Judal

Capítulo 3

Roto

Había muchas cosas que Judal a los 12 años de edad desconocía. Una de ellas era la razón por la cual siempre se podía de buen humor cuando tenía un durazno entre sus manos. No importaba cuantas veces le habían golpeado, si en la cena recibía pedacitos de la fruta en su cena, los quitaba con cuidado con un tenedor de toda la fruta que le rodeaba. Comía con calma y finalmente cuando ya no quedaba nada disfrutaba de aquellos pedacitos de fruta ámbar y los metía en su boca. Esa sensación en su boca era tan reconfortante que lograba mermar por completo la sensación de las heridas abiertas que tenía en las muñecas, lastimosamente esa noche no habría nada para aliviar el apetito nocturno.

Apenas había aprendido a usar el magoi, y era bastante malo en ello, la primera vez que lo había intentado, la cantidad de magoi había sido tan grande que había destruido por completo el lugar; desde ese entonces lo habían sellado, habían tomado sus par de muñecas y habían cortado su piel de forma salvaje hasta dejar que gran parte de la sangre escurriera por su blanca piel y dejarlo sin energía. El dolor que había experimentado en ese momento, la sensación de frio y la vista de la muerte de cerca eran los máximos parámetros de medida a los cuales su mente podía llegar a catalogar como extremos. El solo recuerdo de la piel de sus muñecas arrancadas y los gritos que hacían que su garganta se quedara afónica por días le hacía aún tiritar. En esas heridas aún abiertas, habían colocado cristales que detenían el flujo de su poder. A pesar de aquello a los 4 días estaba brincando felizmente por los pasillos del lugar jalando duraznos del árbol mientras intentaba dominar algún dominio de los elementos.

Era bastante irónico, porque la última noche que iba a pasar en ese palacio los durazneros estaban en flor y sabía que aún faltaban varios meses para poder comer aquel fruto que tanto adoraba, y por alguna razón, sabía que esa noche necesitaría con ansias exageradas. Era bastante angustiante ser un oráculo, sobre todo cuando tenía esos presentimientos que le helaban la sangre.

Nunca fallaban, desde la muerte de Hakuyuu, siempre que algún evento le hacía derramar lágrimas por sus ojos carmín, ese escalofrió le acompañaba toda la tarde recorriendo su espalda. El Magi soltó un suspiro y cerró el libro que tenía en sus manos, le habían dicho que empacara sus objetos preciados antes de irse al imperio de Kou. Realmente ese cambio en su vida no le importaba, sabía que la persona del Al Thamen que le torturaba cuando no tomaba las lecciones completas de magia iría con él. Los castigos serían los mismos, pero el lugar sería lo único diferente. Además de eso los príncipes del imperio de Kou, no parecían ser personas muy intretenidas, los había visto de reojo pero no había intercambiado palabras con ellos. Tenía la idea de que partiría en un viaje a su lado, pero ello solo habían hablado con los miembros del Al thamen y finalmente se habían marchado por su cuenta. El menor de esos pelirrojos, parecía ser menor que él y había permanecido oculto entre las piernas del mayor. Eran ridículos.

Había empacado su molesto traje de oráculo, aquel que era pesado y estorboso y con el cual, a pesar del tiempo, seguía tropezándose torpemente. Había guardado su bufanda de seda, aquella que no tenía ni la más remota idea del lugar de donde había salido, pero no era capaz de separarse de ella, además de un par de sus ropas de entrenamiento y las múltiples vendas que usaba desde sus muñecas hasta un poco más arriba de su antebrazos con los cuales cubría las heridas que jamás le dejaban sanar por completo. Estaba listo para poner su pequeño y blanco trasero en uno de esos carruajes dorados y salir de ese palacio para ir a otro y seguir con su rutina diaria. – Judal –sama… ¿está listo?- el rechinido de la puerta que hizo eco en la habitación fue lo que le hizo mirar de lado la luz que entró a su habitación, además de las 3 personas que estaban en ese lugar.

Jamás las había visto, pero sólo levantó los hombros y se puso de pie mientras examinaba con ojos vivarachos aquellas personas que estaban ahí. ̶ ¿Quiénes son ustedes? ¿Cómo se llaman? ¿Cuánto nos vamos a tardar en llegar? ¿dónde está el viejo del Al thamen que siempre me molesta? –

Las palabras salían sin tregua de la boca del magi, una tras otra sin dejarle espacio para respirar pero la mirada altanera y lasciva que le dedicó uno de los presentes, le hizo dar un par de pasos atrás y enseguida ponerse a la defensiva. Cuando halaron de él y como un pequeño pedazo de carne directo de matadero y lo ataron de manos sin piedad alguna, levantando sus brazos por encima de su cabeza el pequeño magi había comenzado a soltar gritos de desesperación, estaba de pie contra la pared mientras dos de aquellos hombres le sujetaban con fuerza. A pesar de eso, sabía nadie vendría en su ayuda, después de todo, nunca había llegado nadie para salvarlo.

Sus brazo se cubrieron enseguida del líquido espeso y rojo que escurría de sus heridas abiertas que eran laceradas con aún más fuerza mientras todo su peso era levantado por ataduras en sus manos. Ese dolor solo hacía que lágrimas escurrieran por sus ojos mientras en pequeños llantos preguntaba la razón. "está vez, ¿por qué?" "aprendí todo lo que me enseñaron" "leí todo" "ya no, por favor".

Pero los jaloneos y mantenerse de puntitas para soportar el dolor en sus brazos no fue lo que más le impresionó, en el momento en el que arrancaron sus ropas y cubrieron sus labios con una tela para sosegar sus gritos de desesperación fue que comprendió exactamente lo que pasaría.

Su cuerpo, jamás había sido tocado de esa manera, además de los golpes en la espalda, las muchas marcas que tenía por cada palabra en falso que soltaba su cuerpo no había sido mancillo de tal manera, su mentor solo le miraba con envidia, ira y apatía, jamás como lo miraban ahora. Aquellos dedos helados que le habían atado ahora recorrían su espalda desnuda contorneando su cuerpo mientras que un escalofrío que nadaba por toda su columna se hacía presente, pero no fue hasta que esos dedos tocaron sus pequeñas y blancas nalgas cuando comenzó y jalarse el mismo con desesperación para tratar de librarse y huir. Esas manos le habían afianzado su cintura y le habían empujado contra la pared mientras su cara se raspaba contra el muro y luchaba con todas sus fuerzas para librarse de aquellas manos que le tocaban de una forma vulgar.

Cuando abrieron sus piernas temblorosas y tocaron aquella parte tan privada suya, se quedó en silencio y solo sintió como palabras se quedaban en su garganta sin poder decir nada, sin expresión alguna y sin sentimiento mismo por la impotencia que contenía. Eso era vergüenza, porque ahí nadie jamás había llegado. Porque respetaba su cuerpo y porque de pronto vino a su mente la sonrisa tranquila y los ojos azules de aquella persona que había prometido ayudarlo. Era irónico, no recordaba nada antes de eso. Antes del día en que habían incendiado el palacio y Hakuyuu había muerto, no recordaba nada. Justo en ese momento, sólo pensaba en él.

Las lagrimas que brotaron por sus ojos eran las que demostraban el terror que podía sentir. Enseguida fue remplazado por dolor, uno que le partía en dos y que no sabía si era capaz de tolerarlo. Porque aquel hombre le empujaba con fuerza una y otra vez mientras su pequeño interior había sido mancillado de un solo golpe. Sus piernas, y todo él sólo podían temblar de forma exagerada mientras cerraba los ojos y esperaba que algo como eso al fin terminara con su existencia, pero los jaloneos no terminaron, no cesaron hasta que la pared quedo embarrada de la sangre de sus brazos, no hasta que aquel hombre terminó dentro de él y las suplicas ya no salían de sus labios rojos. En ese instante el magi maldijo por completo su destino, y fue tan profundo el sufrimiento que sentía en su pecho que por primera vez en su vida, todas aquellas muestras de que el ruhk le amaba y brillaban sobre el de forma doraba habían cesado por completo y se habían ennegrecido de forma tal que el flujo de magia que tenía bloqueado se había hecho trizas y como un vil pedazo de cristal se había convertido en miles de pedazos de polvo brillante que decoró el piso. Aquella magia, la que jamás había podido contener enseguida había cubierto de forma fría el cuerpo mancillado del joven magi. Aquellas ataduras que le tenían preso se disolvieron lentamente dejándolo libre para poder moverse y poder usar toda esa magía que revoloteaba por toda la habitación y fuera del palacio.

-o -

Para cuando Judal había despertado, estaba en un carruaje, y como lo había predicho, uno de esos con adornos dorados. Había estado recostado y las ropas que usaba no eran sus usuales ropas de oráculo. Se alivió al notar que aquella pequeña maleta que el mismo había organizado con parsimonia estaba a un lado. Cuando se intentó poner de pie un dolor en su espalda y cadera le había impedido moverse. Además de eso, sus manos sus manos estaban vendadas de nuevo, pero sus heridas parecían estar sanando al fin. – Tengo hambre – sus palabras habían salido algo asperas, y su garganta aún dolía. Negó con la cabeza y sonrió por un momento intentando abrazarse así mismo. Sin duda alguna, aquello, no había sido una pesadilla. La mirada de aquel hombre del Al Thamen, que ahora estaba llena de asco y repulsión le hacían darse cuenta del tipo de basura que él era. Un pequeño envase con agua y algo de comida fue lo primero que recibió antes de levantarse esta vez por completo. La mancha de sangre que estaba en el lugar en el cual estaba dormido solo le provocó nauseas. – ¡quiero detengan esto! ¡Necesito limpiarme! Y quiero que lo hagan ahora… - su voz jamás había sonado de esa forma. Sus ojos por primera vas habían logrado atemorizar aquella persona que era su verdadero verdugo. La caravana que los llevaba al reino de Kou interrumpió su caminó para que él caminara aún algo mareado y diera unos pasos fuera. Jamás había salido, y a decir verdad el cielo se veía igual de gris en todas partes. Salir de ese palacio o no, realmente le daba lo mismo.

No tuvo mucho tiempo para apreciar el lugar pues el contenido que tenía su estómago enseguida fue devuelto. Sus ojos llorosos y falta de aire en ese momento le hicieron ponerse de rodillas. Golpeó el piso con los puños cerrados y se lamentó unos instante más. Cuando levantó la vista, no tardó en usar su magia. Todo ese rukh negro ahora danzaba por encima de él sin darle tregua. Era como si toda aquella bondad que quedaba en él se hubiera mermando para siempre y fuera remplazada por toda esa magia oscura.

Agua, mucha agua era lo primero que había conjurado, la suficiente para que un pequeño manantial se convirtiera en un gran lago donde se quitó esa ropa, que miró con despreció, y finalmente entro en ese lago en la cual pudo sumergir su cuerpo entero y nadar hasta la otra orilla para que al fin pudiera limpiar en soledad y lejos de todos, aquella esa impureza que sentía dentro de él mientras tallaba con fuerza su blanca piel.

Que el agua estuviera helada no le importó, de cualquier forma no sabía la razón por la cual estaba temblando tanto, si era por el frió o por aquel recuerdo. Al menos las heridas en sus manos parecían estar mejor después de que aquellos cristales se habían roto y podía tener algo de tranquilidad mientras sus largos cabellos cubrían parte de su desnudez y podía derramar unas cuantas lágrimas más.

-No está bien que una princesa este nadando sola - aquellas palabras le habían sacado por completo de sus pensamientos mientras hundía un poco más cuerpo dentro del agua. Una caravana más se había detenido al otro lado del lago, justo donde él magi había encontrado un poco de paz mental y un árbol le cubría con algo de sombra. Seguramente aquella caravana había tomado un descanso para aumentar sus suministros de agua y había salido aquella persona de cabello morados que le hablaba sin dejar de acercarse hasta la orilla donde él se encontraba. Se sentó justo a la orilla del mismo árbol y segundos después que había metido su mano al agua y la había sacado enseguida – Diablos, esto está helado, debes de salir de ahí pequeña. Te puedes resfriar. -

Sus largos cabellos negros que flotaban por aquella laguna helada decoraban el fino rostro del magi que aún se encontraba consternado al escuchar a hablar a otra persona y hablarle con tanta familiaridad. - No soy una princesa… soy hombre - pestañeo un par de veces y limpió sus lagrimas mientras salía del lugar y se acercaba hasta donde estaba aquella personas. Aquella que tenía a su alrededor de su cuerpo esas hermosas avecillas doradas.

La reacción del aquel espectador del magi no fue otra que la de sorpresa, si bien lo había confundido con una mujer por lo delgado de su cuerpo, lo pequeño y por la enorme caravana que parecía ser la que lo transportaba, pero no salió de su estupor cuando aquel cuerpo desnudo se acercó hasta el. Agradecía que tuviera el cabello tan largo para cubrirlo con exquisitez. – Soy Sinbad, mucho gusto ¿eres del imperio Kou? – mientras el pequeño Judal ladeaba la cabeza mirándolo de un lado a otro examinándolo negó con la cabeza y miró la mano que le había extendido. ¿Eso era un saludo? Nadie jamás le había saludo antes.

Extendió su mano y tembló un momento, aún dolía, dolía bastante. Y no paso desapercibido para aquel que había tomado su mano y sentido el tacto helado de la piel suave. En segundos una de las prendas que tenía puestas se la colocó en los hombros del magi cubriéndolo del frio. – soy Judal… soy el oráculo del imperio de Kou y un magi - canturreo la frase con algo de fastidio, el mismo no sabía lo que era en realidad.

-¡Un magi! Eres el segundo que conozco, hace unos años conocí a Yunan… me dijo que cada época existían 3 magis, sin duda alguna no te pareces a él. Eres un chiquillo bastante adorable- por un momento recordó a Hakuyuu, y sintió deseo de sonreír, pero aún había algo en él que dolia y mucho. Sin embargo, cuando había dicho la palabra "adorable" sus ojos se habían abierto sorprendido y sus mejillas se habían coloreado. Jamás había recibido un cumplido como ese.

- Y tú hablas mucho- bajo la mirada un momento mientras usaba esa tela para cubrirse del frio y evitar así el temblor en su cuerpo.

- Eso dejará una enorme cicatriz- aquel comentario le consterno de sobre manera, sobre todo cuando aquella persona había invadido su espacio personal y había sujetado su mano para mirar de cerca una de las marcas que tenía en sus brazos. – Toma, cuando seas más grande puedes usarlas, son contenedores metálicos. Las saque de uno de los laberintos, quien mejor que un magi como tú para usarlas. –

Después de que le sacudió el cabello y tuvo entre sus manos aquellas pulseras de oro se dio cuenta que debía de rechazar ese regalo. Pero no tuvo la oportunidad de hacerlo, aquella persona se había ido bastante rápido y parecía bastante animando hablando con varias personas que le acompañaban. Ahora no solo tenía la ropa de alguien que no conocía si un par de objetos de oro que él jamás había usado. No quería pensar en el castigo que tendría por haber hecho algo tan imprudente como hablar con otra persona y no solo eso, revelar su identidad, cuando lo tenían celosamente oculto en uno de los palacios.

Ladeó la cabeza y frunció el ceño, no dejaría que nadie más lo lastimara de nuevo, no cuando él tenía todo ese poder, y bien podía simplemente usar su magia y matarlos a todos e ir atrás que aquel hombre y pedirle que le llevara a su lado. Luego de dar un paso suspiró de forma triste, recordando de nuevo algo, las mascotas, siempre tendrán cadenas invisibles, no importa si ya no hay nada que los detenga.

No podía ir tras él… y pedirle que se lo llevara, le dolía el trasero para caminar y su caravana estaba más cerca. Al menos esa era su excusa.

Para Nau~

Jamás había actualizado tan rápido una fa fic,~ es en serio. En fin ~ hay un botoncito abajo ~ es para mandar sus comentarios dudas sugerencias~ Aclaro. El fan fic está bastante, muy muy desviado de la obra orginal de Ohkata~ en fin es el Judal de mi mente y hago con él lo que quiera, Amen