THE NIGHT COMES TO TOWN.

El enorme sol anaranjado se oculta con lentitud en el horizonte. Las sombras de la noche empiezan a ganarle terreno a la luminosidad del día, acercándose sin prisa, pero sin pausa al pueblo. Se levanta un ligero viento que recorre con suavidad el pequeño bosque que rodea al rancho del Doctor McCorrigan. El día se acaba…

"Trick, sentado en un gran sofá de piel situado junto a la chimenea del salón del rancho, hace caso omiso a los movimientos de sus sirvientes y disfruta de una copa de buen whishy mientras cavila como conseguir desentrañar el misterio que le está consumiendo. Nankoweap… Nankoweap… Nankoweap... La palabra se repite como un mantra en su cabeza, causándole desasosiego e intranquilidad.

Stella, recién salida de un reparador baño, está acabando de acicalarse para bajar a cenar con el hombre de su vida. El tiempo y la distancia han logrado mitigar lo que en un principio parecía imposible, lograr que asuma su pérdida y que acabe por perdonar al hombre que siempre ha amado por los errores cometidos. El tiempo de la reconciliación ha llegado.

Tamsin, más que apoyada, está derrumbada en la barra del saloon, bebe vaso tras vaso de licor. Intentando alejar de su mente la aterradora imagen del hombre negro precipitándose al vacío.

Vex, privado de su pequeño harén de torturadoras, bebe. Bebe y se golpea el mismo la espalda desnuda con su cinturón, esperando que la sangre que mana de sus heridas lacerantes sea suficiente precio para comprar la tranquilidad de su alma. Tranquilidad perturbada desde el nefasto día en que todo ardió.

Kenzi vacía el burdel, expulsando sin contemplaciones a los escasos clientes que en ese momento están en el local. El bienestar de sus chicas siempre ha estado por encima del negocio en la escala de valores de nuestra hermosa madame.

Alex navega las amargas aguas de una fiebre sin fin que estremece todo su cuerpo y amenaza con hacerla sucumbir. La pequeña herida en su cabeza se ha infectado, llenando su cráneo de un pus maligno que presiona cada vez con más fuerza contra su tierno cerebro.

Crystal solloza y atiende a Alex lo mejor que puede. Aunque poco consuelo supone para la gravedad de las heridas las compresas calientes que la mujer rubia aprieta contra la herida de la muchacha.

Bruce, sentado en la soledad de su casa, da buena cuenta de la cena mientras medita el porque de la demora de su prometida en acudir a su hogar. Una pequeña certeza se va instalando en su buen corazón. Cada vez se siente más pequeño e insignificante al ir tomando lentamente conciencia del rechazo de la damisela.

Ciara acuesta, uno por uno, a sus hijos. Maldiciendo por lo bajo a su marido. Un hombre que prefiere estar fuera de su hogar, persiguiendo sus sueños en vez de estar confortándola con su calor en ese mismo momento. Fría, se siente fría por dentro. Igual de fría está la cena de Dyson, abandonada en medio de la mesa familiar.

Evony maldice su suerte. Cruzar medio país para ir a caer en la misma trampa que le hizo abandonar su hogar es una cruel broma del destino. No desear al hombre que la quiere, y morirse por sentir el calor del cuerpo de un hombre que pertenece a otra, parece que es su destino vital.

Dyson cabalga de vuelta al rancho, azuzando sin premura al pequeño rebaño de reses perdidas que el ha encontrado, tras un duro, pero satisfactorio día en las llanuras. No echa de menos su cena fría, ni a su mujer.

Bo McCorrigan, el diablo bicolor. Desde la ventana de su habitación en el rancho contempla la puesta de sol con intranquilidad. No sabe por qué, pero hay algo en esa puesta de sol que le hace estremecerse. Es como si las sombras que se aproximan al rancho trajeran con ellas algo más. Algo nuevo y diferente. Siente muy dentro suya la certeza de que, para bien o para mal, su mundo va a cambiar dentro de poco.

Las sombras de la noche cubren a los dos jinetes que se aproximan al pueblo. Hale Santiago y Lauren Lewis están llegando al final del camino…o al principio. Todo depende del ángulo de visión que se emplee."

El día se acaba…la noche llega al pueblo…

Y va a estar llena de sorpresas.

La extraña pareja.

Tamsin pasó el primer día en el pueblo bebiendo sin parar en el saloon. En su cabeza se había instalado la certeza de que solo el whisky podría evitar que por las noches se le apareciera aquel fantasmal hombre negro, así que bebió hasta casi perder el conocimiento. Luego se arrastró hasta el motel y se derrumbó en la cama. Mientras los efectos del alcohol duraron, ella yacío semiinconsciente en el lecho, pero a mitad de la noche el hombre negro volvió a visitarla y paso el resto del tiempo en vela, suspirando por que llegara un nuevo amanecer que le trajera algo de tranquilidad. El segundo día fue peor. No solo bebió en más cantidad que el día anterior. En su haber se cuenta la paliza que le proporcionó a su compañero de barra cuando este, siempre según la versión de nuestra muchacha, se dirigió a ella de malas maneras. Y hay que anotar también la media docena de disparos que efectuó dentro del local, alterando a todo el mundo. Momento en que el barman la hecho a la calle. Esa segunda noche no logró llegar al motel. A medio camino trastabilló y tuvo que apoyarse en un soportal para no caer redonda al suelo. Su sombrero se le cayó de la cabeza, dejando libres sus hermosos cabellos dorados y cuando levantó la vista, sus hermosos ojos color esmeralda vieron aquello que solo veía cuando dormía…al hombre negro, acompañado de otra mujer, parado a la altura del burdel del pueblo…

—¡No puede ser! —Tamsin sacude la cabeza intentando alejar el alcohol de la misma y centrar sus sentidos— También te me apareces estando despierta —grita a la noche con desesperación—. No eres un puto sueño, eres un jodido fantasma.

Desesperada, la muchacha centra su vista en la puerta del burdel. El buhonero ya no se encuentra allá. Tentada está de recorrer los cientos de metros que le separan del hipnotizante farol rojo y comprobar si lo que ha visto es realidad o ficción. Un escalofrío de temor le recorre la espalda y la deja congelada, apoyada en el soportal. Por muy brava y dura que sea no se siente capaz de hacerlo.

Sin saber que hacer levanta la vista para darse cuenta de que está apoyada en el soportal de la iglesia del pueblo.

—¿El reverendo? —se dice con un brillo de esperanza en la mirada—. Quizás el pueda ayudarme.

Tamsin recuerda lo poco que sabe de los hombres de fe. Una idea se fija en su mente. Ellos saben de hombres que vuelven a la vida, y de seguro que saben como tratar con fantasmas. Recuperada un poco la calma Tamsin empuja la puerta de la iglesia y sus pasos la llevan al interior de la misma. La iglesia está sumida en la penumbra, levemente iluminada por un par de candiles a medio gas colocados en el altar. El silencio es ominoso y amenaza condecorar hasta el ruido de sus botas al caminar. La muchacha siente un escalofrío que le recorre la espalda y pasea sus hermosos ojos verdes, teñidos de una pizca de miedo, por el recinto. El temor de que el hombre negro pueda estar sentado en alguno de los bancos, o que le esté acechando detrás de una de las columnas de madera que sostienen el techo de la iglesia, la tiene casi paralizada.

—¿Reverendo? ¿Reverendo? —susurra Tamsin con voz trémula.

La oscuridad devuelve el eco de sus palabras. Nadie responde. Suspirando profundamente la cazarrecompensas atraviesa a grandes pasos el recinto y, al llegar al altar, descubre una puerta entreabierta en uno de sus costados. Empuja la puerta y, a la tenue luz de la luna que se filtra por la ventana, pasea su mirada por la oficina del reverendo. El desorden y la suciedad son palpables. Arruga la nariz al sentir el acre olor de la comida en descomposición. En la mesa del despacho, aparte de un montón de papeles revueltos, hay un plato con un guiso espeso. Abandonado a su suerte desde hace un par de días. Otra puerta entreabierta da a la habitación del reverendo.

Tamsin camina con cautela y empuja la puerta. Una habitación más desordenada que la anterior la recibe. Un candil ilumina un montón de ropas tiradas en el suelo. En una mesa baja y pequeña hay una botella a medio acabar de whisky, compañera de las tres o cuatro botellas vacías que se hayan desparramadas por el suelo de la habitación. Un par de vasos sucios completan un desastroso cuadro del que el reverendo, tirado boca abajo en la cama, es el actor principal. Desnudo de cintura para arriba, dejando que la brillante luz del candil arranque destellos carmesi de unas espantosas llagas lacerantes que recorren su espalda. Pequeñas gotas de sangre brillan con una luz fantasmal. La misma luz fantasmal que ilumina el cinturón, cuajado de sangre que se haya junto al reverendo.

—No soy la única que tiene fantasmas —se dice Tamsin sobrecogida por el espectáculo que está contemplando.

Tamsin recorre el corto espacio que le separa de la cama y se sienta en el borde de la misma, intentando desviar su atención de las heridas del reverendo. Heridas que la tienen hipnotizada y le retrotraen a tiempos pretéritos. Tiempos en que ella también sintió el amargo tacto de un cinturón en su espalda.

—Reverendo —Tamsin sacude ligeramente el cuerpo de Vex—, despierte. Necesito su ayuda.

Vex, envuelto en nubes de alcohol y dolor a partes iguales, gira un poco la cabeza y, al abrir los ojos, se encuentra dos enormes faros verde esmeralda que amenazan con devorarle con una mezcla de dureza, temor y ansiedad.

—Vamos, incorpórese — Tamsin pasa uno de sus brazos por la espalda de Vex y le ayuda a sentarse en el borde de la cama junto a ella—. No sabe si es la oscuridad de los ojos del reverendo, destellando hundidos en una cara de facciones que a Tamsin se le hacen hermosas, o el viscoso tacto de las heridas de su espalda en su mano lo que la colman de unos extraños sentimientos hace tiempo olvidados. Ternura. Esos ojos negros, con un simple atisbo, han conseguido sacar la parte dulce que la cazarecompensas guarda muy dentro suya, dentro de una coraza casi impenetrable.

—Vex. Me llamo Vex —el reverendo, todavía dominado por el alcohol que recorre su cuerpo desliza una mano por la cara de Tamsin—. ¿Eres un ángel que ha venido para llevarme contigo?

—No es que conozca a muchos reverendos —Tamsin sacude la cabeza algo ruborizada—. De hecho es la primera vez que entro en una iglesia y antes de ti nunca había cruzado palabra alguna con un reverendo, pero creo que no eres lo que se dice muy normal. Vamos —la muchacha coge la botella y llena los dos vasos hasta la mitad. Le pasa uno a Vex y apura el suyo de un trago—, necesito tu consejo.

—¿Dónde vivías que nunca has entrado a una iglesia? —Vex apura el licor, dejando que su calor lo devuelva a la vida—. ¿Acaso tu madre no te llevaba a los servicios dominicales?

—¿Mi madre? —Tamsin se ríe. Vex se descubre deslumbrado por aquella sonrísa—. Mi madre lo justo estuvo junto a mí hasta que se recuperó del parto. Luego desapareció con algún otro hombre, en busca de un futuro mejor que seguro que no encontró. Yo me crié en compañía de mi padre y sus dos hermanos. La llanura y las montañas fueron mi hogar. Ellos eran cazadores, ya sabes —Tamsin rellena los vasos de nuevo—se dedicaban a cazar todo tipo de animales. Y personas. También cazaban personas. Blancos, indios. Todo aquello que tuviera un precio sobre su cabeza era una presa apetecible. Eso es lo que mi padre y mis tíos me enseñaron. Aquello duró hasta que dejé de ser una niña y me convertí el lo que ves ahora. Entonces pasé a ser la presa —Tamsin se deja llevar por la inquieta mirada del reverendo, encontrando en ella un calor que jamás había pensado que se podía sentir. Su mente, sus recuerdos, se desnudan ante Vex—. Mis tíos pensaron que no había por que visitar los burdeles de los pueblos cercanos teniendo, como tenían la diversión en casa. Pero la pieza de caza demostró ser más una cazadora que una presa. Mis tíos fueron los primeros de una larga lista que termina en un hombre negro. Un buhonero empeñado en no morirse. Y ahí entras tú —Tamsin devora con sus ojos verde esmeralda al reverendo—. Dime, Vex. ¿Tienes algún remedio para alejar a los fantasmas?

—No —susurra Vex conmovido—. Soy un fraude, Tamsin —Vex se abre también—. Yo era un pobre huérfano que malvivía en un pueblo de mierda. Un día entré a robar en la iglesia del pueblo y el reverendo me pilló. En vez de darme una paliza me obligó a ayudarle durante un tiempo en las labores de la iglesia. Y ahí descubrí lo bien que viven los reverendos. Nunca nos falta comida, ni bebida. Incluso siempre hay alguna feligresa dispuesta ha hacer algo más que rezar por conseguir el perdón divino.

—Entiendo —Tamsin se ríe ya más relajada—. Vex le atrae como un imán. Sus palabras le entretienen.

—También hay oscuridad en mi historia —Vex se deja llevar por la risa de Tamsin—. Me hice reverendo para vivir bien, no por que creyera en Dios. Y fui feliz hasta que llegué a un pueblo en que los feligreses eran demasiado intolerantes. En el pueblo había un burdel y los hombres y mujeres que acudían a la iglesia clamaban día tras día contra los pecados que se cometían entre aquellas paredes. Yo no hacía otra cosa sino Beber, comer y vivir. Nunca dije una sola palabra a favor de aquellas muchachas. Tampoco en contra. Aunque eso es un pequeño consuelo que no mitiga el dolor que sentí cuando le prendieron fuego al burdel con todas las chicas dentro —Una lágrima se desliza por la mejilla de Vex.

—¿Qué pasó? —Tamsin, dominada por una ternura infinita posa su mano en la cara de Vex.

—Diecisiete —Vex se deja reconfortar por el calor de la mano de la muchacha, dejando salir su dolor—. Diecisiete muchachas murieron en aquel incendio. Todavía percibo el olor de sus cuerpos quemados como un cruel recordatorio de que pude haber detenido aquella sinrazón con unas palabras mías. Huí de aquel lugar y, desde entonces, vivo en este pueblo. El poco dinero que saco lo empleo en ir al burdel y darles mi dinero a muchachas iguales a las que murieron a cambio de que, a golpes de cinturón, se cobren el precio de tamaña traición. Y ni siquiera eso es suficiente para evitar que, en lo más profundo de la noche, siga percibiendo el olor de las muchachas quemadas. Son mis fantasmas, Tamsin. Y no puedo alejarlos de mi vida. Y tampoco creo que pueda alejar los tuyos. Soy un fraude —Vex acaricia la mano de Tamsin posada en su cara. Buscando calor y consuelo.

Ambos se miran a los ojos. Vex se pierde en un infinito océano verde. Tamsin navega la negrura de los ojos del reverendo. La mano libre de Tamsin se posa en la espalda de Vex, recorriendo con suavidad los verdugones. A cada contacto de las yemas de sus dedos con las heridas lacerantes le responde su cuerpo con una hipnotizante excitación. Sus labios se humedecen ligeramente.

—Sabes —Tamsin dominada por una urgencia exasperante posa sus labios en los de Vex, degustando el sabor del reverendo—. Quizás haya algo que puedas hacer para ayudarme —musita Tamsin separando apenas un centímetro sus labios de los de Vex—. Algo que puede alejar tus fantasmas y los míos.

—Dime —susurra Vex dejándose llevar por la suave caricia de la mano de la muchacha recorriendo su espalda.

—Placer —sentencia Tamsin—. Siente el placer de la compañía de un a mujer, en vez del dolor de su presencia, y ayúdame a dormir sin que el hombre negro venga a visitarme…

Los labios se juntan, acallando las palabras. Las bocas se abren. Las lenguas se funden. La ropas caen. La pálida luz de la luna ilumina dos cuerpos desnudos. Dos almas torturadas buscando, la una en la otra, el consuelo, el amor, la felicidad.

La noche ha llegado al pueblo. Y está llena de…

El macho alfa y la belleza del este.

—Otra noche sin dormir, Evony —Dyson deposita la silla de montar, que le acaba de quitar al caballo, en el lugar que le corresponde del establo y coge un cepillo.

—No soy la única —Evony sonríe a su cuñado y se acerca un poco más al candil que da luz y calor al establo.

Ya sabes —Dyson le devuelve la sonrisa mientras pasea su mirada por el esbelto cuerpo de su cuñada, reparando en el hermoso inicio de unos pequeños, pero firmes pechos que asoman por el vestido a medio atar. Lo hace a propósito —se dice sacudiendo la cabeza y acercándose al caballo para cepillarle las crines—, esto es muy diferente de la ciudad donde te criaste. Aquí siempre hay cosas que hacer. Incluso en medio de la noche.

—La noche siempre es un buen momento para hacer "cosas" —Evony pasea la mirada por el esbelto cuerpo de Dyson y se acerca a él, colocándose al otro lado de caballo. Se deja llevar por el hipnotizante movimiento de las manos del vaquero al deslizarse por las crines del caballo. Imaginando esas manos deslizándose con suavidad por otra piel…su piel.

—Se lo que te inquieta, Evony —Dyson hace un gran esfuerzo por obviar las tentadoras palabras de su cuñada—. Bruce es un buen hombre —las palabras de Dyson sacan a la damisela de su ensoñación y la irritan un poco—. Ya se que no es lo que te esperabas, pero con el tiempo aprenderás ha apreciarlo y él te hará feliz.

—Mira quién fue a decírmelo —replica la damisela con ironía—. Mi hermana Ciara también es una buena persona y no veo que te haga feliz. Dime Dyson. ¿Cuándo te empezaron a importar más los caballos y las vacas que ella?

—Evony…

—Oh, sí —la damisela acalla al vaquero mientras desliza sus pasos hasta ponerse a la altura de Dyson—. Ella es buena persona, y todavía es hermosa. Pero tu mente está más allá de esta casa. Tu corazón mora en las llanuras, lejos de mi hermana y de esos tres mocosos con los que te ha cargado. Estás lleno de sueños de gloria y, sin embargo, aquí estas. Atrapado en una casa a la que no consideras tu hogar y con una mujer a la que hace tiempo dejaste de mirar con deseo. Hasta lo más bello se vuelve anodino con el paso del tiempo. ¿Verdad?

—Déjalo, Evony —replica nervioso el vaquero.

—Imagínate —Evony, cual ave de presa, reduce la distancia que la separa de su cuñado a la nada, posando sus pechos en el firme torso de Dyson. Dejando que su aliento estremezca al vaquero cuando susurra en su oído tentadoras palabras—, Que tu fueras el sheriff. Dedicarías tu vida a perseguir malhechores por la llanura. Cabalgando sin descanso en pos de la victoria. Tú palabra sería ley en este pueblo de mala muerte. Entonces —la damisela se separa unos centímetros y, cogiendo con ambas manos la camisa de Dyson tira de ella, rasgándola. Dejado desnudo el hermoso pecho del vaquero— yo sería feliz de entregarme a un hombre así —Evony acota sus palabras con un suave mordisco en el pecho de Dyson. El duro vaquero alza en vilo a la damisela y la deposita con urgencia en el lecho de paja…

Bo Dennis, el diablo bicolor, pasea su intranquilidad por el rancho. Unos ruidos procedentes del establo despiertan su curiosidad y dirige sus pasos hacia la puerta entreabierta del mismo.

—Vaya —se dice Bo atisbando por una rendija de la puerta la desnudez de su capataz—, ni el embarazo detiene a estos dos.

Dyson hunde su cara en el cuello de la damisela. Evony suspira y arquea su cabeza. La luz del candil arranca hermosos destellos de su cabellera negra. Destellos que inciden de refilón en el ojo azul de Bo, justo cuando ella se está dando media vuelta para marcharse, respetando la intimidad del capataz del rancho y de su mujer.

—Tamsin tenía razón —se dice Bo girando el cuerpo y encarando de nuevo la puerta del establo—Esa puta damisela no solo tiene la sangre caliente.

Bo empuja la puerta del establo con violencia. Los amantes detienen todo quehacer. La luz del candil arranca letales destellos de la mirada de Bo.

—Fuera —sentencia Bo mirando fijamente a un sofocado Dyson.

—Bo —el capataz hace un mínimo intento de explicarse.

—Fuera —Bo agarra con sus manos un trozo madera situado junto a la puerta—. Vete antes de que me lo piense mejor y despierte a tu mujer.

Dyson agacha la cabeza y, recogiendo sus ropas con una mano, tira de las riendas del caballo con la otra. La legendaria furia de Bo no le es ajena. Y tampoco lo es la amistad que le une con Ciara. Mejor pasar la noche fuera del rancho. Al salir del rancho tropieza con un rastrillo y este, al caer, golpea al caballo. Un profundo relincho corta el silencio de la noche…

Bo camina hacia una semidesnuda Evony. En la mirada una ira infinita. En una mano el palo. Al alcance de la otra su revolver.

Ciara se despierta. Su ligero sueño se ha visto interrumpido por lo que parece un relincho en medio de la noche.

—Escucha, Bo —Evony apenas acierta a susurrar las palabras.

Dyson monta en su caballo y cabalga hacia la oscuridad de la noche.

—¿Dyson! —Ciara grita el nombre de su marido al verlo pasar, montado a caballo y semidesnudo, por delante de la casa—. La puerta abierta del establo le llama con promesas de dolor.

—¡Perra! —Bo alza el palo dispuesta a partirle la cabeza a Evony—. Te dije lo que pasaría si osabas hacerle daño a Bruce.

—Bo —la entrecortada voz de Ciara resuena en la entrada del establo—. Es mi hermana. Haya hecho lo que haya hecho —la certeza de lo sucedido se refleja en las amargas lágrimas que corren por sus mejillas— sigue siendo de mi familia. Aléjala de aquí, pero no le hagas daño. Por favor.

—Vamos —Bo deja caer el palo y tira de los pelos de la damisela, obligándola a levantarse y a caminar a su vera.

—Ciara —suplica Evony al llegar a la altura de su hermana.

El tortazo resuena en la oscuridad de la noche. Evony siente un latigazo de dolor en la cara. Bo sonríe. Ciara llora.

Bo tira el cuerpo desmadejado de la damisela en la primera carreta que encuentra y, subiendo de un salto al pescante, azuza a los caballos en dirección al pueblo. Evony intenta recomponerse un poco, ajustándose las ropas revueltas con el fin de lograr un poco de la dignidad perdida hace unos momentos. Su mente empieza a trabajar, intentando encontrar alguna frase o razonamiento que logre mitigar su precaria situación. La carreta se aproxima a la oficina del sheriff. Evony suspira aliviada. Bruce de seguro que es un hombre fácil de manejar y en que Bo lo deje con él y desaparezca de seguro que sabrá reconducir la situación.

La carreta pasa de largo la oficina del sheriff. Un escalofrío recorre la espalda de Evony al ver alejarse su puerto seguro.

—¿A donde vamos? —susurra aterrada.

—Estate agradecida a tu hermana de que no te haya pegado un tiro —Bo escupe las palabras con saña—. Y dado que lo que más te gusta parece ser el acostarte con los hombres de otras mujeres, te llevo al único lugar que conozco en el que podrás hacerlo sin causar más daño.

—¿Al burdel? —replica Evony entre aliviada por saber que Bo va a cumplir la promesa a su hermana y asqueada por el destino que aquella terrible mujer le marca.

—Escúchame bien —la voz de Bo corta la noche—. Kenzi dirige el burdel y es mi mejor amiga. Si causas un solo problema más el próximo sitio al que te llevaré será a la llanura. Te dejaré en pleno territorio indio. Desnuda y al sol del mediodía. Así tu blanca piel irá cogiendo color mientras esperas a que te recojan los indios. De seguro que ellos apreciarán los encantos que guardas entre las piernas.

La carrreta pasa por delante de la iglesia del pueblo. Ni Tamsin ni Vex reparan en su presencia. Tamsin duerme profundamente sin que el buhonero negro haga acto de presencia. Vex está sumido en un plácido sueño inducido por la tibia mano que el ángel de ojos verdes tiene posada en su espalda. Aliviando con su tacto el dolor de sus heridas.

La carreta se aproxima al burdel.

La noche ha llegado al pueblo. Y está llena de…

Secretos y conversaciones a la luz del farol rojo.

—Está cerrado —Kenzi encara a los recién llegados desde el otro lado de la barra —. Hasta mañana no podremos satisfacer vuestros deseos.

—Oh, no, señorita —Hale se ruboriza ligeramente, si eso es posible en un hombre de piel negra, al darse cuenta del tipo de local en el que han entrado—, no es lo que usted piensa. Déjeme que me presente —Hale recorre con cautela los pasos que le separan de la barra del burdel y alza su mano, esperando recibir en ella la de Kenzi—. Los ojos azules de la morena lo recorren de arriba abajo, desatando un pequeño escalofrío en el hombre negro.

—Es guapo —se dice nuestra madame al tenderle la mano al buhonero—. Guapo y amable.

—Hale Santiago, para servirle —el hombre negro deposita un suave beso en la mano de Kenzi y se deja llevar un momento por su embriagador perfume.

—El Hotel está dos casas más abajo —Kenzi se demora unos instantes en retirar la mano, dejándose llevar por el tacto de la misma—. Dado que no necesitáis de nuestros servicios, supongo que buscaréis alojamiento para dos —la ironía tiñe sus palabras.

—Lauren Lewis —"Nube Blanca" se acerca a la barra y encara a la muchacha morena—. No buscamos alojamiento señorita…

—Kenzi. Madame Kenzi malikov —la muchacha morena marca el territorio con deliberada intención.

—Mi estimada compañera de viaje —Hale no puede dejar de mirar esos hermosos ojos azules que lo embriagan con su profundidad e intensidad—, es una gran cocinera del este del país. Nos dirigimos a la gran ciudad que se alza al otro lado de las llanuras, junto a la costa del gran mar. Hemos oído de un rancho propiedad de un gran doctor que gusta de disfrutar de placeres refinados y hemos pensado hacer un alto en el camino para ofrecerle nuestros servicios.

—El doctor MacCorrigan —Kenzi no puede reprimir una muestra de disgusto—. Estáis en lo cierto. Es un gran doctor con gusto por los placeres refinados, y por otros gustos más salvajes. Su rancho está saliendo del pueblo en la dirección contraria. En unos diez minutos después de abandonar el pueblo llegaréis a un pequeño bosque. Cruzad el bosque y llegaréis al rancho…

—Kenzi —la voz de Crystal desde lo alto de las escaleras corta la conversación—, cada vez está peor.

—Si me disculpáis —Kenzi dedica una última mirada a Hale, lamentándose de no poder dedicarle un poco más de atención—, tengo asuntos urgentes que atender.

Kenzi abandona la barra y se dirige con premura al encuentro de Crystal. Hale se da media vuelta y señala la puerta a "Nube Blanca".

—Espero que la rubia ya no esté ahí afuera —le susurra a "Nube Blanca mientras agarra el pomo de la puerta.

—Espera —"Nube Blanca" no puede apartar la mirada de la rubia de las escaleras que sostiene en su mano una gasa empapada en sangre y cuya mirada está teñida de preocupación—. Hay alguien enfermo en esta casa.

—¿Y? —Hale le replica con preocupación. Empieza a ver a donde quiere llegar "Nube Blanca"—. Le acabamos de decir que eres cocinera.

—¿No has notado la mueca de disgusto que ha hecho la muchacha al referirse al doctor? De seguro que las repudia también y no las está ayudando.

"Nube Blanca" se da media vuelta y con un par de grandes pasos llega al inicio de la escalera.

—¿Puedo ayudar? —le inquiere a Kenzi—. Creo que tenéis a alguien muy enfermo ahí arriba. Mi padre era médico y algún conocimiento tengo.

—Kenzi recorre con la mirada a "Nube Blanca", valorando la posibilidad. Tras unos instantes de duda se decide.

—Sube.

"Nube blanca" sube a grandes pasos la escalera. Hale deja salir un suspiro de preocupación y sigue a su amiga hasta el interior de la habitación. Kenzi y la muchacha rubia hacen lo propio. En la cama de la habitación se haya tendida una jovencita con la cara perlada de sudor. Un gran bulto en uno de los costados de la cabeza enmarca una fea herida. Nube blanca se acerca a la joven y palpa con sus expertas manos la herida de la muchacha.

—Un golpe tonto —Kenzi esconde el verdadero origen de la herida— con la esquina de la mesa. No parecía nada, pero las fiebres se la están llevando.

—Es la suciedad de la herida —" acota "Nube blanca" —. Se está yendo para adentro de la cabeza y está presionando el cerebro. Si no drenamos y limpiamos la herida, acabará por sucumbir a las fiebres. Necesito un cuchillo afilado, una botella de whisky…

—Ahora te lo traigo —Crystal se marcha de la habitación con premura.

—Y algunas hierbas para hacer un emplasto. Tú —"Nube Blanca" se dirige a Kenzi—vete a la cocina y pon un perol con agua a calentar. Hale, escucha…

"Nube Blanca" le da a Hale una descripción precisa de las hierbas que tiene que coger de un macuto que está en el caballo de la gran chaman y la manera de hervirlas y luego macerarlas para hacer un emplasto. Hale hace un mínimo intento por protestar, pero acaba cediendo ante el ímpetu de su compañera. En unos momentos todos se aprestan a cumplir las órdenes de "Nube Blanca". Crystal regresa con el cuchillo y el whisky. La india hace tomar a la jovencita un gran trago del mismo y luego le hace morder un pañuelo. Le indica a Crystal que le ayude, sujetando las manos de la muchacha y, después de calentar al rojo el cuchillo en la llama del candil, se dedica con precaución a abrir la herida de la cabeza y drenar toda la suciedad acumulada. Le lleva unos diez minutos dejar la herida totalmente limpia y, para entonces Kenzi y Hale ya están a su lado con el emplasto que ha solicitado. "Nube Blanca" cubre con cuidado la herida con el emplasto y, cogiendo un paño húmedo, limpia el sudor de la frente de la jovencita.

—Ahora hay que esperar —sentencia con alivio—, pero la suciedad no era excesiva y creo que se recuperará sin problemas.

Crystal recoge todas las cosas que ha usado la chaman para curar a Alex y se va en dirección a la cocina. Hale recoge la botella de whisky, se sirve un trago y se sienta en una silla a reposar un momento.

—Dime Lauren Lewis, gran cocinera del este del país —Kenzi acaricia con ternura la frente de Alex y sonríe a "Nube Blanca"—¿Hay indios en el lugar de donde procedes?

Hale casi se atraganta con el Whisky. "Nube Blanca es más sutil y sabe ocultar su preocupación.

—¿Indios? —responde con indiferencia "Nube Blanca" —. Alguno puede haber, pero los primeros indios que vi fue al llegar al oeste.

—Curioso —responde con una franca sonrisa la Madame—. Has usado hierbas indias para elaborar el emplasto que ha salvado a mi chica.

Un tenso silencio se apodera de la habitación. "Nube Blanca" sostiene la mirada de Kenzi con la certeza de que ella lo sabe. Tampoco se siente muy intranquila. No sabe por qué, pero la hermosa muchacha morena le parece alguien de confianza. Alguien que quizás pueda ayudarla.

—El doctor MacCorrigan —Kenzi deshace con su frase las últimas reticencias que tiene "Nube Blanca" para confiar en ella—, es conocido aparte de por sus gustos refinados, por un exacerbado odio hacia los indios. Cuídate de cocinarle algo con hierbas indias cuando trabajes para él.

—¿Conoces a una mujer con un ojo azul y uno negro? —"Nube Blanca" se suelta.

—Bo MacCorrigan —Kenzi degusta el sabor de la victoria—. Hija del doctor y mi mejor amiga.

—¿El demonio bicolor? —Hale incide con prudencia.

—Así le llaman —Kenzi vuelve su vista al hombre negro, dejándose llevar por su presencia—. Muy a mi pesar ella es tan peligrosa como su padre en cuanto a los indios se refiere.

—Soy "Nube Blanca", Gran Chaman india. Tú amiga está en mis visiones. El gran espíritu me la ha mostrado y tengo que encontrarme con ella.

—¿Para matarla? —Kenzi fija su intensa mirada en la chaman.

—Para conocerla —incide con tranquilidad "Nube Blanca". Conocerla y convencerla.

—¿Convencerla de qué?

—Ella es el mayor peligro para nuestra raza. Creo que es la llave para nuestra destrucción, o para nuestra supervivencia. Necesito convencerla de lo segundo. ¿Nos ayudarás?

—¿Kenzi? —Crystal interrumpe la conversación desde la puerta.

—¿Dime? —la Madame desvía su mirada de "Nube Blanca" un segundo.

—Es Bo —la corta frase llena con todas sus implicaciones la habitación—. Viene con una mujer morena y pregunta por ti.

—¡Mierda! —el exabrupto los sacude a todos—. Vosotros dos quedaros aquí —les señala la habitación a Hale y a "Nube Blanca"—. Ni un solo ruido. Tú —le hace un gesto a Crystal —acompáñame abajo. Y ni una sola palabra sobre nuestros invitados.

Kenzi sale de la habitación acompañada de su muchacha. Cierra la puerta con llave y, tras lanzar un suspiro, comienza a bajar las escaleras, meditando como conseguir que Bo no pase la noche en el burdel…