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Los personajes pertenecen a Stephanie Meyer. Todos humanos.
ALAS AUSTERAS
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._Reencuentro_.
-Tranquila, no me hará nada…
-Pero… quizá, deberías esperar.
-¡No puedo esperar! - Exclamé acunando el rostro de Zafrina entre mis manos. Intenté tranquilizarme. - No puedo. Tengo que encontrar a Bella y a mi hijo, son todo lo que tengo, entiéndeme.- Podía ver el miedo en los ojos de Zafrina, las lágrimas comenzaban a humedecer sus ojos.
-Tengo miedo de que te haga algo. Espera un día o dos…
-¿Es que va a cambiar algo? Quiero hablar con ella. - Exigí.
Ella volvió a mirarme apenada, sabía que se había arrepentido al momento de confesarme que era el primogénito de mi padre. Pero al menos así, intentaría hacer algo, así quizá podría chantajear a la marquesa, le prometería salir de su vida si ella me decía cual era el paradero de Bella. Zafrina salió secándose las lágrimas de la cocina, obedeciéndome.
Tenía que admitir que me encontraba algo nervioso, pues no sabía como iba a enfrentarme a la Marquesa, pero tenía que hacerlo, por Bella y por aquel bebé que venía en camino.
Pensar en mi hijo me daba más fuerzas aun. Era un ser creado por los dos, por el amor que nos teníamos el uno al otro… ¿podía haber una prueba mejor que esa del enorme amor que nos teníamos? Saber que Bella estaba embarazada me hacía feliz, lo que no me hacía tan feliz era saber que estaba embarazada y lejos de mi, sufriendo quien sabe qué.
-Hijo.- Llamo Zafrina, sacándome de mis pensamientos. En seguida la miré respondiendo a su llamado. - Te espera en sus aposentos.
Los puños se me cerraron involuntariamente y todo el cuerpo se me tensó por completo. El fuego se apoderaba de mi cuerpo, dejando libre la rabia que sentía cada vez que me acercaba más al lugar. Respiré hondo con la misma dificultad que cuando sentí que me habían arrebatado a Bella y toqué con los nudillos la puerta, escuchando en seguida la voz de la Señora al otro lado de la puerta. La abrí.
-Hola. - Pronuncié.
-Así que Edward Masen. - Pronunció de espaldas.
-Quiero hablar con usted.- Dije con voz contenida.
-Eso me ha dicho Zafrina.- Se giró abriendo sus ojos de par en par, como si estuviese sorprendida por algo.
-Quiero saber dónde está la señorita Swan.
Su mirada irritante, dejó de observarme detenidamente y se acercó muy lentamente hacia mi, dejando un par de pasos de distancia entre nosotros. Me miraba por encima del hombro, como si en realidad ella valiese mucho más que yo. Después dibujó una sonrisa fanfarrona en su cara de mujer bonita.
Cada segundo que pasaba me encendía un poco más, pues era tiempo que perdía. No había derecho de que la Marquesa estuviese jugando conmigo de esta manera. Intentaría arreglar primero las cosas sin decirle que sabía la verdad, aunque sabía que eso era bastante poco frecuente.
-¿Por qué crees que te lo diría? - Preguntó volviendo a observarme de arriba abajo.
-Por qué se lo estoy pidiendo con toda la educación del mundo y creo que usted podría ayudarme, todo el mundo la tiene como una de las personas más humildes de la aldea. - Intenté halagarla expulsando las palabras entre dientes.
-Cierto… siempre he participado en las donaciones a la iglesia, en las obras sociales…
-Entonces… podrá ayudarme. - Volvió a sonreír con malicia y comenzó a hablar dando una vuelta muy lenta alrededor de mi cuerpo.
-Edward Masen… Hijo de Elisabeth y Edward, debes echarles de menos, debiste pasarlo muy mal…
Apreté mis puños involuntariamente, al acordarme del calvario que pasamos Bella y yo en aquella especie de cárcel. ¿Cómo podía ser tan cruel y recordarme aquello? ¿Cómo no iba a echar en falta a mis padres?
-Te pareces tanto a tu madre… los mismos ojos y la misma nariz… - Terminó de dar la vuelta poniéndome una mano en el hombro.- Te has convertido en una auténtica belleza. - Tragué saliva incómodo.
-¿Va a decirme dónde se encuentra la persona que busco?
-Aun no sé qué te hace pensar que te lo diría.
-No juegue conmigo.- Pronuncié tenso, separando todas las palabras.
-No juego contigo querido… solo te estoy probando. - Suspiré dejando mi paciencia en el olvido.
-Necesito que me diga donde se encuentra.
-¿Es su novia? - Preguntó. Su mano descendió rudamente por mi pecho, bajándola por mi estómago hasta que en un movimiento inesperado apretó mi miembro.
Me sentí totalmente fuera de control, estaba jugando sucio. Tuve suerte de todavía encontrar un poco de razón en mi mente, de lo contrario podría haber cometido una locura. Me aparté de inmediato y apreté los dientes con fuerza.
-No vuelva a hacer eso. - Dio un paso.- No lo haga. - Repetí, pero ella siguió acercándose. Antes de que sus manos volvieran a intentar algo las sujeté por las muñecas fuertemente. - Míreme bien señora Marquesa, sé toda la verdad. No lo haga más difícil. - Frunció el ceño.
-¿Qué verdad?
-Sé que soy el primogénito de su difunto esposo. - Abrió los ojos horrorizada, dejando de ejercer fuerza para que la soltara, por lo que lo hice.
-Pero… eso es una tontería, ¿cómo puedes asegurar semejante blasfemia? ¡Guardias! - Gritó. En aquel momento entraron dos hombres a sus aposentos.
-No juegue Marquesa, se lo he advertido. ¿Me parezco al difunto Carlisle? -La Señora se quedó pensativa unos segundos y entonces ordenó a los guardias a que se marchasen de nuevo.
-No entiendo como tú puedes saber eso. - Sonreí.
-Tengo una prueba.
-¿Cuál? - Preguntó.
-No pienso decírsela hasta que me diga el paradero de Bella.
-Mugrosa muchacha… - Murmuró. Volví a tensarme. La mujer avanzó de nuevo hasta mi. - Tienes razón… tus ojos son iguales a los de tu madre, al igual que tu nariz, pero eres tan guapo como tu padre. - Ella suspiró con rabia. - Él murió por culpa de tu madre, le contagió la enfermedad. - Volví a tragar saliva.
-Mi madre no tuvo la culpa…
-¡Claro que sí!
Cerré los ojos con fuerza, no iba a distraerme. Tenía una meta desde que me enteré que ella sabía donde estaba Bella, por lo que era imposible que esa idea abandonara mi mente. Abrí los ojos y la miré con rabia y frialdad.
-No se lo volveré a pedir, dígame donde está Bella.
-¿Es que piensas hacerme algo de lo contrario?
-¡Dígamelo! - Exigí dando un paso con la furia quemándome vivo.
-¿Y qué gano a cambio?
-La dejaré tranquila, no volveré a aparecer en su vida, no le pediré nada que me pertenezca por derecho, me olvidaré de todo. Solo quiero que me diga donde está.
Pareció sopesar mi oferta con su dedo índice en la barbilla. Caminó de un lado al otro poniéndome cada vez más nervioso. Pero en el mismo momento en el que iba a avanzar con los nervios a flor de piel para demandarla habló.
-Está bien… - El corazón comenzó a palpitarme deprisa, comenzaba a imaginarme el reencuentro con Bella. - ¿Conoce a Jacob Black? - Fruncí el ceño.
-¿El Conde?- Ella solo asintió. - ¿Bella trabaja en casa del señor Conde? - Una risa burlona apareció en su rostro y se encogió de hombros.
-No sé realmente como se le puede llamar a lo que hace Bella…
Me mordí el labio intentando tragarme todos los descalificativos que acababan de llegar a mi mente. Sin más, me alejé de allí, sin avisar ni tan siquiera a Zafrina. Sabía llegar a casa del Conde, cuando era pequeño a veces acudía con mi padre y Bella, no porque me obligaran, simplemente era una excusa para salir a dar una vuelta en carro.
-Necesito el carro Emmett.
-Edward, Edward, tranquilízate, estás muy nervioso. - Pidió Emmett, sosteniendo mis hombros pero lo logré esquivar.
-Sé donde está Bella, no puedo perder ni un segundo más.
-Voy contigo.
-No, no quiero meterte en esto, esto solo me incumbe a mi.
-¡Edward!- Gritó la pequeña Alice. - ¿Y Bella?
-Voy a por ella en este mismo instante.
Me subí al carro y Emmett subió conmigo. Le mandé una mirada envenenada pero lo ignoré, no podía perder más tiempo. No era que me molestara que Emmett me acompañara, su apoyo me hacía mucho bien, pero no quería que él se metiera en ningún lío por mi culpa.
-¿Está trabajando allí? - Las palabras de la Marquesa golpearon mi mente, poniéndome más nervioso y ansioso por llegar. No sé realmente como se le puede llamar a lo que hace Bella
¿A qué demonios se refería con eso? El corazón comenzó a latirme desenfrenadamente a causa del miedo. ¿Y si Bella había sido vendida de nuevo en el comercio de esclavos? ¿Y si ese señor llevaba un negocio de mujeres prostitutas? ¿Y si…?
-No lo sé Emmett…
-Déjame.- Cogió las riendas. Me di cuenta a causa del viendo que azotaba mi rostro que las lágrimas estaban comenzando a deslizarse por mis mejillas.
-No me ha dicho nada, tampoco dejé que lo hiciera… ¡Cielos! Tenemos que llegar pronto Emmett, pronto…
Escondí mi cara entre mis manos durante unos minutos intentando respirar y tranquilizarme. No todo estaba perdido, Bella tenía que estar bien, ella y mi hijo, los dos. Volveríamos a estar juntos y entonces seríamos felices, porque lo merecíamos, claro que sí. Elevé el rostro y me encontré con el gran palacio del Conde.
-Imagino que es aquí.
-Espera, para. - Detuvo el carro.
-Iré a pie. - Emmett suspiró.
-Quiero ir contigo.
-No es necesario.- Hablé mientras miraba al palacio intentando mirar alguna puerta por donde pasar sin ser visto. - No sé si por aquella puerta podré pasar, es pequeña, parece para el serv…
Me quedé mudo al verla a lo lejos. Vestía un lujoso vestido que brillaba a la luz del sol como la piel de su pálido rostro. Llevaba el cabello recogido en un moño alto que dejaba caer algunos tirabuzones. Tragué saliva, si no fuera por sus dos luceros jamás la habría conocido.
Se había sentado en un banco y parecía estar metida en sus pensamientos. Se inclinó hacia delante y arrancó una flor llevándosela a la nariz, después miró al cielo con la mirada perdida… triste.
No dije nada más. Ignoré el "espera" de Emmett y corrí hacia ella, quería estrecharla entre mis brazos, sentir su cuerpo pegado al mío, acariciar su cabello… escucharle decirme "te amo". Parecía ausente mientras miraba la hierba verde que adornaban los jardines exteriores. Miré a mi alrededor, teniendo cuidado de que nadie me estuviera viendo, no podía cometer ningún fallo, tenía que llegar hasta ella.
Su mano, la cual sostenía la margarita blanca, se posó sobre su vientre y miró hacia el mismo. Un aura de esperanza e inquietud me sobrecogió. Mi hijo, mi hijo…
Vi como a cámara lenta ella elevaba su rostro a causa de mi cercanía, su expresión se volvió sorprendida y confusa y con una inocente y leve sonrisa se arrojó a mis brazos. Su perfume y su cálido cuerpo me recibió desesperadamente.
-Bella…- Susurré mientras sus labios repartían besos por la zona de mi cuello, de mi mentón, de mis mejillas. Acuné su rostro para observarla. - Bella…- Repetí.
Fui consciente entonces de dónde me encontraba, entrelacé nuestras manos y estiré de ella, pero no me hizo caso. El corazón volvió a palpitarme y volví a estirar, pero seguía igual de rígida.
-Bella… ¿Qué haces? Tenemos que irnos.
-No… no puedo irme.
-Pero amor, nos pueden ver, por favor…
-No, espera, por favor, tengo que…
-¿Querida?- Me quedé medio segundo intentando recapacitar. Nos habían descubierto… Elevé la mirada con el ceño fruncido y protegí a Bella con mi cuerpo. - ¿Quién es usted? - Preguntó un chico joven y trajeado de cabellos y ojos tan oscuros como el carbón dirigiéndose a mi. Mi mente se paró a pensar quien podría ser él, nunca lo había visto… ¿El hijo del Conde?
Bueno, pues aquí dejo otro capítulo, espero que os guste, sé que este fic he tardado más en actualizarlo que los otros dos pero sinceramente he estado muy liada... :)
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Elisabeth Lecter, la Marquesa sí tiene hijos, tres, uno ya es Marqués y los otros son más pequeños, pero Edward es el primer hijo que tuvo Carlisle. Felicidades por tu graduación :) Ahora comienza una nueva etapa en tu vida, no? :)
Besitos.
