Punto tercero: Si ya no puedo más con este fardo
(Y éstos que van conmigo se miran y preguntan
¿De qué fardo nos habla?)

Indispensable camarada:

Todo es como una rueda, sólo hace falta ser lo suficientemente listo como para encontrar el mecanismo para levantarla del suelo y hacerla girar. Hay ocasiones, todo sea dicho, en las que la rueda es lista por sí misma, no espera por nadie, y echa a rodar sola, buscando su propio final. Por muy lista que sea, no deja de ser una rueda. Pero eso no viene al caso.

El último loquero era simpático, y ya. No es mucho pero es algo. Ya no recibo tratamiento, porque son caros. Sólo por eso, no por mis insistentes quejas; no porque importe una mierda que sea mi mente con la que juegan, y mucho menos porque importe una mierda lo que ella piensa. Sin contar los loqueros que me trataban en el loquero, este es el cuarto. ¿Que por qué cuatro loqueros cuando mi único problema es estar triste? Habla con mi madre; tiene un monólogo preparado para cualquiera que se atreva a opinar sobre la crianza de sus hijos.

Respecto a esto, debo decir dos cosas: los loqueros y el loquero son para locos. Y yo estoy muy cuerdo. Bastante más que mucha de la gente con la que te cruzas a diario, me atrevería a decir. Tal vez incluso más que tú, camarada. Pero mi madre (y esta es la segunda cosa) está desesperada. Y yo (vale, son tres cosas) lo entiendo.

Dejando lo mejor para el final, empecemos con mi madre (apláudeme la humildad, anda).

-Desde hace algún tiempo después de MCEUPD comprendí que la única forma de ser libre es estando solo; se lo comenté a Ren y él ya lo había pensado. Te invito a que nos contradigas si estás en desacuerdo (me lo tomaría como un favor personal. Te debería una. Por favor, encuentra otra manera). De este modo, si yo decidiese irme a vivir bajo un puente a rememorar mis escasas vivencias durante siete días y siete noches, ¿quién me lo impediría? Si yo decidiese bailar desnudo, y cantar a gritos, y no comerme las lentejas, ¿quién me lo impediría? Si yo decidiese saltar al mar y no volver a subir, ¿quién me lo impediría? -Pero, a pesar de que desde hacía diecinueve me sentía así, solo e incomprendido, resulta que fuera de mi mente, para mi desgracia, nunca era independiente. Y siendo sinceros, hay pocas cosas que desee más que eso. Si lo has vivido, lo entenderás. Y si no lo has hecho, tómate la molestia de intentarlo [En serio; tal vez llego un poco tarde, pero aún así: si no vas a comprenderlo, si ni siquiera vas a intentarlo, piérdete. Si sólo buscas leer mi vida por el morbo de saber de la vida de alguien, piérdete. Si aún no has entendido nada de lo que he dicho ni te has parado a pensarlo un momento más del estipulado, piérdete. Sin malos rollos, en plan bien. Es por ti, para que no pierdas tu preciado tiempo intentando descifrar códigos demasiado complejos para alguien de tus capacidades, chiflado].

(Como te habrás dado cuenta, finalmente comenzaré hablando de mí:)

El punto es este: tienes una mente, una mente pensante y que, en determinado momento, comienza a funcionar mal. La gente se aleja, ya no te conocen. Y en realidad, a grandes rasgos, te da bastante igual; del mismo modo en que ellos son incapaces de tolerar tu mala mente, ella es incapaz de tolerarles a ellos. No digo que no pese, pero el cambio es probablemente mucho menos trágico de lo que habría pensado tu antigua mente. Ellos no se alejan de pronto, no se dan cuenta de pronto. Pero comienzan a notarlo, con el paso de las semanas. Resulta que tu mala mente, simultáneamente a las mentes de la gente, se da cuenta de que tampoco le apetece estar allí, con ellos, como solía apetecerle a tu antigua mente. Pasa el tiempo, no es culpa de nadie, te quedas solo con tu mente. Ella sabe, te abre los ojos, te deja pensar, te enseña cosas que antes no habías visto (no son cosas buenas, tampoco cosas malas. Sólo son las cosas tal cual las enfoca ella, sólo son las cosas que ella te convierte en verdaderas). Pero la gente habla, dicen que has cambiado, tu madre te mira, no entiende qué te pasa, el mundo gira y qué vas a hacer, si ya has abierto la mente. Cambias.

Al principio no fue duro del todo, esto de la mala mente. Cuando comenzó a abrirse yo tenía unos trece o catorce años, y a Nichrome a mi lado; él no comprendía mis inquietudes porque no las compartía y tal vez muchas de estas cosas que a mí se me pasaban por la cabeza son difíciles de asimilar, aún más cuando apenas empiezas a ser adolescente, pero lo intentaba. Me pedía argumentos, explicaciones y a base de discutir y debatir, él comenzó a desarrollar una mala mente también.

La verdad, esa fue una de nuestras mejores épocas. Éramos aún más críos que ahora y comenzábamos a abrir los ojos, a desarrollar valores e ideales compartidos y a intentar convencer al otro cuando no lo eran tanto. Comenzábamos a plantearnos cuestiones a las cuales otras mentes no llegaban y a las cuales las buenas mentes ya se habían planteado hacía mucho. Estábamos descontentos con todo: con cómo funcionaba todo, con cómo se manipulaba todo, con cómo todo nos manipulaba, con toda la sociedad, con todo el mundo. Ésto último nos llevó más tiempo de interiorizar que cualquier otra cosa, porque era confuso; porque nosotros sabíamos que un sujeto exclusivo no era malo, que cada persona tenía millones de vitudes, que el problema era la gente. La masa (porque, como una rueda, una masa sólo cumple su función, que es ser moldeada).

Estábamos frustrados con lo que nos rodeaba, comenzamos a sentirnos solos (solos solos, cada cual, sólo que solos acompañados por el otro), comenzamos a sentir asco y tristeza, y creo que ese fue el punto más contundente en el desarrollo de nuestras personas. Nos dábamos cuenta de cosas, cosas feas; nos cabreó tener que asumir un papel estipulado, tener que seguir la corriente, cumpliendo con lo que pretenden que cumplamos, sin otras posibilidades, sin tener salida, sólo por haber nacido humano en este mundo (y no te hablo de nacer cerdo o vaca, criado a macroescala en un matadero, o gallina ponedora, o de nacer león o delfín o panda, o cualquier otro bicho que te caiga bien); nos indignó que nos vendiesen la libertad en todas sus facetas, cuando nos dábamos cuenta de que simplemente éramos números cuyo único fin era consumir y producir desde que nacemos hasta que morimos, y que el resto, lo que conforma nuestra vida, es puro relleno para mantenernos ocupados, idiotas y sumisos - Lo de la libertad es complicado. Te lo decía antes, con lo de estar solo, pero no me refiero a eso ahora; ¿nunca has sentido que todas las posibilidades que tienes de hacer algo las tienes porque te las han puesto ahí? ¿Que nunca vas a hacer algo que se salga de lo que se sabe que vas a hacer, porque no tienes opción? ¿Que cada paso que das en tu vida está estipulado a causa de la forma de vivir que hemos desarrollado, que nada es exclusivo? No creo que me esté explicando muy bien. De todos modos, te hablaré de esto más adelante; es de las cosas que más me amargan.

(Teniendo esto en cuenta, supongo que también es un respetable concepto de libertad el de aquel que no cumple los patrones, el de aquel que marca la diferencia.)

Intenté volver atrás, aunque ahora me avergüenzo de sólo pensarlo, cuando con trece o catorce comencé a inquietarme por cosas que, creía, nadie más comprendía. También me avergüenzo al pensar que simplemente acabé desistiendo a causa de no parar de tropezar en mis vanos intentos. Era todo más fácil. Era más simple. Era unidimensional, y muchas veces no sé si todo era así realmente, si era así porque yo era más pequeño, o si sólo lo recuerdo así. Cuando comencé a sentirme triste y a cebarme inconscientemente en el sentimiento de incomprensión, quise dejarlo. Quise volver a ser como los demás, a conformarme con lo que nos venden y vivir la vida sin abir la mente. Pero esto tampoco duró mucho; gracias a que, como me había prometido y como siempre había hecho, Nichrome estuvo ahí; notó el cambio, se mantuvo a mi lado sin proceder durante un tiempo, y cuando decidió tomar cartas en el asunto lo hizo con tranquilidad y paciencia, sin exigir nada, pidiéndome explicaciones y buscando comprenderme de verdad. Me costó lo mío darme a entender, incluso siendo él con quien hablaba, por el hecho de que nunca he sido muy bueno explicándome, aún menos en sentido emocional, sumado a que ni siquiera yo entendía del todo por qué había comenzado a pensar así y por qué no podía dejar de hacerlo; intenté hablarle de mi tristeza y de mi rabia y de las cosas que no entendía y de las cosas que había descubierto. Y, como demostró a lo largo de toda su vida, Nichrome fue el mejor amigo (trt) del universo; como ya he dicho, al principio él no entendía, principalmente porque yo no me sentía del todo dispuesto ni capacitado para expresar todas las cosas que bullían de mi (desde entonces mala) mente, y solía darle largas, pretendiendo que no ocurría nada. Él no me dejaba quieto. No me presionaba tanto como para resultar agobiante, pero sí lo suficiente como para que no me olvidase de que seguía a mi lado y que tenía una cuenta pendiente con él. Según pasó el tiempo (unas semanas, un par de meses, no sabría decirte cuánto con certeza), comencé a sentirme más cómodo con esos pensamientos, más conocedor y comprensor de mis nuevas ideas, y fui capaz de compartirlas con él. Fue poco a poco; él procesaba, pedía detalles -que muchas veces yo no sabía dar, y para intentar explicame inventaba analogías que complicaban más la tarea (cosa que, como podras ver, no ha cambiado mucho)-, se lo pensaba un rato, porque con la poca cantidad de datos que le daba entonces era complicado seguirme el hilo, pero él lo hacía de todos modos.

Empezó a tener una mala mente también; comenzando mucho más lentamente que yo pero, gracias al hecho de que compartía su vida con alguien de mala mente también, el proceso de evolución, aceptación y confort fue mucho más rápido que el mío. Y fue genial. A pesar de que nos sentíamos como la mierda y que convivíamos con la frustración, nos teníamos el uno al otro y nos sentíamos, en gran parte, superiores a lo que nos rodeaba.

Fue nuestra época. Corta, deprimente, liberadora y nuestra. Pero acabó. Nichrome murió, me dejó, fin. Y, joder, cómo costó lidiar con esta mala mente. Me quedé solo. Del todo. Ya no estaba solo acompañado.

El problema es que, aunque probablemente no seas el único con una mala mente, la mayoría, y más los jodidos adolescentes, no la tienen. El problema es que nadie comprende, te has quedado solo, pero, como decía antes, fuera de ti resulta que sigue habiendo gente. Resulta que a nadie le importa un comino lo que te esté pasando, continúan con sus vidas y pretenden que tú hagas lo mismo. Mi madre actuó como (por no decir que fue o se convirtió en) uno de esos.

En cuanto a ella, recuerdo que cuando mi hermana y yo éramos pequeños y salíamos con ella a la ciudad, nos ataba con una correa a la cintura para no perdernos; cuando salíamos a comer fuera siempre se dejaba convencer de comprarnos un helado por nuestra inagotable insistencia; cuando era aún más pequeño solíamos cocinar juntos el pastel en los cumpleaños. En la adolescencia, las cosas cambiaron y fueron más visibles. Dejé de pasar tanto tiempo con ella, en parte porque yo tenía otros intereses, en parte porque ella trabajaba gran parte del día. Según pasaron los años, mi madre resultó ser una mujer trabajadora y noble, pero también resultó ser una mujer que se abandonó a las circunstancias, contentándose con un trabajo que le consumía el tiempo y la vitalidad y un matrimonio infeliz. Al darme cuenta, sin pretenderlo, dejé de pasar los pocos momentos que podía con ella, dejé de pasar tiempo en casa y, aunque no me gusta reconocerlo, dejé de echarla de menos. Yo solía tener los problemas de un adolescente normal, una hermana preadolescente, unos padres infelices, una mala mente y un mejor amigo eternamente. Y entonces Nichrome murió. Y yo me convertí en un pelele depre.

Por supuesto, fue ella la que levantó la rueda de los loqueros y la empujó hacia mí, haciéndola arrollarme a su paso. Fue como tres meses después de MCEUPD; le preocupaba que ya casi no comiese y mi pérdida de peso, mis malos hábitos de sueño (que pasase todo el día en la cama a pesar de que no podía dormir tantas horas como solía hacerlo), mis ojeras, mi cansancio y mis ganas de hacer nada, la forma en la que me abstraía en mi conciencia como si no hubiese nada a mi alrededor. Excusaba mis cambios de humor -el hecho de que me sentía más irascible y susceptible (aunque aclaro que nunca le demostraba lo enfadado que estaba con ella) y que llorase continuamente-, mi ausentismo en el instituto, pero no toleraba que no hablase con ella; no podía aceptar que yo no pudiese hablar de mí como si fuese una víctima (a pesar de que me comportaba como una, -y que aún lo hago y esto duele), ni que no quisiese explicarle qué se me pasaba por la cabeza ni que no pudiese hacerlo siquiera. Y no le perdono la poca paciencia que tuvo, la presión que ejercía, como si uno fuese a superar la pérdida de la persona a la que más quiere en el mundo de la noche a la mañana. Porque en menos de un trimestre apareció con el cuento de visitar a un loquero.

Entonces fue cuando empezó a enfadarme aún más la insistente presencia de gente a mi alrededor; me enfadaba que mi madre no se pusiese en mi lugar; me enfadaba que intentase poner remedio a cosas que no comprendía; me enfadaba que se metiese en mis asuntos de esa manera, buscando arreglarme la cabeza cuando no hay nada malo en mí, cuando sólo tengo una mala mente, y me comportaba como mucha gente luego de haber perdido a alguien (y qué alguien); me enfada que continúe intentándolo en vez de solucionar su propia maldita y asquerosa vida. Con lo cual, sobra decir que mi relación con mi madre no ha mejorado mucho con el paso del tiempo. No me malinterpretes: comprendo que, como madre, ver a su hijo hecho pedazos por un suceso tan terrible como aquel le haga mucho daño... pero ella no sabe nada. ¡No sabe nada!, y eso en realidad no importa, el jodido problema es que ni siquiera lo intenta; ni siquiera intenta ponerse en la piel de su hijo, al que se supone que quiere (eso no es justo, pero ella tampoco). Y a lo mejor piensas que es mi culpa, que yo tampoco le di opción, que no me abro y le cuento lo que siento, que como madre sólo quiere lo mejor para mí. Deja de pensar, entonces: yo también lo he hecho. Pero no le quita culpa. No creo que se la quite porque no hace falta que te explique lo que me pasa, mamá, Nichrome se murió mirándome a la cara y porque ni siquiera me dio una oportunidad; ni siquiera me dio tiempo de adaptarme para superarlo. ¿Qué esperaba, que en unas semanas asumiese la pérdida, como si se tratase de mi balón balón favorito el cual se me había caído al jardín de algún vecino cabrón que no me lo devolvería? Yo qué sé si creyó que estaba demasiado hundido, ni siquiera me dejó intentarlo.

Cuando el primer loquero, le dije que sólo estaba triste y él me preguntó si creía estar deprimido. Le dije que sí y él me corrigió explicándome que por lo que estaba pasando era algo que ellos denominan 'duelo' (cosa que abarca tanto las ideas como los sentimientos y las actitudes que uno toma cuando pierde a alguien o algo importante para sí, básicamente), y que era normal sentirme triste por la pérdida de un ser querido, que eso no me convertía en un deprimido. No le aclaré que estaba deprimido por las cosas que veía mi mala mente y no por la causa de MCEUPD (ahora que lo pienso, tal vez debería ser 'Mi Conversión En Un Pelele Aún Más Depre', pero pasando), prefiriendo dejarle explicarme que algunas personas se deprimían después del duelo, pero que esto dependía de muchas cosas y que no tenía por qué ser mi caso, que no todo el mundo asiste a terapia para superar una pérdida pero que es un gran apoyo y que lo superaríamos. Ya, como que tú tienes que superar que mi mejor amigo esté muerto.


Punto cuarto: No tengo ni el valor para ser cobarde
Ni estoy cansado de llevarme puesto

Indispensable camarada:

No he vuelto al instituto. Después del recreo del miércoles me escondí en el patio tras esperar a que todo el mundo (o la mayoría, pues siempre había al menos un estudiante fuera de su aula, como era mi caso) se fuese a clase, cerca del potrón de la entrada, esperando a que algún alumno entrase o saliese y dejase la puerta entornada (compadraje en las instituciones de educación obligatoria, se llama) para poder escabullirme e irme al sitio de siempre. Y desde entonces no he vuelto.

Básicamente porque soy un cobarde. Lo sé y lo asumo; antes me sentía culpable y asqueroso, ahora es tan mío que ni me fijo. Si es que no me apetece nada enfrentarme a toda la mierda de mi Hecatome Personal, si es que cada vez que lo pienso se me quita aún más el ánimo. En parte porque en las tres horas que estuve allí dentro tuve dosis suficiente de cichicheos, miradas y demás para abastecerme durante meses. En parte porque los diez minutos que hablé con Ren me quitaron las ganas de volver a verle de por vida.

Y no. Y mierda que no, y mierda, que no.

Se acabó. Se acabó como se acaba siempre, seguro, hasta que él vuelva diciéndome que se esquivocó y que no se portó bien, como ha hecho cada vez que la caga, como ha hecho cada vez que me hace sentir aún más mierda de lo que ya sé que soy. Pero esta vez no puedo -y no es que no quiera porque, mierda, cómo le echaba de menos y cómo le echo de menos ahora-, porque no es bueno para ninguno. Porque ya estoy harto de esto, y sé que él también, aunque diga que de lo que está harto es de mi actitud. Porque esta vez ha dolido de verdad.

Y no es que las veces anteriores no lo hayan hecho; no es que no haya sufrido a lo largo del tiempo que lleva gustándome; no es que no lo pasé mal cuando éramos amigos y empezó a hacerlo; no es que no lo pasé fatal cuando éramos amigos y empecé a querer, más que comerle la boca -y otras cosas-, abrazarle a todas horas y pegarme a él y decirle todas las gilipolleces que pensaba sobre él y que me tenia que tragar junto con el valor; ni que no me hiriesen millones de detalles que crecían entre nosotros, los cuales yo resguardaba con adoración, cuando me daba cuenta de que para Ren no significaban lo mismo que para mí; no es que no me doliese sentir que no era recíproco, ni que no me doliese guardar infundadas esperanzas al darme cuenta de que él sabía lo que yo sentía sin asquearse, ni que no me doliese que las arrancase de raíz cuando su Comprendo; no es que no sintiese que podía morirme de decepción, angustia y rabia cuando dejó de hablarme. Es sólo que esta vez es distinto, porque no ha tenido nada que ver con el hecho de que me enamoré de él, porque esta vez no ha pisoteado cuánto y cómo le quiero (aunque un poco también) sino que me ha pisoteado directamente a mí.

Y lo peor de todo (en todos los aspectos) es que tiene razón. No ha dicho nada que sea mentira, no se ha inventado nada, no ha sido una de las típicas pullas que compartíamos, metiéndonos con defectos insignificantes del otro. Ha sido cruda sinceridad en tono burlón, demostrándome al final que yo no estoy tan equivocado al sentirme patético como él siempre me ha intentado hacer creer.

Pero el hecho de que sea verdad y el hecho de que tenga razón no son hechos suficientes para dejar de evitarle. Al contrario, como dicta mi cobardía crónica. Ni para olvidarlo. Porque aunque yo tenga un autoestima de mierda y el amor propio por los suelos por el simple hecho de que no doy la talla para absolutamente nada, porque nada de esto es para mí, no justifica dejar que me apaleen. Por ese aro no paso.

Es cansino, esto, vivir con uno mismo, todo el tiempo.

Y salgo de casa a las ocho menos cuarto el jueves y el viernes, fingiendo ante mi familia que voy al instituto, cuando en realidad me voy a pasear por el barrio para acabar viendo pasar las horas muertas en nustro escondrijo de siempre, fumando como siempre, los mismos cigarrillos y las mismas substancias de siempre, enrolladas en los mismos papeles, liados por las mismas manos, sintiendo el mismo vacío, pero extrañándole un poco más de lo habitual.


Punto quinto: Que tragaré veneno hasta hacerme inmune
(
Y que si me asfixio en el intento digan que fue queriendo)

Indispensable camarada:

Haberse muerto tanto y de tal modo y sostener un nombre todavía. Básicamente.

¿Sabes?, me da igual lo que digan. Me da igual lo que piensen, todos ellos. No quería matarme.

Me enfanda hablar de esto, porque, aunque me da igual, es frustrante estar solo rodeado de gente que nada entiende.

Cuando estaba en el loquero (que era amplio y diverso, apto para todo y especilizado en nada) conocí a distintos individuos con distintas trabas.

[No me apetece tratar el tema del loquero, y no me refiero a ahora; nunca me apetece hacerlo, y no creo que contigo sea la escepción, aunque quién sabe- supongo que, con el tiempo, nosotros. Así que no esperes más de mí de lo que te voy a dar, te aviso de antemano]

En el programa de Reinserción-A-La-Borrega-Mente (lo genial de escribir esto es que me hago reír hasta a mí mismo con mi genialidad. Volvamos al tema:) había varias actividades en grupo, y una de ellas era la terapia. Cuatro días a la semana (como podrás imaginar, cuando estás internado en un edificio donde te controlan a cada paso que das, no tienes mucho con qué ocuparte más que con lo que te dictan con que ocuparte) se nos agrupaba con gente que padecía aflicciones similares a las de uno, y otros dos días el grupo era más diverso, y te integraban dependiendo de si demostrabas mejorías o no. No hace falta que te cuente a cuántos de esos iba yo, ¿no?

No sé si eso sería terapia de grupo o un grupo de apoyo, ni sé si hay alguna diferencia entre uno y otro. Sólo sé que era frustrante. Tampoco sé si era el único que se sentía así, pero sé que era repulsivo ver cómo nos encerraban en una sala con gente con patrones similares a los de uno, apostillados en sillas, obligados a hablar, a compartir y a entender. No sé si yo me sentía asi porque no era ahí donde yo debía estar, porque mis patrones no eran como los suyos, porque tal vez compartía con ellos las ganas de morirme, pero no las de matarme, o porque, directamente, no me parecía bien enjaular a un montón de trabados de mente en una sala pretendiendo que se entiendan entre sí porque, se supone, son iguales por algo; no sé si era porque yo no quería compartir mis penas o porque me jodía en sobremanera que me tachasen de suicida cuando nadie entendía nada y que me obligasen a relacionarme con otros que, aparentemente -porque tal vez los patrones de alguno de ellos sí eran similares a los míos (en lo de no intentar matarnos), pero ni yo ni ellos nos dijimos nunca nada al respecto-, sí lo eran.

Aquel día era cuatro de enero. Helaba y hacía viento. Caminaba y acabé en el muelle, sin pretenderlo; sólo me di cuenta cuando ya estaba allí.

He de decir que me sacaron del loquero no porque hubiese progresado mucho en la Reinsernción-A-La-Borrega-Mente, sino porque una familia de clase media-baja (realmente esto de clase media-baja y media-alta siempre me ha parecido una majadería -porque es estúpido, porque ni 'media' ni mierdas-, y no utilizo el término para fomentarlo sino para darme a entender, de modo que me hipocritizaré un poco en la intimidad nuestra, siempre y cuando no te confunda y pierdas el hilo de mi mala mente) no puede permitirse pagar un tratamiento estratosféricamente caro, ni yo podía permitirme permitirlo sabiendo que era una estupidez y que no me ayudaría, porque tampoco me podía permitir fallarme a mí mismo dejando que adaptasen mi mala mente para que encajase en la sociedad. Es bastante egoísta, este punto. Pero no es momento de hablar de borregas mentes.

También he de decir que he evolucionado un poco, desde entonces. Una semana después de salir del loquero dejé la medicación, porque no me gustan las pastillas y si tengo que elegir una droga para quedarme grogui y así pretender que no estoy deprimido me quedo con la maría, no con el prozac. Aclaro que no dejé la medicación del todo, sólo la que va con prospecto médico: fumo hierba. Medicinal. No, pero sí. También te hablaré de Mi Recorrido Por El Fume más adelante. Cuando me comenzaron a recetar pastillas se las daba a Ren, porque le gusta meterse mierda, y a veces bebíamos y nos colocábamos como unos gilipollas; fue divertido hasta que la loquera de turno se dio cuenta y se lo contó a mi madre. El caso es que acabé hablándolo con ella y con la loquera, diciéndoles que no me gustaba eso de drogarme con cosas sintéticas (los fertilizantes y demás de la hierba no cuentan, ¿capiche?) y me retiraron esas pastillas por otras a cambio de que pusiese más de mí en las sesiones. Como si me hiciesen un favor, como si lo que no me gustase de las pastillas fuese la marca o los efectos secundarios; se metieron donde les cupo todas las razones por las cuales no sólo no me gustan las pastillas sino tampoco los loqueros, como si la solución fuese cambiarme la cabeza. Me da igual lo que crean, mi mente no funciona mal.

He evolucionado un poco desde entonces, como iba diciendo, más en el último tiempo desde que no consumo antidepresivos. Recuerdo que por aquella época (cuando el cuatro de enero, cuando atidepresivos deformándome mi natural secreción hormonal- aunque quiero aclarar que no creo que lo que ocurrió fuese por culpa de las pastillas) tenía la cabeza hecha un lío. Hacía casi un mes que Ren no me hablaba, y la poca alegría que me quedaba había sido lapidada por su silencio. No recuerdo muy bien mis movimientos, no recuerdo del todo cómo acabé en el agua, tampoco. Recuerdo que me atraía la visión de ese líquido oscuro helado. Recuerdo que me sentía insensible, que sólo lloré una vez por Ren después de que me dejase; que me sentía en un estado de tristeza neutro continuo, como si fuese en piloto automático. Es paradójico, eso de 'estado de tristeza neutro contínuo', porque la tristeza no es neutra, déjame explicarme; cuando Nichrome murió -mierda, Horo, no pienses en eso-, me sumí en la peor época de mi depresión. No quería nada con nadie ni con nada (eso no ha cambiado mucho, pero ahora llevo mejor lo de asumirlo), y entonces llegó Ren -no se suponía que esto se iba a centrar en Ren; pensaba contarte mi conato de suicidio. Pero quiero que, antes que nada, desde ya, entiendas que Ren es un factor clave en la historia, tanto desde el punto de partida como en el desarrollo (porque es mi historia y, después y a pesar de todo, estoy enamorado), pero que no fue por él. Es algo que todo el mundo, y sobre todo tú (o tal vez sobre todo él, pero.), debería tener claro: no salté al agua por él. No fue por haberle perdido a él. Estoy convencido de ello; de haber sido las cosas diferentes, de yo haber tenido una borrega mente o una buena mente (aunque aún no estoy del todo seguro de si ésta última existe realmente), de no haber perdido a mi mejor amigo y de no haber estado tan enfadado conmigo mismo, con el mundo y tan harto de todo, el hecho de que él no sólo me rechazase sino que también a partir de entonces me ignorase olímpicamente no me habría hecho acabar así. Nada de esto habría ocurrido. Aunque, cuando lo pienso, es tan subrreal la cantidad de posibilidades que hay dependiendo de cada hecho variable, que probablemente si algo suyo memorable, cualquier cosa suya que significó algo para mí, hubiese sido diferente, yo no le habría amado a él. Y de yo haberle amado y él haberme rechazado y olvidado, le habría llorado hasta secarme y me habría estado triste. Pero no habría acabado saltando del muelle ni internado en un loquero. Perdona las vueltas que doy, pero es mi mente; lo que quiero que entiendas es que Ren sólo fue un factor en la suma completa. Que de haber sido esto por Ren me habría tragado el pote entero de pastillas nada más llegar a casa tras su Comprendo; no habría esperado dos meses para morirme ahogado sin despedirme ni de Petate. Ni de mi hermana. Seguiré hablando de Ren y de los factores que le conforman más adelante-, acentuando su presencia, que siempre había estado por allí pero en la que yo nunca había reparado de forma extraordinaria, acercándose a mí como nunca antes nadie lo había hecho, como immantado por el aura depresiva que yo repelía y alentado por mi marginación del resto. Pronto descubrí que era porque él también resultaba hostil y solitario (a pesar de que hacía años que yo sabía de su existencia, nunca había mantenido una conversación de más de un par de oraciones con él ni me interesaba hacerlo, ya que hasta entonces a mí me parecía un niñito bien y formal y nunca me había fijado en los matices que le conforman en su totalidad, más allá de la superficie), y al poco tiempo descubrí también que, a pesar de ello, no le gusta estar solo y que es tan reservado por el miedo al abandono. -Irónico, ¿eh?, que el cabrón que le deja tirado a uno sea el que tiene miedo de ser olvidado.

Ren me alegró la vida. Con su actitud soberbia y su manera agria de expresarse, con sus modales echados a un lado y su mala mente al desnudo, con su humor extraño y de mal gusto y sus ganas de burlarse conmigo del mundo. Me ayudó a

No es momento de hablar de él. Volvamos al muelle.

El 'estado de tristeza neutro contínuo' se da cuando estás tan acostumbrado a estar triste que se convierte en tu estado de ánimo natural, variando más y menos dependiendo de los estímulos externos , pero sin desaparecer nunca del todo. Cuando Ren llegó le pegó una patada en el culo y lo mandó a volar. Cuando Ren se fue, éste volvió incluso más pesado que antes, arrastándome más que nunca por los suelos, sólo desapareciendo cuando me sentía tan rabioso que creía asfixiarme, lo cual me dejaba aún más exhausto.

En estado de tristeza neutro contínuo y sedado por las pastillas llegué al muelle y me paré en la orilla. Y de pronto la visión de aquella agua helando me hizo sentir cosquillas en el estómago y ansias. Ahora lo pienso y tal vez fuese por el contraste entre ese mar que se abría frente a mí desde el puerto y yo; tal vez fuese porque necesitaba sentir algo más que lo que sentía a todas horas. Que, de haberlo asumido tanto, ya no sentía nada.

Me quité los zapatos y la chaqueta porque sentí que debía hacerlo, supongo, tampoco lo recuerdo. Y salté, sin pensarlo dos veces, sólo porque era exactamente lo que quería...

Pero después de aquel lapso de atracción, después de zambullirme en el agua oscura y congelada y después de sentir cómo cada poro de mi cuerpo se contraía por el frío, tras unos segundos de éxtasis, satisfacción y realización, volví a quedarme en nada. Volví a sentirme como un autómata. Y no sé cómo explicarlo: mi ropa pesaba, el agua salada me escocía en los ojos, y yo me hundía lentamente y me helaba, sintiéndome inerte en la oscuridad, a pesar de que de piel lo sentía todo. No se me pasó por la cabeza la idea de salir de allí; ni siquiera cuando comenzó a faltarme el aire, ni siquiera cuando el agua me quemó la garganta. No imaginé ningún otro lugar donde quisiese estar. No quería matame, no lo hice por eso.

Ocurría que ese no era un mal lugar, tan lleno y vacío, tan silencioso. Sólo ocurría que solo estaba allí abajo. Sólo ocurría que no había nada mejor para mí arriba.

Pero no. No importa lo que digan, no me importa lo que piensen, todos ellos. No quería matarme.


Y el título completo del Punto tercero son unos versos de Idea Vilariño, quien dice así:

Si ya no puedo más con este fardo
este fardo sombrío
que me he echado a la espalda.

Y éstos que van conmigo
y que me escuchan
se miran y preguntan
¿De qué fardo nos habla?


Si os intersa, leedla. Y si alucináis con sus letras, no worries, que nació para hacernos eso.

Grrrrrr.