será del amo, lo prometo. Gracias por leer =)
