12. Una Pequeña Serpiente.

El viejo observaba a la chica con interés. De pie frente a la mesa de su despacho, con las manos despreocupadamente en los bolsillos, y mascando ostentosamente chicle muggle. Llevaba su oscuro pelo con un corte escalonado y despuntado, por los hombros, y mostraba una mueca de prepotencia en sus ojos castaños. Su vestimenta, una túnica negra que ocultaba un descuidado uniforme de Slytherin.

-Me pidió por alguien dispuesto a pasar información desde el colegio, Señor. - Comenzó Marcus a la izquierda de la quinceañera con algo de nerviosismo. - Jane es mi sobrina, hija de mi hermana Morgana. Es alumna de cuarto curso en Hogwarts y tiene unos intereses muy parecidos a los míos.

El anciano se levantó de su silla avanzó los pasos que les separaban y se planto frente a la jovencita. Ella le sostuvo la mirada desafiante. - ¿Dime preciosa señorita? ¿Qué intereses son esos?

Sus ojos brillaron y miró a su tío. - Poder, jefe. Esta vida es una mierda, de poco importa ser una familia de pura sangre. Somos pobres, vivimos como ratas. Todos los malditos cabrones de mi casa me miran por encima del hombro por ser una muerta de hambre. - Comenzó a ladrar la chica con un tono de voz lleno de ira. - Quiero ser alguien, jefe. Y alguien de verdad. Quiero ser una chica con pasta. Quiero que el guaperas de Malfoy bese el suelo que piso, y poder mirar a su jodida familia como un igual. Y eso, usted puede dármelo.

El anciano y la chica se quedaron mirándose un instante a los ojos. Luego el hombre miró al mago que se limitaba a tragar saliva. - ¡Me gusta! Sabe lo que quiere, Es una mujer muy interesante. - La chica sonrío satisfecha, era la primera vez que alguien la llamaba mujer. - Si, con migo tendrás lo que quieras.

-Solo dígame que quiere que haga.

-Tu sobrina es toda una serpiente, Marcus. ¡Me gusta! - El mago sonrió con orgullo y su jefe volvió hasta su mesa. - Es simple. Solo quiero que tengas los ojos muy abiertos, e informes a tu tío de cualquier "Ser" fuera de lo normal en el castillo.

Ella miró interrogante a su tío, ¿Fuera de lo normal?, ¿Es que acaso había algo normal allí dentro?

-Buscamos un unicornio Jane. - Puntualizó su tío.

Ella miró confusa al anciano. - Están muertos. El que no debe ser nombrado mato a los últimos.

Los dos negaron con la cabeza. - No, el ultimo esta en el colegio. Se refugió allí hace tres días bajo otra forma. - Puntualizó Rufus.

-El problema es que no sabemos en qué se ha transformado, y yo ya sabes que no puedo asomar por allí.

- Bueno jefe, eso no debe ser muy difícil. Yo se lo encontrare.

-Cuando lo hagas, tendrás nuevas instrucciones. - El anciano puso un cofre de oro encima de la mesa, la chica tragó saliva. - Esto es solo un pequeño anticipo.

Poco después tío y sobrina caminaban por los pasillos de la casa. - De modo que este muggle es tu nuevo jefe. - Preguntó la chica con tono interesado.

El hombre encendió un cigarrillo muggle, le gustaba esa porquería. - No está mal comparado con lo de antes, los cruciatus no son algo que se eche mucho de menos.

La chica se paró y para su asombro le quitó el cigarro y dio una calada. - Mama y yo te creíamos muerto.

El hombre se encogió de hombros. - Bueno no había demasiadas opciones. Y espero que tu madre siga sin enterarse, los dos sabemos la bocaza que tiene.

-No te preocupes, soy una tumba. Yo tampoco me llevo muy bien con ella. Si al menos hubiéramos ganado la guerra, ahora…

-No te confundas, hubiera seguido siendo la misma mierda. Nosotros somos purasangre de tercera, cada día estoy más seguro de que Voldemort habría terminado también con los suyos, solo había que verle como disfrutaba torturando. El tipo estaba como una cabra.

-Si tú lo dices. - Se encogió de hombros.- De verdad ese viejo tarado podrá darnos lo que dice.

- Antes tenía mis dudas, pero tiene una carta en la manga, y es una carta ganadora.

La jovencita se le quedó mirando contrariada. – ¿Una carta ganadora?

El mago la miró alzando una ceja. – No quieras saberlo todo tan pronto.

Ella rodó los ojos fastidiada. – Lo que tú digas tío.

-Y por cierto. ¿Se puede saber desde cuando te gusta Malfoy?

Jane se puso algo nerviosa. - Yo no he dicho que me guste ese pijo creído. – (Mentirosaaaa, estás loca por él desde primero y se te revuelve el estomago cada vez que le ves pavoneándose con alguna de sus ligues.)

Su tío continuaba mirándola con una ceja alzada y una sonrisa maliciosa. – Di lo que quieras, pero a mí no me engañas. - La chica bufó.

- Por cierto, ¿esta era la casa del Lord? - Ella miró a su alrededor con cierto respeto.

El hombre asintió. - El jefe la compro, tiene unos gustos un poco tenebrosos. - De pronto toda la casa se sacudió, las paredes temblaron, varios muebles cayeron al suelo, incluso los dos magos tuvieron que sujetarse uno al otro para no caer, mientras un potente rugido surgía de las entrañas de la tierra.

-¿Qué es eso? -Preguntó asustada la joven.

Su tio estaba completamente pálido, la miró con gesto confuso. – "Eso", Jane, es la "mascota" del muggle, algo contra lo que ningún profesor de DCAO puede prepararte.

-La carta en la manga…- Musito la chica. Su tío se limitó a tragar saliva.

El mago se precipitó nuevamente al despacho de su jefe. El anciano miraba tranquilamente por la ventana. - ¿Qué ha sido eso?

El anciano lo miró con gesto despreocupado. - Nada importante, Solo nuestro amigo que quiere salir de caza.

El mago se quedó un instante en blanco. - Pero señor, usted dijo que no atacaría Hogwarts. Que no quería llamar la atención…

-Y no voy a atacar. - Comentó maliciosamente. – Pero es muy difícil mantenerlo a raya una vez comienza a ponerse el sol. Solo tiene un anhelo que le quema por dentro, complacer a su señor, no parara hasta dar con el unicornio y traérmelo. – Miró al mago entornando los ojos. –Da gusto tener siervos así.

Marcus agachó la mirada. – Si señor.

-Tal vez podríamos dejarle dar un paseíto…- Murmuró enseñando sus dientes en una sádica sonrisa.

Su mayordomo empalideció más todavía.

Aquella noche tampoco había podido dormir, de nuevo las pesadillas que la atormentaban una y otra vez volvieron a invadir su mente. Volvió a escabullirse de la habitación, envuelta en aquella cálida túnica negra. Se había aventurado de nuevo por aquellas tortuosas escaleras que cambiaban a voluntad. Caminaba absorta en sus pensamientos, tratando de organizar aquello que los humanos llamaban sentimientos. Había mirado un par de veces sobre su hombro, tenía la sensación de sentirse observada. Demasiados siglos manteniéndose alerta y continuaba manteniendo el mismo instinto en ese nuevo cuerpo. ¿Acaso seria él de nuevo?

Sus pasos la encaminaron a la lechucería, respiró hondo al encontrarse al aire libre, lo necesitaba, necesitaba el olor de su bosque, sentir el viento en su rostro, igual que lo habría hecho en su hogar.

Los pájaros pronto se arremolinaron junto a ella buscando su contacto, ululando alegremente. Sonrió vagamente siempre era igual, cualquier criatura era capaz de reconocerla, sabia quien era, y buscaba su magia como las polillas a la luz. Era curioso que el único ser que se dejara engañar por las apariencias fuera el ser humano. Miró al cielo estrellado y suspiró.

Saber quién era.

Cerró los ojos y recordó de nuevo los siglos, la angustia, la soledad. Luego como una luz en la noche, las risas y las bromas de sus nuevos compañeros, sus ganas de vivir, las ansias de devorar cada día como si fuera el último. Ellos que tenían una vida tan corta, tan efímera, y sin embargo les envidiaba. Sería posible que la chica tuviera razón, que pudiera seguir así, con esa forma.

Se abrazó a sí misma y aspiró el aroma que aun impregnaba la túnica que llevaba. Las imágenes de la noche anterior, cuando él evitó que saltase de la torre. La fuerza de sus brazos rodeando su cintura, la sensación de su aliento en su nuca. Todo lo que le dijo sentados en el suelo contra aquel muro, su dolor igual al de ella. Él también lo había perdido todo. Y sin embargo seguía luchando.

Ella también debía luchar, retar a aquel monstruo, igual que Amalthea lo hizo sellarlo para siempre, evitaría que volviera a dañar a nadie más, debía proteger a aquellos por los que comenzaba a sentir afecto. Y si era necesario se entregaría al Toro, no permitiría que nadie más sufriera por su causa.

Poco antes del amanecer se levantó y se dirigió de nuevo a los dormitorios, esperando que la amable señora del cuadro no la abroncase demasiado y no encontrarse con ese horrible hombre que cuidaba los pasillos.

El día transcurrió tranquilo, haciendo compañía a la amable enfermera, aprendiendo pequeños hechizos de curación. La mujer se sorprendió gratamente de la facilidad con que la muchacha los dominaba, y mucho más aun de que no necesitase más que sus manos.

A la hora de comer las chicas fueron a buscarla, como el día anterior se sentaron juntos en el gran comedor, entre risas y bromas. Pero varias veces su vista vagó hasta la mesa de profesores, buscándole inconscientemente, una extraña lucha tenía lugar dentro de ella, por un lado una necesidad de verle y estar a su lado, y por otro el terror que esos sentimientos desconocidos le provocaban.

Algo la sobresaltó a su espalda, sacándola de sus pensamientos. Se volvió y miró al semigigante de los ojos amables.

-Hola Hagrid. – Saludó Harry, tendiéndole una copa. - ¿Quieres helado?

- Hola muchachos, no, gracias ya he comido. – Contestó con su típica timidez.

Miró a Selena, con dulzura. – Hable con Minerva, y me dijo que tal vez fuera bueno para la señorita dar un paseo fuera.

-Oh, sí. – Exclamó feliz. – Mi bosque, necesito saber que están bien.

El hombre se rascó la cabeza. – Bueno, no iremos tan lejos, pero tal vez alguno de sus amigos se acerque a saludarla. – Comentó pensativo.

-Gracias. – Susurró la joven. – Usted siempre ha sido muy amable con todos ellos, ellos me lo han dicho.

El hombre rió. – No diga eso. Solo cumplo mi deber. La esperaré a que acabe de comer.

Ella asintió, al fin saldría de esos muros que tanto la ahogaban.

La chica estaba disfrutando de veras, Hagrid la miró sonriente. - Nunca había visto a los Hipogrifos así…tan dóciles.

Era ciertamente un espectáculo curioso, aquellos animales normalmente ariscos, poco tratables y orgullosos se acercaban a ella con la cabeza baja. Buscaban su contacto con anhelo, ella acarició la cabeza de uno de ellos con ternura. El animal ronroneaba como un gatito. – Siguen reconociéndome, aunque haya cambiado. – Sus ojos se tornaros tristes de nuevo. – Ellos saben quién soy.

El semigigante asintió y les lanzó algo de comida a los animales. – Como es posible que no la viera, en todos estos años.

Otro hipogrifo la empujó suavemente con la cabeza por la espalda, buscando una caricia. – Si ya no creía que existiese, no tenia porque verme. Solo era visible para aquellos que buscan y creen. – Una cría se acerco a ella y tiró suavemente de la túnica negra llamando su atención.- Simplemente creyó en aquello que parecía evidente.

El mago miró al cielo con gesto preocupado, el sol se estaba poniendo en el horizonte. – Sera mejor volver, Minerva nos dio permiso para salir pero solo hasta el atardecer.

La chica hizo ademan de seguirle, pero algo la dejó clavada en el suelo. Los hipogrifos comenzaron a patalear y chillar presas del pánico. –Está aquí de nuevo.

Hagrid miró hacia el Bosque Prohibido, sus ojos se abrieron desorbitadamente. Un enorme resplandor rojizo se adivinaba entre los árboles, era como una bola de fuego que se movía a voluntad. - ¿Es eso? – Ella asintió, un nudo en el pecho no la dejaba respirar. Los gritos de los animales que llegaban desde el bosque les helaron la sangre.

-¡Pero qué…!

-Me quiere a mí, quiere obligarme a ir a él. – Selena hizo ademan de lanzarse a correr hacia el bosque, pero una enorme mano la sujetó por el hombro y comenzó a arrastrarla hacia el castillo.- Es mi bosque, debo protegerlo.

Ella sollozaba intentando soltarse, un gran rugido llegó hasta ellos. – No podría hacer nada, la mataría, no podemos consentirlo, no voy a consentirlo. – Le regañaba el hombre una y otra vez.

-No entendéis nada. Es la única manera, debió de ser así desde el principio. – Gritaba completamente fuera de sí. – Él es indestructible, nada puede acabar con él, pero si me mata, si me tiene no dañará a nadie más.

El mago paró en seco y la miró interrogante. - ¿Entregarse a él?

Ella sacudió su cabeza desesperada. – Si…

-Eso se lo tendrá que explicar a Dumbledore. – Rumió.

Caminaba deprisa por los pasillos, como siempre los alumnos se apartaban temblorosos a su paso. La noche anterior aun había sido peor, no lograba sacársela de la cabeza, y para colmo va el imbécil de Sirius y le da la puntilla. Y es que solo le podía faltar encontrarse con el jodido ramo de rosas en la mesa de Poppy.

-¡Vaya Sra. Pomffey, veo que tiene un admirador! Exclamó con su típica sonrisa cínica al ver las flores sobre el escritorio de la mujer.

A la enfermera se le escapo una risilla tonta. – No, profesor, qué más quisiera. – Comentó alegremente. – Son de la Srta. Selena, se las envió esta mañana el Sr. Black. ¿No es encantador? - Canturreó mientras tomaba sus nuevas pociones.

En ese momento se le abrió el suelo bajo los pies, su cara debió de empalidecer más aun si era posible, y se sintió como si le hubieran caído cinco cruciatas juntos…¡no peor!, aquello ya lo había pasado y esto era aun peor. - … ¿Sirius?…- Atinó a articular.

-¿Estas bien, Severus? Tienes mala cara. – Preguntó la mujer despreocupadamente, sin apenas mirarle.

-Sip…- Contestó secamente. –…Solo creo que voy a vomitar…- Se giró bruscamente y salió por la puerta, con el tradicional revuelo de sus ropas negras.

Ahora se preguntaba si tal vez hubiera sido mejor lanzarle un Obliviate para que olvidara la cara de gilipollas que se le había quedado con el maldito ramo, pero era la buena de Poppy, muy simple para que lo hubiera relacionado. La situación era demasiado humillante pera él. Sirius, tenía que ser precisamente él, el gran seductor.

Esa noche había vuelto a pasársela haciendo la ronda por los pasillos, no era extraño que pareciera más viejo de lo que era, si no era capaz de dormir más de 4 horas al día. Había evitado encontrase con ella, pero sus pasos le habían llevado una y otra vez a la galería Gryffindor. Y allí apareció ella de nuevo, deslizándose en las sombras, envuelta en su túnica negra, SU TUNICA.

La siguió con sigilo, preocupado de que no volviera intentar una locura. Pero esa noche se limitó a subir a la lechucería y sentarse tranquilamente a mirar el lago, con todos los pajarracos arrullando a su alrededor como si fueren palomas. Así se pasó un par de horas, observándola oculto entre las sombras, embelesado con su etérea belleza. En algún momento se dio un coscorrón intencionado contra la pared, se estaba comportando como un jodido adolescente. Luego poco antes del amanecer desapareció camino de los dormitorios de los leones.

Otro día de aguantar insoportables mocosos había pasado, ahora caminaba hacia la salida, con un cabreo más monumental si cabía. ¿Cómo demonios se le había ocurrido llevársela de excursión al muy tarado de Hagrid.? Y peor, como se le había ocurrido a Minerva permitirlo.

Abrió los cerrojos a tiempo de ver como el semigigante se le echaba encima arrastrando a la chica tras él. Y a lo lejos en el bosque, el mismo resplandor rojizo. - ¡Pero qué diablos!

Ella le dirigió una angustiada mirada. - Es esa bestia profesor, anda rondando el bosque. - Espetó Hagrid limpiándose el sudor de la cara. - y ella quería entregarse.

-Debo ir a él. Si no lo hago comenzará a matar, lo sé. - Bramó la chica.

El sacudió la cabeza y enfurecido la agarró del brazo, arrastrándola dentro. - Nunca se atreva a decir eso en mi presencia. - Ella trató de protestar pero no pudo articular palabra.

Avanzaron unos pasos a trompicones, hasta que él la arrastro tras una columna, tomándola por los hombros y arrinconándola contra la pared. Sus ojos se encontraron, dos pozos negros contra un mar insondable. - Nunca dejaré que la atrape, me oye, nunca. Me he jurado que la protegería y lo hare. - Ella se limitó a asentir levemente. - Ahora cálmese, no quiero que los estudiantes nos vean forcejeando por los pasillos.

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Bueno, ahí queda eso. Espero que les este gustando.

Cualquier comentario o crítica será agradecido.

Saludos a todos