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Los personajes pertenecen a Stephanie Meyer. Todos humanos.

ALAS AUSTERAS


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._Al fin estabilidad_.


-Zafrina, no, no, así no. - Zafrina rió tranquilamente.

-Mi niño, es así.

-¿No queda demasiado pomposo? - Pregunté mirando el pañuelo del cuello. Ella se encogió de hombros.

-Eres un noble, debes llevar estas cosas. - Me miré al espejo y respiré hondo. - ¿Nervioso? - Me giré con una sonrisa que debía evidenciar mi nerviosismo.

-He estado esperando este momento desde hace mucho tiempo.

-Es la mujer de tu vida, siempre lo supe. - Aseguró acariciándome la mejilla.

-Yo también.

-Estás hecho todo un caballero, y qué porte, me recuerdas tanto a tu padre… - Murmuró Zafrina conteniéndo las lágrimas. - Y ahora mi pequeño se va a casar. Si tu madre y tu padre estuvieran aquí…

-Sh, sh, no es día para llorar, es día para celebrar. - Dije abrazándola.

Aun no podía creer que estuviese en mis aposentos, vistiéndome para casarme con la mejor mujer del mundo. Después de mi visita hacia tan solo unos días, a la Marquesa no le había quedado más remedio que salir de mi Palacio con sus hijos con el rabo entre las piernas.

Ahora no podía sentirme mejor conmigo mismo, esto era lo correcto, podría darle a Bella y a mi hijo lo que necesitasen y por si eso fuera poco, también tenía a mis amigos conmigo, eso sí, ellos no habían permitido que los mantuviera, y se habían emperrado en trabajar para mi.

Emmett había cortejado a Rose, casi al mismo tiempo que Jazz a Alice. Y aunque Emmett y Jasper estaban igual de celosos con sus hermanas podían entenderse mutuamente. Salí de mi habitación, caminando por el largo y ancho pasillo, bajando por las amplias escaleras, hasta llegar a la enorme entrada para salir hacia mi carruaje.

Aun no me acostumbraba a caminar por un Palacio, era inmenso, pero al menos estaba lleno de empleados y no lo hacía un lugar tan frío y solitario.

-Buenos días Señor. - Saludó Ben, antes de entrar.

-Muy buenos. - Aspiré el aire que entraba por las ventanas.

Esperar a Bella, realmente se me hizo largo, demasiado, quizá, no veía el momento de verla entrar por el portón de la iglesia. No había asistido mucha gente a la boda, casi todos los nobles se habían echado para atrás al saber mi historia, pero al menos contaba con la presencia del Conde. No sabía ni por qué demonios se había atrevido a pisar la iglesia, pero lo cierto era que en cierto modo no me desagradaba tanto su presencia, al menos le quedaría claro a quien le pertenecía Bella.

Comencé a sentirme cada vez más ansioso y a notar que la corona que portaba en mi cabeza pesaba cada vez más, cuando la música del órgano inundó la iglesia, y vi a lo lejos su figura blanca. Tuve que pestañear bastantes veces para poder verla con claridad, ay que la emoción se había convertido en lágrimas. Jamás había visto un ángel más bello. Mi preciosa con su vestido blanco, caminaba con tanta gracia, con tanta felicidad, que me hizo sentir de nuevo dichoso.

Cuando Emmett, el único momento en el que me di cuenta de que mi amigo caminaba junto a ella, me ofreció su mano y la rocé volví a la realidad. Iba a casarme, por fin iba a hacerlo.

-Estás preciosa. - Susurré sin poder evitarlo. Ella se sonrojó.

Ceñí más a Bella a mi cuerpo con mi brazo al rededor de su cintura cuando la última tanda de invitados se despedía, en especial por ver al Conde. Me pareció de mala educación casi no prestar atención a las personas que pasaban y se despedían, pero estaba más pendiente de la reacción de mi esposa. Una sonrisa se alojó en su rostro al darse cuenta de que se acercaba, por suerte solo quedaba él. No pude evitar tensarme. Jacob la miró fijamente a los ojos demostrando los evidentes sentimientos que sentía hacia la que ahora era mi esposa, provocando que me enfureciera solo por eso. Sostuvo su mano y la elevó hasta la altura de sus labios para besarla con delicadeza. Intenté relajarme.

-Has estado preciosa.

-Gracias… - Contestó ella tímidamente.

-Sabes perfectamente que las puertas de mi palacio están abiertas para ti. - Fruncí el ceño involuntariamente cuando me miró y me estrechó la mano dejando notar en aquel gesto la incomodidad de ambos.

-Gracias por venir, aunque no tenías por qué hacerlo. - Le dije.

-Evidentemente, me he dado cuenta de que la mayor parte de los nobles no han asistido, pero… - Miró a Bella.- Yo tenía que hacerlo, espero que no te haya molestado. - Dijo mirándome de nuevo.

-En absoluto. - Contesté a regañadientes.

-Ella te quiere, así que espero que sepas hacerla feliz, de lo contrario... - negó con la cabeza. - No tiene caso que te advierta, sé, por mucho que me pese, que la harás feliz. - Confesó. Asentí.

-Me gusta saber que esa parte la tienes clara, gracias por venir de nuevo.

Y sin más se alejó y pude respirar tranquilamente, su presencia me hacia sentir de algún modo acorralado. No estaba de más decir que Bella me puso mala cara por hablarle así a su querido Conde, pero bueno, en parte podía entenderla y por mucho que no me gustase tenía que agradecerle todo lo que había hecho por ella. Aun así no podía dejar de verlo como un rival.

-¿Dónde crees que vas? - Susurré en su oído, ciñendo su cuerpo al mío fuertemente, frente a la puerta de mis aposentos.

-Quiero ir a cambiarme, este vestido es incómodo y… - Se mordió el labio.

-Te lo puedo quitar… - Murmuré en su cuello, dejando un beso al final, ella jadeó.

-Mmm, no. Edward nos pueden ver, por favor. - No pude evitar reírme.

-No puedo creer lo que estoy viendo. - Bella puso los ojos en blanco y se separó de mi.

-Déjame cambiarme, ¿de acuerdo? En seguida voy a tus aposentos.

-Está bien, ¿recuerdas que hay una puerta que comunica los tuyos con los míos?

-Por supuesto…

Y me quedé en mi lugar hasta que desapareció detrás de la puerta con su vestido blanco. Una de los inconvenientes que le veía a este palacio es que hubiese una habitación por conyugue, definitivamente iba a cambiar eso. Suspiré antes de entrar y cerré la puerta detrás de mi con una sonrisa enorme, al fin era mía en todos los aspectos.

Me quité la ropa y decidí esperarla en la enorme y cómoda cama repleta de cojines. Me parecía mentira que todo hubiese pasado y que ahora estuviese en un enorme palacio, en mis propios aposentos, tumbado en una enorme cama esperando al amor de mi vida para hacerla mía. Hundí la cabeza entre los cojines y cerré los ojos. Solo esperaba que no tardase mucho, pues me había dejado bastante excitado, ¿cómo era posible que la amara tanto y al deseara de esta manera enfermiza?

Abrí los ojos al sentir algo muy suave acariciar mi pecho y pude ver que era el cinturón de seda del batín de Bella. Subí lentamente la mirada bebiendo su imagen. El batín lograba ceñirse a sus curvas exquisitamente, y… ¡cielos no llevaba nada debajo!

Me encontré con su rostro mirándome con una sonrisa y sus mejillas rosadas, su cabello ya estaba suelto más ondulado de lo normal a causa del recogido que se había hecho. Era la imagen de una Diosa, de una Diosa preciosa. Estiró del cinturón y sentí como mi mandíbula se desencajaba cuando el batín de seda se abrió y se fue escurriendo por sus hombros, dejándola completamente desnuda. No pude evitar mirarla, su piel blanca y sedosa, sus pechos, su vientre… Su mano se dedicó a cerrarme la mandíbula y en seguida enfoqué su rostro igual de hermoso con sus ojos chocolates clavados en los míos.

Me erguí y me puse al igual que ella de rodillas, teniéndola en frente y sonriéndole.

-Al fin. - Dije antes de besarla. - Por fin estamos juntos. - Estreché su cuerpo con el mío, escuchando su pequeño gemido, supuse por la excitación a la que me encontraba sometido.

-Sí, y ya nada nos separará. - Susurró en un hilo de voz comenzando a besar mi cuello.

-Te amo.- Susurré acariciando su cabello.

La tumbé sobre la cama quedando sobre ella. Su cabello esparcido en los cojines la hacían parecer un ser irreal. Sus manos ansiosas recorrieron mi cuerpo sin que sus ojos apartaran su mirada de los míos.

Mis manos acariciaron sus hombros, sus pechos, su vientre, ella se sentó provocando en el acto que yo también lo hiciera y atrapando mis labios para besarme de manera desenfrenada. Mis manos recorrieron su espalda de terciopelo, completamente perfecta y sedosa. Mientras tanto su sexo se rozaba con el mío.

-Edward… - Susurró.

-Sí, amor. - Jadeé.

Una de mis manos descendió hasta llegar a su intimidad, la cual sentí plenamente húmeda y aquello me excitaba en sobremanera, no pude evitar soltar un gemido junto al de ella. Metí un dedo en aquel recóndito lugar que solo estaba destinado a mi y que yo había profanado antes de hora, por la sencilla razón de que la amaba demasiado. Ella jadeó y mordió el lóbulo de mi oreja provocando que me tensara y rechinara los dientes. Le besé en los labios.

Podía sentir sus dedos hundiéndose en mi espalda mientras aumentaba el ritmo e introducía un dedo más. Sus jadeos se convirtieron en gemidos y no dude en acariciar con mi pulgar toda la extensión de su sexo, sintiendo la humedad de sus pliegues, hasta que llegado a un punto Bella comenzó a enloquecer. Sus gemidos eran música para mis oídos y me quedé acariciando aquel punto que parecía volverle loca y que por consiguiente me estaba volviendo loco a mi.

-Cielos, Edward… - Murmuró entre dientes aferrándose más a mi.

Sentí entonces sus flujos deslizarse por mis dedos y me excité aun más si cabía. Su tensión apaciguó pero en ningún momento se separó de mi y volvió a besarme, llevando esta vez una de sus manos a mi miembro mientras las mías contorneaban sus pechos y jugueteaban con sus duros pezones. Cerré los ojos con fuerza.

Se elevó un poco y la penetré abrazado a ella, sus labios me besaban cada vez con más impaciencia a medida que las embestidas aumentaban de ritmo. Besé sus labios, su cuello, sus hombros, paseándome por su escote, hasta que me ofreció sus pecho en un acto totalmente sensual, dejando caer la cabeza hacia atrás sin parar de moverse.

- Te amo. - Murmuré entre sus cumbres. Ella seguía jadeando y sus manos habían atrapado mi cabello entre sus dedos.

Salí de ella y la tumbé para volver a penetrarla, la amaba tanto. Ya no existía ningún tipo de remordimiento, podía hacerla mía siempre y cuando quisiera, porque ya era mía frente a los hombres y frente a Dios, y nada me podía hacer más feliz que eso.

Me empujó para quedar encima de mi y siguió moviéndose sentada sobre mí, jamás había visto una imagen tan erótica, jamás. Su cabello se movía al compás de sus movimientos, al igual que sus pechos, quise esperar y poder observarla, quise hacerlo pero no pude pues mis manos directas se instalaron en sus pechos.

-Bella… - Susurré casi en un hilo de voz, no podía hablar. Sus manos se posaron sobre las mías, dejando una de ellas en uno de sus pechos y otra la arrastró por todo su cuerpo, después las volvió a trasladar a mi torso y se inclinó hacia mí.

-Edward no puedo más. - Dijo apaciguando sus movimientos. Volví a rodarnos y la dejé debajo de mi, marcando nuevamente el ritmo. - Por favor, no pares, no pares.

-No, no, mi amor, no puedo parar.

Entrelacé sus dos manos con las mías, sintiendo como todo nuestro cuerpo se acariciaba a causa de nuestros movimientos. Sentí que estaba llegando al pleno paraíso, entonces las piernas de Bella rodearon mi cadera mientras uno de sus brazos rodeaba mi cuello y me acercaba más a su rostro para besarla, aunque era un trabajo bastante difícil.

Deslicé mi rostro por su mejilla, por su cuello sudado y lo mordí ganándome un gemido de mayor magnitud. Mi mano acarició sus labios y gruñí cuando mordió mi pulgar, sintiendo como llegaba al paraíso de la mano de mi esposa.

Me mantuve dentro de ella con los ojos cerrados descansando en el hueco entre su cuello y su hombro intentando controlar mi respiración. Ella no había dejado de rodear mi cadera con sus piernas y ahora sus brazos habían rodeado mi cuello.

-Te amo preciosa. - Murmuré saliendo de ella y tumbándome a su lado. Ella me sonrió con sus mejillas coloradas a causa de hacer el amor.

Jamás había hecho el amor con Bella con un nivel tan alto de pasión y es que casi había sentido que moriría. ¿Qué más podía esperar de ella? Había sido la sensualidad en persona, no quedaba rastro de su inocencia, de mi pequeña Bella.

-Por fin soy tu esposa, espero que te haya gustado mi regalo. - Comentó apoyando su cabeza en mi pecho.

-Por supuesto, me ha encantado, no tenías que dudarlo princesa.

-Y ahora vamos a formar una familia y este bebé va a ser tan feliz…

-Lo será mi amor, lo será, igual que lo somos ahora nosotros. - Suspiró de mala gana, cosa que me extrañó y se irguió para mirarme con una sonrisa conformista.

-Ahora supongo que debo retirarme… - Fruncí el ceño, viendo como se sentaba y comenzaba a gatear hasta un extremo de la cama, solo eso me bastó para reaccionar.

-No, no, no, ¿Dónde crees que vas?

-A mis aposentos, por supuesto. - Contestó confusa. Sonreí y acuné su rostro.

-No vas a ir a ningún sitio, te vas a quedar aquí conmigo toda la vida. - Su sonrisa se ensanchó y me abrazó.

-¿Vamos a dormir juntos?

-¿Qué pensabas, Bella?

-Es que Zafrina me había dicho que… - Negué con la cabeza volviendo a mirarla de nuevo.

-Zafrina no ha dicho nada, tú vas a dormir conmigo como mi esposa que eres, siempre, todos los días de tu vida y de la mía.

-Siempre, siempre… - Me separé para besarla, en el inicio de una segunda ronda, porque ahora todo era perfecto.


Pues hasta aquí llegó, chicas..:) Ahora solo queda el epílogo :(