Capítulo 13
-¿Pam? ¿Puedes venir, cielo?
Pam se volvió ante la suave voz de la dominatrix. La anticuaria llevaba puesto un vestido fresco y trasportaba una jarra con agua fría, para la cena. Habían pasado un par de días desde que Eva había azotado a su sumiso en el patio y todos estaban animados. Andrés incluso había decidido que había pasado tiempo suficiente como para que pudieran conocerse y jugar juntos en su mazmorra. Pam estaba nerviosa. Sabía que sólo la tocaría su amo, nadie más, pero no podía alejar aquella voz que le decía que no era buena idea, que lo estropearía todo. Afortunadamente, esa voz la espantaba otra que le recordaba que ella no podía estropear nada. Durante los juegos era el amo quien se ocupaba de todo, la sumisa sólo tenía que sentir. Todo lo que ocurriese, dependería de él.
Ama Estrella llevaba puesto un vestido negro, ceñido. A diferencia de las sumisas, ella no tendría que desnudarse, no si no quisiera, por eso había elegido bien su ropa. Pam no se había complicado la vida, sabía que en cuanto terminaran de cenar y entrasen en el cuarto de juegos su vestido quedaría abandonado en una esquina, así que, para qué complicarse. La dominatrix estaba sentada en un banco, calzándose con unas botas de tacón de agua, también negras. Al ver que la sumisa no respondía, la llamó de nuevo.
-Ven, por favor.
-¿Desea algo, señora? –Preguntó educadamente. Les habían comunicado que durante la tarde y noche tendrían que seguir el protocolo. No era algo que la molestase, estaba acostumbrada del club. Le gustaban las reglas, daban orden a su vida.
-¿Podrías ayudarme a atarme las botas? Se lo pediría a Susana, pero está descansando.
De una buena sesión de sexo, pensó Pam. Desde la piscina había podido oír primero las súplicas y luego los gemidos y gritos de la mujer. Estrella sonrió.
-¿Cariño? Las botas.
-Puedes abrochártelas tú –replicó sin pensar, dándose cuenta de su error. El ama se enderezó, sus facciones endureciéndose y aun así, una risa en sus ojos.
-Pam… eso ha sido irrespetuoso.
-Señora yo… -Se dejó caer con brusquedad, aún sosteniendo la jarra, que derramó gran parte del contenido. Estrella se la quitó y la dejó a un lado.
-¿Te han dicho cuáles son los castigos por las faltas de respeto?
Tragó saliva. Claro que se lo habían dicho. Podía elegir entre recibir cinco azotes por parte del amo agraviado o veinte de mano de su amo… delante de todos. O podía decir la palabra de seguridad y nada le pasaría, seguiría en el hotel y disfrutaría de sus vacaciones, pero sin poder disfrutar del elemento BDSM… No se le permitiría jugar con su amo y además… decepcionaría a Matt por no aceptar su merecido castigo.
-Sí, señora –susurró, su mirada fija en el suelo.
-Bien, veamos. Puedes ir a buscar a tu amo, decirle que has sido maleducada y él te castigará. Y eso, y lo sabes, cariño, te hará sentir avergonzada delante de todos los demás. O puedes simplemente pedirme disculpas, ponerte sobre mis rodillas, aguantar cinco azotes y no le comentaré nada a nadie. Cinco azotes no son muchos, ¿no te parece?
No, no eran muchos, no lo hubieran sido muchos años antes, pero ahora… Ella no dejaba que nadie la tocara. Sólo Matt y Rick. No se sentía capaz. Abrió la boca para llamar a su amo, pero nada salió. Sólo podía imaginar la mirada de decepción de Matt cuando le dijera que había sido irrespetuosa. Su comportamiento como sumisa era reflejo de la educación que su amo le daba. No quería decepcionarlo. Ni quería que esta ama la castigase. No sabía qué hacer.
-Cariño –Una voz suave la llamó y alzó la mirada. La dominatrix la sostuvo por la barbilla, sus ojos clavándose en los suyos -. Sé que te pasó. Y sé que tienes miedo. Pero debes tener presente una cosa, aquí estás entre amigos, el amo Andrés cuida de todos vosotros; él me cortaría las manos antes de dejar que te hiciera daño. Y si no, tu perra me las arrancaría de un mordisco. Y por encima de todo, soy fría e inflexible, pero no soy cruel. Créeme, me encantaría tener delante al monstruo que te hizo daño y jugar con sus pelotas –Pam esbozó una sonrisa al imaginar la escena –Si todo esto no te es suficiente, te recuerdo que el pelirrojo insufrible te protege de todo. Y ahora, cielo, dime cuál es tu decisión.
Inspiró hondo y cuando habló su voz sonó muy baja, pero estable: -Elijo los cinco azotes. Señora.
Ella sonrió, complacida y se palmeó las rodillas. –Ven aquí.
Vamos, no es tan difícil, ya lo has hecho antes. Era cierto, no era la primera vez que una mujer la castigaba, ya había ocurrido antes el club. Dio un paso y otro. Y otro más, hasta situarse justo a su lado, a su derecha. Estrella asintió y tomándola de la mano la guio, dejándola atravesada, con su cabeza cerca del suelo. Tuvo que mantener el equilibrio apoyándose con las manos. Dios, la postura era tan humillante. Y aun así Pam jamás entendería como aquello la excitaba tanto. Incluso aunque se tratara del regazo de una mujer. Apenas pudo moverse cuando la dominatrix le levantó la falda y le manoseó el trasero.
-Sin bragas –observó -. Buena chica, cumpliendo las reglas. –Nada de bragas durante las horas de juego, le habían dicho y no había protestado. Ahora lamentaba haber cumplido las reglas. Se tensó cuando la mujer la acarició entre las nalgas. –Tranquila chica, no voy a hacer nada más, no tengo permiso. Y dudo mucho que tu amo me lo de.
Pam cerró los ojos y esperó… y esperó… y esperó. Pero los azotes no llegaban. Se arriesgó a mirar hacia atrás; la señora chasqueó la lengua y se apresuró a volver a colocarse.
-No te muevas, no he dado permiso –la regañó -. No me obligues a darte más azotes de los que acordados.
-No, señora –dijo muy deprisa -. Lo siento ama Estrella.
-Dime una cosa, ¿Cuándo fue la última vez que te azotó tu amo?
-Hace unos días –respondió.
-¿Qué usó?
-Una… -Se puso roja -… cuch… cuchara de madera, señora.
-¿Una cuchara? –repitió, antes de soltar una carcajada -. ¿A tu amo le gusta jugar a las cocinitas?
-Estábamos en la cocina cuando rompí las reglas –aclaró.
-¿Qué hiciste? –Se interesó, empezando a acariciarla de nuevo. Pam tenía un culo precioso, pensó, aunque prefería el de su Susana.
-Yo… había prometido guardar un secreto y… rompí la promesa –murmuró, avergonzada. Siguió acariciándola, tierna.
-Cariño, tras los castigos perdonamos las ofensas. Pero sois vosotras las que tenéis que aprender a perdonaros a vosotras mismas. No te avergüences ni te sientas mal por algo que ya está olvidado.
-Señora… ¿por qué me pregunta todo esto? –Dijo, confusa.
-Por nada en particular. Salvo que llevas diez minutos sobre mi regazo y no se ha acabado el mundo.
Pam comprendió rápido el significado de aquello. Estaba recostada sobre las rodillas de otra persona que no era Matt y lo estaba soportando. No estaba llorando ni le iba a dar un ataque de pánico. Salvo por la preocupación por el castigo… estaba bien. ¡Estaba bien!
Estrella sonrió, satisfecha y entonces alzó la mano.
El primer azote cayó, duro, sobre su nalga derecha y a ese le siguieron otros cuatro, turnándose. Cuando terminó, Pam se sentía dolorida, la dominatrix no tenía mano suave, desde luego, pero daba igual. Era un dolor soportable. Mucho más soportable que pensar que jamás volvería a confiar en nadie. Se levantó y pidió disculpas de forma educada.
-Estás perdonada –tuvo por respuesta -. Puedes ir con tu amo.
Pam tomó la jarra, pero entonces, en un ataque de felicidad la dejó a un lado y abrazó con fuerza a la otra mujer, quien se sintió sorprendida y halagada a la vez. Le dio un beso en la mejilla, orgullosa: -Eres una mujer valiente, Pam. Puedes estar muy orgullosa de ti misma.
-Gracias, señora.
-Y ahora vete y no tengas prisas por regresar con el resto. Vas a tener que dar muchas explicaciones –comentó.
-Pero… usted dijo que…
-Oh, no, nena, tranquila. Yo no diré nada. Pero tendrás que decirle a tu amo porqué tienes el culo rojo… y porqué estás mojada –añadió, con una sonrisa perversa. Se despidió de ella con un beso en los labios. Pam puso los ojos en blanco; sí los azotes la habían excitado, era una reacción natural de su cuerpo.
-A ver qué le digo yo ahora a Matt –suspiró. Inventarse una excusa iba a ser mucho más difícil que dejarse castigar por una desconocida. Aunque… pensándolo bien… quizás fuera divertido que él la pillara.
