Para Abriless. Por la hermosa foto que nos buscó para la portada de nuestro fic.

Y para el "Lannister", por su 47 cumpleaños. Que quede claro que si quieres más dedicatorias tienes que jurar lealtad a los Stark, o a los Martell. Solo esas dos casas merecen la pena.

Saludos desde Nankoweap.

Samwell123 y Kimba68.


BLACK, WHITE AND RED.

" El balazo le destrozó el hombro derecho. Un impacto tremendo que le arrancó la pistola de la mano y le hizo caer de rodillas justo al borde del inmenso barranco al que hacían referencia las palabras y las indicaciones que aquel indio agradecido le había susurrado al oído unos días atrás.

Allá abajo puede que se encontrara el lugar mágico del que poco se sabía. Solo algunas palabras mencionadas en charlas de hoguera por algunos buhoneros que, como él, se habían arriesgado a cabalgar más allá de las rutas seguras, introduciéndose profundamente en territorio indio, tratando directamente con aquellos a quienes el hombre blanco llamaba salvajes. Unos salvajes que habitaban un lugar especial en el que moran aquellos que más saben de hierbas y medicinas. Secretos que él ansiaba conocer para convertirse en algo más que un vagabundo de las llanuras. Él siempre había querido poseer la capacidad de sanar a la gente y, aunque algo había aprendido de los hombres civilizados, su mente le decía que mucho más podía aprender de unos supuestos salvajes que, como él, amaban la naturaleza y a todas las criaturas vivientes que poblaban las llanuras.

Y cuando más cerca estaba de cumplir su sueño apareció ella. Rubia. Ojos color esmeralda. Su tres cuartos de cuero negro flameando al viento. Era la segunda vez que veía a aquella y mujer y sospechaba que el encuentro no era casual. Haciendo acopio del escaso valor que poseía, pues siempre había intentado rehuir las confrontaciones, intentó desenfundar la pistola. Fue un gesto inútil. La rubia fue mucho más rápida y en apenas unos segundos acabó malherido y a su merced.

¿Quién eres? —musitó con la voz transida por el dolor.

Soy Tamsin —la mujer descabalgó con movimientos ágiles y enfrentó su mirada a la suya.

¿Eres una de las dos mujeres del rancho? —la memoria de Hale vino en su ayuda—. ¿Me llevas siguiendo desde entonces?

¿Calla! —las fuertes manos de Tamsin agarraron a Hale de los cuellos de su chaqueta y acercaron su cara a la suya—. Dime que haces aquí. ¿Es Nankoweap, verdad? Aquellos sucios indios de seguro que te encomendaron alguna misión, o te contaron algo. ¿Habla si no quieres morir? —el frío cañón de la pistola de Tamsin se apoyó en su sien.

El ruido del terreno al ceder ahogó sus palabras. Demasiado cerca del borde y demasiado peso para aquella tierra reseca, apenas bañada por dos o tres tormentas a lo largo del año.

¡Joder!— la mujer rubia trastabilleó y dio un paso atrás, soltando su presa.

Hale se encontró sumergido en un vuelo con claro final. El lecho del río, que discurría cientos de metros por debajo lo atraía a gran velocidad. Cerró los ojos, consciente de que ese era su final. Nunca vería Nankoweap.

Tampoco vio la gigantesca sombra que lo cubrió a medio camino del final de su vida. Sus sentidos abotargados por la velocidad de la caída ya no le servían y estaba prácticamente inconsciente.

La gigantesca águila batió sus alas, buscando reducir su velocidad y sus garras se abrieron, buscando su presa…"

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—Lo matarán, "Nube blanca" —sentencia "Alce Negro"—. Es un rostro pálido y ya sabes lo que las leyes dicen acerca de ellos.

—No tiene precisamente el rostro pálido, Abuelo —"Nube Blanca" sonríe posando su mirada en el hombre negro que se encuentra a sus pies—. Ayúdame a vendarle la herida del brazo y luego nos lo llevamos arriba. Allá estará escondido hasta que se cure del todo. Solo comunicaremos su presencia al consejo del poblado y juntos decidiremos su destino.

—Cariño —replica con voz dulce "Alce Negro"—llevarlo al poblado es una cosa, pero allá arriba es otra cosa. Es una trasgresión muy grave. ¿Por qué? ¿Por qué tanto empeño en salvarlo?

—Abuelo. ¿Qué te dijo tu corazón cuando me encontraste?

"Alce Negro" se queda mirando a "Nube Blanca" con la preocupación pintada en el rostro.

— ¿Lo viste en tu sueño? —inquiere ansioso.

—No —responde "Nube Blanca"—, pero mi corazón me dice que tiene algo que ver con el diablo de ojos bicolores. Es necesario que se cure y que hablemos con él. Así que obedece a tu Gran Chaman y ayúdame a ponerlo encima de Shadow.

Al sentir como lo alzan en vilo, Hale recupera la consciencia. Durante unos breves segundos, antes de volver a sumirse en la oscuridad de nuevo, atisba las caras de sus dos salvadores.

—¡Dios mío!, he sobrevivido —. Un solo pensamiento antes de retornar a la oscuridad.

Poco tiempo después vuelve a despertarse para encontrarse montado encima de un caballo negro como la misma noche que , con andares suaves y seguros, lo transporta por un escarpado camino. A su vera caminan los dos silenciosos y fantasmales indios que le han ayudado. En el hombro ya no nota el lacerante dolor del plomo hundido en sus carnes, así que supone que aparte de vendárselo, también le han sacado la bala. Se estremece bajo el intenso frío nocturno y no puede evitar el castañeteo de sus dientes. Uno de sus silenciosos acompañantes vuelve su cara al oír el leve ruido y Hale puede contemplar por unos breves momentos el hermoso rostro de una mujer. Solo un momento antes de que la muchacha haga una seña a su acompañante, un anciano, que se le acerca y le cubre el cuerpo con una de las pieles que esta usando él. La marcha continua sin que aquellos indios le dediquen una sola palabra.

Hale no tiene más ocasión para prestar atención al frío. Tiene que dedicar sus abotargados sentidos a no caerse del caballo. Mantenerse encima de aquella silla en su estado y por aquel camino endiablado que no hace más que subir y subir es harto difícil y con frecuencia necesita agarrarse al cuello del caballo. Al cabo de un rato de insufrible ascensión, llegan a su destino. El camino acaba en la base de uno de los inmensos farallones que se elevan, rectos e infranqueables, hasta llegar a las llanuras que los rodean. El anciano se acerca a una roca que está apoyada en la pared y por medio de algún mecanismo oculto que Hale no acierta a distinguir, la roca se desliza hacia uno de los lados y deja entrever una estrecha grieta en el inmenso paredón. El caballo se desliza en el interior de la grieta y detrás de él entran la mujer y el anciano. La roca vuelve a su posición original.

—¿Puedes caminar? —la dulce voz de la mujer resuena en el corredor.

El anciano enciende una antorcha y Hale puede contemplar las manos tendidas de la mujer esperando respuesta.

—Creo que sí —responde Hale con voz trémula —. Se apoya en la joven y desciende del caballo.

La mujer le indica con la mirada que se acerque al anciano y este le coge de la mano y retoman el camino. No menos de diez veces sus hombros chocan con las duras paredes de roca, ásperas y desiguales, produciéndole algún que otro raspazo y un buen chichón el la cabeza, producto de un golpe tonto con el techo bajo de la gruta.

—Ahora tenemos que subir unos cuantos peldaños —el anciano vuelve su cara para dedicarle las primeras palabras en todo el viaje—. Empiece por el primero ya mismo, y no se preocupe por nada más. Si se cansa, nos iremos deteniendo.

—¿Cuántos peldaños hay? —Hale se siente fatigado solo con mirar la empinada escalera de roca.

—Quinientos treinta y tres — es la primera vez que no le gusta la voz de la mujer.

—¡Dios mío! —murmura Hale sintiéndose morir.

Hale no se molesta en contar los escalones, ya que con aguantar en pie para poder ascender por ellos tiene suficiente ocupación. Como única compañía de sus jadeos solo tiene la respiración ligeramente agitada del anciano. De la mujer, que camina detrás suya, solo se escucha el leve rozar de sus pies contra la áspera superficie de los escalones. Al cabo de un eterno ascender los escalones desaparecen frente a una roca de grandes dimensiones que tapona el camino. El anciano vuelve a usar un mecanismo oculto y la roca se desliza para dar paso a los tres últimos escalones. Ayudado por el anciano Hale sale a un amplio espacio, como si fuera una cueva gigante. Salvo que esta cueva gigante no tiene techo y desde lo alto de los farallones que la circundan se ve la luna, cuya pálida luz ilumina el lugar. Las paredes del recinto están ocupadas, a intervalos regulares, por unas cuevas de menores dimensiones. A la entrada de cada cueva, iluminados por una antorcha, hay un indio fuertemente armado. El el centro de la estancia se halla una especie de altar ceremonial. Aquí y allá, diseminados por la superficie, se hallan unos cuantos tipis. Una docena quizás, aventura un asombrado Hale.

—¡Cielo Santo! – Exclama Hale—. ¿Viven ustedes aquí?

—Para estar más cerca del cielo —la mujer pronuncia sus primeras palabras.

—Esto. ¿Esto es Nankoweap? —la mirada de Hale tiene un brillo de esperanza.

—Vamos —la mujer le agarra de la mano y le indica el camino a los tipis—. Quiero que sepa que no voy a ser precisamente aclamada por traerle aquí para ayudarle. Nunca, jamás ha entrado un hombre que no sea de nuestra raza aquí en cientos de años. Así que cállese y acompáñeme.

—¡Debió decírmelo antes!—Hale mira con temor a los guardias indios apostados en las cuevas—. Nunca me ha gustado actuar contra los preceptos ajenos. Pudieron dejarme con comida, agua y un caballo. ¿Por qué me han traído aquí?

—Ha esta horas ya estarías muerto si te hubiéramos dejado allá abajo —susurra el anciano señalando una de las tiendas—. Aquí podrás descansar.

—Mañana veremos que es de ti —la mujer le ayuda a desvestirse y tumbarse en el suelo del tipi—. Puede que aquí también te alcance la muerte.

Los dos indios se marchan y a Hale apenas le da tiempo de pensar el peligro que corre antes de que la fatiga del viaje y el dolor del hombro lo suman en un pesado sueño…

La primera señal de la llegada del nuevo día no fue la luz, sino el canto de un pájaro.

Hale se remueve, envuelto en pieles colocadas a modo de lecho en el durísimo suelo de rocas, y abre los ojos. Ve una difusa claridad, entre azul y anaranjada filtrase por la liviana piel que sirve de puerta al tipi. Se pone en pie con dificultad debido a la herida en el hombro. Sus ropas no se encuentran junto a él, así que se tapa con una de las pieles que le servían como manta. En una de las esquinas de la tienda hay un mendrugo de pan y un tazón con un caldo espeso. Hale se lo toma todo con ansia, está realmente hambriento después de todo lo que le aconteció el día anterior. Deja el tazón en el suelo y, tras coger fuerzas, camina al exterior del tipi.

—Nankoweap —se dice maravillado al contemplar lo que le espera en el exterior de la tienda.

Los siguientes diez minutos los dedica a observar, en toda su plenitud, el lugar en el que se encuentra. Gozando de la paz, el silencio y la belleza que emanan del mismo. Su ensimismamiento se ve roto por un chiquillo que pasa corriendo junto a él.

¡Chico! —Hale reclama la atención del niño—. ¿Puedes traerme mi ropa? Y carne. ¿Aquí coméis carne verdad? —el hambre de Hale habla por él—. No os alimentáis siempre del caldo que he tomado.

El pequeño se le queda contemplando, sin entender nada de nada.

—Acompáñame —resuena la voz del anciano a sus espaldas.

—¿Es usted quien decidirá mi suerte? —Hale se vuelve con el temor pintado en su rostro, perdida toda la tranquilidad que el mágico lugar le estaba proporcionando.

—No.

—¿Quién lo hará? —inquiere temeroso.

—"Nube Blanca".

—¿Quién es y cuando la conoceré? —la curiosidad de Hale puede más que su prudencia.

—La conociste ayer cuando decidió salvarte la vida —El anciano da muestras de intranquilidad.

—¿Por que?

—¡Silencio!, acompáñeme —el anciano está perdiendo la paciencia.

—No puedo no tengo ropa, no sé cómo ha desaparecido. Me la quite al acostarme y esta mañana no estaba.

El anciano le ignora y comienza a andar. Hale envuelto en una piel corre detrás del viejo hasta una gran tienda situada junto al altar que vislumbró ayer a la noche. El anciano le hace una señal y Hale entra dentro del gran tipi para encontrarse frente a frente con tres indios sentados. Hale reconoce a la mujer. Es "Nube Blanca". La mujer que le salvó la vida. Está sentada en uno de los lados de la tienda y junto a ella toma asiento el anciano. Enfrente de ellos se hayan sentados los otros dos ocupantes del tipi. Un indio enjuto, con una mirada vivaz, que lo recorre de arriba abajo, y el indio más gigantesco que sus ojos jamás hayan contemplado.

Siéntate —la gran voz del gigante acompaña a su mano, señalando un lugar entre el anciano y el indio de inquisidora mirada y, como observa Hale de reojo, un gran cuchillo en sus manos.

Hale se remueve inquieto. No quiere sentarse. Sabe que si lo hace la joven verá partes de su cuerpo que no debe. Él, ante todo, es un caballero y no puede estar así delante de una dama. Fuera india o no.

—¿Qué le pasa? —inquiere curioso el indio pequeño.

—Me siento humillado – responde Hale

—¿Por qué? —"Oso Feroz"continua la conversación.

—No es decente que un caballero permanezca en paños menores delante de una dama, o ya puestos delante de una multitud —replica Hale con orgullo.

Los indios se miran los unos a los otros, intentando disimular sus sonrisas.

—¿Alguna vez te has sentido humillada "Nube Blanca"? —el anciano vuelve su cara a la mujer.

—Nunca abuelo —la dulce voz de la mujer ocupa todo el espacio dentro del tipi.

—¡Eso es imposible! —exclama Hale indignado—. Todas las personas se sienten alguna vez humilladas.

Los cuatro indios fijan su mirada en el irreverente hombre negro. La mirada del indio portador del cuchillo es cualquier cosa menos amigable.

—Lo siento, no quería interrumpir —murmura un asustado Hale.

—Nube Blanca podrías explicar tu respuesta —continua el anciano una vez calmado el ambiente.

—Claro abuelo —responde "Nube Blanca" con tranquilidad—. La humillación esta en nosotros mismos. Yo puedo ceder y ser humilde pero no por eso sentirme humillada. Solamente se siente humillado el que es capaz de dejarse herir por los acontecimientos, en lugar de aceptarlos como consecuencia de la vida y obtener enseñanzas de ellos. No hay nada en la vida que pueda humillar a un hombre. Sin embargo, todo el la vida puede enseñar al hombre.

—¿Qué clase de persona es usted "Señora? —Hale está asombrado de la sabiduría de la mujer.

—No inferior a usted y no superior a nadie.

—¿Cómo te llamas, hombre oscuro? —el indio gigantesco corta la conversación.

—Hale. Me llamo Hale Santiago.

—¿Cómo llegaste al río, Hale?

—No lo sé —Hale se encoge de hombros antes de responder—. Recuerdo que una mujer me disparó. Cuando la mujer se acercó a mí, el terreno cedió y yo caí. Lo siguiente que recuerdo es haberme despertado en el lecho del río.

—¿Desde donde caíste? —"Nube Blanca" le inquiere con curiosidad.

—Desde ahí arriba —Hale levanta la mirada hacia el cielo azul que se cierne sobre su cabeza.

—Me estás diciendo —la mujer le mira con intensidad— ¿Que te dispararon en el borde del precipicio y has sobrevivido a una caída desde allá arriba? ¿Sabes la altura que tienen esos farallones?

—Lo se —Hale no puede explicar algo que ni él mismo comprende.

—¿El Águila? — deja caer la pregunta "Pequeño Hombre".

El silencio se hace patente. Los indios se miran unos a otros, tratando de decidir si esa puede ser una explicación plausible.

—¿Qué opinas, abuelo? —"Nube Blanca" desvía su mirada de Hale al anciano.

—El Águila es extraña en su comportamiento —sentencia con calma "Alce Negro"—. Oigamos el resto de su historia y veamos si realmente él es merecedor de su ayuda. Dime, Hale ¿Qué hacías al borde del precipicio?

—Buscaba Nankoweap —responde Hale temeroso de que su sinceridad le reporte algún peligro—. Desde hace muchos años se ha extendido un rumor que habla de un lugar en lo alto de las montañas rocosas. Allí habita, se dice, la tribu sin nombre encargada de velar por el último viaje de todos los grandes jefes indios. Un pueblo versado en el arte de la muerte y en la conservación de la vida. Se dice —Hale se envalentona—, que conocéis todos los remedios, todas las cataplasmas, hierbas y tónicos. Que sois capaces de prolongar la vida y devolver la salud al cuerpo y al alma de una persona. Sois los sagrados guías en el último viaje de todos los caudillos indios.

Tanto se agita con su explicación que la manta se desliza más de lo que debe. Al darse cuenta de ello empieza a enrojecer, si ello es posible con su piel negra, y tartamudear, así que decide callarse.

—Con tu cháchara dormirías a los animales y aun no nos has explicado como es que nos buscabas precisamente en este barranco —habla con dureza y frialdad "Pequeño Hombre", desviando su mirada al cuchillo.

Un indio —la voz de Hale transmite temor—. Un indio me lo contó.

—Explícate —"Oso Feroz" detiene con su mirada las palabras de "Pequeño Hombre".

—Hace unos cuantos días ayudé a una familia de indios a superar unas fiebres que padecían. Logré salvar a su pequeño hijo —relata Hale con orgullo—, y el padre de la criatura quiso compensarme por la ayuda. Me preguntó por mi mayor anhelo en esta vida, ya que estaba dispuesto a hacer todo lo que estuviera en su mano para ayudarme, tal y como había hecho yo con su hijo. Yo le respondí que mi mayor anhelo era dejar mi vida de buhonero y aprender más del arte de sanar a la gente, pero que mi color de piel era motivo de rechazo entre los hombres blancos y nadie quería confiarme sus secretos. Él indio me dijo que entre los de su raza no existiría ese problema y que si mi anhelo era aprender los secretos de la medicina india, así lo haría. El me indicó el camino a Nankoweap. Y me dijo que cuando os encontrara, preguntara por "Alce Negro" y le contara mi historia.

—Yo soy "Alce Negro" —el anciano responde escuetamente a Hale.

—Entonces estoy ante la persona adecuada —Hale se acomoda de nuevo la piel.

—No —sentencia "Oso feroz" —. La persona adecuada es ella —desvía su mirada hacia "Nube Blanca"—. Ella es quién debe decidir tu destino.

—Entonces en sus manos estoy, "Señora" —Hale mira con humildad a "Nube Blanca"

—Háblame de la mujer que te disparó —"Nube Blanca" asiente con calma.

—Decía llamarse Tamsin —Hale coge aire y continua su relato—. Una mujer ruda. Hermosa como ella sola, con una espesa cabellera rubia y unos letales ojos color esmeralda en los que anida la muerte.

—Es Pahuska —sentencia "Pequeño Hombre"— Ya sabía yo que esa mala bestia, tarde o temprano, acabaría cabalgando cerca del barranco.

—Es culpa mía que esté tan cerca —Hale baja los ojos avergonzado—. Cuando me encontré a los indios enfermos me sentía incapaz de curarlos con mis pobres conocimientos y cabalgué hasta el rancho del Doctor McCorrigan. Ese era el propósito de mi viaje. Conocer a ese famoso doctor, que dicen es el mejor de todos los que habitan estas tierras, y rogarle que compartiera su saber conmigo. Al acercarme al rancho, esa mujer, Tamsin, acompañada de una hermosa mujer morena cuya mirada bicolor rivalizaba en crueldad con la de Tamsin, me dio el alto. Al saber que pedía ayuda para unos indios, la mujer morena estuvo a punto de dispararme. La rubia la detuvo, pero me echaron del rancho. "Aquí no encontrarás ayuda para esos salvajes", me dijeron. Es obvio que algo hizo que Tamsin siguiera mi rastro.

Hale está tan imbuido en su relato que no se fija en la mirada de preocupación que se cruza entre "Nube Blanca" y su abuelo.

—¿Has dicho mirada bicolor? —"Alce negro" posa su severa mirada en Hale—. Explícate.

—Un ojo marrón y otro azul. Profundos y cargados de odio —Hale responde sin entender cuán importante es su confesión para su futuro en Nankoweap.

—Niño —la voz de "Nube Blanca" resuena más firme que nunca, haciendo ver quién está al mando en esa tienda—. ¡Niño! —exclama por segunda vez justo cuando el chiquillo descorre la piel que sirve de puerta al tipi—. Lleva al hombre negro a su tienda y que espere allá.

—He dicho algo malo —Hale se siente confuso.

—Fuera —la mujer no da lugar a réplicas.

El niño acompaña a Hale a su tienda y lo deja a solas. El hombre negro no sabe que ha hecho mal, pero está claro que algo de lo que ha dicho ha perturbado sobremanera a los indios. Decide tumbarse un poco e intentar calmar su ansiedad. A duras penas logra conciliar un ligero sueño, consciente como es de que quizás su vida corra peligro entre estos indios.

—Hale —la voz de "Nube Blanca", esta vez en tono suave, le despierta.

Hale abre los ojos para encontrarse el hermoso rostro de la mujer, recortado por la luz de la luna que se introduce por la entrada de la tienda, a escasos centímetros del suyo.

—Tus ropas han sido destruidas —"Nube Blanca" le tiende un hatillo con ropas indias—. Aquí tendrás que vestir como nosotros. Y ahora levántate. Vístete y come —señala el exterior del tipi.

Hale ve a través de la puerta de la tienda al chiquillo parado junto a una pequeña mesa de madera que han colocado justo a la entrada del tipi. En ella hay todo tipo de viandas listas para comer, incluida una gran pieza de caza asada, cuyo olor se filtra en la tienda y hace salibar al atónito hombre.

—Entonces, ¿Me quedo? —susurra con una mezcla de alivio y felicidad.

—Solo el tiempo necesario para recuperar las fuerzas —la mujer le dedica una cálida sonrisa—. Cuando lo hagas, tú y yo saldremos de Nankoweap. Necesito que me acompañes en un viaje.

—¿Yo? —Hale se sorprende—¿Dónde necesitas ir que requieres de mi compañía?

—En busca de un demonio con un ojo azul y otro marrón…