NdA: Aviso: Hay un lemon en este capítulo, pero puesto que no recibí ninguna queja del último, no me siento obligada a decir dónde está. Me imagino que si molesta a algunas personas, pueden decir dónde deberían parar de leer y dónde empezar de nuevo. También hay uno o dos pequeños spoilers del capítulo 182 en adelante, si no habéis llegado a esa parte del manga.
Disfrutad del último capítulo. Espero que no se os haga demasiado largo.
NdT: Aquí está el último capítulo de esta fantástica historia. Antes de nada, me gustaría dedicar este capítulo a mi querida amiga nekoumori como regalo de cumpleaños y para darle las gracias por su colaboración, ya que sin ella, que me introdujo en , hoy no estaríamos aquí disfrutando de otra maravillosa historia en castellano. ¡Muchas gracias y disfrútalo!
El Centro del Laberinto
Capítulo 6: Un deseo de despertar
Sus primeros pasos fueron desinhibidos mientras Fay y sus compañeros entraban en la Ciudad Goblin. Todo estaba en silencio. No se movía nada… y eso era lo que Fay encontraba perturbador.
"Esto no me gusta," susurró por segunda vez.
"¿Dónde están todos?" preguntó Sakura.
"Obviamente han oído que las Mokona Modoki venían y se han asustado," anunció Mokona, hinchando el pecho con orgullo.
Como llamados por ese comentario irreflexivo sobre su cobardía, un enjambre de sombras goblin se lanzó sobre ellos. De repente, la ciudad se llenó de sombras retorcidas y chillonas. Al cabo de poco, estuvieron completamente rodeados.
"Eh... creo que ese comentario sobre el miedo ha sido inadecuado," dijo Fay, pidiendo disculpas con una sonrisa al muro de sombras furiosas que los rodeaba. Pero éstas no se apaciguaron. Las sombras se lanzaron sobre nuestros héroes a la vez, con los colmillos y las garras sobresaliendo de la oscuridad respirante. Syaoran, Sakura y las hermanas Mokona usaron su magia para luchar contra las sombras. Fay era el único que no tenía nada con lo que luchar. Así que esquivaría todos los golpes que le enviaran, aunque sabía que no los podría eludir eternamente.
Syaoran fue el primero en darse cuenta de que Fay estaba indefenso e inmediatamente irrumpió para ayudarlo. Sakura no se quedaba corta. Fay encontraba interesante observar el estilo de lucha de esta Sakura. La Sakura que conocía era tímida y recatada y, hasta donde sabía, no tenía ninguna habilidad de lucha. Esta Sakura no era tímida en absoluto. Si Sakura-hime hubiese estado en esa situación, no habría sido capaz de luchar por miedo o por vergüenza. A esta Sakura no parecía importarle ni una cosa ni la otra. Cada vez que realizaba uno de sus poderosos ataques mágicos, el abrigo de Fay ondeaba con fuerza. Pero a ella no parecía importarle. Siguió luchando… hasta que unos de los demonios le clavó sus colmillos venenosos en el cuello.
"¡SAKURA!" gritó Syaoran mientras ella caía, moviéndose inmediatamente para cogerla. Las Mokonas se acercaron rápidamente para cubrir a la pareja. Fay se quedó donde estaba, observándolos, incapaz de moverse.
"¿Sakura… hime?" susurró, abrumado por los recuerdos. Estaba de vuelta en el estadio… su espada estaba hundida en el pecho de Sakura, su rostro cubierto por la sangre de ella. Había sido incapaz de detenerlo… igual que ahora.
"¡Sakura! Sakura, ¿me oyes?" gritó Syaoran desesperadamente.
"Lo… siento," susurró ella, alzando una mano hacia su rostro. El veneno era rápido.
"¡No! ¡No digas eso, Sakura! ¡No te puedes rendir! Quédate conmigo," suplicó él, abrazándola contra su pecho.
Puedes detener esto. Sabes que puedes.
Fay se tensó ante la voz. ¿Ashura? ¿El báculo? No estaba seguro.
Eso podría curarla.
"T-te am..." la voz de Sakura se apagó a media frase. Su cabeza cayó a un lado desesperanzadoramente.
"¡NOOOO!" gritó Syaoran.
Aún no es tarde. Podrías salvarla… y vencer la armada goblin.
"¡NO!" gritó Fay, cayendo de rodillas y cogiéndose la cabeza. Había jurado que no volvería a usar el báculo. "¡DÉJAME EN PAZ!"
Dime, ¿cómo pretendes luchar contra criaturas incorpóreas? ¿De veras la dejarás morir... otra vez?"
De repente, Fay sintió unos brazos alrededor de su cintura. Sabía que no había nadie, pero aún así podía sentir cómo las manos serpenteaban por su cuerpo, hasta sus hombros y por sus brazos para coger sus manos firmemente. Entonces, el báculo apareció en ellas. Se derrumbó sobre los brazos que lo rodeaban, pero aún así lo forzaron a sostener el báculo oscuro.
"¡SAKURA! ¡POR FAVOR, NO ME DEJES!" oyó que gritaba Syaoran.
¡NO! Dijo otra voz en su cabeza. Si haces esto, no habrá vuelta atrás. ¡No quiero perderte!
Desafortunadamente, la otra voz era más fuerte.
Si no haces esto, entonces tú lo perderás a él… para siempre.
Eso fue todo lo que necesitó. Fay cogió el báculo firmemente mientras se ponía de pie.
¡HAZLO!
Fay giró el báculo hacia Sakura y le lanzó una ráfaga rápida de energía curativa. Intentó mantener el control del báculo mientras se volvía para enfrentarse a la armada goblin, pero falló. El báculo lo tenía completamente en su poder.
Fay se había ido.
XxX
"Así pues, Kurogane, ¿qué opinas de mi creación?" preguntó Ashura con suficiencia.
La verdad sea dicha, Kurogane estaba horrorizado por su "creación", pero no lo reflejó en su rostro. Lo único que se podía ver en él era ira.
"¿Qué le has hecho?"
"¿Yo, personalmente? Nada. Yo sólo he empezado el proceso dándole el báculo. Ha sido su elección usar el poder. El pequeño Fay se lo ha buscado."
¿Elección? ¿Qué elección? No había habido ninguna elección. Ashura lo había arrinconado, no dejándole ninguna otra opción. Aunque Fay no fuera un vampiro aquí, Kurogane imaginó que tendría un aspecto parecido al de ahora si alguna vez su lado vampírico se volvía loco. Unos colmillos prominentes sobresalían de su boca y unas garras asesinas brotaban de sus dedos. Sus movimientos eran más fluidos de lo normal, más animales. Sus hermosos ojos azules habían desaparecido, reemplazados por unos de un abrasador dorado; y al igual que no había ni rastro de azul en sus ojos, tampoco había ningún rastro de humanidad. Fay ya no estaba usando el báculo; el báculo lo estaba usando a él. Al ninja le dolía ver al mago así. Kurogane quería que Fay volviera. Quería que su Fay volviera.
"¡Tráelo de vuelta!" siseó peligrosamente.
"No puedo hacerlo. El poder del báculo es independiente. Yo simplemente le di vida."
"¿Podrá… volver?" preguntó el espadachín, inseguro.
"Oh, eso espero. Quiero ver el aspecto de su rostro cuando te mate. Quiero ver cómo la luz abandona sus ojos."
Kurogane estampó un puño inútilmente contra el cristal, expresando su rabia de la única forma en que podía. No era la idea de su propia muerte lo que lo asustaba. No temía la muerte. Lo que lo asustaba era el pensamiento de lo que su muerte le haría a Fay… especialmente si ésta era causada por él. No era sólo que el mago moriría sin su sangre si no que, a juzgar por lo que había visto durante las doce horas pasadas, semejante cosa lo destruiría desde dentro. Dejar a Ashura que hiciera con él lo que quisiera… eso podía soportarlo; pero no podría soportar ver a Fay herido… ya no.
"No más," dijo. En su voz había una orden silenciosa.
"¿Qué has dicho? No te he oído," el Rey Goblin hizo una mueca desdeñosa mientras bajaba la jaula hasta el suelo.
Kurogane se puso de rodillas dentro de la esfera de cristal, con las manos ante él de forma suplicante. Le parecía tan embarazoso. Nunca se había rebajado a pedir clemencia… ¡nunca! Pero ahora ya no le importaba. A la mierda el honor. Fay era demasiado importante para eso.
"Por favor," empezó a decir con calma. "Déjame ir a él. No vendrá aquí mientras esté así y sé que eso es lo que quieres. Déjame intentar traerlo de vuelta."
Por un momento, Ashura pareció considerar la súplica… pero entonces le mostró la misma mueca malvada.
"¿De veras te preocupas por él? ¿Estás dispuesto… a dar la vida por él?"
"Sí," respondió sin dudar.
"Está bien pues. Vamos, pequeño Kurogane, tráelo de vuelta… si crees que puedes."
Los ojos de Kurogane se abrieron momentáneamente por la sorpresa. Había esperado muchas respuestas a su petición, pero ésta no era ninguna de ellas. ¿Por qué le dejaba ir? ¿Dónde estaba la trampa?
"¿A qué estás esperando? Cuanto más tardes, más probable es que lo pierdas para siempre. Puede que tu voz sea la única cosa que lo pueda llamarlo de vuelta. Ve."
XxX
Syaoran había visto muchas cosas durante el tiempo pasado en el laberinto. Pero nunca en su corta vida había visto semejante destrucción gratuita. La Ciudad Goblin estaba en ruinas. La armada de sombras goblin había huido aterrorizada por el poder del báculo. Pero aún así, Fay había conseguido destruir a varios de ellos. Cuando ya no quedaban más para asesinar, el mago había vuelto su deseo de destrucción hacia la ciudad. Ahora, en vez de sombras, estaban rodeados por fuego, humo y escombros. Syaoran estaba agradecido porque el mago hubiera podido curar a Sakura antes de perder el control, pero ella aún estaba débil… y honestamente temía lo que haría Fay cuando ya no quedara nada que destruir. ¿Se volvería contra ellos? ¿Sería capaz de proteger a Sakura?
"¿Syaoran?" Sakura tosió débilmente. "¿Qué es eso que se nos está acercando?"
El joven miró en la dirección que ella señalaba y vio una figura oscura que se movía hacia ellos a través de las llamas. Cuando estuvo más cerca, la figura tomó una clara forma humana.
"¡Es él!" jadeó Syaoran, sorprendido. "¡El ninja!"
"¡Mago!" gritó la poderosa voz del espadachín una vez estuvo dentro del campo auditivo de la criatura enloquecida. La bestia cesó sus destrozos, no porque lo reconociera, al contrario, no había ningún signo de reconocimiento en sus ojos. Fueron el poder y la insistencia de la voz lo que atrajeron su atención. ¡Un desafío! ¡Carne fresca! ¡Algo nuevo para destruir!
Kurogane extendió su espada desenvainada hacia la criatura. Desafortunadamente, Ashura no le había permitido llevar la funda. Hubiera preferido no luchar contra el mago con la espada desnuda estando él en ese estado. Sin embargo, haría las cosas con lo que disponía. Miró fijamente a los ojos a la criatura que le había quitado a Fay.
"Sé que aún estás ahí. Vas a regresar. Volveremos juntos a casa." Dijo con voz firme y calmada.
No hubo reconocimiento en los ojos sanguinarios de la cosa poseída, pero ante el sonido de esas palabras tranquilizantes, Fay se despertó bajo la conciencia del báculo. Se encontró mirando a Kurogane a través de sus propios ojos, incapaz de hablarle, incapaz de acercarse a él y advertirle de que corriera… de que ya era tarde. Pero no podía hacer nada. Su cuerpo no le pertenecía.
¡Por favor, Kuro-min, corre! No puedes salvarme. ¡Es demasiado peligroso!
La criatura se lanzó sobre Kurogane, lanzándole rayos mientras acortaba la distancia entre ellos. Kurogane los esquivó con facilidad. Casi más rápido de lo que el ojo podía captar, ya estaba sobre él, bajando el báculo para golpearle la cabeza. Rápidamente alzó la espada para protegerse del golpe. Saltaron chispas cuando el metal chocó contra la magia. De nuevo, clavó la mirada en los ojos de la bestia. Podía sentir cómo deseaba su sangre por la forma en que sus armas se presionaban la una contra la otra, luchando por dominar. Contra su voluntad, el espadachín sitió que la ira crecía en su pecho. ¡Esta cosa no era Fay!
"¡HAZLO VOLVER!" gritó, dejando que su ira lo venciera. Presionó fuertemente con Sohi, forzando a la criatura a retroceder. Rápidamente, aprovechó su ventaja, lanzando una cuchillada, poniendo todo su poder en ella.
El demonio cayó hacia atrás cuando la espada lo cortó en el pecho. Un grito agudo escapó de sus labios y, de repente, ya no era sólo la criatura… era Fay. Kurogane retrocedió, horrorizado por lo que había hecho. Fay aún estaba ahí. ¿Cómo había podido olvidar eso? El horror lo abrumó mientras contemplaba su espada. ¿Qué le había dicho siempre al chico? Si no vas con cuidado, puedes cortar lo que no pretendías cortar. Era demasiado consciente de la intensidad de su propio gusto por la sangre. Bueno… esta vez no cedería ante ella. Sacaría a Fay de la oscuridad… incluso aunque le costara la vida.
Kurogane miró la herida del pecho de Fay. El demonio estaba tan enfurecido por el ataque que ni siquiera se había molestado en curarla. La sangre manaba de ella, cubriendo su pecho. Fay no estaba en un peligro inmediato, pero la herida podría resultar fatal si no era tratada debidamente. Una vez hecho el balance, Kurogane alzó la espada por encima de su cabeza… y la lanzó con todas sus fuerzas tan lejos como pudo. El arma desapareció entre las llamas. Entonces, volvió a clavar la vista en los ojos de Fay.
"No alzaré una espada contra ti mientras estés así. Es posible que me mates… lo sé. I sé que te podría haber vencido fácilmente con Sohi… pero entonces habrías resultado herido… y no podría soportarlo."
El auténtico Fay le oyó. La expresión del rostro del ninja no había cambiado, pero Fay empezaba a darse cuenta de lo bien que entendía el lenguaje de sus ojos. Decían tanto ahora… cosas demasiado profundas y personales para ser expresadas con simples palabras.
Te amo. Siempre te protegeré… incluso si mi vida acaba esta noche.
¡NO! ¡POR FAVOR! Gritó Fay mentalmente. ¡Yo también te amo! ¡Por el amor de dios, Kuro-sama, corre! ¡No te quedes aquí y mueras! ¡TE LO SUPLICO!
Pero la bestia en su interior no se movió a causa de los gritos desesperados de Kurogane ni por sus apasionadas palabras. Una mueca cruel torció su rostro mientras se lanzaba sobre él, agarrando al hombre indefenso por la garganta. Incluso mientras le robaban la vida, asfixiándolo, Kurogane alzó débilmente las manos y las colocó sobre el brazo que lo sostenía.
"Por favor," susurró. "Despierta."
¡IDIOTA! Continuó gritando Fay, intentando romper el control del báculo. ¡No te mueras, maldito seas! ¡Lucha! ¿Por qué no luchas?
¡Sí! Pensó Kurogane triunfante mientras su visión comenzaba a oscurecerse por los bordes. Por un pequeño momento, había visto un destello de azul entre el oro líquido. Durante ese último momento, el rostro que amaba estuvo ante él, aunque estuviese inundado de terror. Durante ese mínimo instante, la presión en su garganta se aflojó. Pero al siguiente el demonio volvió, hundiendo las garras en su pecho y arrancando de él su corazón palpitante.
Cuando sintió que el cuerpo de Kurogane se desplomaba bajo su agarre, cuando sintió cómo su último aliento escapaba de sus pulmones, cuando vio que la luz abandonaba sus ojos rojos, dejándolos abiertos y vacíos… Fay lo perdió.
¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!
El demonio reaccionó ante su angustia. Se volvió aún más loco que antes. Gritos dementes e inhumanos escapaban de su boca y se desgarró la herida del pecho, derramando más sangre. Fay y el báculo tenían ahora la misma opinión, no queriendo más que perderse en la destrucción. Y las únicas cosas que quedaban por destruir eran… sus compañeros. La bestia recogió el báculo de dónde había caído durante la refriega y arremetió contra los otros.
"¡Fay-san!" gritó Syaoran mientras desenvainaba su propia espada, interponiéndose para defender a Sakura. "¡Detente! ¡Recuerda quién eres!"
"¿POR QUÉ?" gritó la criatura mientras lanzaba un ataque tras otro de magia abrasadora contra el joven. Éste los esquivó todos y se las apañó para desviarlos lejos de Sakura. Pero sabía que no sería capaz de seguir así para siempre… no contra semejante poder impresionante.
"¡QUIERO MORIR!" dijo la voz de Fay, abriéndose paso a través de los gritos airados de la bestia.
Por favor, alguien… ¡quién sea! ¡Dadme muerte! ¡Matadme! Enviadme... con Kurogane. ¡Dejadnos estar al fin juntos!
Fay.
El atormentado mago de repente oyó la voz del ninja en su cabeza, sintió su presencia a su alrededor como si estuviera justo a su lado. Se desplomó, como si ya no se pudiera sostener a sí mismo. Se hizo una bola y sollozó desoladamente. Debido a la súbita pérdida de su rabia espiritual, el demonio que poseía el cuerpo de Fay se dejó caer de rodillas débilmente.
¡Kurogane! Lo siento… lo siento tanto. No podía controlarlo... ¡no podía detenerlo! De nuevo es culpa mía. ¡Lo he destruido todo! ¡Perdóname! ¡Por favor, perdóname por lo que te he hecho! Te... te he matado. ¡Oh dios mío, te he matado! Te he asesinado con mis propias manos.
Shh.
De súbito, Fay sintió unos brazos cálidos que lo rodeaban, abrazándolo, meciéndolo suavemente. Unos labios se presionaron contra su oreja, susurrándole sinsentidos reconfortantes.
No eras tú. No debes pensar que fuiste tú.
Fay mantuvo los ojos fuertemente cerrados. No quería despertarse y confirmar que estaba alucinando… el último sueño cruel de una mente antes de caer irrevocablemente en la locura. Ese pequeño consuelo lo hizo llorar aún más, sabiendo que nunca volvería a sentir de verdad esos brazos rodeándolo.
Shh. No llores. Estoy aquí. Estamos juntos. Sólo aférrate a mí.
Fay se aferró al cálido cuerpo, aunque sabía que no estaba allí. Quería detener en tiempo en ese momento, para abrazarlo y no dejarlo ir nunca. En este último instante, podía hacer ver que Kurogane aún estaba vivo, que no tendría que enfrentarse a una vida sin él.
Por favor, suplicó. Deja que éste sea mi último momento. Déjame soñar contigo para siempre. ¡No me dejes!
No voy a ir a ninguna parte. Siempre estaré contigo.
¡No digas eso! ¡No digas adiós!
No quería decir eso.
¿No puedes... esperar un poco más? No tardaré mucho. Déjame ir contigo.
Súbitamente, Fay sintió que el abrazo se estrechaba, hasta el punto de casi ser una llave de estrangulamiento. ¡Quieto ahí, mago! Aún no lo pillas, ¿verdad? Nadie se está muriendo. No me has matado.
¿De qué estás hablando?
Abre los ojos. La voz del ninja volvía a ser suave. Fay sacudió la cabeza, no queriendo ver la realidad.
Fay, volvió a decir esa voz extrañamente suave. Suave, pero firme. No invitaba al debate. Finalmente, Fay abrió los ojos... y descubrió que Kurogane estaba realmente allí con él, abrazándole y sonriéndole.
¿De veras… eres tú? Susurró, apenas atreviéndose a sentir esperanza. Kurogane se inclinó y apoyó su frente contra la de Fay.
Sí. Estoy realmente aquí contigo, hablándote espiritualmente.
Pero entonces… ¿qué ha pasado? ¿Qué he...?
Esa cosa que destruiste no era yo. Era un títere creado por Ashura para atormentarte. Actuaba exactamente igual que yo. Intenté actuar a través de él, pero… aún no domino esto de la magia y la espiritualidad. Aún estoy vivo, en el castillo.
¡Gracias a Dios! Gritó el mago, hundiéndose en el abrazo del hombre mientras las lágrimas, ahora más de alegría que de pena, inundaban su rostro. Tenía tanto miedo, Kuro-rin. Pensaba…
Shh, Kurogane lo volvió a silenciar, abrazándolo más fuerte para consolarlo. Ya sé lo que pensabas. Todo está bien. Estoy aquí. No volveré a abandonarte.
Pero... ¿qué podemos hacer? No puedo vencer a esta cosa.
Sí, sí que puedes. Debes hacerlo.
¿Cómo?
Demonios, Fay, si tú no sabes cómo luchar contra la magia, ¿quién lo sabe? Todo lo que yo sé es luchar. Sé que la estrategia es su punto vital. Quizás no puedes igualar a Ashura en poder mágico, pero no hay nada invencible. Cuando te enfrentas a un oponente, usas su propia fuerza contra él. Tenemos que encontrar el punto débil de Ashura. Así es cómo puedes derrotar a esa cosa.
Fay sopesó las palabras del ninja mientras Kurogane lo alzaba hasta dejarlo sentado. Medio esperaba que, después de hacerlo, lo soltara, pero no lo hizo. Sus brazos permanecieron alrededor de su cintura y sus hombros, pero sin apretar. Se ruborizó ligeramente cuando se dio cuenta de que estaba sentado, de hecho, sobre el regazo de Kurogane. Se apoyó ligeramente en su abrazo, saboreando la sensación del pecho del espadachín subiendo y bajando contra su espalda. Por ese breve momento, todos los demás pensamientos desaparecieron de su mente. Se sentía tan aliviado de poder oír los latidos de su corazón, tan agradecido de saber que aún estaba vivo, que nada más parecía importar. Desafortunadamente, al cabo de poco su felicidad fue empañada por algo repugnante. La sensación de los brazos de Kurogane rodeándolo lo llevaron directamente de vuelta a la ciénaga de los sueños… a la pesadilla en la que estaba inmovilizado bajo Kurogane y el guerrero no quería nada más que su cuerpo. Se puso tenso, temiendo de repente estar soñando de nuevo y que le quitaran esa calidez, substituyéndola por unos ojos indiferentes y por un roce falso.
Kurogane había estado teniendo los mismos pensamientos cálidos que Fay. Había estado agradeciendo a cualquiera deidad que hubiera el haber conseguido alcanzar el corazón de Fay antes de que atravesara el límite… aunque todavía no tenía ni idea de cómo lo había hecho. Había estado esperando que el mago se apartara de él, pero se sorprendió felizmente cuando no lo hizo. Inseguro, apoyó la barbilla sobre su cabeza, contento de que Fay le diera la espalda, de manera que no podía ver el matiz rojizo que no conseguía controlar. Tuvo que resistirse al impulso de abrazar al mago con más fuerza. Incluso mientras una sonrisa ligera y tierna se abría paso en su rostro severo, no podía evitar que su mente vagara hacia las peores posibilidades… de lo que habría podido pasar si no hubiese podido intervenir. ¿Habría desaparecido Fay… para siempre?
De repente, Kurogane sintió que el mago se ponía tenso y todos aquellos pensamientos oscuros lo asaltaron. Fay era frágil, ahora. Incluso la más pequeña inclinación en la balanza del poder podía destrozarlo. Su seguridad era lo que importaba ahora mismo… no sus propios sentimientos confusos.
¿Qué pasa? Le preguntó, deseando que sus sobreprotectores brazos no se apretaran en torno al cuerpo del mago.
Kuro-pin… ¿por qué has venido?
Kurogane suspiró, ligeramente frustrado. ¿De veras era necesario que lo preguntara?
He venido porque me necesitabas. Ashura no me podía mantener preso para siempre. Quería protegerte. Yo… siempre quiero estar aquí para ti… por si me necesitas.
¿Y por qué... sientes la necesidad de protegerme a mí?
Otro suspiro escapó de los labios del espadachín. Aquí estaba. El momento que había estado temiendo y esperando… el momento que había estado deseando que no llegara y, al mismo tiempo, la única cosa que quería por encima de todo. Era un hombre de acciones, no palabras, y con Fay, las pocas palabras que tenía que decirle no le resultaban fáciles de pronunciar. Deseaba tanto abrir su corazón a ese hombre, contarle la verdad y darle todo lo que era… pero las palabras no le salían. Esto no era el sueño. En su mente había otras cosas aparte de la deslumbrante sonrisa de Fay. Pero… incluso esas cosas le estaba pareciendo cada vez menos importantes si las comparaba con el hecho de que, incluso si todo había sido un sueño, aquella sonrisa había sido real. Quería volver a ver esa sonrisa.
Porque… me importas. Me importas más… que la vida misma. No podía quedarme ahí plantado y ver cómo ese loco bastardo te hacía daño.
Fay empezó a llorar silenciosamente, un ojo derramando agua salada y el otro derramando agua dulce. Era la respuesta que había estado esperando en secreto… y eso iba a complicar mucho las cosas. Amaba a Kurogane. Siempre lo había amado. Lo había sabido desde el momento en que sus miradas se habían encontrado en la tienda de Yuuko. Por supuesto, no siempre había sabido qué era lo que sentía exactamente por el ninja. No lo había reconocido por lo que era hasta ese momento en que se despertó en Tokio, vio la preocupación en su rostro normalmente estoico y supo, incluso en el preciso momento en que reconocía su amor, que nunca podría tenerlo. Y ahora… ahora sabía que Kurogane le correspondía. La red de mentiras que el Laberinto había intentado tejer en su corazón sólo había servido para confirmarle lo que el guerrero sentía por él. Ahora… en el preciso momento en que debería estar abrazándolo, besándolo y diciéndole cuánto lo amaba, Fay podía sentir cómo su corazón se hacía pedazos. Ashura podía haber mentido sobre muchas cosas, pero había algo que había dicho que Fay sabía que era cierto. Su propia felicidad destruía la felicidad de los demás. En Tokio, había jurado que no se permitiría enamorarse de Kurogane. Si había amor, sólo habría dolor para ambos… y Kurogane saldría malparado por su culpa. Había roto su juramento. Sin darse cuenta, se había enamorado completamente de él. Lo había arruinado todo. Ciertamente, el espadachín había demostrado su amor una y otra vez, pero ahora tendría que hacer que ese sueño acabara… para ambos. Amaba a Kurogane lo suficiente para renunciar a él, aunque hacer eso lo destrozaría. Quería que su cachorro fuera feliz, incluso si eso significaba que él debía salir de escena. La única forma de salvar a Kurogane de su maldición era rompiéndole el corazón. Quizás… Kurogane podría despertar y él permanecer dormido, soñando para siempre con el amor sin llegarlo a conocer nunca de verdad… incapaz de volver a herir a nadie. Pero antes de que eso pudiera ocurrir, tenía que rescatarlo del castillo, y para hacer eso debía recurrir a su amor por el otro hombre. Era la única cosa que el Rey Goblin no entendía… la única cosa que quizás podría rebelarse contra el poder del báculo oscuro.
Kurogane estaba empezando a sentir las lágrimas de Fay sobre sus brazos e iba a preguntarle qué le ocurría cuando el mago comenzó a hablar de nuevo.
Creo que nunca podré entenderlo. ¿Estamos soñando… o despiertos… o…? dejó la frase a medias.
O quizás estemos en algún punto intermedio, sugirió, abrazando al mago con fuerza. Mientras su presa se aflojaba, Fay cogió la mano que reposaba en su hombro y la colocó contra su rostro, acariciándola cariñosamente.
No tienes ni idea de cuánto he deseado oírte decir eso, susurró, y más lagrimas escaparon de sus ojos mientras le besaba la punta de los dedos.
¿Decir qué?
Que te importo, le dijo, finalmente volviéndose para encararlo. Era conciente de que ésta podía ser la última oportunidad que tuviera para hablar con él antes de que todo acabara. Tú… también me importas, Kuro-tan. Quiero que estés seguro y feliz… no importa qué. Así que… ¿me ayudarás, por favor, a romper el hechizo de Ashura?
A Kurogane no le gustó el modo en que Fay le pedía el favor. Sonaba como si el mago se estuviera despidiendo. Pero aún así… si tenía alguna forma de sacarlos de allí, le ayudaría. Inseguro, se inclinó y depositó un casto beso en la mejilla de Fay. Quería hacer más, pero temía romper ese pequeño camino que habían forjado. No quería espantar al hombre precipitándose demasiado.
No sé qué puedo hacer para ayudarte, mago. Pero haré lo que me pidas.
Sólo estate aquí. Quédate conmigo. Abrázame. Déjame sentir que estás cerca. Déjame saber… que hay alguien a quien puedo amar… y que me ama.
Kurogane asintió y volvió a abrazar al mago. No era una petición imposible. De hecho, era más un premio que una petición. Pero, mientras el mago se giraba de espaldas a él, el ninja tuvo la extraña sensación de que no lo volvería a ver. Actuando por puro instinto, le dio la vuelta a Fay, lo agarró de la barbilla y presionó sus labios contra los suyos en un beso breve y asustado. No entendía por qué, pero de alguna forma sabía que no podía dejar pasar ese momento… sin consumarlo.
Fay gimoteó ligeramente contra sus labios. Se rindió al beso durante ese breve momento, pero entonces se separó, respirando profundamente y escondiendo el rostro con el pecho de Kurogane.
Kuro-rin, murmuró suavemente. Gracias.
Kurogane suponía que había muchas más cosas que se guardaba en el interior, pero Fay no lo miró después de eso. Se giró para mirar en dirección contraria, aún sentado en el regazo del guerrero. Éste envolvió al mago con sus brazos tal como le había pedido que hiciera, como si fuera la cosa más natural. Fay alzó las manos, invocando su poder, y Kurogane lo abrazó tan fuerte como pudo, presionando juntos los latidos de sus corazones como si fueran uno. La luz aumentó a su alrededor y el báculo apareció en sus manos. El espadachín podía sentir cómo sus almas se sacudían mientras las fuerzas de la luz y la oscuridad luchaban en el espacio creado por la magia de Fay. Poco a poco, Fay sintió que su mente poseía su cuerpo. Ya no podía ver a Kurogane fuera del plano astral, pero aún podía sentir su presencia tan claramente como si aún lo sostuviera en sus brazos. Se apoyó en el soporte de esa presencia, evocando todas las emociones intensas que había sentido por el ninja y la pequeña familia que habían construido juntos.
"Te amo, Kurogane… con todo mi corazón," susurró, canalizando la fuerza de ese amor hacia el báculo. El objeto oscuro flaqueó por un instante… y entonces se rompió en un millón de trozos, haciendo desaparecer su oscuridad.
¿Cómo lo has hecho? Oyó que decía la voz de Kurogane en su mente.
"La oscuridad no tiene lugar donde hay amor. Tú… y Sakura… y Syaoran… todos me habéis enseñado eso," respondió, sonriendo exhausto. Por un breve instante se quedó allí, arrodillado en el suelo, disfrutando de su triunfo… pero al momento siguiente, todo estaba perdido.
Súbitamente, sus sentidos se vieron invadidos por el dolor y su mente se llenó del incesante zumbido del laberinto. Éste lo llenó hasta que estuvo por todas partes y no hubo nada más que el zumbido.
"¡AAAAAAAAAAH! ¡NOOO! ¡PARAD EL RUIDO!" gritó inútilmente, agarrándose la cabeza mientras caía al suelo.
¿Qué pasa? Gritó Kurogane. Entonces oyó la voz de Ashura en su propia mente.
¿No te acuerdas? El báculo no sólo dotaba de poderosa magia al pequeño Fay, sino que también lo protegía de la magia del laberinto. Sin el báculo, es débil, demasiado débil para mantener sus propios escudos mentales. El laberinto consumirá su mente hasta que muera.
¡NO!
Intenta detenerlo, se burló Ashura despiadadamente.
De mientras, Fay estaba en el suelo retorciéndose de dolor. La magia estaba drenando su esencia y no tenía fuerzas para evitarlo. Varias imágenes abordaron su mente. Kurogane, Sakura, Syaoran… todos asesinados. El cuerpo roto de Fay... los ojos acusadores. Sus propias garras de vampiro sosteniendo el corazón aún latente de Kurogane. Ashura-ou… atravesado. Sakura… apuñalada. Todos los habitantes de Celes asesinados por alguien en quien confiaban. Los cuerpos asesinados y rotos de un millar de personas inocentes declaradas como pecadores por un hombre loco. Una torre, alta más allá de toda medida… sus fríos ladrillos manchados con su propia sangre… nieve sin fin… corazones helados. Su padre, reducido a un cadáver corrupto por una enfermedad debilitadora. Su madre, colgando del techo… sonriendo. Kurogane atravesado por una lanza de hielo… ¡Kurogane! Una mano acercándose a él, arrancándole el ojo. Sangre vertiéndose por su garganta. El gusto metálico de ésta mientras drenaba la vida del único hombre al que había amado. Dolor sin fin. Kurogane desangrándose en sus brazos. ¡KUROGANE!
"¡NOOO! ¡POR FAVOR, NO! ¡NO QUIERO RECORDAR ESO! ¡NO QUIERO ESOS RECUERDOS!"
Pero sin embargo, son tuyos, chirrió el zumbido mágico en su mente. ¿Quieres librarte de ellos? Entonces date a mí. Olvida que exististe. Déjame entrar en tu alma y reclamarla como mía. Ven a yacer conmigo en la oscuridad… para siempre.
Fay intentó resistir, pero estaba demasiado débil. La magia estaba en su interior, borrándolo, sangrando todo lo que alguna vez había sido o sería.
"Está… devorando… mi mente… Kuro-chan," gimió lastimosamente. "¿Qué... puedo hacer?"
Nada.
Ashura... el Rey Goblin.
"No," masculló feblemente el mago agonizante. "Tú… no. Quiero a… Kuro-sama."
¿De qué estás hablando, chico mágico? ¡Estoy aquí! ¿No me sientes?
"No puedo... verte... no puedo... tocar…" su voz se extinguió mientras sus ojos se cerraban. Su cuerpo continuó luchando, pero los movimientos eran cada vez más débiles.
¡Está desapareciendo rápidamente, pequeño ninja!
¡NO! ¡Eso no podía pasar! ¡No lo permitiría! Pero... ¿qué podía hacer?
"Kuro-pii... ¿dónde estás?" gimoteó, su voz debilitándose, todo cayendo aún más rápido en el olvido.
Fay… ¡estoy aquí! ¡Estoy justo aquí! Su forma incorpórea estaba arrodillada junto al hombre caído y aún así nunca se había sentido tan lejos de él. Percibió vagamente la presencia de los otros compañeros del mago a su alrededor, pero su mente enfebrecida no registró sus gritos. Ahora mismo no importaba nada más. No podía permitir que Fay desapareciera de esta manera.
¡Maldita sea, Fay! ¡No me hagas esto! ¡No te puedes rendir ahora! ¡DIME QUÉ PUEDO HACER PARA SALVARTE! Estaba gritando, su control ganado con tanto esfuerzo se había ido en un abrir y cerrar de ojos. ¡No podía permitir que eso acabara así! Después de todo… el clon, las maldiciones de Reed, Ashura… no iba a perder a Fay ante ese jodido Rey de los Goblins. Pero… no había espada que pudiera blandir… no había fuerza que pudiera adquirir… nada de eso podría hacer frente a la magia del laberinto. ¿De qué le servía toda su gran fuerza, qué bien podía hacer, si no podía salvarlo?
La magia es realmente muy simple; oyó que decía la voz de Tomoyo en su mente, llamándolo desde algún recuerdo olvidado hacía mucho tiempo. Todo lo que tienes que hacer es desear algo con la suficiente fuerza… y entonces hacer que ocurra.
¿No había estado haciendo eso todo el rato? ¿No deseaba a Fay lo suficiente? ¿No había sacrificado suficiente por él? ¿No había dado suficientes pruebas de su amor? ¿Todo eso… no era suficiente? ¿Se requería aún más? Pagaría lo que le pidieran. Cualquier poder que aún necesitara pruebas de su necesidad del mago… se lo demostraría una y otra vez. Daría de sí mismo todo lo que fuera necesario para estar con Fay. ¿Qué más podía hacer para demostrar que quería salvar su vida?
O… ¿lo estaba complicando demasiado? ¿Era tan simple como...?
¿Mantendrías su inútil vida sin sufrimientos? Esta voz era distinta. No era la de Ashura… ¿el laberinto?
Él no es inútil, insistió Kurogane con enojo.
¿Puedes salvar al chico de sí mismo? ¿Cuánto significa para ti?
Todo, respondió el guerrero sin dudar. Sonrió para sí mismo, dándose cuenta de cuánto se parecía al chico al hablar. Pero no podía evitar la ñoñería de esas palabras. No eran otra cosa que la verdad. Él lo es todo para mí.
Dices que matarás a cualquiera que intente quitarte la gente que te importa. ¿Estás dispuesto a dar tu vida… por el bien de aquél que amas por encima de todo? Si deseas ver esos ojos abiertos… deberás dar todo tu ser.
Lo haré.
Kurogane se sentó a horcajadas sobre el cuerpo de Fay, inclinándose sobre su rostro.
Siempre… te protegeré.
Fay abrió los ojos de golpe cuando sintió que la presión del zumbido se disipaba. Ésta fue reemplazada por una intensa y hormigueante presión contra sus labios. ¿Un beso? Por un breve instante, pudo ver unos llameantes ojos rojos mirándolo resueltamente.
"¿Kuro-tan?" susurró débilmente.
¿Qué? ¿No me creías? ¿Qué clase de idiota eres? Su voz sonaba tensa.
Yuui de Valeria… Fay D. Fluorite de Celes... ¿Me oyes?
"¿Tomoyo-hime?"
Sí, soy yo. Tu tiempo casi ha finalizado. Seguramente, a estas alturas ya te habrás dado cuenta de que hay alguien que no quiere que desaparezcas. Si no vas a buscarlo ahora, él desaparecerá para siempre. Levántate y reforja tus escudos.
"¿Mis… escudos?" masculló Fay lentamente, mientras su mente apenas comenzaba a recuperarse de su experiencia cercana a la muerte. Ya no oía la voz de la princesa, pero lentamente empezaba a entender lo que intentaba decirle.
Kuro-pipi… ¿aún estás aquí? Preguntó, llamándolo con su alma en vez de con su voz.
Kurogane apenas podía oír al mago llamándolo. Se sentía como si tuviera todo el maldito laberinto sobre sus hombros. De hecho, había hecho algo parecido. Había colocado su alma alrededor de la mente de Fay como un escudo. Tomoyo había estado en lo cierto. La magia había sido tan simple como su deseo de protegerlo. No era dolor lo que sentía. A falta de un cuerpo, no podía sentir dolor. Se parecía más a una lenta asfixia… siendo lentamente sepultado bajo toneladas de tierra. Aguantaría como escudo tanto como pudiera, pero ya no estaba seguro de cuánto tiempo podría soportar. Al cabo de no mucho, el peso del laberinto reduciría su ser a polvo.
Estoy aquí, mago, gruñó. Pero tienes que apresurarte. No sé cuánto podré aguantar.
¿Qué estás haciendo? Preguntó Fay. Kurogane notó cómo el pánico crecía en su voz.
Conteniendo el laberinto. Si queremos salir de aquí, necesitas alzar tus propios escudos y llevar tu culo hasta el castillo.
Fay quería enojarse con él por entrometerse imprudentemente en el camino de tanta magia cruda, pero sabía que Tomoyo tenía razón. Quedaba poco tiempo. Rápidamente, colocó su magia a su alrededor, protegiendo su mente contra el laberinto. Casi pudo sentir a Kurogane exhalando mientras soltaba la magia.
¡NOOOOOO!
Kurogane fue separado de Fay en el instante en que oyó el grito de ira. Mientras era lanzado de vuelta a su mente, oyó que la prisión de cristal se rompía a su alrededor. Cayó hasta el suelo, estampándose dolorosamente contra la dura piedra. La siguiente cosa que supo fue que Ashura lo tenía agarrado del cuello y lo estaba mirando a los ojos.
"¡Maldito seas, ninja entrometido! ¡Se supone que no podías ayudarlo! ¡Fay era mío! ¡Estaba en mis manos! ¡Pagarás por esto!"
Kurogane le lanzó una sonrisa desafiante al Rey Goblin. Se podría haber soltado de su presa y sostenerse por sí mismo si no fuese por el hecho de que su cabeza aún le daba vueltas despiadadamente a causa del viaje de vuelta a su cuerpo. Pero aún así mantuvo esa mirada desafiante sobre su captor, claramente diciéndole que había perdido.
"Oh, creo que no. Pero aún guardo un as en la manga. No más juegos, pequeño Kurogane. ¿Recuerdas que dije que la próxima vez no me contendría?"
El espadachín ni siquiera tuvo tiempo para pensar antes de que una ola de dolor lo arrastrara. Kurogane se había ido, consumido por el dolor. Esta vez, no pudo evitarlo.
Gritó.
XxX
Fay fue conciente de su ausencia el segundo que Kurogane fue arrancado de su lado. Se sentó y miró a su alrededor, confuso por la súbita pérdida de su calor. Al instante, sintió a Sakura abrazándolo.
"Oh, Fay-san. ¡Gracias a Dios que estás bien!"
Fay iba a responder cuando de repente unos fuertes gritos llegaron hasta ellos desde el castillo. Durante un momento, no lo asumió, pero entonces abrió los ojos, aterrorizado, mientras comenzaba a entender quién era el que estaba gritando.
"¡Kurogane!" gritó a través de su garganta seca. Se puso de pie de un salto, estirando a Sakura con él.
"¡Espera! Aún no debes levantarte," insistió Syaoran, alzando una mano para detener al mago. Cuando pudo aguantarse en pie por sí mismo, los dos niños se apartaron de él.
"Debo ayudarle," dijo Fay débilmente, con la voz llena de resolución.
"¡Por fin! ¡Preparados para combatir a Ashura! ¡A la carga!" vitoreó Mokona, preparada para salir corriendo. Pero Fay la atrapó fácilmente en el aire junto con su gemela.
"Lo siento, Mokona. Pero debo enfrentarme a Ashura solo."
"¿Pero por qué?" preguntó Sakura. "¡Es peligroso! Necesitarás nuestra ayuda."
"No os puedo pedir eso. Estaré bien. Además… así es cómo debe hacerse."
"Bien," comenzó Mokona lentamente. "Si es así cómo debe hacerse, entonces Mokona supone que así es cómo Fay debe hacerlo… pero… si nos necesitaras…"
"Sí," continuó Syaoran. "Si nos necesitaras… por alguna razón…"
"Os llamaré," les aseguró Fay antes de abrazarlos a los cuatro. "Gracias por todo. No podría haber llegado tan lejos sin vuestra ayuda. Por favor, poneos a salvo. Encontrad un camino de vuelta a vuestro hogar."
"Fay-san," dijo Sakura, cogiendo sus manos entre las suyas mientras Syaoran y las Mokona empezaban a alejarse a través del humo y el fuego. "Gracias… por salvarme la vida."
Fay atrapó a Sakura en un breve e intenso abrazo. No tenía derecho a aceptar ningún agradecimiento de Sakura, sin importar qué versión de ella fuera, pero aún así tomó consuelo del pequeño gesto.
"De nada, mi princesa. Ahora vete. Sal de aquí."
Sakura pareció un poco confundida por el título que él le había dado, pero finalmente lo tomó como que les estaba deseando a ella y a su príncipe un futuro feliz. Depositando un rápido beso en la mejilla del mago, se volvió y corrió junto a Syaoran. Lo último que vio de ellos fue que los jóvenes amantes se daban la mano y desaparecían en la noche. Entonces Fay se giró y comenzó a avanzar rápidamente hacia e castillo oscuro… hacia su propio futuro.
Vamos, pequeño Fay. Entra en mi red… tu tumba.
XxX
Fay se tomó un momento para recomponer sus pensamientos enfebrecidos en el atroz silencio del recibidor principal. Sentía la cabeza extremadamente ligera… probablemente debido a la pérdida de sangre. Los gritos habían cesado hacía un rato, mientras se abría camino por los oscuros pasillos y temía lo que encontraría al otro lado de las puertas dobles. ¿Estaría Kurogane…?
¿A qué estás esperando, chico? ¿Tienes miedo? Ambos sabemos que estás ahí fuera. ¿Por qué no entras y charlamos un poco?
Fay tragó saliva una última vez antes de avanzar, abrir las gigantes puertas de madera y se adentró en el salón. Mientras sus ojos barrían la habitación, el corazón se le atascó en la garganta. Por un momento, temió haber llegado tarde.
Kurogane estaba colgando del techo… pero no de la misma forma en que su madre lo había hecho. Estaba atado de manos y pies por una extraña sustancia amarilla. El material filamentoso estaba puesto alrededor de su cuello de tal manera que, si se quitaban sus otras ataduras, le partiría el cuello. Había enredaderas espinosas cubiertas de rosas entrelazadas con la cosa amarilla y éstas también estaban agarradas a sus extremidades. Ocasionalmente, las espinas se hundían en zonas de piel al descubierto, de las cuales manaban finos hilos de sangre. Lo que asustó más a Fay fue que no se movía. Su cabeza colgaba hacia abajo, apoyada desesperanzadoramente contra su pecho. Su único consuelo era el hecho de que veía los movimientos que hacía su pecho al respirar. No había ni rastro de Ashura.
Fay se arrodilló y cogió un manojo de la sustancia rubia y sedosa. Estaba por todas partes, llenando la habitación. Frotó la cosa entre sus dedos… y se quedó estupefacto al darse cuenta de lo que era.
"Dios mío, es…"
"Tu cabello," dijo la voz de Ashura, saliendo de la nada. La mirada de Fay se paseó por la habitación, pero el Rey Goblin no se veía por ninguna parte. "Tú se lo diste tontamente al laberinto… y mi laberinto utiliza lo que obtiene."
Fay se dejó caer de rodillas, desesperado. Nunca había visto a Kurogane tan indefenso. Incluso mientras dormía, el ninja mantenía una pose concentrada. Ahora... su usual sentido de la conciencia había desaparecido. Colgaba sin fuerzas del amarre de sus ataduras. Su expresión, normalmente tan dura, tan intuitiva, ahora estaba colmada de dolor. Su cuerpo temblaba con cada inspiración irregular y superficial que luchaba por hacer.
"Fay…" susurró con una voz apenas audible. Ese sonido destrozó al mago.
"Por favor," gritó. "Suéltalo. He hecho lo que dijiste. He resuelto el laberinto. ¿Por qué le haces daño? ¡Teníamos un trato! ¡Un maldito trato! ¿Me oyes? ¡Cógeme a mí si quieres, pero deja que él regrese a casa!"
"Como siempre, estás equivocado, pequeño mago. Es posible que hayas resuelto el laberinto, pero aún no lo has vencido. No me has vencido."
Fay se tensó cuando sintió que unos brazos le rodeaban la cintura. Esta vez eran reales. De repente se encontró sentado en el regazo de Ashura, con el Rey Goblin abrazándolo del mismo modo en que Kurogane lo había hecho apenas diez minutos antes.
"Entiendes qué es lo que lo está matando, ¿verdad?" le susurró el rey al oído mientras sus manos recorrían delicadamente su cuerpo. "El cabello eres tú, por supuesto. ¿Pero las rosas? ¿Por qué se supone que están aquí?"
Fay sacudió la cabeza, intentando bloquear la imagen y la repugnante sensación de las manos de Ashura sobre él.
"Esas rosas representan su amor por ti. Minuto a minuto, sus espinas le irán agotando toda la sangre. Eres tú… tú y su amor por ti… lo que al final lo matará. ¿No ves que tu amor estaría mucho mejor si tú estuvieras muerto?"
Fay dejó caer la cabeza con desesperación. Sabía que era cierto. La prueba innegable estaba justo ante sus ojos. Kurogane ni siquiera estaría ahí de no ser por él.
"Qué desleal eres, pequeño Fay. Juraste que no lo amarías… y aún así aquí tenemos la prueba de tu amor. Esas flores no son sólo su amor. Son el tuyo también. Estás completamente decidido a matar a Kurogane, ¿verdad? Igual que todos aquellos que alguna vez te han importado."
"¡DEJA DE JUGAR CON SU CORAZÓN!" oyó Fay que gritaba de repente Kurogane. Alzó la vista y vio que el espadachín los estaba mirando. Había conseguido levantar un poco la cabeza, pero era obvio que el gesto le había pasado factura. Ahora que estaba más consciente, luchaba por contener el dolor, pero no podía esconder el hecho de que estaba luchando por cada aliento que tomaba.
Ashura sacudió la cabeza y la cuerda de cabello que había alrededor de su cuello se tensó al momento, estirando dolorosamente su cabeza hacia atrás. Un pequeño grito escapó de sus labios mientras varias enredaderas avanzaban hacia su pecho para hacer manar la sangre directamente de su corazón.
"¡KURO-CHAN!" gritó Fay presa del pánico.
"Pero es que jugar con su corazón es tan divertido. Qué cosa tan frágil. Tan fácil de romper."
Mientras observaba a Kurogane luchar por respirar, una inmensa ira creció en el pecho de Fay.
"¡NO PUEDES HACER ESO!" gritó, apartándose de Ashura y poniéndose de pie fácilmente, aunque no pudo negar el hecho de que el movimiento hizo que la cabeza le diera vueltas.
Ashura lo miró mientras él también se ponía de pie.
"Fay, cuidado," lo advirtió mientras se acercaba a él. "He sido generoso hasta ahora. Pero puedo ser cruel."
"¿Generoso?" Fay rió amargamente. "¿Qué has hecho que sea generoso?"
"¡Todo!" soltó Ashura mientras empezaba a pasearse. "Todo lo que tú quisiste que hiciera. Pediste estar separado de tu Kuro-caballero. Y me lo llevé. Lo has deseado durante mucho tiempo. Te he dado la oportunidad. Te he ofrecido una solución para tu maldición. No he hecho que lo mataras de verdad en la Ciudad de los Goblins. Estoy agotado de vivir según lo que tú esperabas de mí. ¿No es eso generosidad?"
Fay contempló desapasionadamente a su torturador con una mirada que era una mezcla de pena e ira.
"Has hecho daño a Kuro-sama."
Ashura sacudió la cabeza. "Ya veo que no voy a conseguir hacerte entender. Bueno... si ésta es la única manera... que así sea."
Fay medio esperaba empezar una lucha contra el rey, pero se dio cuenta de su error fatal cuando disparó un rayo de magia por encima de su hombro. Fay giró sobre sus talones, volviéndose justo a tiempo para ver cómo el ataque golpeaba de pleno a Kurogane. Las ataduras que lo mantenían en el aire se incineraron y su cuerpo se estampó contra el suelo.
"¡NO!" gritó Fay mientras corría hacia el ninja. El olor a cabello chamuscado y rosas quemándose lentamente le llenó la nariz mientras giraba a Kurogane sobre su espalda. Fay estaba a punto de tomarle el pulso cuando los ojos del espadachín se abrieron de golpe. Se puso en pie con facilidad, como si no acabara de sentir el dolor físico más intenso que nadie hubiera experimentado jamás, como si no estuviera sangrando por un millar de heridas de las espinas. Fay se arrodilló a sus pies, con la garganta inundada por el miedo, intentando sofocarlo, mientras miraba en los ojos, ahora negros, de Kurogane. Estaban completamente vacíos. El mago habría dado su alma con tal de ver algo… cualquier cosa en esos ojos. Habría preferido asco, odio, la lujuria de su pesadilla… cualquier cosa excepto ese enorme vacío.
"¿K-Kuro… tan?"
"Mm, Kurogane, deshazte de este incordio por mí, ¿quieres? Ya me ha causado bastantes molestias."
"Como desees, mi rey," dijo inexpresivamente. Entonces alzó la mano y una espada apareció en ella… una espada con la figura de un dragón plateado como empuñadura.
"¿Ginryuu?" susurró Fay, reconociendo la primera espada del guerrero. Antes de que pudiera decir nada más, el hombre lo atacó con la espada. Fay saltó hacia atrás, apenas evitando otro doloroso corte.
"¡Por favor! ¡Kuro-wan-wan! ¡Para!" gritó mientras seguía esquivando los ataques del espadachín poseído. "¡Éste no eres tú! ¡Tú sólo sirves a una persona! ¿Recuerdas? ¡A Tomoyo-hime!"
"No te molestes," lo reprendió Ashura. "Tus palabras no pueden alcanzarlo. Es mío. ¡Su mente pertenece al laberinto!" declaró triunfalmente, sonriendo perversamente mientras contemplaba la batalla unilateral. Esto era. El golpe fatal. Esto era la cosa que rompería sus ya frágiles psiques.
"Y en caso de que te lo estuvieras preguntando, esto no es una ilusión. Si te mata ahora, morirás de verdad… y eso lo destruirá de verdad."
"¡Kuro-myuu, despierta! ¡Recuerda quién eres! ¡Debes recordar! ¿Puedes oírme?" Fay continuó sus súplicas, pero sus gritos eran en vano. Kurogane siguió su implacableataque. Y, desafortunadamente, no era tan fácil mantenerse en pie en una sala llena de cabello y espinas. Finalmente, Fay se tropezó con sus propios mechones rubios, dejando al ninja la obertura necesitaba. Descargó a Ginryuu contra el hombro izquierdo de Fay. No consiguió cortarlo totalmente, pero atravesó el músculo y el hueso y el brazo quedó colgando de unos cuantos tendones, inútil. Fay gritó de dolor mientras la sangre manaba de la herida. Cayó débilmente de rodillas. La pérdida de sangre que ya había sufrido le había quitado a su piel el poco color que tenía.
Kurogane le alzó la barbilla para poder mirar a su oponente a los ojos, igual que había hecho en Outo. Sólo que ahora, en vez de una inofensiva vaina, estaba usando una espada desnuda. Las enredaderas, aún densamente cubiertas de espinas y rosas, se enroscaron rápidamente a su alrededor, inmovilizándolo efectivamente. Podía sentir el doloroso beso de las espinas mientras se hundían en su piel y comenzaban a hacer manar más sangre. Kurogane podría cortarle el cuello cuando quisiera.
"Ahora, mi esclavo… hazlo acabar. ¡Completa la pesadilla y asesina a tu amor verdadero!"
"¡No!" gritó Fay débilmente. "¡No, eso no puede ocurrir! Kuro-chuu... he resuelto el laberinto. Eres libre. ¿Me estás escuchando?"
"Es inútil. No puedes despertarlo," Ashura continuó burlándose de ellos. "Ni siquiera tu amor puede romper el hechizo que he lanzado."
"Kuro-pon…" murmuró suavemente.
Puede que él posea tu mente… pero tu corazón me pertenece a mí.
De repente, Fay liberó su brazo derecho de las enredaderas, haciéndose jirones un buen trozo de piel en el proceso. Fay no lo vio, pero cuando un grito de dolor escapó de sus labios, los ojos de Kurogane emitieron un breve destello rojizo.
"Kurogane," interrumpió Ashura, todo rastro de sus sádicas burlas desaparecido. De repente, no parecía tan seguro de su poder. "¿A qué estás esperando? Mátalo. ¡Mátalo ahora!"
"Como... mi señor... ordene," dijo lentamente, como si luchara contra algo. Alzó a Ginryuu sobre su cabeza, preparado para asestar el golpe final.
"Lo siento tanto," gritó Fay mientras nuevas lágrimas resbalaban por su rostro. "Todo esto es culpa mía. Si yo no existiera, ahora no estarías así. Pero… esto no tiene porqué acabar así. Mira, Kuro-guau." Mientras hablaba, Fay alzó una mano hacia su propio rostro y cogió la rosa de detrás de su oreja. Contra todo pronóstico, la frágil flor había permanecido metida donde Kurogane la había puesto.
"Es la rosa que me diste," dijo con lágrimas en los ojos mientras se la tendía al guerrero. "No la destruyas."
"¡Kurogane!" gritó Ashura severamente. "¡Hazlo! ¡HAZLO AHORA!"
Fay se encogió cuando la espada empezó su descenso, pero tan pronto como el ataque había comenzado, éste acabó. Kurogane se había agarrado el brazo de la espada con su mano libre y lo estaba conteniendo. El brazo de la espada luchaba por terminar el ataque, pero su otra mano estaba luchando con igual esfuerzo para evitarlo.
"Yo… no…" empezó, luchando intensamente contra el hechizo para conseguir decir las palabras.
"Por favor, recuerda. ¡Es nuestra rosa! Todo lo que somos el uno para el otro, todo lo que hemos compartido."
"F-Fay… yo… yo… re…"
"¡MÁTALO!" gritó el Rey Goblin con ira.
"¡NO!" gritó Kurogane igual de fuerte. "¡NO… MATARÉ… A FAY!"
Más lágrimas se deslizaron por las mejillas de Fay mientras observaba la lucha en el rostro de su ninja. Sus ojos cambiaban de rojo a negro y viceversa una y otra vez, y la mirada cambiaba de la nada del hechizo a la determinación de romperlo y, al final, a terror de no ser capaz de vencerlo y que pudiera matar al mago.
"Kuro-koi… por favor," le suplicó. "Daría toda mi magia… si pudieras volver a ser tú mismo. ¡Regresa! ¡Te amo!"
Kurogane gritó; fue un sonido discordante y lleno de dolor que hizo que el cabello de la parte trasera del cuello de Fay se pusiera de punta... y Ginryuu finalmente cayó. Pero las únicas cosas que murieron como resultado de eso fueron las enredaderas que aprisionaban a Fay. Kurogane dejó que la falsa Ginryuu cayera lejos mientras caía de rodillas. Se desplomó sobre Fay, colocando las manos sobre su cintura. Apoyó la cabeza contra el pecho de Fay, no dejándole ver las pocas lágrimas que no pudo contener. Se sentía enfermo por lo que había estado a punto de hacer.
Herido como estaba, Fay alzó su brazo derecho y lo puso alrededor de Kurogane. "Has vuelto," susurró alegremente al oído del espadachín. "Sabía que volverías conmigo."
"¡CÓMO TE ATREVES!" la ira de Ashura barrió la habitación como un viento abrasador. Fay luchó para aferrarse a Kurogane, pero ni sus heridas ni Ashura lo permitieron. La ola de magia lanzó al debilitado ninja lejos de él y lo estampó contra la pared.
"¡KUROGANE!" gritó Fay mientras su cuerpo chocaba contra el suelo y se quedaba allí quieto. El mago luchó por ponerse en pie mientras Ashura se acercaba a él.
"¿Cómo te has atrevido a romper mi hechizo? ¡Lo pagarás!" Habiendo dicho eso, lanzó un rayo a Fay. Éste tocó de lleno a Fay y lo tiró al suelo. Aunque el ataque lo había debilitado aún más, inmediatamente comenzó a levantarse de nuevo. Ni siquiera había estado un segundo de pie cuando Ashura le disparó otro rayo de magia. De nuevo, cayó. Y de nuevo, lentamente empezó a levantarse.
"¡No te levantes, maldito seas!" el Rey Goblin se enfureció, golpeándolo otra vez. "¿O preferirías que matara a tu ninja primero?"
"No'" dijo Fay con voz áspera mientras luchaba por alzarse. El mundo daba vueltas violentamente a su alrededor. Había perdido demasiada sangre. Pero aún así se empeñó en seguir de pie.
"No importa si vivo o muero," le dijo al rey mientras miraba a Kurogane. Éste estaba bien. Se estaba moviendo. Pero por alguna razón, parecía que no podía levantarse y se estaba arrastrando por el suelo, respirando con dificultad. "Pero incluso aunque consiguieras matar mi cuerpo, nunca podrías destruir lo que realmente somos."
"¿Y qué sois?" dijo Ashura bruscamente.
Fay sonrió irónicamente para sí mismo. Si el Rey Goblin aún no sabía la respuesta a esa pregunta, entonces nunca la sabría, y el exhausto mago no iba a decírselo.
"Por increíbles peligros e innumerables fatigas," Fay comenzó a recitar las palabras de la historia de Tomoyo como si se trataran de un poderoso hechizo. "Me he abierto camino hasta el castillo más allá de la Ciudad de los Goblins… para recuperar el hombre que me has robado…"
"¡PARA!" ordenó Ashura, tirando a Fay al suelo con otro hechizo. Él lo sabía. ¡Malditos fueran los poderes, el mago lo sabía!
Más lentamente que antes, Fay se puso de pie. Su respiración era irregular y sus ojos estaban vidriosos por el cansancio, pero aún así se levantó y siguió acercándose hacia el aterrorizado Rey Goblin.
"Porque mi voluntad es tan fuerte como la tuya… y mi reino igual de grande…"
Ashura abrió mucho los ojos, horrorizado. Rápidamente, se giró para matar al ninja que estaba en el suelo, pero entonces…
"No tienes poder sobre mí," declaró Fay mientras sus ojos se iluminaban por la revelación.
Ashura soltó un alarido de ira inhumana mientras la oscuridad se cernía sobre la sala. Las sombras vivientes y furiosas que una vez lo sirvieron se lanzaron ahora sobre el Rey Goblin y lo devoraron. Entonces, tan rápido como las sombras habían venido, éstas desaparecieron… y Ashura, el Rey Goblin, con ellas.
XxX
Amaterasu y Souma pegaron un bote cuando oyeron el grito de Tomoyo proveniente de la habitación adyacente. Ambas entraron corriendo en el pequeño santuario de la sacerdotisa.
"¿Qué ocurre?" preguntó Souma.
Tomoyo estaba contemplando con horror el altar que había ante ella. Mokona estaba sobre su hombro. Había estado rezando por que Kurogane y Fay volvieran a salvo y una visión se había abierto camino en su mente. La pequeña princesa miró a su hermana mayor con ojos aterrorizados.
"Su tiempo se ha acabado. ¡Si no vuelven ahora, estarán perdidos para siempre!"
XxX
Una vez el silencio hubo llenado de nuevo la sala, Fay cayó al suelo por última vez, tosiendo sangre.
"¡Fay!" lo llamó Kurogane débilmente mientras lo veía caer. Recorrió a rastras los últimos metros hasta el hombre y luchó por ponerse de rodillas, ignorando el dolor de sus tobillos rotos. Entonces, teniendo cuidado con sus heridas, atrajo a Fay hacia sus brazos.
¿Qué te he hecho?
"Lo siento," susurró al oído del otro hombre. "Casi… no podía controlarlo. Podría haber…"
"No pasa nada, Kuro-guau. Estoy bien."
"¡No estás bien!" gritó, colocando una mano sobre el brazo que ya no podía sentir su roce. "¿Cómo puedes decir algo así?"
"¿Algo como qué?"
"Que tu muerte no importa. Les importa a los chicos y al bollo. Me… importa a mí."
"Es bonito por parte de Kuro-sama decir eso, pero al fin y al cabo, realmente no importa la muerte de nadie. Todos morimos. Y… Kuro-rin… por favor… quiero que sepas que me alegro de haberte tenido en mi vida… aunque haya sido por poco tiempo."
"¡No hagas eso!" empezó Kurogane con enojo. "No digas adiós. ¡Aún no! Yo aún te quiero en mi vida. Quiero que estés en mi vida durante muchos años. Por favor… vuelve a casa conmigo, mago. Aún no es tarde. Podemos irnos de aquí. Todos nos están esperando."
Renunciaré a ti, Kurogane... pero... por favor, déjame tener este último momento.
Fay sacudió la cabeza mientras una sonrisa triste cruzaba su rostro. "Kuro-pii… olvídame. Déjame dormir aquí para siempre. Pero tú... tú debes despertar. Puedes volver a casa y asegurarte de que Mokona y los chicos están bien. Puedes seguir viviendo. Por favor… déjame aquí."
"No," siseó el airado ninja. "¡Deja de hacerte el maldito héroe trágico! Me niego a olvidarte, y tampoco me voy a ir de aquí sin ti. ¡Nos vamos a casa juntos! Si tú te quedas, yo también."
"¿Por qué?" gritó Fay. "¿Por qué harías eso?"
"¡Porque te amo, maldita sea! Creía que a estas alturas ya lo habrías entendido."
Unas lágrimas cálidas se deslizaron por el rostro de Fay mientras negaba con la cabeza otra vez. Había estado en esa situación con Kurogane desde que se habían conocido. Al principio, había obtenido victorias vacías, consiguiendo apenas mantener a raya al entrometido ninja, pero Kurogane había ganado la guerra y ahora reclamaba el premio… su amor.
"Lo entiendo. Lo sé. ¡Sé que me amas! Y te amo. Es por eso por lo que debo quedarme aquí."
"¿De qué demonios estás hablando?"
"Si nos enamoráramos… eso nos destruiría. Es mi maldición. De alguna forma… mi felicidad destruiría la tuya."
"¡Todo eso es un montón de mierda y lo sabes! ¡Esa jodida maldición sólo funciona porque tú lo permites! ¡Si quieres librarte de ella, tienes que hacerlo tú mismo!"
"No funciona así, Kuro-chan. Estoy haciendo esto para protegerte."
"¡NO DIGAS ESO!" le gritó. Pero entonces, un estremecimiento y un grito apenas contenido le recordaron cuán frágil era el cuerpo que sostenía, y sostuvo el mago más cerca de su pecho. Entonces continuó con una voz más calmada. "Si estás cansado de luchar, si ya has tenido suficiente, simplemente dilo, y dejaré que duermas para siempre si es eso lo que quieres. Pero no digas que te vas a quedar aquí en la oscuridad por mí. No puedo aceptar eso."
De repente, por el rostro de Fay cruzó una expresión distraída y lejana, como si alguien le acabara de susurrar al oído el secreto de la vida eterna.
"¿Sabes?... podríamos quedarnos aquí."
"¿Eh?"
"Podríamos permanecer dormidos para siempre. Podríamos vivir en este sueño y nunca volver a sentir verdadero dolor. Aquí podríamos estar completos. Aquí no tendría que alimentarme de ti."
"Nadie me obligó a convertirme en tu presa, Fay. Fue mi elección… porque quería que vivieras." Pero incluso mientras le explicaba eso, Kurogane meditaba las palabras de Fay. Podían quedarse ahí. No era imposible. Podrían pasar allí una eternidad, felizmente enamorado de Fay. Quizás sería mejor para el mago si permanecían dormidos para siempre.
Pero… ¿realmente podrían hacer eso? ¿Vivir para siempre en un ataúd de sueños dulces y dejar es resto atrás? No era una existencia que él escogería para sí mismo, pero si eso era lo que Fay quería, se quedaría a su lado.
"¿Es eso… lo que quieres?" le preguntó con calma. Unos ojos azul celeste lo miraron con curiosidad, preguntándole que quería decir exactamente. "Si deseas quedarte aquí… me quedaré contigo. Ya no tienes que estar solo. Sólo dime qué quieres, Fay."
Fay sintió que más lágrimas se le formaban mientras Kurogane lo miraba tiernamente con sus ojos de color rubí.
"¿De veras Kuro-tan… se quedaría conmigo para siempre?"
XxX
"¿Qué pasa si no despiertan?" le preguntó la Mokona negra a la Bruja Dimensional desde su hombro. Yuuko dejó ir un suspiro de decepción.
"Significará que han decidido dejar atrás la realidad y pasar una eternidad soñando el uno con el otro. Una existencia sin dolor, sí. Pero no una verdadera."
XxX
"Tiene razón, ¿sabes?" dijo de repente una voz que Fay conocía. "Si realmente quieres librarte de la maldición de desgracia, debes hacerlo tú mismo."
Fay apartó la vista de Kurogane… y vio el familiar cadáver corrupto de pie ante él… esos mismos ojos acusadores.
"Fay," susurró. "Por favor… deja de torturarme. Estoy haciendo lo correcto, ¿no?"
"No," insistió la sombra, con una expresión de niño de cinco años malhumorado. "No bromeaba antes cuando te he dicho que me habías fallado."
"¿Cómo te he fallado?" le preguntó, apartando la mirada de su gemelo con vergüenza.
"¡Estás fingiendo que vives!" dijo Fay enojadamente mientras se arrodillaba ante los dos hombres. "¡Estás haciendo de todo menos vivir, Yuui! ¡Me estás volviendo loco!"
Vagamente, Fay se preguntó por qué Kurogane no parecía darse cuenta de nada de eso.
"¡No salvé tu vida para que la tiraras por la borda! Tienes una vida maravillosa que podrías estar viviendo. Tienes a Sakura, a Syaoran y a Mokona… y tienes a alguien que te ama," dijo Fay con tristeza mientras se sentaba en el regazo de su gemelo. El Fay mayor no pareció darse cuenta al principio, pero el espíritu parecía estar rejuveneciendo. Su cabello se estaba acortando y el mal aspecto iba desapareciendo lentamente.
Fay cerró los ojos con fuerza. No había ninguna parte donde mirar. En una dirección había el rostro extrañamente dulce de Kurogane y en la otra había el disgustado rostro de su hermano muerto.
"¿Es esto real?" preguntó con tristeza. "Hemos estado… soñando… tanto tiempo. ¿Sólo estoy soñando que el deseo más profundo de mi corazón es finalmente mío?"
"Oh, es real," le aseguró Fay. "Ese hombre te ama más que al aire. Puedes creerme respecto a eso. Si Kurogane pudiera respirar por ti, lo haría."
De repente, Fay sintió los brazos del niño pequeño alrededor del cuello. Abrió los ojos y vio a Fay ante él tal como lo recordaba… de antes del valle.
"¿Tienes idea de la poca gente que encuentra un amor así? No quiero verte tirándolo porque pienses que no te lo mereces."
"Pero… la maldición…"
"No estás maldito, Yuui. Nunca lo estuvimos. Valeria sólo quería a alguien a quien culpar de lo que no podían evitar. ¿Qué es lo que de verdad te hace temer tanto estar con él?"
"No lo sé. Creo… que… que temo perderlo. No quiero intimar con él... sólo para perderlo… como todo lo demás."
"Por favor… Yuui, no temas tanto perder algo que nunca has intentado conseguir. Es posible que no resultes herido… pero tampoco serás amado."
Fay le sonrió cálidamente mientras le devolvía el abrazo.
"Es hora de volver. Te está esperando."
XxX
Kurogane iba a responder la pregunta de Fay cuando por casualidad alzó la vista… y vio dos rostros que no había esperado volver a ver.
"¿Estás enojado conmigo?" le preguntó a su padre. "¿Por enamorarme de un hombre?"
Su padre le dirigió una sonrisa irónica. "Claro que no, hijo mío. Ciertamente, no era algo que esperara. Pero si amas a este hombre… de verdad… entonces tienes mi bendición."
"También la mía, mi niño," dijo su madre, que estaba con una cálida sonrisa junto a su padre.
"Será difícil de ahora en adelante, ¿no?" dijo, mirando a Fay, que parecía estar metido en su propio mundo.
"El amor no es fácil, incluso si seguís… la ruta tradicional," dijo su madre con una risita.
"Pero… también tengo otras obligaciones. Hacia Tomoyo, Japón…"
"Sea como sea," lo interrumpió su padre. "También tienes una obligación de honrar lo que haya en tu corazón. Cuando vivía, tenía una obligación para con Amaterasu y Suwa. Pero eso no quería decir que no pudiera honrar mi amor por tu madre. ¿Por qué no honras tu obligación para con la princesa y el hombre que amas al mismo tiempo?"
Kurogane continuó mirando a Fay mientras escuchaba las palabras de su padre, acariciando suavemente los mechones de cabello rubio que caían sobre su rostro.
"Quizás tengas razón."
"Somos tus padres. Siempre tenemos razón. Si tan duro te resulta estar con él, ¿por qué no lo conviertes en un hombre honrado?"
Kurogane abrió mucho los ojos ante la sugerencia de su madre. "¿Hablas… en serio?"
"¿No es eso lo que hace la gente cuando se enamora? Youou… ¿cuál es ese terrible demonio que te impide ir hacia este hombre y decirle que tu corazón se rompe por él?" le preguntó, mientras una expresión de tristeza sustituía la calidez.
"Ya le he dicho que le amo," dijo Kurogane indignado, bastante sorprendido de que hubiera usado su auténtico nombre. Eso le demostraba cuán serio hablaban.
"¿Amor? ¿Qué es el amor para tu Fay?" dijo su padre lentamente. "Es una cosa que siempre le han quitado. Teme amar. Y si alguna vez llega a conocerlo, tú debes mostrárselo."
Dicho esto, sus padres se acercaron a él. Ambos se arrodillaron y lo abrazaron. El poderoso ninja casi se echó a llorar cuando su madre se inclinó y besó suavemente la frente pálida de Fay.
"Os deseamos que seáis felices el uno con el otro. Os deseamos toda la felicidad. Que tengáis días llenos de luz y noches llenas de dicha," comenzó su madre. Entonces su padre siguió el cántico.
"Y al final, cuando lleguéis al fin de vuestro camino, que muráis uno junto al otro, de manera que nunca conozcáis el dolor de la separación."
Un temblor le recorrió la espalda cuando los dos se levantaron. Esas eras las palabras tradicionales que pronunciaban los padres durante la ceremonia del matrimonio.
"Es hora de despertarse," dijo su padre con una sonrisa alentadora.
"Te está esperando."
"Sí," contestó el espadachín en voz baja. "Me quedaré contigo para siempre. Soñaré contigo eternamente… si es eso lo que quieres."
"Pero eso no es lo que tú deseas, ¿verdad?" dijo Fay, alzando su mano destrozada para tocar el rostro de Kurogane.
"No," respondió con sinceridad. "Pero te deseo más a ti. Dónde sea que elijas ir, te seguiré."
El rostro de Fay pareció iluminarse, como si al fin le hubieran quitado un gran peso de encima. Sonrió irónicamente, la felicidad de su rostro era sincera. Pero incluso mientras la alegría lo llenaba, la vida se le escapaba. Aunque al fin todo se había solucionado, Fay sabía que no le quedaba mucho tiempo.
"Gracias por eso, Kuro-pipi. Pero no haré que te quedes aquí. Quiero que las cosas vuelvan a ser reales… no importa cuánto pueda doler. Eso es lo que deseo. Quiero volver contigo," susurró mientras su voz se debilitaba cada vez más. Kurogane tuvo que inclinarse más sobre él para poder oír sus siguientes. "Pero… Kuro-min, no sé cómo hacerlo."
"¿No sabes cómo hacer qué?"
"No sé cómo irnos. No sé cómo… despertar," gimió mientras sus ojos se cerraban.
"¡Oi! ¡Quédate conmigo, mago!" ordenó temblorosamente. "No te preocupes. Encontraremos una salida."
"Hace... f-frío," dijo entre dientes.
Por un momento, Kurogane se sintió confuso. Ni hacía ni pizca de frío en la sala. Pero de repente, recordó su propia pesadilla y agarró desesperadamente el cuerpo de Fay, haciendo caso omiso a sus heridas y sus gemidos lastimeros.
"¡No te atrevas a hablar así, Fay! Te voy a sacar de aquí… de alguna forma." Encontraría una salida. ¡Se negaba a creer que no pudiese!
"Lo... siento... no... sé cómo..." su voz se apagó y ya no dijo nada más. Su cabeza cayó contra el hombro de Kurogane y el desesperado guerrero tuvo que esforzarse para oír su respiración.
"¡No te duermas, maldito seas! ¡Si te rindes ahora, no podrás despertar! ¿Me oyes?" lo sacudió, intentando espabilarlo, pero nada podría despertar al mago.
"Fay…" susurró con la voz marcada por el miedo. "Sólo aguanta un poco más. Nos sacaré a ambos de aquí. No… me dejes."
Kurogane apretó su mejilla contra la de Fay. Ambas mejillas estaban húmedas. La única diferencia era que la de Kurogane estaba caliente… y la de Fay no.
"No sé cómo," murmuró débilmente contra los labios de Fay, casi como si estuviera confesando su mayor pecado. "No sé cómo despertarte. No sé cómo hacer que el sueño acabe."
Sí que lo sabes, dijo de repente una voz calmada y razonable en su mente. Sabes cómo despertar al príncipe durmiente y hacer que la pesadilla acabe.
Kurogane apartó un poco de Fay y observó su rostro que tenía una palidez poco natural. Hasta ahora, no había sido consciente de cuán bien conocía el rostro de Fay, pensó mientras lo recorría con los ojos. Conocía cada línea, cada curva y hueco. Finalmente, su mirada se detuvo en los labios del mago, y su mente comenzó a vagar hacia el pasado… hacia una época en la que había sido demasiado pequeño para levantar siquiera una espada… hacia los antiguos cuentos que su madre solía contarle en la cuna. ¿Realmente era tan simple?
El vacilante ninja colocó una mano en la parte trasera de la cabeza de Fay y le levantó el rostro hacia el suyo. Entonces, lentamente, con reverencia, presionó sus labios contra los de Fay en un lento y profundo beso.
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La primera cosa que vieron el mago y el ninja cuando se despertaron fue el color cristalino de los ojos del otro, o, en el caso de Fay, ojo.
"¿Hemos… vuelto?" preguntó Kurogane con incertidumbre, alzando una mano vacilante para tocar el rostro de Fay.
"¿Ha sido… sólo… algo de eso ha…?" tartamudeó Fay, claramente confuso.
"No, ha sido real. Yo también estaba allí," le aseguró Kurogane.
Fay se sentó y miró a su alrededor. Aún era de noche. Habían vuelto a la habitación de Kurogane, como si nunca se hubieran ido. Habían estado tumbados en su futón, encarándose. Mientras su mirada repasaba la habitación otra vez, mirando a cualquier lugar excepto a su lado, Fay sintió la renovada ausencia de su ojo izquierdo. Cuando finalmente volvió a mirar a Kurogane, vio la gruesa capa de vendas que cubrían el muñón de su brazo izquierdo. Estaban bien y habían vuelto de verdad al punto de partida.
Fay le dio la espalda a Kurogane, mirando hacia la oscuridad de la noche. Al cabo de poco, sintió la mano restante del ninja sobre su hombro.
"Fay… mírame."
Fay negó con la cabeza.
"¿Por qué no?"
"Todo es diferente ahora."
"¿Qué quieres decir?"
"No… no estoy seguro. Yo sólo… me voy," dijo Fay con tristeza mientras se levantaba del futón. Le aterrorizaba la idea de ser el primero en sacar a colación todo lo que había pasado entre ellos.
"¡Eh! ¡Espera!" protestó Kurogane, rápidamente moviéndose para seguir al mago. Lo agarró del brazo y lo rodeó para poder mirarlo al ojo. "No te vayas."
"¿Por qué no?" preguntó Fay amargamente.
Kurogane no le respondió. Simplemente atrajo al desconcertado mago hacia un abrazo y lo besó por toda su valía.
Por un momento, el ojo azul de Fay se abrió por la sorpresa. Pero al cabo de poco, se involucró en el calor tentador del beso. Gimió suavemente contra la boca del espadachín, y Kurogane aprovechó la oportunidad para deslizar su lengua dentro de la boca de Fay. La movió dentro y fuera, bebiendo profundamente de los labios del hombre. Los brazos del mago serpentearon con avidez alrededor de su cuerpo y la mano de Kurogane se movió hacia arriba, enredándose entre sus mechones dorados, uniéndolos aún más. Fay bebió de él con la misma intensidad. Ya podía sentir la familiar pasión creciendo entre ellos.
Cuando al fin se separaron, Kurogane no se retiró del mago. Tampoco el rubio hizo ningún gesto para soltarse. Apoyó la cabeza sobre el pecho del ninja, manteniéndolo fuertemente agarrado. Kurogane dejó su mano donde estaba mientras acurrucaba su barbilla sobre la cabeza de Fay.
"Yo… quiero que te quedes," respondió al fin.
"Tenía miedo," murmuró Fay contra su pecho. "Tenía tanto miedo… de que todo hubiese sido sólo un sueño cruel."
"Fay," dijo, y el mago supo, por el uso de su nombre, que lo que decía iba en serio. "Todo lo que siento… es tan real ahora como lo era entonces."
Fay lo miró, y la expresión abierta y vulnerable de su ojo capturó a Kurogane igual que si lo hubiese atado con cadenas.
"¿Hablas en serio?"
"Pues claro que hablo en serio, idiota," dijo en voz baja. "Siempre hablo en serio. Antes, en el castillo... temía haberte perdido... y habría sido por mi culpa." Su expresión curtida por la batalla no cambió, pero Fay pudo oír el autodesprecio en su voz. Kurogane no era de esos que persistían sobre las cosas, así que esas pequeñas intimidades le decían al mago cuánto le había afectado eso.
"No, Kuro-pon. No te culpes," le dijo Fay, masajeando su espalda de forma reconfortante. "Me has salvado."
"Nos hemos salvado el uno al otro," lo corrigió el guerrero. No se iba a llevar un exceso de mérito por el rescate en esa pequeña desventura.
"Siempre nos hemos salvado el uno al otro," dijo Fay mientras se acurrucaba contra el pecho de Kurogane. Éste le devolvió el abrazo con la misma fiereza, sabiendo que esas palabras eran ciertas. Se habían estado salvando mutuamente desde que se habían mirado por primera vez en la tienda de los deseos de la bruja. Quizás ambos habían pedido otro deseo allí… un deseo del que no habían sido conscientes… un deseo que habían pagado con sangre, lágrimas y angustia… un deseo que ahora había sido concedido.
"Y seguiremos salvándonos mutuamente," dijo Kurogane con una sonrisa decidida. "Siempre estaré aquí para ti por si me necesitas."
"Te necesito, Kuro-sama," susurró Fay con ferocidad.
Kurogane movió su mano hacia la barbilla de Fay y le alzó el rostro para poder mirarlo al ojo, intentando captar su significado. La forma en que lo había dicho… lo confundía.
"No sé por qué, pero… cada día… sólo sabiendo que estás en la habitación de al lado… sin ninguna razón en concreto, te necesito. ¿No fuiste tú quién dijo que debería ir contigo a casa? Quiero vivir en el país que construyeron tus ancestros. Quiero vivir en el lugar donde tú vivas. Me preguntaste qué quería. Quiero estar contigo… ¡para siempre!" Las palabras salieron de su boca más rápido de lo que pudo controlar. Por un segundo, el temor nubló su mirada por todo lo que acababa de confesar. Pero entonces notó los labios del otro hombre presionados contra su oído.
"Está bien," dijo tranquilizadoramente, maravillándose de cómo ese hombre podía sacar a relucir simultáneamente lo mejor y los peor de él. "Yo siento lo mismo. Quiero estar siempre contigo... si me dejas. Odio la idea de no estar contigo para siempre."
El alivió floreció en el rostro de Fay como la más dulce flor. Sus hombros temblaron mientras intentaba contener las lágrimas. Últimamente, había estado llorando demasiado, aunque esta vez fuera de alegría. Supuso que se debía al hecho de haberse guardado las cosas durante tantos años.
Kurogane besó las lágrimas extraviadas mientras cubría el rostro de Fay con besos, finalmente volviendo a sus labios temblorosos.
"Te amo," gimió contra su boca, preguntándose, y no por primera vez, cómo había ocurrido. Fácilmente manteniendo en equilibrio al mago con sus fuertes besos, los dirigió a ambos de vuelta al futón. La caída sobre las sábanas ocurrió de forma tan natural que el ninja no estaba seguro de si la había iniciado él o Fay. Los besos continuaron, pero al cabo de un momento, Fay lo interrumpió colocándole una mano firme contra su pecho.
"Espera… Kuro-rin… no podemos… hacer esto ahora."
"¿Por qué no?" preguntó, desilusionado.
"Estás herido."
Kurogane hizo a un lado la preocupación del mago. "Puedo soportarlo. Además… están pasando muchas cosas, ahora. ¿Quién sabe cuándo tendremos otra oportunidad?"
Fay no necesitó más persuasión. Gimió suavemente mientras Kurogane lo ayudaba a quitarse las extrañas ropas de Japón. Mientras la suave tela se deslizaba por su cuerpo, Kurogane iba besando toda la piel blanca como el marfil que podía. Fay alzó las manos y torpemente comenzó a quitarle la ropa a Kurogane, aunque sin mucho éxito. El guerrero suspiró, sonriéndole mientras se sentaba y guiaba las manos inexpertas de Fay con su única mano.
"No tendrás… algo… ¿verdad?" Preguntó Fay esperanzado mientras lo desnudaba. Kurogane estaba a punto de decirle que no cuando vio algo que no había visto antes, algo en el suelo junto a su futón. El confuso ninja alzó la mano, gesticulando para que Fay esperara mientras se bajaba de encima de él. Fay gimiólastimosamente por la pérdida de contacto.
Kurogane apartó la botellita y cogió el trozo de papel. Era una nota.
Querido Kurogane,
Imagino que estarás muy enojado conmigo cuando descubras qué significa exactamente esta carta, pero eso no es particularmente importante ahora. Estoy muy contenta de ver que Fay y tú habéis regresado con vida. Permíteme ser la primera en felicitarte. Sólo quería tratar algo que supongo que puede suponer un problema para ti. Aunque es cierto que me juraste servicio, la promesa que hiciste no afecta a tu corazón. Quiero que sepas que eres libre de entregar tu corazón a quien consideres digno de él. Si lo deseas, también te doy permiso para conceder a tu amor el regalo de tu verdadero nombre. Todo lo que deseo es que seas feliz, y no quiero que la promesa que me hiciste se interponga en tu camino.
Tomoyo
P.S. Disfruta del pequeño regalo de parte de Mokona y de mí.
Kurogane gruñó mientras soltaba la nota y recogía la botellita.
"¿Qué es, Kuro-papi?" preguntó Fay, aún tumbado donde Kurogane lo había dejado.
"Nada. Sólo estoy haciendo una nota mental para matar a Tomoyo," respondió mientras quitaba el tapón de cristal del frasco. El olor a rosas inundó su nariz. No sabía si sentirse enojado o agradecido. Enojado por la obvia implicación de Tomoyo y la bruja en su aventura en el laberinto; agradecido porque su princesa lo acababa de liberar de su última inhibición sobre estar con Fay. Algunos señores se negaban a permitir que sus sirvientes dividieran su lealtad ni una pizca. Pero debería haber sabido que Tomoyo no sería así. No estaba muy seguro de si ya estaba preparado para decirle a Fay su verdadero nombre. Sabía que lo haría algún día… pero no ahora.
"Kuro-chii… ¿estás bien?" Preguntó Fay nerviosamente. Debía haber estado perdido en sus pensamientos más rato de lo que creía. Sacudió la cabeza mientras luchaba por quitarse lo que le quedaba de ropa. Entonces le mostró el frasco de aceite con esencia de rosas a su amante.
"Aparentemente sí que tengo algo. Un regalo de Tomoyo y el bollo." Se estremeció al decirlo. Normalmente se resistiría a aceptar cualquier cosa que viniera ni remotamente de parte del manju, pero el aceite era bastante necesario en esos momentos.
"Oooh," dijo Fay con un gruñido lobuno. "¿Mokona estaba pensando sucio?"
"¿A quién le importa?" dijo, volviendo a soltar el frasco hasta que fuera necesario. Entonces abordó a Fay con renovado ardor. Durante un momento, Fay permitió que el ninja lo recorriera con los labios. Sin embargo, antes de que Kurogane se diera cuenta de lo que estaba pasando, Fay lo había agarrado y lo había volteado de manera que él estaba encima.
"¡Eh! ¿Qu…?" Empezó a protestar, pero Fay rápidamente colocó un dedo sobre sus labios.
"Kuro-cachorro debería dejar que Fay-mami estuviera encima esta vez," lo provocó mientras se movía lentamente hacia abajo por su cuerpo. "Al fin y al cabo, está herido. Y ahora… me toca a mí."
A Kurogane le costó toda su fuerza de voluntad no correrse en ese mismo instante mientras observaba a Fay metérselo en la boca. Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos con fuerza, intentando con todas sus fuerzas no gemir demasiado fuerte mientras la cálida humedad de la boca de Fay trabajaba en él.
Pero casi tan rápido como había empezado el placer provocador, éste acabó, y Fay volvió a aparecer en su campo visual.
"¡No… es justo!" gruñó al borde de las lágrimas mientras el mago gateaba sobre su cuerpo y asentaba su cálido peso sobre él. Una sonrisa provocativa apareció en su rostro mientras recorría su pecho con los dedos de su mano derecha.
Kurogane estaba bastante mosqueado por toda la provocación, así que decidió hacer pagar a su gatito por eso. Metió la mano entre sus cuerpos y agarró la vibrante necesidad de Fay, acariciándola con dedos diestros.
Fay se dobló por la mitad ante la sensación, prácticamente derritiéndose en Kurogane. Se agarró desesperadamente a las sábanas, jadeando de deseo.
"Te deseo," susurró Kurogane a su oído. Fay estuvo tentado de echarse a reír ante eso. Ese deseo en particular no era ningún secreto. Pero lo que tendría que haber sido una risita se convirtió en un grito ahogado cuando el hombre le dio una última y rápida sacudida antes de coger el frasco de aceite. Se lo habría aplicado él mismo, pero Fay enseguida captó el problema y cogió el frasco, vertiendo una cantidad generosa en los dedos de su amante.
"¿Aceite de rosas?" comentó en voz baja mientras Kurogane alargaba la mano hacia su trasero para evaluar su grado de preparación. Intentó sofocar los gruñidos mientras el ninja comenzaba sus primeras y suaves exploraciones.
"Sí," gimió también en voz baja mientras movía los dedos dentro y fuera del otro hombre, preparándolo. De repente, se tensó cuando notó las manos de Fay de nuevo sobre él. El mago ya estaba empezando a cubrirlo con más aceite.
"Eh, alguien está ansioso," se burló, alzándose y robándole otro beso al mago.
"Mmph… Kuro-mmm…" cualquiera que fuera el nombre que iba a decir fue cortado por un fuerte gemido. Sonriendo de forma traviesa por el efecto que estaba teniendo sobre el rubio, finalmente Kurogane apartó la mano y Fay se posicionó sobre él.
Durante un segundo antes de hacer la última zambullida, se miraron profundamente a los ojos. Ambos sabían que, una vez hicieran esto, no habría vuelta atrás… pero al mismo tiempo se dieron cuenta de que no querían volver atrás. Cualquiera que fuese el futuro que lo esperara, querían construirlo juntos. Fay se inclinó y dio un último beso a Kurogane antes de acomodarse sobre la dolorida dureza del ninja.
Un largo siseo escapó de la boca del mago mientras su guerrero lo penetraba lentamente. Al principio fue doloroso, pero al cabo de poco empezó a disfrutar la sensación de él en su interior y comenzó a moverse lentamente sobre su dura longitud.
"Oh… Kuro-wan-wan es tan… grande," gimió echando la cabeza hacia atrás por el placer cuando Kurogane rozó su punto ideal. Ocasionalmente, el espadachín intentaba salir a su encuentro, pero era difícil conseguir una posición ventajosa con sólo un brazo, así que permaneció tumbado y dejó que Fay se moviera sobre él. En vez de eso, usó su mano para darle placer al mago mientras éste empujaba sobre él.
"Mm… Fay… mago… Fay… ¡Oh, Dios, Fay!" Gruñó una y otra vez mientras las tensas paredes del cuerpo del mago lo acercaban aún más al clímax.
"¡KURO-SAMA!" gritó Fay cuando el espadachín lo llevó al éxtasis, cubriéndolo completamente con su semilla. La liberación de Kurogane se produjo segundos después, provocada por el cuerpo de Fay al tensarse involuntariamente a su alrededor. "¡FAY!" gritó, liberando su cálida pasión entre las piernas del mago.
Fay se apartó de Kurogane y cayó a su lado, disfrutando del cálido arrebol de después de hacer el amor. Todo había sido tan bueno como en el sueño. Había sido mejor. Había sido real. Kurogane se giró sobre su lado y acercó su rostro al de Fay.
"Ha sido maravilloso, Kuro-chan," susurró alegremente.
Kurogane no dijo nada. Durante un momento, simplemente yació allí, gravando en su mente la imagen de su amante, despeinado y resplandeciente de placer. Así era cómo quería recordar a su mago. No los diez millones de sonrisas falsas que había visto antes; así, como ahora. Si muriese al día siguiente, le parecería bien. Tendría ese recuerdo para llevarse a la tumba.
"Fay… si te fuera a prometer algo ahora, ¿estarías lo bastante lúcido como para entenderlo?" preguntó con vacilación.
Fay abrió el ojo, inclinando la cabeza hacia un lado, ligeramente confuso.
"Sí. ¿De qué se trata?"
"Más que a la vida… más que al honor… te amo. Me ofrezco a ti."
Fay bebió de esa promesa como si fuera agua. Sabía que tendría que llevarla con él durante mucho tiempo antes de volver a oír las palabras. Se trataba de Kurogane. No siempre sería capaz de decirlas en voz alta. Eran unas palabras destinadas sólo a ellos, cuando estuvieran solos. Esa vida que habían decidido construir juntos estaría llena de dificultades. No siempre podrían expresar abiertamente su amor como quisieran. No siempre querrían hacerlo. Pero en ese momento, antes de que el tiempo volviera a ponerse en marcha, podían admitir que estaba allí… que siempre estaría allí.
"Kuro-koi, más que a la vida... más que a cualquier magia que los mundos me puedan mostrar… te amo a ti. Te lo doy todo," dijo solemnemente, sellando su promesa con un beso largo y cariñoso.
Mientras Kurogane lo acercaba más a él con su brazo, Fay se acordó de otra promesa que había hecho. Una de la que no había hablado a Kurogane. El hecho de que hubiera dado lo que le quedaba de magia para conseguirle un brazo nuevo. Había muchas cosas que aún no le había dicho a su cachorro. Cosas como… Sakura… la Sakura auténtica. No era la mejor manera de empezar una relación, pero sabía que todas esas cosas saldrían finalmente a la luz. De momento… tenía a Kurogane, y podría despertar a su lado hasta el día en que ya no despertara de su sueño.
Eso sería suficiente.
"¿Kuro-tan?"
"¿Hn?" farfulló Kurogane con somnolencia. Sus pensamientos eran un revoltijo de cómo Tomoyo nunca le permitiría borrar del pasado el lío que habían montado… y de Fay.
"Buenas noches."
XxX
NdT: Muchas gracias a todos por vuestros comentarios y vuestro apoyo. Próximamente comenzaré una nueva traducción. Espero que la leáis con la misma ilusión. ¡Hasta pronto!
