3. Enemigos en la sombra.
Caminaba apresuradamente siguiendo a su señor. Avanzaban por el caminaban por el lúgubre sendero que llevaba a la que hasta hacia unos meses fue la mansión de Lord Voldemort. Él mismo había visitado aquella mansión muchas veces, como mortifago a su servicio, obsesionado por la pureza de sangre y la eliminación de los muggles. Y que ironías de la vida ahora servía a uno de ellos, el viejo muggle más loco, estrambótico y desde luego podrido de oro que podía existir.
Y es que después de lo que había vivido, había descubierto otras prioridades y placeres en la vida. Y tener el bolsillo bien forrado era algo prioritario en su nueva vida, al igual que los privilegios que ser el mayordomo y asistente personal de ese viejo le proporcionaban. Observaba su figura renqueante apoyado en aquel bastón de empuñadura de plata con forma de cabeza de unicornio, cubierta por el pesado abrigo de paño gris oscuro.
El magnate Rufus Hagarth , era un muggle ciertamente curioso. A sus 65 años era dueño de una inmensa fortuna, labrada al límite de la ley, tenía mucho poder en el mundo muggle, más incluso que sus líderes políticos, por obra y gracia de su todopoderoso talonario. Pero lo más curioso era su preciso conocimiento del mundo mágico. El tipo en cuestión carecía de cualquier poder, ni siquiera era vidente, pero sabía muchas cosas. Tenía una biblioteca llena de libros de magia antigua y esoterismo, solo comparables a la de Howgarts, se preguntaba cómo era posible que los hubiera conseguido. Frecuentaba la compañía de magos oscuros, y no precisamente parlanchines muggles, sino auténticos. El tipo sabía reconocer la verdadera magia y estaba obsesionado con su conocimiento de un modo enfermizo.
Había sido capaz incluso de ofrecerse a "patrocinar" al Lord. ¡Merlin! aun recordaba la cara de Voldemort al recibir aquella misiva. Eso fue lo que le hizo acudir a él cuando tuvo que esconderse tras la guerra, no tenía más remedio, era un pobre diablo sin la pasta y los contactos del pedante de Malfoy, y unas largas vacaciones en Azkaban no resultaban muy atractivas. Y con Snape suelto pudiendo reconocerle, no era demasiado recomendable andar muy a la vista en el mundo mágico. Por eso se refugió entre los muggles y buscó a ese viejo excéntrico. Se presentó una noche en su mansión, y sobra decir que el viejo estuvo encantado.
Y ahora de nuevo estaba allí, había comprado aquella casa, decía que para transformarla en su nueva residencia privada, ¡Menudas ganas!. Respirar aquel aire cargado de magia oscura y poderosa seria para Mr. Hagarth como volver a la juventud. Y él Marcus Mcdown, le seguía como su sombra.
Entraron en la casa, semi en ruinas, sombría y húmeda, el suelo de madera podrida crujía bajo sus pies. El anciano miró a su alrededor husmeando el aire con un gesto de placer que asustaba. -¿No lo sientes Marcus? - Murmuró entusiasmado, y se giró a su mayordomo. Su rostro arrugado parecía más terso, sus ojos pequeños y grises brillaban tras sus lentes malévolamente. Enseñaba sus dientes amarillos en una sonrisa de triunfo. Sus cabellos eran blancos y escasos, contrastando con la barba de chivo que lucía en su barbilla. No era precisamente la imagen de un abuelito agradable.- La magia de este lugar es…- Chasqueo la lengua. - …deliciosamente decadente.
-Sigo sin entender sus propósitos, señor. - Preguntó el exmortifago, mirando con cierto desagrado la suciedad que los rodeaba, y en cierto modo acosado por los recuerdos poco agradables que le traía el lugar.
-Tranquilo Marcus, todo a su tiempo, todo a su tiempo. - Lo miró expectante. - La casa tiene un aire gótico encantador, pero creo que necesitaría algo de tu toque, ya sabes…
-Por supuesto, señor. El mago sacó la varita de su abrigo marrón, y dando varias pasadas, lanzando una serie de "Reparo" y "Tergeo", en apenas un abrir y cerrar de ojos el aspecto de la mansión cambio en su totalidad.
Seguía teniendo cierto aire sombrío, pero con un toque elegante. Las arañas de cristal del techo desprendían una luz tenue, costosas alfombras cubrían el suelo. Y las paredes estaban cubiertas por antiquísimos tapices medievales de la colección privada del jefe. Toda la decoración de la casa se mutó en una sobria decoración medieval, era como un museo de la época. El ambiente que a Rufus le encantaba.
El viejo lo miró con condescendencia. -Como siempre impecable, Marcus. -El mago inclinó cortésmente la cabeza. - Supongo que habrás trasladado mi biblioteca también.
-Conociendo sus gustos señor, lo he dispuesto todo en las mazmorras. - El viejo sonrió enseñando sus gastados dientes y afirmo con la cabeza. - Pero discúlpeme la pregunta. ¿Qué es lo que espera de este lugar?
El anciano miró de arriba abajo a su alto mayordomo, era un hombre de unos treinta y tantos, cabello castaño bien cortado y ojos avellana, lleno de vitalidad, lo que a él se le agotaba. -La eternidad, querido Marcus, la eternidad…
El mago lo miró interrogante. Y el viejo le hizo un gesto de que le siguiera. -Dime Marcus, ¿Qué hizo tu antiguo señor para lograr la inmortalidad? - Preguntó con aire misterioso mientras se encaminaban a las mazmorras.
El hombre se quedó pensativo. - Hizo varias cosas, todas relacionadas con magia oscura, que…
-No, algo relacionado con un animal especial. -Cortó su jefe secamente.
El hombre se rascó la cabeza. -Bueno, yo no estaba presente, pero me contaron que bebió sangre de unas bestias, las ultimas de su especie…
-Unicornios. -Musitó el viejo con un brillo maligno en sus ojos, la voz sonó lúgubre, y arrancó un escalofrío hasta a su asistente. -Tu amo era muy listo, pero no lo sabía todo…tal vez su propia autosuficiencia le perdía,…había sutilezas que se le escapaban.
Marcus lo miraba asombrado, mientras el viejo hablaba con total calma. "¿estaba hablando de Voldemort como de un si de un ignorante te tratase."
-Si muchacho, no necesito la legeremancia para saber lo que cruza por tu mente. El Lord Oscuro no lo sabía todo, el camino estaba acertado, pero la forma era incorrecta…- Ciertamente el viejo le tenía cada vez más intrigado, que era lo que debía saber el maldito muggle para dárselas tan de prepotente. - …Si muchacho, un unicornio puede conceder la vida eterna y gran poder…pero su poder emana de la vida…no de su muerte…Tu amo fue un estúpido desperdiciando de una forma tan absurda un poder tan extraordinario…Beber sangre…¿que se creía ese psicópata?…¿un vampiro? - Espetó con desprecio.
- De todos modos señor eso ya no tiene mucha importancia, todos están muertos.
El viejo chasqueó la lengua. -Otro error fruto de la prepotencia de los magos. A tu señor se le escapó el último.
-¿?
-Si, el ultimo…y ese lo quiero para mi…- Aspiró profundamente. -…cuando sea mío me concederá todo aquello para lo que estoy predestinado.
El mago no salía de su estado de shock, ahora sí que las excentricidades del jefe rayaban la locura. - Y si queda uno. ¿Dónde?
- Por eso estamos aquí…
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Sacudió sus crines elegantemente, y alzó la cabeza para mirar el cielo. Pronto habría luna llena, otra vez, su eterna compañera la luna siempre cambiante, y ella en cambio inmutable ante el tiempo.
Se acercó lentamente al lago, los animales salían de entre las sombras para contemplarla, sus amigos. Se inclinó levemente y bebió de sus aguas cristalinas, eso era lo único que necesitaba, beber, no necesitaba comer como el resto de los seres, agua y la sola magia eran su sustento, el único alimento de la eternidad.
Alzó la cabeza y miró de lado los muros de piedra que se alzaban ante ella. El castillo de los jóvenes magos, la escuela de Howgarts. Últimamente se acercaba más que nunca, amparada en el manto de la noche, intrigada por las jóvenes vidas que la fascinaban, y por un recuerdo que no conseguía borrar de su mente, aquellos ojos negros… Sacudió nuevamente la cabeza, y sus crines brillaron bajo la luna con un destello mágico. Era curioso, tantos siglos vividos, tantas vivencias, tantos seres que había conocido, humanos a los que había espiado, tantos inviernos como estrellas en el cielo, y nada era recordado con tanta claridad como esos ojos.
Inclinó la cabeza con gracia y suspiró levemente. ¿Qué habría sido de aquel joven mago?, ahora sería un hombre, ¿habría alcanzado sus sueños?, ¿habría olvidado aquella pena que le ahogaba?, ¿la habría olvidado a ella? O tal vez nunca creyó que la vio, tomándola solo como un sueño…
…Un sueño…camino un par de metros mirando su reflejo en las aguas. Los unicornios no soñaban, o al menos así había sido antaño. Hasta su encierro.
Sus noches evocaban una y otra vez aquella terrible criatura, su aliento de fuego en sus cuellos, las llamas que iluminaban la noche, que quebraban la paz de su bosque, aquellos rugidos que helaban la sangre, sus ojos en los que solo había fuego y odio. Y por encima de todo, aquella risa maligna, resonando por encima del estruendo de las olas contra las rocas, en aquella playa, a donde los guiaba como los humanos al ganado. El agua tocando sus pezuñas, retrocediendo lentamente, aterrada, mientras el mar al iba cubriendo lentamente, y aquel monstruo mirándola enseñando sus colmillos amenazantes. La risa de aquel humano demente, mirándola desde la torre, el viento sacudiendo su capa roja y sus canosos cabellos. - ¡Míos, son todos míos! -Gritaba una y otra vez, azuzando a su esclavo.
Luego la oscuridad del mar, y el mismo sentimiento de miedo compartido con los suyos. A veces las corrientes les llevaban cerca de la playa, se miraban unos a otros anhelantes por salir, por volver a sus bosques. Pero el miedo era más fuerte que sus ansias de libertad…y así pasaban las mareas. Y ese miedo los hizo a todos un poco mortales…también a ella.
Su cuerno se encendió como un acto reflejo ante aquel recuerdo temido, se alzó sobre sus patas traseras relinchando y sacudiendo violentamente la cabeza iluminando a los animales que la observaban, quería protegerse de aquel recuerdo.
Los humanos creían que habían sido muy astutos capturando a sus hermanos con sus tretas. ¿Doncellas?, Creían estúpidamente que se eran atraídos por la pureza de una doncella virgen y de esa forma les habían podido matar.
Nada más alejado de la realidad, simplemente ya no querían vivir, el recuerdo de aquella tortura había sido más fuerte que su amor por sus bosques, enloquecidos por el dolor se habían inmolado a sí mismos buscando en la muerte el alivio a un dolor eterno.
Ella en cambio seguía viva. ¿Por qué? No era más fuerte que el resto de los suyos, había sufrido lo mismo, pero incluso cuando estuvo a punto de acudir a la llamada de aquel mago malvado como hicieron los últimos, solo para librarse de ese dolor, pero en el último momento algo dentro de ella la detuvo. Sintió que debía seguir viva, por algún extraño motivo. Y ahora estaba completamente sola, con sus fantasmas.
Volvió a mirar al muro y sus ojos vagaron por las ventanas iluminadas. Humanos. Su vida era tan corta como el brillo de una estrella fugaz, pero a la vez igual de hermosas e intensas. ¿Cómo debió de sentirse Amaltea en aquel cuerpo?, ¿Cómo sería llevar la vida de un humano? Una parte de ella les envidiaba, pero otra los repelía. Sacudió nuevamente la cabeza. Ideas absurdas. Ella era un unicornio. Con un grácil movimiento volvió a deslizarse entre las sombras del bosque, la seguridad de su hogar por toda la eternidad.
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Esa noche la conversación era animada y la cena deliciosa. En la mesa de los Gryffindors todo eran risas y planes para la próxima graduación.
-Me aterráis, cuando ponéis esa cara es que tramáis algo y gordo. Espetó Hermione mirando de soslayo a los dos gemelos que cuchicheaban con las cabezas pegadas. Los dos habia sido contratados por Minerva como directores Técnicos del Equipo de Quidditch de Gryffindor cara a preparar el próximo torneo Champion League Europeo de Magos y Brujos. Con lo cual aparecían dos veces por semana en el castillo, rememorando su época estudiantil. Y provocándole a su "cuñada" más de una crisis nerviosa.
-Merlin, NOOOO. -Contestaron los dos a coro. - Es un día muy importante, prometemos no hacer algo muy desastroso.
-No sabes lo que me alivia. -Bufó Harry mordiendo un muslito de pollo. – Además tenéis que guardar las formas, sois los entrenadores del equipo
-Sip. Pero un acontecimiento tan grande no es tan bueno sin una buena broma. - Comento Fred.
-Si tal vez algo especial… -Rumió su hermano observando por el rabillo del ojo a la mesa de Slythering donde Malfoy reía con su habitual tono fanfarrón.
-Pues si os metéis en líos os lo solventareis solos. - Masculló Ron tomando un trago de zumo de calabaza, al tiempo que su novia asentía.
-Aguafiestas, tener novia te hace aburrido. Protesto George sacando la lengua.
-No es eso, madurad joder, que ya no somos unos críos. - Ladró la castaña con gesto de furia.- Y menos vosotros.
Algo interrumpió la discusión, un revuelo hizo que todos se volvieran a la mesa de profesores asustados.
Varios profesores se levantaban sobresaltados, tratando de socorrer a Sybil Trelawney que convulsionaba en el suelo.
-¡Mierda! ¿Y ahora qué?, ¡no podíamos tener la fiesta en paz. Espetó el moreno fastidiado, seguro que las visiones de la maestra nunca traían nada bueno, y poniéndose de pie para tratar de ayudar.
La mujer permanecía tumbada boca arriba en el suelo, retorciéndose mientras Mrs. Pomfrey le ponía un paño húmedo en la frente, y la directora McGonagall la observaba preocupada. Snape apareció de pronto con una poción calmante, pero apenas se agacho para dársela, la mujer alzó la cabeza y fijó en él sus ojos en blanco.
-" Demonio ancestral despertado, por ambición y sangre muggle convocado…"- La mujer hablaba en trance su rostro estaba cubierto por un sudor frío. -"…Antigua magia por los siglos ocultada, por su poder de nuevo acorralada…historias que se repiten… una vez más lo inmortal será mortal…y por la luz habrá que luchar…- Miró a Snape fijamente. -… ¿Repetirá por amor su destino? La mujer se desvaneció totalmente dejando a todos en silencio.
Los profesores se miraron interrogantes. Mientras la mujer comenzaba a mover lentamente y a recobrar la conciencia.
-¿Ambición muggle?- Murmuró para sí la directora. - Un demonio ancestral…¿Qué quiere decir todo esto?
-Desvaríos de esta tarada. - Espetó el profesor de pociones encogiéndose de hombros. - ¿Cómo va un muggle a convocar a nadie…?¡Que tonterías!
Sybil se había incorporado y miraba confusa a su alrededor. -¿Qué ha pasado?
-Nada querida. Todo está bien. -Le calmó la enfermera.
- (¬¬) Claro nada, algún efecto secundario de algo que habrás fumado, nada más. - Espetó Snape con su tradicional tono sarcástico. -Menudo ejemplo para esta tropa. Murmuró mirando a los alumnos despectivamente.
- o_o Yo no he fumado nada…- Musitó la profesora de adivinación.
-Severus, sabes que Sybil es rarita, pero sus trances son infalibles. - Le reprocho Pomona.
-(¬¬) Tú sabrás, eres la que le pasa sus "sustancias".
-Y a ti las tuyas…no te…
-Últimamente estas insoportable. Deberíamos tomarlo en serio.
Snape la miró de reojo. -Puedo tomar en serio las profecías, pero dime Minerva… ¿Qué peligro puede provenir de un muggle?
-A veces la maldad toma formas insospechadas. - Contestó la mujer.
-¿Usted qué opina Potter?- El profesor de pociones se quedó mirando a Harry que observaba a Sybil con gesto preocupado. El chico se sobresaltó y miró a su profesor.
-No cuesta nada tomar precauciones. Murmuró el joven.
-Veré lo que averiguó. - Comentó Snape dirigiéndose a la salida del comedor.
Avanzó por el corredor camino de su mazmorra, con sus andares elegantes y su túnica negra flotando tras él. -" ¿Cómo podía un muggle convocar algo?, eso era impensable." -Pasó sumido en sus pensamientos junto a los ventanales que daban al lago, y algo llamó su atención. Se paró en seco y se giró hacia la ventana. Por un instante se permitió relajarse, aspiró profundamente y pensó en todo lo ocurrido en los últimos años. Su vida sombría, la muerte de Lily, su lealtad a Dumbledore, su trabajo como espía en la sombra, sus vivencias como mortifago, la angustia de sentirse al borde de la muerte tras la mordedura de Nagini, sus ojos se entrecerraron en un gesto de desagrado. Siempre había pensado que morirse le importaría un comino, pero en ese momento había sentido terror, no quería morir, sintió que debía seguir viviendo por algún extraño motivo.
Y ahora todo parecía tan tranquilo, tan en calma, las aguas del lago reflejaban cristalinas la luna, era una visión relajante…Y algo llamó su atención, en la orilla del lago, junto al muro exterior, algo brillaba, moviéndose con gracia. Fue apenas un instante, y desapareció como una estela plateada.
Apoyó las manos en el vidrio, e intento agudizar su vista tratando de divisarlo de nuevo. ¿Podía ser acaso…? el corazón le saltó en el pecho al evocar de nuevo aquel recuerdo de juventud. - ¿Eres tu otra vez?- Murmuró para sí con una amarga sonrisa.
Suspiró y negó con la cabeza, se llevó la mano al pelo apartándolo de su cara y en silenció continuó su camino hacia su despacho.
Esa noche como todas las demás la pasaría en vela, pero por lo menos esta tendría trabajo que hacer en la biblioteca.
Bueno, acá les dejo el 3º capitulo, espero que les este gustando.
Besos y saludos.
Cualquier sugerencia, crítica constructiva o comentario será bien recibida.
