JUDAL

IV

…..

Sus manitas le dolían, también sus brazos. Seguro ya tenía varias horas con las manos atadas sobre su cabeza. El ardor en las rodillas no era tan molesto, tenía suerte de tener tantas ropas y que le cubrían a la perfección hasta la parte baja de sus tobillos. Aunque estuviera descalzo y sus pies estuvieran fríos podía mantener la temperatura de su cuerpo.

Se mordió el labio y miró por la única rendija que le dejaba ver la luz del día. Ya tenía tres días ahí, los podía contar claramente. Tenía hambre. Su estómago ya había sonado muchas veces.

Miró de nuevo la rendija esperando que el tiempo pasara más rápido. La última vez le había dejado encerrado por 4 días y aunque después de eso había prometido no volver a desobedecer, había cometido un error de nuevo.

Tembló un poco y pensó en sollozar. Generalmente el último día era el peor de todos, siempre terminaba con largas lágrimas escurriendo por sus mejillas sin color hasta llegar a sus labios resecos y partidos.

Le habían dicho que era un niño bastante bonito, seguro cuando pasaba por aquellos castigos era todo menos bonito. Tembló de nuevo y comenzó a soltar pequeños gemidos de dolor.

Nunca nadie lo salvaba, aunque a veces cuando estaba a punto de gritar, dejaba de temblar y solo cerraba los ojos y comenzaba a fantasear.

Había una persona a la que vio alguna vez, era un sujeto fuerte con aros de oro en las orejas y sonrisa cancina. Uno que tenía alegría en sus ojos. Apretaba los ojos, aún con lágrimas perladas saliendo de sus ojos y fantaseaba que entraba por algún lado, le quitaba las cadenas con el golpe de su espada y luego lo tomaban entre sus brazos para llevarlo con él. Y en ese momento, poco le importaba que ese hombre le dijera princesa de nuevo.

Solo así se podía calmar y dejar de pensar en el dolor de sus manos y el hambre. El problema venía cuando tenía sed, solo en ese momento era cuando la verdadera desesperación era más grande que sus inocentes fantasías y comenzaba a gritar con desesperación cara vez más fuerte una y otra vez hasta que su garganta ardía y las fuerzas se mermaban de su cuerpo.

Justo cuando ya no tenía voz y aun así seguía gritando y moviendo la boca sin poder soltar siquiera un mísero sonido que representara la miseria que llevaba dentro, solo en esos momentos eran cuando suplicaba perdón.

Aunque no tenía idea de la razón por la cual debía de redimirse.

Con los ojos cerrados y la cabeza ladeada tomó un poco de aire, estaba punto de desfallecer. Tal vez estaría así al lado de Hakuyuu. ¿Así se llamaba? Cada vez era más confuso.

Abrió sus ojos rojos cuando un sonido metálico reverberó por la celda en la estaba, levantó la cabeza para mirar a la persona que tenía delante suyo. Pestañeó un poco y con algo de miedo cerró los ojos. Una mano cálida despeino sus cabellos y le habló con una voz dulce.

—Mi pequeño Judal, ¿dime qué hiciste ahora? — aun con esa mano en su cabeza el pequeño azabache no pudo pronunciar palabra alguna y apenas unos cuantos sonidos salieron de su boca. —Sabes que debes portarte de manera adecuada, mi pequeño bebé. — su mano surcó su rostro terminado en sus labios, bajó un poco más hasta levantar su barbilla y levantar su cara. — Debes mirarme a los ojos cuando te hablo.

La voz aterciopelada no cambió y la caricia en sus mejillas tampoco, sólo la sonrisa tierna y maternal se borró de los finos labios de la reina de Kou cuando se puso de pie y se dio la vuelta. — Ésta vez, no podremos levantarte el castigo, mi pequeño Judal, no hasta que aprendas tu lección—

¿Cuál lección?

Pestañeo dos, quizá tres veces y negó con la cabeza, y aunque pudiera hablar en ese momento no tenía nada más que decir. Aún no sabía cuál era el crimen por el cual le habían condenado. De nuevo.

Si lo supiera seguramente rogaría por el perdón y haría hasta lo imposible por no cometerlo de nuevo, aún si eso significaba no existir.

Sintió que lloraría de nuevo, pero ya no había más lágrimas en sus ojos así que sin voz y sin lágrimas cerró los ojos esperando una vez más.

—Judal, pero si no debes pedir perdón… tu misma vida no tiene sentido. — de nuevo esa voz despertándolo mientras al fin sus brazos eran liberados y al fin los podía bajar. No podía sentir sus dedos.

Y tenía sueño mucho sueño. — Si no existieras, no tendrías que pasar por esto, pero… en verdad tu vida es una verdadera desgracia para el mundo entero, hasta Hakuyuu murió por tu culpa — estaba algo atontado, y aunque escuchaba esas palabras no podía comprender del todo. O tal vez fingía que no escuchaba nada y se mentía a sí mismo tratando de negar el sentido de las palabras y solo limitarse a sentir un delicado placer por tener sus brazos libres y poder respirar sin dolor.

— Debes estar hambriento — El joven oráculo asintió un par de veces, y justo en ese instante colocaron un pequeño durazno en sus manos. Fruta que comió con desesperación. Al fin, algo en sus labios que pudiera comer.

Aquella mujer lo tomó en sus brazos y lo llevó hasta su habitación donde ya estaba listo un poco de leche tibia con miel y donde otro pequeño niño de más o menos su edad estaba mirando con atención.

Tenía su cara con vendas y uno de sus ojos cubiertos. Parecía tan endeble como él pero su mirada más que confundida y triste parecía estar ardiendo en una especie de flama azul.

Tal vez tenía demasiada hambre.

— Él es mi Hijo Hakuryuu… puedes jugar con él — Después de darle un vaso con agua y dejar una bañera lista el oráculo solo asintió sin quitarle la vista aquel ser que estaba de pie en la orilla de la cama mirándolo.

Midió cada paso hasta cuándo se había puesto de pie y había abierto una pequeña caja musical que sonaba de forma tan aguda que molestaba los oídos y hacía que algo en su pecho doliera.

Por un instante sintió como si ese niño y él estuvieran destinados a estar juntos.

Dejó de tener importancia cuando aquella mujer le quito la ropa sucia que traía y con una gracia digna de una dama le llevó hasta la tina de agua tibia para dejar ese pequeño y adolorido cuerpo descansar luego de 6 días de tortura.

¿Es que, todos en la vida eran así de miserables, cierto? No era solo él… era todo el mundo el que estaba mal.

Él no era diferente a los demás, todos siempre tenían que pasar por esa clase de sufrimiento… Hasta que en algún punto dejaba de doler y uno se convertía en un adulto y entonces al fin… todo iba a estar bien.

La melodía taladraba su cabeza sin cesar, era casi como si le atravesara la fibra de su ser y se le removiera todo.

— ¿Puedo ir a mi habitación a dormir? — aquella mujer le sonrió y le puso una toalla en la cabeza mientras lo secaba un poco y le daba un poco de calor en su regazo.

— Claro que si, Judal-chan, puedes ir a tu habitación, espero que no vuelvas a comportarte mal, tu mami no te podrá salvar siempre — la miró un momento y asintió.

Aún no sabía cuál había sido su falta. Tal vez, solo ser el mismo era el problema.

Miró de nuevo al niño en esa habitación de pies a cabeza, pasó de largo y fue hasta su habitación y justo ahí encontró uno durazno el cual no comió ,solo lo observó y lo dejó al lado de su cama.

Ya no había ruido alguno, pero el sonido de la caja musical aún se podía escuchar en su cabeza.

La tristeza tenía una melodía.

Y estaba acompañada de todas esas avecillas negras que estaban a su alrededor. Estaba a punto de caer de la depravación.

Fue en la humedad de su cama cuando una mano con dedos huesudos le jaló de la incomodidad del lecho mullido y encaminó fuera del lugar del que en ese momento llamaba hogar.

Con apenas 13 años de edad, le habían sacudido con violencia una noche de octubre y mientras apenas abría sus ojos y enfocaba a aquella persona que le había despertado sintió un escozor en su garganta. Era más bien dulzón el sabor que le había quedado en sus labios y el aroma un poco frutal el que estaba danzando en su nariz.

Sus ojos se cerraron de nuevo entre la trémula sensación de mareo. Hizo que todo en diera un giro y sus ojos casi se le fueras hacia atrás.

¿Otra vez?

¿Eso era lo que pasaría? Una vez más le harían daño, y ¿no podría hacer nada? Aún entre sueños, entre ese punto de estar en un limbo de la ensoñación y la realidad era capaz de burlarse de sí mismo y temblar de miedo.

Había pasado cerca de un año desde que había dejado de tener algún tipo de contacto humano, le habían aislado por completo. Era el castigo que merecía después de haber destruido un palacio y después de haberse liberado de las cadenas que le ataban. Era libre, lo era.

Eso era lo que había escuchado, pero se sentía como la peor de las escorias. Ni el mismo entendía la razón. Después de estar tanto tiempo sin escuchar alguna voz humana y de no escucharse ni el mismo no sabía si podría pronunciar de forma correcta las palabras. Pero, no tenía caso.

Cuando intentó hablar, y abrir sus ojos, los labios los tenía amordazados. Aún sentía ese mareo incontenible, y era tan molesto que sentía tan incómodo como un hostigamiento. Sintió nauseas, pero se contuvo hasta el punto de aguantar la respiración y de nuevo cerrar los ojos aprendo sus pestañas.

Tal vez, estar sin palabras y contacto alguno, era mucho mejor que sentir el terror de cualquier cosa que le pudieran hacer. ¿Y ahora qué?

¿Qué le podrían hacer? ¿Qué podía ser peor? ¿Otra vez la misma tortura? ¿Sería ultrajado de nuevo?

Entrecerró los ojos y sintió como aquel líquido salado se resbalaba por su mejilla. Las lágrimas carecían de sentido, pero parecían salir aún sin su permiso. Ya no le importaba, tal vez unos meses antes hubiera pataleado, tal vez hasta habría intentado huir. Pero no tenía energía, ni ganas. Ni deseo alguno. El mismo lo sabía… ya había caído.

Había aprendido la lección, ya nada de lo que él quería sería concedido del todo. No tenía ningún caso intentar defenderse. Si querían tomar su cuerpo, que lo hicieran.

Tal vez si apretaba los ojos con fuerza y se mordía los labios podía esperar a que el dolor no fuera tan insoportable, y solamente podía esperar a que la calma llegara. ¿Podría ser uno con el rukh?

Abrió sus ojos cuando sintió que su ropa seguía en su lugar, en lugar de eso, le habían abierto su boca, sus labios eran bruscamente abiertos para hacerle entrar una especie de líquido espeso con olor almizclado y sabor repugnante.

Le hubiera tomado de todas formas, no tenían por qué lastimar su rostro. De cualquier forma agradecía que ya no tenía la incómoda tela en su boca. Hasta podía respirar mejor.

Se sentó en una esquina de forma modosa y recatada cuando sus manos y pies fueron liberados y el mareo al fin había sido reemplazado por un adormecimiento que le hacía sentir el tiempo pasar de forma más lenta.

Luego de eso vino el dolor en su estómago. Uno que de un momento a otro le hizo inclinarse en el piso y comenzar a soltar fieros gritos de dolor. Era como si sus entrañas estuvieran ardiendo, tan insoportable que era incapaz de ponerse en pie e instantes más tarde el silenció que le dominaba era remplazados por llantos trágicos "Ya… ya no más" "¡Basta!"

Justo cuando estaba escupiendo sangre por sus labios y traba de no ahogarse con su propia sangre y esos ojos que siempre habían brillando como un rubí estaban a punto de perder su brillo, pudo ver el reflejo de aquella persona. Era Hakuyuu. ¿Cierto? ¿Por qué siempre lo veía tan vívidamente cuando estaba a punto de morir? ¿Por qué no lo llevaba con el de una vez por todas?

Estaba por sonreír, pero de nuevo una tos le atacó.

Esa ropa le gustaba. Era una pena que estuviera sucia. Cerró sus ojos y esperó que al fin todo se acabara.

o-oo-ooo-o-oooooo o-oo-ooo-o-oooooo

Los brazos en los que descansaba eran cómodos. Se sentía caliente. Esas manos un poco torpes le acariciaron la frente y luego sus mejillas. Abrió los ojos y sorprendentemente pudo ver el cielo azul. Miró un poco más, pero no fue capaz de reconocer ese rostro. Cerró los ojos de nuevo.

Aún no había muerto.

Cuando abrió los ojos de nuevo, estaba en una cama que no reconocía como propia. La suya era bastante incómoda. Esa, era suave y las sábanas olían dulces. Se talló los ojos y luego de rodar los ojos un poco cansado se intentó levantar.

Le ardía la garganta, pero aunque quiso pedir agua, le fue imposible. – ¡En-nii, el niño está despierto! – esa voz. Había escuchado de nuevo la voz de otra persona, lo miró unos instantes y luego notó como una persona pequeña estaba parado de puntitas en la orilla de esa cama gritando efusivo. – En nii, Meii nii, el niño despertó- de nuevo gritando, y le dolía la cabeza. Ese chillido agudo era un poco molesto pero se quedó quieto. Más que eso, tomó las sabanas entre sus dedos y las apretó.

Luego, dos personas más entraron a la habitación dos más altas. Ahora estaban varios ahí mirándolo y pudo ver a muchos otros afuera de esa habitación mirando hacia dentro con curiosidad.

Se sintió incómodo. También molesto.

– ¿Cómo te sientes? – Pestañeo un poco, luego intentó abrir la boca y soltar una serie de insultos. Las palabras no salieron de su boca, al contario un dolor se quedó en su garganta. Bajó la mirada y soltó un suspiro mientras negó con la cabeza. – Estas en el palacio de Kou… Kouen, te encontró.

No sabíamos que la organización… – se quedó callado. Esa persona no terminó, lo cual le causó cierta gracia a Judal.

¿No sabían que esas personas abusaban de él?

–No pude llegar antes, pero a partir de ahora, eres el valioso oráculo de Kou… y nadie jamás te pondrá un dedo encima –

Judal pensó que estaba soñando… pero luego de unos instantes cerró los ojos y se dejó caer en la cama. Pidió un poco más de leche tibia y se quedó mirando con atención a aquella persona de cabellos rojos.

Esa persona estaba en sus recuerdos… estaba seguro.

Sólo después de cinco días en los que estuvo en cama, supo que no estaba soñando. Jamás habían tenido tanta consideración. Uno de los príncipes, el más joven de ellos, no se había separado de él y lo había visto jugar en la habitación.

Ese niño era bastante extraño… lo había visto jugar con muñecas, y luego sobre su cama con él diciéndole varias veces "No te preocupes, yo te voy a cuidar, tú eres mi bebé".

Al menos, se sentía seguro.

Cuando había cumplido 14 años, le había explicado lo que era el celibato. La idea en general le había encantado. Era más de lo que deseaba, principalmente porque sabía que su cuerpo, como oráculo de Kou, era sagrado e intocable.

Había pasado cerca de un año desde que estaba viviendo con los Kou y de forma contradictora a como era tratado en el antiguo palacio, era venerado como una deidad. Tenía ya una pose altanera y una sonrisa caprichosa producto de todo ese condecoro que le daban.

Le cepillaban el cabello con esmero hasta dejarlo brillante, y sus pies y largas piernas eran blancas y delicadas.

Era perfecto ese trato favorecedor. Los golpes, se habían transformado en palabras melosas, las miradas de asco ahora eran remplazadas con manos frotándose por obtener unas palabras del valioso oráculo.

Pero sobre todo, las noches de tortura se habían acabado. Ya no había más muertes, al menos no innecesarias. Ya no tenía caso, el jovencito era altanero y de hecho era cruel… a eso lo habían acostumbrado, era difícil olvidar su pasado y todo el rencor que existía dentro de él. Su dulce e ingenua mirada era profunda y hostil. Al punto que, nadie era capaz de mirarlo a los ojos sin perturbarse por el cúmulo de sentimientos nefastos que podía transmitir.

Y al oráculo le gustaba eso. Le gustaba ser de otro mundo, le gustaba estar fuera del alcance. Le gustaba ya no ser un ser humano. Porque los seres humanos le daban asco, una repugnancia tal que la sola idea de ser tocado por uno de esos le revolvía el estómago.

Y podía andar por ahí con un orgullo impuesto y una altanería no adecuada para un jovencito de 14 años paseando por los jardines del palacio mientras despreciaba a todos y se sentía más que cualquier otro ser. Sí, era perfecto aquel asunto de ser oráculo y de ser célibe.

La idea del matrimonio e hijos no iba con él, para nada. ¿Quién necesitaba de otros?

El problema se dio una noche de octubre mientras en los pasillos del palacio había visto deambular a aquellas mujeres del palacio que estaban ahí para complacer al rey.

No le importaban en lo absoluto, pero la vista de aquella piel blanca que se asomaba solo por los tobillos de la chica le había hecho ladear la cabeza y evocar cierto recuerdo. Soltó una risita y, mientras comía un durazno le siguió a un paso discreto tratando de ocultar su presencia y solo espiar.

Lo que vio dentro de esa habitación no le inmutó ni un poco. Levantó los hombros y siguió su camino mientras se burlaba de aquellos humanos que podían caer ante tal deseo.

Irónico, muy irónico pues esa misma noche, su mente había encontrado un recuerdo que había logrado que su temperatura corporal se elevara.

Había olvidado eso, pero en su sueño era tan nítido como su solo hubiera sido una noche antes. La noche en la que esa persona, la de cabellos azules; de la que ya no sabía su nombre, estaba con el pelirrojo. Estaban, no teniendo sexo, ni complaciéndose uno al otro. Estaban haciendo el amor.

Ahora lo podía comprender.

Aún se sentía bastante cómodo con la idea de ser un oráculo, también con la idea de entregar su cuerpo una tarea.

Lo incómodo era recordar aquel hecho, y despertar con su cuerpo húmedo por las mañanas. Y también estaba seguro de algo, ese pelirrojo, era Kouen. La persona que lo había salvado y que después de eso, solo le había visto un par de veces.