Lovett pasó de nuevo el trapo por el mostrador y miró por la ventana. La gente pasaba de largo. Suspiró. Hacía semanas que no entraba nadie ni por error. Si seguía así, entre los costes de los ingredientes y los nulos beneficios, acabaría mendigando.

Sin embargo, sonrió con esperanza. Había oído un ruido en el sótano.

Bajó las escaleras con brío, sin preocuparse de dejar sola la tienda porque nadie entraba, y abrió la puerta del sótano. La peste de las alcantarillas le azotó en la cara, pero como estaba acostumbrada, siguió sin hacer ni siquiera una mueca de asco.

A un extremo de la habitación, en un charco de sangre, estaba el cuerpo del último cliente del señor Todd. Lovett se acercó y maldijo entre dientes. Había tenido la feliz idea de caer de cabeza, desperdigando sus sesos por el suelo. Sería difícil de limpiar. Pero, en fin, el trabajo le esperaba.

Se arremangó y, teniendo cuidado de que la falda de su vestido no se manchara de sangre, asió al hombre de las muñecas y lo arrastró hacia una zona más cercana al horno, para poder ver mejor. Acto seguido, se agachó y lo miró. Arrugó la nariz. Un tipo dentro de lo corriente, ni muy guapo ni muy feo. Lovett sacudió la cabeza y rebuscó en sus bolsillos. Encontró un cordel, una pitillera de piel, mucho polvo...Hasta que al fin encontró algo que realmente le interesaba. Un monedero elegante y, ¡hurra!, bien provisto.

- Al menos no es un muerto de hambre...-suspiró aliviada Lovett, cogiéndolo y guardándoselo en el pecho. ¡Menuda faena que se hubiera tomado todas esas molestias para nada!

Soltando un ligero suspiro, comenzó a desnudar al hombre. Se levantó, dejó la ropa doblada en un rincón ("tal vez el señor Todd quiera usarla") y cogió un cuchillo bien afilado y grande. Había pensado en quemarlo previamente para deshacerse del pelo, tal y como hacían durante la matanza del cerdo (había muy poca diferencia, al fin y al cabo) pero el tiempo le apremiaba y no lo creyó indispensable, así que se puso manos a la obra.

Lo primero que hizo fue cortarle las manos, que tiró a un lado para que no estorbaran. Después, con unos cuantos golpes y dos tajos, le separó la cabeza de los hombros. Ésta rodó por el suelo, y Lovett, soltando el cuchillo ensangrentado, la cogió y la miró. El hombre tenía la boca ligeramente abierta y sus ojos seguían abiertos, mirando la nada. Lovett sonrió, acordándose de una escena de Shakespeare.

- No me mires así, cariño-le dijo a la cabeza-. Yo no tengo la culpa de que entraras a la barbería equivocada.

La depositó junto a las manos amputadas y continuó. Rajó el abdomen, intentando no dañar ningún órgano, ya que así se estropearía el sabor de la carne, y comenzó a cortar con más brío, pero no con menos cuidado. Apiló la carne que sacaba del cuerpo en un cubo. Sus manos estaban totalmente manchadas de sangre, al igual que algunas partes de su vestido que no había podido evitar ensuciar. Sudaba a causa del esfuerzo, pero no se quejaba ni se quejaría nunca. Gracias a ello se acabarían sus penurias económicas. Realmente, el señor Todd había sido todo un ángel para ella.

Sonrió mientras se secaba el sudor con la manga de la camisa. El señor Todd...¡Cuántas veces había soñado que se casaba con él e iban a vivir juntos a una casita adorable cerca del mar, lejos de entrometidos y el bullicio de Londres!

Sólo ellos dos...Para el resto de sus días.

Algún día se cumpliría. Claro que sí. Al fin y al cabo, ella era viuda desde hacía años y la mujer del señor Todd, Lucy, no podría entrometerse entre los dos.

Tiró fuertemente de la columna vertebral hasta arrancarla con un crujido horrendo y la echó sin cuidado alguno con los restos inservibles. Con esto, apenas quedaba algo del hombre, tan solo pellejo sanguinolento que depositó junto a la pila de deshechos. Después, cogió el cubo con la carne extraída y la volcó en la moledora. Con toda la fuerza de la que disponía, ya que la maldita manivela estaba muy dura y oxidada, comenzó a picar la carne. La moledora rugía como un demonio y a Lovett le volvía a doler la espalda, pero, por suerte, terminó pronto.

Se llevó las manos a la espalda y soltó un gruñido de dolor.

- Estás hecha una pena...-se dijo a sí misma.

Cogió un cubo de agua y, antes de que se le olvidara, limpió la sangre del suelo y movió los restos a un rincón oscuro de la habitación, donde probablemente serían devorados por las ratas de las alcantarillas en poco tiempo.

El alguacil no se pasaría por ahí, pero sería mejor asegurarse de no dejar nada a la vista.

Al terminar, dejó escapar un suspiro y se apoyó en la pared para descansar un momento.

Jamás se habría imaginado que acabaría haciendo una cosa así. Si lo descubrieran, acabaría en la horca seguro...Pero si tenían cuidado, no tendría nada que temer. Al fin y al cabo, escogían a tipos nada destacables a los que nadie conocía ni echaría de menos, y, al deshacerse de una manera tan eficaz de los cadáveres, ningún tribunal podría acusarles. Lovett sonrió, satisfecha con el mejor plan de su vida.

- Vamos, hay que volver al trabajo-se dijo a sí misma, cogiendo una parte de la carne picada y subiendo de nuevo las escaleras, que cada día le resultaban más tortuosas-. Hay mucho por hacer...

Cerró bien la puerta y al volver a la tienda comprobó que no había nadie, tal y como esperaba. Puso rápidamente la carne encima de la encimera, ya que aún estaba bañada en sangre y limpió el rastro que había ido dejando por la casa con un paño viejo y agujereado. Volvió a la mesa y, arremangándose, comenzó a preparar un pastel.

Mientras le daba forma a la masa, vio que una cucaracha se paseaba por la encimera. Soltó la pasta y, con un manotazo que hizo temblar la superficie, la aplastó. Se limpió las manos en el paño sucio y siguió amasando. Cuando ya estuvo lista, rellenó la masa con parte de la carne, la cubrió y le pasó la brocha.

En ese momento, se abrió la puerta y un joven rubio entró en la tienda.

- Buenas noches, señora-saludó.

- Buenas noches-saludó Lovett a su vez.

El joven se quedó durante un momento echándole un vistazo a la tienda desierta con cara confusa.

- Disculpe si estaba cerrando, yo...-dijo, retrocediendo hacia la puerta.

- ¡No, no, no se preocupe!-se apresuró a decir Lovett, limpiándose las manos-. No cierro hasta dentro de una hora...¿Quería una empanada...tal vez?

- Euh...sí, por favor-contestó el joven, sentándose en una de las mesas cubiertas de polvo que había en la habitación.

- Aún queda un poco para que esté hecha-le dijo Lovett, llenando una jarra de cerveza y tendiéndosela al cliente-. Mientras, puede entretenerse con una cerveza, si no le importa...

- En absoluto-contestó el cliente, dándole un trago a la bebida.

Así pues, Lovett terminó de moldear bien la empanada y la metió en el horno. Mientras esperaba, se dedicó a hacer más y a lanzarle miradas furtivas al joven. Diría por su aspecto que no pasaba de los veinte años, iba bien vestido y afeitado, por lo que probablemente trabajaría en el algún bajo cargo del tribunal o algo así, y, aunque paseaba su mirada por la habitación observando el entorno, no parecía buscar nada en especial. No era ningún problema. Sólo un cliente más.

Al poco tiempo, abrió la puertecita del horno y comprobó que la empanada ya estaba hecha. La cogió con cuidado de no quemarse los dedos, la puso en un plato y se la dio al joven.

- Aquí tiene-dijo-. Siento haberle hecho esperar.

- No importa, no tenía prisa-dijo el cliente con una sonrisa indulgente.

Por suerte, a Lovett le había salido bien la masa, sin ninguna zona quemada, así que el cliente cogió la empanada sin dudarlo y, después de olerla ligeramente, le dio un bocado. Lovett contuvo el aliento.

El cliente masticó y masticó hasta que tragó la comida. Después alzó la mirada hacia la señora Lovett.

- Señora...-dijo-. ¡Esto está muy bueno! ¡Es...Es la mejor empanada que he probado en mi vida! ¿Cómo puede ser que no tenga apenas clientela?

Lovett sonrió aliviada. "Después de todo, diferenciar la carne de ternera de la de humano es una tarea muy complicada si está servida hecha picadillo en un plato", pensó.

- ¿Cómo lo hace?-le preguntó el joven, bebiendo cerveza para no atragantarse.

- Secreto de familia-sonrió Lovett-. Consiste en jugar con las hierbas, y siempre le doy tres vueltas a la moledora de la carne.

- Ya veo...-murmuró el joven.

Y siguió comiendo, llenándose los carrillos de empanada. Un par de muchachos que pasaba por allí vio cómo aquel cliente se comía con ansias la empanada y, aunque habían oído hablar de lo horribles que eran las empanadas de la señora Lovett, entraron por pura curiosidad. Y detrás de ellos, una señorita acompañada de su anciana madre. Y así hasta que se llenó por completo la tienda.

Lovett estaba maravillada. Tuvo que llamar a Toby, que en ese momento estaba barriendo el suelo de la casa, para que le ayudara a atender a los clientes que se agolpaban a probar las nuevas y mejoradas empanadas. Hacía años que no estaba tan atareada y por fin vio cómo sus bolsillos se llenaban de relucientes peniques después de años de duro trabajo sin recompensa. Todo esto se veía en la reluciente sonrisa que mostraba su cara mientras le servía a los clientes empanadas rellenas de un desconocido, que devoraban con gusto sin saber que hacía tan sólo unas horas ese individuo paseaba tranquilamente por las calles de Londres.

FIN