Trama nueva, personajes nuevos. Espero que os gusten. Un beso.
Capítulo 11
-Entonces, ¿cómo os conocisteis?
Pam hablaba un perfecto español, gracias a clases y más clases en una academia. Era una de las pocas cosas que su ex no le había prohibido continuar una vez se habían casado. Y ahora tantos años de pretérito pluscuamperfecto y de "a, ante, bajo, cabe, con, contra…" daban sus frutos.
Se encontraban sentados en un patio del siglo XVI, a la sombra de un naranjo, tomando unas cervezas para aliviar el calor. Sevilla era una ciudad que prácticamente ardía en los meses de verano y el sol no le hacía bien a una mujer de piel tan pálida como ella, pero no iba a quejarse. Se había enamorado de esa ciudad. Y Matt, por mucho que gruñera y dijera que lamentaba el día en que le había dado la oportunidad de elegir el lugar de destino de su viaje, también disfrutaba del encanto de la capital andaluza. El pelirrojo apreciaba la belleza, aunque la compañía fuera… otra cosa.
-No, no y no.
-Dijiste que me dejarías elegir –protestó.
-Podemos ir a dónde quieras, pero ¿con esa bruja? ¡No!
-No la llames así. Ha sido muy amable –replicó.
-¿Amable? Casi me saca un ojo con el picahielos –argumentó.
-Venga, no exageres. Nos ha invitado y a mí me encanta la idea. Porfa.
-Pam…
-Lo prometiste –le recordó, poniéndole ojitos.
-Dormiremos en la casa de unos extraños –intentó hacerle cambiar de opinión.
-Bueno, Estrella dice que es una casa grande. Y… tengo que perderle el miedo a la gente.
-En Sevilla ahora hace mucho calor.
-Hay piscina.
-Odio los toros. Y la paella tiene pinta de estar asquerosa.
-No iremos a ninguna corrida. La paella está muy buena, yo la he probado. Y estoy segura de que los españoles comen otras cosas –Pam lo miró exasperada.
-Pero ella estará ahí.
-Ella tiene nombre. Vamos, Matt, me hace mucha ilusión –rogó.
-No, no me pongas esos… oh, está bien. Pero te lo advierto, a la mínima que haga la…
Pam lo ignoró y lo abrazó, entusiasmada. El pelirrojo aún tenía mala cara pero aceptó el gesto, mientras que se decía sí mismo que a partir de ese momento se aseguraría de que ninguna persona indeseable entrase en el club sin su permiso. De algo tenía que valer ser socio.
-La llamaré para decirle que vamos.
-Puedo llamarla yo, si quieres.
-Ni hablar –contestó, cogiendo el teléfono y la tarjetita que la ama le había entregado la noche anterior, cuando la habían conocido. Aunque habían decidido quedarse en el apartamento los dos solos, Victoria Gates había insistido para que fueran al club a una fiesta privada y allí les había presentado a la dominatrix española. Una mujer decidida que había puesto los ojos en Pam nada más verla. Y Matt se había sentido incómodo. Por no decir molesto. ¡Qué cojones!, estaba cabreado. Mucho. Y para colmo la española había comentado de pasada que había sido invitada por un buen amigo –dueño de un club BDSM, al igual que ella- a pasar unas semanas en Sevilla. Y la tal Estrella sin decirle nada había invitado a Pam. ¡A su sumisa! Y ahí es donde el pelirrojo había tenido que dejar claro las cosas… y ahora se encontraba llamando a la Estrellita para confirmarle la asistencia. Genial.
-Creo que al final Estrella y tú os llevaréis bien –Pam le guiñó un ojo. El amo entrecerró los suyos.
Andrés, el dueño de la casa/club/monumento le entregó una cerveza a su mujer, quien le dedicó a la anticuaria una mirada simpática. Estrella acarició la cabeza de la sumisa que se encontraba arrodillada a sus pies, la había presentado como Susana. A Matt le había sorprendido que la dominatrix acudiera con una sumisa, pero al parecer mantenían una relación bastante abierta. Me da igual lo abierta que sea, no vas a meterte en las bragas de Pam. A su lado otro amo, Ángel daba un trago a su botellín, mientras sus sumisos –sí, dos, un joven y una muchacha- nadaban en la piscina, al otro lado del palacete. Por último, Eva, una dominatrix de aspecto frío y serio tomaba una coca-cola, con las piernas estiradas sobre la espalda de su sumiso. Un grupo variopinto, había pensado Pam en cuanto los había conocido a todos. Erika, la sumisa de Andrés, de veintiséis años y quince más joven que su amo, lo miró de reojo antes de responder a Pam.
-Digamos que tuvimos un encuentro a la española.
-¿Cómo es eso? –preguntó, confundida, mientras que el amo de la chica se reía.
-Pues fue hace tres años…
-Dios, estoy harta, necesito algo, algo que me sirva…
-Pues niña, que quieres que te diga, aquí sentadita no vas a encontrar ná.
Erika miraba a su prima, desesperada. Hacía tres meses que había terminado la carrera y milagrosamente –vale, por enchufe- había conseguido un trabajo en una revista sobre Sevilla. El número en cuestión iba sobre monumentos pocos conocidos de la ciudad del siglo XVI y le habían encargado un buen número de fotografías sobre el tema. Pero su jefe no había estado contento. "Necesito algo más, quizás un patio que no esté abierto al público sirva. Busca en las casas de particulares". Habían pasado ya cuatro días desde aquello y se le acababa el tiempo.
-¿Se te ocurre alguna idea?
-Coge esa cámara que tienes y vete a hacer fotos. A ver si encuentras un patio de esos antiguos, que por Sevilla hay muchos.
-Eso ya lo sé –resopló -. Si vas a limitarte a repetir lo que quiere mi jefe, mejor no digas nada.
-Ay hija, que antipática. Pues búscate la vida, como hacemos todos –replicó, dándose la vuelta.
-Vero ¡Vero, no te enfades! Genial –masculló. Pero su prima ya había salido por la puerta. Soltando un gruñido miró la cajetilla de tabaco que había sobre la mesa del comedor. No, no, no, llevas tres días sin fumar, no te rin… ¡A la mierda!
Mientras soltaba el humo del segundo cigarro y reflexionaba sobre lo asquerosa que era la vida, su móvil empezó a sonar, el nombre de Vero brillando en la pantalla. Descolgó.
-Dime.
-Escucha borde, creo que tengo algo que puede ayudarte.
-Dios, como te quiero.
Erika se miró una última vez al espejo antes de echarse el flequillo a un lado y asentir, con aprobación. Un vestido corto, unas sandalias con tacón y un bolso beige, informal pero elegante. O eso le habían dicho en la tienda. Tras asegurarse de tener el número que necesitaba apuntado en el móvil cogió el paquete de tabaco –era una emergencia- y salió, deseándose suerte.
-¿Sigues trabajando para la revista? –Pam preguntó, interesada. Erika se rio.
-No, después de conocer todo esto ahora me dedico a darlo a descubrir al público –respondió.
Tiene que ser por aquí…
Erika miraba a un lado y a otro, la calle era estrecha, muy propia del barrio de Santa Cruz. A la joven le sorprendía que hubiera una casa en el famoso barrio con un patio del siglo XVI intacto y que nadie lo supiera, pero las fuentes de su prima solían ser fiables. Continuó caminando, atenta cuando de repente se vio en el suelo, clavándose las piedrecitas del acerado en las rodillas. Y con un tacón menos.
-Pero qué cojones, ¡no puedes tener más cuidado! –gritó, indignada, sin molestarse en mirar a la persona que había chocado con ella. Ya en pie, haciendo equilibrio como buenamente podía se dignó a levantar la cabeza, para encontrarse con un hombre de unos cuarenta años, atractivo, con canas y con el ceño fruncido. El hombre, que la tenía cogida del brazo, la soltó.
-No soy yo quien va caminando sin mirar por donde va –respondió, sin alterarse –Tenga más cuidado la próxima vez, señorita. Y más educación.
-Espera, que encima la culpa es mía –gruñó, diciéndose para sí misma un "que te jodan" antes de caminar unos pasos para después apoyarse en la pared a quitarse los zapatos. Perfecto. Esperaba que el tío tuviera un accidente múltiple. Daba igual que fuera guapo –que lo era- o que por debajo de ese polo y esos vaqueros se adivinaran buenos músculos, merecía morir. Por gilipollas.
-Por supuesto, ahora cuando me habla así le pongo el culo bien rojo –comentó Andrés, haciendo reír al resto y sonrojar a Erika, quien apartó su sillas unos centímetros de la de él antes de continuar.
-Aquí tiene, un 38. Ya verá, va a estar guapísima, va a ser la envidia de todas sus amigas… tipical spanish.
-No se moleste, que soy de aquí, cobre y calle.
Erika cogió la vuelta y los zapatos y salió de la tienda de souvenir. Dios, tenía ganas de llorar, pensó mientras se ponía los zapatos de tacón rojos de lunares. Menos mal que no me está viendo nadie… anda que vaya imagen voy a dar.
Tras fumarse el sexto cigarro del día volvió a meterse por la callejuela, esta vez mirando bien a cada persona que pasada por su lado, agachando la cabeza ante las risas y los dedos que señalaban los zapatos horteras.
Miró su reloj, llevaba dos horas buscando, estaba agotada y le dolían los pies -¿de qué coño están hechos estos zapatos?-cuando la suerte empezó a sonreírle, o eso creía. Allí estaba, la placita que daba entrada a la casa.
-¡La encontré! –corriendo todo los que los zapatos le permitían se acercó a la verja y llamó al timbre.
-¿Sí?
-Sí… mire trabajo para la revista Sevilla tiene un color especial(sí, no se me ocurría nada más) y me gustaría entrar para hacer unas fotos a su patio… me han dicho que es del siglo XVI y...
-Lo siento, no puedo ayudarla…
-Oiga –su voz sonó muy baja, hundida -. Por favor, sólo déjeme entrar y explicarle. Serán cinco minutos.
-Estuve tentado de echarla sin miramientos, pero ese tonito de pena… al final caí en el engaño.
-Te quejarás del cambio –replicó ella, divertida.
-Está bien, pase.
Erika entró, encontrándose con un zaguán en recodo, para después cruzar una puerta de madera y adentrarse a un sencillo patio con dos tiestos. Se sintió decepcionada. ¿Tanta historia para esto? Pensando en dar las gracias y marcharse se giró, pero la voz del hombre la llamó.
-Es por aquí, venga.
Decidida a no ser maleducada se dejó guiar por la voz, atravesando una habitación bastante amplia para dar a parar a un maravilloso patio porticado que la dejó con la boca abierta. –Esto es otra cosa…
-Lamento que el patio pequeño la decepcionase –dijo una voz masculina a sus espaldas. Por lo que me dijeron los anteriores dueños, cuando hicieron la casa el patio pequeño era usado por el servicio.
-Vaya, gracias por dejarme ent…
-Y ahí es cuando me di cuenta de que estaba perdida.
-Bueno, no fue tan malo… -Andrés trató de aguantar la risa.
-Oh… es usted.
-El gilipollas con mierda en el cerebro. Sí, soy yo. Andrés, para los amigos –él se burló.
-Yo no… bueno supongo que… ha sido un placer –se dio la vuelta, lista para irse, pero la palma grande y caliente masculina se posó en su hombro, frenándola con firmeza.
-¿No tenía que hacer unas fotos?
-Sí, bueno, ese era el plan.
-Entonces quizás debería sacar la cámara –sugirió -. Me apartaré para no molestarla.
-Sí, mejor… -Él arqueó las cejas -. No, quiero decir… bueno, gracias por dejarme hacer las fotos.
-De nada. Pero le aviso, sólo tiene permiso para fotografiar el patio, nada más.
-Por supuesto.
-Esperaré allí –señaló un banco de piedra, cubierto de azulejos y se dirigió hacia él, donde se sentó, mirándola con atención. Erika sacudió la cabeza, aturdida antes de sacar la cámara y empezar a hacer fotos como loca, sin olvidar ningún detalle. La fuente, los azulejos, el naranjo en flor, los arcos y los escudos que los decoraban. El lugar era precioso y muy tranquilo. Suspiró, disfrutando unos segundos de la calma. Luego se giró, él seguía allí, viéndola trabajar, como si… le interesase. Pulsó el botón de la cámara una última vez, fingiendo enfocar los azulejos de la pared, capturándolo a él. Dios, estaba muy bueno para sus años. -¿Necesita alguna más?
-No… bueno puede que alguien venga a verle para preguntarle sobre la historia del patio –le dijo, él asintió –Gracias otra vez.
-No hay de qué. Es lo menos que un hombre puede hacer tras… obligarla a llevar esos zapatos -sonrió. Erika sintió como sus mejillas empezaban a arder y clavó la mirada en un punto fijo, alejado de la sonrisa masculina.
-Este lugar es precioso –dijo -. Debería darlo a conocer.
-Lo conocen –repuso -. Las personas que me interesan que lo conozcan.
-Creo que podría organizar visitas… ya sabe, grupos escolares, turistas…
-Esto es Sevilla, muchacha, patios antiguos no es lo que falta.
-Uno más se agradecería –respondió, enfrentándose a él. El hombre se encogió de hombros.
-Puedo invitarte a tomar algo,…
-Erika.
-Muy bonito –comentó -. Vamos, deja que te ofrezca algo de beber, debes estar sedienta.
-En realidad, debería irme ya.
-Vamos, deja que te explique porqué este no es un buen lugar para grupos escolares ni turistas. Puedes quitarte esos zapatos… tienen pinta de ser incómodos –la engatusó. Erika miró dudosa la mano que le tendía, pero tras el primer reparo se descalzó, entusiasmada y colocó la suya sobre la de él, que la apretó suavemente, enviando una ráfaga de calor por el cuerpo de la chica. Calor que él, indudablemente, notó.
-Compré el palacio con una herencia que me había dejado mi abuela –comentó, mientras la guiaba -. Necesitaba bastante obra, aunque el patio estuviera en perfectas condiciones, los antiguos dueños se habían ocupado de ello. La necesidad de muchas reformas abarató bastante la compra.
-Has hecho un buen trabajo –respondió.
-Me gusta la comodidad y sobre todo la intimidad. La puerta principal estaba al otro lado de la casa, pero prefiero la cancela del pequeño patio, da mucha privacidad. Y la privacidad es algo que necesito.
-¿Escondes cadáveres o algo así? -Él se paró y la miró, clavando los ojos marrones en los de Erika. Sus labios se curvaron hacia arriba.
-Dejé eso hace tiempo –y tirando de ella continuó.
-La casa tiene diez habitaciones y cinco baños –explicó -. Me gusta recibir invitados.
-Mi piso cabría en el patio –comentó, haciéndolo reír.
-Y por aquí… -Al cruzar un tercer patio, más pequeño que el anterior pero no tanto como el primero, se volvió a parar, volviéndose hacia ella. Al otro lado del patio se levantaba un segundo edificio, en armonía con el primero pero que evidentemente no era una casa -… está el motivo por el que este lugar no es recomendable para visitas. –Sacó una llave y abrió otra sólida puerta de madera, echándose hacia atrás para que ella entrase.
-Esa cara sí que era para fotografiarla –Andrés miró a su sumisa, quien le frunció el ceño antes de volverse hacia Pam.
-El muy cabrón ni me avisó. Simplemente abrió y ala, entra a ver qué te parece.
-Pero te quedaste –señaló ella.
-Bueno, no iba a dejar escapar al madurito millonario –se rio, recibiendo una palmada en el muslo que la instó a continuar.
-Esto no…
Tenía que salir de allí. Ese hombre era un pervertido. Y puede que un viola…
-Tranquila, Erika –murmuró él, en voz baja, posando sus manos en sus hombros, frotando suavemente.
-Tengo que irme.
No podía quedarse en aquel lugar, por muy excitante que fuera. Las cruces, las mesas con esposas, los bancos de cuero negro… las palas y látigos en una pared y el olor a… sexo en el ambiente. Todo le gritaba que saliera corriendo y todo le suplicaba que se quedase. Y aun así, Erika sabía que aquel lugar no la aterraría –ni excitaría tanto- si no fuera por el hombre que la miraba con las pupilas dilatadas. Y que acariciaba sus hombros con ternura.
-¿Te chocas con ella en un callejón y ya sabes que va a ser la mujer de tu vida? –Matt sonrió, en un español no tan bueno como el de Pam, pero aceptable. Andrés asintió, atrayendo a la joven hacia él.
-¿Qué puedo decir, amigo? Uno sabe cuándo la chica merece la pena.
-¿Y tú? –Pam miraba a Erika -. ¿Cómo supiste que era el adecuado?
-Bueno… cuando vas por la calle con unos zapatos como esos y un hombre se interesa por ti, créeme, es que él.
-Le hice guardar los zapatos –añadió Andrés -. A veces la obligo a ponérselos sólo para follar –terminó, guiñándole un ojo a la rubia, quien se echó hacia atrás, entre tímida y divertida.
-Así que aquí estamos. Yo gané un puesto fijo dando a conocer este maravilloso patio y…
-Yo la gané a ella –concluyó el amo -. ¿Adivinad quien salió ganando con el cambio?
-o-
-Son agradables.
Pam echó a un lado la colcha y las sábanas y se metió en la cama, con Matt a su lado. El veterinario asintió, recostándose, tras dedicarle unas palmaditas a Audrey. La mascota había sido el último recuerdo que el pelirrojo había utilizado en contra del viaje, pero Estrella había respondido con un "a Andrés le encantan los perros". Y allí estaban los tres. Pared con pared con la dominatrix que por lo gemidos que se oían al otro lado estaba muy ocupada con su sumisa.
-Erika y Andrés parecen muy enamorados. Y te equivocabas con Estrella. Se la ve bien con su sumisa.
-Me preocupa eso de la relación abierta –contestó con poco entusiasmo. Pam se recogió el pelo en una trenza y lo miró.
-¿Qué importa? Yo sé muy bien quien es mi amo. Además, no me van las tías.
-¿Cómo sabes que no te gusta si no lo has probado?
-¿Te das cuenta de que con frases como esas me animas a probarlo?
-Siempre digo muchas tonterías –respondió, haciéndola reír. Pam se acercó y lo rodeó con los brazos, apoyando la frente contra la suya.
-Gracias por este viaje. Aquí me siento… segura y feliz. Es como si fuera otra Pam.
-Una Pam que me encanta –murmuró, dándole un beso en el pelo antes de soltarla. La rubia se tumbó y cerró los ojos, sintiéndose tranquila y protegida. Matt la observó dormir, diciéndose a sí mismo que aprovecharía cada minuto del viaje para eliminar sus miedos. Empezando por el miedo a las ataduras.
-o-
-Ama, por favor.
Susana miró a su ama, quien arqueó las cejas, por encima del libro. La estricta ama no había tenido ganas de fiesta, estaba cansada por el viaje, pero la sumisa había insistido. Y para contentarla la había dejado sobre la cama, con una barra separadora, las manos atadas y un vibrador. Estrella miró el reloj y negó. –Diez minutos.
-Por favor –rogó.
-No te corras –se limitó a decir, pasando la página y sonriendo. Era divertido verla retorciéndose, jadeante y sudorosa, tratando de contener el orgasmo. Como también era muy divertido ver al imbécil pelirrojo marcando su territorio. Victoria ya la había advertido sobre lo protector que era y más desde que la rubia había pasado por una horrible experiencia. El veterinario era idiota. Ella no tenía ningún deseo de follarse a su sumisa, por muy guapa que fuera. Le gustaba la suya, Susana era todo lo que podía desear y más. Aunque eso el pelirrojo no tenía por qué saberlo. Ya se daría cuenta. Mientras se divertiría tocándole los huevos.
Un gemido más alto que los otros llamó su atención. Se acercó a ella, tomándole el rostro entre las manos. –Siete minutos –dijo, antes de besarla. Susana sollozó.
