Judal
Capitulo 2
Lecciones
Cuando llegó al reino y aquellas ropas decoraron su piel blanca, que aún tenía rastros de ciertas laceraciones de cadenas y llagas hechas por el sol del desierto, notó lo difícil que era caminar. Eran pesadas y largas. A Judal le gustaba la ropa blanca y fresca que usaba en casa. De ella solo había quedado un trozo de suave seda que tenía manchas de sangre. Lo había guardado con él y a pesar de que se lo había tratado de quitar muchas veces, se las había ingeniado para guardarlo. Habían pasado cerca de dos semanas cuando un hombre, que jamás había visto, entró en sus aposentos y se frotó las manos.
Notó enseguida la mirada lujuriosa en sus ojos negros mientras cerraba la puerta con seguro tras de sí y se contoneaba con descaro por la nueva habitación del menor. – Me habían dicho que el nuevo oráculo era un niño… y un magi. – con una sonrisa socarrona lo miró de arriba abajo y aventó prendas nuevas que tenía en sus manos. – Esta es tu nueva ropa, como oráculo del reino de Kou. Póntela –
El menor desvió la mirada con algo de antipatía. Si bien tenía días ahí, aún no hablaba con nadie además del dueño de los ojos azules. Ahora ya sabía su nombre "Hakuyuu". Era tonto admitirlo pero cuando escuchaba la puerta abrirse se emocionaba un poco para saber si era él. Cuando no era, inflaba las mejillas y se daba la vuelta ignorando por completo a cualquiera que hablara. Esa vez no fue la excepción, y además de ignorarlo, no podía evitar sentir cierta repugnancia por ese ser. Vestía igual a las personas que lo había trasportado de su antigua casa a ese palacio. –Ya me habían dicho que eras difícil, pero me encararon que te doblegara. No podemos dejar que te muestres así ante nuestra señora-
El pequeño de ojos rojos lo miró solo por curiosidad, había dicho ¿doblegar? No entendía a lo que se refería, tampoco sabía que era eso de ser un oráculo. No entendía el por qué había llegado a ese lugar, pero cuando estaba por sentarse en una de las sillitas de su habitación sintió como aquel hombre tocaba su hombro. Se estremeció y dio un brincó súbito quitando la mano. –no, no tienes donde escapar -
Una de las muñecas de la mano había sido atrapada y de un solo jalón lo había acorralado en la cama. El pequeño estaba sorprendido y atónito. El ardor en su mejilla fue lo que hizo que se diera cuenta segundos después, que no podría negarse. Judal jamás había sido maltratado de esa manera, aún en el viaje mientras permanecía encadenado, nadie le había golpeado su rostro. Y valla que le había dolido, tanto que sus rojizos ojos llenaron de lágrimas. Tomo aire y se contuvo, sólo puso su mano en la mejilla adolorida. – Anda niño, ponte esas ropas, hoy iras directo con el Al-thamen
Se puso de pie y tomó las prendas jalándolas con algo de fuerza esperando que aquel sujeto se fuera. En lugar de eso, unos ojos intensos se quedaron fijos en él. Miró al piso y aquellas ropas que le habían dado en un principio las quito lentamente temblando un poco, más por furia que por otra cosa. Era pequeño, el mismo sabía que era pequeño, y de pronto, conocía esas sensaciones que solo había escuchado oír a los adultos. Odio, repulsión, irá, coraje y aún más sensaciones que hacían que su estómago ardiera.
Cuando al fin se había quitado toda esa ropa, estrechó entre sus manos el pequeño pedazo de tela blanca que guardaba. Lo dobló en unas cuantas partes y lo puso frente a su cama con toda la calma posible, justo después tomo la otra ropa y se las puso tan bien como podía mientras aquella persona la miraba sin perderlo de vista. – Muy bien, ahora… iremos y más te vale que uses esa boca tuya y seas amable, o yo me encargaré de darte el castigo que mereces
Judal apretó los puños y por primera vez, miró con odio a aquella persona. Estaba a punto de maldecir su destino cuando aquella persona había entrado a sus aposentos de nuevo. El de los ojos azules… Hakuyuu.
-Judal-chan, me dijeron que aprenderás a usar el magoi - Su voz amable se quedó en silencio cuando se puso de rodillas y notó el golpe en su mejilla – ¿quién fue? – su voz sonó dura y reacia. Segundo después vio aquel hombre que jalaba de la mano al pequeño niño de cabellos negros. Levantó su mano y la cerró en un puño dando un golpe secó en la cara del aquel hombre. – tengo un hermano… de esa edad y jamás perdonaría que alguien le ponga la mano encima… Tampoco permitiré que lastimen a ese niño.
Unos gritos se escucharon después y una discusión. Amenazas, pero eso no importaba. Judal había mirado al otro mientras una pequeña sonrisa se formó en sus labios. Era la primera vez que sentía algo de justicia. –Judal-chan, si alguien te pone un dedo encima… siempre me puedes contar- asintió un par de veces mientras sus mejillas se había coloreado de carmín.
Las manos de Hakuyuu no abandonaron su cabello mientras que se inclinaba un poco y acomodaba las ropas que el menor aún tenía mal acomodadas. – Ya te dije que puede venir una doncella a ayudarte con la ropa, no seas descortés con ellas, es mejor que ellas te ayuden a que ese tipo se meta contigo – le terminó de ajustar y ceñir una última tela a la cintura y le miró de forma gentil. Fue en ese momento donde Judal pudo ver con toda claridad los montones de avecillas doradas rodeándolo. Una pequeña risita salió de sus labios y uso sus manos para atrapar una entre sus dedos. – siempre estas lleno de estas cosas… - Y apenas abrió sus manos aquellos objetos voladores fueron visibles tanto para el joven príncipe como para aquel hombre que estaba ahí mirando aquel acto con una profunda sed de poder.
-Así que esto es el rukh, jamás lo había visto de esta manera, eres un pequeño muy talentoso. – Hakuyuu tomo a la pequeña avecilla dorada entre sus manos, apenas duró unos segundos, pero se sintió tremendamente agradecido. –Anda Judal-chan, tienes que ir con él.
El lugar estaba lleno de libros, y los adultos ahí eran bastante diferentes a los que ya conocía, algunos de ellos se habían inclinado ante él cuando se abrió paso por la habitación. Todo se ilumino cuando una joven mujer con un lunar se colocó frente a él. - Eres nuestro valioso Magi, pequeño niño, Hakuyuu mi querido hijo me lo contó-
Parpadeo un par de veces, cuando habían dicho ese nombre se sintió un poco interesado. La miró a los ojos y justo cuando iba hablar con esa mujer dio un paso atrás cayendo de espaldas. Esa mujer, en lugar de sentir esa calidez que sentía con su "hijo" parecía que le helaba la piel. Y todo tras ella, sus mismos ojos mostraban la muerte misma, no era posible que él viera tanta maldad en una sonrisa como esa. – oye, no temas, estamos aquí para darte la bienvenida al Al Thamen, a partir de hoy, eres de nuestra propiedad- Sus manos frías acariciar las suaves mejillas del pequeño de ojos rojos que permanecía en el piso temblando. – y a partir de hoy, tomarás el camino que hemos trazado para ti… así que espero que estudies mucho.-
Judal fue llevado a una gran biblioteca con el mismo hombre que lo había sacado de su habitación. Frio, húmedo y con cierto aroma a descompuesto. Ese era un lugar donde solo había una vela y unas cuantas lámparas de aceite que iluminaban con ciertas decoraciones amarillas. Las paredes eran tan rojas como sus propias pupilas, y los filos dorados brillaban con las pocas luces que apenas y le dejaban leer. Los libros eran pesados, mucho más pesados que cualquier otro que hubiera tenido en sus manitas. Sabía leer, su madre le había enseñado y además de un par de cuentos infantiles jamás había leído algo más. No tenía ni la más mínima intención de leerlos, sólo los dejaría ahí hasta que los llevaran a su cuarto. Rodó los ojos y se sentó en una sillita, la única que estaba ahí y con parsimonia y tranquilidad se sentó en ese lugar. Un sobresalto le hizo dirigir sus ojos asustados al lugar de un golpe seco contra la mesa del lugar. Un látigo era el que había provocado tan ensordecedor sonido que había cortado el aire. Justo después escuchó el mismo golpe y solo segundos después sintió el ardor en su espalda. Sus ojos se cerraron con fuerza y se quedó quieto mirando al piso. – para esta noche tienes que haber leído todos estos libros, y sabré si lo hiciste –No lo miró a los ojos, se quedo ahí mientras intentaba no llorar y no obedecer las órdenes. No sabía porque, pero no pensaba seguir las ordenes, al menos no hasta que tres golpes seguidos dieron contra su pequeño cuerpo. Aúnque sus manos cubrieron su rostro y guardo silencio en cada golpe que recibió al final termino temblando en el piso apretando los dientes mientras lagrimas salían unas tras otras de sus ojos rojos. - ¿entendiste? – Asintió un poco, estaba listo para obedecer pero fue levantado con una sola mano mientras tomaban su mentón, restringiendo el paso del aire. – y cuando te hable, debes contestar, si señor- sus labios temblaron, todo él tembló y finalmente respondió - si… señor.-
Ese chico de ojos azules, Hakuyuu, tenía cerca de dos semanas sin ir visitarlo, además de eso en el palacio, el cual aún no conocía más allá de su cuarto, un par de pasillos y la gran biblioteca, parecía bastante agitado. Había pasado un par de días sin que le obligaran a estudiar todo el día, además nadie tenía suficiente tiempo como para molestarlo. Y eso le gustaba, podía asomarse por la ventana y mirar a todos corriendo de un lado a otro. A veces, podía ver a un par de niños de más o menos su edad jugando afuera, seguramente era el hermano menor del cual había escuchado hablar.
Parecían divertidos ahí. Mientras él, permanecía encerrado sin mirar más allá de esas paredes, y muchas veces siendo golpeados por el hombre el Al Thamen, un par de niños reían dulcemente. La vida parecía tan injusta. Soltó un suspiro, uno tras otro, hasta que notó como la puerta de su habitación estaba abierta. Mucho tiempo atrás, su madre le había dicho que si tenía una mascota, debía de atarla a su casa y un par de días, hasta que su mascota no escapara. Así se acostumbraría a ese lugar y aunque no estuviera atado, no se iría.
Judal sintío que se había convertido en un tipo de mascota. Seguramente esa puerta, ya se había mantenido abierta desde tiempo atrás. De alguna manera le causó tanta gracia que solo dio un brinquito del balcón desde donde miraba y salió por esa puerta corriendo por ahí. No estaba buscando escapar, en eso momentos solo tenía en mente a una persona, y deseaba buscarlo, deseaba ver a Hakuyuu y gritarle en la cara que no había cumplido su promesa, el había dicho que lo cuidaría, pero desde entonces no lo había visto de nuevo, y estaba seguro que estaba ahí, en ese palacio. Lo podía sentir, no sabía cómo pero lo sentía y podía correr tras de él hasta abrir una puerta y mirar dentro.
Jamás había a dos personas en esa forma. Era él la persona que buscaba junto con aquella persona de ojos rojos que había visto cuando había llegado a ese palacio. Hakuyuu estaba en cuatro soltando leves sonidos de sus labios mientras el otro estaba tras él empujándolo con fuerza. – es tu madre… ella es la que controla al Al Thamen - Hakuryuu se quedó quieto y abrió los ojos mirando de reojo al pequeño niño que estaba en el marco de la puerta sin entender lo que pasaba. El de ojos azules, lo miró consternado, más por lo que acababa de escuchar que por el pequeño que lo miraba con duda. – Judal-chan- Se puso de pie y enseguida se puso algo de ropa para cubrir su desnudez. Se acerco lentamente hasta la puerta y le sonrió con toda la calma que podía, la cual no era mucha. – Judal-chan, regresa a tu cuarto, prometo verte pronto… necesito hablar con Kouen oniichan - Justo después de eso, cerraron la puerta en su cara, pero el menor se quedó ahí sin hacer ningún sonido y escuchando las palabras que sonabas atrás de la puerta. – ¿y ese niño? – la voz del que estaba en la habitación era más grave y aún así más tranquila y adormilada. Lo que le preocupo fue la consternación en la cara de Hakuyuu y más aún sus palabras titubeantes que siguió escuchando a través de la puerta –Ella… está a punto de destruir a tu familia, si en serio valoras tu vida, tienes que tomar a tus hermanos y huir, esto no pasará de hoy –
-Sabes que no lo haré, aún si muero pelearé contra ella. Por favor, cuida de Hakuryuu él es mi única esperanza - Judal supo de quien estaban hablando, esa mujer. La que trasmitía el aura negra tras de ella.
Dio un par de pasos y aún sin comprender por completo lo que había escuchado. ¿Qué significaba exactamente el valorar su vida? Y hablaba en serio cuando había respondido que pelearía… ¿aún si moría?
Ladeó la cabeza y sonrió chueco, ¿entonces él también se iría? Y lo dejaría con esa mujer.
No importaba después de todo, las personas se iban, siempre se iban. Siguió por pasillo mirando al piso y dando pequeños brinquitos evitando las grietas del piso. No le importó ver la cara del sujeto que lo había tomado de la mano con fuerza y le llevaba jalándolo a las afueras del palacio. No era la persona que había visto antes, era la misma ropa, el mismo olor, la misma sensación de desagrado, odio y hastío, pero una cara diferente que lo jalaba con fuerza y lo aventó a un pequeño carruaje – lo tenemos, vámonos, antes de que todo comience.
Un viaje otra vez, un viaje dónde solo estaba rodeado de hombres que vestían igual y murmuraban cosas entre ellos que era incapaz de comprender. Sólo podía asomarse por la ventana mirando como el lugar se alejaba. Nunca más vería a Hakuyuu, estaba seguro de eso.
Había cumplido 12 años, esa mañana había sacado las cuentas. El balcón por el que miraba era bastante más amplio. Se rascó la cabeza y se puso el pequeño de tela blanca que siempre le acompañaba a todas partes. No recordaba de donde lo había lo había sacado, pero estaba siempre con él. A esas pechas, hablaba con quien sea que se cruzara en su camino, era como si quisiera recuperar todo el tiempo que había perdido.
-Judal-sama~ le tenemos nuevos libros en la biblioteca central- Las voces de los hombres con túnicas blancas siempre le ponían de mal humor, a pesar de que sabía lo del rukh y que siempre estaba rodeado de esas molestas lucecitas amarillas, aún no era capaz de controlarlo, no del todo. Podía hacer unos cuantos conjuros y además de eso no podía hacer nada más.
Era como si nadie quisiera darle más poder aún, y ahora todo había cambiado, permanecer en la biblioteca era algo que no le molestaba tanto. Era la única forma de enterarse de nuevos mundos, nuevos países y tener un poco de ese mundo exterior que tenía prohibido. Aún así, odiaba seguir sus órdenes, a pesar de todo, no les podía contradecir. Los castigos que le daban aún hacían estragos en su cuerpo. Lo peor era la fiebre después de esos golpes.
-Hoy vendrán los príncipes del reino de Kou, Kouen y Koumei y oficialmente, te convertirás en el oráculo del reino de Kou- el magi pasó sus brazos por atrás de su cabeza y miró de nuevo el látigo con el cual le castigarían por su falta de desfachatez.
-¿En serio? ¿Y cómo son esas personas? No tengo interés en ser el oráculo de nadie.- se quedó quieto un momento y sonrió socarronamente mientras estiraba sus muñecas para que le dieran el golpe que según él tenía merecido.
-No Judal-sama, usted no comprende, a partir de hoy, usted se irá con ellos… pero antes de eso tenemos que convertirlo en un adulto.
