Capítulo 16
-Parece que ahí al lado se están montando una fiesta.
Hacía ya un rato que se oían gemidos, jadeos y gritos desde la otra habitación. Pam, que había acabado agotada tras la experiencia en el club había intentado dormir, pero era imposible con aquel ruido. Excitada con aquella sinfonía, se giró en la cama, quedando frente al veterinario, que parecía divertido.
-¿Sigues cansada?
-Un poco.
-Podemos ir a dar una vuelta, te despejaría.
-No.
-¿No? –repitió, intrigado ante su mirada juguetona. Pam soltó una risita al oír un grito aún más alto que los otros proveniente de la habitación contigua. Luego apoyó la mano sobre el pecho de Matt y lo acarició, despacio, bajando lentamente hasta llega a su objetivo. Se sentía bien. Se sentía viva. Esa era su noche.
-Nena… -parecía dudoso, ella frunció el ceño y apretó.
-Puedo hacerlo –susurró -. Quiero hacerlo.
-¿Segura? –preguntó, mirándola a los ojos.
-Guíame, como hacías antes.
-Joder –masculló. Matt no perdió el tiempo, tomándola de la mano se puso en pie y la obligó a arrodillarse, envolviendo su melena en su puño, sujetándola. Le acarició la mejilla, comprobando su estado. Estaba bien. Relajada y muy cachonda. Sonrió. -¿Lo echabas de menos, pequeña?
Pam le respondió abriendo la boca, lo deseaba, añoraba su sabor, su tacto. El amo empujó despacio, cerrando los ojos ante la humedad cálida que lo rodeaba. –Mierda –gruñó -. Vas a matarme. Tómala entera, relaja la garganta –le ordenó.
Obedeció, cerrando los labios en torno a él. Matt volvió a embestir, obligándola a tomarlo aún más profundamente, hasta el fondo. Por un momento se asustó, recordando a su maltratador, pero el pelirrojo la trajo de vuelta, echándose hacia atrás. Ella miró hacia arriba. -¿Bien? –le preguntó.
-Sí, amo. –Y continuó.
Él sabía que no iba a durar, tanto tiempo sin sexo acabaría con aquel momento, pero quería disfrutarlo. Por eso no perdió detalle, centrando toda su atención en lo que Pam le hacía y sobre todo en lo que le hacía sentir. Siguió embistiendo dentro de su caliente boca, todo lo profundo que podía; su lengua lo volvía loco.
-No te imaginas cuanto deseaba esto –le dijo, echando de nuevo sus caderas hacia atrás antes de empujar con fuerza otra vez -. Tu boca siempre me ha vuelto loco –añadió -. Voy a correrme pronto –Otra embestida -. Y quiero que lo tragues. Todo.
Entonces empujó una última vez y se quedó allí. Pam sintió que se ahogaba, pero no se apartó. Podía controlarlo. Ya se lo había hecho otras veces. Aquello la excitaba tanto como a él. El orgasmo del amo llegó rápido, pero fue intenso, muy intenso. Matt echó la cabeza hacia atrás y se fue con un gruñido ronco, sintiendo como toda la tensión acumulada abandonada su cuerpo. Al fin.
Pam, tal como le había ordenado, lo tragó todo, luego sólo esperó, su respiración completamente acelerada. También había sido intenso para ella. Aquel era el primer paso para volver a ser la sumisa que quería ser. La que disfrutaba entregándole todo a su amo. De nuevo, fue ella la que dio el siguiente paso.
Se colocó con la espalda recta, los muslos separados y la cabeza gacha, esperando a que él dijera que debía hacer. Matt le acarició el pelo.
-Eres la mujer más increíble, valiente y maravillosa que haya conocido nunca –le dijo, obligándola a mirarlo a los ojos. Los suyos se llenaron de lágrimas, pero parpadeó para reprimirlas -. ¿Quieres seguir? –preguntó. No la forzaba a continuar, ahora la pelota estaba en su campo. Tenía que decidir. ¿Quería?
-Sólo si puedes, amo –respondió, burlona -. Quizás él haya tenido suficiente por esta noche –señaló a su pene. Matt la miró completamente desconcertado y entonces soltó una carcajada. Sí, ahí estaba la Pam que más adoraba. La que se reía de él incluso sabiendo que eso le costaría una azotaina.
-Descarada –dijo con voz severa -. Esto te costará un buen castigo. Ve a la cama, enseguida vengo.
Ahora fue el turno de Pam de mirarlo confusa. ¿Se iba? Aun así se sentó sobre las sábanas, esperando cada vez más ansiosa. Darle placer la había dejado necesitada. Su cuerpo lo deseaba como hacía mucho tiempo que no había deseado a nadie. Y por fin su mente y su espíritu estaban de acuerdo con su cuerpo. Por eso no sintió miedo ante el seguro castigo que la esperaba.
Matt se sentó en la escalera que daba a las habitaciones, ya equipado. Quería aumentar un poquito más su ansiedad, sabía que eso lo volvería todo más divertido. Pero debía tener cuidado. Pam aún no estaba al cien por cien. No debía crearle ningún tipo de inseguridad. Por eso, tras planear cuidadosamente el siguiente paso, se dirigió al dormitorio que compartía con ella, dejando caer una bolsa de deporte sobre la cama. Ella se sobresaltó.
-¿Sabes que traigo aquí? –le preguntó, ignorando el gesto.
-No, señor.
-Ábrela.
Caminó hacia atrás y se apoyó en la pared, de brazos cruzados. Pam se mordió el labio, curiosa, antes de abrir la cremallera de un tirón.
-Oh –fue lo único que pudo decir.
-Elige uno de cada.
-¿Yo? –Arqueó las cejas, cada vez más confusa. Se suponía que una de las ventajas de ser sumisa era no tener que elegir. Todo lo pensaba el amo. Ella se limitaba a sentir y disfrutar. Pero a veces Matt podía ser un amo muy especial.
-Tienes cinco minutos. Empiezo a contar desde ya –se limitó a responder.
Uno de cada… un vibrador, un plug y un instrumento para castigarla. Bien, elegir los dos primeros no era muy difícil. Tomó un vibrador que se asemejaba a una U, que vibraría sobre su clítoris y su punto G y el tapón anal más pequeño. Después miró las fustas, paletas y floggers. Miró al amo, que observaba su reloj de pulsera. –Tres minutos –anunció.
-Amo… -Él apretó los labios para no echarse a reír. Había echado de menos ese tono de súplica.
-¿Problemas para elegir? –Pam frunció el ceño ante su evidente diversión. Luego esbozó una dulce sonrisa.
-Un buen amo sabe elegir por sí mismo… señor.
Matt se acercó a ella, despacio. La sumisa se echó hacia atrás, hasta que su cabeza chocó contra el cabecero. Él sonrió.
-Túmbate bocabajo, quiero ese precioso culo a mi completa disposición.
-¿Qué vas a hacer?
-Mala respuesta. –Antes de que Pam pudiera hacer nada, Matt se arrodilló junto a ella y la volteó, extendiendo sus brazos por encima de su cabeza. Del mismo cabecero sacó unas cadenas que la sorprendieron. ¿Desde cuándo estaban esas cosas allí? El amo se echó a reír. -¿No te habías dado cuenta antes?
-No me había fijado –respondió, nerviosa. La postura no era precisamente cómoda pero eso solo aumentó la excitación. Matt se inclinó y besó su hombro, mordiéndola después, provocándole un jadeo. –Mi preciosa Pam… -Bajó lentamente por su espalda, mojando su piel con besos húmedos- mi sumisa… -le pellizcó una nalga, mordiéndole la otra. Ella soltó un gritito cuando notó como su lengua empezaba a lamerla… ahí. –mía –susurró abandonando su ano para llegar a sus labios.
Pam sentía como la humedad corría entre sus muslos. El amo la lamía como si fuera un delicioso helado, un helado que no se cansaba de saborear. –Nena sabes tan bien… -La penetró con un dedo, sacándolo para luego meterlo de nuevo, acompañado de otro en su culo. Ella se retorció ante las sensaciones. Matt empezó a moverlos más rápido, sintiéndola hinchada, caliente, muy mojada.
Le dolían los pezones, que se rozaban contra las sábanas. Sentía como su vagina se contraía alrededor de aquel dedo, como su culo apretaba el otro. Y aun así… no era suficiente.
-¿Necesitas más? –Él la leía perfectamente. Pam gimió. –Por favor, amo…
-Aún no. –Retiró los dedos, dejándola vacía y necesitada. -Así que un buen amo sabe elegir, ¿eh?
Mierda. No debía haber dicho esa frase. Alzó la cabeza, mirando hacia todo lo que las ataduras le permitían. Matt rebuscó en la bolsa hasta sacar una fusta. Pam abrió la boca, sorprendida de que aún la conservara. La recordaba muy bien.
-¿Eso es una fusta?
-¿Qué esperabas cuando te dije que iba a sacar mis juguetes? ¿Unos naipes?
Pam lo fulminó con la mirada, ganándose una fuerte palmada en el culo. Se calló una protesta, nerviosa al ver aquella vara delgada terminada en una… espera. ¿Eso era un corazón? Arqueó las cejas. Matt miró la fusta, extrañado ante su mirada.
-¡Mierda! Voy a matar a Rick –gruñó, guardándola rápidamente. El cabrón del escritor debía haber cambiado la suya por aquella. Pam se echó a reír.
-Es muy bonita –se burló –Te pega.
-Nena, no cruces el límite.
-Seguro que tienes un flogger con el mango floreado. O una pala con forma de nube –añadió, divertida. Él entrecerró los ojos, sacando lentamente la fusta. Ella se calló al instante.
-Bien, ya que te gusta tanto, vamos a probarla.
-¿Te trae buenos recuerdos? –sonrió, paseando la fusta por su espalda, hasta llegar a su culo. Ella gimió, recordando perfectamente el tacto. Tras aquella primera vez la había usado muchas más. Los corazones no son tan cursis como creías, ¿no?
-Todavía la tienes –susurró.
-Siempre.
Pam se arqueó al sentir el primer golpe. Tan crudo, tan excitante. Otro cayó más suave. Gimió, queriendo más. Matt la provocó con la fusta, despacio, repartiendo golpes que calentaban sus nalgas y la hacían jadear. El dolor tan erótico la mantenía viva. El cuidado que él ponía en cada azote la hacía sentirse deseada y cuidada. El placer nublaba su razón. –Estás empapada, pequeña –prácticamente gruñó, frotando sus labios con la fusta. Volvió a golpear, esta vez el cuero húmedo de su excitación. Y otra vez la frotó, torturando su clítoris con pequeños golpecitos. Sintió como su pene cobraba vida de nuevo, reaccionando a la hermosa mujer que se estremecía bajo su erótico castigo. Necesitaba mirarla, ver su rostro cuando se corriera. Le dio la vuelta, disfrutando de la vista de sus pezones erectos y sus piernas bien abiertas para lo que quisiera hacerle. Ningún miedo en ella.
-Yo también lo echaba de menos, nena. Tenerte desnuda y atada para mí –La acariciaba con la fusta, deprisa, sabiendo que estaba casi ahí –Tu mente libre de cualquier preocupación, sabiendo que yo estoy a cargo… que sólo tienes que sentir. –Retiró la fusta, sabiendo que estaba a punto –Tu cuerpo temblando de placer –susurró.
–Amo… -rogó.
Ella apenas tuvo tiempo de pensar antes de que él se tumbara sobre su cuerpo. –Nada de juguetes, ese orgasmo va a ser mío. Necesito poseerte, Pam, dime que quieres lo mismo. –La sorprendió dejándole la última decisión. Notó como su erección rozaba su clítoris, su vagina se apretó, vacía, dolorida. Y mientras sus ojos verdes seguían clavados en ella, esperando su respuesta. –Lo quiero –gimió -. Quiero a mi amo.
-Nunca he dejado de pertenecerte –respondió y la tomó, sintiendo su orgasmo nada más poseerla. No hubo ningún grito, sólo un gemido erótico que él guardó para siempre en su memoria. Se quedó quieto, mientras su vagina lo apretaba con fuerza, una y otra vez. Memorizó su cuerpo arqueándose bajo el suyo, el placer en sus ojos y su boca, la completa liberación de su cuerpo y mente. No pudo soportarlo más, la necesitaba. Necesitaba compartir aquello. Se echó hacia atrás y volvió a embestir, notando sus temblores, deseando darle otro orgasmo que sentir con ella.
Pam sintió que le faltaba el aire, su cuerpo ardía. El pecho del amo rozaba sus pezones; su boca la poseyó, obligándola a abrirse y a jugar con su lengua; entre sus piernas él se movía con firmeza, llenándola de calor y vaciándola para volver a entrar con fuerza; lo rodeó con las piernas, queriendo atraparle como él la había atrapado a ella. –Matt…
No la corrigió cuando lo llamó por su nombre. Poco le importaban ahora los títulos. Ella era completamente suya sin necesidad de que lo llamara amo. Suya. Y él no había mentido. Nunca había dejado de ser suyo. Nunca había olvidado la tibieza de su piel al hacerle el amor, ni el olor de su cuerpo cuando la excitación la embargaba. Ni aquella risa que lo había cautivado. Ni su voz susurrando su nombre como una caricia. –Mía –susurró -. Se retiró casi por completo y la penetró con fuerza- Mía –movió sus caderas, arrancándole un gritito –Mía –acarició su clítoris, haciendo que todo su cuerpo se pusiera tenso- Mía -y ya no pudo parar.
No paró hasta que sus ojos volvieron a nublarse del placer, hasta que su cuerpo envolvió el suyo provocándole su propio orgasmo, hasta que vio una lágrima caer por su mejilla. Sólo entonces sus cuerpos se detuvieron y él se dejó caer sobre ella, besando aquella lágrima.
No hablaron. No hizo falta.
