Capítulo 10
-Te propongo un plan.
Matt le tendió una taza de café –que él solito había hecho – y se sentó a su lado. Pam olió la taza, arrugó el entrecejo y se animó a probarlo, rezando para que fuera bebible. Luego se relamió la espuma que había quedado justo sobre sus labios.
-Está rico –comentó, gratamente sorprendida.
-Tú confianza en mis habilidades culinarias me emocionan.
-Si hubiera probado tu comida ahora estaría en Urgencias –contraatacó, haciéndolo reír. Luego de tomar otro sorbo dejó la taza en la mesita, acarició distraída a Audrey e instó al veterinario a continuar.
-Estemos unos días nosotros dos solos, sin contactar con nadie.
-No te sigo.
-Piénsalo. Después de…
-Qué te comportases como un capullo –sugirió.
-Eso. Bueno después de lo que ha pasado no nos vendría mal recobrar la confianza, ¿no crees?
-Pero yo confío en ti –dijo, confusa.
-Lo sé –la acarició con ternura -. Pero no quiero que en medio de una escena pienses en cómo me he comportado y te entren las dudas. Tengamos unos días para nosotros dos, disfrutemos un poco.
-¿Qué sugieres? –preguntó, interesada.
-¿Qué tal irnos de viaje?
-De viaje –repitió -. Matt tengo una tienda que arreglar…
-Miranda y el seguro se ocuparán de eso.
-Acabo de adoptar a Audrey.
-Nos la llevamos.
-No sé si me atrevo a… estar a solas. Sé que no me harías daño pero… no puedo evitarlo, es algo mental.
-Perfecto. No iremos a ningún desierto.
-Matt…
-Escucha, hagamos una cosa. Pasemos un par días aquí, ¿vale? Sin contacto con personas que conozcamos, hasta que se te pase esa sensación de que te voy a atacar en cualquier momento. Cuando te sientas mejor, nos vamos.
-Pero… los viajes hay que planearlos… dónde ir, elegir un vuelo, la ropa…
Matt no pudo evitar poner los ojos en blanco. Su organizada sumisa… -Venga nena, ¿nunca te has ido de viaje sin planearlo antes?
-Pues no –replicó -. De niña iba con mis padres, en la universidad no tenía ni para ir a la vuelta de la esquina y bueno… con Jack no es que yo pudiera elegir a donde ir –añadió, esto último mirando al suelo, la voz temblorosa al nombrar a su ex. Matt la atrajo hacia su pecho, dándole un beso en el pelo.
-Iremos donde tú quieras. Podemos pasarnos una semana planeándolo si quieres. Me conformo con que sólo estemos tú y yo.
-¿Llevarás juguetes? –preguntó. Él soltó una carcajada.
-Yo hablándote de unas vacaciones y tú sólo piensas en los juegos pervertidos.
-Sólo quiero hacerme a la idea –respondió, tensa. No es que los juguetes eróticos como vibradores o plugs la asustasen, pero las restricciones o las pinzas la ponían nerviosa, trayéndole horribles recuerdos. Y no quería ni pensar en los látigos.
-No tienes que hacerte a la idea de nada. No sé qué voy a llevarme, pero todo será para darte placer.
-¿Y si entro en pánico? –Insistió. Jugar en el club era como jugar en casa, un lugar familiar, donde sabía que había personas que la apreciaban y la cuidarían si algo le pasara. Lo mismo había ocurrido en la casa de Richard Castle, pero irse de viaje a un sitio extraño, sin que nadie estuviera allí salvo el veterinario. Se reprendió a sí misma, se trataba de Matt. No necesitaba a nadie que la protegiese de él.
-Piensas demasiado –dijo, exasperado. Cogió un bloc de notas y un bolígrafo que Pam tenía en la mesita de café y se lo tendió -. Quiero que apuntes aquí que es exactamente lo que te preocupa. Mientras yo iré a casa, a por unas cosas.
-¿Te llevas a Audrey? –Le pidió, sin apartar la vista del bloc.
-Claro. Por cierto, luego tendrás que contarme que es eso de que te encontraste con su dueño.
-Su ex-dueño –lo corrigió -. Y no hay mucho que contar. Audrey me llevó hasta él y yo no puedo hacer nada porque no tengo pruebas de que el cabrón la maltrató –concluyó cabreada. Matt entrecerró los ojos y con un silbido llamó a la galga. El animal lo siguió.
-Vendré en un rato –se despidió. Ella asintió, concentrada en su lista.
Matt se agachó en la acera, tomando la cabeza del animal entre las manos -. Muy bien chica, vas a llevarme con tu antiguo amo.
El animal meneó el rabo y se sentó, esperando a que el hombre empezara a andar. Él negó. –Probemos así. ¡A casa, Audrey, llévame a casa!
Con un par de ladridos se levantó y antes de que el veterinario estuviera preparado empezó a correr, tirando de él.
Audrey llevó al pelirrojo por varias calles, hasta de repente pararse. Matt aprovechó para respirar, aliviado, antes de centrarse en el escaparate de artículos de caza. Frunciendo el ceño se volvió hacia la perra, que se había tumbado en el suelo, los ojos tristes fijos en la puerta de la tienda.
-Así que fue aquí donde vivías, ¿no? ¿Qué paso, nena? ¿Dejaste de servir para la caza y él se cansó de ti? Bueno, ahora vamos a ocuparnos de él. Tú espera aquí, ¿vale? –La acarició, dejando la correa atada a una papelera -. Buena chica, no tardaré.
Entró en la tienda y esperó, pero nadie lo recibió. En silencio sorteó las estanterías con libros, rifles y material para cetrería y se dirigió al interior, de dónde provenía el sonido de una televisión. Un hombre estaba tirado en un sillón, con una cerveza en la mano, mirando la pantalla, ajeno al resto.
-Buenas tardes –saludó. El tipo se levantó de un salto, apretando la lata de cerveza, que se derramó por todas partes.
-¿Quién cojones es usted?
-¿Así recibe a los clientes?
-Está cerrado, lárguese.
-En realidad no vengo a comprar –respondió, tranquilo.
-¿Entonces que coño quiere?
-Vengo a hablar de Audrey.
-¿Quién?
-Disculpe, yo la llamo así. Para usted es la perra a la que dio una paliza y dejó tirada.
-¿Se la ha quedado? –gruñó -. Que la disfrute, ahora… -señaló hacia el exterior, pero Matt no se movió.
-Verá, no voy a moverme de aquí, no hasta que pague.
-¿Cómo dice? ¿Pagar? –repitió con humor. Se acercó a él, su pestilente aliento azotándolo -. Lárguese o llamaré a la policía.
-Llame –sonrió -. Tengo guardadas fotografías y el historial de Audrey. Seguro que les gustará conocer al cabrón que la dejó así.
-No tiene pruebas de que fuera mía –replicó -. No pueden hacer nada.
-Quizás -coincidió -. O quizás baste con encontrar a un solo vecino de la zona que afirme que Audrey le perteneció.
-Será su palabra contra la mía.
-¿Y se va a arriesgar? Conozco a gente, señor, mucha gente. Una simple multa podría ser algo bastante más grave si ciertas personas estuvieran dispuestas a hacerme un favor. Y resulta que le tengo mucho cariño a Audrey.
-Se está tirando un farol –respondió, ahora menos seguro de sí mismo. Matt estaba disfrutando mentalmente de aquello. Puso su mejor mirada de amo inflexible para dirigirse al tipo.
-¿Usted cree? –preguntó en voz baja - ¿De verdad va a arriesgarse? Porque tengo marcado en el móvil el teléfono de una inspectora de policía, quizás conozca su nombre, Kate Beckett. Trabaja junto a…
-Ese escritor –terminó el otro, tragando saliva.
-Póngame aprueba y en menos de diez minutos tendrá aquí a la policía, poniendo su negocio y su vida patas arriba.
-Oiga, que quiere de mí.
-No me interesa que vaya a la cárcel –respondió, pensando para sí mismo que era prácticamente imposible que lo encarcelaran por eso. Pero el cabrón no lo sabía -. Creo que me bastará con que haga una generosa donación a mi fundación para animales abandonados. Cuanto más generoso, mejor.
El tipo puso mala cara, pero asintió, despacio: -¿De cuánto estamos hablando?
-Échele imaginación. Y por supuesto, pienso asegurarme de que no vuelva a comprar, adquirir, adoptar o aceptar un perro. Vendré a visitarlo y no me gusta que me tomen por gilipollas. ¿He sido claro?
-o-
Pam dejó el bolígrafo en la mesa y releyó por tercera vez la lista:
PREOCUPACIONES
-Entrar en pánico.
-Ser atada. Látigos. Pinzas.
-Que él se entere y envíe a alguien.
-Que pase algo en la tienda y me necesiten.
Con los dedos temblorosos escribió una última línea
-Que quieras hacerlo y yo no pueda satisfacerte.
Una hora más tarde Pam abría a una entusiasma Audrey y a un Matt cargado de cosas. Con los ojos muy abiertos tomó un par de cajas y las dejó sobre la mesa, mirándolo con curiosidad.
-¿Qué es todo esto?
-Una cama –señaló una cama para perros – juguetes, un comedero doble, huesos anti sarro, una manta, porque conociéndote dejarás que se suba al sofá y a la cama, pienso de la mejor calidad…
-Matt, de todo eso me podía encargar yo –lo interrumpió.
-Lo sé, pero antes de venir he tenido que parar en la clínica y me he dicho "vamos a hacerle un regalo a mis dos chicas favoritas" y aquí estoy.
-Eres imposible –sonrió. Luego señaló una caja marrón, grande:
-¿Y eso?
-Eso son juguetes para nosotros –respondió animado. Ella se tensó.
-¿Qué tipo de juguetes?
-Pues una baraja de cartas, el Cluedo, el ajedrez…
-Deja de burlarte de mí –dijo, enojada, abriendo la caja para encontrase los juegos de mesa enumerados. Se puso colorada y se volvió hacia él:
-Lo siento.
-La caja pervertida es la otra –respondió él, señalando una plateada. Pam volteó los ojos, con paciencia. El veterinario trató de no reírse. –He pensado que en estos días podríamos jugar a las versiones para adultos de los juegos de mesa de toda la vida.
-Mejor no pregunto –comentó, aunque sentía mucha curiosidad por conocer la versión pervertida del cluedo.
-Mejor no, ahora enséñame esa lista.
Ella dejó de sonreír y cogió el papel, avergonzada y se lo entregó. Matt lo leyó en silencio y después lo dejó a un lado. Pam tenía la mirada clavada en el suelo. –Ven aquí –la llamó, estrechándola entre sus brazos. –Una lista muy sincera –la felicitó -. Ahora podría tranquilizarte y refutar cada miedo, pero no voy a hacer eso –ella alzó la mirada, atenta –Sólo haré una pregunta, cielo ¿Confías en mí para que tenga en cuenta cada línea de esa lista?
-Sí, amo –respondió en apenas un susurro.
-Bien –La acarició antes de acercar sus labios a los suyos y besarla. –Ahora dame tu teléfono. Durante los dos próximos días, nada de móviles.
-Tengo que llamar primero a Miranda y…
-De acuerdo –miró su reloj -. Tienes media hora para dejar tus asuntos atados. Luego, ese y este –señaló su móvil-. Se van al cajón.
-Dos días solas con él –le dijo a la perra -. Vamos a volvernos locas.
-o-
-Voy a ducharme –anunció, tras dejar el último plato en el escurridor. Pam dejó la bayeta junto al fregadero y se volvió, sintiendo las piernas temblar.
-¿Aceptas compañía? –Preguntó tras armarse de valor. Él la miró sorprendido.
-¿Segura?
-Solo ducharnos…
-Estamos en tu casa. Te sigo.
El baño no era tan grande como el de su apartamento, algo que el veterinario agradeció. Pam cerró la puerta para evitar que la perra entrase y se apoyó en la puerta, sus ojos clavados en las baldosas. El veterinario se dio la vuelta y empezó a quitarse la ropa, sin hacerle caso. Cuando se encontró totalmente desnudo Pam no pudo evitar mirarle o más bien admirarle. Había echado de menos aquel tatuaje de Bob Esponja en su nalga, tan ridículo en un hombre como ese…
-Me encanta cuando me esperas desnuda –El amo cerró la puerta y se acercó a ella, ayudándola a levantarse –y mojada.
-Es un placer, amo.
-Desnúdame, cariño.
Lo hizo despacio, como siempre. Primero la camiseta, luego los pantalones de cuero; él ya iba descalzo. Pocas veces se ponía ropa interior en el club, así que no tardó en encontrarse con su pene, aún flácido. Lo miró a los ojos, él asintió. Lo rodeó con los dedos, apretando ligeramente, fue a llevárselo a la boca, pero el amo negó –Hoy no.
Ella lo soltó, esperando.
-He estado pensando –comentó -. ¿Cuántas veces he jugado con tu culo, nena? –La acarició, apretando sus nalgas, haciéndola suspirar.
-Tres, señor –Cada plug mayor que el otro, se había sentido tan raro al principio y tan bien después. ¿Le pondría otro?
-Creo que estarías lista para algo más grueso. –Pam abrió la boa, sus labios formando una O, él los selló con un dedo -. Todavía no, preciosa, por ahora me conformo con esto –Llevó la otra mano a sus pliegues, metiéndole un dedo en la vagina, haciéndola sisear. Estaba sensible, la noche anterior ya habían tenido una buena sesión de sexo y su cuerpo no estaba por la labor. Él ser rio.
-Quizás deba darte un descanso.
-Estoy bien, amo –aseguró.
-Ya veremos –respondió -. Ahora sé buena chica y tráeme unos pañuelos de seda.
Pam fue hacia el armario y cogió lo pedido, se volvió y se acercó a él, sorprendida.
-¿Te has hecho daño? –Tocó suavemente una gasa que cubría una parte de su nalga izquierda, él masculló algo y negó.
-Es un tatuaje.
-¿Te has hecho un tatuaje en el culo?
-Sí –la cortó -. Dame los pañuelos.
-¿Puedo verlo?
-Puedo verlo, señor –le recordó.
-Por favor, por favor señor -. Se arrodilló y juntó las manos, poniendo cara de niña buena. Matt suspiró y asintió. Se quitó con cuidado la gasa y se dio la vuelta. Pam miró y no pudo evitarlo.
-¡Dime que es una calcomanía! –Soltó una carcajada, sus ojos llenos de lágrimas, le faltaba el aire. ¿Qué hombre se tatuaba a Bob Esponja en el culo? Por favor, eso mataba el erotismo, la pasión, lo mataba todo. Trató de calmarse, pero no pudo evitarlo y siguió riéndose, hasta quedarse sin aliento. Durante todo el tiempo Matt no dijo nada, se limitó a mirarla cruzado de brazos.
-Lo… lo sien… siento… amo… perdo… perdona… perdóname.
-Te has ganado un spanking –respondió, sin reírse.
-De verdad, lo siento… -Seguía temblando de la risa, él se sentó en la cama y se palmeó las rodillas. Ella obedeció, sin miedo. -¿Me lo vas a explicar?
-Tu amigo Rick es un cabrón –se limitó a decir. Y le dio la primera palmada.
-Con el tiempo empezó a parecerme sexy –comentó. Matt se volvió, siguiendo la dirección de sus ojos y sonrió.
-Jamás perdonaré a Rick por esto.
-¿A quién se le ocurre apostarse un tatuaje de Bob Esponja en el culo?
-Si él hubiera perdido se hubiera hecho uno de Hello Kitty –respondió, haciéndola reír -. Te espero dentro –dijo y se metió en la ducha.
Pam se apoyó junto al lavabo, diciéndose a sí misma que después de haber estado desnuda junto a él tantas veces en los últimos días era absurdo ese miedo. Pero él se había mantenido vestido, parcialmente al menos. Matt había abierto el grifo y el vapor empezó a empañar el espejo. Se desnudó despacio, intentando no pensar, respirando lentamente como su psicóloga la había enseñado. Al fin dejó las bragas en el suelo, se miró una última vez en el espejo empañado. Lo oyó cantar una cancioncilla, se mordió el labio y cantó en voz alta:
-¿Quién vive en la piña debajo de mar?
Matt abrió de golpe la mampara y tiró de ella, metiéndola en la ducha, haciéndola reír.
-Te has ganado un spanking –susurró en su oído, como aquella vez. Pam cerró los ojos, apoyando la espalda en su pecho, sin preocuparse por su desnudez ni por la erección que la rozaba entre las nalgas. Se dejó llevar por el delicioso olor de su jabón de violetas, disfrutando de cada suave nalgada que él le daba, sin dejar de hablarle en voz baja. Suspiró. Volvía a ser como antes.
En el próximo capítulo nos los traemos a España. Besos y gracias por leer :)
