15. El Castillo junto al mar.

Caminaron durante horas, atravesando aquel gran bosque, después el paisaje comenzó a cambiar a una zona más rocosa, la vegetación era de matorral más bajo, hierba alta, los musgos y los helechos cubrían las piedras y las riberas del camino, y los arboles eran jóvenes, toda la vida allí era nueva, como si aquello hubiera sido un desierto y de golpe la vida lo hubiera tomado al asalto.

Melisande, que ahora caminaba junto a Snape y llevaba de las riendas el caballo donde seguía subida Selena, se dio cuenta de cómo el mago observaba la vegetación con curiosidad. – Fue hace algo menos de 30 años. – Comenzó la joven atrayendo la atención del profesor. – Cuando el Toro habitaba esta región, la tierra estaba calcinada y yerma. Pero cuando Amalthea le derroto y los unicornios volvieron al mundo, su magia le devolvió la vida.

-¿Luego estamos…?

-En las que fueron las tierras del Rey Hagard. – Le interrumpió la chica.

Snape frunció el ceño y Canuto dio un ladrido. – Luego aquí empezó todo. - Miró a Selena, cabalgaba con la espalda recta la cabeza alta, sus ojos perdidos en el horizonte parecían cubiertos por un velo oscuro, mordía su labio interior en un gesto de concentración, sus manos aferraban tan fuerte las riendas sobre su regazo, tanto que los nudillos estaban completamente blancos. No necesitaba la legeremancia para saber que la mente de ella estaba retornando a sucesos terribles, aquellos que habían causado las profundas cicatrices de su alma.

El sol comenzaba a teñir el cielo con los colores del atardecer cuando divisaron el castillo y la ciudadela que se extendía a sus pies, aunque llamarlo castillo era demasiado. Se trataba de una alta torre de planta cuadrada, de piedra negruzca, los andamios de madera que se adosaban a ella mostraban que la construcción era reciente y que aun se trabajaba en ella. Se alzaba sobre un promontorio sobre el mar, que era azotado violentamente por las olas. La ciudadela se extendía a su espalda. Rodeada por unas viejas murallas de piedra.

La unicornio no pudo evitar ahogar un gemido, aquel lugar, aquella playa… - Fue aquí donde…- Los flases de recuerdos bombardearon su mente como fogonazos envueltos por la niebla. Ella caminado ante la fiera por ese mismo sendero, la cabeza baja, sus crines rozando el suelo, resignada a su destino, y la respiración del monstruo sobre su lomo. Ella retrocediendo de espaldas al mar, ante la mirada amenazante del Toro, las heladas olas bañando sus cascos y que arrastraban la arena entre sus patas, lentamente las olas la cubrían más y más mientras retrocedía adentrándose en el mar, y los ojos vacíos fijos en ella, el miedo que no la dejaba respirar, ese último relincho desesperado antes de hundirse del todo en las profundidades….

Gimió y sacudió la cabeza con desespero, los ojos cerrados y el rostro contraído en un gesto de profundo dolor, enterró la cara entre sus manos sollozando. – Este mismo lugar.

Una mano se cerró sobre las suyas, abrió los ojos y se encontró con los verdes de Melisande que la miraban con dulzura. - ¿Erais uno de ellos verdad? - La unicornio tragó saliva. - Uno de los que estuvieron sepultados en el mar. - Asintió levemente, ella apretó las manos tratando de transmitirle paz. - Todo terminó, ahora todo es diferente.

-No, para ella no. - La voz de Severus hizo que se voltease a él. - Donde venimos todo ha empezado de nuevo. - La unicornio continuaba con cabeza baja, tras ellos Black recuperaba su apariencia humana y sacudía sus alborotados cabellos.

-Eso no es posible, el Toro está sepultado en el mar. Aquel que lo dominaba murió ese mismo día, los unicornios han vuelto a sus bosques. - Replicó la chica mirándolos contrariada.

-Pues créeme, lo he visto, cara a cara. – Espetó el profesor con expresión grave.

Ella apretó sus labios, su mirada se hizo sombría. – Es posible…- Murmuró. –Que alguien lo haya convocado, pero solo había alguien capaz de hacerlo.

El animago la miró expectante. - ¿Quién?, ¿Dónde está?

La chica lo miró con gesto de desdén. – Ummm, ya has vuelto a tu forma humana. Pensé que la de perro iba más con tu persona.

-Oye, tú pedazo de…- La amenazó Sirius claramente enojado y el puño en alto, Severus le retuvo del brazo y negó con la cabeza.

-Basta Canuto, intenta madurar. -Espetó el mago con exasperación.

El animago se cruzó de brazos y dio un respingo. – ¡Que madure ella!

Snape entornó los ojos y aspiró profundamente. – "Si, ciertamente en este grupo la madurez brilla por su ausencia." – Pensó para sí, la castaña le enseñaba los dientes a Black y el otro gruñía rojo de ira.

-Si no me habéis oído bien he dicho "había", no "hay". – Comenzó nuevamente la castaña. – Mabruk el Negro, murió hace unos años. De hecho poco después de que cayera Hagard.

-Y alguien no puede tener los conocimientos para hacerlo. – Preguntó Snape.

Ella negó con la cabeza. – Era un mago tan poderoso como celoso de sus secretos, nunca aceptó discípulos, después de que el rey lo despidiese se encerró en una cueva cerca de las montañas hasta que un día lo encontraron muerto, se llevó todo su conocimiento con él.

-Mabruk…ese nombre, me recuerda algo, algo sobre una antigua leyenda. – Murmuró el animago.

-Vaya Canuto, me sorprende que aun recuerdes algo de las clases, andabas demasiado ocupado haciéndole la vida imposible a la gente con tus queridos amigos. – Masculló Severus alzando una ceja sarcásticamente. – Nos lo contaron en 3º, en Historia de la Magia. El Grimuario de Mabruck, el que se creía el primer libro de magia escrito, dicen que era un recopilatorio con la magia más negra que jamás se ha usado.

-Upss, por eso te quedaste con la copla, que raro que no lo tengas en tu mazmorra. – Le interrumpió el otro con gesto burlesco.

-Ese libro simplemente no existe, se perdió cuando su dueño murió. Es más, dudo que fuera escrito realmente, es una mera leyenda.

La chica carraspeó. – Siento interrumpir vuestra animada charla, pero el sol se pone. - El astro se fundía ya con el mar en el horizonte tiñendo el paisaje con una luz rojiza como el fuego. La unicornio seguía nerviosa y alterada. – Si no nos damos prisa cerraran las puertas y tendremos que dormir fuera. - Se volvió con un gesto de desdén y tomando las riendas del corcel lo encaminó por el tortuoso sendero camino de la torre.

Los dos magos se miraron, Sirius con gesto exasperado se llevo una mano a los cabellos echándolos hacia atrás, Severus leyendo la rabia en sus ojos gris azulado se limitó a encogerse de hombros con un gesto sarcástico en el rostro,

-Odio a esa mujer. - Rumio el animago, echando a andar tras ellas. – Esa maldita engreída se merecería unos buenos azotes.

Severus hizo una mueca irónica. –Y tú se los darías encantado ¿no?

-SIIII. – El animago parpadeó ante la idea de tenerla sobre sus rodillas dándole palmadas en el trasero y enrojeció. – Digo NOOOO. – Rectificó, pero Snape ya estaba riendo maliciosamente.

- Esto es nuevo Canuto. Pensé que amabas a todas las mujeres. - Rezongó con burla. - Tú que nunca desaprovechas una oportunidad de enviar rosas a una dama. - Enfatizó esta última frase, no olvidaba el asunto del ramo en la enfermería.

Sirius se volvió a él con un gesto de triunfo. -¿Te molestó Quejicus? - Snape se quedo parado y ladeó la cabeza molesto. -Sí, te molesto y mucho.

-No sé de que hablas. - Gruñó el otro pasándolo de largo, mientras Black lo miraba con un brillo divertido en los ojos.

-Puedes engañarte a ti mismo si quieres, pero para mí eres demasiado evidente.- Reía el animago a su espalda. - Solo basta ver como la proteges, la buscas, la miras, parece que volvieras a tener 16 años.- Snape solo dio un gruñido y se hundió más en sí mismo. Si, lo reconocía ella le atraía terriblemente, pero era realista, consciente de la realidad. Ella era lo que era, un unicornio, una criatura mágica, incapaz de tener sentimientos humanos, y aunque así fuera ya tenía asumido que en su historia, él era de los que nunca se quedaba con la chica.

-Deja de atosigarme con tus idioteces, chucho.- Gruñó entre dientes. - Se que le andas detrás. Pero que te quede claro Black que si le haces daño, hare que desees no haber vuelto jamás de tras ese maldito velo. - Se volvió y lo miró con una grave amenaza en sus ojos negros.

-No te alteres Quejicus, los muggles dicen que es malo para la tensión. - Lo miró con burla. - Y tú ya estás un poquito mayor. -"Desgraciado, tengo 38 igual que tu." Pensó el otro arqueando una ceja. El animago mudó su expresión a otra más seria. - Además tal vez debería ser yo el que te dijera eso mismo.

Severus se quedó de nuevo clavado, mirando al otro con los ojos muy abiertos.

-Vamos murciélago, las damas nos esperan. Comentó alegremente Black dejado al otro con la palabra en la boca.

No tardaron en llegar a la alta empalizada, se cruzaron en su camino con lugareños que acompañaban a sus rebaños y saludaban a la castaña con reverencia. Sirius la miró con curiosidad, ciertamente sí que parecía alguien importante por allí.

-Todas estas fortificaciones son nuevas. - Aclaró la joven.

La unicornio la miró. - Recuerdo que el castillo que se alzaba aquí era mucho mayor. También recuerdo como se desmoronaba sobre el mar.

La guerrera asintió. -Dices bien, se desplomó sobre el mar, el viejo rey murió en el derrumbe.- Miró con aire satisfecho hacia lo alto de la torre. - El rey Lir mando construir está en su lugar. Todo es nuevo ahora.

-¿El rey Lir vive aun? Preguntó el animago distraídamente.

Ella negó con la cabeza y su rostro arrogante te torno triste. -Murió hace 2 inviernos, fue un padre para mi, y un modelo para la caballería. Mi madre dice que murió de pena.

-¿De pena?

La chica asintió al animago. - Su majestad juró amor eterno a Lady Amalthea, cuando ella recuperó su forma y volvió a sus bosques, su majestad cayó en la melancolía. Fue un gran rey, generoso, justo, gran guerrero, admirado por sus hazañas heroicas, pero su corazón seguía sufriendo por ella, hasta que un día este te paró. - Ella suspiró. - Y fue fiel a su recuerdo, pese a ser el rey nunca miró a otra mujer y no dejó herederos.

Severus había escuchado en silencio. Él sabía muy bien lo que era sufrir por un amor perdido, y ser fiel a un recuerdo. Pero las circunstancias de su juventud no fueron las mismas, no había sido ni mucho menos un caballero de brillante armadura, y la marca de su antebrazo era buena prueba de ello. -¿Quién gobierna entonces estas tierras? - Preguntó con voz grave.

Ella sacudió su melena con gesto orgulloso. - Mi señor Schmendrick el Grande y su familia. Su majestad le cedió el trono a él y sus herederos por su gran amistad y fidelidad mostradas.

Entraron a través de un gran portón, flaqueado por dos guardias armados con largas lanzas y espadas, portaban yelmos de metal y pesadas cotas de maya como la joven, al verla saludaron con una inclinación de cabeza y fueron a parar a un enorme patio, enlosado de rocas, a los lados y pegados a las murallas se extendían cuadras, graneros y almacenes varios todos de piedra con techos de paja. Gentes de armas se ejercitaban con la espada en un recinto cerrado con una cerca de madera. - La magia no siempre es una defensa infalible. - Comentó la joven a ver como Sirius observaba la cantidad de soldados. - Tenemos que estar alertas de incursiones de los hombres del norte y de los sajones del sur.

Otro soldado que parecía de mayor rango se acercó a ellos, portaba una larga capa roja, observó a los forasteros con detenimiento. - Dama Dragón, ¿Habéis dado con la bestia?

-Por hoy lo deje pasar Angus. - Comentó despreocupada la joven ayudando a Selena a bajar del caballo. - Consideré más importante que estos extranjeros se reunieran con el Señor. Acompáñalos a la gran sala, yo acudiré en cuanto pueda.

-Si my lady. - Angus hizo un gesto de que le siguieran.

Snape observaba fascinado todo a su alrededor, el erudito que llevaba dentro estudiaba con detenimiento las ropas, las armas, era estar viviendo un libro de historia, de una época en que apenas había datos, la apoca más oscura. Llegaron al pie de la alta torre del homenaje, una clara predecesora de las futuras torres de la edad media, de planta cuadrangular, carecía de adornos y florituras, los muros de piedra gris, se alzaban sobrios y robustos, las ventanas apenas eran rendijas en la roca, entraron por una puerta lo bastante grande para un caballero y su montura, a una estancia alta, lo que parecía una sala de armas. Ascendieron por una rustica escalera de madera adosada a la pared hasta un primer piso donde había varias estancias de paredes de madera, el movimiento de los criados y el olor mostraba que allí estaban las cocinas. Ascendieron otro alto tramo de escaleras y fueron a parar a una amplia estancia, presidida por una enorme chimenea de piedra en el fondo, estaba iluminada por varios tragaluces cortados en la piedra de los muros. El suelo de madera estaba cubierto de paja limpia, y había varias mesas largas y rectangulares dispuestas en la sala.

-Mi señor os recibirá aquí. -Espetó secamente el soldado, mostrándoles con la mano una especie de trono de madera tallada que se encontraba sobre un escalón más alto en el otro extremo de la sala, varios estandartes colgaban de la pared tras él, de hecho todas las paredes de la sala contaban con tapices que mostraban bordados de batallas y gestas heroicas, de las paredes también colgaban varias antorchas encendidas que iluminaban tenuemente la sala. Sobre el trono y a sus pies había dispuestas varias pieles de lobo.

Black recorría la estancia con los brazos en jarras, sus ojos grises parpadearon varias veces observando el alto techo de madera tallada. - Woopp, Quejicus esto no es una mazmorra pero seguro es de tu gusto.

La chica también miraba la sala con curiosidad, un tapiz llamó su atención y se acercó lentamente a él, se llevó la mano al pecho. Reconoció las imágenes de inmediato, eran diferentes escenas que relataban, la historia que ella misma había vivido. Allí estaba bordada con hilos de diferentes tonos de rojo, el Toro, empujando a los delicados unicornios entre las olas del mar. Sintió ahogarse y apartó la mirada, unas fuertes manos se posaron en sus hombros reconfortándola. -No deje que el miedo domine su mente. - Susurro con su sedosa voz en su nuca. Ella tragó saliva y asintió nerviosa.

Snape se separó de ella al notar el carraspeo de Black, lo miró molesto y el animago alzó las cejas inquisitivo. - ¿Y ahora qué? - Ladró este. - Viajes en el tiempo, dragones, hechiceras psicópatas con espada, y solo imagina quien puede vivir en esta cuadra.

Severus frunció el ceño. - Sigues siendo un cabeza hueca. Estamos en el siglo VIII, ¿qué esperabas?, ¿El Hilton?

El otro se encogió de hombros. – No, pero se supone que aquí vive un gran mago y además rey. - Dio una patada a un poco de paja del suelo. - Mira el aspecto de esto.

-Esto, como tú dices era la forma de mantener limpias las salas comunes en aquella época, muy probablemente la mayoría de los habitantes de este castillo duerman aquí de noche en jergones. A veces hasta el señor y su familia. - Señaló las escaleras de madera que ascendían al piso superior. - Pero aquí parce que tienen sus dormitorios arriba, lo cual también denota el rango y poder.

-¿Y tú de donde sacas eso?

Severus río entre dientes con gesto cínico. -De los libros, canuto, y te recuerdo que tengo muchos.

Una risa hueca resonó en la estancia, sacando a ambos magos de su discusión. Los tres miraron a su alrededor desconcertados, la risa provenía de toda la estancia, era la de un hombre de edad avanzada, pero se notaba jovial y divertida. Ahora fue Selena la que se aferró al brazo de Severus. -De modo que sois unos magos perdidos en busca de respuestas. - Rió cantarina.

Un destello blanco junto con una neblina surgió sobre el trono de madera, una silueta oscura se materializó sobre él. Los dos magos se miraron sorprendidos, el hombre ciertamente no aparentaba ser el gran mago que se decía, aunque bueno tampoco se hubiera dicho de Dubledore. Era un hombre ya de edad avanzada, sus cabellos grises y rizados caían hasta sus hombros, una barba también gris se cerraba sobre su arrugado rostro y le llegaba al pecho, tenía una enorme nariz ancha y desproporcionada, Black disimuló una carcajada al compararla mentalmente con la de Snape, miró al mismo de reojo, si, Snape era chato comparado con ese viejo. Portaba un gorro puntiagudo y doblado sobre la cabeza de color azul oscuro. Una túnica azul de diferentes tonos y que parecía hecha de retales le cubría en su totalidad y sobre esta una capa negra ostentosa que arrastraba. Portaba un báculo tallado de algo que parecía marfil, los miraba con gesto divertido con sus ojos verdes, ojos que al animago le recordaban a alguien.

-Soy Schmendrick el Grande, Señor de Hagsgate. ¿Quién se presenta ante mi?- Hablo con una voz que se antojaba amistosa. Los dos magos volvieron a mirarse.

Severus se adelantó un paso y se inclinó cortésmente. - Mi nombre es Severus Snape, y mi acompañante es Sirius Black. También somos magos.

-Aja, el perro Gryffindor me han dicho. -Señaló divertido a Black que se revolvió molesto. "¿Cómo diablos sabia eso?, ¿acaso esa harpía ya había hablado con él?, Pero como. " Su vista se posó en la joven que permanecía con el rostro volteado, sus cabellos caían sobre él y no le dejaba verle la cara. - ¿Y la joven?

-Ella es Selena Einhorn, es…- No acabó la frase, el mago se alzó bruscamente de su asiento, rasgó el suelo con el extremo de su báculo, del que broto una luz azulada, ante el asombro de los dos hombres extendió la mano y el báculo hacia la joven, la sala se oscureció, descardas mágicas surgieron del mago. Severus sacó su varita y le hizo frente, pero al igual que con el dragón, la mano de la chica le hizo bajar su arma, atónito vio como ella avanzaba poniéndose delante de él. La marca de su frente iluminada con una fuerte luz blanca, un fuerte viento les sacudió, los largos cabellos blancos ondeaban con violencia. La luz se hizo más intensa y cubrió su cuerpo, rompiendo las tinieblas de la sala. De golpe todo ceso, Snape y Black se miraron confusos, mientras el anciano bajaba las manos y la miraba con un extraño brillo en los ojos.

-Tenia que estar seguro de que erais vos. - Murmuró con la voz rota por la emoción, avanzó bajando el escalón hacia ellos. - Pero al veros, sois tan…idéntica a ella.

La chica parpadeó, el mago ya estaba frente a ella y la observaba detenidamente, como si fuera una aparición. - Pero no soy ella. - Susurró.

El hombre asintió. - Indudablemente, hay sutiles diferencias, señora. Sois más alta, vuestro cabello levemente mas ondulado, y vuestros ojos, son mas…humanos. - Ella tembló levemente ante la última afirmación. - Pero aun así sois como dos gotas de agua.

-¿Os referís a esa Lady Amalthea? - Preguntó el profesor observando con recelo al anciano mago.

El hombre suspiró. -Como olvidarla, la primavera hecha mujer. - Miró a la joven con dulzura. - Igual que vos. Ella hizo de mi lo que soy ahora, nos marcó a todos con su maravillosa presencia. Cuando mi Molly os vea será imposible aplacar su llanto. - El anciano la tomó cálidamente del mentón y ella le dedicó una suave sonrisa, al igual que el anciano del cuadro, su presencia le parecía familiar y cálida. - ¿Por qué esta ella sí? ¿Con esta forma?

-Esa es una de las preguntas que queremos hacerle. - Contestó el ex mortifago. - Vos sois el único mago que ha transformado a un unicornio.

El anciano negó con la cabeza, sus ojos verdes mostraron un brillo enigmático. -Te equivocas joven mago. Yo nunca transforme a Amalthea por voluntad. La magia lo hizo por sí misma, yo solo fui…utilizado. - La conversación con los cuatro leones acudió a su mente, ellos le habían dicho lo mismo, que la magia los utilizó de transmisores. - La magia de un unicornio es demasiado antigua, demasiado pura, para ser corrompida o afectada por otra magia que no sea la suya propia u otra de la misma naturaleza, y eso jovencito no es algo que esté al alcance de un simple mortal. Durante muchos años pensé que lo había logrado, y me vanagloriaba de ello, pero los años y la sabiduría que te dan, me hicieron ver que estaba equivocado, solo fui un simple vehículo de la magia viva.

Severus arqueó una ceja contrariado, y Black soltó una carcajada, el que le llamaran jovencito a sus 38 años le resultaba francamente incomodo. El viejo le recordaba cada vez más a Albus.-¿Pero entonces como…? - Atinó a preguntar.

El hechicero le dirigió una intensa mirada. - El Toro. - Su voz sonó fría y cortante. - Mi hija dice que estáis aquí por el Toro.