Pronto volverán a casa y Beckett y Rick volverán a aparecer. Hasta entonces, Matt sigue cuidando de Pam. Saludos.

Capítulo 14

-Es como la primera vez, ¿eh?

Pam esbozó una sonrisa nerviosa, pero no respondió. Sí, era como la primera vez. Aquella primera noche en el Pauline Réage. La primera vez que se puso a su cuidado…

-¿Estás más tranquila?

El amo dejó su copa sobre la mesita auxiliar y le tendió la mano. Pam, tal como él había pensado, había necesitado más de una para relajarse, incluso después de haberle practicado sexo oral. Era muy atrayente como la joven estaba bien en un momento y como al otro parecía un perrito asustado. Algo normal; por muy atrevida que fuera –y lo era- aquella forma de sexo era nueva para ella.

-Sí.

-¿Sí? –repitió, arqueando las cejas. Se acercó y antes de que ella pudiera detenerlo, le dio un azote en el culo, sobre el vestido. Ella exhaló, lejos de dolerle, aquello la había excitado. Y le excitaba la mirada seria del amo. –Señor o Amo para ti, nena. Recuérdalo.

-Lo recordaré… señor –murmuró, la voz ronca.

-Me gusta este vestido –comentó, cambiando de tema, haciéndole un repaso de arriba abajo -. Se ciñe a tus curvas, es muy provocador. Igual que tu pintalabios.

-Gracias, amo –respondió, probando la nueva palabra. Sintió un intenso calor apoderándose de su cuerpo, le gustaba usar aquel nombre para él. El sentimiento de dominación… y de ser dominada por una simple palabra. Joder, se le estaba mojando el tanga. Aún más. Y en él el que ella lo llamara amo parecía surtir el mismo efecto.

-Dilo otra vez –le ordenó en voz baja, sujetándola por la barbilla.

-Amo.

Matt miró sus labios antes de golpearla contra la puerta, bruscamente, y besarla. Su lengua se apoderó de su boca, tomando de ella todo lo que deseaba. Pam, en un gesto de rebeldía, le mordió el labio. Él se separó un poco, excitado ante el leve el dolor. –Me gusta que seas salvaje –le dijo, bajando por su rostro hasta posar sus labios y succionar en la base de su garganta –pero no olvides que aquí mando yo.

Luego, como si aquello no le afectara se apartó y fue hacia el armario, dejándola junto a la puerta. –Quítatelo todo, salvo el tanga.

Oh, joder. ¿De verdad voy a hacer esto? Se preguntó, pero antes de que encontrara la respuesta, antes de que se preguntara siquiera si estaba comportándose como una pervertida, llevó las manos hasta la cremallera de su vestido y se lo quitó. Él seguía revolviendo el armario. Se sintió un poco perdida. ¿No se supone que a los hombres les excita que te desnudes para ellos? Pero el pelirrojo había pasado de adorarla con sus besos a ignorarla completamente. No pudo continuar.

Matt esperó unos segundos pero al no oír movimiento detrás de él se dio la vuelta. Pam estaba quieta, abrazándose a sí misma con la mirada clavada en el suelo, todavía en ropa interior y con los zapatos de tacón puestos. Frunció el ceño. No parecía asustada, sino… ¿herida?

-¿Nena? –Alzó la vista, él estaba de nuevo junto a ella, estudiándola. -¿Qué te pasa?

-Na…nada –mintió. El rostro masculino se endureció, luego se obligó a suavizarse.

-No me gustan las mentiras y menos si son sobre ti. Algo te ha molestado, ¿qué es?

-Es sólo que… no me esperaba esto –dijo al fin.

-Esto. Me temo que tendrás que ayudarme, no te sigo.

-Desnudarme y que tú… que a ti te diera igual –susurró. Matt se alejó unos centímetros, confuso. Y luego soltó una carcajada.

-En ese momento te hubiera matado –le confesó ella.

-Lo sé, pero no pude evitarlo. ¿Cómo podías pensar que me daba igual tenerte en ese cuarto desnudándote para mí?

-Era muy inexperta –se defendió.

-¿Listos para entrar?

Andrés llevaba a Erika de la mano, que parecía ansiosa. Matt asintió y colocó un brazo alrededor de la cintura de Pam, protector. El dueño de la mazmorra sacó la llave y abrió la puerta, echándose a un lado para dejar pasar al resto. Pam fue la última y lo hizo con reticencia sin saber lo que iba a encontrar. Sólo había estado en un club BDSM y era el Pauline Réage, quizás este fuera muy diferente. Pero se equivocaba.

Ardiente era un club muy parecido al Pauline. Pam se sintió tonta por pensar que el juego sería diferente en España. Echando una ojeada a su alrededor, encontró maquinaria típica, como cruces, cepos, mesas con grilletes y potros y en las paredes paletas, fustas, varas y otros objetos para castigar y excitar. Matt estaba tras ella, esperando y atento a su reacción. Andrés también la miraba. Tras quedar satisfecho al ver que la anticuaria no entraba en pánico –al menos de momento- se dirigió al grupo.

-Hay dos salas temáticas por ese pasillo y arriba habitaciones individuales, pero esta noche sólo podremos usar esta estancia. –Los amos y amas asintieron, conformes. Pam emitió un audible suspiro de alivio, Matt le tomó la mano y se la estrechó -. Sumisos y sumisas, no podéis hablar a menos que se os de permiso, romper las reglas se paga con cinco azotes. Vuestra palabra de seguridad es Rojo, decidla alto y claro y yo mismo me ocuparé de que vuestro amo o ama pare. Aunque espero no encontrarme en la necesidad de hacerlo. –Esta vez miró a los amos, su mirada diciendo claramente que si alguien se extralimitaba lo pagaría -. En ese armario podéis encontrar todo tipo de juguetes, están nuevos –aclaró -. Y también un botiquín de primeros auxilios. ¿Alguna pregunta?

-¿Algún límite? –Ángel, el amo de los dos sumisos, desnudaba a la chica mientras hacía la pregunta.

-Sabéis lo que opino sobre imponer límites, creo que cada uno tiene los suyos y no soy nadie para imponerlos, pero hoy, al menos por esta noche, nos abstendremos de juegos de sangre.

Pam palideció al oír aquello de juegos de sangre, pero enseguida el miedo se vio sustituido por una ola de gratitud hacia el dueño del bar. Aquella regla era por ella, lo sabía. Miró a su amo, quien asintió. Pam se acercó a Andrés y se arrodilló a sus pies.

-Gracias, señor –dijo en voz baja. Él le acarició el cabello y la ayudó a levantarse.

-Quiero que cuando vuelvas a casa te lleves buenos recuerdos de mi club, cariño. Espero que disfrutes de la noche. –Luego la llevó hasta el pelirrojo y volvió con su sumisa, que esperaba junto a un potro. –Bien, ¿algo más?

-¿Condones? –Eva miró con lascivia a su sumiso, ya desnudo.

-En esos cuencos de ahí encontrarás de toda clase. Las mantas y las botellas de agua están junto al botiquín y el armario.

-Creo que ya está todo listo –comentó Estrella, con impaciencia, mirando a su sumisa como si se la quisiera comer.

-Eso parece –respondió Andrés, afable. Y de repente, su semblante cambió, endureciéndose, mirando a su sumisa. –Bien, niña, creo que tenemos un castigo pendiente.

Erika soltó un "¿Qué?" y luego tragó saliva. Matt y Ángel se rieron, divertidos. Matt tiró de Pam y la alejó de allí, llevándola hasta una mesa. Por el camino se empezaron a oír los sonidos de una mano golpeando con fuerza un culo desnudo.

-¿Estás lista? –le preguntó. Ella asintió, sintiéndose tranquila. No estaban solos y no habría juego con sangre. Tenía una palabra de seguridad. Y sobre todo, estaba con Matt y confiaba en él. -¿Recuerdas la postura que te pedí que adoptaras nuestra primera noche? –Pam cerró los ojos, tratando de recordar.

-Estás preciosa –la alabó -. Eres sencillamente deliciosa, Pam, estoy deseando probarte.

Pues hazlo, maldita sea, pensó, pero sabía que decir aquello no era buena idea. Matt probablemente leyó su mente porque sonrió, burlón. –Sí, nena, sé que tú también estás ansiosa. ¿Ves esa mesa?

Asintió, mirando con cierta preocupación los grilletes. –Colócate bocarriba, las piernas bien separadas, los brazos en cruz.

-¿Qué vas a hacer? –se le escapó, pero él no la regañó.

-Hazlo –le dijo, su voz no enojada, sólo más fría.

-Sí, señor.

-Quítate el vestido y colócate –le dijo en voz baja. Pam sintió un escalofrío, pero no de miedo. Aquel tono de voz siempre la había calentado por dentro. Le gustaba. Le gustaba muchísimo y su cuerpo parecía cobrar vida cada vez que lo oía. Matt podía someterla sin gritos ni órdenes, sólo con aquel tono tan erótico de voz. Obediente, se quitó el vestido veraniego por encima de la cabeza y lo dejó a un lado, quedando completamente desnuda. Había dejado los zapatos a la entrada, al igual que los demás sumisos.

-Bonita mujer, Matt –oyó decir a Ángel, quien estaba cerca de ella. Se ruborizó, aunque ya había estado desnuda delante de desconocidos, pero hacía tanto que no oía un piropo que no viniera de Matt. El pelirrojo sonrió, conforme. –Jessica también es preciosa –respondió con suavidad, mirando a la muchacha, que esperaba desnuda, de rodillas junto a su amo y al otro sumiso. Ella sonrió, sus mejillas también coloradas como las de Pam.

-Bien, nena, a la mesa.

Pam se subió y se tumbó bocarriba con los brazos y las piernas extendidas, su respiración acelerándose cada vez más al oír como una de las cadenas chirriaba. Cerró los ojos con fuerza. –Respira –le oyó musitar -. Sólo voy a atarte un brazo, sólo uno. Tú misma podrás soltarte si quieres. Respira Pam.

Le acarició el brazo, una y otra vez, trazando líneas y haciendo dibujos sin sentido, su voz hablándole en apenas susurros. –No voy a hacerte daño… sólo una esposa… voy a cuidar de ti…

Poco a poco su mente se alejó de los malos recuerdos y se concentró en él, oyendo por encima los sonidos de sexo y las órdenes del resto. La voz de Erika sonaba más alta, obviamente satisfecha.

-Más, por favor –suplicaba -. Amo, por favor.

-Concéntrate en mí, Pam –le dijo su señor. Entonces una oleada de terror se apoderó de ella al notar el frío del grillete rodeando su muñeca. Su boca emitió un sonido de pánico, apenas un lloriqueo, mientras se sacudía con fuerza. Matt acercó al rostro a sus labios y la besó, sus dedos acariciando alrededor de la muñeca atada. –Tranquila, preciosa. Estoy aquí. No pienses en nada más, sólo en nosotros. Estás a salvo.

-Fóllala…

Matt escuchó al amo Ángel hablarle a su sumiso, pero no se inmutó, toda su atención estaba puesta en Pam, quien tenía los ojos llenos de lágrimas no derramadas. Comprobó, admirado, como la mujer hacía todo lo posible por calmarse, tratando de respirar despacio, pero todo su cuerpo seguía intención. Sus labios apretados, sus puños cerrados, el sudor recorriendo su frente. Acarició su frente, volviendo a besarla. –Lo estás haciendo muy bien –murmuró. Piensa en nuestra primera vez, en cómo fue cuando te relajaste.

-Estás empapada –le dijo al oído -. Quizás estés asustada, pero esto te excita.

Pam gimió; mientras le hablaba, la mano del amo paseaba relajada por el interior de sus muslos, acercándose peligrosamente al centro de su placer. Anhelante, se arqueó hacia arriba, todo lo que las ataduras le permitieron.

-Te voy a follar, niña –susurró -. Pero antes… antes vas a correrte para mí. Tan fuerte que hasta Rick te oirá desde el otro lado del club.

Bajó con besos por su cuerpo, parando en sus pechos, a los que besó y succionó con entusiasmo, hasta dejárselos completamente duros y doloridos. Pam jadeó, cerrando los puños, clavándose las uñas. –Pienso poner unas pinzas en estos pezones, te encantarán… -¿Pinzas? se repitió mentalmente. Él notó su preocupación, porque añadió: -Todavía no, nena, pero más adelante… no podrás impedir que adorne esas tetas. Ni tampoco que te la meta por aquí –añadió, haciendo presionando suavemente en su ano. Esta vez se tensó de pies a cabeza. –Más adelante –repitió él, besando después su ombligo, haciendo círculos con la lengua. Luego bajó más y más… -Veamos como sabes… ¿quieres?

-Oh, sí por favor –rogó, sintiendo su aliento sobre sus labios. Recibió una fuerte bofetada en el muslo -. Por favor, señor –se corrigió, el fuego de la palmada calentándola aún más. Y entonces la lamió. Allí.

Matt acarició su muslo y también sus pliegues. El recuerdo la había excitado y parecía más tranquila. Su respiración seguía agitada, pero ya no por miedo. –Abre los ojos –le dijo -. Mírame.

Parpadeó y se concentró en él, los ojos verdes se habían oscurecido. Y ella también había cambiado. Sentía los pechos más pesados y su clítoris estaba hinchado. Y deseaba más. Ya no sentía miedo, había olvidado el frío de las esposas y él se dio cuenta de ello, porque le ató también el otro brazo, dejando sólo sus piernas libres. Ella, esperó, con anticipación. Matt levantó la mano, sus dedos mojados de sus fluidos. –Veamos como sabes –le dijo, como aquella vez. Y como entonces, su lengua la recorrió de arriba abajo, bebiendo de ella, disfrutando con su sabor… y sus gemidos.

El cuarto se llenaba de sonidos de placer y deleite. Estrella, azotaba con una fusta a Susana, sin darle aún el permiso para alcanzar el orgasmo. El rostro de la sumisa estaba cubierto de sudor y sus piernas estaban tensas; su espalda se arqueaba con cada azote sobre su clítoris. –Por favor, ama. Por favor, déjame correrme.

-Aún no –respondió, tranquila, pero varió los movimientos, que ahora cayeron sobre su muslo, permitiéndole un respiro –Hemos llegado a un acuerdo, cariño. Ninguno de vosotros se correrá antes que ella.

Ella, por supuesto era Pam, que en aquel momento estaba en lo alto de un precipicio. Matt sabía lo que hacía con su lengua y sus manos. Aquel hombre conocía su cuerpo mejor que nadie y se aprovechaba de ello. El amo curvó sus dedos en su interior y con la otra mano presionó sobre su abdomen, manteniéndola quieta. Su lengua y labios hicieron el resto.

-Ahora –sonrió Estrella.