¡Hola de nuevo, chicos!
Paso a dejarles el tercer capítulo. Muchas gracias a los que comentaron en el capítulo anterior, me hacen muy feliz ^-^. Espero que este capítulo también les guste.
[Capítulo 3 ─ Cuidado con lo que piensas]
Los entrenamientos con Ben eran, hasta cierto punto, entretenidos. Sobre todo desde que Chico los acompañaba, y se quedaba jugueteando y dando vueltas por ahí, saltando y ladrando con entusiasmo, moviendo su cola de un lado a otro sin parar. A Carlos todavía le parecía algo increíble la manera en que el pequeño can parecía haberse encariñado con él; no protestaba a ninguna de sus caricias o movimientos, se dejaba cargar en cualquier momento, llamaba su atención para que jugara con él y siempre se quedaba cerca, incluso lo seguía a todos lados sin necesidad de llamarlo. Era casi como si llevara todo ese tiempo esperando encontrar un dueño, y hubiera decidido en un segundo que Carlos era el indicado para el puesto.
De hecho, en ese mismo momento se encontraban en el campo, dentro de la zona de riesgo, y mientras que Carlos intentaba con todos los movimientos posibles esquivar las pelotas que Ben disparaba hacia él, el perrito saltaba de un lado a otro, tratando de atraparlas en el aire. El príncipe no podía negar que era una imagen digna de admirar.
—Muy bien, Carlos, eso es todo.
El chico De Vil suspiró y se dejó caer con la espalda sobre el césped, respirando con agitación y cansancio, mientras que cada uno de los músculos de su cuerpo temblaban y se sacudían levemente por el esfuerzo físico. Casi de inmediato Chico se acercó a él y comenzó a repartir lamidas por su rostro. Sonrió y levantó el brazo lo suficiente para rascarle detrás de las orejas.
Ben se bajó de la pequeña plataforma desde donde disparaba, apuntó algunas notas en su tabla y se acercó al chico tumbado en el suelo, con una suave sonrisa instalada en los labios—. Eso estuvo muy bien, Carlos, esquivaste la mayoría de los tiros, eres muy bueno para moverte.
—Bueno… me gusta bailar… —comentó, jadeando un poco.
—Seguro que sí. —Se inclinó sobre sus rodillas y le tendió una mano.
Carlos, después de un momento de vacilación, la tomó, aceptando su ayuda para ponerse de pie. Todavía no terminaba de acostumbrarse a tantas atenciones hacia su persona, a pesar de que Ben hacía cosas como esa todo el tiempo. En la Isla, si él hubiera aceptado la mano de alguien, seguro lo habrían arrojado al suelo de nuevo. O a algún lugar peor.
—Entonces, eres bueno corriendo y esquivando. Sólo te hace falta algo de fuerza, y mejorar un poco tu puntería. Pero, fuera de eso, sólo es cuestión de que te acostumbres al ritmo del juego. Dices que te gusta bailar, ¿no? Bueno, no es tan diferente.
—Puesto que bailando no corro el riesgo de que me tacleen, yo diría que sí lo es.
Ben rió por lo bajo y le palmeó la espalda un par de veces—. Bueno, no pueden taclearte si no te alcanzan, ¿cierto? Trabajaremos en eso.
Carlos hizo un asentimiento y entonces ambos se dedicaron a juntar todas las pelotas y demás cosas que habían utilizado durante el entrenamiento. Incluso Chico les ayudó, llevándole en su hocico una pelota a la vez. El perrito parecía más que contento cada vez que acariciaba su cabeza en señal de gratitud.
Para cuando terminaron de colocar todo en su lugar, Carlos estaba exhausto, más de lo que había estado al finalizar el entrenamiento. Se dirigieron a los vestidores, donde tomaron una rápida ducha para refrescar sus cansados cuerpos. Casi pudo haberse quedado ahí metido por el resto del día, con el agua fría y el jabón mezclados corriendo por su piel, llevándose los restos de polvo y sudor y dejando una agradable sensación de entumecimiento. Pero, contrario a sus deseos, no se quedó demasiado tiempo; se estaba haciendo tarde y él aún tenía tarea que hacer antes de poder arrojarse a su cama a descansar.
Así pues, una vez estuvieron vestidos de nuevo y tomaron sus cosas, ambos se encaminaron de regreso al edificio de dormitorios, hablando sobre cualquier cosa que se les ocurriera; acerca de qué harían en el próximo entrenamiento, o del partido que se acercaba. Incluso Ben le preguntó qué cosas le gustaba hacer, además de bailar.
—Bueno, no lo sé, en la Isla no hay muchas oportunidades para descubrir pasatiempos —contestó él, sin mucho interés en el tema.
Ben no volvió a comentar nada al respecto, y en seguida eligió algo más sobre lo que pudieran conversar. Mientras tanto, Chico los seguía un par de pasos por detrás, agitando la cola de un lado a otro y caminando con entusiasmo, casi como si estuviera avanzando a pequeños brincos. Después de despedirse al llegar al punto en que los muchachos debían separarse para ir cada uno a su propia habitación, Carlos siguió caminando por los pasillos del edificio en silencio, medio perdido en sus propios pensamientos. Ahora no podía sacarse aquella pregunta de la cabeza. ¿Qué cosas le gustaba hacer?
Desde luego en la Isla no hacían mucho más que meterse en problemas ─cosa que había evitado intencionalmente comentarle a Ben, dado que ellos estaban tratando de mantener un perfil de maldad bajo por el momento─ y claro que eso era divertido, sobre todo porque nadie ahí se atrevía a reclamarles por nada, pero… justo ahora, Carlos ya no estaba tan seguro de que eso fuera algo que le gustara hacer. Es decir, estaba acostumbrado a ello porque lo había hecho toda su vida, pero tal vez ─y sólo tal vez─ fuera a su vez por no conocer algo diferente. Por supuesto, sabía que no le gustaba ayudar a su madre con sus cosas de mujeres (sobre todo si estas tenían cualquier cosa que ver con pies, ¡Iugh!), y más allá de esas dos cosas, bailar era lo único otro que había hecho antes de salir de la Isla. Y eso era lo que más le gustaba.
Nada más abrir la puerta de la habitación Chico corrió en el interior directo a su cama, a la que subió de un salto, dando vueltas en una de las esquinas inferiores antes de echarse ahí y acomodar la cabeza sobre sus patas. Ya había comprendido que el perro apoyaba su opinión de que su cama era demasiado cómoda. Con una suave sonrisa terminó por entrar en el cuarto y cerró tras de sí.
—¿Dónde estabas? —masculló Jay, recostado contra el respaldo de su propia cama, sin siquiera molestarse en dejar de leer la revista deportiva que llevaba en manos.
—Con Ben, ya sabes, entrenando —contestó encogiéndose de hombros. Dejó su mochila junto a la cama y se dejó caer en el borde.
Su compañero bufó—. Claro, seguro que sí —siseó entre dientes.
Carlos frunció el ceño, confundido.
Si lo pensaba bien, ellos no llevaban ni una semana desde que habían llegado al internado, pero Jay parecía odiar el lugar cada vez más. Traía encima un humor de los mil demonios que no parecía querer bajársele con nada, y él no terminaba de comprender por qué. Es decir, sí, el lugar era completamente diferente a lo que ellos estaban acostumbrados, todo lo contrario en realidad, pero aun así, y al menos a su parecer, Auradon no era tan malo…
Recordaba también lo que había pasado en su tercer día ahí. Ya en la tarde, después de pasar un buen rato jugueteando con Chico en medio de los árboles, decidió que era hora de regresar al dormitorio. Ni siquiera se le pasó por la mente dejar al perro para que regresara a donde sea que fuera el lugar del que salió, simplemente lo llevó en brazos consigo. El cachorro tampoco se quejó, lo que tomó como una buena señal.
Cuando llegó a su habitación ni siquiera le prestó atención a Jay ─quien había estado jugando algún videojuego hasta el momento─ y fue directo a su cama, acariciando la cabeza del pequeño animal con suavidad y acomodándose con él sobre su regazo. Fue después de un rato de seguir haciéndole mimos, que tuvo la sensación de estar siendo observado con fijación. Levantó el rostro, y entonces notó la mirada desconcertada del chico con el que compartía habitación, quien lo veía con los ojos y la boca un tanto abierta, incrédulo. Incluso había dejado su juego de lado.
—¿Por qué me miras así? —preguntó, removiéndose en su lugar con incomodidad.
—T-tú… pe-pero si yo vi… ¡¿Acaso no le tenías pavor a los perros?! —exclamó Jay, sin terminar de comprender la situación pues tan sólo un par de horas atrás había presenciado al chico gritando y corriendo por su vida, siendo perseguido por ese mismo cachorro.
Carlos sonrió—. Pero Chico no me hará ningún daño, ¿verdad que no, amiguito? —preguntó con una voz suave, frotando el lomo del animal. Y como si este comprendiera lo que estaba pasando soltó un ladrido entusiasta.
Y Jay no podía estar más confundido que en ése momento—. ¿Cómo diablos fue que cambiaste de parecer tan pronto?
—Bueno, supongo que fue gracias a Ben. Me ayudó a ver que algunas cosas no siempre son como nosotros pensamos —contestó, sin prestar demasiada atención.
Por alguna razón que estaba fuera de la comprensión del chico De Vil, Jay soltó un gruñido, dejó los controles del videojuego sobre la mesa y salió de la habitación dando un portazo.
Desde entonces, el humor del chico árabe no había hecho más que empeorar. Y no podía negar que estaba comenzando a preocuparse. Porque, contrario a lo que cualquiera pudiera llegar a creer, Jay no solía ser así de gruñón y malhumorado. Quizá un poco brusco a veces, pero sólo eso.
—Jay, ¿puedo saber qué es lo que sucede contigo?
—No sé a qué te refieres —contestó el otro, dando vuelta a la página de la revista.
—Me refiero a que has estado de malhumor desde hace días, y no parece que se te baje con nada.
Entonces Jay arrojó bruscamente la revista sobre la cama, lo que provocó alguna clase de estruendo al haber cortado el aire con tanta fuerza, y se puso de pie de un salto, observando a su acompañante con el ceño fruncido.
—Por supuesto que estoy de malhumor, ¡mira dónde estamos metidos, maldición! Éste lugar es ridículo y nosotros no estamos un paso más cerca de robar la varita y largarnos de aquí. Aunque eso no parece ser un problema para ti, ¿o sí?
Carlos tragó saliva. No le gustaba mucho el tono acusador que había captado en las palabras del chico. Peor aún era que quizá tuviera un poco de razón.
—E-eso… eso no es cierto —titubeó, sin saber qué podía decir en su defensa.
—¿Ah, no? Te la has pasado todo este tiempo haciéndote amigo de ese estúpido príncipe —replicó Jay, casi como si estuviera escupiendo las palabras fuera de su boca.
Carlos desvió la mirada, nervioso. Se sentía acorralado, sin siquiera estar seguro de porqué, pero la pesada mirada de Jay sobre él era como tener un taladro intentando abrirse paso por su cráneo—. Y-yo sólo… Ben es amable, es cortés y atento por naturaleza, y no estoy acostumbrado a eso. Pero me agrada. Sólo pensé que, por una vez en la vida, se sentía bien el que alguien se portara de esa forma conmigo, que se preocupara por mí o quisiera ayudarme. Porque, quizá… quizá no sea tan malo…
—¡Ya basta!
Dio un respingo y levantó la mirada hacia el otro, desconcertado. Era la primera vez desde que se conocieron, que Jay le gritaba de esa forma tan colérica, como si estuviera a punto de estallar.
El chico lo tomó de la muñeca y lo obligó a levantarse de un jalón, y entonces, notando su ceño fruncido y mandíbula apretada, Carlos pensó que ahora sí estaba metido en problemas. Había hecho enojar a Jay.
Continuará...
¡Muchas gracias a todos por leer!
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Misa-chan
