"Big in Japan" …AND MORE BIG IN THE WILD WEST.
Dedicado a Alexandra Zarowny. Guionista del 5x3 de "Lost girl"
Nunca cabrees a un escritor pues te meterá en su historia y te lo hará pasar mal.
Si alguno de nuestros lectores sabe como hacerle llegar este enlace, o cualquier enlace a un fic de los muchos que hay en esta página, que lo haga. A ver si lee un poco y saca buenas ideas para el próximo capítulo que guionice.
Para el Lannister.
Nosotros somos Starks, pero como tú, nosotros también pagamos nuestras deudas. Querías saber más de Kenzi, pues aquí está Madame Kenzi. Disfrútalo.
Queridos lectores: Este fanfic va a ser corto ( no lloreís todavía). Kimba y yo hemos decicido que tenga dieciséis capítulos. Los mismos que la quinta temporada de "Lost Girl", así que todavía nos quedan once capítulos por delante. Y después mucho más.
Queremos seguir explorando la magia de los universos alternativos para los personajes de "Lost Girl" y tenemos cuatro ideas para hacer otro fic cuando acabemos este. Bueno, tres ideas. La cuarta es secreta y la desvelaremos a su debido tiempo.
Hemos pensado en una historia de piratas. Al estilo de "Piratas en el caribe".
Una historia de espias ambientada en la guerra fría. Un agente de la CIA y otro del KGB enfrentados entre si.
Estas dos historias serían con los personajes todos humanos.
La tercera idea puede ser bien con los personajes humanos o con los personajes siendo faes y humanos. Estaría ambientada en la época del imperio romano. La verdad que la idea de colocar a una súcubo como Bo en el ambiente libidinoso y libertino de la roma antigua da mucho que pensar. Hasta los leones del circo romano estarían en peligro (risa malvada).
Hemos decidido dejar la elección en vuestras manos, queridos lectores. De aquí al final del fic (capítulo 16) podeis expresar vuestra opinión y decir que historia os gustaría leer. Por supuesto estamos abiertos a cualquier otra idea que no sean las tres que hemos propuesto.
Y ahora a disfrutar del capítulo.
Saludos desde Nankoweap.
Samwell123 y Kimba68.
…AND MORE BIG IN THE WILD WEST
Kenzi aparta el brazo de Bo y con un breve, pero intenso culetazo, intenta hacerse sitio en la cama. Su amiga ni se entera y Kenzi se acurruca como puede en el poco espacio que le ha dejado en la cama.
—Puedo pasar por que te acuestes gratis con mis chicas —murmura Kenzi medio adormilada—, y que te bebas todo mi whisky. Bueno, todo no —se puntualiza a si misma tras intentar abrir los ojos y comprobar cuanto daño le hace la luz del nuevo día que entra por la ventana—, pero que te duermas borracha en mi cama y me limites mi espacio vital, eso no. Despierta, hija de mil serpientes del desierto —el grito es en vano.
Bo está prácticamente sin vida en la cama. Más que sangre debe ser whisky lo que corre por sus venas. Y todo por culpa del inútil de su padre y sus ansias de venganza —se justifica Kenzi intentando culpar a alguien que no sean ellas de la orgía alcohólica, la falta de espacio en la cama y la consecuente resaca que amenaza con hacerle el día complicado.
Kenzi desiste de despertar al "Demonio bicolor", que es como ellas se refieren a Bo cuando, entre risas, comentan las habilidades de su amiga. Por lo visto esa mirada azul y marrón las enloquece casi tanto como las tan comentadas habilidades de la lengua de Bo, que, por lo que dicen, no la usa para hablar precisamente. Entre su mirada, la destreza lingual y su, al parecer, inagotable ímpetu sexual, Bo se ha ganado merecidamente su fama entre las chicas. Y entre alguno de los escasos hombres que han visitado su cama. Ya que a Bo parece que, aunque prefiera las mujeres, no le disgusta cambiar la dieta de vez en cuando.
—Por suerte —se dice Kenzi mientras abandona todo intento de seguir en la cama y se incorpora un poco—mis gustos son clásicos. Si no, ahora aparte de la cabeza —se tiene que agarrar al cabezal de la cama al incorporarse del todo—, de seguro que me dolería todo el cuerpo.
Kenzi recoge sus ropas arrugadas del suelo y se sienta en un pequeño sofá de color rosa que hay en una de las esquinas de la habitación, junto a la ventana.
—Necesito un buen desayuno —murmura mientras mira con hastío sus enaguas arrugadas—. Una taza doble de café y unos grandes huevos con tocino. Y un buen baño para sacudirme toda esta pesadez.
La certeza de lo que sus palabras significan la golpean con rapidez. Desayunar significa cocinar, y un baño implica calentar un montón de tinas de agua y transportarlas hasta la bañera. Claro que puede despertar a alguna de las chicas y ordenarle que le prepare un baño. Por algo es la jefa del negocio. Pero Kenzi no es una jefa al uso. Es como una madre para sus empleadas, o más bien como una hermana ya que algunas de las mujeres que trabajan en el burdel tienen más edad que ella. Si su abuela seguiría al mando del burdel de seguro que ya habría alguien calentando agua y cocinando, tal y como le había tocado hacer a ella de pequeña.
Entre las pocas ganas que tiene de activarse y el recuerdo de su abuela, se deja llevar por la melancolía y simplemente se pone a mirar por la ventana, fijando su vista en el camino que llega al pueblo desde las llanuras. El burdel es la última casa del pueblo en dirección a las llanuras. En el otro extremo del pueblo, atravesada la calle principal, sale el camino que lleva al pequeño bosque que rodea el rancho del doctor McCorringan, Trick para los amigos. Lo cual no es su caso. Para el padre de Bo la amistad que la une con su hija es más una maldición que una alegría.
Kenzi fija la vista en el camino. El mismo camino por el que un día apareció su padre, con la muerte de su esposa impresa en sus ojos y un bebé en los brazos.
"—Volveré —le dijo a su abuela tendiéndole la criatura—. Volveré cuando haga el suficiente dinero para poder criarla."
Pero su padre nunca ha vuelto a aparecer por el camino maldito. Un camino que también se llevó a Nate. Otro que también dijo que volvería y que nunca lo ha hecho.
Entre la marcha de su padre y la del hombre que la amaba pasaron muchos años. Años que pasó en compañía de una mujer que culpaba a una madre, que ella nunca había conocido, de todos los males que asolaron la vida de su hijo, y descargaba toda su culpa en su nieta. Años en los que trabajó duro haciendo toda clase de trabajos en el burdel. Todos menos uno. Jamás se acostó con ninguno de los hombres que pasaron por aquel lugar. Algo a lo que su abuela, en una de las pocas muestras de amor que tuvo para con ella, nunca le obligó.
La vida de Kenzi transcurrió entre la monotonía de los trabajos en la casa, y las largas horas compartidas con las chicas. De las cuales aprendió muchas cosas. Entre otras a saber valorarlas por lo que en verdad eran; mujeres sufridas que llevaban una vida lo más digna posible dentro del negocio al que se dedicaban. Y aprendió mucho, quizás demasiado, de cómo tratar a los hombres.
Su vida se vio sacudida por el comienzo de las visitas furtivas de, una entonces joven Bo, al burdel. Kenzi justo había cumplido los dieciocho años y Bo era ya una mujer consciente de sus necesidades. Todavía no había salido a la luz ese carácter indómito que la llevó a convertirse en la mala bestia que era ahora, así que las visitas al burdel eran todo lo secretas que podían ser en aquel pequeño pueblo. Durante un tiempo Kenzi asistió asombrada al hecho de que una mujer necesitara la compañía y los encantos de otra, pero al final lo vió como la cosa más normal del mundo. Sobretodo después de oír lo que contaban las chicas del "demonio bicolor". Por lo visto Bo era mucho más agradable que la gran mayoría de los clientes que tenía el burdel.
Su primera conversación fue una discusión. Kenzi guardaba celosamente un secreto acerca de su origen y Bo llevaba impresa en su personalidad el odio innato que Trick profesaba a los indios. Kenzi opinaba que los indios se merecían tanto o más respeto que los hombres blancos. Pues eran ellos, los hombres civilizados, los usurpadores. Ellos habían llegado a las tierras sagradas de los indios y habían arrasado con sus gentes y sus costumbres. Bo opinaba que el hombre blanco era un ser superior y los indios poco más que salvajes. Pero Bo dudaba. Kenzi lo aprendió con el tiempo. Bajo toda aquella capa de intolerancia impregnada por su padre bullía una mujer que se sentía diferente. No solo en lo referente a su sexualidad. La vida de Bo estaba llena de huecos que el hermetismo de su padre no ayudaba a rellenar. Bo tampoco había conocido a su madre, muerta al nacer como la de Kenzi. Esa falta de amor materno y la necesidad de complacer a la única familia que tenía es lo que hacía que Bo se inclinara por el maltrato hacia los indios. Kenzi se puso como meta intentar apaciguar a aquel ser salvaje y darle un horizonte mayor que no fueran sus cacerías.
Fue como si dos polos opuestos se atrajeran. Bueno, opuestos del todo no. Ambas amaban el Whisky. Y la bebida se convirtió en su fiel compañía las veces que Bo se escapaba al burdel a satisfacer sus ansias. Con el tiempo, ellos tres formaron un dúo inseparable. Se convirtieron en grandes amigas.
—Pero no todo fue fácil — Kenzi desvái la mirada de la ventana y la posa en su amiga.
La época más baja de su amistad coincidió con la llegada de Nate. Una tarde, volviendo de dar un paseo a caballo, se encontraron en el camino a una familia india. Bo intentó golpearles para que se apartaran del camino y Kenzi se interpuso. Bo montó en cólera y pidió explicaciones a su amiga.
"—Soy mestiza —gritó una furiosa Kenzi—. Mi madre era una hermosa mujer india que tuvo la desgracia de enamorarse de un apuesto hombre blanco. Juntos defendieron su amor de los ataques de ambas razas y, al final, acabaron solos, repudiados por unos y por otros. Mi madre me dio a luz en medio de la llanura, sin más compañía que el frío de la noche, unos coyotes acechantes y mi padre. Un hombre que sabía muchas cosas, pero no cómo asistir un parto. Mi madre no pudo superar aquella noche, Bo —las lágrimas afloraron a los ojos de Kenzi—. Soy huérfana por culpa de gente como tú."
Bo azuzó el caballo en dirección al interior de las llanuras y Kenzi no la volvió a ver por el burdel en mucho tiempo.
Aquello coincidió con la llegada de un joven vaquero, Nate se llamaba, que acudía todas las noches con su banjo a hacer duos con alguna de las chicas que tocaban un viejo piano situado en el salón del burdel. El muchacho se conformaba con unos cuantos tragos de Whisky y pasaba casi toda la noche deleitando a las chicas y a los clientes con su música. Kenzi nunca le vio subir con ninguna de las chicas. Extrañada por su actitud, Kenzi se armó de valor y le preguntó al muchacho el porqué de su aparente indiferencia para con los encantos de tan deliciosas mujeres.
"—No vengo por la música, ni por la bebida gratis, ni por los encantos de las chicas—le dijo mirándola a los ojos—. Lo único que me hace cabalgar en medio de la noche es saber que tú estás aquí."
A la noche siguiente, y muchas más noches que siguieron a aquella, Kenzi puso en practica todas las enseñanzas recibidas de sus muchachas.
Nate pasó a ocupar el lugar de Bo en la vida de Kenzi. Bo estuvo un tiempo fuera del pueblo y los rumores de que se había convertido en una bestia salvaje que masacraba indios, cobraron fuerza en el pueblo.
Su abuela murió un caluroso día de verano. Kenzi heredó el burdel. Nate quería que su amada vendiera el negocio y cabalgar juntos al oeste, hasta la costa. Donde una gran ciudad estaba naciendo a orillas de un hermoso océano, según contaban, que deparaba unos hermosos atardeceres. A poco que se tuviera algo de dinero, las posibilidades de medrar y hacer fortuna en aquella urbe naciente eran muy grandes. Kenzi estuvo a punto de hacerlo.
Bo apareció en el velatorio. Con una copa de whisky entre ellas, Kenzi vio en el fondo de esos ojos bicolores una pizca de arrepentimiento y mucha necesidad. La misma necesidad que anidaba en su mirada y que ni siquiera el arrasador amor de Nate podía borrar. No hizo falta hablar. Un brindis selló el acuerdo. Kenzi se convirtió el la madame del burdel. Bo en su cliente más recurrente, tanto que casi pasaba más tiempo en compañía de Kenzi y las chicas, que en su propio rancho. Nate se marchó por el mismo camino que su padre. Con la misma promesa en sus palabras.
"—Volveré. Volveré cuando tenga el suficiente dinero para comprarte un rancho."
Ninguno de los dos había vuelto.
Unos golpes en la puerta de la habitación la sacan de sus ensoñaciones. Kenzi se dirige, a medio vestir, a la puerta y la abre. En el quicio de la puerta, con cara de preocupación, se halla Crystal. Crystal es una de sus chicas. Una hermosa rubia de grandes y mofletes y hermoso pelo rubio. La más experimentada de todas ellas, pese a su juventud. Se puede decir que es la mano derecha de Kenzi en el burdel.
—¿Qué pasa, Crystal? —susurra haciendo un gesto con la mano en dirección a la cama en la que se encuentra dormida Bo.
—El reverendo —Crystal baja la voz, consciente de quién está dormida en la habitación. Bo es cualquier cosa menos diplomática a la hora de resolver problemas. Mejor que duerma—. El reverendo —continua—, está todo borracho en compañía de Alex. Me temo que la pobre está muy apurada.
—De acuerdo, hermosa —Kenzi posa su mano en el hombro de Crystal—. Vístete y vete a buscar a Bruce. Si el reverendo está en su línea de seguro que lo vamos a necesitar.
Crystal asiente con la cabeza y se marcha corriendo hacia su habitación. Kenzi acaba de acomodarse sus ropas y se dirige al otro extremo del pasillo, hacia la habitación de la esquina opuesta. Se para un momento para coger fuerzas para el enfrentamiento y puede oír a través de la puerta los sollozos de la joven, amortiguados por los gritos del reverendo. Kenzi se maldice a si misma por haber dejado que la más joven e inexperta de sus muchachas pasara la noche con su cliente más extraño, pero el reverendo está acostumbrado a hacer realidad sus deseos y siempre pone mucho dinero en la mesa para hacerlos realidad. Además, por muy extraños que sean sus requerimientos, el hombre no es peligroso. No más que alguno de los salvajes vaqueros que llegan al burdel después de pasar largas temporadas en las llanuras. Esos si que vienen con ansias de mujeres y alcohol. Y algunos son realmente violentos. El reverendo no pasa más allá de ser un pobre hombre maltratado por la vida que busca la redención entre las paredes de su negocio. Eso sí, si bebe mucho, cosa que parece que ha pasado esta noche, pierde un poco los papeles. Kenzi abre la puerta y entra en la habitación.
—¿Qué es lo que pasa aquí, Vex? —Kenzi usa el nombre de pila del reverendo para centrarlo y hacerle ver que no es una desconocida quien le habla.
Vex está de espaldas a Kenzi. Desnudo de cintura para arriba. En su espalda se pueden ver cicatrices antiguas, pero ningún golpe reciente del látigo que se encuentra tirado encima de la cama. Alex se encuentra acurrucada en un rincón, tapándose la cara con las manos y sollozando.
—¿Qué que pasa? —Vex gira su cuerpo y su mirada acuosa, unos ojos negros inyectados en sangre y alcohol, se deslizan por el cuerpo de Kenzi—. Pasa que tu niña no quiere hacer lo que le pido. ¿Tan difícil es darle cuatro golpes a un hombre para que purgue sus pecados que ni siquiera se atreve a coger el látigo? Lo único que hace es sollozar y repetir que ella no hace esas cosas.
—Vex —Kenzi acompaña sus palabras con un gesto de la mano hacia Alex. La chiquilla se incorpora y se abraza a su madame—, ya te dije que era nueva aquí y que para satisfacer tus gustos mejor que subieras con una de las veteranas. Es joven e impresionable y tus "necesidades" la han asustado —la voz de Kenzi rezuma tranquilidad. No es la primera vez que tiene que tratar con clientes borrachos e insatisfechos—. No había razón alguna para gritarle.
—De acuerdo. De acuerdo —murmura Vex cogiendo una botella medio vacía del suelo y dándole un gran trago—. Perdona mi mal humor, chiquilla —Vex hace un gesto de disculpa con la mano en dirección a Alex—. Y ahora, si no te importa, marcharos las dos y mándame a una de las otras chicas. Crystal misma servirá. Oh, sí. Que venga Crystal. Ella si que sabe como tratarme —la voz de Vex evidencia un deje de excitación.
—No —sentencia Kenzi.
—¿Cómo que no? —un irritado Vex eleva la voz de nuevo.
—Ya es muy tarde —Kenzi abraza a su joven muchacha tratando de calmarla—. O más bién yo diría que ya es temprano. Ha amanecido hace rato, Vex. Y ya no son horas para tus juegecitos. Si quieres que te golpeen esta mañana prueba a buscar al marido de alguna de tus feligresas y le cuentas lo que haces con ellas en las reuniones dominicales. De seguro que él te dará unos cuantos golpes muy gustosamente —la ironía es el fuerte de Kenzi.
—Kenzi —el reverendo está realmente enfadado.
—Márchate ahora. Vuelve esta noche si lo necesitas y Crystal te atenderá.
—No pensarás que pienso pagarte por un servicio no realizado —Vex recoge sus ropas con furia y se dirige hacia la puerta.
—Solo hace falta que pagues todo el whisky que te has bebido —Kenzi deshace el abrazo con Alex y se interpone en el camino del reverendo.
—Considera la bebida como una compensación por este lamentable trato —Vex empuja con su mano a Kenzi intentando apartarla del camino.
El empujón de Vex desestabiliza a Kenzi, que trastabilla y, al moverse bruscamente, choca con la muchacha. La joven Alex está mas preocupada de limpiarse las lágrimas de la cara que de lo que acontece a su alrededor y no tiene tiempo de reaccionar. Su cuerpo cede al empuje del de su jefa y pierde el equilibrio.
Crak. El sordo sonido de un hueso al quebrarse precede a la mancha de sangre que impregna el suelo de la habitación segundos después de que la cabeza de Alex, que acaba de golpear contra una pequeña mesa colocada junto a la cama, golpee en el mismo.
—Joder —Kenzi da un respingo antes de tirarse al suelo e intentar parar el flujo de sangre mientras trata de adivinar si la herida es grave.
—Mierda —Vex contempla paralizado el cuerpo de la muchacha.
El reverendo no es una mala persona. Simplemente es un pobre hombre con gusto por el dolor y el whisky. La preocupación por la muchacha puede mas que su ira y su borrachera y se inclina hacia Kenzi, intentando ayudar. Los ojos de la joven Alex se abren ligeramente. Por suerte no ha sido un golpe mortal, nada más que una fea herida en la cabeza.
—Vete —Kenzi descarga toda su ira en una sola palabra.
Vex se acobarda ante el grito de Kenzi y se vuelve para marcharse de la habitación. En el quicio de la puerta está Bo a medio vestir. Su camisa está sin abotonar, recién ha colocado los pantalones en su sitio y está ajustándose la cartuchera alrededor de su cintura. Su mirada está fija en su amiga y en la pobre muchacha herida. Levanta la cabeza y fija sus ojos en el reverendo. El ojo azul brilla con una intensidad rayana en la locura. El marrón, oscuro como una noche sin luna, promete un descenso a los infiernos.
—Canalla —el brazo de Bo salta como un resorte y su mano hace presa en el cuello de Vex—. Te he dicho muchas veces que este es un sitio de placer, no de dolor. Si dolor es lo que quieres, dolor tendrás.
Bo empuja a Vex al interior de la habitación. Con la mano libre asesta un fuerte puñetazo en la base del estómago del reverendo a la vez que suelta la presa del cuello. Vex se dobla sobre si mismo y cae al suelo. La mitad del whisky ingerido se desparrama por el suelo, mientras amargas gotas tiñen su pequeño bigote moreno.
—Y ahora —Bo agarra al reverendo por su corto pelo y eleva su cabeza—, piensa que le vas a decir a tu dios cuando te reúnas con el —desenfunda el revolver, lo amartilla, y posa el cañón entre los ojos de Vex.
—¡Bruce, detenla! —el grito de Kenzi llena toda la habitación con su urgencia.
Bo desvía su mirada un momento hacia la puerta y contempla la enorme mole de su amigo el sheriff Bruce. Un hombre de más de dos metros de altura, anchos hombros, cuya bondad rivaliza con su peso. Un hombre justo, no carente de personalidad y recursos para mantener a raya a los alborotadores. El mejor amigo de Bo después de Kenzi. El único capaz de parar a Bo en estos momentos.
—Bo —la voz de Bruce es dulce, pero firme.
—Vamos, Bruce —la mirada de Bo suplica permiso para apretar el gatillo—. Sabes que se lo merece.
—Es el reverendo del pueblo, Bo. Puede que se lo merezca, pero no puedes matarlo. Ni siquiera tú puedes.
—Mierda —Bo guarda su revolver en la funda con un rápido movimiento—. Hazme un favor. Al menos encierra a este cabrón un par de días —sentencia con disgusto.
—Escucha, Bo —Bruce le hace un gesto para que se arrime a él—. Lo haría con gusto, pero está a punto de llegar la diligencia. Y en ella llega mi prometida.
—¿La hermana de Ciara? —Bo le dedica a su amigo una mirada pícara a la vez que le da un pequeño golpe en el pecho al llegar a su altura.
—Si —Bruce baja la mirada, un poco azorado. No es momento para encerrar a nadie. Necesito un poco de tranquilidad para ocuparme de ella. ¿Qué te parece si acompaño al reverendo a su casa y lo dejo ahí con la firme promesa —el sheriff levanta un poco la voz para que le oiga Vex—de que no va a volver a poner los pies aquí en una buena temporada. Tú acaba de vestirte y vete a la parada de la diligencia. Si llega antes de que yo regrese, entretén a la hermana de Ciara. ¿De acuerdo?
—¿Cómo se encuentra? —Bo se acuclilla sin responder a Bruce y se para junto a Kenzi y a Crystal, que están atendiendo a la pobre Alex.
—Cosciente, Bo —responde Kenzi—. Es una herida fea, pero no parece revestir gravedad.
—Cuando llegue al rancho hablaré con mi padre —Bo disimula una mueca de disgusto—. Quizás se digne a venir a echarle un vistazo.
—No, Bo —la respuesta de Kenzi es firme—. No quiero deberle nada a tu padre. Tú vete a la parada de la diligencia que yo me ocupo de curar a Alex y Bruce se encargará de Vex.
—De acuerdo —Bo acaricia el hombro de su amiga y se levanta—. Hazlo Bruce —Bo enfrenta a su amigo—. Asegúrate que este cabrón no sale de su iglesia en unos cuantos días. Tengo una bala reservada para él. Si a la muchacha le pasa algo, será su billete a los infiernos —Bo dedica una última mirada de desprecio a Vex antes de abandonar la habitación.
Kenzi y Bruce intercambian una mirada de alivio. Vex les dedica una mirada entre agradecida y avergonzada. Se ha meado encima al sentir el cañón de la pistola de Bo en su frente.
Bo abandona el burdel y se monta en la carreta que ha traído. En la diligencia aparte de la prometida de Bruce llega Stella, la novia de su padre. Tiene que recogerla y llevarla al rancho. Bo conduce despacio en dirección al centro del pueblo. La cabeza le duele un montón debido a la borrachera nocturna y la bronca con Vex no ha contribuido a aliviarla. La verdad es que Bo necesita un buen descanso. Desde el día de la tormenta de arena, cuando dejó escapar a aquellos indios y luego tuvo la gran bronca con su padre, no ha hecho otra cosa que pasar el tiempo emborrachándose con Kenzi y dejando pasar las horas, ya sea en compañía de algunas de sus chicas, ya sea durmiendo el alcohol ingerido. En pocos minutos llega a la parada de la diligencia y detiene la carreta a la sombra. Se recuesta en el pescante y se cala el sombrero hasta los ojos. Quizás la diligencia tarde un poco y le de tiempo ha echar una cabezada.
Su sueño se ve interrumpido al cabo de media hora por el pifiar de los caballos y el ruido de la diligencia al hacer su entrada en la calle principal del pueblo. La diligencia estaciona en el otro lado de la calle y, mientras Bo se espabila y se apresta a cruzar la calle, puede ver como de la misma descienden Stella y una hermosa mujer morena de aspecto delicado.
—Será la prometida de Bruce —se dice Bo justo antes de sorprenderse por la presencia de Tamsin al pescante. Se supone que ella debería de estar siguiendo la pista del buhonero negro.
—Hola Tam tam, ¿Desde cuando te dedicas a conducir carretas? —Bo hace gala de su socarronería al llegar a la altura de Tamsin.
—Unos indios atacaron la diligencia y tuve que ayudarles —le replica Tamsin con su habitual tono seco. Sus ojos verdes taladran a Bo.
—¿Quién es la morena que está con Stella? —Bo sacude la cabeza en dirección a Evony.
—Evony. Evony Fleurette Marquisse —responde Tamsin socarrona—. Hermana de Ciara y prometida de Bruce.
—Buen partido. Bruce estará contento.
—No creo —Tamsin baja la voz y acerca su cara a la de Bo. Bo se extremece levemente al sentir el aliento de Tamsin tan cerca—. Por lo poco que le he sacado en el viaje creo que debajo de ese aspecto tímido e inocente se esconde una mujer de sangre caliente. Bueno, creo que no es precisamente la sangre lo que más caliente tiene —Tamsin sonríe pícaramente.
—Ahí viene Bruce —Bo se aparta de Tamsin y se acerca a las dos pasajeras—. Hola Stella —Bo le dedica una mirada a la novia de su padre y no le da tiempo a encarar a Evony antes de que Bruce llegue junto a ellas.
—Señorita Fleurette —Bruce está asombrado de la belleza de Evony.
—¿Sheriff Bruce? —Evony es rápida y se ha percatado de la insignia que prende de la solapa del chaleco de Bruce—. Encantada de conocer a mi prometido —le tiende la mano a Bruce.
—El placer es mío —Bruce besa tímidamente la mano de Evony.
Bo no pierde detalle de la escena. Evony, tal y como le acaba de advertir Tamsin es algo más que un cuerpo bonito y una cabeza hueca. La mirada que le dedica a Bruce está cargada de desilusión y decepción. Su pobre amigo está tan abrumado por la presencia de tan bella mujer que no advierte nada, pero Bo está muy acostumbrada a tratar con mujeres y lo capta todo.
—Si me dice cuales son sus maletas las cargaremos en mi caballo y le mostraré nuestra casa
—En realidad —Evony le corta con dulzura— antes me gustaría pasar un día o dos con mi hermana. Hace tanto tiempo que no la veo —su voz se deshace en el aire.
—Claro, claro —responde un avergonzado sheriff—. No veo inconveniente alguno en que pase unos días con su familia. Cuando esté lista me avisa e iré a buscarla al rancho.
Stacy —Evony olvida a Bruce con rapidez—supongo que esta muchacha habrá venido a buscarte. Que cargue nuestras maletas en la carreta y podemos marchar.
—Se llama Bo —Stella le dedica una gran sonrisa a Bo y le pide con la mirada que se apacigue—. Bo MacCorrigan. Es la hija del doctor MacCorrigan, dueño de casi todo lo que ves, incluida la casa donde vive tu hermana.
—Siento haberla confundido —Evony le dedica a Bo una mirada que hace que Bo tenga ganas de aplastarle la cara contra el suelo.
—Tamsin —Bo se vuelve hacia la cazarecompensas— Ayúdame con los bultos.
Bo y Tamsin recogen los bultos y los ponen en la carreta. Las dos pasajeras se acomodan en la misma y Bo dedica unos segundos para hablar con Tamsin antes de emprender el camino al rancho.
—¿Supongo que vendrás al rancho? Mi padre querrá saber como te ha ido con el buhonero. Y yo también tengo curiosidad.
—No, Bo —Tamsin niega con la cabeza—. Dile a tu padre que se ha acabado. Que ya no voy a trabajar más para él. Dile que la pista del buhonero no llevó a ningún lado y que ya estoy harta de perseguir sus utopías. Me marcho del pueblo.
—Como quieras, Tamsin.
Bo se da media vuelta y se monta en la carreta. Conoce lo suficiente a Tamsin para saber que nada que diga la va a hacer cambiar de opinión. La cazarecompensas es un tanto borde y a veces es dada a reacciones como esas. Que se ocupe su padre de encontrarla si quiere saber algo más.
—Señorita MacCorrigan —Evony encara a Bo en cuanto esta se monta en la carreta—¿Es largo el camino hasta el rancho?
—Sabes, Evony —Bo hace gala de su diplomacia y saber estar—. Esta mañana he estado a punto de meterle un tiro entre los ojos al reverendo del pueblo por lastimar a una chica a la que apenas conocía. ¿Te imaginas lo que le puedo hacer —Bo taladra a Evony con sus ojos bicolores— a la persona que lastime siquiera un poco al Sheriff Bruce, que resulta que es uno de mis mejores amigos?
En la carreta solo se oye el restallar de las riendas por toda respuesta.
Tamsin ve como la carreta se aleja, coge las riendas de su caballo y tira de él en dirección al Saloon del pueblo. Está firmemente decidida a beber hasta perder el sentido. Quizás así, cuando cierre los ojos, no se le aparezca la imagen del hombre negro precipitándose al vacío…
