NdA: Debo advertiros que ya me he decidido sobre el tema del yaoi. Es en este capítulo dónde las cosas empiezan a calentarse. La historia está clasificada como M por una razón.
El Centro del Laberinto
Capítulo 4: Por increíbles peligros
Durante mucho rato, no supo nada. Cuando finalmente fue consciente de algo, lo único que pudo ver fue un mar infinito de oscuridad. Al principio, fue una oscuridad pacífica, pero al cabo de poco empezaron a volverle retazos de memoria. Él era Kurogane, heredero de la provincia perdida de Suwa, ninja del Castillo Shirasagi, sirviente de Tomoyo-hime. Había pasado varios meses viajando por diferentes mundos. Syaoran, Sakura-hime y… el maldito mago eran sus compañeros de viaje. Estaban siendo guiados, por así decirlo, por un manjuu blanco que les había dado la Bruja Dimensional. Había sido secuestrado por un rey de los goblins loco y… el mago estaba en algún lugar allí fuera… y él no estaba solo en la oscuridad.
Kurogane miró a un lado y a otro, intentando localizar la fuente de lo que sentía, aunque sin éxito.
"¡Muéstrate!" lo desafió con enojo. Ya habían jugado suficiente con él ese día y ya estaba más que harto. Además, había algo en esa oscuridad que lo desorientaba, evitando que pudiese concentrarse en lo que fuera que estaba notando.
"¡Ya es suficiente!" gritó, desenfundando a Sohi y hundiéndola en la figura que se materializó de repente tras él. Cuando finalmente la oscuridad retrocedió, el poderoso ninja se quedó horrorizado.
"¿M-mago?" susurró con incredulidad. Su espada estaba hundida profundamente en el pecho de Fay. Por un momento, se quedó mirando sin comprender la oscura mancha de sangre que teñía su chaqueta blanca. Pero entonces, alzó la vista hacia Kurogane, mostrándole la sonrisa más sincera y abierta que nunca había dado a nadie.
"He… he venido... p-para salvarte," dijo en voz baja, mientras la sangre comenzaba a gotear de su boca. "Kuro-koi."
"Por favor, no hables," dijo él, manteniendo su tono de voz, aunque su corazón se estaba haciendo añicos ante el débil sonido de la voz del mago. "Está minando tus fuerzas." Sabía que ya no importaba. La herida era mortal. Fay estaba muriendo.
¿Qué he hecho?
"Perdóname... por todo," dijo Fay con voz áspera cuando Kurogane lo tumbó en el suelo. Intentó alzar una mano para acariciar el rostro del espadachín, pero ésta cayó a su lado.
"No hables así… Fay," le dijo, intentando ser amable con el hombre moribundo. "No hay nada que perdonar."
"Hace… f-frío," susurró el mago, aunque todavía estaba envuelto con su grueso abrigo. Kurogane lo acercó más a él, teniendo cuidado con Sohi; la espada que sabía que nunca más podría volver a usar… el odiado objeto que lo había convertido en el instrumento de la muerte de Fay.
"¿Me estás… abrazando?" preguntó Fay, sonando sorprendido.
"Pronto acabará," le susurró tranquilizadoramente, presionando su mejilla contra la de él. Estaba intentando ser fuerte, intentando aliviar su muerte, pero por dentro estaba llorando, intentando negar que su mitad estaba muriendo.
¡No puedes abandonarme! ¡No ahora!
La mirada de Fay, que había estado desenfocada, pareció aclararse y brillar por un instante, como si hubiese oído los pensamientos de Kurogane y éstos lo hubiesen consolado.
"Kurogane," luchó por susurrar. "Yo… yo sólo… quería… decir…" Pero fue inútil. La luz abandonó sus ojos y su cabeza cayó mientras su espíritu abandonaba su cuerpo silenciosamente.
"¡No!" gritó Kurogane débilmente. Deseaba tan desesperadamente llorar por el hombre que poseía su corazón. Por primera vez en mucho tiempo, quiso llorar, pero las lágrimas no venían. El dolor era demasiado grande, demasiado horrible, para ser liberado con simples lágrimas. Abrazó el cuerpo de Fay, hundiendo el rostro en su cabello dorado. Aún no estaba preparado para dejarlo marchar. "Fay. Fay," susurró una y otra vez junto a la fría oreja del mago, como si no pudiese decir su nombre las veces suficientes por todas las ocasiones en que no lo había hecho estando él vivo.
Fay estaba muerto. Fay estaba muerto… y él lo había matado.
Por favor… perdóname por lo que te he hecho.
"Puedo ver en tu mente," dijo de repente una voz fría en la oscuridad.
"Ashura," siseó Kurogane, aferrando con más fuerza aún el cuerpo de Fay.
"Te convenciste de que la única cosa que realmente temías era ser incapaz de proteger a tus seres queridos. Pero no era eso, ¿verdad?" se burló.
"Déjame solo," le dijo, sin que su voz revelase su dolor. "Déjanos solos." Quería enojarse con Ashura, culparlo por comenzar ese ridículo juego que había dejado a Fay muerto en sus brazos, pero no pudo. No había nadie culpable de eso, excepto él mismo.
"Temías ser incapaz de protegerlos de ti, ¿verdad? Ése era tu miedo secreto desde que Tomoyo te sacó de tu trance de batalla tantos años atrás… que la bestia que hay en ti pudiese liberarse de nuevo algún día. Bueno, pues ese día ha llegado, por fin. Has liberado tu ira… y éste es el resultado. Has matado la persona que más te importaba porque no has podido controlarla."
"¡NO!" gritó, hundiendo su rostro en el pecho de Fay, como si quisiese parar la terrible pesadilla. Podía oler y saborear la sangre de Fay mientras ésta manaba de la herida. Aún estaba caliente.
"¡FAY! ¡PERDÓNAME!" le suplicó. Pero en cuanto el grito abandonó sus labios, el ninja se despertó de la pesadilla. Se encontró tumbado de espaldas, aún atrapado en la jaula mágica de Ashura. Estaba temblando y tenía el cuerpo empapado en sudor. Dejó escapar un suspiro de alivio mientras se sentaba. No había asesinado a Fay. Sólo era una pesadilla.
"¿Perdonarte? ¿Perdonarte por qué, pequeño ninja?"
Kurogane miró a su alrededor, sin sorprenderse al ver que su torturador estaba repantigado sobre su trono como solía hacer, con una sonrisa parecida a la de una serpiente.
"¿Qué tipo de broma morbosa llamas a esto?" preguntó Kurogane con gesto impasible.
"No es ninguna broma. Ya te lo he dicho antes, quizás lo recuerdes, te enfrentarás a tus más oscuros miedos en el laberinto. Esto sólo ha sido la primera parte. Y, por supuesto, tu amigo está fuera, en el laberinto. Él se enfrentará a cosas mucho peores."
"¿Qué vas a hacerle?"
"No más de lo que te he hecho a ti. Sólo que, para el pequeño Fay, quizás no haya ningún despertar."
Kurogane no le mostró a Ashura la ira que sabía que el rey quería ver. Aún estaba trastornado por lo que su ira había hecho en la pesadilla. Dirigió la vista al espejo que había al fondo de la sala, aliviado más allá de las palabras de ver a Fay vivo. Observó cómo el mago se movía lentamente por una ciénaga, preguntándose qué tipo de jueguecito morboso le tenía preparado Ashura. Fay no necesitaba eso ahora. Después de todo lo que había ocurrido, él aún era… frágil. ¿Podría soportar los juegos mentales de Ashura?
XxX
"¡Sakura-chan!" Fay no estaba seguro de cuánto tiempo había estado deambulando por la ciénaga, buscando su nueva amiga peluda. Las dos cosas que sabía eran que tenía la garganta ronca de tanto gritar y que apenas conseguía mantener los ojos abiertos, de lo cansado que estaba. Mientras seguía avanzando, poco a poco el frío y húmedo olor de la ciénaga se volvió dulce, como el olor de las rosas. Vagamente recordó la primera vez que había olido una rosa. Había sido mucho tiempo atrás… antes de todo, antes del valle, incluso. Había un jardín en el palacio donde habían nacido. Allí crecían muchas flores, pero siempre había preferido las rosas. Su fragancia era fuerte, aunque dulce, y su color rojo le hablaba de pasión a su joven alma que, por entonces, nada sabía de semejante calidez. A menudo, él y Fay se habían quedado dormidos en esos parterres. Todo el mundo decía que estaba mal que ellos estuvieran allí, porque el jardín había pertenecido a su madre. Pero ella nunca había formado parte de él… nunca. Ellos no la sentían en el jardín. El jardín de flores siempre había sido un lugar seguro para ellos.
Fay estaba tan enfrascado en el recuerdo que apenas se dio cuenta de que se había tumbado sobre el suelo musgoso. La pesadez que había sentido antes en el aire parecía haberse disipado. Una suave brisa jugaba con su cabello y se sentía como si estuviese sobre una nube en vez de un trozo fangoso de ciénaga. Estaba tan perdido en la magia del laberinto que ni siquiera se había dado cuenta de que estaba siendo hechizado.
"Sólo descansaré un momento," se dijo mientras un enorme bostezo escapaba de su boca. "Pero no me puedo dormir. No… importa…" Las palabras del mago se apagaron mientras sus ojos se cerraban. Le pareció escuchar música proveniente de algún lugar: una suave nana. No tenía palabras, pero la melodía era tranquilizadora y familiar, y al cabo de poco, Fay se quedó dormido.
Y mientras dormía, empezó a soñar.
"¡Sorpresa!" de repente el rostro de Fay apareció sobre él. Se sobresaltó, sentándose rápidamente sobre el parterre de rosas donde había estado tumbado.
"¿Por qué has hecho eso?" preguntó Yuui, bastante irritado con su gemelo.
"He hecho esto para ti," respondió, sosteniendo una corona de pequeñas flores tan azules como el cielo de verano. Fay soltó una risita mientras colocaba la corona azul sobre la cabeza de su gemelo. "Son mis preferidas. Sita dice que se llaman nomeolvides."
Pero la imagen de la sonrisa de Fay se apagó, girando para convertirse en el cadáver putrefacto de sus pesadillas, apuntándolo con un dedo acusador. Sólo… que esta vez su acusación fue diferente.
"¡Me has fallado, Yuui! Y lo más triste es que ni siquiera sabes por qué."
X
Yacía en brazos de Kurogane. El rostro del ninja estaba oculto contra su pecho. Casi podía jurar que el poderoso espadachín estaba llorando.
"¡FAY! ¡PERDÓNAME!" gritó él, y sus palabras sonaron apagadas contra el pecho del mago.
¿Perdonarlo? ¿Perdonarlo por qué? Se preguntó Fay. Intentó alzar una mano hacia Kurogane, pero descubrió que no conseguía mover su cuerpo. ¿Por qué Kuro-sama estaba… tan triste? Su mirada vagó hacia su propio pecho y lentamente las piezas empezaron a encajar. Sohi estaba clavada en su corazón.
Pero si no estoy muerto, Kuro-chi. Deseaba tan desesperadamente consolarlo, decirle esas palabras al guerrero y llevarse su dolor. Pero Fay no conseguía hacer que su boca trabajara, tampoco. Quizás era cierto que estaba muerto.
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De la tierra cenagosa brotaban enredaderas, que lentamente empezaron a cubrir al mago en un féretro de follaje. Desafortunadamente, en su sueño inducido mágicamente, Fay era completamente inconsciente de eso.
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Kurogane estaba acorralado contra una pared. Fay estaba mirando la escena desde arriba y podía verse a sí mismo acercándose a su amigo. Sostenía el báculo de Ashura en sus manos.
"¿Mago?" susurró con la voz llena de miedo mientras la cosa enloquecida se lanzaba sobre él. Sus ojos eran de color rojo y vio brillar unos colmillos en su boca.
"¡Soy yo! ¡Kurogane! ¿No me reconoces?"
"No te molestes," le dijo Ashura al ninja cuando apareció a su lado. "Tu voz no puede alcanzar al mago allí donde está. Me pertenece. Ahora," le dijo a Fay. "Acaba con él."
El mago demente dejó caer el báculo y saltó hacia él, agarrando a Kurogane por el cuello.
"¡No… por favor… no… Fay!" intentó decir mientras lo ahogaba. "¡Para… regresa!"
Pero todo fue inútil. Fay había perdido la razón. Simplemente apretó más y más fuerte… hasta que el rostro del ninja se tornó azul y su cabeza cayó hacia atrás bruscamente cuando le partió el cuello.
"¡NOOO!" gritó el mago furioso cuando de repente recobró la razón.
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Estaba sentado, apoyado contra una fría pared metálica. Kurogane estaba arrodillado junto a él. Las manos de ambos estaban cubiertas de sangre. Fay sujetaba una máquina que reconoció como una pistola. Pudo sentir cómo las cálidas lágrimas le resbalaban por el rostro y se volvió hacia Kurogane.
"Pégame un tiro," le suplicó, colocándose la cosa negra contra la sien. "Una bala en el cerebro. ¡Bam! ¡Todo salpicado!" dijo con voz cantarina.
"No digas eso," le dijo Kurogane con firmeza mientras le quitaba la pistola y acunaba su rostro entre las manos. "Nunca."
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Fay sintió que se sonrojaba mientras Kurogane se acercaba a él. Mentiría si dijese que nunca había imaginado ese momento pero, de alguna forma, no lo había imaginado así. Los ojos del ninja carecían de toda emoción excepto lujuria cuando lo agarró por los hombros.
"Espera…" intentó protestar cuando una boca caliente y exigente tomó la suya. O no le oyó, o no le importó. Fay sintió que el miedo y el deseo crecían en su pecho cuando Kurogane lo levantó en brazos con facilidad y lo tumbó en el suelo, forzando una rodilla entre sus piernas. Un simple roce y ya estaba temblando y doliendo de necesidad.
"¡No! ¡P-por favor… para!" Intentó luchar, incluso mientras el espadachín le daba placer, haciendo que sus gemidos de deseo fuesen más fuertes que sus protestas.
"¿Por qué? ¿No es esto lo que quieres?"
"Éste no eres tú, Kuro-pi," insistió, intentando quitarse de encima al otro hombre.
"Pues claro que soy yo. ¡Haré que te retuerzas por mí, mago!" dijo bruscamente antes de violar a fondo la boca del mago con la suya.
"¡NO!" Su grito sonó amortiguado por la lengua de Kurogane. No pasaría mucho rato antes de que siguiese por otras partes. Fay sintió cómo las lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos. Quería eso. Lo había deseado durante mucho tiempo. Pero... ¡también deseaba que fuese real! Kurogane no estaba realmente con él. Lloró silenciosamente mientras sus caderas se arqueaban contra esa cosa que no era Kurogane. El contacto sólo hizo que su vergonzoso deseo se avivase aún más.
"Tus caderas no dicen que no," susurró el falso ninja con un tono seductor que no sonaba como él. Sin previo aviso, empezó a envestirlo violentamente, haciendo que gritara de deseo y de miedo. "¿Cuáles debería creer?" siseó al oído del mago mientras los llevaba más y más cerca del clímax. "¿Tus palabras… o tus caderas?"
Fay sollozaba abiertamente. No podía evitarlo. Era débil... tan débil. Quería apartarse, pero al mismo tiempo, era incapaz de hacerlo. Gritó, tanto de placer como de dolor y autodesprecio, cuando Kurogane lo llevó al éxtasis.
"Es tan repugnante." De repente oyó la voz del Kurogane auténtico.
¡NO! Oyó que gritaba su propia voz. ¡SANTO CIELO, NO! ¡NO DEJES QUE ME VEA ASÍ!
La escena cambió. Era como si Kurogane y él estuviesen elevados, observando las actividades explícitas del falso Kurogane y su otro yo. Kurogane le dirigió a Fay una mirada de máxima repulsión mientras su yo falso finalmente derramaba su esencia salada dentro del lloriqueante Fay.
"¿Cuánto tiempo hace que tienes esta pequeña fantasía morbosa?"
Fay cayó de rodillas ante el ninja. "Por favor… Kuro-rin…"
"¡NO ME LLAMES ASÍ!" bramó.
"Yo… yo no… yo nunca…"
"¿Nunca qué? ¿Nunca pensaste que lo descubriría? Ya sabes, realmente me importabas, pero… descubrir cómo te sientes… así… de semejante fantasía indecente…" Kurogane se estremeció. "Ni siquiera puedo mirarte."
"¡No es así! Yo no quería… nunca pretendí…"
"Ya no importa," Kurogane suspiró con amargura y se giró para irse.
"¡No!" le suplicó Fay aferrándose a la cintura del hombre, cualquier cosa con tal de evitar que se fuera. "¡Por favor, no te vayas! ¡Te amo!"
¡Estrellas del cielo, decidme que no he dicho eso!
Kurogane le lanzó una mirada enfurecida, apartando sus brazos de su cuerpo de un tirón y arrojándolo lejos con asco.
"¡Eres débil, Fay! ¡Eres despreciable! ¡Estás enfermo y eres repugnante! ¡No puedo creer que haya sacrificado tanto por ti!"
Entonces Fay pudo ver al espadachín como era realmente. Empapado de sangre, con sangre fresca manando de la herida abierta de su hombro izquierdo. Con su mano restante agarró a Fay de la barbilla, obligándolo a mirarlo a los ojos.
"No te debo nada… y no eres nada para mí. Tú no me amas, Yuui. Sólo quieres a alguien que te caliente por la noche cuando tus recuerdos de Valeria se tornan insoportables. Eres patético. ¡Eres una puta obscena!"
"¡NO! ¡Eso no es cierto!" sollozó Fay. "Yo… yo te amo, Kuro…"
"¡PARA!" rugió el ninja. Antes de que Fay pudiese darse cuenta de lo que pasaba, Kurogane le rodeó el cuello con sus manos. Fríos dedos se cerraban con firmeza alrededor de su garganta, asfixiándolo metódicamente.
"Espera… Kuro… par…" luchó por respirar, pero el aire no podía pasar más allá de esos dedos implacables.
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Las enredaderas estaban cubriendo su cuerpo dormido, enroscándose alrededor de todo lo que encontraban… de sus extremidades, de su cabeza, de su cuello. Estaban por todas partes, estirándolo lentamente hacia abajo para yacer para siempre bajo la tierra húmeda.
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"Fue culpa tuya que Sakura muriese," dijo Ashura mientras daba vueltas a su alrededor, como si fuese una bestia jugando con su presa.
"Pero… si no está muerta," se defendió Fay.
"Pero aún así es culpa tuya. Todo es culpa tuya. Todo el mundo sale herido. Tu querido gemelo, Sakura, Ashura de Celes, el país donde naciste... Kurogane. Eso es lo que les pasa a los que se acercan a ti… todos acaban muriendo. Pero… ¿y si pudieras librarte de todo eso?"
Fay alzó la vista hacia el rey Goblin. "¿De qué estás hablando?"
Ashura le lanzó una mirada insinuante. "No me digas que no disfrutaste del sexo con tu pequeño espadachín."
Fay retrocedió ante eso. "No fue real. Sólo fue sexo. Yo... quiero que Kuro-tan me ame... que me ame de verdad. No quiero una ilusión. Pero… no tengo derecho a amarlo. Si se acerca demasiado a mi... morirá." Las últimas palabras fueron sollozos.
"Sin duda, eres consciente de que todo esto es sólo un sueño. ¿Qué pasaría si simplemente te quedases en él? Podrías soñarte en un mundo en el que no estuvieses maldito y siempre podrías estar con tu ninja. Nunca volverías a sentir dolor."
"¡Pero no sería realmente él!"
"Quizás no, pero tú y yo sabemos qué pasará si te acercas demasiado al verdadero. ¿Ves esas tumbas de ahí?" dijo Ashura, señalando un cementerio tras ellos que Fay no había visto antes. "La de tus padres, la de Fay, las de las personas de Celes que se preocupaban por ti… tu fuiste la causa de todas esas muertes." Dicho esto, el rey le tendió una fruta madura y carmesí. El mago vio que era una granada.
"Comparte la fruta prohibida, pequeño Fay. Vamos, quítamela. Un mordisco y perderás tu dolor para siempre. Nunca despertarás." Sujetó la fruta tentadoramente cerca de su rostro.
"¡No! ¡No!" gritó Fay. "¡No es real!"
"¿Despierto, dormido? ¿Realidad, sueños? ¿Qué diferencia hay? No estabas destinado a ser feliz. ¿No es esto lo mínimo que puedes hacer para asegurarte de que la persona que amas puede ser feliz apartándote se su vida? ¿No ves que Kurogane estaría mucho mejor si estuvieses muerto?"
Fay miró la larga hilera de tumbas que danzaban ante él. Tantas muertes…
De repente, la última tumba de la hilera atrajo su mirada. Tenía escrito un nombre que hizo que su mundo se desmoronara.
Kurogane.
"¡NO!" El horrible grito fue arrancado dolorosamente de su corazón cuando sintió que el frágil órgano se partía en su pecho. "¡NO TE PUEDES LLEVAR A KURO-SAMA!"
De nuevo, Ashura le tendió la fruta. La piel madura se había partido y de la granada manaba un zumo rojo como la sangre. Fay tomó el fruto.
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Tomoyo-hime lo estaba llamando, intentando alcanzarlo.
"¡Fay! ¡Despierta!"
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Sin dudar, Fay mordió la fruta sangrante. Al principio, el sabor fue dulce, como la primera bocanada de aire después de rozar la muerte… pero no duró mucho. Al instante siguiente, su boca estaba llena de sangre. Se derramó por su garganta, llenándole los pulmones y quitándole el aire. Fay cayó al suelo, ahogándose con la sangre y el bocado de fruta. El mundo empezó a girar a su alrededor hasta que lo único que pudo ver fue la lápida con el nombre de Kurogane. No sabía cómo lo supo, pero sin embargo así era. Era la sangre de Kurogane la que sentía hirviendo en sus pulmones, ahogándolo. Quería gritar, negarlo… pero no tenía aire para hacerlo.
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Esta vez era Yuuko quien lo llamaba.
"¡Despierta! ¡Despierta, o todo estará perdido!"
Su cuerpo estaba casi perdido por completo en el mortal abrazo de las enredaderas. Pero antes de que esa última y fatídica pesadilla pudiese empezar, otra persona entró en escena. Syaoran llegó corriendo hacia las asfixiantes enredaderas, arrancándolas y lentamente liberando a Fay de su féretro de sueños.
"¡Despierta, idiota! ¡Despierta!" gritó.
Fay se despertó de repente, gritando y aferrándose la garganta. "¡NO DEBERÍA HABER COMIDO LA FRUTA!" Su miraba viajó de un lado para otro frenéticamente, finalmente posándose en Syaoran.
"¡Syaoran-kun!" gritó, avanzando para abrazar al chico. Pero Syaoran se apartó de él igual de rápido, recordando las palabras de Ashura.
"¿Qué tipo de idiota eres? Mira que dormirte en la ciénaga de los sueños."
"¿Eso es… todo lo que ha sido? ¿Un mal sueño?" le preguntó Fay mientras apoyaba las rodillas contra su pecho y se las abrazaba como un niño asustado.
"Era tan real," murmuró, recordándolo todo a regañadientes: las nomeolvides, Sohi, la pistola, el sonido del cuello de Kurogane al romperse, la fruta, la tumba… la sensación de los labios del ninja sobre los suyos…
"Demasiado real."
"Bueno, vamos," continuó Syaoran, tendiéndole una mano para ayudarlo a levantarse.
"¿Cómo dices?"
"No podemos quedarnos aquí. Probablemente te volverás a quedar dormido. La próxima vez que las enredaderas te agarren, simplemente observaré."
Fay compuso de nuevo su máscara sonriente, intentando sofocar el recuerdo de su sueño en la ciénaga. "No intentes hacerte el duro, Syaoran-kun. Sé que volviste para ayudarme y sé que eres mi amigo."
"¡Ni hablar! ¡No lo soy!" insistió Syaoran mientras Fay tomaba su mano y se levantaba. "Sólo he venido a recuperar mis bienes."
Fay habría dicho algo de no haber estado planeando una enrevesada trampa en ese momento. Cuando se puso de pie, y aún sujetando la mano de Syaoran en la suya, rápidamente tiró del joven para abrazarlo.
"Gracias por salvarme."
"¡No! ¡Idiota! ¡No me abraces!" Pero en cuanto las palabras abandonaron sus labios, un enorme agujero se abrió bajo ellos.
"¡MALDITA SEA! ¡MALDITA SEA! ¡MALDITA SEA!" gritó Syaoran mientras los dos caían en la oscuridad.
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"Parece que esta vez ha sido capaz de despertarse," se dijo Ashura. "Sin embargo, habrá otros sueños."
"¿Por qué estas haciendo esto?" le preguntó Kurogane con expresión estoica mientras miraba cómo Fay y Syaoran caían por el oscuro pozo. Había sido obligado a ver todas y cada una de las pesadillas del mago. Casi se sentía asqueado de sí mismo. ¿De veras Fay creía que él le haría esas cosas? ¿Violarlo? ¿Asesinarlo? ¿Rechazarlo? No se podía quitar de la cabeza el horror y la tristeza que había visto en el agotado rostro del mago. Había sido incapaz de pararlo. Casi se sentía como si hubiese hecho todas esas terribles cosas.
"Lo hago porque es necesario."
Eso no tenía sentido. Torturar a Fay hasta el punto de volverlo loco… eso no era necesario. Estaba mal.
"Tómame a mí en su lugar," dijo Kurogane de repente.
"¿Cómo dices, pequeño guerrero?" preguntó Ashura, haciendo una mueca de desprecio como si hubiese estado esperando la petición.
"Ya me has oído, Ashura. Deja que Fay se vaya. Toma mi vida en vez de la suya."
"Desafortunadamente, no funciona así. Además, ambos sabemos qué pasaría si hicieses ese intercambio. El mago no sobreviviría sabiendo que otra persona querida ha muerto por él. Ya no quiere vivir en un mundo en el que no estés tú, al igual que te pasa a ti respecto a él. La culpa corroerá su espíritu, hasta que una noche, cuando el aire está en calma y la luna, llena, cogerá una daga y…"
"¡Basta!" dijo el ninja con severidad. Sabía lo demás y no quería oírlo. Y aunque odiaba admitirlo, Ashura tenía razón. Sería como había visto antes, y con toda seguridad no quería ser él quien hiciese pasar a Fay por todo eso de nuevo.
"De todas formas, probablemente no saldréis de aquí con vida."
XxX
Syaoran fue el primero en salir volando del túnel. De alguna forma, consiguió agarrarse a una raíz que crecía junto a la salida antes de precipitarse. Fay consiguió parar su caída justo a la boca del túnel, apenas logrando sostenerse.
"Dios mío," exclamó Fay mientras observaba los alrededores. Estaban en equilibrio precario sobre una cornisa que daba a un pantano enorme y estancado. Nubes de aire corrupto burbujeaban de las charcas supurantes de lo que demonios fuese que había allí abajo. Ciertamente no podía ser descrito como agua. "¿Qué es esto?"
"¡El Pantano del Hedor Eterno!" gritó Syaoran, aún colgando de la raíz.
"¡Nunca había olido nada igual! Es como…" En realidad, no había palabras para describirlo. Pensad en el peor olor que podáis imaginar, multiplicadlo por un billón elevado a la séptima y… ¿sabéis qué?, no lo hagáis. No os acercaríais ni de lejos a como era.
"¡Qué importa como es! ¡Es el Pantano del Hedor Eterno! ¡Socorro!"
"¡Oh!" finalmente Fay volvió su atención hacia el agobiado chico y lo subió sobre la cornisa. Entonces, comenzaron a avanzar lentamente sobre la casi inexistente repisa, hacia una de las pocas áreas de tierra sólida que se veían.
"Bueno," suspiró Fay. "Realmente la vida nunca es aburrida."
"¿Por qué has tenido que hacer una cosa así?" le preguntó Syaoran con enojo.
"¿El qué? ¿Te refieres a salvarte?"
"¡No! ¡Me has abrazado!"
"No sabía que eso fuese un crimen en este país."
"¡Urrgh! ¡No es eso! Es que..." la diatriba de Syaoran se cortó cuando sus botas resbalaron de la cornisa. Fay se giró e intentó agarrarlo, pero ambos acabaron cayendo por la ladera… y aterrizando sobre un montón de pelo rojo bastante contrariado.
"¡Sakura-chan!" gritó Fay con emoción, feliz de haber encontrado la adorable bestia.
"¡Olor malo!" gruñó Sakura. Pero entonces Fay se dio cuenta de que faltaba alguien.
"¿Dónde está Syaoran-kun?"
"¡Quítamela de encima!" dijo una voz apagada desde algún punto debajo de ellos. Fay miró al suelo y vio que un par de piernas pataleantes sobresalían de debajo del trasero de Sakura. Rápidamente, el mago la ayudó a levantarse y Syaoran se puso de pie.
"Syaoran-kun, ésta es Sakura-chan. También es una amiga," los presentó Fay, esmerándose en mantenerse la nariz tapada.
"¿Cómo… la has llamado? ¿Sakura?" preguntó Syaoran, poniendo una expresión tensa.
"Sí. ¿Por qué?" le preguntó Fay, viendo su expresión, aunque ésta se desvaneció al instante del rostro del joven.
"Por nada. Allí hay un puente," señaló Syaoran, volviendo a su carácter áspero.
"¡Hyuu, hyuu, Syaoran-kun! Salgamos de aquí," los animó Fay mientras los guiaba hacia el puente, olvidando con rapidez la expresión de Syaoran y concentrándose de nuevo en su búsqueda.
"¡Alto!" ordenó una voz fuerte y chillona cuando los compañeros se acercaron.
"Oh… vaya…" comenzó Fay cuando una familiar bola blanca peluda rebotó ante ellos. Mokona Modoki se paró en medio de su camino.
"Por favor, apártate. Tenemos que pasar."
"¡Sin el permiso de Mokona, nadie puede cruzar!"
"¡Por favor! ¡Me queda ya muy poco tiempo!" dijo Fay alzando la voz con pánico.
"¡Tenemos que salir de este hedor!" gritó Syaoran.
"¡Olor malo!" protestó Sakura con su simple vocabulario.
"¿Olor? ¿Qué decís?" les preguntó Mokona, obviamente confusa.
"¡El olor!" dijo Fay, agitando el brazo para señalar el pantano.
"Mokona no huele nada."
"¡Bromeas!" dijo Syaoran con enojo.
"El aire es dulce y fragante, ¡y nadie puede pasar sin el permiso de Mokona!" gritó Mokona, saltando directamente a la cara de Syaoran.
"¡Por favor! ¡Déjanos pasar!" Fay se estaba desesperando.
¡Esta idiota blanca! ¡Está en mi camino! ¡La mataré!
¡Espera! ¿De quién era ese pensamiento? Mío no. ¡Yo nunca haría daño a Mokona!
Entonces se le ocurrió. ¡El báculo!
Simplemente habiéndolo tocado una vez, la magia maligna ya estaba adentrándose en su mente. Estaba llegando hasta él. Ni siquiera sus propias barreras podrían protegerlo de ella para siempre. ¿Cuánto tiempo faltaba hasta que tomase el control sobre él? ¿Antes de que sus pensamientos fuesen uno solo?
Fay salió de sus pensamientos cuando oyó los sonidos de una lucha. Mokona estaba dándole una paliza a Sakura con su pequeño cuerpo blanco y Syaoran estaba intentando agarrar el bollo volador, aunque sin éxito.
"¡Mokona conquistará esta montaña!" exclamó Mokona audazmente, golpeando la cabeza de Sakura. Sin embargo, finalmente Sakura se cansó de eso, cogió un tronco y lo usó para golpear a Mokona y estamparla contra un árbol. A eso le siguieron unos momentos de silencio, en que todos aguantaron la respiración, antes de que Mokona emergiese de uno de los abundantes agujeros del árbol, completamente ilesa.
"Hasta el día de hoy, Mokona jamás había encontrado un rival de mis condiciones, pero la gran bola roja me ha combatido hasta detenerme."
"¿Estás bien, Sakura-chan?" preguntaron Fay y Syaoran al unísono, y entonces, habiendo oído al otro, se lanzaron miradas extrañadas.
"¡Viva Lady Sakura!" Vitoreó Mokona. "¡Seamos compañeras de ahora en adelante y luchemos unidas por la justicia!"
Sakura sonrió (quizás, resultaba un poco difícil de decir) mientras sacaba a Mokona del árbol. "¡Sakura compañera!"
"Bien. Vamos," dijo Fay mientras se acercaba al puente.
"¡Un momento!" Mokona volvió a saltar ante el puente. "¡Olvidas el voto sagrado de Mokona!"
"¡Pero si acabas de decir que Sakura era tu compañera!" protestó él, sintiendo cómo crecía una ira que no era suya.
"¡Mokona ha hecho un juramento, y Mokona debe defenderlo hasta la muerte!"
Fay suspiró, frotándose las sienes con frustración. Ciertamente, ésta no era la Mokona que conocía. "De acuerdo, vamos a arreglar esto de un modo lógico. ¿Qué es exactamente lo que has jurado?"
"Mokona ha jurado con su propia sangre que nadie pasará por este camino sin el permiso de Mokona."
Fay puso los ojos en blanco (realmente pasaba demasiado tiempo cerca del Gran Cachorro). La solución a eso era tan fácil que casi le pareció ridícula.
"Bien… ¿nos das tu permiso?"
Mokona pareció confusa al principio; estupefacta por el hecho de que tal cuestión existiera. Pero, finalmente, la pequeña criatura acabó su deliberación.
"¿Sí?"
"Gracias, noble bola de pelo," dijo Fay, haciéndole una reverencia antes de adelantarla. Pero entonces el mago pudo ver bien el presunto puente. Era poco más que unos troncos atados con unas cuerdas viejas. Inseguro, Fay puso un pie sobre el puente y lentamente comenzó a avanzar.
"¡No temáis! Este puente ha resistido durante un millar de años," dijo Mokona con orgullo mientras botaba sobre los cimientos de roca. Pero apenas había dicho eso cuando el puente literalmente se vino abajo bajo los pies de Fay. El rubio a duras penas consiguió agarrarse a una rama que sobresalía antes de que el puente desapareciese por completo.
"Uups," dijo Mokona, sonrojándose de vergüenza.
"Problema. ¡Gran problema!" se dijo Fay mientras se balanceaba precariamente de la débil rama. Sakura tiró su enorme cabeza hacia atrás y aulló.
"Sakura, ¿por qué te quedas ahí parada aullando? ¡Tenemos que ayudar a tu amigo!" gritó Mokona. Pero de nuevo, nuestro querido manjuu había hablado demasiado pronto.
Ante la llamada de Sakura, llegaron rocas rodando de todas partes, incluso del mismo pantano, uniéndose para formar un camino bajo los pies colgantes de Fay.
"¿Puedes convocar a las mismísimas rocas?" le preguntó Mokona, que se había quedado con la boca abierta.
"Claro. Rocas amigas."
"Gracias, Sakura-chan," dijo Fay mientras se dejaba caer con cuidado sobre el nuevo camino de rocas.
"Buen truco," comentó Syaoran mientras él mismo cruzaba el puente, indicando a Sakura que lo siguiera. Cuando los tres hubieron cruzado, Mokona se giró una última vez hacia el árbol de guardia.
"¡Oh, Mokona!" gritó ella. Ante la llamada de la gemela blanca, la Mokona negra salió corriendo del árbol.
"Vamos. ¡Nos vamos a una aventura!"
La Mokona negra chilló con emoción mientras las dos Modoki cruzaban botando el puente. Una vez todo el mundo hubo cruzado, emprendieron la marcha con las Mokona abriendo el paso y Fay y Sakura siguiéndolas de cerca. Sin embargo, sin que nadie de ellos se diese cuenta, Syaoran se había quedado atrás. Estaba vagando por la orilla del pantano, con el melocotón que Ashura le había dado prácticamente ardiéndole en la mano. En un momento dado se paró, como si hubiese tomado una decisión, e hizo el gesto de ir a lanzarlo en la mugre.
"Yo en tu lugar no haría eso." Oyó de repente la voz del rey a su alrededor.
"¡Oh, por favor!" le suplicó el chico. "¡No puedo dárselo!"
"Piénsalo bien, Syaoran. ¿De veras vas a desobedecerme ahora que te has reencontrado con Sakura?"
Syaoran bajó la cabeza con abatimiento. "Ella no me conoce. ¡Apenas sabe nada! Aún no he encontrado la pluma correcta."
"Y si quieres vivir lo suficiente para seguir buscándola, harás lo que yo te diga."
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"Mira, pequeño Fay. ¿Es esto lo que intentas encontrar?" Le dijo Ashura burlonamente a la imagen de Fay en el espejo mientras inclinaba su cabeza hacia el aún preso Kurogane. "Tanto jaleo por algo tan pequeño, aunque no por mucho tiempo. Pronto se olvidará completamente de ti, mi querido ninja," continuó, dirigiéndose a Kurogane por primera vez en lo que parecían horas. "En cuanto Syaoran le entregue mi regalo."
"¿Qué tipo de hechizo has puesto en esa cosa?" siseó Kurogane. ¿Olvidarlo? ¿Qué iba a hacerle ese bastardo enfermo a Fay esta vez? ¿Cuánto más podría soportar?
"Es hora de empezar otro sueño," contestó Ashura mientras se levantaba de su trono.
"¡No! ¡No lo hagas!" Kurogane no pudo evitar gritar. "¡No lo hagas pasar por eso otra vez! ¡Lo destruirás!"
"Ésa es la intención. Este sueño atrapará su alma para siempre. Esta vez no habrá despertar."
"¡No!" gritó el enfurecido espadachín con vehemencia, estrellando un puño inútilmente contra la jaula mágica.
"Ahh, ¿Qué pasa? ¿Acaso el pequeño guerrero se siente solo? Bueno, no llores, pequeña criatura. No estarás solo mucho más tiempo. Creo que disfrutarás este sueño," dijo Ashura cuando finalmente se giró para encarar a Kurogane. "No sólo el alma de Fay será capturada por mi hechizo… ¡la tuya se le unirá!"
"¿Mi alma? ¿De qué estás hablando?"
Ashura no contestó. En vez de eso, hizo que la prisión de Kurogane se acercara de modo que el ninja pudiese ver lo que sostenía en la mano. Eran cuatro bolas de cristal. Eran tan claras como el vidrio y tintineaban alegremente mientras Ashura las hacía girar en una mano con habilidad. Kurogane sintió que los párpados le comenzaron a pesar mientras observaba los hipnóticos movimientos. No importaba cuánto lo intentara, no podía apartar los ojos.
"¿Qué… me estás haciendo?" intentó preguntar, aunque tenía la voz ronca y somnolienta.
"Duerme," dijo Ashura en voz baja mientras los cristales continuaban su danza. Uno a uno, dejó que empezaran a flotar, como burbujas navegando perezosamente por el aire.
"¿Qué… estás… haciendo…?" Kurogane no pudo seguir luchando contra el sueño. Sus ojos se cerraron y su cuerpo cayó dentro de la jaula. Ashura hizo una mueca maligna mientras los cristales salían por una ventana abierta, dirigiéndose hacia donde estaba Fay.
Estaba a punto de empezar.
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"¿Ha sido el estómago de Mokona o el tuyo, Mokona?"
"Hambre."
"Lo sé. Quizá encontremos algunas moras o algo así," dijo Fay en respuesta a los gritos de hambre. Fay se quedó atrás para ver si encontraba algo. Después de todo, él también estaba bastante hambriento.
"Eh… ¿Fay?" De repente oyó la voz de Syaoran tras él. Se giró para mirarlo.
"Toma," le tendió al mago un melocotón con la voz teñida de lo que creyó que era timidez.
"Syaoran-kun, gracias," le dijo Fay, aceptando la fruta con alegría. "Si no fuera por ti…"
Una alarma se encendió en su mente en el momento en que mordió el melocotón. De repente estaba otra vez en la ciénaga de los sueños, comiendo tontamente la fruta que Ashura le había ofrecido. No hubo sangre esta vez… sólo un sentimiento de terror en la boca del estómago mientras el trozo masticado de melocotón bajaba por su garganta.
"Tiene un sabor extraño," susurró, con el beso del encantamiento evidente en sus ojos y su voz. Se dio cuenta de que no había sido timidez lo que había oído en la voz de Syaoran, sino culpa. "Syaoran-kun… ¿qué has hecho?"
"¡Maldito seas, Ashura!" masculló el chico mientras desaparecía entre los árboles. "¡Y maldito sea yo también!"
Los sentidos de Fay nadaban en la magia. ¡Estúpido! ¡Estúpido! ¡Estúpido! Se recriminó mentalmente. Debería saber ya muy bien que no debía comer nada del laberinto. Intentó dar un paso, pero no conseguía avanzar en línea recta. Se agarró desesperadamente a un árbol cercano para no caerse.
"Todo… da vueltas," gimió. Se le estaba nublando la vista. El mundo giraba a su alrededor. Antes de que se diese cuenta, estaba tumbado de espaldas mirando las ramas del árbol en el que se había apoyado. Se sentía como si estuviese enfermo. Un momento sentía la cabeza dolorida y pesada como una piedra, y al siguiente era ligera como el aire. Tembló mientras la magia avanzaba por él. Estaba indefenso en las garras del hechizo.
Por un momento, el mago medio desmayado habría jurado que veía burbujas flotando en las ramas sobre él… burbujas que contenían imágenes titilantes de máscaras brillantes y vestidos cambiantes. La esencia de rosas inundó el aire y Fay zarpó sobre una nube de luz y música.
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NdT: Tardaré unos días más de lo normal en colgar el singuiente capítulo, a parte de porque es más largo, porque se me ha girado un poco de faena y perderé un par de días enteros arreglando un asunto. Cuando me haya librado de todo ese lío (ya seré universitaria, que ilusión), me pondré como una loca a traducir y así podréis seguir leyendo tranquilamente. Muchas gracias por vuestra paciencia y todos vuestros comentarios, sois geniales.
