El Centro del Laberinto
Capítulo 2: Muerte Segura
Con el paso de los meses, Fay se había acostumbrado a la disminución de su percepción visual. Ahora, al tener de vuelta su ojo izquierdo tan de repente, no podía evitar dirigir la vista a todas partes mientras bajaba la colina, intentando verlo todo a la vez.
En uno de sus vistazos al muro exterior del laberinto, vio una figura con capa de pie junto a un estanque, obviamente respondiendo a la llamada de la naturaleza.
"Eh… ¿disculpa?" preguntó Fay con voz vacilante, inseguro de si debía interrumpir o no. En circunstancias normales, no lo habría hecho, pero no disponía de mucho tiempo y no había nadie más en las cercanías.
"Oh, discúlpame a mí," respondió una voz familiar desde dentro de la capa con capucha. Ésta no cayó cuando la figura se giró hacia él.
"Ah, eres tú," dijo la misma voz.
"Me llamo Fay," comenzó el mago despacio, aún intentando descubrir por qué la voz le resultaba tan familiar.
"Lo que pensaba," dijo la voz mientras su dueño se giraba y se alejaba de él.
"Tengo que atravesar este laberinto. ¿Puedes ayudarme?" preguntó Fay mientras seguía a la misteriosa figura.
"Quizás," dijo mientras deslizaba las manos por los ladrillos del muro. "Pero también… quizás no."
"¿Qué estás haciendo?"
"Estoy buscando una cosa."
"¡Espera un momento!" dijo Fay sorprendido, finalmente habiendo reconocido la voz. "¿Syaoran-kun?"
Al fin la figura se bajó la capucha, revelando que se trataba, realmente, de Syaoran. Frunció las cejas con sospecha mientras miraba al pálido mago.
"¿Cómo sabes mi nombre?"
"Eso… no importa," respondió torpemente, dándose cuenta de que éste no era el Syaoran que conocía, sino otra versión de ese mundo. "Además, yo debería preguntarte lo mismo. Parecías ya saber el mío."
"Sí, bueno… llevo aquí el tiempo suficiente para saber cosas como ésa. Eres el nuevo "invitado" del laberinto, y estás aquí para rescatar a tu amigo ninja."
"¿Qué estás buscando tú?" preguntó Fay, volviendo al tema anterior.
"Eso tampoco "importa"."
"Si no es importante, ¿por qué no me ayudas?"
"¿Ayudarte a qué?"
"A encontrar la entrada."
"¿La entrada a qué?"
Fay suspiró con frustración. "Es inútil preguntarte nada, ¿verdad?"
"No si haces las preguntas justas," explicó Syaoran con una sonrisa.
Una ligera sonrisa cruzó el rostro de Fay. "Ah. En ese caso… ¿cómo puedo entrar en el laberinto?"
Syaoran alzó una ceja. Fay no sabía decir si estaba complacido o molesto por haber acertado.
"Eso está mejor. Puedes entrar... por ahí," contestó el chico enigmáticamente, señalando a la izquierda de Fay. Éste miró por encima del hombro y vio una puerta doble donde antes no había nada. Como si las palabras de Syaoran las hubieran movido, ésta comenzó a abrirse lentamente.
"¿Tú estás seguro de que quieres entrar?" preguntó Syaoran.
"Sí," contestó Fay mientras se acercaba a la puerta. "No tengo más remedio."
El mago atravesó con cuidado el umbral, medio esperando que algo le saltase encima y le arrancase la cabeza. Pero no pasó nada, así que se adentró unos pasos más. El lugar olía a humedad y a antiguo. Raíces torcidas salían de la tierra y lo que parecían ramas muertas sobresalían de las paredes en algunos sitios, hendiendo el aire con sus tallos larguiruchos. Fay vio todas estas cosas, pero lo que más le llamó la atención fue la magia que flotaba en el ambiente. Para alguien tan sensible a la magia como él, ésta resultaba como un fuerte zumbido que le llenaba la cabeza, como un espeso lodo que ahogaba todos sus sentidos. Obviamente, no iba a poder usar magia para encontrar el camino. Estaba tan concentrado en la magia estática que no se dio cuenta de que Syaoran entraba tras él.
"Acogedor, ¿verdad?" dijo el chico con una risita, haciendo que Fay se sobresaltara ligeramente. Este chico tenía muy poco en común con el Syaoran que conocía. Por un lado, era un poco mayor y era casi tan maleducado como Kuro-wan. Además, este Syaoran tenía un gran sentido del sarcasmo. El Syaoran que conocía tampoco tenía una obvia obsesión con las plumas normales. El joven llevaba una pluma negra tras la oreja y una bolsa atada a la cintura que estaba a reventar de ellas.
"Y ahora, ¿irías a la izquierda o a la derecha?" preguntó, gesticulando con una mano hacia cada sentido.
"Ambos lados parecen iguales," dijo Fay distraídamente mientras miraba de nuevo alrededor.
"Bien, así no vas a llegar muy lejos," dijo Syaoran con acritud.
"¿Hacia dónde irías tú?" le preguntó Fay, decidiendo pasar por alto su evidente falta de fe en él.
"¿Yo? No iría hacia ningún lado."
"Bueno, Syaoran-kun, si ésa es toda la ayuda que vas a darme, entonces no tenemos nada más que decirnos," dijo Fay alegremente mientras se giraba para coger el camino de la derecha.
"¿Sabes lo que te pasa?" dijo Syaoran tras él. "Das demasiadas cosas por sentado. Este laberinto, por ejemplo. Incluso aunque llegases al centro, con bravura y apresurándote a rescatar a tu querido amor, nunca volverías a salir."
"Ku… Kuro-tan no es… mi amor," protestó Fay en voz alta, ruborizándose ligeramente. A menudo había pensado... que quizás... si sólo... ¡no! Kurogane era su compañero de viaje y su amigo… nada más… no importaba cuánto pudiera desear… ¡basta!
"Además, eso es lo que tú crees."
"¡Bueno, es mucho mejor que lo que crees tú!" dijo Syaoran con enfado.
"Gracias por la ayuda, Syaoi-boy," dijo el mago alegremente antes de internarse en el laberinto a grandes zancadas.
"¡Es Syaoran! ¡Y no me digas que no te lo advertí!" gritó antes de girarse y salir enfadado por la puerta, la cual se desvaneció al instante tras él.
Fay no miró atrás. Francamente, había esperado que ocurriese algo así. Después de todo, era un laberinto mágico. Durante varios minutos después de que Syaoran se fuese, caminó con determinación por el pasillo, que parecía alargarse hasta donde alcanzaba la vista. Al cabo de poco, comenzó a sentirse frustrado.
"¿Por qué lo llaman "laberinto"? No hay giros ni esquinas ni nada. ¡Sólo sigue y sigue!" Pero incluso mientras decía eso, sabía que no era cierto. Sabía que había un hechizo allí, sólo que no sabía qué era o cómo romperlo; y su frustración sólo conseguía que el zumbido de su cabeza fuese más fuerte. Comenzó a correr, aunque sabía que eso no lo ayudaría a encontrar una abertura. Sintió el miedo creciendo en su interior. ¿Qué ocurriría si no conseguía averiguar cómo escapar del hechizo? Desde luego, no era suficientemente poderoso para vencer la magia estática que ahogaba todo lo demás. Si no encontraba una manera de escudarse de ella, la maldita estática iba a devorarle la mente, tragándolo por completo. Pero incluso eso no era lo peor. Si no conseguía escapar del hechizo del pasillo, no sería capaz de resolver el laberinto, y si no hacía eso, ¡Kurogane quedaría atrapado allí para siempre!
De repente, Fay se encontró mirando directamente el suelo. Había ido tan rápido que se había tropezado con una raíz. El mago se permitió un acceso de rabia poco característico en él y dio un puñetazo en el suelo. Gritó largo y tendido, ¡cualquier cosa con tal de librarse del zumbido!
Se apoyó contra una de las paredes con la cabeza entre las manos. Qué patético era. Ni siquiera podía superar un bloqueo mágico.
"Alo."
Fay alzó la vista, buscando frenéticamente la fuente de la voz. ¿Quién estaba ahí? Finalmente, sus ojos se posaron en la pared a su derecha y descubrió una pequeña criatura cubierta de pelo negro. Por raro que pareciese, Fay se encontró pensando que sus ojos le resultaban familiares.
"¿Has dicho hola?" preguntó inseguro.
"No, he dicho alo, pero es casi lo mismo," dijo la criatura sabiamente.
"Eres una oruga, ¿verdad?" dijo Fay, girándose para poder mirarla mejor a los ojos.
"Sí. Eso es. Entra a conocer a mi hermana," dijo la joven oruga, inclinando la cabeza hacia una grieta particularmente grande en un ladrillo.
"No, gracias," declinó Fay educadamente, sacudiendo la cabeza para intentar apagar el ruido. No funcionó, pero continuó hablando de todas formas. "¿No sabrás por casualidad cómo atravesar este laberinto, no, oruga-chan?
"¿Quién? ¿Yo? Noo, sólo soy una oruga. Me llamo Tomoyo," dijo alegremente.
"¿Tomoyo?" preguntó Fay repentinamente, encajando todas las piezas mentalmente. Obviamente, ella no era la Tomoyo que había conocido, pero aún así era algo familiar y se sintió consolado. "Bueno, encantado de conocerte, Tomoyo-chan. Mi nombre es Fay."
"Alo, Fay-san. ¿Por qué no entras y tomas una taza de té?"
"Lo siento, de veras que no puedo. Tengo que cruzar este laberinto. ¡Pero no hay esquinas ni aberturas ni nada! ¡Sólo sigue y sigue!" dijo desesperanzado, odiando el quejido que oía en su voz.
"Vaya, no estás mirando bien. Está lleno de entradas. Sólo que tú no las ves."
"¿Dónde están?"
"Hay una allí mismo, justo delante de ti."
"Pero… es sólo un muro. No hay ninguna abertura," dijo Fay, lanzando una mirada confusa a la sólida pared de ladrillos.
"Desde luego que la hay," rió Tomoyo. "Intenta atravesarla. Verás a qué me refiero. Las cosas no son siempre lo que parecen en este lugar. Por tanto no puedes darlo todo por sentado."
"Está bien," suspiró el mago, poniéndose en pie y acercándose lentamente a la pared, con las manos alzadas ante él. ¿Qué pasaría? ¿La atravesaría? ¿Era realmente tan fácil?
"¡Eh!" gritó Fay con deleite mientras miraba a un lado y a otro. La ilusión se había desvanecido y podía ver que había atravesado una abertura. Dos nuevos caminos se habían abierto a ambos lados. Rápidamente comenzó a avanzar por el que había a su izquierda.
"¡Eh! ¡Espera!" lo llamó Tomoyo. Fay volvió sobre sus pasos.
"Gracias, Tomoyo-chan. Me has ayudado mucho," dijo, empezando a caminar otra vez.
"¡Pero no vayas por ese lado!"
"¿Qué has dicho?"
"He dicho que no vayas por ese lado. Nunca vayas por ese lado. ¡Conduce a una muerte segura!"
Fay inclinó la cabeza a un lado con curiosidad. "Oh. Está bien, pues. Adiós, Tomoyo-chan," dijo, desapareciendo por el camino de la derecha.
"Ah," Tomoyo-oruga sacudió la cabeza. "Si llega a seguir por aquel lado, habría ido directo al castillo."
Desafortunadamente, Fay no oyó ese último comentario. Si lo hubiese hecho, las cosas habrían sido mucho más fáciles. Pero no lo hizo, las cosas no fueron fáciles, y aquí estamos.
Finalmente Fay había conseguido lo que quería: giros, esquinas y aberturas. Sólo que, por culpa de eso, ahora estaba más perdido que antes. El zumbido era cada vez peor y, para su consternación, ya no sentía la presencia de Kurogane. Ashura no había bromeado cuando había dicho que allí no era un vampiro. Desde la transferencia de sangre, Kurogane y él habían compartido un enlace de sangre y, por tanto, habían sido capaces de sentir la presencia del otro. Pero ahora, esa parte de su mente que había ocupado Kurogane estaba vacía. Ya no podía sentirlo.
"Mago," Fay oyó de repente la voz del ninja en su oído. Miró alrededor y en la distancia pudo ver el castillo con toda claridad.
"Ya voy, Kuro-pon," dijo en voz baja mientras avanzaba en esa dirección. Pero aún no había dado dos pasos cuando…
"Mago," sonó su voz otra vez, viniendo de una dirección completamente distinta. Fay se giró y se dio cuenta de que el castillo había saltado unas diez millas a la izquierda.
"¡Maldita sea! Más ilusiones." Así no conseguiría encontrar el camino.
"Mago," oyó la voz de nuevo. Volvió a mirar alrededor, intentando localizar su origen.
Mago…
Mago…
Mago…
Fay…
La voz de Kurogane venía a la vez de todas partes y de ningún sitio. Se estaba juntando con el zumbido, intentando ahogar su mente.
"¡Pa-para!" gritó.
"Mago."
Estaba dolorido.
"Mago."
Sufriendo.
"Mago."
Lo necesitaba.
"¡Fay!"
¡Muerte!
"¡NOOOO!" gritó Fay. Diferentes cosas e imágenes asaltaron su mente. "¡PARA!"
Cayó de rodillas, agarrándose la cabeza. La magia estática, combinada con la voz torturada de Kurogane, estaba devorando su mente.
"No… le hagas daño," lloró débilmente, haciéndose un ovillo. "Lo estoy haciendo tan bien como puedo."
XxX
Cuando el espadachín de Japón recuperó la conciencia, de lo primero que se dio cuenta fue que tenía ambos brazos. Se sentó lentamente, moviendo el brazo y sintiéndolo, asegurándose de que realmente estaba allí. Definitivamente, era real, enganchado a la carne de su hombro como si nunca se lo hubiese cortado. El siguiente descubrimiento fue que Sohi estaba de nuevo a su lado. Cuando notó el peso familiar de la espada colgando de su cinturón, también se dio cuenta de que iba vestido con su armadura de ninja.
"¿Dónde… estoy?" se preguntó para sí, mirando alrededor por primera vez. Se encontraba en una especie de burbuja, hasta dónde podía decir. Pasó la mano por la superficie clara. Parecía cristal. Quizás podía usar a Sohi para romperlo.
"Yo en tu lugar no intentaría nada," le advirtió una voz familiar desde más allá de los confines de la burbuja.
"¿Sí? Bueno, tú no eres yo," replicó Kurogane automáticamente. "Personalmente, preferiría no estar atrapado en una burbuja gigante de cristal."
"Tu espada no romperá el escudo, ninja. La he construido con mi más poderosa magia."
Miró la espada otra vez. "¿Por qué está Sohi aquí? Y ya que estamos, ¿por qué tengo ambos brazos?" le preguntó a la voz.
"Así es como son las cosas en este mundo. Lo que se ha roto puede ser reparado. Lo que está incompleto puede estar entero de nuevo. Tu amigo está experimentando lo mismo."
"¿Te refieres al mago?"
"Sí. Ahora ve con ambos ojos y no necesita sangre para sustentarse."
Kurogane dio un respingo. ¿Fay ya no era un vampiro? De hecho, tenía sentido. Eso explicaba por qué no podía sentir su presencia.
"¿Dónde estoy?" inquirió a la voz. "¿Por qué me has traído aquí?"
"Tsk, tsk, pequeño ninja. Qué poca educación. Nunca sabré qué es lo que Fay ve en ti."
La oscuridad que rodeaba la esfera se aclaró de repente. Kurogane se encontró mirando una amplia sala del trono. Las sombras que antes habían intentado ahogarlo se arremolinaban en todas las esquinas y grietas del salón. Ocasionalmente, algunas de ellas tomaban la forma de pequeñas criaturas, pero la mayoría permanecían amorfas, masas cambiantes de sombra rebosantes de risas malignas. Al frente de todo había un trono, y repantigado en él había un hombre que debería haber estado muerto.
"¿Ashura?" siseó Kurogane. "Pero… estás muerto. Te maté."
"Mm, sí," contestó lánguidamente. "Fay parece pensar lo mismo."
"¿Dónde está ese mago idiota?"
"Vaya, está fuera buscándote, por supuesto."
"¿Qué?"
"Kurogane, estás prisionero en el castillo en el centro del laberinto. A Fay le quedan nueve horas y veintitrés minutos para resolver dicho laberinto antes de que te conviertas en uno de mis subordinados para siempre."
Kurogane puso los ojos en blanco. "Bueno, que alguien le diga que no hace falta. Puedo salir de aquí yo solo."
"Oh, lo dudo bastante. Subestimas el poder de una pesadilla."
"¿Qué demonios significa eso? ¿Por qué usarme a mí contra el mago?"
Ashura sonrió de una forma poco cuerda. "Te he traído aquí porque eres el fuego que alimenta la ira de Fay. ¿Quieres verlo?"
"¿Cómo?"
Ashura agitó una mano y la esfera flotó hasta el trono. Agitó la mano otra vez y un gran espejo apareció ante ellos. Al principio, la imagen que les retornó fue la suya, pero al cabo les mostró una de Fay hecho un ovillo en el suelo.
"¡NOO! ¡EL RUIDO! ¡PARAD EL ZUMBIDO!" gritaba el mago lastimosamente. Golpeaba la cabeza contra el suelo de piedra en un intento de parar lo que fuese que lo estaba torturando.
"¡Mago!" gritó Kurogane, estampando un puño contra el escudo. Lanzó una mirada airada a Ashura. "¿Qué le estás haciendo?"
"¿Yo? No estoy haciendo nada," respondió inocentemente. "Aunque pensé que esto podía pasar. La mayoría de los visitantes del laberinto no tienen este problema, pero como Fay es un mago tan poderoso, está en consonancia con la magia que llena el ambiente. Se han echado sobre el laberinto incontables hechizos para evitar que nadie use magia para resolverlo. Fay oye toda esa magia como un gran ruido y, como resultado, está comenzando a metérsele en la mente. Si no consigue descubrir cómo escudarse de ella…" el rey dejó la frase en el aire, inacabada.
Kurogane desenfundó la espada en un ataque de ira. Blandió la espada una y otra vez contra la barrera mágica, intentando romperla. Tenía que salir. Tenía que ayudar a Fay. Para empezar, el mago estaba allí por él.
"Ah, sí. Lucha, lucha, querido ninja. Rompe las barreras más fuertes del Rey Goblin. Vence a los monstruos. Gana el premio. Sé valiente y apresúrate a rescatar a tu amado."
Kurogane detuvo su asalto. ¿Qué había dicho? ¿Su… amado? Estaba demasiado estupefacto para responder a Ashura como solía hacer. Normalmente una insinuación de ese tipo le habría arrancado una diatriba de gritos, pero después de todo lo que había ocurrido… No estaba seguro de cuándo se había producido el cambio, pero no tenía ninguna duda de que Fay era la persona más importante para él. En Tokio, se había enojado por el hecho de que el mago desease morir, no porque le disgustara su disposición a rendirse, sino porque, de forma egoísta, quería que viviera. Antes de conocer a Fay, si alguien que desease tan desesperadamente morir se hubiese cruzado en su camino, con gusto le habría concedido el deseo. Pero Fay… por razones que había sido incapaz de explicar, no lo podía dejar morir. Mientras pasaban por el infierno de Infinity, Kurogane se había dado cuenta de que necesitaba a Fay tanto como Fay necesitaba su sangre. Ese bastardo le resultaba tan esencial como el aire. Lo necesitaba para vivir. El ninja lo había admitido con relativa facilidad para sí mismo. Reconocerlo ante los demás, sin embargo, era otra historia.
"¿He tocado un tema delicado?" se burló Ashura con una sonrisa sarcástica. "Vamos, pequeño Kurogane, admítelo."
"No ante ti."
"¿Y qué pasaría si… lo matara? ¿Qué harías entonces?"
"Te mataría," replicó Kurogane, sucinto. Ashura siguió hablando, sin escucharlo. Concentró toda su fuerza de voluntad en la imagen del sufriente mago, con el único deseo de aliviar su dolor.
Vamos, mago idiota. Puedes superarlo. No quiero que mueras por mí.
XxX
Hacía rato que Fay había rendido sus sentidos al dolor. La magia ya no sólo estaba en su cabeza. Estaba en él. Se estaba haciendo con el poder, haciéndolo suyo. La magia estática reclamaría su mente y su alma y su cuerpo se desvanecería en el laberinto. Estaba ya en el punto de dar la bienvenida a ese rendimiento final. ¿Si se unía a ella… pararía el dolor?
Sin embargo, justo cuando Fay se estaba preparando para correr ese último riesgo, otra voz llegó hasta él, gritando por encima del incesante zumbido.
¡Vamos, mago idiota! Puedes superarlo.
"¿Kuro... sama?" oyó que susurraban sus labios, formando el nombre.
Puedes morir más tarde, Fay, se reprendió mentalmente. Ahora, debes salvar a Kuro-rin.
El mago, debilitado, se puso de rodillas y conjuró un escudo a su alrededor. Se le había ocurrido antes usar ese hechizo pero, obviamente, había dudado que funcionase. Ahora que estaba escudado, estaba completamente aislado de la magia. Era la única forma en que iba a funcionar. Tampoco podía usar ni percibir magia. ¿Realmente podría conseguirlo sin ni siquiera notar magia?
"¿De qué sirve devolverme mis poderes al completo si ni siquiera puedo usarlos? Es bastante injusto, Ashura-ou," dijo con una risa amarga.
"Exacto. No es justo."
Fay miró alrededor ante el sonido de la voz... y se encontró con lo que era, seguramente, una de las cosas más raras que había visto en su vida.
No sabía si lo que estaba mirando eran cuatro seres o dos. Fuesen lo que fuesen, cada pareja compartían un escudo. Uno de los seres estaba cabeza arriba mientras que el otro colgaba cabeza abajo del mismo escudo, dándoles la apariencia de ser una misma criatura. Sin embargo, la cosa más rara era que las cuatro criaturas tenían caras familiares. En la puerta de su izquierda, la cara de Seishiro estaba arriba, mientras que Subaru lo observaba desde abajo. A su derecha, Fuuma guardaba la puerta desde arriba, mientras que Kamui colgaba por abajo. Sus ojos se entretuvieron más mirando a Kamui que a los demás, pero finalmente decidió no meterse en el problema de por qué sabía sus nombres. En vez de eso, se conformó con: "Hace un momento esto era un callejón sin salida." En efecto, así había sido. Como tantas otras cosas en el laberinto, los cuatro guardianes de las puertas habían salido de la nada.
"No. Donde no hay salida es detrás de ti," dijo Kamui con una risita maligna. Fay miró atrás, comprobando que decía la verdad, y se acercó a las dos puertas.
"Está bien, señores, vamos a ver. ¿Qué se supone que debo hacer?"
"El único modo de salir de aquí es probando una de las puertas," comenzó a explicar Subaru.
"Una de ellas lleva al castillo en el centro del laberinto, y la otra lleva a…"
"¡Ba-ba-ba-bum!" interrumpió Fuuma.
"¡Una muerte segura!" acabó Kamui.
"¡Ooooh!" exclamaron los cuatro guardianes al unísono.
"Así… ¿cuál es cada una?"
"Eh... no podemos decírtelo," dijo Subaru.
"¿Por qué no?" preguntó Fay, y su sonrisa se tensó un poco.
Subaru y Kamui intercambiaron algunas miradas y palabras confusas.
"No lo sabemos," dijo Subaru con alegría.
"Pero ellos sí," continuó Kamui, inclinando su cabeza hacia Seishiro y Fuuma.
"Oh. Pues se lo preguntaré a ellos."
"No. No nos lo puedes preguntar a nosotros. Sólo a uno," le advirtió Seishiro.
"Es una de las reglas. Y debo advertirte que uno de los dos siempre dice la verdad, pero el otro siempre miente. Es otra de las reglas," explicó Fuuma sabiamente antes de señalar a Seishiro con la cabeza. "Él siempre miente."
"¡No es cierto!" protestó Seishiro con indignación. "¡Yo digo la verdad!"
"¡Oh-ho, qué mentira!" respondió Fuuma.
Fay sabía que no importaba qué puerta escogiese. El laberinto cambiaba a su antojo. Aunque escogiese bien, simplemente el laberinto podía cambiar el camino. No había elecciones buenas ni malas. Sólo había el camino ante él. Pero, tratándose de Fay, decidió seguirles el juego a los guardianes.
"Responde sí o no," empezó, acercándose a Seishiro. "¿Me diría él que esta puerta es la que lleva al castillo?" preguntó, señalando a Fuuma.
Seishiro pareció considerar la pregunta, y entonces escondió la cabeza tras el escudo para consultarlo con Subaru. Cuando finalmente apareció de nuevo, su rostro aún parecía ligeramente confundido.
"¿Sí?"
"Entonces… la otra puerta es la que lleva al castillo y ésta lleva a una muerte segura," dijo despacio.
"¡Oooooh!" exclamaron los cuatro.
"¿Cómo lo sabes?" preguntó Seishiro. "Él podría haber dicho la verdad."
"Pero entonces tú no la dirías. Si me has dicho que él diría sí, sé que la respuesta es no."
"¡Pero yo podría haber dicho la verdad!"
"Y él habría mentido. Así que si me dices que él dice sí, la respuesta sigue siendo no."
"Un momento. ¿Es cierto eso?" preguntó Seishiro a los demás guardianes.
"No lo sé. Nunca lo he comprendido," respondió Fuuma con una sonrisa divertida mientras él y Kamui se apartaban para mostrarle la puerta escogida.
"No. Es verdad," les aseguró mientras la atravesaba.
"De todas formas, no importa," añadió mientras la trampilla bajo sus pies cedía y Fay caía por ella.
"¡Eh!" gritó Fay mientras cientos de manos se aferraban a su cuerpo, descendiéndolo por la oscuridad. "¡Soltadme!"
"Está bien," dijo una voz desde alguna parte.
Por un momento, Fay cayó por el agujero. No gritó, pero unas cuantas manos más lo agarraron, quizás para demostrarle que tenían el control de la situación.
"Bien, pues venga, ¿hacia dónde?" preguntaron un conjunto de manos cuando se unieron para formar una cara.
"¿Hacia dónde?"
"¿Arriba o abajo?"
"Vamos, vamos. No tenemos todo el día."
"Para ella es una decisión importante."
"¿Hacia dónde quieres ir?"
"Sí. ¿Hacia dónde?"
Fay se estaba mareando. Con tantas manos lanzándole preguntas a cien por hora, resultaba extraordinario que aún distinguiese arriba de abajo.
"No toquéis, por favor," advirtió a un par de manos que se estaban pasando de la raya. "Decidme, pequeñas manos, ¿si os dijese que quiero volver a arriba, qué haríais?"
"Bah, te enviaríamos debajo de todas formas," respondieron con indiferencia otro grupo de manos que guardaban un asombroso parecido con Shogo Asagi.
"Oh, vaya. Al menos sois sinceras. Puedo respetar eso. Allá vamos. Hacia abajo, pues," dijo Fay con una sonrisa amigable.
Las otras manos lo vitorearon mientras Fay permitía que lo dejaran caer sin ceremonia alguna en un oscuro agujero. Fay aterrizó sobre un suelo polvoriento mientras colocaban una rejilla sobre el agujero, sellándolo.
"Yo no llamaría a esto una muerte segura," se dijo Fay mientras se ponía de pie, frotándose el dolorido trasero. "Pero ya veo de qué modo puede ser problemático."
XxX
"Está en el olvidadero," anunció Ashura tensamente al salón lleno de semi-sombras, las cuales empezaron a reír de forma maligna otra vez.
"¡Callaos!" replicó el rey, sonando ligeramente molesto. "No debería haber llegado hasta el olvidadero. Ya se tendría que haber rendido."
"Nunca se rendirá," dijo una de las sombras con voz áspera.
"Ah, ¿no?" se preguntó Ashura. "El chico lo va a llevar otra vez al principio. Pronto se dará por vencido cuando vea que tiene que empezar todo de nuevo." Ashura soltó una risita malvada ante eso, pero entonces vio que ninguno de sus subordinados se unían a él. Les lanzó una mirada enojada.
"¡Venga, reíd!"
Al instante, las sombras empezaron a reír escandalosamente. Mientras tanto, Ashura volvió su atención hacia Kurogane, que aún estaba encerrado en la barrera mágica. "Así pues, ninja, ¿qué piensas? ¿Ilusionado con la idea de convertirte en una sombra goblin?
Kurogane le dirigió una sonrisa de superioridad. "Entusiasmado, hijo de puta," dijo, recordando las palabras que Fay había gritado antes. Había un matiz de orgullo es su voz por el hecho de que el mago hubiese sido capaz de encontrar una forma de escudarse.
"¿Oh? ¿Eso es todo? En ese caso..." esta vez ni siquiera levantó una mano. Todo lo que hizo fue mirarlo a los ojos, y cada fibra de Kurogane se encendió. Cayó de rodillas dentro de su prisión, temblando, sacudiéndose, mordiéndose la lengua hasta hacerse sangre. Hizo de todo menos gritar. No le daría esa satisfacción a su enemigo.
"Vamos, Kurogane. ¿No vas a darme ni un pequeño, minúsculo grito?" preguntó Ashura, como si le hubiese leído la mente.
"¡Vete al infierno, bastardo!" gritó Kurogane, clavándose los dedos en los brazos para mantener el control. Nunca había experimentado nada parecido. El dolor se le clavaba por todas partes, como si la misma sensación estuviese intentando desgarrarlo. Toda su existencia se convirtió en un dolor sin fin. Fue devorando su mente, destrozando su control poco a poco. Si Ashura continuaba eso mucho más… era posible que…
Pero tan pronto como había empezado el hechizo, acabó. Kurogane, agradecido, se dejó caer de espaldas, tomando bocanadas de aire poco profundas.
"¿Qué piensas ahora, pequeño espadachín?" preguntó el rey con suficiencia.
Kurogane no respondió. No podía. Temía que, si hablaba, su voz delatara su debilidad.
"Hmm, ya veo. Bueno, no importa. Quizás puedo arrancarte un grito la próxima vez."
El ninja apenas consiguió reprimir un gemido. No había gimoteado desde que tenía unos cinco años. Había aprendido a soportar mucho dolor pero… ¿la próxima vez?
Mueve el culo hasta aquí, chico mágico. No sé cuánto más podré aguantar.
XxX
Fay sólo llevaba unos minutos en el agujero cuando empezó a oír movimiento en la oscuridad que lo rodeaba.
"¿Quién anda ahí?"
"Yo," dijo una voz áspera y familiar.
"¿Syaoran-kun?" preguntó Fay.
"Oh, sí, bueno. Desde que te vi, sabía que ibas a meterte en algún lío. Así que he venido a echarte una mano." De repente, el agujero se iluminó cuando Syaoran encendió una vela que Fay no había visto antes. Cuando la luz llegó hasta las oscuras esquinas, Fay empezó a explorar la celda en la que se encontraba.
"Estás mirando a tu alrededor, ¿verdad? Supongo que te habrás dado cuenta de que no hay puertas. Sólo el agujero. Esto es un olvidadero."
"¿En serio? No me digas," dijo Fay con aire ausente, mirando las cadenas y las telarañas que adornaban las paredes.
"¡No te hagas el listo!" lo cortó Syaoran. "Ni siquiera sabes lo que es un olvidadero."
"¿Y tú?" preguntó Fay. Había que reconocer que era cierto, y no encontró razón alguna para andarse por las ramas con el tema.
"Sí," dijo Syaoran con suficiencia. "Es una mazmorra donde se mete a la gente para olvidarse de ella."
Fay enarcó una ceja ante la dramática pausa que hizo. Probablemente pretendía asustarlo, pero el hecho es que no lo hizo, y estaba empezando a enojarse un poco con el joven.
"Eh… y ahora, lo que tienes que hacer es salir de aquí. Y da la casualidad de que conozco un atajo… para salir del laberinto desde aquí."
"¡No!" exclamó Fay con indignación. "¡No me voy a rendir ahora! ¡Ya he llegado demasiado lejos!"
"Es ridículo," se dijo el mago mientras se sentaba sobre una roca para recomponer sus pensamientos. "Lo estoy haciendo muy bien."
"Claro que sí," dijo Syaoran, colocando una mano comprensiva sobre su hombro. "Pero a partir de aquí es mucho peor."
Fay miró a Syaoran por encima de su hombro. El chico tenía una mirada alentadora, una mirada que no encajaba con el comportamiento que le había mostrado antes. Fay empezó a sospechar.
"¿Por qué te preocupas tanto por mí?"
Syaoran se apartó al instante. "Oh, pues… lo hago. Eso es todo. Ya sabes, un perdido e indefenso viajero en un terrible y oscuro olvidadero."
Fay se fijó otra vez en las plumas que adornaban al joven. "Te gustan las plumas, ¿verdad?"
Syaoran frunció el ceño. "¿Por qué?"
Fay metió una mano en su abrigo y sacó una larga pluma plateada. La había encontrado en Shara y la había conservado porque pensaba que era bonita. "Si me ayudas a cruzar el laberinto, te daré esto." Vio la forma en que los ojos de Syaoran brillaban de entusiasmo al ver la pluma. "Te gusta, ¿no es así?"
De repente, el chico pareció darse cuenta de que estaba bajando la guardia y se apartó de nuevo. "Eh… pse-pse."
"Oh. Muy bien," dijo Fay mientras se levantaba y guardaba la pluma.
"Haremos un trato," interrumpió Syaoran, prácticamente babeando por ver la pluma. "Si me das la pluma, te enseñaré el camino para salir del laberinto."
"Si lo ibas a hacer de todas formas," le recordó Fay con voz cantarina.
"Sí, bueno," admitió Syaoran. "Pero eso sería un detalle especialmente bonito por tu parte."
"Si no me vas a llevar hasta el centro, llévame tan lejos como puedas, y luego seguiré yo solo."
Syaoran dudó un instante antes de inclinarse hacia Fay con aspecto conspirador. "No te prometo nada, pero… te llevaré lo más lejos que pueda. Luego allá tú. ¿De acuerdo?"
"De acuerdo," asintió Fay, tendiéndole la pluma.
"Bien," dijo Syaoran, acercándose a un trozo de madera desechada mientras admiraba su nueva pluma. Entonces se la puso detrás de la otra oreja, cogió la tabla y la colocó contra la pared. Después sacó un juego de llaves de uno de sus bolsillos y usó una para abrir la "puerta" por la izquierda. Desafortunadamente, cuando la abrió cayeron un montón de ollas, varias escobas y un esqueleto humano.
"Ah… eh… el armario de la limpieza," dijo torpemente el aspirante a arqueólogo mientras volvía a meter varias cosas, dejándose fuera una fregona, dos ollas y un costillar. "Oh, bueno, no se puede acertar siempre, ¿no?"
Una vez cerrado el lado izquierdo, rápidamente abrió el derecho, revelando un pasadizo.
"Hmm… este es nuevo," rió Fay, siguiendo a su guía a través de la puerta.
XxX
NdT: Bueno, gente, aquí está el segundo capítulo. Espero que os guste. Gracias por todos los reviews que habéis dejado, sois geniales.
Aquellos que sois fans de la película, supongo que os habréis dado cuenta de que las frases que dicen los personajes están copiadas tal cual de la película, tanto en el original inglés como en español. Así resulta más creíble y además me ahorro faena, qué queréis que os diga XD. Quería hacer también un comentario respecto a la canción del capítulo uno, que servirá también para las otras canciones de la historia: he hecho la traducción tal cual, sin rimarla, porque creo que es más importante el mensaje que el aspecto estilístico. Creo que con que se entienda, es suficiente, ¿no? Intento mantener un ritmo rápido (unas 3 o 4 páginas al día), pero aviso que los capítulos se van alargando y al final tardaré un poquillo más. Bueno, en resumen, si hay algo que no os acabe de gustar, o que penséis que está mal traducido, o lo que sea, decídmelo e intentaré mejorar. No soy ningún genio de los idiomas, y menos de las traducciones, así que puedo cometer errores. Disfrutad de la historia.
