Hola a todos :)

Perdón por el retraso ;D aún no tengo el final de la historia, así que por el momento les dejo el capítulo 7 (cielos, ahora que vuelvo a releer el lemon, se me sube el color XD jajaja estoy loca)

Gracias por leer :3

Atención: InuYasha y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Yo solo escribí la historia por puro gusto y diversión.


Capítulo 7: Despertar

–Flores… huele a flores silvestres…– murmuró Diana ligeramente. El letargo del sueño se disipaba poco a poco y sus ojos empezaron a abrirse lentamente.

Trató de enderezarse, pero un latigazo de dolor recorrió su cuerpo, obligándola a despertar por completo. Los recuerdos le llegaron de golpe, poniéndola al tanto de su situación. Permanecía tendida sobre la cama, desnuda, sudada y adolorida, cubierta sólo por una ligera sábana suave como la seda. El silencio era su único compañero en la habitación.

La primera consecuencia de semejante actividad sexual se hizo presente, la dolencia que la invadía era igual o peor a la que siente alguien que no ha hecho ejercicio en mucho tiempo. Los dolores musculares de todo su cuerpo durarían por algunos días, ella lo sabía. Su interior no estaba mejor y temía que el demonio pudiera haberla lastimado.

– ¡Maldita sea, me duele todo!– se lamentaba Diana, al tiempo que trataba de aclarar su mente.

Necesitaba saber donde estaba y como huir de ese lugar. De pronto, el olor a flores le hizo recordar el cuarto de baño. Poco a poco intentó levantarse, pero apenas se sostenía en pie. Recargándose en la pared, consiguió llegar a la habitación y entrar. Estaba vacía y el agua caliente parecía llamarla. Con cuidado se dirigió a la orilla, cada paso implicaba un espasmo de dolor, que se aligeró tan pronto se sumergió en el relajante líquido.

–Despacio, despacio– se repetía así misma al momento de sentarse en una piedra lisa que le serviría de apoyo mientras comenzaba el aseo de su cuerpo. Cerca de ahí, descubrió un contenedor con lo que parecía una esponja sumergida en un líquido aceitoso de agradable aroma.

–Apenas puedo creer lo que está pasando, ¿Qué sucedió después de que me desmaye?, ¿Dónde está él?, ¿Dónde estoy?, ¿Qué hora es?, ¿Qué día es hoy?– se preguntaba Diana, mientras humedecía la esponja y la tallaba contra su piel.

Abundante espuma comenzó a generarse, poco después recorría su cuerpo lentamente tratando de quitarse el sudor y la esencia de Sesshomaru.

– ¡Maldición!, me dejó marcados sus arañazos– se quejó de repente al sentir un ligero ardor en las heridas hechas por las garras. La esponja pasaba suavemente pero no calmaba la molestia.

– ¿Acaso se cree gato?… no, más bien es un perro, tengo su saliva por todos lados y… ¡auch!– volvió a lamentarse, al pasar ahora la esponja por su cuello. La pequeña laceración ardía más que los zarpazos.

–Te cobraste demás por la herida que te hice, maldito demonio– protestó enojada al recordar el primer encuentro en el bosque.

Después de todo ella era la víctima, pero ¿Qué podía hacer?, ¿Con quién podría acusarlo?, ¿Siquiera eso era posible? Muchas preguntas y ninguna respuesta se generaban en la mente de Diana. No sabía qué hacer al respecto, tenía que pensar rápido, no deseaba permanecer más tiempo en ese lugar. Debía volver a la cueva de la Luna.

Con calma abandonó el agua termal. Recorrió la habitación buscando algo con que cubrirse, pero estaba vacía, excepto por los restos destrozados de su ropa. Se encaminó de nuevo al otro cuarto y lo revisó con la mirada hasta que se encontró con lo que parecía ser un armario disimulado en la pared. Lo abrió y en su interior había vestimentas parecidas a batas. Diana no sabía cómo llamarlas, sólo le importaba cubrir su desnudez. Se vistió e inmediatamente notó la longitud de la tela que tocaba el suelo.

–Bueno, peor sería no tener nada. Sólo tengo que amarrar por aquí y allá, ahora cerramos esto… listo– dijo la joven al terminar de ceñirse la tela, la cual tuvo que acomodar para que no le estorbara al paso.

Espero no encontrármelo…– pensó al acercarse a la puerta de la habitación. Suavemente jaló la hoja de madera, tratando de no hacer ruido.

El pasillo estaba solo y en el extremo opuesto de éste, había algo de luz. Comenzó a caminar despacio, sus pies descalzos facilitaban el silencioso andar. Al llegar a la parte iluminada, se dio cuenta que era un tragaluz hacia un jardín interno. Pero se preocupó al ver los rayos del sol vespertino, estaba oscureciendo.

– ¡Está a punto de anochecer, no es posible, ¿Cuánto tiempo he estado aquí?!– se cuestionó alarmada.

De pronto, alguien le respondió desde el otro lado del jardín, mientras caminaba hacia ella.

–Has estado durmiendo casi todo el día, ¿Tienes hambre?– le habló una pequeña niña de cabello alborotado.

Rin se acercó a ella con una sonrisa, despreocupada de la vida. Evidentemente la mujer le inspiraba confianza a la chiquilla.

–Rin… ¿Qué haces aquí?… es decir, yo… mejor dicho, ¿Dónde estamos?– trató de contestar Diana, al tiempo que intentaba calmarse y asimilar la repentina aparición de la niña.

–Éste lugar le pertenece a mi amo Sesshomaru– contestó otra voz. –A veces él nos deja aquí cuando va a inspeccionar los límites de su territorio– dijo Jaken, quien salía por otro pasillo, mirando a Diana con cierta malicia.

– ¡Tú de nuevo, pequeño sapo!– respondió molesta la mujer. Presentía que Jaken conocía toda la verdad de lo que su amo había hecho con ella y se burlaba de su situación.

–Señor Jaken, el señor Sesshomaru dijo que le diéramos algo de comer cuando se despertara. Vamos al comedor, porque ya es hora de la cena– interrumpió alegremente Rin, tomando a Diana de la mano. –Ven conmigo, yo te llevo. –

–Si… está bien…– contestó la joven.

No le quedó más remedio que seguir a la niña, su cuerpo le estaba pidiendo comida y bebida por el cansancio general. Además, no estaba segura de poder abandonar ese sitio si ya estaba anocheciendo. Jaken las siguió sin dejar de reírse para sus adentros.

–Oye Rin, tu amo… ¿Está aquí?– cuestionó Diana, algo nerviosa.

–El señor Sesshomaru salió después de traernos en la mañana. Nos dijo que estabas durmiendo, que no te molestáramos y que te diéramos comida cuando despertaras. No sé a donde fue, ni cuándo volverá– respondió la chiquilla.

Escuchar esto tranquilizó un poco a Diana, pero tenía que pensar en cómo irse de ahí, no quería volver a encontrarse con él, sólo quería volver a casa lo más pronto posible.

Entraron a un comedor espacioso donde una mesa baja y unos cojines aguardaban. Un par de seres con apariencia vagamente canina y humanoide, se retiraban después de dejar los alimentos. Al verlos, la mujer se quedó inmóvil de la sorpresa, todavía no terminaba de asimilar la aparición de criaturas sobrenaturales.

–No tengas miedo, son sirvientes del señor Sesshomaru, ellos nos atienden en todo y son muy amables– dijo Rin, al tiempo que jalaba a Diana para que tomara asiento.

Un poco nerviosa, la mujer se acomodó en el cojín junto a la niña. Jaken se sentó en el lado opuesto de la mesa y comenzó a devorar un racimo de uvas con suma tranquilidad.

– ¿Cómo llegaste aquí humana?– cuestionó.

Diana miró al pequeño demonio y respondió con algo de reserva, mientras bebía de un recipiente con agua.

–Yo… entré por error a una cueva con forma de luna menguante… después de caminar unos metros… la salida había desaparecido y el túnel me llevó a otro lado, terminé saliendo al bosque… no sé como sucedió. –

– ¿Una cueva con forma de luna?, suena gracioso, nunca he visto algo así– comentó Rin, al tiempo que comía de un tazón con arroz.

–Seguro que estás mintiendo humana, no hay cuevas con esa forma en el territorio del señor Sesshomaru, yo he recorrido junto con él todos sus dominios y jamás me he percatado de algo así– respondió Jaken.

–No estoy mintiendo, tu amo vio la cueva e incluso entró a ella cuando me estaba siguiendo– se expresó Diana algo irritada, al tiempo que trataba de comer lo que tenía enfrente, no estaba acostumbrada a usar palillos. –De todas maneras no importa que no me creas, necesito regresar a ese lugar lo más pronto posible– concluyó.

–Jejeje eso no depende de ti, sino de mi amo– dijo el sirviente casi en un susurro.

Diana alcanzó a escucharlo y no pudo reprimir un gesto de molestia hacia el demonio con cara de sapo.

–Oye Diana, si quieres puedo decirle al señor Sesshomaru que te ayude a buscar esa cueva, no creo que se oponga– sugirió Rin amablemente, ajena al entendimiento de la situación. –Ya sé, mañana el señor Jaken y yo te acompañaremos a buscarla. –

– ¡De ninguna manera Rin, no estés ofreciendo ayuda a esta mujer!, no quiero problemas con mi amo– interrumpió Jaken, molesto por las confianzas que la pequeña se tomaba.

Diana no respondió, decidió guardar silencio, escuchar y esperar la mejor oportunidad. Rin, ignorando a su niñera, empezó a platicar de cosas triviales sobre su vida, cuestiones comunes de una niña de su edad. Un par de horas más tarde, la pequeña comenzó a tener sueño, así que se dirigió a su habitación acompañada por la joven. Jaken se quedó en el comedor consumiendo demás.

–Quédate a dormir conmigo, tengo un futón extra– pidió amablemente Rin.

–Claro que si, la verdad es que yo tampoco quiero dormir sola– contestó Diana sonriendo, al tiempo que dejaba escapar un suspiro de alivio.

Tenía la idea de que, si Sesshomaru regresaba, no se acercaría a ella con otras intensiones estando junto a la niña. Tal vez no volvería a pasar nada, pero era mejor permanecer en alerta.

A unos cuantos kilómetros de ahí, en un lago cristalino, había una figura que ya tenía rato sentada a la orilla. Era el Lord del Oeste, que parecía divagar en sus pensamientos mirando hacia el oscuro horizonte.

Tienes que aceptarlo, no puedes negar que lo disfrutamos…– dijo la voz en su cabeza. – ¡No tenía que haber sido así, es una maldita humana, sigo sin entenderlo!– se auto respondió Sesshomaru. –Jajaja déjate de estupideces, no eres el primero ni el último al que le sucede algo así con una humana– contestó burlonamente la bestia. – ¡Esto no volverá a suceder, voy a matar a esa mujer!– sentenció el Lord, al tiempo que se incorporaba. –Lo dudo jejeje…


Continuará…