Para EnriqueAg. Gracias por el título.
Abriless. Sigues en nuestros pensamientos al escribir esta hermosa historia. Tú y todos los lectores de ese hermoso país que un día tuve el placer de contemplar desde su punto más alto. ojalá algún día la lacra de la violencia abandone tu país y México sea lo que siempre debería haber sido. Uno de los paises mas hermosos del mundo.
Saludos desde Nankoweap.
Samwell123 y Kimba68.
STAGECOACH
La diligencia atraviesa la llanura a gran velocidad. Tirada por seis fuertes caballos. Pieles perladas de sudor, músculos tensos, bocas abiertas, respondiendo al límite de sus fuerzas al restallar de las riendas de uno de los conductores. El otro está derrengado en el pescante. Su respiración no es nada más que un ligero estertor que sale al unísono tanto de su garganta, como del agujero que tiene en el pecho. Una extensa mancha de sangre empapa la camisa, rodeando el lugar donde la gran flecha, con plumas de vivos colores, le ha golpeado.
El sol del amanecer golpea con fuerza la llanura. Baña con sus dorados rayos el veloz discurrir de la diligencia por la misma, y arranca destellos multicolores del grupo de indios que cabalga veloz en su persecución.
En el interior de la diligencia tres de sus pasajeros ya han sacado sus armas y se aprestan a defenderse del ataque de los indios.
Dos de ellos son un par de caballeros entrados en años, cuya edad no es impedimento para que recarguen con presteza sus revólveres y se dispongan para la lucha. A pesar de vestir de forma elegante y parecer un par de indefensos ancianos, sus rostros enjutos, surcados por alguna que otra cicatriz, y sus ojos vivaces y despiertos, que no pierden detalle de cuanto acontece con la partida de indios con leves miradas hacia el exterior, hacen notar que en su juventud han sido algo más que hombres tranquilos. Quizás caza recompensas que tuvieron suerte y atraparon al hombre correcto. Quizás aventureros de los que cruzan estas tierras en solitario, sin más compañía que su caballo y sin otras pertenencias que las que ellos mismos pueden portar. Hombres que tuvieron la suerte de encontrar algún tesoro indio, o una mina de oro. O, porqué no, algún viajero solitario cargado de monedas. Sea como fuere, son hombres duros, dispuestos a presentar batalla antes de rendirse ante los indios.
Enfrente de ellos, ocupando los otros dos asientos, se encuentran dos mujeres. Una de ellas tiene ya una edad para tener en cuenta. Un rostro de hermosos rasgos, ya trabajado por los años. Gran cabellera rubia que le cae por ambos lados de la cara y enmarca una mirada en la que se hace patente que no es la primera vez que se tiene que defender de un ataque similar. Viste de forma sencilla, pero elegante. Un vestido color crema, con abundante escote. De talle corto, dejando a la vista unas cómodas botas de montar que la hacen verse no como una señora indefensa, si no como alguien que sabe donde vive y a donde, y por donde viaja. En definitiva, una mujer hecha al lugar que cruza. La mujer dedica una mirada firme y decidida a los dos hombres mientras extrae de un bolso de cuero que está posado a sus pies, un pequeño revolver y lo amartilla.
El cuarto ocupante de la diligencia es una muñeca de porcelana. Una mujer joven. Hermosa hasta la extenuación, cuya fragilidad no le va a la zaga. Vestida con un hermoso traje azul celeste, falda con mucho vuelo, corpiño ajustado hasta cortar la respiración. Unas botas de media caña, con gran tacón cubren sus pies. Sus manos cubiertas con unos livianos guantes de red de color blanco sujetan con fuerza un pequeño bolso a juego con el vestido. En su regazo se encuentra un paraguas, azul también. Perfecto para protegerse del sol de la llanura, pero inútil defensa contra un grupo de salvajes a caballo, armados con arcos, flechas y alguna que otra lanza. El pelo negro recogido en un inverosímil tocado y un extravagante sombrerito colocado a medio lado en la cabeza, son el contrapunto a uno de los rostros más hermosos que hombre alguno haya contemplado. Nariz aguileña y pómulos afinados. Pequeña pero hermosa boca. De sensuales labios hechos para besar, no para emitir los constantes sollozos con los que lleva abrumando a los demás ocupantes de la diligencia desde que los indios hicieron su aparición por el horizonte. Los profundos ojos negros, surcados por lágrimas, puede que alguna vez denotaran emociones diferentes, pero en aquellos momentos su insondable negrura, donde cualquier hombre podría perder la cordura, solo denotan un terror atávico. El contrapunto a los sollozos son los estertores que, sacudiendo todo su cuerpo, amenazan con romper aquella muñeca de porcelana antes de que el viaje llegue a su fin.
La damisela acierta a mover su frágil cuerpo y asoma un poco la cabeza por la ventanilla de la diligencia, como queriendo comprobar que los indios no son tales, que son producto de su imaginación, y que no hay de que preocuparse. No puede haber elegido peor momento. La flecha lanzada por uno de los indios, en su loco cabalgar en pos de la presa, atraviesa limpiamente el sombrerito, clavándolo en el extremo opuesto del habitáculo, y deshace el tocado que sujetaba la hermosa cabellera de la muñeca, cuyos hermosos buques son liberados. Como liberados son, para el pesar del resto de los ocupantes, los más salvajes gritos que animal o bestia hayan escuchado en aquella llanura. La muchacha, liberada de su sombrero, su tocado y su pudor, comienza a retorcerse en el asiento de la diligencia, a la par que sus gritos gana en volumen. La histeria y el paroxismo hacen presa fácil en ella.
Un revelador crujido se hace notar por encima de los gritos de aquella muñeca desatada, a la par que se hace notar la firme y dura voz del conductor.
—Si seguimos así se va a partir el eje —sentencia—. Tenemos que parar y hacerles frente.
Dicho esto, y sin esperar respuesta de los ocupantes de la diligencia, el bravo vaquero obliga a los caballos a girar a la izquierda y dirige la diligencia hacia el lecho seco de uno de los escasos riachuelos que, en épocas de lluvia, van a morir a la llanura. Una especie de pequeña garganta con unos farallones rocosos a los lados. Su intención queda clara cuando cruza la diligencia en medio de la garganta. Tal y como está posicionada solo ofrece un frente de batalla a los indios, imposibilitando el que estos los rodeen y les ataquen por todos los flancos.
En el mismo instante en que la diligencia se para, la joven se activa. Como si estuviera poseída por alguna especie de energía demoniaca, abre de inmediato la puerta de la diligencia, deja caer el bolsito y el paraguas y salta de la misma.
—Espera —la otra mujer lanza su mano intentando parar el movimiento de la morena, atrapando solo el aire.
La muchacha sujeta su estrambótico vestido con ambas manos y empieza una loca carrera por la llanura ante la atónita y preocupada mirada de sus, hasta ahora, compañeros de viaje. Su loco e histérico viaje la está llevando directamente hacia la partida india, que cabalga a gran velocidad a su encuentro.
El tacón de una de sus botas se engancha en un agujero y se rompe, provocando que la muchacha vea detenida su loca carrera de inmediato. Su cuerpo es lanzado hacia delante y el hermoso rostro moreno golpea con fuerza una piedra. La carrera cesa, los gritos también. Si no fuera por la inminente llegada de los indios, y el peligro que estos representan, se diría que los ocupantes de la diligencia por fin respiran tranquilos.
Los indios llegan a la altura del desmadejado cuerpo, sumido en la total quietud y silencio. El líder de la partida, un indio de aspecto intimidante y mirada penetrante cargada de malas intenciones, deja que a sus duras facciones asome una leve sonrisa, anticipo de la victoria que aquella loca les acaba de servir en bandeja, y acerca su caballo al cuerpo de la mujer. Posa la punta de su lanza en la espalda de la muchacha morena y mira con gesto altivo hacia la diligencia.
El resto de los ocupantes de la diligencia, al contrario que la mujer morena, han hecho lo correcto, se han protegido detrás de la misma y están apuntando a los indios con sus armas. Saben que la loca huida de la mujer les ha condenado a ellos, o a propiciado su propia condena. Protegidos como estaban por la diligencia y presentando un solo flanco de batalla, quizás podrían haber aguantado el embate de los indios. Ahora, con la mujer en sus manos, los ocupantes de la diligencia saben que cualquier ataque a los indios propiciará su muerte. Toca decidir si rendirse o asumir la muerte de aquella joven e intentar defenderse.
—No —susurra la mujer rubia deteniendo con sus palabras el gesto del conductor de la diligencia, que ha recargado su Winchester y está apuntando al jefe indio—. Conseguirás que la maten.
—Ya está muerta, Stella —replica el hombre—. Ella misma se ha matado con su loca carrera. Y nosotros también moriremos si no nos defendemos —posa su mirada en los otros dos ocupantes, buscando su aprobación.
El jefe indio sonríe y dedica una mirada de desprecio hacia la diligencia. Los dos hombres mayores se miran buscando, el uno en el otro, el valor suficiente para condenar a muerte a aquella tonta, pero inocente mujer. Stella sostiene la mirada del conductor, rogando que no dispare.
Los indios esperan, los ocupantes de la diligencia dudan. Los minutos pasan, el calor se hace agobiante. La mujer morena permanece quieta y callada…
¡Bang!
El sonido del disparo restalla en la quietud en la que, por breves momentos se había asentado la garganta. La cabeza del jefe indio explota, golpeada con brutalidad por la bala. Sus trozos salpican el vestido de la mujer morena, moteándolo de manchas rojas.
¡Bang!
Otro disparo. Otra cabeza destrozada. Otro indio muerto.
¡Bang!
Todos desvían su mirada hacia lo alto de uno de los farallones, buscando el origen de tan letales disparos.
Una poderosa yegua color canela hace aparición en la cima de uno de los farallones, cabalgando a gran velocidad hacia la partida india. En sus lomos, sujetada solo con sus piernas y portando en cada mano un revolver, una mujer. Su tres cuartos de cuero abierto, flameando al viento y semejando unas alas que más que hacerla cabalgar, la hacen volar hacia los indios. Cabellera rubia suelta y ojos color esmeralda que relucen con cada paso del caballo. Mirada fría, indómita, dura.
¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!
Lluvia de plomo al sol de la mañana.
—¡Pahuska! ¡Pahuska! —exclaman unos asustados indios, a los cuales la muerte de su jefe y la de uno de sus compañeros, unido a la aparición de aquella bestia parda de las praderas, les ha sumido en el desconcierto.
¡Bang! ¡Bang!
Pahuska, la de los cabellos largos. Salvaje mujer. Pesadilla de todo aquel indio, y algún que otro hombre blanco, que ose enfrentarse a ella, hace su aparición en el momento justo. A tiempo para salvar la vida de los ocupantes de la diligencia.
—¿Quién coño es? —se pregunta uno de los asombrados hombres mayores.
—Tamsin —responde Stella aliviada—. Un demonio desatado que gracias a dios está hoy de nuestra parte. Ayudémosla —ordena la mujer amartillando su revolver y comenzando a disparar.
Los tres hombres imitan a Stella y descargan una balacera sobre los indios que, unido a los incesantes disparos de Tamsin, consigue hacer que los indios se batan en retirada.
Tamsin llega a la altura de la mujer tendida en el suelo, dedica una mirada ansiosa a la partida de indios en desbandada y luego desliza su mirada hacia el suelo. Hace un gesto de negación con la cabeza y se olvida de perseguir a los indios. Descabalga con presteza y, tras guardar sus revólveres en sus fundas y apartarse un mechón de cabello con un fuerte resoplido, se agacha para observar a la mujer. La joven está desvanecida nada más. Allá donde la piedra la ha golpeado no hay herida alguna. Tamsin resopla con fastidio. Eleva su mano abierta y, sujetando con la otra los cabellos de la mujer, le da una sonora bofetada.
La mujer abre los ojos de inmediato. Mira a Tamsin con la confusión pintada en su cara. Todavía hay restos de ese terror atávico que la impulsó a correr en pos de una muerte casi segura. Restos que la dura mirada de aquel demonio de las praderas no ayuda a disipar.
—¿Quién coño eres tú, estúpida? —Tamsin más que hablar escupe las palabras.
—Evony —susurra con confusión la hermosa mujer morena antes de desvanecerse de nuevo.
—Oh, vamos —murmura Tamsin con hastío— Ven Valky —le hace un gesto a la yegua que se acerca a su dueña y la sigue camino de la diligencia.
—Tamsin. Gracias a dios que estabas por aquí cerca — Stella posa su mano con agradecimiento en el hombro de la mujer rubia.
—Agradéceselo a Trick —responde con sequedad Tamsin—. Vuelvo de cumplir otro de sus encargos. Y ahora —sentencia con firmeza—, vámonos. Esos no son los únicos indios que merodean por aquí. Cuanto antes nos pongamos en marcha, mejor.
—¿Y ella? —inquiere uno de los ancianos.
—Recogedla si queréis, pero rápido. Tú —Tamsin se dirige al conductor de la diligencia mientras ata las riendas de su yegua a la parte trasera de la diligencia— conduce un rato. Yo voy a descansar un poco y luego te relevo.
El hombre se sube al pescante. Tamsin y Stella se acomodan en el interior de la diligencia y esperan unos breves momentos hasta que los dos hombres regresan con la damisela herida. Está blanca como la leche, pero despierta. La ayudan a acomodarse en uno de los asientos, enfrentada a las dos mujeres y ellos se sientan a su lado. Uno de los hombres saca una petaca de uno de los bolsillos del chaleco y se la tiende a la mujer morena. Ella da un breve sorbo y, tras tragarlo con dificultad, el color vuelve con brevedad a sus mejillas. El otro hombre le tiende un pañuelo y la mujer se da suaves toques en el golpe de la cabeza, torciendo el gesto de dolor.
La diligencia arranca de nuevo.
—¿De donde ha salido esta loca? — Tamsin se expresa con rudeza.
—No lo se —responde Stella conciliadora— No ha abierto la boca en todo lo que llevamos de viaje. Solo se ha dedicado a mirar al suelo y sollozar.
—Bueno —responde uno de los ancianos tras darle un gran trago y ofrecerle la petaca a Tamsin—, también ha gritado como si el mismísimo demonio le estuviera arrancando las tripas.
Tamsin sonríe abiertamente y le da un gran trago a la petaca.
—Evony —susurra la mujer su mantra—. Mi nombre es Evony Fleurette Marquise —acaba la frase con perfecta dicción y haciendo hincapié en el acentuar de las palabras.
—Vaya —replica divertida Tamsin—. Sabe hablar. ¿Y que haces por aquí, monada? Me parece que este no es sitio para una dama como tú.
—Voy al rancho del doctor Fitzpatrick McCorrigan.
—Parece que llevamos el mismo camino —Stella responde con dulzura a las palabras de Evony.
—¿Conoce al doctor?
—Oh, si —Tamsin corta la conversación—. Stella conoce muy bien a Trick. Perdón. Al doctor McCorrigan —declama con una risa ahogada en su garganta.
—Tamsin —Stella la mira con dureza.
—De acuerdo —resopla la rubia—. Dime, cariño. ¿Qué se te ha perdido en el rancho de Trick.
—Voy a casa de mi hermana, Ciara. He tenido que abandonar Boston, donde yo vivía, y tengo que vivir con ella. Bueno, no exactamente con ella —acota con pudor—. Ella me ha buscado un buen marido en el pueblo para que rehaga mi vida.
—¿Un buen hombre en ese pueblucho? —. Anda, monada. Ilumíname que voy corriendo y te lo robo.
—El sheriff —sentencia Evony—. Mi hermana me ha prometido en matrimonio al sheriff del pueblo. Es lo mejor —Evony acaba la frase y baja los ojos, ligeramente avergonzada.
—Vaya —Tamsin responde divertida—. Si señor. Un buen partido el Sheriff del pueblo. Ten cuidado cuando, ya sabes, te acuestes con él.
—¿Sucede algo malo? —inquiere levemente alarmada la mujer morena.
—No hagas caso a Tamsin —responde Stella—. Ella es así. Ruda y sarcástica. El sheriff…
—Basta ya —corta Tamsin la conversación—. Estoy cansada y necesito dormir un poco antes de subirme al pescante. Y todos vosotros deberíais imitarme. El viaje es largo y puede que no sea todo lo calmado que desaríamos. Y tú — vuelve su mirada a Evony antes de recostarse en el asiento y taparse con el sombrero—, si aparecen los indios de nuevo me vas a obedecer en todo lo que yo te diga. Si no me haces caso, no tendrás oportunidad de conocer a un piel roja de cerca. Yo misma te pegaré un tiro. ¿Has entendido?
—Si —susurra Evony avergonzada.
El silencio se apodera del habitáculo. El sol luce en lo alto, arrancando destellos púrpuras de una tierra reseca, una llanura que parece no tener fin. La diligencia continua su lento discurrir…
