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Los personajes pertenecen a Stephanie Meyer. Todos humanos.
ALAS AUSTERAS
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._Epílogo_.
-Mmm, este té está delicioso. - Aprobé.
-¿Quieres más? - Preguntó una de las dueñas de mi vida.
-Por supuesto, ¿cómo podría negarme? - Pregunté guiñándole un ojo. Mi pequeña sonrió de oreja a oreja y vertió un poco de aquel té imaginario sobre mi taza también imaginaria.
-¿Tú quieres Grace?- Preguntó a la pequeña que se sentaba en mis piernas. Ella solo asintió.
Elisabeth, mi hija mayor, de 5 años, y Grace, la menor de 2 y medio, parecían tener energías para mucho más tiempo, pero tenía que ser rápido si quería evitar los llantos de los dos angelitos que estaban junto a mi. Me quedé jugando un rato más con ellas calculando el tiempo, mientras Bella se preparaba para nuestra tarde. Elisabeth, sacó una de sus muñecas y Grace la imitó.
-A dormir. - Musitó Elisabeth a su muñeca de porcelana y comenzó a mecerla.
En silencio observé como mis dos pequeñas mecían a sus bebés imaginarios y sonreí cuando noté como las nanas que cantaba Elisabeth provocaba en las dos bostezos. Esa era la señal que quería recibir.
Grace se tumbó sobre la cama de Elisabeth con los ojos cerrados y Elisabeth la miró con los ojos entrecerrados, después me miró a mi.
-¿Quieres dormir?- Pregunté esperando una afirmación.
-Te vas con mamá.- Aquella frase aunque había sido pronunciada en casi un murmullo, había sonado como una acusación. Sonreí sin poder evitarlo.
-No… ¿Qué te hace pensar eso?- Pregunté colocando a la menor de mis hijas en su cama. Ella bostezó. - Lo mejor es que imites a tu hermana, descansarás y después podremos jugar más, con mamá también. - Ella sonrió levemente y se acomodó mejor en su cama cerrando sus ojos.
Miré a Grace y besé su mejilla, para después hacer lo mismo con Elisabeth. Cerré la puerta tras de mi y me dirigí a los aposentos de al lado para visitar al menor de mi palacio en ese momento. Zafrina lo mecía entre sus brazos tratando de que se durmiera, en cuanto ella me vio me lo entregó sin rechistar con una enorme sonrisa en los labios.
-Está hermoso. - Dijo Zafrina. Sonreí acariciando su mejilla rosada con mis dedos. - Cada día se parece más a ti.
-Gracias Zafrina, pero es tan precioso como su madre - Le murmuré sin apartar la vista de mi hijo. - ¿Sabes? Podrías echarles un vistazo a Elisabeth y Grace, se han quedado dormidas, pero no me fio de ellas, las conoces perfectamente.
-Claro que sí, mi niño. - La miré y le sonreí.
-Trataré de no tardar, pero ya sabes como son estos compromisos. - Le di un beso en la cabeza a Edward.
-Por supuesto, no te preocupes. Voy a ver a Grace y Elisabeth, y a avisar a Rose de que venga a ver a Edward. - Asentí.
Me quedé mirándolo un rato más mientras se iba quedando dormido entre mis brazos, con los labios entreabiertos. Elisabeth y Grace eran mis pequeñas princesas y las quería tanto como a Edward, pero sentía un especial orgullo por tener a mi hijo en brazos, sano y feliz. Porque era tan feliz como mis dos hijas mayores. Escuché unos pasos tras de mi y dejé a Edward en su cuna.
- ¿Estás lista? - Le pregunté a Bella cuando me giré y se acercó hasta mi.
- ¿Tú qué crees? - Sonreí y di un paso más para sellar sus labios con un beso.
Lejos de haber llevado una vida tranquila, como a mi me hubiese gustado, durante seis años había tenido bastantes disputas con el Papa, aun así había tenido que obedecerle y acatar todas sus órdenes, una de ellas hacer de anfitrión para el Emperador de Alemania, quien hacía relativamente poco había firmado el Tratado de Constanza junto con las órdenes religiosas, quienes habían aceptado reconocer la soberanía del Emperador de Alemania, viéndose este a su vez obligado a reconocer la jurisdicción propia de cada ciudad sobre sí misma.
En realidad la estancia junto con el Emperador y su esposa fue bastante fructífera y nos dimos cuenta que teníamos ideales comunes. No obstante, a mis 22 años y gracias a la experiencia que ya había adquirido, me había dado cuenta que en este mundo más que con honestidad, se actuaba a raíz de la conveniencia y eso no me llamaba en absoluto.
Pero fue tal grado de simpatía el que compartimos con él, que él mismo había decidido nombrar a Bella, mi esposa y señora, Marquesa y esa misma tarde había organizado una fiesta para celebrar su nombramiento, algo que me halagaba.
- Estás preciosa. - Susurré volviendo a posar mis labios en los suyos. - Seré la envidia de toda la Corte. - Bella rió.
- No seas exagerado Edward.- Murmuró asomándose para ver a nuestro hijo.
- No he dicho más que la verdad. - Afirmé acariciando la punta de su nariz con el dedo.
- ¿Elisabeth y Grace se han quedado conforme? - Se inclinó y besó a Edward.
- Me he encargado de dejarlas dormidas en sus aposentos. Zafrina cuidará de ellas.
-¿No es muy pronto para que duerman? - Reí quedamente.
-Sabes perfectamente que si están despiertas y se dan cuenta de que nos vamos, cogerán un berrinche. - Bella sonrió y solo asintió.
Le ofrecí mi brazo para que ella se aferrara a él y comencé a caminar hacia la salida. Sabía que Bella, causaba sensación en la Corte, tanto en las mujeres como en los hombres. Después de todo lo que habíamos pasado, parecía haber nacido para estar junto a mi en esta nueva vida, y sabía comportarse como toda una señora.
-¿Hacía dónde, Señor? - Preguntó Jasper. Bajé del carro y me asomé para verle.
-¿Cuántas veces tengo que repetirte que no me llames Señor? ¡Jasper, por el amor de Dios! - Él se carcajeó.
-Vale, Edward, tranquilo, no volveré a hacerlo.
-Eso espero hermano, de lo contrario, ya sabes lo que pienso hacer. Yo también sé llevar un carro.
Jasper era tan terco como Emmet, Rose y Alice. Aunque podían disponer de todas las comodidades de mi palacio, preferían trabajar. Y bueno, yo mismo cuando no tenía asuntos burocráticos también me dedicaba a ayudarlos. Había nacido en ese mundo no podía evitarlo, y además si no me comportaba así, sentía que rechazaba mis orígenes, cuando eran lo más valioso que tenía, a parte de Bella y mis hijos.
-Han condenado al cardenal Urbano a la hoguera. - Le comenté a Bella, entrelazando una de nuestras manos.
-¿En serio? - Preguntó sorprendida. - ¿Vas a ir? - Preguntó después con el ceño fruncido.
-Debería… - Murmuré, sabiendo que sería del agrado del Papa y de toda la Corte que yo estuviera allí. - Pero naturalmente que no. Sabes lo que pienso perfectamente.
-Es cruel, demasiado. Es suficiente con que arda en las llamas del infierno. - Besé su sien y apoyó su cabeza en mi hombro. Rodeé su cintura y la acerqué más a mi.
-Lo sé, y pienso lo mismo, amor, pero la justicia cree que no solo debe sufrir en el infierno, si no que su muerte debe ser dolorosa también.
-Eso no cambiará nada. Odio que elijan el castigo que creen merecido para cada persona. El que ha pecado morirá antes o después y solo el poder divino del Señor debe decidir su castigo. - No estaba de acuerdo al 100% con su opinión pero no quería enzarzarme en un debate con ella respecto a ese tema. Su brazo rodeó mi cintura y me presionó contra ella.
El silencio se hizo en el carro. El cardenal había violado una de las normas primordiales de la iglesia y había mantenido relaciones sexuales con una mujer, con la cual había sido visto. No era de mi agrado observar como mataban a una persona, pero muchas veces no me quedaba más remedio.
Suspiré y apoyé la cabeza levemente en la de Bella, cerrando los ojos para concentrarme mejor en su efluvio mientras nos acercábamos más al corazón de la fiesta en medio del campo.
No podía negar que era feliz si estaba con ella, con mis hijos y con mis amigos. Más de una vez me habían sugerido de manera indirecta que le fuese infiel a mi esposa en una de esas conversaciones entre los hombres de la Corte y me había quedado más sorprendido aun cuando ellos contaban intimidades acerca de sus infidelidades. Yo era incapaz de hacerle algo así a mi mujer, porque para mi solo existía ella.
Besé su sien en cuanto el carro se paró y esperé a que Jasper bajara para que nos acompañara.
-Señor Duque, que placer verte. - Me saludó Jacob Black, mirando en seguida a mi mujer. Suspiré de mala gana, pero hice un esfuerzo por devolverme la sonrisa.
Era difícil ignorar las miradas que los hombres otorgaban a Bella, pero con el paso de los años había aprendido a disimular mis celos con avidez. Sabía que Bella era demasiado deseable para su seguridad por eso nunca la dejaba desprotegida.
-Señor Conde… - Saludé agachando la cabeza en un saludo cordial.
-El Emperador está esperando la llegada de tu bella esposa. Señora Marquesa. - Saludó haciéndole una reverencia y besando su mano. - Tan hermosa como siempre.
Avancé con Jasper detrás de nosotros, acercándome hasta el Emperador de Alemania.
-Mi hermano Edward y su preciosa esposa.
-Buenas tardes. - Saludé. Él besó la mano de Bella.
-Espero que la fiesta sea de tu agrado. -Murmuró en dirección a Bella en tono de voz sugerente.
Tensé mi mandíbula pero logré relajarme. Bella me dio un apretón en mi mano y me tranquilicé aún más.
No me separé de ella en toda la tarde, excepto en un pequeño lapso de tiempo cuando se quedó hablando con la mujer del Conde de Savoia y con la mujer del Marqués de Milán. Yo me había entretenido con ciertos asuntos de última hora con el Conde de Savoia, que aunque no era de mi agrado, ya que nunca lo había sido desde que lo conocí, no me quedaba más remedio que trabajar con él.
-Será a las 4 de la tarde.- Me dijo Jacob.
-No creo que asista. Prometí a mis hijas llevarlas a pasear. - El Conde se carcajeó.
-¿No debería encargarse de eso tu esposa o sus doncellas?- Suspiré.
-Considero que disfrutar de mis hijas no es ninguna carga, me hace feliz. - Él se quedó sin decirme nada. Al menos Bella y yo podíamos tener descendencia. Él aún no había podido conseguir que su esposa se quedase embarazada. - Confio en que el Conde de Savoia pronto me de la buena nueva de que espera descendencia. - Pronuncié en tono burlón.
-Debo ir a por mi esposa. - Dijo Jacob. Asentí y reí antes de girarme para buscar con la mirada a Bella, pero en seguida me puse serio, cuando no la vi dónde la había dejado.
-¿Señor Duque? - La hija mayor del Emperador de Alemania me cerró el campo de visión y se acercó a mi rostro.
-Lo siento señorita, debo buscar a mi esposa.
-¿La Señora Marquesa? La he visto hace un minuto hablando con mi padre, parecía entretenida… ¿Podemos conversar? - Suspiré intentando no ser grosero con mi tono de voz y la esquivé.
-Otro día será.
Miré hacia todas direcciones buscando al Emperador o a Bella, pero no había rastro de ninguno de ellos. Comencé a sentirme más nervioso y caminé rápidamente entre la gente.
-¿A quien buscar Edward? - Preguntó Jasper.
-¿Has visto a Bella? - Él frunció el ceño y ni siquiera dejé que contestara pues podía ver a Bella andando deprisa en mi dirección con cara de horror. Casi corrí en su encuentro. - ¿Dónde estabas, amor? ¿Estás bien? - Pregunté abrazándola.
-S-sí, ¿podemos irnos? - Preguntó en un murmullo.
-Claro, mi vida. - Miré a Jasper y le indiqué en un gesto que nos íbamos. Me despedí del Emperador el cual había vuelto al campo de visión y salí disparado del lugar.
Bella se había negado a hablar de nada y había evitado responder cualquier cuestión que salía de mis labios. Solo me abrazaba y escondía su cabeza en mi hombro. Después de unos minutos dejé de insistir, pues quizá lo mejor en esos casos era esperar, aunque me estuviera carcomiendo por dentro la necesidad de saber qué le pasaba.
-¿Ya habéis vuelto?- Preguntó Alice sonriéndonos y dándole un beso a Jasper, pero en seguida su sonrisa se apagó. - ¿Estás bien Bella? - Se acercó para rodear la cintura de mi mujer con su brazo. Bella forzó una sonrisa.
-Sí, solo necesito descansar, quiero subir y tumbarme en la cama.
-Te acompaño. - Le contesté.
Se cambió y se puso su camisón y tal como entró sin hablar se tumbó sobre la cama sin decir nada. suspiré frustrado y desesperado por no saber qué le pasaba. No debía haberla dejado sola y me maldije por ello. ¿Qué demonios le pasaba? Ni siquiera me había terminado de quitar la ropa cuando me tumbé a su lado, con la necesidad de apoyarla y estar con ella. La abracé sintiendo su espalda en mi torso.
-¿Me quieres, Edward? - Fruncí el ceño ante su pregunta absurda y me erguí un poco, esperando que ella girara su rostro.
-Por supuesto.- Contesté cuando lo hizo. - Te amo, más que a mi propia vida. - Ella dejó de mirarme y agachó la mirada. - ¿Qué es lo que pasa, Bella? ¿Por qué estás así?
-Entonces… ¿te has cansado de mi? ¿Ya no me deseas como antes? ¿Ya no sientes esa pasión desenfrenada? ¿Ya no hay más? - Preguntó en un hilo de voz. Fruncí el ceño aun más.
-Pero ¿Qué tonterías más grandes estás diciendo? Bella, por favor… ¿Qué te pasa?
-El Emperador…- Comenzó pero se calló.
-¿Qué? - Insistí.
-Me ha dicho que estabas interesado en su hija.
-¿Que qué? - Casi grité.
- Te he visto hablar muy cerca de ella y… - No la dejé acabar y presioné mis labios en los suyos.
-Bella, es absurdo, no hay otra mujer para mi que no seas tú, y no la habrá. ¿Por qué te ha dicho eso? - La expresión de su rostro cambió, pero ahora sus mejillas se habían encendido. Deslicé uno de mis dedos por ellas y elevé una de mis cejas. - ¿Bella?
-Creo que estaba… estaba interesado en mi… - Cerré con fuerza los dientes y me levanté de la cama. - Edward… - Me llamó sentándose en el lecho.
-Maldito bastardo, ¿cómo se atreve a poner sus sucios ojos sobre ti?- Tiré de mi cabello.
-Edward… - Volvió a llamarme, levantándose y acunando mi rostro. Sentí como mi expresión se relajaba a medida que sus ojos me miraban con aquella intensidad abrasadora.
-No hay razón para que te pongas así, sabes que sería incapaz de consentir que otro hombre… - Hizo una mueca de asco. - Oh, por Dios, es imposible. - Dijo dándome la espalda. Suspiré.
-Lo sé.- Dije acercándome más tranquilo. Ella se giró para mirarme y me abrazó. - Te amo.
-Y yo a ti.- Contestó observándome. Su mano se elevó para acariciarme la mejilla. - Hazme tuya de nuevo, una vez más Edward. - Mis brazos rodearon su cintura y la hice recular hasta tumbarla con suavidad en nuestro lecho.
-Lo haré las veces que me lo permitas mi preciosa dueña. Soy tu humilde siervo y siempre lo seré, para toda la vida. - Dije acariciando sus piernas. Comencé a besar su cuello mientras deslizaba su camisón, ascendiéndolo por su cuerpo.
-Te amo, Edward. - Pronunció con dificultad cuando mis dedos se deslizaron entre sus húmedas pliegues. - P-para toda la eternidad. - Y besé sus dulces labios acallando el sonoro gemido que sabía que iba a salir de sus labios.
Era tan fácil olvidarme de todo lo malo cuando estaba así con ella, que decidí olvidar lo que me había contado sobre el Emperador y me concentré en su poderoso cuerpo para hacerla mía de nuevo. Solo sabía que la relación con aquel traidor iba a cambiar bastante. No era amigo de los traidores.
Su mano se deslizó por mi cuerpo y alcanzó el punto más sensible de mi cuerpo, provocando que en aquel momento únicamente pudiese concentrarme en ella. La mujer de mi vida y de mi existencia, la madre de mis hijos y mi esposa. Sabía que podríamos llegar a cumplir la promesa que nos hicimos cuando tan solo éramos unos niños y la prueba era que estábamos unidos en cuerpo y alma para siempre y por siempre.
Bueno, pues aquí os dejo el epílogo, espero que os haya gustado... :) He hecho todo lo posible para actualizar, ya que ando tremendamente atareada con los exámenes y el miercoles tengo uno bastante dificil... :( Bueno, pues ahora si que me retiro por lo menos, por lo que queda de mes. Supongo que cuando vuelva de Londres y comience la Universidad volveré con más historias, de hecho he comenzado a escribir una... :) Colgaré una imagen ahora, dejaré la dirección en mi perfil... :) Un besitooo
kyam cullen, rochely, Marylouu, Lynn, lady blue vampire, Estrella, Cullen Vigo, arreolacullen, BlackCullen, Fran Cullen Masen, visced, GRACIAS!
