Capítulo 3

John no podía dormir; sus sentimientos eran demasiado confusos en ese momento, además, su cuerpo no estaba acostumbrado a descansar durante la noche. Pasar tantos años de su vida atado a un vampiro le había hecho cambiar sus rutinas de sueño. Sin embargo, tampoco quería salir en ese momento de la habitación, se sentía demasiado avergonzado como para hacerlo.

Pero no pudo resistirse; después de una hora de removerse en el colchón, de tener el aroma de Sherlock rodeándolo completamente; no pudo evitar levantarse, cambiarse de ropa y salir a la sala al escuchar las música del violín. Un sonido melancólico, triste, emergió de la sala hasta sus oídos y John se preguntó qué sería lo que tendría al vampiro en aquel estado.

La música se interrumpió con el sonido de sus pasos, vio a Sherlock girarse y acercarse a él; siempre que lo veía tenía ese extraño brillo de preocupación en los ojos.

-Deberías estar descansando.

-En realidad, no puedo dormir en la noche -respondió John, acercándose más y extendiéndole su abrigo. Aunque no le gustara la idea de devolvérselo, no podía quedarse más con él.

Sherlock lo tomó y lo dejó sobre uno de los sillones, sin dejar de mirar al humano.

-Mi amo anterior me hizo adaptarme... ahora sólo puedo dormir de día -añadió.

Sherlock cerró su mano derecha en un puño con fuerza, parecía molesto; John, instintivamente, dio un paso hacia atrás. Pero el vampiro lo notó y en su rostro apareció una expresión de alarma y de... tristeza.

-No voy a hacerte daño -aclaró. Era algo que decía muchas veces y aunque John comenzaba a creerle, una parte de él le recordaba que era un vampiro y que por ello no debía confiar en él.

-Lamento que hayas tenido que pasar por eso -comentó Sherlock. Por un momento, el humano pensó que tenía ganas de acercarse a él, pero cambió de opinión, como si no deseara asustarlo más.

-Es el destino de todo humano -respondió John, sintiéndose mal al notar que el vampiro se negaba a acortar la distancia entre ellos. Y sabía que era extraño sentirse de aquella manera, pero no podía evitarlo.

-No debería ser así. Y créeme que lamento hacerte todo esto, John. No quisiera tenerte aquí, haciéndote sufrir más de lo que ya has soportado, pero no puedo liberarte, aunque quisiera.

John asintió y se dejó caer en el sofá, tratando de asimilar la idea de que aquel vampiro deseaba, más que nada, deshacerse de él.

Sherlock dejó el violín a un lado y se acercó al humano. Lo vio inclinarse frente a él. Una de sus elegantes manos se posó sobre su mejilla y John cerró los ojos un momento, dedicándose a sentir, solamente. Era casi antinatural, después de todo lo que le había pasado, que disfrutara del contacto de las manos de un vampiro sobre su piel, pero así era. Aquello debía causarle temor y repulsión y, aún así, no podía contener esa parte de él que se sentía... bien, protegido, junto a Sherlock.

Era una locura.

-No puedo liberarte porque necesito de tu ayuda en estos momentos -explicó el vampiro, inclinando su cabeza hasta que su frente hizo contacto con la del humano, haciendo que éste volviera a abrir los ojos-, además, si lo hago, tu vida correría peligro.

John no podía asentir, porque estaba demasiado inmerso en el color de los ojos del vampiro. Además, tenía miedo de que, si hacía un movimiento él lo dejaría de tocar. Pero lo entendía, entendía perfectamente lo que trataba de decir. Un humano libre en un mundo como ese no duraba mucho con vida.

No existía la verdadera libertad, por lo menos no para él.

-Si detestas tanto esta situación -se atrevió a decir en su lugar-. ¿Por qué vas a... trabajar para Moriarty?

El rostro de Sherlock se ensombreció aún más. Se alejó del humano inmediatamente. John lamentó haber dicho eso.

-Necesito estar cerca, si es que quiero lograr algo en contra de él. Y si todo funciona, entonces tú no tendrás que estar aquí, podrás irte y no volverás a verme. Podrás ser feliz.

John se estremeció. Todavía no entendía exactamente qué era lo que Sherlock tenía pensado hacer, pero parecía peligroso. Además, la perspectiva de no volver a verlo era algo que no le agradaba, a pesar de que ello implicaba su libertad. ¿Era cierto todo lo que estaba diciendo? ¿Podría existir la libertad para él? Pero... ¿A qué precio?

Y, la pregunta más importante: ¿por qué un vampiro se interesaría en el bienestar humano?

Sherlock tomó el violín y se giró hacia donde se encontraban las partituras que había estado observando; volvió a tocar, dejando claro que la conversación había terminado.

Sin embargo, ya que Sherlock no parecía estar en contra de su presencia, John se acomodó en el sillón y se quedó escuchando al vampiro un rato más.

Al día siguiente, cuando el humano logró despertar -al atardecer-, se dio cuenta de que, tal vez, las cosas podrían ir completamente mal en la reunión que Sherlock tenía con Moriarty.

Después de comer, el vampiro se acercó a él y le dio un teléfono móvil.

-Aquí encontrarás dos números, el primero es el mío y el segundo es el de mi hermano, Mycroft. Lo conociste ayer, es el vampiro que vino aquí al atardecer -aclaró Sherlock.

John asintió. Por supuesto que lo recordaba, él había escuchado parte de su conversación, además ese vampiro le había dirigido una mirada extraña mientras hablaba con su hermano.

-No debes asustarte, aquí estarás completamente seguro. Nadie se atreverá a entrar aquí o hacerte daño, porque ellos te consideran de mi propiedad y no quieren arriesgarse a hacerme enfurecer. Sin embargo, si crees que estás en peligro, no dudes en llamarme. Si presionas estos dos números durante unos cuantos segundos, el teléfono marcará los números de teléfono correspondientes. El cinco es para mí y el seis para Mycroft. Si yo no te respondo inmediatamente, entonces llama a mi hermano. Él cuidará bien de ti, no debes tenerle miedo.

No se necesitaba de mucha inteligencia para darse cuenta de que todas aquellas precauciones eran porque Sherlock se encontraría con Moriarty. Al parecer, aquel vampiro tenía todo preparado en caso de que le sucediera algo.

En caso de que no regresara. Lo que significaba que había una posibilidad de que aquello sucediera. Y esa posibilidad aterró a John.

Sin poder evitarlo, se acercó al vampiro y lo tomó del brazo.

-No vayas... si crees que es arriesgado -dijo, mirándolo fijamente, tratando de convencerlo.

Sherlock sonrió y acarició su mejilla. John reaccionó inmediatamente a ese toque, y se ruborizó.

-Es muy considerado que te preocupes por mí, a pesar de que deberías odiarme. Pero tranquilo, esto es sólo precaución. Además, Moriarty me invitó, si lo rechazo, entonces enviará a alguien por mí. No tengo opciones.

John lo sabía; jamás había visto a Moriarty, pero todo el que viviera en aquel lugar había escuchado de él y sabía que era alguien con quien no se podía jugar. Y... sin embargo, Sherlock estaba planeando algo que podría provocar su ira. ¿Por qué se arriesgaba tanto? ¿Y por qué eso le afectaba a John?

-No me dejes... quédate conmigo -insistió, a pesar de que sabía que era inútil.

Sin embargo, por un momento, vio a Sherlock dudar, como si algo hubiese nublado su mente. Y lo vio sacudir la cabeza, tratando de concentrarse.

-Regresaré pronto, lo prometo.

John se acercó más; eso no era suficiente para él. De pronto, sintió una gran necesidad de besarlo... Se preguntó si él lo rechazaría. Y, por un instante, vio a Sherlock inclinarse más cerca, con sus ojos fijos en los suyos... Pero ese instante se esfumó y el vampiro parpadeó varias veces, como si saliera de un trance. Se alejó del humano.

Al anochecer, sin poder hacer nada para evitarlo, John lo vio marcharse.


Sherlock respiró profundamente el aire del exterior; mientras se acercaba a la mansión de Moriarty, mientras trataba de mezclarse entre los habitantes que caminaban de noche en busca de alimento, trató de convencerse de que podía controlarlo. No lograba entender cómo era posible que sintiera la necesidad de ver a John otra vez. Siempre había podido controlarlo; se había encontrado con humanos antes y ninguno le había despertado el deseo de beber; la sangre sintética siempre había sido suficiente. Pero ahora su consumo había aumentado, porque el sabor no le satisfacía, rondaba por la casa esperando ver salir a John y sentía que su garganta se secaba cada vez que se acercaba a él.

Odiaba admitirlo pero Mycroft tenía razón y no le sorprendía, realmente. Él rara vez se equivocaba.

Necesitaba mantener su distancia, John ya había sufrido demasiado. Sin embargo, era difícil olvidarse de él y más aún tratar de pensar en otra cosa cuando el abrigo que traía puesto ya se había llenado de su esencia. Era como si aquel humano lo acompañara a todos lados.

Cuando finalmente se encontró ante la puerta de doble hoja de una gran casa antigua, se sintió más tranquilo y más tenso al mismo tiempo. Ya que aquella sensación de alerta que comenzaba a sentir lo haría olvidarse de John unos momentos.

Un vampiro le abrió la puerta y otro lo condujo hasta la sala; por supuesto, ya lo estaban esperando.

Moriarty, elegantemente vestido con un traje -que probablemente era hecho a la medida- se encontraba en el centro de la sala, sentado en un amplio sillón color tinto. Atrás de él se encontraban a los que él llamaba sus generarles; Sherlock ya había conocido a Moran, pero los otros eran desconocidos para él. Observó sus caras atentamente, memorizándose los rasgos de su rostro.

Un poco más alejados de él, se encontraban otros tres vampiros; ellos debían ser parte de su servidumbre; por sus vestiduras y sus posturas seguramente eran vampiros de más baja categoría. Sin embargo, se veían fuertes, por lo que debían constituir parte de la seguridad de Moriarty.

Finalmente, arrodillados debajo de él, se encontraban dos humanos -con cadenas alrededor del cuello-, sus rostros lucían demacrados y la felicidad había desaparecido completamente de sus ojos.

Sherlock los ignoró, porque sabía que si los volteaba a ver durante mucho tiempo, no podría ocultar lo mucho que detestaba verlos en aquella situación. Pensar que John alguna vez había pasado por eso sólo lo hacía peor.

Moriarty lo miró directamente y le ofreció una amplia sonrisa. Sherlock trató de transformar toda la repulsión que sentía en aquellos momentos por una expresión más neutral. Incluso se las arregló para devolverle la sonrisa.

-¿Tienes sed? -ofreció el vampiro, tirando de una de las cadenas, haciendo que un hombre joven se levantara y se acercara a Sherlock.

Él intentó mantenerse impasible y negó con la cabeza.

-En realidad, acabo de beber bastante en mi casa -dijo, después hizo una mueca hacia el humano que tenía frente a sí-. Y, no es por ser descortés, pero tus humanos no lucen demasiado... apetitosos.

Moriarty arqueó una ceja y se rió.

-Tienes razón, se ven demasiado acabados y su sangre ha perdido esa vitalidad que tenía cuando me los trajeron. He pensado seriamente en deshacerme de ellos, pero creo que me pueden servir un poco más.

Los humanos se estremecieron, pero no protestaron, a juzgar por las cicatrices en su espalda, ya debían conocer perfectamente que no era bueno quejarse. Sherlock apretó los puños, pero luchó por conservar la sonrisa en su rostro. Era verdaderamente difícil.

Moriarty hizo una seña, y un vampiro se llevó a los humanos.

-Ven, Sherlock, siéntate junto a mí -dijo él, señalando un lugar en el sillón.

A pesar de lo mucho que deseaba evitar aquello, el vampiro tuvo que obedecerlo.

-Seb me habló sobre tu humano -comentó Moriarty, acercándose más y colocando una de sus manos sobre la rodilla de Sherlock-. Dice que es muy hermoso y que su aroma es irresistible.

Sherlock se esforzó por no gruñirle a Moriarty o girarse y golpear a Sebastian Moran, quien se encontraba de pie, detrás de él. No podía arriesgarse, no podía dejarles saber que John era importante para él.

-Me costó mucho dinero -comentó, como si no fuera importante, como si hubiera sido la compra de un mueble o cualquier otro objeto-, pero valió la pena.

-Ya pueden irse -dijo él, de pronto, dirigiéndose a sus generales. De todos ellos, el único que no se veía satisfecho al cumplir la orden era Moran. Por la forma en que lo vio antes de salir, Sherlock supo que aquel vampiro iba a causarle muchos problemas después.

Sin embargo, no se quedaron solos; los tres vampiros que eran parte de la seguridad de Moriarty permanecieron en sus lugares.

-Te he estado observando, Sherlock -dijo Moriarty, acercándose más a él-. He descubierto que eres muy inteligente, brillante, me atrevería a decir. Y esa es una cualidad que necesito junto a mí. Verás, mis generales son leales y me temen (lo cual considero encantador), pero son demasiado lentos mentalmente, y muchas veces me aburren. Pero tú... tú eres diferente...

Moriarty estiró su mano y enredó uno de sus dedos en un mechón oscuro del cabello del otro vampiro.

-Por eso capturaste mi atención desde el momento en que te conocí. Sin embargo, pensé, por un momento, que eras como uno de esos repulsivos vampiros que aman a los humanos, que consideran que ellos deberían ser libres -dijo, haciendo una mueca-. Pero las noticias que me trajo Seb acerca de ti me hicieron cambiar de parecer. Y por ello decidí darte una oportunidad.

-Lo agradezco bastante.

-Incluso podrías llegar a ser mi segundo al mando -dijo Moriarty, apretando su mano con fuerza sobre la rodilla de Sherlock-. Si demuestras que eres valioso.

Después de lo pareció una eternidad, Moriarty se alejó de él e hizo una seña a uno de los vampiros que se encontraban en la habitación.

-Me gustaría ver tus habilidades en combate -continuó-, así que lucharás con él... a muerte. En verdad espero que ganes, Sherlock, porque me agradas... mucho.