HALESTORM

Título con doble significado.

Por un lado hace referencia a la tormenta desatada entre las chicas del farol rojo debido a la llegada a sus vidas de Hale Santiago.

Y por otro lado hace referencia a un grupo de música que mantiene viva la llama del hard rock de finales del siglo veinte en estos convulsos tiempos, musicalmente hablando, de comienzos de siglo.

Sus canciones son la perfecta banda sonora para disfrutar de otro viernes en el pueblo. Esta vez toca una merienda muy especial, en el que algunos de los personajes van a realizar movimientos destinados a llenar ese vacío que existe en sus vidas. Quizás lo logren, quizás no. Leed y lo sabréis.

Para Elizabeth "Lizzy" Hale. Por su música.

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—Wohh —Alex pasea su mirada por el hermoso vestido de color verde, estampado con pequeñas flores blancas, que lleva puesto Tamsin—luces…

—¿Estúpida? —la rubia corta con su habitual socarronería, y un evidente gesto de incomodidad, la alocución de la jovencita—. Incomodidad que se hace más patente al recorrer los dos pasos que le separan del grupo formado por Kenzi y sus muchachas. Sus pies, embutidos en unos ligeros calcetines de blancas puntillas, protestan al verse sometidos a la tortura de unos preciosos zapatos de medio tacón ancho. Es evidente que Tamsin prefiere las botas de montar.

—Deslumbrante —Kenzi le dedica a Tamsin una franca sonrisa al replicarle.

—La próxima que me diga algo sobre el vestido no llegará a probar los postres —advierte Tamsin con un brillo maligno en la mirada—. Y ahora pasad —la rubia hace una señal con la mano hacia el interior del pequeño jardín delantero de la escuela en construcción—. Lauren y cristal están acabando de preparar los platos, mientras tanto en aquella mesa tenéis un bol de ponche que ha tenido a bien preparar nuestro querido reverendo y unas botellas de Whisky. Yo prefiero el whisky. Es lo mejor que hay para olvidar las palabras del "Señor" Hale. Mira que obligarme a vestirme como vosotras para asistir a una ridícula merienda.

Tamsin se da media vuelta y camina con torpeza hacia la mesa con las bebidas. Kenzi, Zee y Alex contemplan desde la puerta en la que están paradas el pequeño jardín. Una gran mesa está colocada en uno de los extremos y en ella están depositados casi todos los platos destinados a la fiesta del doctor McCorrigan. Queda una semana para el gran evento y la idea de Cristal de hacer una merienda cocinando esos mismos platos, como una especie de prueba, ha cogido forma gracias a la ayuda de Hale y de Vex. Ellos, junto con Bruce, se han encargado de preparar las mesas y de construir una pequeña cocina en la escuela. Lauren y Cristal han dedicado bastante tiempo a cocinar las recetas ideadas entre todas las chicas. Tamsin también ha pasado algún tiempo ayudándolas. Resulta que la rubia indómita, aparte de los tomates verdes fritos, guardaba en su loca cabeza alguna receta más.

Vex está dando los últimos retoques al ponche cuando la rubia de ojos esmeralda se acerca a la mesa. Sus grandes ojos devoran con ansiedad las botellas de whisky.

Wohh, Tamsin —Vex apenas acierta a murmurar palabra alguna más. Deslumbrado como está por la belleza indómita de la rubia. Sus ojos se pierden el los reflejos que el sol de la tarde arranca de la trenza con la que Tamsin se ha recogido su hermosa cabellera—, Estas…

—Hermosa —Tamsin termina la frase—. Ya lo digo yo. Así evito oír tu tartamudeo, que me pone nerviosa. Nací hermosa, Vex. Y moriré hermosa. Eso sí —Tamsin coge una botella de whisky, dispuesta a bebérsela ella sola—, si tú y tu amigo me hacéis asistir a muchas meriendas de estas, moriré con los pies hinchados.

Tamsin se aleja de la mesa en dirección a la valla que delimita el jardín. Necesita un trago y un poco de soledad. Bajo esa capa de indiferencia y sequedad con la que trata al reverendo bulle algo más. La verdad es que el tartamudeo y el nerviosismo que hace presa del reverendo cada vez que ellos se encuentran, lejos de molestarla la enorgullece un poco. Es más que evidente la atracción que Vex siente por Tamsin y a la rubia esa sensación le produce una ligera excitación. Sentirse deseada y apreciada de esa manera es algo que la turba un poco. Quizás haya llegado el momento de que ella se plantee su vida de una manera diferente a la que tenía concebida. Aunque, todo hay que decirlo, pensar en recorrer el camino que Vex le tiende a sus pies le da más miedo que enfrentarse a una tribu entera de salvajes indios.

Apoyada en la valla y, tras darle un gran trago a la botella, pasea su mirada por el jardín. Lauren y Cristal todavía no han hecho acto de presencia. Frente a la mesa con las bebidas se ha desatado una animada conversación entre Zee, Alex, Bruce y el reverendo, al que pilla dedicándole una furtiva mirada desde la distancia. Con una sonrisa triunfal en su cara le da otro trago a la botella y deja caer su mirada en Kenzi y Hale. Ambos están apartados del resto y sostienen una conversación que, a tenor de los gestos y las miradas que se dedican, parece del agrado de ambos. Ojalá se sintiera capaz de llevarse al reverendo a ese terreno sin sentir como si sus pies se hundieran en arenas movedizas. Una furtiva lágrima se desliza por su mejilla, dando fe viva de la impotencia de la rubia para lidiar con ciertos aspectos de su vida.

—Hola, Tamsin —la voz de Bo la saca de sus ensoñaciones.

Tamsin se vuelve, dejando atrás el paisaje del jardín y se posa en la valla, dando cara a la hija del doctor.

—Vaya, Bo veo que ya estás recuperada.

—Si —responde Bo con una franca sonrisa—. Los cuidados que me procuró Lauren han resultado muy efectivos.

—Ya sabes —Tamsin le pasa la botella, invitándola a beber—, tu cocinera parece que tiene algún que otro encanto oculto —la mirada de la rubia deja traslucir la picardía de la afirmación.

—Tú también —Bo evita la conversación sobre Lauren con cierto sonrojo, le da un trago a la botella y se la devuelve a Tamsin.

—No lo digas —la rubia amenaza a Bo con la botella—. Una sola palabra acerca del vestido y acabaré manchándolo de barro mientras peleamos en medio de la calle. Por cierto, si quieres pasar a darle las gracias a "tu cocinera" —la ironía desencaja con una gran sonrisa la cara de Tamsin—, tendrás que procurarte uno de estos. Ya sabes, normas de la casa —la rubia señala con la mano a Hale.

—Entiendo —Bo le dedica una interesada mirada al hombre negro y a Kenzi—. A Bo realmente le gusta Hale. Y el hecho de parezca haber una cierta atracción entre su amiga y el caballero negro le llena de alegría el corazón.

—Si te dijera —Tamsin apura otro trago y le habla con un tono divertido a Bo—, que me equivoqué cuando te dije que Hale no era el negro que expulsamos del rancho. Que en verdad es él el buhonero. ¿Lo llevarías a la llanura y lo dejarías secarse al sol?

—Te respondería —Bo le arranca la botella de las manos a la rubia y casi la vacía de un gran trago— que la primera vez decías la verdad y ahora estás mintiendo. Es imposible que un caballero tan culto y educado como el señor Hale sea el buhonero del que hablas. Tú lo único que quieres es evitar que te vuelva a hacer vestirte de "señorita" —la risa de Bo llega hasta los demás invitados y estos le dedican una asombrada mirada a la hija del doctor MacCorrigan.

—Lauren está en el interior de la escuela —Tamsin le sonríe a Bo—. Puedes pasar, aunque no vayas vestida de "señorita".

—¿Lauren? —Bo finge desconcierto—, no sabía que estuviera aquí. De hecho es una casualidad que nos hayamos encontrado. Solo estaba dando un paseo para desentumecer las piernas un poco.

—El coyote siempre sabe donde está su presa —murmura Tamsin con sorna mientras se arranca hacia la mesa de las bebidas.

—¿Qué has dicho? —Bo parece un tomate a punto de ser frito.

—Que tontas como yo solo hay una —Tamsin grita a la tarde con evidente regocijo.

Bo sigue los pasos de la rubia en dirección a la mesa y su mirada se encuentra, a medio camino, con la de Kenzi. Su amiga acaba de despedir a Hale con un beso en la mejilla y justo se ha vuelto para encarar a sus chicas cuando se da cuenta de la presencia de su amiga.

—¡Bo, Bo! —Kenzi da un salto de alegría y corre a abrazar a su amiga—. Ven y tomemos un trago para celebrar que ya te has recuperado.

—Chicas —Bo saluda con la mirada a las ocupantes de la mesa mientras toma con una mano un vaso de ponche que le tiende Alex—. Dime, Kenzi —Bo apura con el vaso y le dedica una mirada cargada de intención a su amiga—, ¿De que hablabais tú y Hale. Parece que era algo bastante interesante.

—Nada importante —la morena se sonroja un poco y baja la mirada hasta fijarla en el vaso de ponche que acaba de coger—. Parece ser que el señor Hale ha decidido quedarse en el pueblo. Tiene intención de construirse una pequeña casita a las afueras del pueblo cuando acabe con la escuela…

—¿Y? —Bo conoce lo suficiente a su amiga para saber que hay algo más. Algo importante.

—Bueno —Kenzi coge aire—. Me ha contado que su intención es proponerme matrimonio cuando tenga un hogar que ofrecerme, y un trabajo con el que mantenerme ya que tiene intención de dar clases en la escuela. El quería saber si yo esaba de acuerdo en esperarle para casarme con él.

—¡ Kenzi! —las chicas dan saltitos de alegría, totalmente emocionadas. Bo sonríe con orgullo.

—¿Qué le has respondido? —la voz de Tamsin denota más curiosidad de lo que sería habitual en ella.

—Que no… —Kenzi se ríe al ver las confusas miradas que le dedican sus contertulias—. Que no pienso esperar a que se construya la maldita casa para estar con él. Señoritas, espero que hagáis honor a las lecciones recibidas y os portéis con corrección, ya que el señor Hale deja de vivir con el reverendo y se viene conmigo.

Todo son abrazos y besos. Las chicas están orgullosas de su Madame. Orgullosas y algo envidiosas, pues Hale es sin ninguna duda el mejor partido del pueblo. Bo abraza con efusividad a su amiga. Tamsin entorna sus hermosos ojos esmeraldas. En su cabeza ha empezado a formarse algo parecido a un plan.

—Con lo correcto que parece ser Hale —Bo deshace el abrazo—, supongo que alguna pega habrá puesto. Digo yo.

—Bueno —Kenzi pasea una pícara mirada en dirección al hombre negro. Algo de protesta ha habido. Pero estar seguras que, en que pase una semana en mi compañía, dejará de protestar.

—¡Auhh! —aúlla Zee con pasión levantando el vaso al cielo de la tarde—. Las demás chicas la imitan.

Bo disfruta como una condenada.

Tamsin piensa. Piensa y bebe.

Los hombres, interrumpida su conversación por los gritos de las descaradas señoritas, les dedican una mirada divertida.

Cristal y Lauren asoman la cabeza de la cocina, buscando con la mirada el origen de tanto desorden.

Dos pares de ojos. Unos color avellana, otros de color azul y marrón, cruzan la distancia que les separa y colisionan en medio del jardín. Saltan chispas.

Lauren vuelve a la cocina, ligeramente sonrojada.

—Bueno —Bo se despide del coro de gallinas que gritan como si una manada de coyotes les persiguieran—voy a ver que hay para comer.

—Suerte —Tamsin deja de pensar por un momento y le dedica una brillante mirada a la señorita McCorrigan…

Bo atraviesa con pasos firmes y decididos la distancia que la separa de la cocina y entra a la misma. Cristal es la primera en verla pues Lauren está afanada en uno de los fogones. La rubia ahoga una risita y delata la presencia de Bo a la cocinera.

—Lauren —Crystal camina hacia el exterior de la cocina con una cazuela a rebosar de un espeso y oloroso guiso—, voy colocando este plato en la mesa. Ya solo falta la salsa. Cuando la acabes te reúnes con nosotras y empezamos la merienda.

—De acuerdo— responde Lauren levantando la vista un momento y descubriendo la presencia de Bo en la cocina—. Hola Bo —la voz de Lauren transmite una cierta timidez—. No sabía que fueras a venir a la merienda.

—No era mi intención —Bo trata de sonar sincera—. Lo justo había salido a dar un paseo para desentumecer la pierna y me encontré con Tamsin. Ella me dijo que estabas aquí y he entrado a darte las gracias por curar mis heridas.

—Eso mismo me has dicho las últimas cuatro veces que nos hemos encontrado —Lauren ahoga una sonrisa—. Anda, ven aquí y prueba esta salsa. A ver que te parece.

Bo recorre la distancia que le separa de la cocinera y abre la boca para probar el contenido de la cuchara que Lauren sostiene entre sus manos.

—Suave salsa de queso —murmura Lauren algo perdida el la mirada bicolor de Bo.

—Deliciosa —Bo degusta la salsa totalmente perdida en la profundidad de dos ojos color avellana que la taladran sin misericordia.

—Espera —Lauren desliza un dedo hacia los labios de Bo—. Se te ha derramado un poco.

El dedo de Lauren recorre con suavidad la comisura de los labios de Bo, limpiando la gota de salsa allá depositada. La vaquera ahoga un suspiro y hace un vano esfuerzo por retomar el ritmo correcto de su respiración. El esfuerzo es en vano. Bo baja la mirada, huyendo de esos ojos inmisericordes, buscando un asidero para sobrellevar el momento. El remedio es peor que la enfermedad. La mirada de Bo recorre el trozo de piel que el vestido entreabierto de la cocinera deja al descubierto. Piel perlada de sudor. Desde su cuello hasta el inicio de unos pequeños, firmes, hermosos, sugerentes, atrayentes pechos atrapados en su prisión de tela. ¿Esperando ser liberados? El corazón de Bo se acelera al cruzar por su mente el tenue pensamiento que la turba en exceso. Buscando una salida, Bo alarga la mano y acaricia el hermoso colgante que pende del cuello de Lauren. Un extraño e hipnótico trozo de madera hábilmente tallado con la forma de un águila.

—¿Qué es? —acierta a susurrar con voz trémula.

—Nada —Lauren, perdida en las sensaciones que le ha provocado el roce de su dedo con la piel de Bo no se ha dado cuenta de su error—. Bueno, sí. Es algo. Claro que es algo. Es un recuerdo familiar. Un regalo de mi abuelo.

—Parece indio —Bo encuentra extraño que una mujer del este tenga algo de origen indio en su cuello.

—No se —Lauren se aparta ligeramente de Bo y cubre el colgante y su piel sudada con el vestido. Abotonándoselo atropelladamente—. Nunca me había preguntado su origen.

—¿Tu abuelo visitó el oeste alguna vez?

—No lo creo —Lauren hace un gran esfuerzo por esconder su nerviosismo—. Su pongo que lo habría comprado en alguna tienda de la ciudad. O a algún viajero. La verdad que hace tanto tiempo que lo tengo que apenas recuerdo cuando me lo regaló. La salsa —Lauren encuentra su asidero—. Se va a quemar.

Lauren se vuelve para quitar la cazuela del fuego y vierte el contenido en un pequeño bol. Hace una señal a una todavía confusa Bo para que coja una bandeja con unos cuantos panes colocados en la misma y se arranca a caminar hacia el exterior.

—Vamos a merendar —sentencia deseando que Bo no siga con sus preguntas sobre el medallón.

—Hablando de la merienda —Bo sujeta del brazo a Lauren y enfrenta su mirada a la suya—. Bueno, más que de la merienda, de la cena de la semana que viene. Concretamente del baile que hay después de cenar. ¿Quieres ser mi pareja, Lauren?

—¿Yo? —Lauren se sonroja ligeramente. Su mente cabalga entre el halago que supone que Bo la quiera llevar como pareja al baile, y el peligro implícito en presentarse ante tantos vaqueros de la mano de la hija del doctor McCorrigan. Tras unos momentos de reflexión, gana la prudencia—. Creo —la cocinera se arranca a hablar con tranquilidad, midiendo sus palabras—, que tu padre se sentiría más cómodo si acudieras de la mano de algún rudo vaquero, en vez de llevarme a mí.

—Vamos, Lauren —Bo se remueve inquieta—. Has pasado el suficiente tiempo en compañía de Kenzi y de sus chicas y de seguro que ya sabrás que mis gustos son un poco especiales. Nada de rudos vaqueros en mi vida. Y mi padre también lo sabe. De hecho no es la primera vez que me presento ante él en compañía de alguna hermosa señorita. Algo que no le gusta, pero a lo que no tiene más remedio que acostumbrarse. Así que, a no ser de que tú seas a la que incomodan mis necesidades, no veo motivo alguno para negarse.

—No me refería a eso, Bo —Lauren está a punto de ceder a la tentación al ver el ansia implícita en la diatriba de la vaquera—. Tus gustos me son de sobra conocidos. Es más, me halaga que hayas pensado en mi como tu acompañante a la fiesta…

Los ojos de Bo brillan tentadores.

—La incomodidad a la que me refiero viene del hecho de que tú eres la hija del anfitrión y yo soy la cocinera. Trabajo para tu padre, Bo.

—No importa —la vaquera insiste con algo de nerviosismo—. No será la primera vez que mi acompañante desagrada a mi padre. Se tendrá que aguantar, y punto.

—Bo. Soy la cocinera. No puedo asistir a la fiesta y dejar el trabajo de lado.

—El baile es después de la cena —inquiere con urgencia Bo—. Para cuando este empiece, tu trabajo estará terminado.

—Eres terca como una mula. ¿Lo sabes? —Lauren no puede reprimir una sonrisa al encarar a la testaruda vaquera.

—Entonces. ¿Si o no? —murmura con ansiedad Bo.

—No —Lauren da por zanjada la conversación y se dirige, resuelta, al exterior de la cocina—. Y ahora vamos a merendar.

En cuanto las dos mujeres llegan a la mesa da comienzo una alegre merienda que durara hasta justo entrada la noche. El ambiente festivo de la celebración se hace patente en las chanzas de las chicas. Destacando entre todas ellas a una Zee totalmente desatada que se dedica a flirtear con descaro con Bruce. Los comentarios y anécdotas, algunas de ellas de tono picante, que la rubia le dedica al sheriff le arrancan más de una sonrisa y contribuyen a mitigar un poco el estado apocado y taciturno en el que se haya sumido el sheriff desde que tuvo noticia de la tropelía cometida por su "prometida". Kenzi y Hale se dedican más de una mirada de complicidad. Vex come. Come y bebe sin perder de vista esos ojos esmeraldas que lo tienen subyugado. Tamsin, con el plan ya totalmente elaborado en su cabeza, espera el momento oportuno. Lauren no deja de lanzarle a Bo furtivas miradas, sonrojándose ligeramente y desviando la mirada cuando la vaquera la pilla infraganti.

Y Bo.

Nuestra querida vaquera bebe más de lo que come. Siempre hace lo mismo cuando piensa. Y Bo tiene mucho en que pensar. En lo más profundo de su cerebro se han asentado dos ideas que la inquietan en cierta medida. Por un lado está la "inocente" broma de Tamsin acerca de la posibilidad de que ella le hubiera mentido y Hale fuera en verdad el buhonero. Por otro lado está la vívida imagen del medallón de Lauren. Un medallón de inequívoca factura india en el cuello de una misteriosa mujer que dice venir del este del país. Ciertamente inquietante. Estos dos pensamientos no cobran forma más intensa debido a la gruesa capa de frustración y excitación que cubren casi por completo el abotargado cerebro de nuestra vaquera. Que Bo recuerde nunca mujer, ni hombre alguno, han sido capaces de resistirse a sus encantos. El "No", por respuesta a sus requerimientos, es algo que su cerebro no es capaz de procesar. La negativa de Lauren pone a Bo en la tesitura de poner más carne en el asador. Va ha hacer falta algo más que una invitación a un baile para sacar algo en claro con la hermosa cocinera. Se siente a partes iguales frustrada y excitada, pensando acciones varias con las que llevar a Lauren a su terreno.

Entre pensamiento y pensamiento, intercalando tragos, Bo acaba totalmente borracha.

La noche llega. La luna sale. La comida se acaba.

Hale y Kenzi, murmurando una disculpa tonta, se marchan juntos en dirección a la casa con el farol rojo.

Las chicas hacen corro a un divertido Bruce y lo convencen de acabar una botella de whisky entre los cuatro en una de las esquinas del jardín. Tampoco es que el sheriff oponga mucha resistencia a tan encantadora compañía.

Vex recoge una pila de platos y se dirige a la cocina. V a ser que al pobre reverendo le ha tocado recoger la mesa.

Los brillantes ojos esmeralda de Tamsin ven la oportunidad ansiada y la rubia se mueve con celeridad en busca de la confrontación.

Bo da un ligero traspiés al volverse en dirección a la puerta del jardín y comienza su retirada. Necesita beber menos y pensar más…

—Espera, Bo —Lauren se pone a la altura de la vaquera con rapidez —las dos vivimos en el rancho, así que si no te importa podemos compartir el camino. Además —Lauren pasa su brazo por el de Bo, ayudándola a mantener su precario equilibrio—creo que te vendrá bien mi ayuda.

Bo sonríe como una chiquilla, perdida en el brillo avellana de dos ojos que rivalizan con la luna llena en su máximo esplendor. Las dos mujeres se pierden en la oscuridad de la calle…

—Vex —la voz de Tamsin llena con su inseguridad el espacio vacío de la cocina.

El reverendo se vuelve para encarar a la rubia y a punto están de caérsele los platos de las manos, cosa que impide el rápido movimiento de Tamsin que, con manos certeras, ayuda al reverendo a impedir el desastre.

—Dame —Tamsin deja que sus manos jugueteen por un instante con el contacto de las del reverendo antes de hacerse cargo ella de la vasija—. No queremos un desastre en la cocina. ¿Verdad, Vex?

—No. Desde luego que no —acierta a murmurar el reverendo—.

—He oído a las chicas —Tamsin coge aire— decir que Hale se marcha a vivir con Kenzi. Lo cual te deja como al principio, viviendo solo en la iglesia. Y, bueno, ya sabes —Tamsin camina sobre arenas movedizas. O eso le parece a la rubia—, si nadie lo remedia en cuatro días la iglesia volverá a ser la misma cochiquera en la que te encontré. Entonces he pensado que tú y yo…

—Me estás diciendo que nosotros… —la sorpresa tiñe la voz de Vex.

—Si —sentencia Tamsin—. Bueno, no —se arrepiente al momento al ver el brillo de los ojos de Vex—. Bueno sí, pero no. No de la forma que tú te piensas.

—No entiendo —Vex cabalga la confusión, cegado por un par de ojos esmeraldas.

—Vamos a ver —Tamsin deja la pila de platos en la mesa, temerosa de ser ella misma la que los deje caer—. Apenas me queda dinero para pagarme la habitación en la que estoy. Y no creo que quieras que vaya a pedirle trabajo a Trick de nuevo.

—Eso no es buena idea, Tamsin.

—Exacto —la rubia por fin parece que pisa terreno firme—. Así que he pensado que podría mudarme a la iglesia y ocupar la habitación de Hale. A cambio te ayudaría a mantener el lugar limpio y te echaría una mano con las cosas esas tuyas de la iglesia. Además —Tamsin ya ha recuperado su resolución—, así beberías menos. De la botella de whisky que te llevas por la noche a la cama, yo me bebería la mitad. Ya ves. Todo son ventajas. Buena compañía y menos alcohol en tus venas. ¿Qué dices?

—Eso sería una muy buena idea —sonríe Vex—. Por su puesto que te puedes mudar a la iglesia.

—Gracias —Tamsin deja escapar un suspiro, acompañado de un breve saltito, y le da a Vex un suave beso en la mejilla antes de salir corriendo de la cocina—. Voy a por mis cosas, no te me escapes —grita con alegría.

El suave contacto de los labios de Tamsin se cuela por la piel del reverendo, atraviesa carne y hueso y se introduce firmemente en el cerebro de Vex. Instalándose en un lugar especial, destinado a albergar los mejores recuerdos del reverendo. Un lugar en el que permanecerá por siempre.

—Tarda lo que quieras —murmura Vex al silencio de la cocina—. Un suspiro sale de su garganta seca y se apoya en la mesa de la cocina para intentar recuperar el resuello.