NdA: La primera escena de este capítulo es la que más he estado deseando escribir desde que se me ocurrió la idea de hacer esta historia. Aquí está el lemon que mencioné que habría. Si tenéis algún problema con la descripción gráfica, para los novatos, es un poco extraño que estéis leyendo una historia clasificada como M, pero aún así… si os molesta, podéis dejar de leer cuando aparezca la frase "Cayendo, Cayendo, Cayendo" y volver a engancharos en la frase "Cayendo, Mientras el mundo cae. Cayendo". Si téneis ganas de hacerlo, os recomendaría que escucharais la canción "As the World Falls Down" durante la primera escena. Fue escrita para ella y he puesto la letra para aquellos que no la conozcan.
El Centro del Laberinto
Capítulo 5: Cayendo... en el amor
Esto no era así. Había algo en esto que no estaba bien. Lo sabía. Ciertamente, el ambiente era agradable, pero aún así había algo… extraño. Él había estado en otro lugar… ¿verdad?
Fay se sintió aturdido mientras miraba la habitación en la que se encontraba. Era blanca. La piedra del suelo era blanca. No podía ver que hubiese paredes en el lugar puesto que estaba cubierto por montones de seda blanca a modo de paredes, creando cientos de pequeños espacios separados de la sala de baile principal. ¿De dónde había venido ese pensamiento? ¿Era eso ese lugar? ¿Estaba en un baile? ¿Una mascarada? La sala estaba llena de parejas bailando. ¿Qué otra cosa podía ser?
Algunas personas bailaban, otras permanecían al margen hablando, riendo y dando sorbitos a copas de vino. Todos llevaban máscaras, excepto él. Todos lucían vestidos estridentes a conjunto con sus máscaras, añadiendo toques de color al blanco. Fay se miró a sí mismo y descubrió que él también era blanco. Toda su ropa era blanca. Los pantalones, los zapatos, la camisa y el abrigo, que tenía intrincados diseños en pedrería blanca y cristalitos de manera que capturaban la luz se moviese donde se moviese.
El rubio se sintió abrumado mientras atravesaba la poblada pista de baile. No podía evitar sentir que debería estar en otro lugar. Pero cuanto más intentaba centrarse en ese pensamiento, más desaparecía. Al poco, el sentimiento se había ido completamente y se dejó llevar por los movimientos del gentío y la música. Era una melodía suave, una canción que flotaba por todo su ser, acariciándolo de formas que la música no debería ser capaz. Se movía a través de una niebla de música, rostros de papel y seda blanca que parecía girar con las notas de la canción. Todo le recordaba tanto a un sueño que Fay se sintió como si se estuviese perdiendo, como si en cualquier momento simplemente se fuera a la deriva y fuese a dejar de existir. Al menos, así era cómo se sentía hasta que vio algo que lo dejó clavado donde estaba.
Era una chispa de negro que había aparecido en medio de los colores chillones y las telas blancas que lo consumían todo en las que estaban pintados. Ciertamente no había estado allí antes. Era un hombre, un hombre alto y moreno vestido de negro de pies a cabeza. Era la única persona de la sala, a parte de Fay, que no llevaba máscara.
Cuando aquellos ojos agudos y rojos capturaron los suyos, Fay sintió de nuevo que había algo que debería saber, pero la sensación se fue pronto, tragada por aquellos estanques rojos. La curiosidad de Fay despertó. Lentamente, comenzó a atravesar la pista de baile hacia el hombre misterioso. Ocasionalmente lo perdía de vista entre la muchedumbre, pero seguía avanzando. Debía encontrarlo.
Kurogane no se había sentido tan desorientado como Fay al encontrarse en la brumosa sala de baile. Al principio, se había sentido molesto por no saber dónde estaba, pero entonces se había dado cuenta de que no se le ocurría dónde más debería estar. Si no era aquí… ¿dónde más había? ¿Qué más había? No lo sabía. Y cuanto más pensaba en ello, más se daba cuenta de que no le importaba. Demonios, no era tan malo estar aquí. Además… por alguna razón, sintió que había algo que debía hacer aquí.
Fue entonces cuando lo vio. Por un momento, Kurogane pensó que se había imaginado al hombre; se mezclaba tan bien con el fondo blanco. Pero mientras seguía mirando, descubrió que podía distinguir el cabello dorado del hombre de todo lo demás. Iba vestido con ropas de color blanco puro y su piel era tan pálida como la nieve. Si no fuera por aquellos mechones dorados, seguramente se desvanecería en la blancura que los rodeaba. Ese pensamiento hizo que la ira aflorara en su corazón. Eso no pasaría. ¡No lo permitiría! No permitiría que ese ángel pálido se desvaneciera antes de tener la oportunidad de tenerlo entre sus brazos.
Kurogane sintió que se sonrojaba cuando cruzó la mirada con la del hombre rubio, el efecto opuesto al que se esperaría de aquellos escalofriantes ojos azules como el hielo. Mantuvo su mirada fija en ellos mientras el hombre se acercaba a él a través de la multitud festiva. Permaneció inalterable en medio de la marea de ruido y movimiento, esperando pacientemente que la blanca figura del hombre llegara hasta él. Entonces, casi antes de que se diera cuenta, allí estaba ante él.
Fay se sonrojó mientras esos ojos rojos continuaban perforando los suyos. Quería apartar la mirada, ser tímido, pero descubrió que no podía. Pareció que el tiempo se paraba mientras rojo miraba, amable y inquisitivamente, en azul.
Hay un amor triste
En el fondo de tus ojos.
Como una joya pálida
Abierta y cerrada
Dentro de tus ojos.
Pondré el cielo
Dentro de tus ojos.
Kurogane extendió una mano y Fay la tomó. El hombre se sorprendió de cuán frío era el toque del otro. Era como el beso helado de la muerte de invierno. Instintivamente, Kurogane se puso en la posición de guía, colocando una mano en la cintura de Fay mientras éste apoyaba una mano en su hombro. Estaba bastante seguro de que nunca antes había bailado, pero al mismo tiempo supo que no importaba. Sería capaz de bailar mientras sostuviera ese espíritu etéreo entre sus brazos.
¿Pero sería capaz de hacerlo? Mientras valsaban juntos, Kurogane comenzó a sentir cuán insustancial parecía ser el hombre. Era como un fantasma. Parecía como si fuese a desvanecerse en la nada si lo soltaba. Bueno, si era así, entonces simplemente no lo iba a soltar. Derretiría ese príncipe de hielo y lo haría sólido aunque fuese la última cosa que hiciera.
Hay un corazón engañado
Palpitando tan rápido
En busca de nuevos sueños,
Un amor que perdurará
Dentro de tu corazón.
Pondré la luna
Dentro de tu corazón.
Kurogane debía admitir que disfrutaba mirando cómo las mejillas del otro hombre se sonrojaban mientras lo hacía girar. El sonrojo lo hacía sentir como si estuviese haciendo algún progreso. El fuego que sentía arder en su pecho por el rubio iba calentando lentamente el frío glacial. Las llamas curativas ya se podían ver en sus pálidas mejillas. El calor danzaba entre ellos mientras ellos danzaban el uno con el otro.
Fay no podía evitar sonreír ante el calor que se extendía por su cuerpo. No se había dado cuenta de cuán frío estaba hasta que el hombre de cabello oscuro había tomado su mano. Ahora se sentía como si estuviese respirando después de mucho tiempo sin aire. De repente estaba vivo… después de experimentar una eternidad de muerte y oscuridad.
Mientras el dolor te recorre,
No tiene sentido para ti.
Toda emoción se ha ido.
No era tanta la diversión,
Pero allí estaré por ti
Mientras el mundo cae.
Por lo menos, Fay estaba sorprendido por algunas de las cosas que veía en los ojos del otro hombre. Éstos querían saber por qué estaba tan frío, tan pálido… tan preparado para desvanecerse. ¿Por qué estaba herido? ¿Estaría bien?
¿Puedo ayudarte? ¿Me lo permites?
Cayendo.
Cayendo abajo.
Cayendo en el amor.
Fay respondió con una sonrisa cálida. No sabía por qué estaba frío. No sabía por qué estaba herido. Pero sabía que ese hombre estaba haciendo que todo desapareciera con su cálido toque. Había querido perderse, pero ese extraño estaba manteniéndolo sólido, manteniéndolo real. Actuaba como un ancla para él, manteniéndolo quieto en un mundo que claramente no lo era.
Mientras bailaban, se fueron acercando más y más, sin dejar de mirarse a los ojos. Las manos de Kurogane se movieron hasta envolver la cintura de Fay y las manos de éste se posaron sobre el cuello de Kurogane. Juntaron sus frentes, ambos no queriendo nada más que mirar en los ojos del otro. Fay se maravilló ante lo bien que se sentía. Nunca antes había sentido nada más correcto. Por primera vez, sabía lo que era sentirse a salvo y querido. Y aunque aún era débil, sentía un fuego en su propio pecho, creciendo y alzándose para mezclarse con el calor de su compañero.
Te pintaré mañanas de oro.
Te tejeré tardes de San Valentín.
Aunque hasta ahora hemos sido extraños,
Estamos escogiendo el camino
Entre las estrellas.
Dejaré mi amor
Entre las estrellas.
Kurogane estaba asombrado de cuán perfectamente encajaba el hombre entre sus brazos. Era como si los dos hubiesen sido hechos para este momento. Se estremeció interiormente cuando el rubio apoyó la cabeza en su pecho. Apoyó la barbilla sobre su cabeza, disfrutando de la sensación de abrazarlo mientras bailaban. En ese momento, supo lo que era estar completo. Supo que todo lo que siempre pudo haber querido tener o sostener o mirar o ser estaba allí, entre sus brazos, justo ahora. Ese hombre era algo preciado para él, y lo protegería de cualquier cosa que se atreviera a hacerle daño.
"¿Cómo te llamas?"
"Fay," respondió al instante, alzando la cabeza para mirarlo a los ojos otra vez. Kurogane sonrió. El nombre le sentaba bien. Apenas era un nombre, al igual que él apenas era una persona. Pero aún así pegaba fuerte, igual que esos ojos de color zafiro.
"Kurogane," dijo él. La sonrisa satisfecha de Fay se amplió ante eso. Le gustaba. Era un nombre fuerte, pero flexible al mismo tiempo. Era un nombre con el que se podía envolver como si fuese una manta cálida y protectora.
Mientras pasaban al lado de uno de los jarrones de flores que decoraban los márgenes de la pista de baile, Kurogane aprovechó para coger una rosa de él. Entonces se giró hacia Fay y le colocó el exquisito capullo rojo tras la oreja, enzarzándolo en su cabello dorado con mano experta. Ya no era pálido. Había añadido un estallido de auténtico color. Ya no podría desvanecerse. Al fin era real. Le dirigió a Fay otra sonrisa mientras lo acercaba más a él y le susurró en el oído.
"Por favor… no desaparezcas."
Mientras el dolor te recorre,
No tiene sentido para ti.
Toda emoción se ha ido.
No era tanta la diversión,
Pero allí estaré por ti
Mientras el mundo cae.
Habían dejado de moverse. El baile continuaba, las parejas giraban a su alrededor, el mundo seguía dando vueltas, el tiempo seguía transcurriendo. Pero en ese momento único y perfecto, sus mundos se habían detenido por completo, y para Fay y Kurogane, nada existía en esos mundos excepto ellos. Ellos eran el mundo. Fay se recostó en Kurogane, frotando su mejilla contra la de él.
"Nunca desapareceré, Kuro-sama. No mientras estés aquí para sostenerme."
Kurogane alzó una ceja, apartándose brevemente de Fay. "¿De dónde has sacado eso?"
"Mm, no estoy seguro. Pero suena mono. ¿No te parece?"
Kurogane se encogió de hombros y volvió a atraer el hombre a su abrazo. No le importaba mucho. Fay respondió inmediatamente a su toque, apoyando la cabeza en su pecho de nuevo, acurrucándose entre sus brazos. Dioses, era tan fantástico ser abrazado así, seguro y cálido entre los brazos de alguien que le amaba. Porque seguramente se trataba de eso… amor… ese fuego en su pecho… la sensación de que estaba cayendo, fundiéndose con el otro.
Cayendo
Mientras el mundo cae
Kurogane le alzó la cabeza, tomando su barbilla con amabilidad e inclinándole el rostro hacia arriba para poder mirarlo a los ojos.
"¿Fay?" dijo suavemente mientras le recorría la mandíbula con el pulgar, preguntándose cómo sería besar esos labios.
"Mm… ¿sí?" Murmuró Fay, medio perdido por la simple sensación de la piel áspera de Kurogane contra la suya.
El hombre moreno no dijo nada más. No podía. Había pretendido preguntarle a Fay si podía besarlo, pero las palabras no le salían. Tenía que descubrir si sus labios sabían tan bien como aparentaban… como nubes de miel. Con la vista fija en Fay, los ojos medio cerrados y los labios ligeramente abiertos, incitándolo, Kurogane acortó la distancia que los separaba y se hizo con el beso que representaba su cielo.
Fay se movió ávidamente, presionándose contra Kurogane con una intensidad que no sabía que poseyese. Puso su mano sobre su pecho, sintiendo los músculos duros como rocas bajo la fina tela negra. Kurogane ahuecó las manos contra su rostro, como si pretendiera devorar la esencia del hombre a través de su boca.
Aunque parezca mentira, fue Fay el que hizo el primer paso para profundizar el beso. Deslizó su lengua por los labios de Kurogane, pidiendo, suplicando que le permitiera entrar en su boca. Kurogane se sorprendió por su repentina osadía, por no decir más, pero simplemente estaba contento de ayudar, concediéndole el acceso que tan desesperadamente deseaba. Sus lenguas danzaron juntas en el calor húmedo de sus bocas, explorando todos los rincones.
Cuando finalmente se separaron para recuperar el aliento, se miraron con una mezcla de asombro y anhelo, jadeando con deseo.
"Te amo, Fay," declaró Kurogane con pasión mientras sus labios se volvían a unir. No rompieron el beso mientras se alejaban de la pista de baile.
Cayendo
Mientras el mundo cae
Kurogane los guió hacia uno de los reservados entre las cortinas. Mientras hacía que Fay entrara en la privacidad de las telas blancas, se dio cuenta de que había varios cojines de seda esparcidos por el lugar. Obviamente, esos reservados habían sido creados con un propósito. Fay dejó que Kurogane lo empujara contra la pared del fondo del reservado mientras le cubría el rostro de besos. Le daba igual, porque no creía que pudiese permanecer de pie mucho rato más. El roce de Kurogane estaba haciendo que se le debilitasen las rodillas.
"Te… amo…" murmuró Kurogane entre besos. Fay echó la cabeza hacia atrás, ofreciendo su cuello blanco como el marfil a los labios del otro. Kurogane le dejó unos cuantos chupetones en su piel impecable y Fay gritó. Por un momento, Kurogane se sintió culpable por su placer. No debería estar haciendo esto, no debería estar profanando la piel suave de ese ángel brillante con su áspero roce. Dudoso, retrocedió un paso. Se dolía tanto por el hombre que había ante él, pero… si no estaba listo… si le hacía daño… todo eso no valía la pena por lo que deseaba.
Pero sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando Fay volvió a unir sus cuerpos. No pudo acallar los gemidos cuando el contacto presionó su dolorosa dureza contra el estómago de Fay. Kurogane sintió que se sonrojaba. Ya no podía esconderle lo que su cuerpo deseaba. Afortunadamente, Fay respondió ansiosamente ante el contacto. Se apretó aún más contra el cuerpo del otro hombre hasta que Kurogane pudo sentir la dura necesidad de Fay contra su pierna.
"Por favor… Kurogane," jadeó. "Quiero esto. Te quiero a ti. Déjame mostrarte cuánto de amo."
"Pero… no quiero herirte," dijo Kurogane en voz baja, acariciando el rostro de Fay con las manos amables de un amante, siendo lo más cuidadoso posible, aunque su cuerpo le suplicaba que lo liberase.
"No te preocupes por mí. Así es como lo quiero," respondió Fay, besando ligeramente el rostro de Kurogane. "Sé que tú también lo sientes; cuando me has abrazado… cuando me has besado… Imagina lo que podría ser… cuán lejos podríamos llegar… Kuro-chan." Con esto, comenzó a dejar un rastro de besos por el cuello de Kurogane hacia abajo.
Kurogane sonrió con ironía. Los pequeños sobrenombres comenzaban a gustarle. Se inclinó hacia Fay, disfrutando de sus amables caricias. Pero su sonrisa atontada se transformó al instante en un grito ahogado y un fuerte gemido cuando el otro hombre metió la mano entre ellos y tomó bruscamente su pulsante dureza a través de la ropa.
"Puedo soportarlo," susurró Fay a su oído. "Muéstrame las estrellas."
Cayendo
Cayendo
Cayendo
Fue toda la inspiración que Kurogane necesitó. Empujó a Fay contra la pared y éste le ofreció el cuello otra vez para que lo besara. Kurogane no siguió progresando hasta que no hubo trabajado a conciencia cada centímetro de esa piel blanca y cremosa con sus labios y lengua. Cuando acabó con eso, deslizó el abrigo con facilidad de los hombros de Fay y comenzó a desabotonar su camisa. Por cada botón que abría, depositaba un rudo beso en el pecho de Fay. Entonces empezó a besar su estómago, yendo hacia abajo… hasta la cintura. Fay soltó un fuerte gemido cuando comenzó a desatar el cinturón. Mirando hacia arriba y viendo consentimiento en su rostro tenso, Kurogane continuó, dejando a Fay finalmente desnudo. Sin previo aviso, se metió toda la longitud del rubio en la boca. Sonrió interiormente cuando Fay gritó, agarrándose desesperadamente a puñados de la seda blanca que había en las paredes. Al principio, sus movimientos fueron lentos, provocando al hombre que tenía inmovilizado contra la pared. Sabía que esto sería mayormente doloroso para el rubio y quería que disfrutara de esto tanto como lo hacía él.
"P-por favor… Kuro… seme… no me provoques… ¡más rápido!" gimió Fay. A estas alturas, estaba teniendo problemas incluso para formar las palabras en su mente.
Pero Kurogane no le hizo caso. Continuó con sus lentas atenciones a la necesidad del otro hombre. Varios gemidos escaparon de su boca mientras lo trabajaba con dientes y lengua. Igual que el resto del cuerpo de Fay, esta parte también era suave como la seda. Era como chupar un cálido terciopelo. Sintió que su atroz deseo crecía ante ese pensamiento. El pálido hombre se arqueó involuntariamente contra él, ajustándose al ritmo que él había establecido. Cuando Kurogane finalmente lo liberó, llevándolo al extremo, por poco gritó, arqueándose violentamente contra él. Sin dudarlo, Kurogane se tragó el caliente flujo de su pasión. Casi inmediatamente se puso de pie, tomando a Fay en sus brazos antes de que cayera, y lo besó… duramente. Acometió la boca del rubio con la lengua, permitiéndole probarse a sí mismo en el penetrante beso.
Cayendo en el amor
Mientras el mundo cae.
Lentamente, Kurogane los dejó caer a ambos de rodillas, llevando cuidado con su propia necesidad. Demasiado roce y la perdería, y aún no estaba preparado para perder la batalla contra sí mismo. Quería estar dentro del otro hombre cuando eso ocurriera e incluso eso debía hacerse lentamente.
Pero, obviamente, Fay no se quería tomar las cosas con calma. Se acercó a él y, con manos temblorosas, abrió su camisa negra de un tirón. Sonrió endemoniadamente mientras dejaba caer la camisa arruinada. Fay y Kurogane se estremecieron de placer mientras le recorría el musculoso pecho moreno con sus dedos esbeltos. Sus manos llegaron rápidamente a la cintura, liberando con facilidad de su prisión la dura longitud de él. Vio que Fay estaba listo para la segunda ronda, y eso lo excitó aún más. No podría aguantarse siempre, así que alargó una mano hacia el otro hombre para empezar a preparar a su amante para su entrada. Fay gritó por la súbita intrusión en la, hasta entonces, virgen abertura, pero se las apañó para distraerlos a ambos de su dolor prodigando rudos besos al pecho de Kurogane, centrándose especialmente el los sensibles pezones del hombre. Intentó varias cosas para hacer que Kurogane se moviera más rápido, pero no consiguió persuadirlo. Desesperado como estaba por tomarlo, preferiría morir antes que hacerle daño a Fay.
Cayendo
Cayendo
Cayendo
Cayendo
Cuando Kurogane estuvo bastante seguro de que Fay estaba preparado, empezó a quitarse los pantalones. Mientras lo hacía, Fay comenzó a tumbarse.
"¡Espera!" Kurogane lo detuvo con un fuerte susurro. En cambio, se tumbó él sobre el suelo cubierto de seda, apoyando la cabeza sobre uno de los cojines blancos. "Ven… a mí…" siseó. Estaba tan duro, que le dolía. Alzó una mano con desepero hacia su amante.
"¿Oh?" dijo Fay mientras se sentaba a horcajadas sobre sus caderas, sonriendo alegre y juguetonamente. Un ligero estremecimiento lo recorrió cuando sintió que la punta de su necesidad lo rozaba por atrás. "¿Es demasiado para Kuro-sama? ¿Teme romper a su Fay?"
Aunque tenía parte de razón, Kurogane tenía otro motivo para hacer eso.
"Quiero… ver… tu rostro…" jadeó, agarrando las caderas del rubio y bajándolo lentamente sobre sí mismo.
Y así fue cómo los dos amantes se tendieron sobre un lecho de seda blanca y se encontraron el uno con el otro. No hubo dolor para Fay, y aunque Kurogane estaba dolorido y ansioso, se movió despacio, resistiéndose a la urgencia de follarlo hasta dejarlo sin sentido. Una vez estuvo completamente enterrado en el cálido y tenso abrazo del cuerpo del otro hombre, esperó pacientemente a que se acostumbrara a la sensación antes de empezar a crear un ritmo entre ellos.
Cayendo en el amor
Mientras el mundo cae.
Fay estaba perdido... perdido el calor y la pasión de esta nueva danza que bailaban. Navegaba sobre la cresta de una ola rompedora con su amante. Sabía que un solo paso en falso significaría el olvido, pero no le importaba. Estaba feliz… y muy enamorado. Nunca se había atrevido a esperar poder ser tan íntimo con otra persona. Hasta ahora, había deseado desaparecer, dejar de existir. Ahora lo estaba consiguiendo, sólo que… no de la forma que había imaginado. Se sentía como si su cuerpo se estuviera fundiendo, convirtiéndose en uno con Kurogane. Se estaba perdiendo dentro del otro hombre. Aunque no era el olvido hacia lo que se acercaba. Estaba siendo creado de nuevo, convirtiéndose en algo mejor… algo completo. Ser abrazado era maravilloso. Ser besado y complacido era divino. Pero esto... tener a Kurogane con él ahora, complaciéndolo, amándolo, dentro de él… si muriera en ese momento, moriría feliz, con el nombre del otro hombre en sus labios. Era el éxtasis supremo. Era intimidad.
No tiene sentido para ti.
No tiene sentido caer
Kurogane se sentía de la misma forma mientras miraba su ángel dorado moverse sobre él. Observó el divino desenfreno en su rostro cuando finalmente golpeó su punto ideal, llevándolos a los dos aún más cerca del borde. Ya no se preocupaba por la comodidad de Fay, sólo por su placer. Quería, necesitaba que sintiera eso. Arqueó su propio cuerpo, ajustando sus violentos empujes con el vigoroso ritmo que había creado el rubio. Agarró su tensa virilidad, acariciándola bruscamente con todas sus fuerzas, instando al hombre hacia su segundo orgasmo. Y, por supuesto, el suyo propio se acercaba rápidamente, estimulado por las cálidas paredes del cuerpo de Fay cerrándose a su alrededor.
"Oh, dios… ¡oh, Fay!" gimió desesperadamente.
Lágrimas de alegría manaron de los ojos de Fay cuando se corrió, gritando el nombre de Kurogane. Éste lo siguió al éxtasis apenas segundos después, lanzando un grito entrecortado mientras derramaba su ardiente esencia en las profundidades de su amante.
Cayendo
Mientras el mundo cae.
Cayendo
Kurogane se salió con facilidad de Fay y abrazó fuertemente su cuerpo tembloroso. Lo miró con los ojos llenos de alegría, pero entonces vio los húmedos riachuelos que surcaban su rostro. El miedo y la tristeza lo golpearon de pleno en el corazón. Temió que Fay estuviera en lo cierto… que hubiese roto su pequeño y dulce amor.
"No," dijo tristemente, acercando una mano hacia su rostro. "No llores. Por favor… nunca dejes que te vuelva a hacer daño."
Una sonrisa deslumbrante iluminó el rostro del rubio mientras más lágrimas rodaban por sus mejillas. Rió alegremente ante la confusión de Kurogane. "No me has hecho daño. Éstas son lágrimas de felicidad. Pruébalas," lo invitó. Kurogane lamió tentativamente la mejilla de su amante y descubrió, para su sorpresa, que el agua era dulce.
"¿Las has visto, Kuro-koi?" preguntó Fay mientras se acurrucaba entre los brazos del hombre. "¿Las estrellas?"
"No he necesitado hacerlo," respondió en voz baja mientras miraba los ojos brillantes de Fay. "Están aquí conmigo."
Cayendo en el amor
Mientras el mundo cae.
Fay suspiró con satisfacción mientras Kurogane salpicaba su rostro con besos, susurrando su nombre una y otra vez.
"Kuro-sama," dijo, con la voz aún marcada por las lágrimas. "Gracias."
Kurogane no dijo nada. Simplemente abrazó más a Fay. Le cogió la barbilla con la mano y lo besó lenta y profundamente en los labios. Fay se acomodó en su dulce abrazo. Estaba completamente agotado y estaba preparado para dar la bienvenida al dulce olvido del sueño. Pero incluso mientras se acomodaba para dormir dentro del cálido círculo de los brazos de su amante… había algo en el fondo de su mente que le decía que no podía hacerlo. Aún había algo que debía hacer. Esa sensación que había tenido antes estaba volviendo… la sensación de que se suponía que debería estar en algún otro sitio.
No tiene sentido, se reprendió. ¿En qué otro lugar querría yo estar que no sea aquí con Kurogane?
Pero incluso mientras lo pensaba, le pareció ridículo. Había algo… más. La sensación persistía. Si no lo hacía… Kurogane desaparecería… para siempre.
Fay se sentó de repente cuando oyó el estruendoso sonido de un reloj dando las horas. ¡Tiempo! ¡No quedaba tiempo! ¡Tenía que salir de allí! ¡No podía dejar que Kurogane desapadeciera! ¡No podía volver a perderlo!
Cayendo
Cayendo
Cayendo en el amor.
"¿Qué pasa?" preguntó Kurogane, sentándose y desperezándose.
"¡Tengo que salir de aquí!" gritó Fay, poniéndose de pie mientras el reloj continuaba marcando las horas. Cuatro.
"¿Qué? ¿De qué estás hablando?" Kurogane se dejó llevar por el pánico, también poniéndose de pie.
Cinco.
"¡Hay algo que debo hacer!"
Seis.
"¿El qué?" preguntó Kurogane, comenzando a sentirse enojado con el molesto reloj.
"Algo… debo encontrar… debo acabar. ¡No quiero que desaparezcas!"
Ocho.
"¿De qué demonios estás hablando?"
"¡No lo sé!" gritó Fay mientras buscaba una salida.
"¡Mago!" gritó Kurogane con enfado, no muy seguro de dónde había sacado ese tratamiento.
"¡Por favor, Kuro-rin! ¡Ayúdame a buscar una salida!" gritó desesperadamente.
Diez.
"¡Espera, Fay!" Kurogane intentó calmarlo, agarrándolo por las muñecas. "Por favor… recuerda. ¡Recuerda! ¡Él querrá que olvides!" El hombre no tenía ni idea de lo que estaba diciendo, pero de todas formas sabía que era necesario decirlo. Tenía una oportunidad. ¡No podía dejar que Fay olvidara! De alguna forma, sabía que sus vidas dependían de eso.
Once.
"¡Nunca!" dijo Fay con fiereza mientras abrazaba a su amor una última vez. "¡Nunca olvidaré! Nunca podría estar más lejos de ti… de lo que lo estoy ahora."
Kurogane alargó el abrazo por un instante. Pensamientos confusos deambulaban por su mente mientras aprovechaba ese momento para memorizar la esencia del cabello de Fay, la sensación de él entre sus brazos.
Te llevas tanto de mí contigo… tan lejos.
No expresó en voz alta esos pensamientos, pero sabía que Fay lo había entendido mientras se separaba de él.
Doce.
"Por favor," dijo con calma. "Debo hacer esto. Sácame de aquí."
Kurogane asintió solemnemente. Los dos avanzaron hacia la pared del fondo de su pequeño reservado, sabiendo de algún modo que era la respuesta que buscaban. Fay tiró de las cortinas de seda de la pared y los amantes se encontraron ante una pared desnuda que parecía un espejo. Fay miró a Kurogane, que asintió y alzó un puño. Entonces asestó un puñetazo devastador a la pared. La cosa se rompió por el impacto. De repente, Fay sintió que caía. Extendió una mano hacia Kurogane y sintió que sus dedos se rozaban por un breve instante… pero entonces cayó a través de una nube de humo y música que se debilitaba. La última cosa que vio fue el rostro aterrado de Kurogane por encima de él.
Y entonces desapareció.
Mientras el mundo cae.
XxX
¡Estaba cayendo! ¡Estaba demasiado lejos! Intentó llegar hasta él… sintió que sus dedos se rozaban por un breve y agonizante segundo. Entonces lo perdió. La última cosa que vio fue el rostro de Fay mientras desaparecía en la oscuridad que había bajo él. Entonces él estaba cayendo, cayendo a través de humo y oscuridad. La siguiente cosa que supo, fue que su cuerpo chocaba contra algo duro.
Rápidamente, Kurogane se irguió, intentando desembarazarse del dolor mientras observaba lo que lo rodeaba. ¡Estaba de vuelta en la jaula! De repente, todos sus recuerdos volvieron a él, combinados con el recuerdo de lo que acababa de ocurrir.
"Mm, mierda," dijo Ashura con languidez desde su trono. "Has vuelto. Esperaba que ese sueño fuera lo suficiente fuerte como para capturaros a los dos. Bah, no importa. Consumió el tiempo suficiente."
Kurogane se estremeció cuando sus dos realidades se mezclaron. Se tocó los labios hinchados, recordando el último beso tormentoso que había compartido con el mago. ¿Realmente había pasado eso? ¿De verdad acababa de… hacerle el amor a Fay?
"¿Todo eso ha sido... sólo un sueño?"
Ashura frunció los labios, considerando la pregunta. "Bueno, ambos estabais allí, ciertamente. Estabais allí juntos. Aunque fue un sueño que creé, supongo que se podría afirmar que ambos lo habéis experimentado juntos. Así que… te dejaré a ti decidir si realmente te lo follaste o no." Ante esto, el Rey Goblin le sonrió malignamente, perfectamente consciente de la confusión emocional que eso les causaría al ninja y al mago… asumiendo que el mago lo recordase, claro está.
Kurogane se estremeció de nuevo mientras los recuerdos lo recorrían. Aún podía sentir la piel enfebrecida del mago sobre él, dentro de él. Evocó la sensación de la seda blanca bajo él y piel cálida sobre él. Cayó a cuatro patas, extrañamente abrumado por las imágenes y sensaciones que asaltaban su alma. Dedos inquisitivos… una espalda esbelta y sudorosa… labios hinchados de besar… piel pálida arqueándose con su roce… la boca abierta, la cabeza echada hacia atrás por el éxtasis… una pasión tan profunda y ardiente que estaba seguro que su corazón no sería el único en arder. Nada… nada en ninguno de los mundos… lo había hecho sentir así. Kurogane se colocó una mano sobre la frente caliente. Aún podía saborear a Fay en sus labios.
"Vaya, vaya, vaya," comentó Ashura mientras observaba al ninja. "Nuestro pequeño Fay debe ser un maravilloso pedazo de carne… para hacerte perder lo estribos así a ti."
Kurogane no dijo nada. Simplemente miró al demente rey de los goblins antes de dirigir su atención al espejo, esperando ver a Fay. No era como si lo que hubiese dicho el hombre fuese mentira. Había sido… glorioso. Además, mentiría si dijera que nunca había imaginado cómo sería… estar con el mago. Ni que decir tiene, también había imaginado un encuentro bajo sus propias condiciones, pero aún así… había sido todo lo que había soñado y más. Sin embargo, al contrario de lo que Ashura estaba insinuando, había sido más que un polvo rápido para él. Significaba algo para él… casi más de lo que se atrevía a admitir, incluso a sí mismo. Pero… ¿había significado algo para el mago? ¿Lo recordaría? Ahora entendía el motivo de su desesperación en el sueño. No era simplemente que Ashura quisiera que olvidase. Era que lo forzaría a olvidar y no habría ni una maldita cosa que ninguno de los dos pudiera haber hecho para evitarlo, incluso si hubiesen recordado. El espadachín puso una mano sobre el muro de cristal de su prisión, su expresión era ilegible mientras miraba la imagen reflejada del cuerpo inmóvil de Fay.
"¿Él… lo recordará?"
"No," respondió Ashura fríamente. "El hechizo era mucho más fuerte en él que en ti. No recordará nada de lo que ha pasado, o de su búsqueda. Si he hecho bien mi trabajo, ni siquiera te recordará a ti."
Kurogane se agitó interiormente de rabia, pero su rostro se mantuvo impasible. Tan enojado como estaba con Ashura por haber torturado tanto a Fay, echando sal en las heridas que aún no se habían podido curar apropiadamente, sabía que no podría soportar dar al hombre nada más con lo que acosarlo. Además, aún había esperanza. Si el hechizo era tan fuerte en el mago, entonces ¿cómo era que había sido el primero en recordar que no deberían estar allí?
Quizás aún haya una oportunidad de que pueda recuperar la memoria, pensó Kurogane mientras su mirada vagaba sobre la inmóvil figura de su mago loco, que estaba tumbado sobre lo que parecía ser un montón de basura. La idea de él, indefenso y solo sin su memoria, hizo que el corazón del guerrero se retorciese de dolor. Fay lo necesitaba… y él no lo podía ayudar. El hombre continuó castigándose mentalmente mientras seguía mirando el rostro inocente y pálido del mago. Espera… ¿pálido? No. Ya no era así. Había un destello de color mezclando con el blanco. Era…
¡La rosa!
¡Oh dios mío! Había pasado de verdad. ¡Realmente se había acostado con él!
Por el más pequeño instante, la ilegible máscara de los oscuros rasgos del ninja se rompió y sus ojos se llenaron de preocupación.
¡Maldito seas, Fay! Por favor… tienes que recordar. ¡Me prometiste que no lo olvidarías!
XxX
De las muchas maneras que habría elegido para despertarse de un profundo sueño, la fuerte esencia de basura en el aire ciertamente no era la primera. No sabía cuánto rato había estado en el espacio entre la vigilia y el sueño, pero fue el hedor a porquería que llenaba su nariz lo que finalmente lo convenció para despertarse y buscar la forma de huir de él. Se sentó lentamente, luchando contra el fuerte mareo que anegaba su mente.
"¿Qué estaba haciendo?" se preguntó con un gemido.
Cuando finalmente fue capaz de abrir los ojos sin que el mundo girase ante ellos, Fay se dio cuenta de que tenía algo firmemente apretado en su mano derecha. Miró y descubrió un melocotón con un mordisco. El único problema que presentaba era que tenía un nido de gusanos viscosos donde debería haber estado el hueso. Fay se estremeció de asco y lanzó la fruta podrida. ¿Había sido él quien lo había mordido? ¡Genial! Seguramente ahora iba a tener gusanos.
Fay miró a su alrededor mientras se deslizaba por el montón de basura. Por un momento, se le pasó por la cabeza que no tenía ni idea de dónde estaba o de lo que estaba haciendo allí.
"¡QUÍTATE DE MI ESPALDA!" dijo una voz de hombre áspera y abandonada en su oído. Fay gritó un pequeño "ah" y se alejó del montón de chatarra… ¡justo cuando un trozo de ésta comenzó a moverse! Cuando la cosa se giró para enfrentarlo, Fay apenas pudo distinguir la figura de un anciano doblado por la mitad bajo un montón de basura. Por alguna razón, la anciana criatura le parecía vagamente familiar, aunque no sabía por qué. Si nuestro querido Fay hubiese tenido pleno control de sus facultades mentales, habría sabido que esa criatura que había ante él, con la excepción de su avanzada edad, guardaba un enorme parecido con Kyle Rondart.
"¿Por qué no miras por dónde andas, jovencito?" preguntó el Kyle-cosa con enojo.
"Estaba mirando," insistió Fay mientras ojeaba la chatarrería otra vez con su mirada vacía. Apenas recordaba nada de ninguna manera. Recordaba a Sakura, a Syaoran y a Mokona. Había… algo sobre un viaje… sonriente… vacío… no, eso no era así. Algo… hacía… que el sentimiento de vacío… desapareciera.
Por cada botón que abría, depositaba un rudo beso en el pecho de Fay. Entonces empezó a besar su estómago, yendo hacia abajo… hasta la cintura. Fay soltó un fuerte gemido cuando comenzó a desatar el cinturón.
De repente, Fay descubrió que le faltaba el aire. Sacudió la cabeza, intentando aclarar su mente. ¿Qué había sido eso?
"¿Y hacia dónde ibas?" el hombre basura continuó con su perorata, aunque el objeto de su diatriba apenas notaba su presencia.
"No me acuerdo," respondió Fay con honestidad.
"¡No puedes mirar por dónde vas si no sabes a dónde vas!"
Fay sólo lo escuchaba a medias. Lentamente, comenzó a vagar lejos de la cosa quejosa. Había… algo más que debería estar haciendo.
Se acercó a él y, con manos temblorosas, abrió su camisa negra de un tirón. Sonrió endemoniadamente mientras dejaba caer la camisa arruinada. Sus manos llegaron rápidamente a la cintura, liberando con facilidad de su prisión la dura longitud de él.
Debilitado, se colocó una mano sobre la frente. ¿Qué le estaba pasando?
"Estaba… buscando algo," dijo lentamente. De eso estaba bastante seguro.
"A ver si es esto," le dijo la criatura de basura, sacando una cosa blanca del montón de basura que había a su alrededor. Fay inclinó la cabeza a un lado, mirando con vacilación la cosa que había en la mano de Kyle Basura. Era un peluche. Se parecía a…
"¿Mokona?" dijo inseguro. Había algo fuera de lugar. Mokona no era un peluche. Mokona era real… ¿no?
"Eso es lo que estabas buscando, ¿verdad?" dijo Kyle Basura amablemente mientras le tendía el muñeco a Fay. Lo cogió y lo miró un momento. ¿Era eso lo que buscaba? Realmente no lo sabía. Claro. ¿Por qué no? Era algo que le resultaba familiar.
"Sí. Gracias," dijo en voz baja, frotando el pequeño peluche blanco contra su mejilla, buscando consuelo. Estaba tan confundido.
"Y ahora," dijo la criatura de basura mientras guiaba a Fay hacia el montón de chatarra del que había salido. "¿Por qué no entras aquí y ves si hay algo más que te guste?"
Dicho esto, el Kyle-cosa empujó a Fay a través de una pequeña puerta… y el confuso hombre se encontró de repente de vuelta a su habitación en Japón.
"¿Japón? ¿Es así como se llama?" dijo con voz adormilada mientras se tumbaba en el futón que había en el centro de la habitación. Recordó vagamente haber llegado allí con Sakura y Syaoran pero… ¿por qué estaban allí? Era… importante para alguien, ¿no? Japón era… un refugio.
Un ligero estremecimiento lo recorrió cuando sintió que la punta de su necesidad lo rozaba por atrás.
"Quiero… ver… tu rostro…" jadeó, agarrando las caderas del rubio y bajándolo lentamente sobre sí mismo.
Fay se hizo una bola, abrazando el peluche contra su pecho como si fuera un niño asustado. Ese sueño… el calor… la desesperada necesidad. ¿Por qué no lo podía recordar? ¿Qué era real… y qué era imaginario?
"¿Qué parte es… el sueño?" gimió, al borde de las lágrimas. Nada tenía sentido.
"Es mejor que te quedes aquí, querido," la áspera voz del Señor de la Basura sonó de repente en la serenidad de la habitación. "Ahí fuera no hay nada que te pueda interesar, no."
Fay se encogió aún más en el futón. No quería tener que enfrentarse con esa pesadilla. Pero a Kyle le importaba un bledo. Sacó a Fay del futón y lo sentó ante un espejo. Entones comenzó a tenderle objetos.
"Ooh, mira estas bonitas muñecas que tienes aquí," le dijo, tendiéndoselas a Fay. Las miró y vio los rostros de Syaoran y Sakura observándolo. ¿Ellos eran… sólo juguetes, también? ¿De veras había conocido a Mokona, Sakura y Syaoran… o todo eso había estado sólo en su mente? Mientras miraba su reflejo en el espejo, se fueron apilando más cosas a su alrededor: libros, frascos de pociones, más muñecas que habría jurado que eran personas reales. Pero nada de eso importaba. Lo que más lo asustaba era su propio rostro. Estaba aterrorizado. Eso lo admitía con relativa facilidad. Pero no importaba cuánto miedo sintiera en su corazón, no conseguía eliminar esa mirada en blanco y vacía de sus ojos. Era como si él no estuviera tras esos ojos.
La atención de Fay fue apartada del espejo por algo nuevo que Kyle le había lanzado a la cabeza. Lo miró y vio un perro negro de peluche tirado a su lado. Dejando caer varias de las cosas que Kyle le había dado, cogió con cautela el animal de peluche. Por un momento tuvo un rostro real, un rostro familiar de ojos rojos. Pero entonces la imagen parpadeó y el rostro comenzó a desvanecerse.
¡NO! Gritó su corazón mientras el muñeco empezaba a desaparecer. ¡No podía desaparecer! El cachorro era real. ¡Lo conocía! ¡No perdería al cachorro!
"Por favor. No me abandones," susurró mientras las lágrimas surcaban silenciosamente su rostro. Sin importar cuanto lo intentara, no conseguía mantener el peluche sólido. Desaparecía en el olvido incluso más rápido.
Se sentía como si su cuerpo se estuviera fundiendo, convirtiéndose en uno con… Se estaba perdiendo dentro del otro hombre. Aunque no era el olvido hacia lo que se acercaba. Estaba siendo creado de nuevo, convirtiéndose en algo mejor… algo completo. Ser abrazado era maravilloso. Ser besado y complacido era divino. Pero esto...
El hombre del sueño… ese maravilloso sueño… ya no podía ver su rostro. Todo estaba desapareciendo. Fay hundió su rostro en el pelo medio desaparecido del perro, ahogando su llanto y manteniéndolo oculto de Kyle.
"No. ¡No quiero olvidar!"
"¿De qué estás hablando, querido?" preguntó Kyle mientras ponía más cosas en los brazos de Fay. El cachorro se desvaneció entre sus manos. No podía recordar qué estaba diciendo. ¿Por qué estaba llorando? Aunque sentía lágrimas en su rostro, su reflejo seguía estando completamente vacío.
"Había… algo… que estaba buscando," murmuró con desespero. Casi lo había recordado. Pero de nuevo se le estaba escapando. Si lo perdía esta vez... se habría ido para siempre.
"No digas tonterías. Está todo aquí. Todas las cosas del mundo que te han interesado están aquí," insistió el Kyle-cosa.
No… no era verdad. Faltaba algo.
"Oh, dios… ¡oh, Fay!" gimió desesperadamente.
El destello de memoria envió una punzada de dolor a su cabeza. Como venida de otra vida, la voz de una joven se abrió paso en su mente, diciendo palabras que luchaban por traer recuerdos con ellas.
"Por increíbles peligros… e innumerables fatigas," Fay comenzó a recitar las palabras, como si no poseyese control sobre su boca. "Me he abierto camino hasta el castillo… más allá de la Ciudad de los Goblins… para recuperar el hombre que me has robado…"
"¿Qué te ocurre, querido? ¿No te gustan tus juguetes?"
Fay dudó por un instante, resistiéndose a la atracción del recuerdo. ¿Qué quería? ¿Qué camino?
¡Por favor, Fay! ¡Recuerda! Aún hay tiempo.
Fue sacado de la confusión del hechizo de Kyle por su propio reflejo… algo que no había visto antes. Tras su oreja había una brillante rosa roja. La intensa fragancia de rosas inundó su nariz mientras alzaba la mano para tocar los pétalos escarlatas.
"Te amo, Fay."
De repente, el mago sintió la presión de cosas contra su cuerpo. Era un conjuro. "Todo es chatarra," dijo con hilo de voz por el descubrimiento.
"¿Y qué te parece esto?" Preguntó Kyle, haciendo aparecer el viejo báculo de Fay de la nada. "¡Esto no es chatarra!"
Fay contempló el báculo, inseguro de su propia realidad.
Kurogane no dijo nada. Simplemente abrazó más a Fay. Le cogió la barbilla con la mano y lo besó lenta y profundamente en los labios.
"Por favor… no desaparezcas."
"¡Sí que lo es!" gritó Fay, cogiendo el báculo y usándolo para hacer añicos el espejo. Kyle se desvaneció y la habitación comenzó a derrumbarse a su alrededor.
"¡Tengo que salvar a Kuro-tan!"
"¡Fay-san! ¡Fay-san!" de repente oyó la áspera voz de Sakura en algún lugar por encima de él. Pronto se le unieron los chillidos gemelos de las Mokona Modoki. Fay avanzó con dificultad entre la basura que lo rodeaba, intentando salir del vertedero. Al cabo de poco, sintió que unas garras peludas cogían sus manos, liberándolo.
"¡Fay-san ha vuelto!" aclamó Sakura, atrapándolo en un demoledor abrazo de oso.
"¡Yay! ¡Fay está bien!" gritó la Mokona negra.
"¡Fay, adivina qué! ¡Ya casi estamos!" gritó la Mokona blanca, señalando hacia una extensión de muro más allá del vertedero. "¡Ésas son las puertas de la Ciudad de los Goblins!"
"Por fin," gritó Fay con alivio mientras caía de rodillas. Pero no fue sólo el alivio lo que lo postró en el suelo. Estaba abrumado… de tantas formas. Igual que Kurogane, de repente recordaba todo lo que había pasado en su sueño compartido. Pero… ¿había sido un sueño? ¿Cómo podía serlo? Aún tenía tras la oreja la rosa que Kurogane le había dado. Esa rosa le había salvado la vida…
Y… Kuro-min… ¿de verdad habían… hecho el amor? El mago se sonrojó profundamente ante el pensamiento. No se avergonzaba de eso… no del todo. Nunca había experimentado nada tan completo y devastadoramente hermoso. Todo lo que había sentido mientras ocurría le parecía tan real ahora como entonces. Verdaderamente amaba a su Kuro-cachorro. No había forma de negarlo. Pero... ¿sentiría Kurogane lo mismo? La línea entre el sueño y la realidad era tan distorsionada que no podía estar seguro de nada. De todas formas, sus meditaciones tendrían que esperar hasta que hubiese sacado a Kuro-pon del castillo.
Lo salvaré de Ashura, pensó mientras se ponía de pie y se unía a Sakura y las Mokonas en el camino hacia las puertas de la ciudad.
… Incluso si piensa en nosotros como amigos… incluso si lo que Ashura dijo era cierto y no le importo… no lo abandonaré.
Sin que ellos lo supieran, una figura mugrienta y encorvada merodeaba entre las inmóviles sombras del vertedero, observando todos sus movimientos.
"Oh, no," masculló Syaoran mientras los compañeros se acercaban a las puertas. Estaban en peligro.
"¡Abrid!" gritó Mokona, lanzándose contra la puerta cerrada. "¡Abrid las puertas!"
"¡Mokona, por favor, no! Vas a despertar a la guardia," siseó Fay, señalando hacia la sombra goblin inmóvil. No sabía si la cosa oscura estaba realmente dormida, pero visto que la criatura no los había atacado, supuso que así era.
"¡Pues que se despierten todos!" vociferó Mokona, volviéndose ligeramente roja por el enfado. "¡Lucharé con todos ellos hasta la muerte!"
"Mokona," suplicó Fay, atrapando en el aire el manju blanco para evitar que siguiera haciendo ruido. "Por favor, hazlo por mí, cállate."
"Bueno, si es por Fay…" comenzó Mokona, volviéndose roja de nuevo, ahora por vergüenza más que por enojo. Dejó caer las orejas con abatimiento y de repente la pequeña bola de pelusa se pareció más a la Mokona que él conocía. "Pero… Mokona no es una cobarde."
"Lo sé."
"Y la Mokona negra está aquí con Mokona."
"Cierto."
"¡Pues entonces lucharemos con quién sea, dónde sea, en cualquier lugar, cuando sea y…!"
Fay suspiró, frustrado, mientras colocaba una mano sobre la boca de Mokona para que se callara. Debía haber algún modo de entrar. Justo cuando iba a abrir la boca para sugerir algo, las puertas se abrieron.
"Bieeeen," dijo despacio.
"¡A LA CARGA!" gritaron las dos Mokona. Mokona se liberó del agarre de Fay y las dos atravesaron las puertas volando. Sakura entró lentamente tras ellas. Fay dudó un instante. Normalmente, no se abría adentrado en una trampa tan obvia, pero realmente no había otra cosa que pudiera hacer. Tendrían que enfrentarse a lo que fuera que Ashura se guardaba en la manga y sobrevivir. En el momento en que Fay entró, las puertas se cerraron de golpe tras él.
"Bueno, no puedo decir que no lo esperase," dijo con calma mientras observaba el patio en el que se encontraban. Donde estaban los compañeros había un trozo de suelo, y más allá de eso había una extensión de terreno que a Fay le recordaba un tablero. Entre ellos y el muro interior de la ciudad había dieciséis cuadrados de obsidiana negra. La única forma de llegar al otro lado era pasando por las baldosas de piedra.
"Esto no me gusta."
Las Mokona Modoki intentaron pasarlas volando, pero ambas fueron repelidas al instante por una barrera invisible.
"Que nadie se mueva," ordenó Fay severamente. Se hacía una idea bastante aproximada de lo que pasaría si hacían esto mal. Tanteó cautelosamente con el pie la losa que tenía ante él. Bajo la ligera presión, la baldosa se partió y se cayó a pedazos, rebelando un abismo oscuro y sin fin bajo ésta.
"Hyuu," el mago soltó su típico silbido falso mientras miraba hacia la oscuridad. "Eso podría haber sido malo." Entonces colocó el pie sobre la losa contigua. Ésta aguantó y Fay se puso encima.
"Id por donde yo pise, todos. Si pisamos alguna de las losas incorrecta, se romperán y seremos historia. Tenemos que encontrar el camino correcto."
Las Mokonas asintieron, ambos saltándose sobre los hombros de Sakura para evitar caer en una piedra errónea. Fay medía sus elecciones. Había una losa justo a su derecha, otra en diagonal a la derecha, otra justo delante de él y otra en diagonal a la izquierda. Escogió la de la izquierda, probando su peso sobre la piedra encantada antes de desplazarse completamente. Sakura se colocó en el punto donde había estado él antes. Siguieron así unos minutos más, moviéndose despacio por el terreno, probando losas, algunas veces acertando y otras, fallando… hasta que por fin estuvieron a un paso del otro lado y de la seguridad (de una seguridad relativa. Después de todo, estaban entrando en una ciudad goblin.) Fay estaba escogiendo la última losa cuando a Sakura le resbaló un pie accidentalmente y apoyó algo de peso sobre la baldosa maldita que había al lado. Cuando Fay oyó el revelador sonido de piedra rompiéndose, se giró para estirar a Sakura, pero ella balanceó los brazos en un intento de mantener el equilibrio. Su gigante y peluda extremidad dio de lleno a Fay. El golpe inesperado lanzó al mago hacia el aire. Éste aterrizó sobre una de las piedras negras. Apenas tuvo tiempo de horrorizarse antes de que la suave superficie negra se convirtiera en polvo y cayera en la oscuridad.
Intentó aferrarse al borde mientras caía. Pero sus dedos no llegaron. Cerró los ojos, desesperado, mientras se dejaba caer.
He fallado. Está demasiado lejos… demasiado alto. ¡No puedo alcanzar! Ya no puedo... alcanzarlo a él. Estaba tan cerca... pero he fallado... igual que antes. ¡De nuevo es culpa mía!
Pero justo cuando se estaba consignando a la oscuridad final del laberinto, al destino que pensaba que se merecía, sintió que una mano aferraba la suya.
"¡Fay-san!"
Espera. ¡Ésa no es la voz de Sakura-chan!
Fay abrió los ojos… y vio el rostro de Syaoran.
"¿Sy-Syaoran-kun?"
"¡Aguanta, Fay-san! ¡Aguanta! ¡Te sacaremos de ahí!"
El mago echó una ojeada más allá del chico y vio a Sakura sujetándolo por las piernas. Syaoran se había lanzado al agujero en el último momento, apartándolo de las fauces del laberinto. Sakura debía haberlo atrapado cuando se había lanzado.
Fay miró confundido el rostro del joven mientras Sakura los estiraba hacia arriba. Pero Syaoran no pudo aguantarle la mirada. La apartó de él, con el rostro teñido por la vergüenza.
"Syaoran-kun, ¿cómo has…?"
"No voy a pedirte perdón, y no me avergüenzo de nada de lo que he hecho," dijo con aspereza mientras Sakura los depositaba sobre terreno sólido. "Ashura me obligó a darte ese melocotón. No me importa lo que pienses de mí… y no tengo interés en que seamos amigos." Syaoran estaba preparado para levantarse y salir para siempre de sus vidas… cuando de pronto sintió que los brazos de Fay lo rodeaban en un abrazo compasivo.
"Te perdono, Syaoran-kun," susurró al oído del chico. Se había sentido triste y decepcionado por su traición… pero lo entendía.
Syaoran se apartó de él, con el rostro lleno de confusión y sorpresa.
"¿M-me perdonas?"
Fay asintió mientras se ponía de pie, ayudando al joven a hacer lo mismo.
"Syaoran-kun y Sakura amigos," dijo el amable gigante, atrapándolo en un abrazo de oso. Eso no era muy extraño en ella. Lo que sí era extraño fue lo que pasó cuando la cabeza de Syaoran contactó con su pecho. La pluma negra que llevaba tras la oreja comenzó a cambiar. Brilló, tembló, y finalmente se transformó en una de las plumas blancas de memoria que Fay conocía tan bien. La pluma recién transformada se fundió con Sakura y, justo ante sus ojos, ella empezó a cambiar.
Su voluminoso cuerpo empezó a encogerse. Los cuernos se replegaron en su cabeza y las greñas rojas comenzaron a retroceder, dejando una piel suave y rosada en su lugar. La enorme mandíbula desapareció, mostrando un rostro hermoso y joven. Cuando finalmente la transformación se hubo completado, la Sakura que Fay conocía yacía desnuda y exhausta en los brazos de Syaoran.
Syaoran simplemente miró a la joven que había entre sus brazos, demasiado sorprendido para hablar. Pero, cansada como estaba, Sakura parecía saber qué decir. Alzó una mano y acercó el rostro de Syaoran al suyo.
"Syaoran," empezó a susurrar a su oído. "Gracias." Entonces presionó sus labios tiernamente contra los de él. Cuando finalmente se separaron, hizo una pausa para mirar profundamente en sus ojos verdes. Entonces abrazó su cuerpo tembloroso contra él con fuerza.
"Por fin," susurró, medio ahogándose con las lágrimas. "Estuviste… siempre conmigo. ¿Por qué nunca me di cuenta? Lo siento tanto, Sakura. ¡Todo es culpa mía!"
"Calla," dijo la chica de ojos verdes, colocando alegremente un dedo sobre sus labios. "No pienses en eso ahora, mi amor. Lo único que importa es que volvemos a estar juntos. Me habéis liberado, tú y Fay-san."
"Mimosos, mimosos, pajaritos amorosos," dijo la Mokona negra con voz cantarina.
"Eh… ¿le importaría a alguien explicarme esto?" Preguntó Fay mientras se quitaba el abrigo y envolvía con él el cuerpo desnudo de Sakura.
"Sakura es… el motivo por el cual he estado trabajando para Ashura. Ella es lo que he estado buscando; ella y esta pluma que nunca supe que ya tenía."
"Syaoran es el príncipe de nuestra tierra, Clow," comenzó a explicar Sakura. "Él y yo crecimos juntos, y nos amábamos mucho, a pesar de que él era un príncipe y yo sólo era la humilde hija de una adivina."
"Nos íbamos a casar," dijo Syaoran con amargura mientras se alzaba del suelo, alzando a su amor con él.
"Pero yo… no me lo merecía. Deseé que pudiera encontrar alguien que fuera digno de él. Y… Ashura vino y concedió mi deseo. Me raptó en medio de la noche y me transformó en esa horrible bestia, dándole a Syaoran la oportunidad de encontrar otra persona."
"¡Pero yo no quería otra persona!" insistió Syaoran, dirigiendo esa parte del discurso más a Sakura que a Fay. "La seguí hasta aquí, pero ya era tarde. Ashura dijo que si quería romper el hechizo, tenía que servirlo. Mientras tanto, podría buscar una pluma encantada que restauraría sus recuerdos y su forma humana. Rastreé todo el laberinto, guardando todas las plumas que encontraba. Ashura seguía diciéndome que aún no había encontrado la correcta, pero… debe haber estado mintiendo. Esa pluma negra fue la primera que encontré. Pero ni eso me habría servido si no hubiese sido capaz de encontrarla a ella. Pero tú, Fay-san, nos has reunido."
"¿De veras?"
"Sí. En el pantano," dijo Sakura entre risitas. "Y ahora… te ayudaremos a reunirte con aquél que más te importa."
Fay abrazó a los dos niños. Aunque era cierto que eran un poco mayores para ser considerados como tales y no eran sus niños, era tan maravilloso ver que habían encontrado la felicidad… incluso aunque no fuesen los que él conocía. Quizás había esperanza para el Syaoran y la Sakura reales.
"Gracias."
"No. Gracias a ti, Fay-san," respondió Sakura. "Quiero devolverte el favor. Puedo ver cuánto significa ese hombre para ti."
"Bueno, ¿a qué estamos esperando?" dijo Syaoran. "¡Vayamos a por esa rata que se hace llamar Ashura!"
"¡YAY!" vitorearon las Mokona mientras guiaban la marcha hacia la Ciudad Goblin.
XxX
Kurogane se podría haber pegado a sí mismo. Debía ser por todo el tiempo que había pasado con el mago. En ese mismo instante, sentía ganas de hacer algo que fuera en contra de todo su entrenamiento ninja. ¡Tenía ganas de saltar y ponerse a bailar de alegría! Joder… bailar… de alegría. El mago estaba vivo. Había sobrevivido al laberinto, vencido los trucos de Ashura sin usar su propia magia, y ahora estaba de camino al castillo. Pronto saldrían de ese lugar de locos. ¡Nada lo podría parar ahora! O eso pensaba hasta que miró a Ashura, aún tumbado en su trono.
"¡Eh, tú!" le gritó. "¿No estás ni un poco preocupado? No sé si te has dado cuenta, pero ha roto tu estúpido hechizo. No podrás detenerle."
"Ah. ¡Qué confianza! Qué fe que el hombre que amas entrará corriendo por esa puerta en cualquier momento y te rescatará." Con eso, los teatrales y excéntricos gestos de Ashura se transformaron drásticamente. De repente su rostro perdió todo el buen humor y sus ojos fríos y muertos se clavaron en Kurogane como dos rayos de hielo. "Desafortunadamente, pequeño ninja, no todo el mundo puede tener su final feliz. ¿Qué esperabas? ¿Vivir feliz para siempre? Lamento decírtelo, cariño, pero no funciona así."
Lo cierto era que Kurogane había sentido miedo antes. Pero lo había sentido tan poco que apenas reconoció el frío peso dentro de su pecho mientras Ashura volvía aquellos ojos locos sobre el reflejo triunfante de Fay. Estaba asustado… temía por Fay. ¿Qué más le podría hacer el Rey Goblin?
De repente, los ojos de Ashura se volvieron hacia él, como si hubiese oído sus pensamientos.
"Al entrar en la ciudad, el pequeño Fay ha activado las defensas finales. Como ha usado la magia oscura prohibida, no será capaz de resistir mi poder. La pesadilla final pronto empezará. Os obligaré… ¡a destruiros mutuamente!"
Kurogane apenas pudo callar una exclamación de horror. ¡No! ¡No era cierto! Él nunca heriría a Fay. ¡Ese loco hijo de puta no podía obligarlo a hacer nada!
"¿Eso crees? No tienes elección. Vas a matar a Fay," lo dijo con tanta convicción que, por un momento, Kurogane temió que ya lo hubiera hecho.
"¡Te obligaré a hacerlo!"
XxX
NdT: siento muchísimo haber tardado tanto en colgar este capítulo. Dije que sólo tardaría un par de días de más, y ha resultado ser un mes entero. La razón es que, aún estando en las vacaciones escolares, tengo mucho trabajo en casa, así que apenas he tenido tiempo de ponerme con esto. De aquí a unos días comenzaré el nuevo curso, esta vez en la universidad, pero intentaré colgar el último capítulo antes de empezar. A ver si me da tiempo. Espero no haberos hecho enojar mucho. ¡Hasta pronto!
