Capítulo 12
Pam seguía dormida cuando Matt salió silenciosamente del dormitorio, con Audrey pisándole los talones. Se agachó para ponerle la correa cuando el animal empezó a gruñir. El pelirrojo la miró extrañado, Audrey nunca gruñía, jamás.
-Buenos días –Estrella saludaba desde atrás, sólo vestida con un bikini y con una toalla bajo el brazo. Cerró la puerta cuidadosamente y miró al animal, que le respondía con ojos de pocos amigos. –Parece que no le caigo bien –observó.
-Es raro –repuso -. Ella no suele equivocarse cuando alguien merece la pena.
-Bueno –Estrella sonrió, ignorándolos a ambos y girándose camino a la piscina -. Sólo hay alguien en esa habitación a quien me gustaría caerle bien.
Matt apretó los dientes y se volvió hacia la perra: -Muerde la próxima vez. –Audrey meneó el rabo, mostrando su conformidad.
Pasó por el patio, donde encontró a casi todos los demás invitados desayunando. Erika, vestida con unos shorts, zapatos de tela y una camiseta llevaba con correa a un pastor alemán, que tiraba con impaciencia. Al verlo, la joven señaló hacia Audrey.
-Puedo llevármela, si quieres. A Castle le gustará la compañía –añadió, divertida.
-¿Castle? –repitió.
-Andrés es fan de la serie. La otra opción era ponerle Nathan.
A Ricky le va a hacer gracia, pensó. Luego miró a la galga, que esperaba agazapada, con desconfianza. Suspiró.
-No creo que sea buena idea… Audrey no confía en la gente…
-Oh, no importa, le caigo bien a todos los perros –aseguró, quitándole la correa de las manos, sorprendiéndolo. –Vamos, guapa, vamos, eso es, buena chica, vamos a dar un paseo, ¿quieres? –Sin darle otra opción tiró de ella hasta que el animal dejó las reticencias y empezó a caminar con normalidad, aunque con las orejas en alto. Matt se sentó y aceptó una jarra con zumo de naranja, en parte preocupado por Audrey y en parte animado porque la perra hubiera aceptado ir con una desconocida.
-Vamos, camina.
Se volvió para encontrase al sumiso de Eva cruzando el patio a cuatro patas, desnudo. Ella llevaba un vestido corto y unos zapatos de tacón alto, a Matt le recordó a una barbie con la que jugaba su hermana de pequeña, aunque la muñeca de Hannah no había llevado un látigo en la mano. Andrés se acercó a ellos en ese momento, echó un vistazo a la pareja y se sentó, como si es espectáculo no llamase su atención. Matt tomó un trago de zumo, la verdad es que las escenas de flagelación con látigos de una cola nunca le habían interesado. Él no usaba látigos, había que tener habilidad para ello y no era su instrumento. Prefería los flogger o las palas. Sí, una pala chocando una y otra vez contra el culo de Pam era…
-Buenos días.
La anticuaria sonrió al resto y se sentó junto a ellos, aceptando un vaso de café helado. Matt puso mala cara, no la quería en el patio, no con la escena que la pareja protagonizaría a continuación. Pero antes de que pudiera decir nada Eva había atado al sumiso a unas restricciones situadas bien disimuladas en la pared y había alzado el brazo. El látigo resonó por todo el patio, sobresaltando a los sumisos y helándole la sangre a una en particular.
-¿Eso es…
-Un látigo. Voy a usarlo contigo.
Jack cogió sus muñecas y las ató, con poco tacto. Pam tragó saliva antes de hablar.
-Pero… es un límite… -Pam lo había dejado bien claro tiempo atrás, cuando Matt le había preguntado los límites al iniciar la doma. Jack había aceptado la lista cuando la había reclamado como suya y hasta entonces no había roto las reglas. El amo sonrió, tomándola del rostro.
-Lo sé, pero quiero probarlo. Y tú quieres complacerme. ¿Verdad?
-Sí, pero…
-Mi preciosa Pam, ¿crees que te haría daño?
-No…
-Soy tu amo, nena, te cuidaré siempre. Esto sólo va a doler un poquito más de lo normal, ¿acaso no puedes soportar un poquito de dolor por el amo que te da todos tus caprichos?
-¡Pam! –La voz resonó, alta y clara y ella se volvió, al igual que Eva, que frunció el ceño. El grito había desconcentrado a la dominatrix, que había bajado el brazo lentamente. En la pared, empapado de sudor y con una notable erección, el sumiso esperaba el siguiente golpe.
-¿Qué pasa? –preguntó la ama, mirando al pelirrojo.
-Nada –respondió con un tono de disculpa -. Pam tiene algunos problemas con los látigos. Ven aquí, cielo –dijo, tendiéndole los brazos. Ella se refugió en ellos, enterrando la cabeza en su hombro. Andrés, que estaba avisado de los problemas de la anticuaria murmuró algo al último amo del patio que acariciaba el rostro a su sumisa, mientras le decía a su chico que todo estaba bien. Dos sumisos, dos personas a las que cuidar. Matt se dijo a sí mismo que jamás podría tomar tanta responsabilidad. Ya era difícil estar atento a las necesidades de Pam, pero ¿dos a la vez? Demasiado.
Se centró en Pam, que temblaba incontrolablemente sobre su regazo. –Tranquila. Pam, quiero que abras los ojos y mires hacia la escena. –Ella negó, sacudiendo la cabeza, su cabello golpeando en la mejilla al amo. Sus manos se aferraban a su camiseta y se negaba a soltarse.
-¿Qué ocurre? –Estrella se acercó a ellos, con la toalla sobre los hombros. Susana la seguía, vestida.
-A la chica le dan miedo los látigos –respondió Ángel, el amo de los dos sumisos. Estrella puso mala cara.
-Yo también los odio –Susana se sentó, su ama a su lado -. Demasiado dolor para mi gusto. Y mi ama no es precisamente suave.
-Ángel quiso que lo probara una vez –reconoció Jessica, mirando a su amo de reojo -. No fue muy duro, pero no es algo que me encante… ni a él tampoco –añadió, señalando a su compañero.
-Es cuestión de gustos –Eva observaba a su sumiso, eligiendo la próxima zona de impacto -. Algunos prefieren más dolor y otros, menos. A él le gusta así –y volvió a golpear.
Pam gimoteó sobre el pecho de Matt, quien le acarició el pelo, hablándole en voz baja. El pelirrojo había tomado una decisión –Mira la escena, cielo, confía en mí. –Ella volvió a negar.
-Aquí solemos castigar a las sumisas desobedientes –dijo Andrés, suavemente. Pam alzó la cabeza, asustada. Matt parecía tranquilo; el pelirrojo rozó su mejilla con el pulgar. –Mira –repitió. Temblando, se obligó a mirar. Eva acariciaba la espalda del hombre, enrojecida; lo tomó del rostro y lo besó, murmurando algo que el resto no pudo oír. Luego se apartó y se preparó. Pam quiso volverse, pero su amo se lo impidió –No –dijo, tajante -. Respira hondo, cielo. Y observa.
-No quiero… -susurró, sentía un nudo en el estómago. El olor a tostadas recién hechas le daban nauseas. Quería correr hacia el dormitorio y encerrarse allí. Se maldijo por ser tan estúpida, ¿por qué había aceptado ir a España, sabiendo que estaría rodeada de amos y sumisos con sus diferentes gustos? Ninguno de ellos podía entender el pánico que sentía y Pam no tenía derecho a pedir que pararan. Era su problema. Ella era la que sobraba allí. No ellos. Ellos no estaban dañados ni…
¡Paf! -¡Ay! –Se frotó el muslo donde el amo le había dado un fuerte azote. Miró hacia arriba, Matt le fruncía el ceño. –Deja de pensar y mira. –Apretando los labios volvió a mirar la escena. El látigo chocó contra la piel del hombre, que parecía ido. Perdido en el subspace. Pam suspiró con tristeza, echaba de menos esa sensación. –Pronto te llevaré allí –le susurró el amo. Lo miró; a diferencia de ella, Matt estaba centrado en Pam, en cada expresión de su rostro. Una mezcla de preocupación, cariño y excitación. El pelirrojo sonrió y llevó las manos hasta su cuello, donde desató los nudos que ataban su vestido y su bikini, dejándola desnuda de cintura para arriba. Sus pechos a su alcance. Acarició uno, disfrutando del tamaño e hizo rodar un pezón entre sus dedos. –Sigue mirando –le ordenó.
Pam sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con lo que había sentido antes. El amo torturaba sus pechos, manteniéndola atenta a lo que hacía, incapaz de pensar en nada más. Ni siquiera el chasquido del látigo ni los consiguientes gritos de placer del sumiso llamaban su atención. Las náuseas poco a poco se disipaban. ¿Cómo podía él hacerla olvidar de lo que tenía a su alrededor?
¡Paf! –Piensas demasiado –gruñó él –Te he dado una orden. Mira. –Apretó el pezón entre sus dedos, con más fuerzas. Pam jadeó y trató de centrarse. El latigazo sonó como si la pareja estuvieran muy lejos de allí. El pelirrojo posó los labios sobre el hombre de la anticuaria y la mordió allí; ella se retorció, ladeando la cabeza para darle mejor acceso. Matt le dio otra palmada –No te muevas. Y míralos. –Lo intentó. De veras que lo intentó, pero su concentración falló cuando la mano del amo se introdujo dentro del vestido arremolinado en su cintura y más abajo. Dentro de la braga del bikini. Su dedo paseó arriba y abajo entre sus labios, rodeando su clítoris y repitiendo el trazo. Una. Dos. Tres veces. La rubia se retorció, gimiendo. De nuevo el chasquido del cuero, lejano, ya no amenazante, casi como si fuera… música. Cerró los ojos y él introdujo un dedo en su vagina. –Tan caliente… –susurró él, lamiendo sobre su cuello. Pam echó la cabeza hacia atrás. -Tan cerca… -frotó ligeramente el clítoris hinchado. –Sí… estás lista… -murmuró con voz ronca y sacó el dedo de ella, metiéndolo de golpe junto a otro, curvándolos en su interior, el pulgar dedicando a atenciones su clítoris, esta vez rápido, con la presión necesaria. Y ella se rompió. Sus caderas se movieron, una y otra vez, al compás de su mano; Pam se corrió con un grito bajo, sexy, al mismo tiempo que Eva usaba el látigo sobre su sumiso por última vez, regalándole el orgasmo que tanto ansiaba. La rubia cayó agotada sobre el torso del amo, su pecho subiendo y bajando con rapidez, el sudor empapándole la frente. Matt le apartó el pelo a un lado y la besó, hablando sólo para ella –Ahora cuando oigas el chasquido de un látigo... tendrás un recuerdo mejor en el que pensar. –Y ella se rio, calmada. Relajada.
