Capítulo 7
-No te quejarás… te llevas un buen botín.
Matt desvió la mirada de la carretera hacia ella, que asintió, sin apartar los ojos de la mano juguetona que vagaba por sus piernas.
-Es una lástima que no pudieras conseguir ese camafeo…
-Era precioso… y carísimo –suspiró -. Amo, por favor, para.
-Me gusta divertirme, ver cómo te retuerces en el asiento es divertido, ¿vas a negarme esa diversión?
-Eres cruel –gimió, recibiendo una sutil palmada en el interior de su muslo y una agradable caricia después.
-No te muevas…
El viajé transcurrió así, él tomando lo que quería de ella, quien se lo ofrecía sin reservas. Matt se sentía muy orgulloso de ella, el pelirrojo empezaba a pensar que su recuperación no sería tan complicada como había creído en un principio, aún tenían que lidiar con el bondage, la sensación de inseguridad, los meses de humillación… pero Pam era valiente y fuerte. Esa noche lo intentaría, trataría de atarla otra vez y para eso la quería excitada. Cuando la escuchó soltar un gemido mucho más intenso que los anteriores paró, dejándola enfadada, confusa y muerta por el deseo.
-Always… Always, ven, ven conmigo.
Matt abrió los ojos desmesuradamente al ver a la inspectora Beckett tirada en el suelo jugueteando con la gata, mientras que Rick bebía una copa de vino cómodamente en el sofá.
-El mundo al revés –comentó en voz baja, volviéndose para mirar a Pam, pero la rubia había desaparecido de su vista. -¿Y Pam?
-Por la cara que tenía habrá subido al baño, se la veía… necesitada –Rick lo miró arqueando las cejas, Matt masculló algo y se dirigió a las escaleras, parando en seco al caer en la cuenta.
-¿No se llamaba Alexis? –preguntó mirando al animal.
-No le gustaba –se encogió de hombros. Kate los ignoraba a ambos, centrada exclusivamente en la bola de pelo que empujaba una pelotita de goma.
Matt lo dejó estar, poco interesado en ello y subió los escalones de dos en dos, dispuesto a reprender a la tramposa que había huido de él. Se dejó llevar por los ahogados gemidos que salían de su dormitorio y entró sin llamar, sobresaltándola.
-¡Matt!
Él negó, cruzándose de brazos, la mirada fija en sus piernas abiertas y su mano, aún sobre sus pliegues.
-Lo siento… señor.
-Conoces las reglas.
-Lo sé… pero…
-Estoy decepcionado.
-Señor…
-Esto tiene consec…
Matt no pudo terminar la frase porque en ese instante sonó el móvil de la anticuaria, quien miró el aparato dudosa, antes de consultar con la mirada al amo cabreado que tenía delante.
-Seguiremos con la conversación después, responde.
-Gracias, señor –murmuró antes de tomar el teléfono y contestar.
-¿Miranda? ¿Ha ocurrido algo? Está bien. Tranquila, iré para allá –colgó unos segundos después, extrañada. Matt le preguntó sin hablar. –Era Miranda, mi empleada… dice que ha ocurrido algo y que debería ir allí, ahora mismo.
-¿Te ha dicho algo más?
-No ha querido contarme por teléfono –respondió, confusa.
-Está bien, recoge las cosas de los dos, iré a por Audrey y…
-No hace falta, puedo irme yo sola… -lo interrumpió.
-Pam, no me cabrees más –le advirtió antes de agacharse junto a ella y darle un beso en los labios. Se marchó, dejándola sola en la habitación, aturdida unos momentos antes de ponerse a recoger la ropa.
Ya abajo se acercó a la pareja, que parecía preocupada.
-¿Qué ha ocurrido? –Rick la miró, serio.
-Problemas en la tienda… pero tranquilo, no creo que sea nada importante –lo calmó. Miranda era muy nueva, seguramente habría tenido un problema con un cliente y se habría sentido superada por la situación, nada más.
-Podemos irnos con vosotros –dijo Kate y Rick asintió; Pam negó.
-Ni hablar, eso no es necesario.
-¿Estás segura, cariño? –Rick se acercó a ella, mirándola con aprecio; la rubia asintió.
-Vosotros quedaos aquí, creo que tienes algo que decirle a Kate –dijo en apenas un susurro. El escritor se apartó, sonriendo a su sumisa, que observaba la escena sin querer intervenir. Fue con ella, besándola despacio, murmurándole algo en su oído que la hizo reír.
-Mientras Matt viene… me gustaría darme una ducha –Pam los interrumpió, Rick entrecerró los ojos.
-Nena… ¿no crees que ya has cruzado la línea?
-Sólo ducharme –protestó, indignada ante su gesto burlón y sintiéndose culpable por haber incumplido las reglas. Matt iba a castigarla más tarde, ella lo sabía. Con un suspiro se sentó en el sofá junto a la inspectora y con el gato en el regazo, distrayéndose con el animal.
-Estoy listo, Audrey está en el coche. ¿Nos vamos?
-Iré a por la maleta.
Un buen rato después llegaban al centro de la ciudad. Matt aparcó unas calles más allá y tras darle unas caricias a Audrey salieron del coche. –No creo que tarde mucho –dijo ella.
-Tranquila, no hay prisas. Voy a entrar a por algo para cenar –dijo señalando un establecimiento de pollo frito -. Te veo en la tienda.
-Vale.
Pam continuó caminando, tranquila, sacando el móvil para decirle a su joven empleada que estaba a punto de llegar. El teléfono se le cayó al suelo al doblar la esquina y situarse frente al escaparate de su adorada tienda.
-Pam… -Miranda se acercó a ella, sujetándola de los brazos, para evitar que se cayera, sus rodillas temblaban -. Tranquila, Pam.
-No… no –tartamudeó.
-Tranquila, cálmate por favor…
-¡No! –Se sacudió, desembarazándose de la chica y entró en la tienda, tapándose la boca con la mano, mientras las lágrimas caían por sus mejillas. Todo estaba destrozado, los juguetes rotos, las llaves pintadas con spray, los libros destrozados… se dejó caer de rodillas, con la mirada fija en el cuadro que siempre había presidido el lugar, una preciosa pintura que su madre le había regalado al abrir la tienda; alguien había acuchillado el lienzo, desgarrándolo.
-Hijo de puta - Matt dejó el cubo con pollo frito a un lado y se agachó junto a ella, controlándose y haciendo un gran esfuerzo por no perder la calma -. Tranquila cielo, no pasa na…
-¿Por qué? –Lloró -. ¿Por qué no puede dejarme en paz?
-Shhh…
Pam negó entre sollozos, abrazándose a él, sin poder ni querer soltarlo. No era el destrozo, ni la humillación, ni el saber que nunca iba a dejarla en paz lo que más le dolía… no, eran aquellas crueles palabras escritas con pintura sobre el escaparate. "TÚ ERES MI PUTA. NO LO OLVIDES".
-Ya he llamado a la policía – dijo Miranda en voz baja; él asintió -. En cuanto hable con ellos llamaré a los del seguro, yo me ocuparé de todo.
-Gracias. –El pelirrojo siguió acariciando el cabello de la destrozada mujer que se aferraba a él, sabiendo que no podía ofrecerle ningún otro consuelo.
Era ya noche cerrada cuando la policía dejó que se marcharan. En todo momento Pam se mantuvo ausente, dejando que Matt y su empleada se ocuparan de hablar con los agentes y después de contactar con el seguro. Él tuvo que hacer un gran esfuerzo para conseguir que firmase los papeles, la firma de Miranda no hubiera bastado. Al fin, tras echar el cierre y dedicarle una última triste mirada salieron. La joven se despidió de ellos dándole un beso en la mejilla a su jefa, que apenas reaccionó. Matt la tomó de la mano, acariciándola haciendo círculos con el pulgar.
-Te llevo a mi casa, ¿vale?
Pam no respondió, se dejó llevar, arrastrando los pies hacia el coche, dejándose caer en el asiento, ignorando la patita con la que Audrey trataba de llamar su atención. Matt la miró a través del espejo retrovisor, suspirando ante el dolor en sus ojos. Maldito cabrón.
-¿Quieres cenar algo? –Le preguntó, manteniendo la puerta abierta para ella, echándose a un lado. Audrey pasó con la cabeza gacha, extrañada por el lugar nuevo, Pam avanzó unos pasos y se quedó parada, sin hablar. El animal olisqueó, meneando ligeramente la cola al comprobar que el olor era el del pelirrojo que siempre tenía palmaditas y caricias para ella y satisfecha encontró su propia esquina, donde tras girar un par de veces se dejó caer echa un ovillo, con la cabeza entre las patas. Matt sonrió. Al menos alguien está a gusto. –Cariño, ¿puedo prepararte un baño?
-Sólo quiero estar sola –susurró -. Por favor.
-Claro –respondió, aunque una parte de él quería negarse y abrazarla con fuerza -. ¿Por qué no te quedas en mi cuarto? Audrey y yo estaremos bien aquí.
Pam ni dijo nada más, se perdió por el pasillo, hasta encerrarse en la habitación del pelirrojo. Apenas pasaron un par de segundos antes de que le llegaran los sollozos ahogados que le rompieron el corazón. Se dejó caer en el sofá, dando un par de palmadas, llamando a Audrey, quien se acercó.
-Pam está triste, nena… y no podemos hacer nada por ella. Al menos por ahora…
Se recostó contra los cojines, suspirando, odiándose y culpándose a sí mismo por haberlos presentado…
-¿He hecho algo mal, señor?
Pam alzó el rostro, preocupada. Llevaba un buen rato de rodillas y él seguía sin tocarla, sin mirarla, sin hablarle. ¿Se había enfadado con ella? Trató de recordar si había cometido algún error, incluso echó un vistazo rápido, preguntándose si se había dejado alguna zona sin depilar, pero no encontró ninguna.
Matt se esforzó por no sonreír, pero no respondió a sus dudas, un poco de ansiedad nunca venía mal. Había pasado mucho tiempo ya desde que empezara su doma y ella estaba lista para dejar el nido, algo que le llenaba de orgullo y a la vez le dolía por el sentimiento de pérdida. Iba a echarla de menos, aunque siempre podían seguir jugando, si ella estuviese de acuerdo. Apartando esos pensamientos se obligó a centrarse, esa noche tenía pensado completamente nuevo, algo que podría encantarle… o no.
-He revisado tu lista de límites y deseos –dijo, tras darle un sorbo a su copa. Luego hizo un gesto y Pam se arrodilló más cerca, apoyando el rostro junto a su pierna. Le acarició el cabello, con dulzura -. Lo hemos probado casi todo, preciosa. Hasta el trío con Rick.
-Lo sé señor, gracias.
-¿Te gustó?
Ella lo miró extrañada, ¿lo dudaba? –Sabes que me encantó, amo Matt.
-A mí también –sonrió -. Pero hay algo que queda pendiente… -dijo, serio. Pam se encogió de hombros, sin tener ni idea de a donde quería ir a parar. –Quiero ofrecerte a un desconocido, Pam.
-Oh.
La rubia lo miró, sorprendida y confusa. El trío con el amo y su amigo, Rick, había sido excitante y ella había disfrutado de cada segundo, corriéndose más de una vez, pero esto… ser ofrecida a un extraño… recordó cuando el primer día elaboró la lista de límites duros y de cosas que quería probar y respingó al comprender que había firmado para ser ofrecida, sin derecho a opinar. Había aceptado puesto que la idea le había parecido emocionante y sobre todo porque Rick había insistido más de una vez en que tenía una palabra de seguridad que la protegería en todo momento. Y ahora estaba ahí, desnuda junto al que había sido su amo durante meses, esperando a que éste la entregase a otro. La idea la asustó… y la calentó.
-¿Vas a dejarme sola con él? –Preguntó, con cierta preocupación. Sus ojos se volvieron fríos, la tomó por la barbilla.
-Hasta que termine la doma sigues siendo mía, no te dejaré.
-Gracias, señor –susurró. Matt respiró hondo antes de continuar, ofrecerla a otro no era algo que le entusiasmase, aunque con Rick había sido divertido. Pero esto era diferente, no encontraba el menor placer en entregarle esa preciosa mujer a otro amo, pero debía velar por sus necesidades y ella quería eso. Lo había dejado por escrito. Aun así tendrían que matarlo para dejarla sola con el otro.
-Voy a quedarme aquí en todo momento –continuó -. Te guiaré cuando sea necesario, pero él llevará la voz cantante, nena. Espero que seas educada y respetuosa, ¿lo serás?
-Sí, amo Matt -. Ella no iba a decepcionarle, ambos lo sabían. Pam era tan sumisa… lo notaba en sus gestos, en cómo se arrimaba a él buscando consuelo y protección, en cómo se estremecía cuando recibía una orden, ya fuera sexual o no. Se permitió un momento de disfrute personal enredando sus dedos en su largo y rubio pelo, mientras esperaba al otro hombre. Sonrió ante su suspiro de placer. Sí, iba a echarla de menos.
-¿Está lista?
La voz grave de un desconocido llamó la atención de la sumisa, que miró hacia arriba. Un hombre guapo y musculoso esperaba en el umbral, entrando con paso firme cuando recibió el asentimiento del pelirrojo. El corazón de Pam empezó a latir más y más rápido ante la sensación de lo que iba a pasar. Ser entregada a aquel hombre. A aquel impresionante hombre.
-Acabas de llegar y ya está mojada –observó Matt -. Definitivamente ella quiere esto.
-Bien, sería una pena no complacerla –respondió el otro -. Mírame –le ordenó. Pam se enfrentó a su mirada y se la sostuvo por unos segundos, quedando atrapada ante sus ojos, tan oscuros que llegaban a ser negros, muy diferentes a los verdes de Matt. –Soy el amo Jack, llámame señor, ¿entendido?
-Sí, señor.
-No quiero que me mires a los ojos a no ser que te lo exija. Tampoco tienes permitido hablar, salvo para decir tu palabra de seguridad que es…
-Rojo, señor.
-He visto tu lista, pero quiero estar seguro, tu boca, tu coño y tu culo están a mi disposición, ¿me equivoco?
Ella tragó saliva y se volvió hacia el amo pelirrojo, buscando su ayuda. Matt le acarició el pelo.
-Su boca y su vagina son tuyas. Su culo no, aún no está acostumbrada.
-Había oído rumores de un trío –discutió el otro; Matt frunció el ceño.
-Te he dicho lo que hay, puedes tomarlo o no.
-Muy bien –aceptó a regañadientes -ven aquí –añadió dirigiéndose hacia la sumisa, quien se acercó obediente. El amo, Jack, desató el cordón de su pantalón de cuero, dejando libre su erección. No era pequeña, pero tampoco era nada comparada con la del amo pelirrojo o la del escritor, aun así Pam sabía que el tamaño no era primordial, no si el dueño sabía usarla. Tras ponerse un condón, el amo la tomó de la nuca, acercando su boca a su pene, provocando más humedad entre sus piernas. Le gustaba esa dominación, aunque le pareciera un poco brusco. Pero no tenía nada que temer, Matt estaba allí e intervendría si fuese necesario. –Traga –le ordenó y sujetando su cabeza la penetró, hasta el fondo de su garganta, embistiendo una y otra vez para después volver a invadir su boca profundamente, manteniéndose ahí. Pam luchó contra las náuseas y la falta de aire y se esforzó por satisfacerlo, usando su lengua.
Matt se incorporó hacia delante, Jack no estaba haciendo nada que no hubiera hecho él con ella, pero todos sus instintos le instaban a intervenir y proteger a la chica. Sin embargo, cuando el otro se separó pudo oír claramente un gemido de placer proveniente de la joven; más tranquilo volvió a acomodarse en el sillón, atento.
-Muy bien –Jack la felicitó -. Si fueras mía me harías una mamada diaria, disfrutaría de esa boca a menudo, nena.
Pam jadeó, luchando por recuperar el aire, sintiéndose avergonzada por un lado y muy, muy excitada. Dios, su clítoris estaba hinchado y duro y su vagina latía, rogando por más. El amo miró a su alrededor y cogiéndole la mano jaló, con fuerza, poniéndola de pie. –Voy a follarte –le dijo -. No aguanto más, necesito probar ese coño.
La llevó hasta la cruz de san Andrés y le ató las muñecas, alzando después sus piernas hasta sus caderas, guiando su erección hasta su entrada y penetrándola de golpe.
-Ahhh
-Eso es –dijo -. Dame placer, nena.
Embistió, una y otra vez, mirándola a los ojos –No te corras, no sin mi permiso –le advirtió. Ella lloriqueó, estaba ardiendo, necesitaba el clímax, como nunca, la erección se sentía dura dentro de ella, cada embestida le robaba el aire; el amo frotó cruelmente sobre su clítoris, arrancándole un grito de placer. –Por favor –suplicó.
Matt se levantó –Está al límite –dijo.
-No te metas –replicó el otro amo antes de volverse hacia ella y besarla, con fuerza –No te corras –le dijo en su boca.
-Por favor, señor –volvió a rogar.
-No… te… -pero no terminó la frase porque su clímax llegó antes. Pam sintió como se corría dentro de ella, se quedó quieta, creyendo que al fin iba a permitirle el orgasmo, pero entonces el amo simplemente salió y la tomó de la barbilla. La miró, sonriendo y se acercó aún más, murmurando algo en su oído. Después simplemente le soltó las muñecas, se guardó el miembro y se marchó, dejándola allí.
Pam gimió, mirando al hombre que acababa de salir por la puerta dejándola confusa y atrapada. A su lado un amo pelirrojo hervía de ira, pues había comprendido demasiado pronto que aquello no había sido más que un acto de puro egoísmo, por mucho que la sumisa lo hubiera tomado como un reto.
-Nunca debí presentártelo -susurró.
