Hola a todos :)
Me he tardado demasiado con este capítulo, miren la hora, debería estar durmiendo, en fin. Les dejo el capítulo 10 de ésta historia... la verdad, creo que estoy siendo muy cruel con mi pobre OC ¿o qué opinan ustedes? espero sus comentarios ;)
Gracias por leer :D
Atención: InuYasha y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Yo solo escribí la historia por puro gusto y diversión.
Capítulo 10: Obediencia (parte I)
Casi era medio día, las actividades generales en la residencia continuaban sin mayor importancia, repentinamente, un grito rompió la monotonía del lugar.
– ¡¿Donde está, donde está?!– gritó Jaken, casi histérico. – ¿Como pude ser tan descuidado?, el amo bonito me asesinará– pensó, al tiempo que corría por los pasillos buscando a Diana.
Había recibido órdenes de vigilar a la humana y no permitir que se marchara. Pero el exceso de sake se lo impidió.
–Señor Jaken, la humana salió con la pequeña Rin desde hace rato– le informó un demonio de apariencia canina.
– ¡¿Qué?, idiota, porque no las detuvieron y porque no me avisaron!– reclamó, haciendo gestos de disgusto.
–Señor Jaken, tratamos de decirle a Rin que no podían salir, ni ella ni la mujer, pero nos amenazó con decirle al amo Sesshomaru que no atendíamos sus peticiones y como el dragón Ah-Un le obedece, no pudimos hacer nada. Además, tratamos de despertarlo, pero usted no reaccionaba– terminó de explicar el sirviente.
– ¡El amo Sesshomaru me va a matar, ya lo puedo imaginar, seguro me cortará la cabeza!– seguía lamentándose el pequeño demonio.
– ¡Lord Sesshomaru ha vuelto!– se escuchó un aviso proveniente del pórtico de entrada.
Jaken sintió un escalofrió, tragó saliva y se dirigió al exterior, pensando en la mejor forma de pedir clemencia. Quedó sorprendido al ver que su amo llegaba con la humana fugitiva.
– ¡Bájame, no soy un saco de arroz!– gritaba Diana. Sesshomaru la traía cargado sobre su hombro derecho y la tenia inmovilizada de las piernas.
– ¡Jaken!, ¿Qué fue lo que te ordené?– preguntó seriamente el Lord, ignorando las protestas de la mujer.
– ¡Amo bonito!, ¡Yo… es que Rin!… ¡Lo siento, me quede dormido, perdóneme por favor!– comenzó a lloriquear el pequeño demonio.
Sesshomaru lo miró con disgusto para después dirigirse a la estancia sin decir más, a fin de cuentas no mataría a su fiel sirviente, pero eso sí, le pasó por encima como en otras ocasiones.
–Oye, bájame por favor, aún estoy adolorida del cuerpo– volvió a pedir Diana.
–Silencio, deja de quejarte… el dolor va a continuar por más tiempo, así que resígnate– contestó burlonamente, al tiempo que avanzaba por los pasillos hasta llegar a la habitación principal.
Entró en ella y se encaminó al baño de aguas termales, cuando de pronto sintió un ligero dolor en la cabeza, ella le estaba jalando el cabello.
–Te dije que me bajes, ya no soporto ésta posición– protestó Diana, sosteniendo con fuerza el mechón plateado.
Una gran afrenta para el orgulloso demonio, sin embargo, en vez de irritarse por tal acto, lo tomó como una invitación para someter a la fierecilla. Aflojó el agarre de su brazo y comenzó a bajarla frente a él, la mujer todavía le sujetaba el pelo.
–Eres una humana muy atrevida, por menos que eso, otros han muerto– dijo el demonio, mirándola con deseo.
Diana no pudo reaccionar a tiempo, Sesshomaru la atrapó por el cuello con una mano y con otra le sujetó la muñeca, obligándola a liberar su cabello. Después acercó su boca y el filo de sus colmillos recorrió el antebrazo, dejando un surco rojo y brillante. La mujer gimió de dolor mientras su sangre era lamida con morboso placer.
– ¡Basta, me estas lastimando!– se quejó la joven, tratando de soltarse.
De pronto él volteo a verla, en sus ojos la bestia se reflejaba, su sonrisa era de gozo y el rastro carmesí desapareció tras lamerse los labios. La liberó de su agarre e hizo que retrocediera contra el muro, sus brazos la acorralaron y su rostro quedó frente a ella, quien ahora temblaba sin dejar de mirarlo.
–Me agrada el olor de tu miedo, me gusta el sabor de tu sangre… ahora quiero tu cuerpo– declaró con excitación.
La mujer no soportó más la roja mirada y cerró los ojos cuando él acercó la lengua a su piel. A pesar del miedo, la cálida y húmeda caricia la hizo estremecer. El órgano recorrió su garganta y bajó hasta el hombro recién descubierto. Diana percibió la contracción de su estómago y su respiración se aceleró. De repente lo sintió retirarse, abrió los ojos y para su sorpresa, el demonio se dirigía a la puerta.
–Aséate… y prepárate para complacerme– ordenó Sesshomaru al salir de la habitación.
Diana soltó una exhalación de alivio momentáneo, su corazón seguía agitado. Se revisó el brazo y comprobó que la herida estaba cicatrizando rápidamente, extrañas propiedades las de su saliva. Tratando de mentalizarse a la idea de lo que se avecinaba, se encaminó al baño termal. La habitación seguía con su delicioso aroma a flores y comprobó que los restos de su ropa habían sido sustituidos por unas telas pulcramente dobladas.
–Diana, tienes que hacer esto… es demasiado tarde para arrepentirse– se repetía así misma, al desnudarse y entrar en el agua.
El dolor le recordó lo resentido que estaba su cuerpo, era demasiado pronto para que desapareciera la molestia.
– ¿Cuánto tardará en abrirse el portal?… debería tratar de obtener la respuesta lo más pronto posible– divagaba, al tiempo que se enjabonaba con otra esponja empapada de un nuevo aceite aromático.
–Sí, suena más fácil decirlo que hacerlo…– se reprochó. –Al menos debería tratar de disfrutarlo… lo peor que podría pasar es que me asesine… no, lo peor que podría suceder, es que me convierta en su esclava sexual y nunca regrese a mi hogar…– se sobresaltó con ésta última idea.
Continuaba asesando su cuerpo, cuando a lo lejos le pareció escuchar un sonido de agua corriendo, no le prestó atención y prosiguió con su actividad por varios minutos más. Finalmente, se levantó despacio y se dirigió a donde habían dejado las telas. Buscó la que fuera más próxima a una toalla grande y comenzó a retirar la humedad de su piel.
Momentos después, caminaba de un lado a otro con cierto nerviosismo, tratando de hacer tiempo.
–Bueno, creo que tendré que esperarlo…– suspiró resignada, encaminándose al cuarto contiguo.
Diana entró a la habitación sosteniendo la tela que cubría su cuerpo y enorme fue su sorpresa al ver que el demonio ya la espera en el lecho… desnudo y ansioso. Sus ojos ámbar la recorrieron con descaro, ella tragó saliva intentando mantener la calma, no había escuchado su regreso.
Sesshomaru permanecía recostado en una posición soberbia y seductora, recargado sobre mullidos cojines, se exhibía en todo su esplendor. Su hermoso cabello plateado caía por sus anchos hombros, se esparcía por sus costados y terminaba acariciando la sábana. Su fuerte pecho subía y bajaba, acompasado por la respiración, su piel blanca brillaba delineando su fina musculatura y las hermosas marcas violetas resaltaban aún más.
Hasta ese momento Diana comenzó a prestar atención a ellas, eran únicas y bellas, sin duda un símbolo de realeza. Su cuerpo reposaba a lo largo del lecho con una pierna flexionada, disimulando lo que seguía del vientre. Fuertes muslos y otras rayas violetas se podían apreciar, para la mujer era un deleite visual. Su arrogante porte finalizaba con la postura de sus brazos, uno recargado detrás de la cabeza y el otro extendido… llamándola.
–Es un ejemplar perfecto, aunque no sea de mi especie– pensó Diana, mientras obedecía el llamado.
Caminó despacio y se sentó en la orilla de la mullida cama dándole la espalda.
–Sube y arrodíllate frente a mí– ordenó Sesshomaru, mirándola complacido.
Él siempre obtenía todo lo que quería y aunque ella se resistió al principio, terminó cediendo a su chantaje. Suena bajo y cruel, pero no tenía intención de tomarla por la fuerza, no sería tan placentero si ella se resistía. Prefería dominarla y someterla a sus caricias hasta que se entregara por voluntad y anhelo.
Diana disimuló su irritación, no le gustaba recibir órdenes. Subió despacio, con la tela rodeando su cuerpo y se arrodilló a su lado. Entonces se percató del fragante olor que despedía, sin duda también se había aseado para éste momento. Permaneció vertical con las manos juntas sobre sus rodillas, tratando de desviar la mirada de los ojos ambarinos que la intimidaban.
– ¡Maldita sea, me hace sentir tan nerviosa como en mi primera vez!– pensó fugazmente.
–Me gusta la tonalidad de tu piel, mujer– dijo, al momento que su mano delineaba el contorno de los senos sobre la tela.
Diana seguía tratando de controlar su respiración, no sabía para dónde mirar cuando él comenzó a jalar la tela con una de sus uñas. Cerró los ojos y por un momento tuvo la sensación de que los colores se le subían a la cara tras quedar completamente desnuda ante el Lord del Oeste.
Las manos del demonio comenzaron a recorrer su piel sin recato alguno. Ella no pudo evitar que un sutil gemido escapara de su boca. La posición en la que estaba permitía que él recorriera sus senos, delineara su cintura y rozara sus caderas con el filo de las garras. Aún con los ojos cerrados, lo sintió acercarse a su rostro y con sus labios comenzó un suave y lento recorrido de su mejilla hacia la oreja. Podía escucharlo respirar, inhalando el olor de su piel, agitándose por la señal olfativa que le susurraba un lúbrico deseo.
De nuevo, la húmeda lengua se hizo presente, el demonio no podía dejar de lamer la piel canela. Diana tembló, sabía que ese acto comenzaría a descontrolarla. Siempre fue sensible a las caricias en su cuello, nuca y espalda. Él lo notó y comenzó a extender el recorrido hacia sus hombros. La mujer mantenía los ojos cerrados, dejándose llevar por las sensaciones que percibía su piel. De pronto, una nueva orden la sacó de su sopor.
–Siéntate sobre mí– indicó el demonio.
– ¿Qué dices?, pero… aún no estoy…– protestó Diana con miedo, temiendo que quisiera penetrarla en ese momento.
A pesar del reproche, Sesshomaru la sujetó por la cintura con ambas manos, jalándola hacia él y la elevó sobre su torso, obligándola a flexionar las piernas a los lados de su cadera. Diana quedó sentada sobre el marcado abdomen a escasos centímetros de la región inguinal, donde la virilidad masculina comenzaba a despertar. Ella temblaba notoriamente mientras sus manos se detenían sobre el fuerte pecho, resistiéndose al contacto pleno.
–No voy a lastimarte, a menos que me provoques– dijo Sesshomaru, mirando con morbo su reacción.
Diana tenía un gesto de angustia, por un momento pensó que la dañaría. Él sólo se divertía torturándola con sus maliciosas acciones.
– ¡Eres un desgraciado!– pensó para sí misma. En ese momento, sintió sus manos recorriéndole suavemente la espalda, provocando un sobresalto inesperado.
El señor del Oeste comenzó con las caricias sobre la cálida piel, transitando por el canal de la columna vertebral, subiendo hacia la nuca y bajando otra vez, el tacto de las garras era cuidadoso y sensual. Ella se dejó envolver nuevamente por las sensaciones, acercándose poco a poco hacia él. En un instante sus senos fueron acaparados por la boca masculina, su lengua descarada recorría los pezones obligándolos a endurecerse, para luego continuar con lo demás. Sutiles gemidos empezaron a escucharse.
Diana disfrutaba el rozamiento de su espalda, un delicioso escalofrió la recorría cuando los dedos alcanzaban su nuca y se perdían entre su cabello. Inconscientemente llevó sus manos a los hombros de él, donde sus dedos comenzaron a juguetear con las plateadas y ligeramente húmedas hebras.
Las manos del Lord continuaban incitando la piel de la joven, bajando por las caderas, marcando el contorno de los glúteos y acariciando con más fuerza sus muslos. Su excitación aumentaba más y más, reflejándose en su respiración agitada y en la ligera punzada, de su ahora, endurecida virilidad. En su interior, una criatura de roja mirada retozaba de felicidad.
Ella percibió la contracción de su húmedo interior, su feminidad comenzó a liberar la lubricación. Su respiración se ajustaba a los gemidos que poco a poco aumentaban. Sus manos se entretenían recorriendo los brazos y el torso de aquel adonis sobrenatural. El placer de las caricias le hacía perder la percepción por instantes, de pronto, lo escuchó inhalar más profundamente y al buscar su mirada, se encontró con la lujuria desbordada.
–Hazlo…– ordenó, al tiempo que su boca se curvaba en una mueca lasciva.
La mujer lo dudó por un instante, en el cual, él movió su bajo vientre haciendo que el grosor inicial de su miembro hurgara la entrada de su cavidad. Diana se estremeció y por reflejo trató de levantarse, las garras de Sesshomaru le sujetaron con fuerza las caderas.
–Ni lo pienses mujer… vas a sufrir si te mueves un poco más– le advirtió, mientras sus largas uñas amenazaban la piel de ella.
– ¡Espera por favor, deja que lo haga yo sola!– contestó Diana, asustada por la amenaza.
Tratando de serenarse, separó un poco más las piernas, elevó su cadera y fue retrocediendo. Sesshomaru aflojó el agarre.
– ¡Tranquila Diana, tranquila, debes controlarte!, estás bastante húmeda para recibirlo. No dejes que te intimide su tamaño, además, ésta es tu posición favorita… si, pero con humanos– se decía así misma en un intento por calmarse.
Diana cerró los ojos al tiempo que su respiración se detenía, su cuerpo adolorido no soportó mucho tiempo su peso en el aire y comenzó a descender sobre el endurecido miembro. El grosor del órgano comenzó a abrir su interior poco a poco. No pudo evitar cierta molestia que se reflejó en un gemido de malestar.
Sesshomaru empezó a sentir los pliegues de Diana recibiéndolo lentamente, su miembro fue abrazado por la calidez y humedad de la hembra. Un gruñido gutural escapó de su garganta al tiempo que ella clamaba también.
El cuerpo de la mujer se cimbró completamente, esa posición estimulaba otras partes nerviosas de su interior. Ella se quedó quieta por unos segundos mientras el macho la observaba atentamente.
–Por favor no te muevas, deja que yo comience… aún no me acostumbro a ti– pidió dócilmente.
Sesshomaru le sonreía con lujuria, al tiempo que tomaba su rostro con ambas manos. El filo de sus garras acarició las mejillas en un gesto de poder y control. Diana volvió a cerrar los ojos… de pronto sintió calor en los labios, después humedad y finalmente su boca fue poseída. Comenzó suave y cálido, con un roce ligero, después creció hasta convertirse en arrebato y deseo. Los labios del demonio devoraron los suyos, haciéndola perderse en un mar de sensaciones. Un delgado y lúbrico hilo de saliva los unía antes de separarse.
–Deliciosa forma de besar, voy a quedar traumada después de esto…– pensó con poca lucidez.
El beso había sido perturbador, pero no tuvo más tiempo para divagar, otra orden la devolvió a la realidad.
–Comienza ahora o lo haré yo– le susurró al oído de forma imperativa.
Con calma la joven obedeció, su respiración entrecortada se sincronizó con los movimientos de su cadera al tiempo que su interior dejó de resistirse y empezó a frotar con vigor el miembro viril. Sus piernas apenas tenían fuerza para elevarse y controlar la profundidad de la penetración. El demonio comenzó a agitarse aún más por los espasmos de placer que recibía. El cadencioso subir y bajar de ella se mejoraba al paso de los segundos, pues la abundante lubricación lo permitía.
Diana recargó sus manos sobre el pecho de él, permitiendo que su espalda y cadera bailaran a un ritmo que ella controlaba. Los músculos de su cuerpo olvidaron el dolor en ese momento. Su mirada se perdía en el techo, su boca gemía y su interior se derretía.
El demonio la miraba extasiado, la hembra se entregaba de manera total a su deseo carnal. Sus manos continuaron acariciando la piel canela, estrujando perversamente sus glúteos y forzando un poco más la entrada de su miembro. Sentía perderse en una deliciosa agonía, su mente se nublaba y la bestia luchaba por escapar una vez más.
Diana divagaba entre el sopor y la realidad, su botón femenino comenzaba a regalarle convulsiones de placer que se esparcían en el interior de su ser. Sus manos recorrían el cuerpo masculino con total libertad, su cadera mantenía el baile sensual y sus senos recibían atención especial.
De pronto él la jaló un poco más, su boca se aferró a su hombro y un ligero dolor la obligó a mirar. El demonio volvía a robar unas gotas de su sangre, asemejando un extraño ritual. La caricia de la lengua cicatrizó la pequeña laceración, mientras ella observaba la transformación. Las pupilas de Sesshomaru abandonaron el ámbar y se oscurecieron rodeadas de carmesí, su respiración se agitó y el deseo final aumentó. La bestia la miraba complacida y ella correspondía sin temor, mientras sus caderas mantenían el control y su propio deleite se extendía por su interior, olvidándose de todo lo demás.
Sin embargo, a la bestia le gusta dominar… con ambos brazos la inmovilizó por la espalda y la cintura, aprisionándola contra su pecho, robándole el control del movimiento. Diana se tensó al sentir la pelvis masculina acomodarse bajo ella, los fuertes muslos se doblaron, obligándola a separar más las piernas, aumentando la invasión de su interior. El embiste de la bestia comenzó.
Un sonoro quejido escapó de la hembra al sentir la renovada penetración. El macho empezó a mover su cadera aumentando la profundidad, separando los pliegues, humedeciendo aún más su virilidad. La respuesta no se hizo esperar, los gemidos pidieron por más. El cuerpo femenino se movía a otro ritmo sin poderse liberar, sus uñas se clavaron en los hombros de él, arrancando un gruñido de placer.
Diana comenzó a delirar cuando en su vientre explotó el clímax final, desde el botón del placer hacia sus paredes internas, recorriendo su espina dorsal y derramándose en todo su cuerpo. Nuevamente, la culminación del orgasmo fue poderosa y brutal.
La realidad se le nublaba ante los ojos mientras se dejaba llevar por el placer, se recargó sobre el pecho del jadeante macho, donde pudo escuchar la acelerada respiración que anunciaba su estallido final.
Sesshomaru se encontraba al borde del éxtasis. Sintió a la mujer estremecerse entre sus brazos y las contracciones de su cálido interior aprisionaron con más fuerza su miembro, obligándolo a jadear sin control, al tiempo que el orgasmo explotaba incontenible en su vientre. El placer lo invadió en su totalidad y su cuerpo liberó la semilla una vez más.
El sudor de ambos empapaba las sábanas del lecho, mientras sus respiraciones trataban de estabilizarse. Él la liberó de su abrazo al tiempo que sus ojos volvían a su color ámbar, cerrándolos por un momento. Diana soltó un respiro de alivio, sin embargo no pudo moverse, quedándose sobre su pecho con la mirada perdida en la nada.
Unos minutos después el Lord trató de mover a la mujer, quien seguía en el letargo del cansancio.
–Mujer levántate, debes comer algo para recuperar las fuerzas– dijo, al tiempo que acariciaba su pelo negro.
–Por favor… déjame dormir… no puedo más– balbuceó Diana.
La sostuvo con un brazo mientras se incorporaba, la separó de su cuerpo y con suavidad la depositó sobre el lecho. Cubrió su desnudez con una sábana y posteriormente abandonó la habitación.
…
–Para una hembra humana es muy cansado soportar el apareamiento con un demonio y tú no eres cualquier demonio– susurró la bestia, relajada en su interior. –Lo sé…– respondió Sesshomaru. – ¿No piensas dejarla descansar?– preguntó. –Sólo por ésta noche– dijo el Lord. –Así que… ya no niegas tu deseo por ella, ¿Verdad?– comentó burlonamente. – ¡Silencio, deja de cuestionarme!– gruñó Sesshomaru, mientras buscaba a Jaken para darle nuevas instrucciones.
Continuará…
