Este capítulo está dedicado a Estrella. Un beso :)


Capítulo 8

-¡Abre la puta puerta!

Matt siguió tirado en el sofá, ignorando los irritantes golpes que su amigo le propinaba a la puerta.

-¡Abre de una puta vez o la tiro abajo! ¡Y Kate me ha enseñado a hacerlo!

Soltando una palabrota en voz alta se levantó y abrió, sin dejarle entrar. -¿Qué?

-¿Qué? –repitió el otro con incredulidad -. ¿Qué cojones te pasa? ¿Cómo has podido ser tan cabrón?

-No te metas en esto –le advirtió.

-Y una mierda. Pam es como una hermana para mí, lo llevas claro si crees que voy a dejar que la dejes tirada como si fuera basur…

Rick no pudo terminar la frase, Matt lo cogió del cuello de la camisa y lo estampó contra la pared, sus ojos furiosos. –Cuidado –dijo en apenas un susurro.

Lo soltó, dándose la vuelta, cogió un vaso y lo llenó de whisky, bebiéndoselo de un trago, para luego arrojarlo al otro lado de la habitación. El cristal se rompió en pedazos, ante la mirada impasible del escritor.

-No puedo seguir ayudándola –Matt dijo, tras un tenso silencio-. No dejo de pensar… todo lo que ella ha sufrido… es culpa mía.

-¿De qué coño hablas? –inquirió, sentándose en el sillón.

(Unas horas antes)

-¿Pam?

Se dio la vuelta, mirándolo; Matt estaba apoyado en el marco de la puerta, sin atreverse a entrar, dándole el espacio que ella le había pedido. Los primeros rayos de sol se colaban por la ventana, uno de esos pequeños placeres que antes siempre la hacían feliz, pero ahora le eran… indiferentes. El pelirrojo no tenía ningún espejo en su dormitorio, pero ella no lo necesitaba para verse. Seguramente tendría las mejillas sucias por el maquillaje corrido, los ojos rojos e hinchados de tanto llorar, los labios heridos por mordérselos para reprimir sus gritos de rabia… estaba hecha una pena. Se obligó a sí misma a dibujar una sonrisa, una que no llegó a sus ojos.

-Buenos días –murmuró. Apartó la mirada un segundo antes de volverse de nuevo hacia él -. Te he manchado la almohada de maquillaje… lo siento.

-No importa –respondió, sin moverse. Matt trató de decir algo, pero un empujón lo echó a un lado. Audrey se acercó a la cama y soltó un par de ladridos, mirando a su nueva dueña. Pam la acarició, sin entusiasmo.

-Hola, amiga.

-La he sacado a la calle –dijo él, por decir algo. Ella miró hacia abajo.

-Debería hacerlo yo… no lleva ni veinticuatro horas conmigo y ya la estoy descuidando –musitó.

-No digas tonterías, ayer tuviste un día horrible.

-Ya…

Otra vez el silencio. Matt se moría por abrazarla, pero algo lo frenaba y esta vez no se trataba de ella, era él… había pasado toda la noche en vela, pensando en cada cicatriz que se había quedado grabada en la espalda de Pam, cada herida provocada por el monstruo, el monstruo que él le había presentado. La culpa le pesaba. Él no… no merecía a la increíble mujer que había llorado en su cama, ella merecía algo mejor que un abrazo del hombre que provocó su desdicha.

-Creo que debería irme a casa. –Se volvió hacia ella, preocupado -. Tengo… mucho que hacer. La tienda y eso…

-Claro.

Ella lo miró, triste, sus ojos le suplicaban que la abrazaran, pero él no podía.

Pam parpadeó, conteniendo más lágrimas. Matt se mantenía distante, no le estaba dando su espacio, simplemente no quería acercarse a ella. ¿Por qué? Recordó las palabras escritas en el escaparate, "TÚ ERES MI PUTA". ¿Pensaría él así? Por eso no la tocaba, ¿le daba asco? La sola idea de que su mejor amigo, el hombre que siempre había estado ahí, incluso cuando ella lo había despreciado, la detestase era… demasiado. De repente sentía nauseas.

Matt no se movió, mirándola impotente cuando se levantó tapándose la boca con la mano, para correr hacia el baño, a vomitar. La oyó devolver todo el contenido de su estómago, aunque no sería mucho, no había probado bocado en las últimas horas. Se acercó a ella, aún sin tocarla, le abrió el grifo del lavabo, señalándolo para que se enjuagase el rostro y la boca.

Tratando de ignorar la sensación de vergüenza, Pam se levantó y se limpió; después se dio la vuelta, para enfrentarlo. –Será mejor que me vaya.

Dime que no, pídeme que me quede, por favor. Pero él no abrió la boca, se giró y la acompañó hasta el dormitorio, donde esperó a que se pusiera los zapatos y se arreglase un poco el pelo. Después le pasó su maleta y le tendió la correa de Audrey. –Te pediré un taxi –dijo.

-No te molestes –respondió con amargura, cerrando la puerta al salir. Ya en el rellano se permitió llorar tranquila, hacerlo en el apartamento del hombre que sentía asco por ella hubiera sido demasiado humillante, y ella de humillación sabía mucho.

Matt se apoyó contra la puerta, cerrando los ojos, con fuerza. Deseaba ir tras ella, pero qué iba a hacer, ya era tarde para pedir disculpas por un error que había cometido hacía años, pedir perdón no iba a reparar el daño, las cicatrices no se borrarían y ella no se sentiría mejor. Sólo podía alejarse. Aunque era lo último que quería hacer.

Pam deambuló por las calles de Nueva York sin rumbo fijo, no quería volver a casa, donde se pondría a llorar en un rincón, tampoco se sentía con fuerzas de ir a la tienda. Audrey tiró de ella, arrastrándola por donde quería. Se dejó hacer, hasta encontrarse frente al escaparate de una tienda de artículos de caza. La rubia miró extrañada a la perrita y siguió caminando, pero el animal no cedió.

-¿Audrey? Vamos, chica –tampoco insistió mucho, no tenía a dónde ir. Audrey la miró y devolvió la mirada a la tienda, entonces, sorprendiéndola empezó a aullar con todas sus fuerzas. –Audrey, calla –probó, pero ella le respondió con un aullido lastimero aún más fuerte. Pam se agachó junto a ella, preocupada -¿Qué ocurre, preciosa? –Sintió una punzada de dolor al comprobar como su tono se parecía demasiado al que Matt usaba con ella para tranquilizarla, para demostrarle que le importaba. La perra avanzó unos pasos y comenzó a rascar la puerta, soltando un par de ladridos.

Pam intentó tirar de ella, pero antes de conseguir alejarla el dueño de la tienda salió, un hombre de unos cuarenta años, pelo negro con canas y mirada severa. Llevaba un cigarro en la boca, que se quitó para hablar.

-¿Qué coño quiere? –Preguntó, mirándola con desprecio. Pam respingó ante el tono y se echó hacia atrás, como si aquel hombre pudiera lastimarla. El tipo pasó la mirada de la asustada rubia a la galga que se había echado en el suelo y frunció el ceño. -¿Tú otra vez? Creí que te había quedado claro la última vez que no quería volver a verte. Vamos, lárgate.

Audrey soltó otro aullido, triste, que fue respondido con el amago de una patada. Pam reaccionó al instante, frenando al hombre, que se sacudió. –Quíteme la mano de encima. Y llévese a ese chucho, no sirve para nada. Si vuelvo a verla le daré otra paliza.

Se largó, entrando en la tienda sin dignarse a mirar a la perra. Pam se agachó, aún temblando. -¿Ese imbécil era tu amo? –susurró -. Él te echó de su vida y tú volviste… ¿porque lo querías?

El animal miró otra vez al escaparate y luego agachó la cabeza. –Tú volviste y él te pegó –murmuró -. Por eso le tienes miedo a la gente… pero no a él… porque por mucho daño que te haya hecho… lo quieres.

Se levantó, negando con la cabeza, dedicando un par de caricias a su compañera. –Vamos, preciosa, no tenemos nada más que hacer aquí.

Matt tenía el teléfono en la mano, pero no se atrevía a llamar. Tenía grabada en la memoria la mirada de rechazo y dolor de Pam antes de salir de su casa, no quería que estuviera sola, que se siéntese abandonada. Al final suspiró y marcó el número.

-Gates.

El veterinario puso los ojos en blanco, esa maldita manía que tienen los polis de responder al teléfono con el apellido. –Vicky, soy Matt.

-¡Matt! Me alegra oírte, hace tiempo que no sé nada de ti.

-Eso te pasa por abandonarnos –dijo -. ¿Tenías que irte a otro club? ¿El Pauline no es suficiente para ti?

-No seas rencoroso, cariño, ya sabes que me gusta la variedad, además, he estado ocupada, mucho trabajo.

-Ya… escucha, necesito que me hagas un favor.

-Ya decía yo… dime, ¿qué necesitas?

-Se trata de Pam.

-Alguien me dijo que habías vuelto con ella, para ayudarla con sus traumas, ¿cómo está?

-No demasiado bien –suspiró -. Por eso te llamo, yo… no voy a poder seguir ayudándola, necesito… ella necesita una amiga que la acompañe... ahora no puede estar sola.

-¿Y si no puede estar sola por qué la dejas? ¿Ha pasado algo? –Victoria Gates parecía enfadada; Matt supo al instante que había hecho bien llamándola a ella, si había alguien que se preocupase por el bienestar de cualquier sumisa, esa era ella.

-Es simplemente que no puedo ayudarla, no soy bueno para ella.

-¿Pam ha dicho eso?

-No, Pam no sabe nada de esto.

-¿Vas a dejarla tirada sin que pueda opinar?

-Vicky, por favor, júzgame si quieres, pero te lo suplico, cuídala.

-Está bien, mira no te entiendo, pero iré a verla. De todas maneras piénsatelo bien, Pam te quiere mucho, Matt, esto le va a doler y lo sabes.

-Gracias, amiga –colgó antes de darle la oportunidad de responder y luego, tras tomar una bocanada de aire pulsó en la pantalla el único contacto que tenía como favorito. Esto va a ser duro.

-¿Matt? –Pam se sentó en un banco, con Audrey a su lado. Se había sentido como una adolescente al ver la foto del pelirrojo reflejada en la pantalla de su teléfono, sintiéndose un poco mejor y más animada olvidó por un segundo todos sus problemas y descolgó, ilusionada. Le importo, no le doy asco.

-¿Nena? ¿Cómo estás, cariño?

-Estoy bien… dando un paseo con Audrey. He conocido a su antiguo dueño –añadió, seria.

-¿Y eso? –Matt frunció el ceño, extrañado. Habían encontrado a la galga tirada en la calle, medio muerta, ¿cómo había encontrado Pam a su amo?

-Ella me llevó hasta él –murmuró -. El desgraciado reconoció abiertamente haberle dado una paliza y amenazó con darle otra si no se largaba. Pobrecita, ella lo echa de menos.

-Puedes maltratar a un perro mil veces que siempre serás el amo de su universo –lamentó -. Escucha, me ocuparé de eso, pero ahora quería hablarte de… nosotros.

-Matt, ¿he hecho algo mal? –preguntó; la voz baja y nerviosa del pelirrojo no auguraba nada bueno; empezaron a sudarle las manos. No me dejes, te necesito.

-¡No! No digas eso, nena es sólo que… no puedo… no puedo seguir con… no debemos seguir jugando.

-Pero –intentó controlarse; no llores, no te humilles -. Hasta ayer todo iba bien –musitó.

-No cielo –respondió -. No va bien… yo… no puedo ayudarte.

-Matt, por favor –odió su tono de súplica, pero no fingió.

-Lo siento, Pam.

Nada más, no le explicó, ni se molestó en darle una buena razón para abandonarla, algo que ella agradeció. Oír un "me das asco" de sus labios había sido demasiado cruel.

Se levantó de aquel banco y corrió, seguida de Audrey; corrió hasta que le faltó el aire, hasta que dejaron de temblarle las manos y el labio inferior, hasta llegar a casa, donde entró, arrojando sus cosas a un lado y se dejó caer en el suelo, donde por fin, rompió a llorar.

Fue el timbre lo que la sacó de aquella espiral de tristeza y autocompasión. Al principio ni siquiera se movió, creyendo ilusamente que si se quedaba quieta la persona que esperaba detrás de la puerta, se largaría, pero eso no sucedió. Alguien tenía mucho interés en verla, pero Pam sabía que no era él. Agotada, gimió al levantarse, todo su cuerpo estaba dormido tras horas en la misma posición. Abrió sin molestarse en limpiarse el rostro, sin apartarse el pelo de la cara, sin importarle el chasquido de reprobación de la mujer que la miraba con aquellos ojos escrutadores que siempre la habían intimidado.

-¿Vicky?

-Tienes un aspecto horrible.

Esa era Victoria Gates, la mujer que te consolaba a base de bofetadas. Pam abrió la boca y volvió a cerrarla, sin salir del todo de su sorpresa. La otra soltó un suspiro exasperado -¿Vas a dejarme entrar?

-¿Qué haces aquí?

-Echo de menos tu tarta de limón.

Se apartó, aturdida, reaccionando cuando la inspectora de Asuntos Internos se sentó cómodamente en el sofá. –Vicky, no te ofendas, pero no quiero compañí…

-Si terminas esa frase me ofenderé –la interrumpió.

-¿Qué es lo que quieres?

-Ya te lo he dicho; hoy me he levantado con una imperiosa necesidad de tu tarta de limón. ¿Te busco los ingredientes? –Le ofreció con una gran sonrisa en la cara, Pam no salía de su asombro.

-¿Matt te ha llamado? –Preguntó, cruzándose de brazos.

-Matt me ha llamado a mí, y yo he llamado a Rick, que si no está muy ocupado con la inspectora estará dándole una paliza a tu amo. Parecía cabreado cuando colgué.

Oh, genial, ahora dos amigos iban a pegarse por su culpa. Estupendo. –Matt no es mi amo… ya no.

-Eso estará solucionado antes de que acabe el día. Y ahora, ¿me preparas mi tarta?

-¿De verdad esperas que me ponga a cocinarte una tarta ahora? –preguntó indignada.

-Cielo tienes dos opciones, puedes quedarte aquí, llorando y moqueando preguntándote que has hecho mal para que el universo te pague con tanto sufrimiento o puedes entretenerte haciéndome una tarta mientras Rick se ocupa de que el pelirrojo recupere el sentido común.

-También puedo ver la tele.

-¿Vas a negarle un trozo de tarta de limón a una mujer desesperada?

-No vas a dejarme en paz hasta que me meta en la cocina, ¿verdad?

-Eres una sumisa muy perspicaz –sonrió.

Bueno… mejor cocinar que llorar.

-¿Me estás diciendo que no quieres ayudarla más por qué tú tienes la culpa de que ese cabrón la maltratase?

-Sí y haz el favor de respetar mi decisión.

-¡Respetar, los cojones! Eres gilipollas, Matt.

-Perfecto, ahora sal de la casa de este gilipollas y déjame en paz de una puta vez.

-¿No te das cuenta? Pam te necesita ¡a ti!

-¿Es qué no me has oído? ¡Yo los presenté! ¡Yo se la ofrecí! ¡Si Pam se casó con él es por mi culpa!

-¡Pam se casó con él porque estaba enamorada, maldita sea! Yo fui el padrino, ¿insinúas que también es culpa mía?

-Tú no los presentaste –replicó testarudo.

-Eres imbécil. ¿Si Kate viniera aquí y te pegara un tiro sería culpa mía por habértela presentado?

-No es lo mismo.

-¿A no? Explícame cual es la diferencia.

-La diferencia… ¡la diferencia es que tú crees que ella es una buena mujer! Pero yo intuí desde el primer momento que ese tío era un cabrón y un egoísta y no hice nada, podría haber impedido esa boda, pero no actué. Joder Rick, ¡casi la mata!

-Tú no sabías que era un psicópata –respondió el escritor sin alterarse -. No te metiste en medio porque no conocías bien a Jack y no querías hacerle daño a Pam. Yo también estaba en el club, Matt, los veía juntos, ella era feliz, nadie pudo imaginarse lo que iba a pasar. Ni Pam, ni yo, ni mucho menos tú, así que deja de culparte por algo que no podías controlar.

-El hijo de puta ha vuelto a hacerle daño –murmuró. Rick esperó, tenso, su puño apretándose a medida que el pelirrojo explicaba lo ocurrido.

-Cabrón –masculló.

-Tenías que haberla visto, su trabajo, lo único que él no le había tocado… parecía una niña desamparada.

-Pues imagina como se sentirá ahora cuando el que la mantiene a flote la ha dejado tirada llevándose el salvavidas.

-No quiero hacerle daño.

-Deja que te diga una cosa, aquí la única persona que tiene derecho a auto compadecerse es Pam; si te sientes culpable, te jodes, ella ya tiene bastante con lo suyo. Así que coge las llaves, ve a su casa y arregla esto antes de que sea tarde. Y créeme, Matt, si ya es demasiado tarde, te arrancaré los huevos.

-Me siento como un sumiso después de haber cabreado al amo –dijo, torciendo el gesto.

-Tengo un flogger en el maletero, no me hagas ir a por él.

-¿Vas a zurrarme el culo, Ricky? ¿No tienes suficiente con la inspectora?

-¿Zurrarte? No, usaría el látigo para estrangularte. Y ahora vete a por nuestra rubia.

-Si Kate ye oye decir eso de "nuestra rubia" te pegará un tiro –comentó.

-Kate no es celosa… -Matt arqueó ambas cejas, Rick se encogió de hombros, pensando en su querida sumisa. Sí, la inspectora tenía pinta de ser de las que te matan y entierran el cuerpo sin arrugarse la ropa.

-Chica, es una pena que a ninguna de las dos le vayan las mujeres, te tendría en un pedestal si me hicieras más tartas como esta –Victoria cerró los ojos y soltó un gemido de placer tras meterse una nueva cucharada en la boca. Pam sonrió tristemente.

-A lo mejor sería la solución a mis problemas.

-Si lo dices en serio conozco a una nueva ama, española, se llama Estrella, creo que le gustaría una rubia tetona y encantadora como tú.

-¿Crees que él vendrá? –preguntó, triste. Gates dejó el plato en la mesa, se limpió sin prisas la boca con una servilleta y la enfrentó, seria.

-Matt te adora, no sé qué bicho le ha picado, pero si no está aquí en menos de una hora, iré al trabajo con un plug durante la próxima semana.

-Estás muy segura –observó.

-Tan segura como que esa perra me odia. ¿Qué le pasa? Ni que fuera a matarla –comentó, mirando a la galga, que no se había movido del rincón desde que la inspectora había llegado. Pam fue hacia ella, calmándola.

-La he recogido de un refugio, el antiguo dueño la maltrataba… Quiero denunciarlo –añadió.

-¿Tienes pruebas?

-Pues… no –se lamentó.

-Entonces será difícil, nena. Tendrás que conformarte con cuidar de ella. Y hablando de denunciar, ¿qué vas a hacer con el cabrón de tu ex? –Pam le había contado todo lo ocurrido el día anterior; la inspectora se había cabreado tanto que había exprimido sin darse cuenta el zumo de un limón que había estado sosteniendo en la mano.

-La policía no me dio muchos ánimos… dice que estando él en la cárcel y sin pruebas no puedo hacer nada.

Gates iba a responder pero el timbre la interrumpió. Sonrió, alegre. –Ahí tienes a tu príncipe rojo. Será mejor que me vaya.

-Espera, no sabes si es… -Victoria abrió la puerta, ignorándola y con una complacida mirada se volvió para guiñarle el ojo a la rubia, antes de marcharse. Matt entró, sin mirarla a los ojos.

Pam no pudo evitar que una chispa se encendiera dentro de ella, una chispa de rabia. Al menos él podía dignarse a mirarla a la cara, ¿no?

-Pam yo…

-No, ahora me toca a hablar a mí –lo interrumpió, cabreada. El pelirrojo alzó la barbilla, sorprendido y asintió, esperando -. Me has dejado tirada como si fuera… basura –él trató de decir algo, pero ella levantó la mano –déjame terminar. No sé que ocurre, entiendo que estés cansado de ir por ahí con una mujer que no puede… no puede disfrutar de su sexualidad sin echarse a temblar o incluso puedo entender que te de asco estar conmigo pero…

-Pam, tú no me das…

-¡Al menos me merezco una explicación! ¡Merezco que me mires a la cara y me digas que ya no te importo!

-¡ME IMPORTAS!

Ambos se miraron, enojados. Matt cerró los ojos y contó mentalmente hasta diez -¿Me dejas hablar?

-Habla –escupió.

-No sé de donde te has sacado que me das asco…

-Tú me has hecho pensar así…

-Ahora estoy hablando yo –dijo, con su mejor tono de amo. Pam automáticamente cerró la boca y se dejó caer en el sofá.

-Me importas, Pam, claro que me importas. Pero yo no podía seguir cuidándote, no cuando todo lo que te ha pasado es culpa mía.

La anticuaria tardó varios minutos en procesar esas palabras. Al final lo miró fijamente y habló, despacio –Explícame por qué es culpa tuya que mi marido fuera un cabrón y mi matrimonio no funcionara.

-Yo os presenté. El día en que te ofrecí a él, algo dentro de mí me dijo que no era de fiar, podía haberte advertido, haberte dicho algo, pero no dije nada. Si yo no os hubiera presentado… si hubiera hecho algo para evitar que te enamoraras de él… tú no habrías sufrido todo eso.

-Ahora lo entiendo todo –murmuró mirando al suelo - ¡Eres gilipollas!

-Pam…

-¿Entonces si es culpa tuya por habernos presentado también es culpa mía por haberme casado? ¿Es culpa mía por haberme enamorado de una bestia? –Muerta de rabia se levantó de golpe y se arrancó la camisa que llevaba puesta; le dio la espalda, retirándose el pelo -¡Todas la cicatrices! ¿Me las merezco, Matt? ¿Me las merezco por no haber sabido elegir?

-No, Pam lo quiero decir es que…

-¡Es que eres gilipollas! ¡Eso es lo que quieres decir! Tú me presentase a un hombre, yo me enamoré de él, quise compartir mi vida con él, le entregué mi corazón, mi confianza, todo lo que tenía. Yo decidí, no tú. Y aun así, después de soportar esa mierda durante dos años, tras tanta terapia y tantas noches culpándome ya he pasado la fase de "me lo merecía por tonta" y ¡no quiero volver ahí! ¿Me oyes? ¡NO QUIERO!

-Pam, cariño…

-No vuelvas a culparte –le advirtió, su voz fría como el hielo -. Necesito a mi lado a alguien que me saque del pozo en que se ha convertido mi vida, no alguien que me hunda aún más. Y quiero que ese alguien seas tú. Pero si no puedes, quizás tenga razón y debas marcharte.

Lo dejó plantado en medio del salón, sin darle la oportunidad de replicar. Se encerró en su dormitorio, agotada después del momento de rabia, esperando que el pelirrojo reaccionase de una vez.