17. El Final de la Noche.
La chica retrocedió y negó con la cabeza. – No, no y no.- Fuera de sí señaló amenazante al animago. – ¡INFIERNO SANGRIENTO! Y aunque así fuera no pienso casarme con ese maldito perro sucio y asqueroso….
La sonrisa de triunfo se borro de golpe de la cara de Black, fue como si el suelo hubiera desaparecido bajo sus pies, y un tic sospechoso apareció en su ojo izquierdo. Severus que estaba bebiendo su copa tranquilamente se atragantó con el vino, que salió en un chorro por su nariz, y emitía unos sonidos indescifrables, entre la tos y la risa descontroladas. – ¿Yo casarme…?- Murmuró el otro. – ¿Con esa?…NOOOO.
El mago los miraba a uno y a otro divertido. – Tú eres el que dice que la has vencido. – Le miraba de una forma que daba más miedo que El Que no debía ser nombrado. – Ella hizo un juramento y si la has vencido, debería ser tu esposa.
Ella se cruzó de brazos. – Los dos estáis chocheando. Ya dije una vez que nunca me casaría, me debo al clan. Yo no juré que me casaría, en ningún momento.
-Es una pena, es muy atractivo. – Comentó Molly con voz burlona, Black se estremeció, en otras circunstancias se sentiría alagado, pero le tenía alergia al matrimonio. Y era una alergia muy grave.
-Te lo repito madre, yo solo dije que me entregaría, nunca que me casaría.
-¿Acaso no es lo mismo? - Rió su padre.
-NO, NO ES LO MISMO. - Rugió. - Y EL NO ME VECICIOOO.
Toda la sala estaba pendiente de la escena de nuevo, las mujeres miraban a Black con interés, y los caballeros con odio.
Sirius parpadeó varias veces. – Ella tiene razón, no la vencí. – Y se sentó de golpe, agarró su copa y la apuró de un trago.
Severus lo miró alzando las cejas con sorna. – Veo que por tu boca casi se te acaba la fiesta, eh Canuto.
-¡No me jodas tú ahora murciélago! – Con muy malos modos le pego un mordisco a una costilla asada.
El animago la miró de soslayo, estaba de pie, discutiendo con su padre. La forma en que el fino tejido de la túnica se amoldaba a su cuerpo, insinuaban unas curvas voluptuosas, sus pechos grandes subían y bajaban con el respirar acelerado. El chasqueo de unos dedos ante su cara le hicieron volver a la realidad. – No la mires tanto, cualquiera diría que la "odias" tanto como dices. – Rezongó Severus, siguiendo la mirada de Black.
Este chasqueó la lengua. – Lo mantengo, me encantaría darle unos azotes. – Sus ojos grises brillaron con malicia.
-No tienes remedio. – Suspiró Snape, sus ojos habían vuelto a buscar a la joven de los cabellos blancos, había permanecido ajena a la discusión sentada junto al fuego, sus ojos permanecías fijos en las llamas como hipnotizada, la vio suspirar y llevarse la mano al pecho. Apenas había tocado el plato de comida de su regazo, desde que habían llegado al castillo su semblante era aun más sombrío y triste, deseaba volver cuanto antes a su tiempo.
-Bueno, tal vez sea cierto que no te ha vencido. Pero aun así tengo una idea. – La voz del viejo mago le sacó de sus cavilaciones. Se giró hacia él.
-Tus ideas Scmendrick siempre dan miedo. – Bramó su mujer cruzándose de brazos con un respingo. La chica miraba a sus padres expectante.
-Que Melisande los acompañe a enfrentar al monstruo. – Black se irguió como un resorte en su asiento. La joven abrió la boca para protestar. – ¿No querías hazañas y hechos heroicos? – Su padre la miró enarcando una ceja, ella apenas miró a su alrededor confusa. – Esta es tu mejor oportunidad.- Se acercó sigiloso al oído de su esposa. (¬¬) – Nos libraremos de esta fiera una temporada, y quien sabe…- Susurró disimulando, una sonrisa maliciosa se dibujó en el rostro de la mujer.
-No, de ningún modo. – Espetó el animago con gesto asqueado.
-No creo que sea muy conveniente, señor. – Comentó el Snape, aunque la idea de poder tener a Sirius fuera de sus casillas por una temporada se le hacía tremendamente atractiva.
-Tonterías, ella. – Señaló a su hija con el dedo. – Se vanagloria de ser mejor hechicera que yo, de vencer a cualquier contrincante con la magia o con las armas.
-¿Acaso no es cierto? – Se jactó la chica echando la cabeza hacia atrás.
-Te recuerdo que Merlin…
-No hablemos de ese carcamal pretencioso. – Le interrumpió de malos modos.
-Así podrías conocer mejor a tu futuro esposo…- La voz de su madre sonó burlesca.
-WAAAAAAA. – Grito la chica. – No me ha vencido, en todo caso quedamos en tablas.
-Cierto, muy cierto. No la vencí.- Black afirmaba moviendo con énfasis un muslo de pollo que llevaba en la mano.- Así que no me casare, no me caso, he dicho.
-Bueno eso ya se verá. – Comentó de nuevo la madre, se notaba de quien había sacado el carácter la muchacha.
Snape bufó con desgana, el juglar se había arrodillado junto a Selena, entonaba una dulce tonada, y ella lo miraba entre curiosa y sonriente. La comida se le atragantaba, igual que en aquella época, cuando la veía a ella, a su Lily, reír con el idiota de Potter en el gran comedor, la misma comezón en la sangre, celos. Ella volvió a alzar sus hermosos ojos azules y lo miró de nuevo, un instante para volver a perder su mirada en las llamas.
-¿Qué fue de ella? – Preguntó en un susurró al anciano mago que había tomado de nuevo asiento a su lado y reía por el enfado de su hija, este se quedó serio y lo miró. – De Lady Amalthea. ¿Qué ocurrió después de recuperar su cuerpo?
El mago aspiró profundamente, y bebió un trago de su copa. – Eso, joven mago, solo la propia magia lo sabe. Apenas tres noches después de derrotar al monstruo, el cielo comenzaba a cambiar de color con el despuntar de la aurora. – Sus ojos se tornaron melancólicos. – Desperté de mi sueño y la vi ante mí en aquella colina, brillando bajo la luz de la luna, sus ojos llenos de tristeza. – Sacudió la cabeza con dolor. – Nunca podre olvidar esa mirada, cada noche la veo en mis sueños. Me hablo con esa voz suave, como el aleteo de una mariposa, como la de ella. – Señaló a la joven sentada junto a la chimenea. –Se despidió de mi, y al despuntar el día, con un relincho, desapareció entre la bruma, era hermosa los primeros rayos del sol se reflejaron en su blancura deslumbrándome. – El viejo suspiró y agacho la cabeza. – No volví a verla, ni aun cuando mi buen señor y amigo murió.
Snape permaneció en silencio, recordando la noche en la torre de astronomía "Yo estuve allí, en esa playa, frente a ella. Vi sus ojos, esa herida de muerte en su alma. Yo no soy tan fuerte como ella…" Eran los mismos ojos que seguía viendo el anciano en sus sueños, lo mismo que ella temía. – Entonces ¿murió? – Preguntó.
El viejo cabeceó. – Como os he dicho nadie sabe. Y tal vez nunca se sepa.
-Vos fuisteis su protector. Y sin embargo habéis envejecido, ¿acaso no os dio la vida eterna?
Rió amargamente. – Y dime muchacho. ¿Es un don o una maldición? – Lo miró fijamente. - ¿Desearías tu vivir para siempre?
Severus bajó la vista y apretó los puños. – Acaso no hay cosas peores que la muerte, no, cuando llegue mi final lo abrazaré con un suspiro de alivio.
-Eso fue algo que yo también comprendí en su momento y más cuando la conocí a ella. – La mirada de ambos hombres fue hasta la mujer mayor que departía llena de energía de mesa en mesa. – ¿Quién quiere la inmortalidad, para vivir una vida vacía, sin amor?, solo un necio lo haría. El don que Amalthea me dio no fue la vida eterna, sino la muerte.
El mago negro alzó las cejas perplejo. – Si, joven mago, la muerte. Yo he sido inmortal. Mi maestro el Gran Niko al ser yo tan torpe y descuidado en la magia me maldijo, yo tendría tu edad más o menos. Me condenó a la inmortalidad hasta que fuera capaz de usar la magia correctamente. No estoy seguro los años que pase, vagando por los caminos, mendigando en las aldeas, haciendo trucos baratos, solo, y despreciado por todos. Hasta que Amalthea se cruzó en mi camino, y junto ella conocí a mi Molly. My lady me dio la oportunidad de desarrollar mis poderes y con eso poder romper la maldición, poder envejecer y morir con la mujer que amo. – La miró regañar a unas criadas, furiosa y fruncir el ceño. – Aunque a veces me pregunto por qué la quiero.- Comenzó a reír por lo bajo.
-¿Sigues mirando el mar? – Preguntó una voz femenina en la oscuridad del torreón. La unicornio se giró hacia dentro de la estancia, permanecía sentada en la repisa del muro, mirando a través del pequeño tragaluz, las negras olas que se estrellaban contra el acantilado a los pies del castillo, la tenue luz de la noche hacia brillar la espuma que se formaba en los rompientes. – Te Oí gritar en tus pesadillas hace rato.
-Siento haberte despertado. Murmuró la joven tímidamente.
La joven hechicera se estiró en su cama de paja y que esa noche compartía con su huésped con pereza. – No te preocupes, tengo el sueño ligero. Ya sabes el entrenamiento para el combate.
Los ojos de Selena se estrecharon, en un gesto de amargura. – Muchas veces llegue hasta estos rompientes, tentada de huir de mi encierro. – Aspiró pesadamente. – Recuerdo el dolor de mi cuerpo al chocar contra las rocas, el latir de mi corazón. Y nunca me atreví a salir, le temíamos demasiado.
-Debió de ser algo terrible, tantos siglos de libertad y luego ese horrible destierro. – Murmuró la castaña en la penumbra.- Todos tenemos miedo, nos ayuda a seguir vivos. Lo importante es saber enfocarlo para que nos haga más fuertes.
La unicornio se giró hacia ella. – ¿Tu también tienes miedo?
-Muchos se preguntan por qué visto armadura, porque uso espada, y oculto mi apariencia de mujer bajo los modales y el aspecto de un soldado. – Comenzó la joven. – Y es por ese miedo. Fue cuando era muy joven, apenas una niña de 12 años. Viajaba junto a mi padre y mi señor Lir a visitar una de nuestras villas en la costa más al norte. Era un prospero pueblo de pescadores y comerciantes de lana, con casa ricas y gentes felices. Allí se había establecido incluso un pequeño monasterio de monjes cristianos. Eran felices hasta que llegaron ellos. – Selena notó como la voz de su compañera se tiñó de odio. – Llegaron al amanecer, sus barcos con cabeza de dragón surgieron entre las nieblas del mar. Gritando, y aporreando sus escudos con sus espadas, como demonios sedientos de sangre. – Aspiró profundamente. – Recuerdo que poco antes de llegar las columnas de humo alertaron a mi señor y a los hombres. Supe por sus caras que algo ni iba bien, espoleamos los caballos. Nunca podre olvidar lo que vi al llegar a la villa. – Su voz comenzó a temblar. – Las casas quemadas, los cadáveres pasados a cuchillo amontonados en el suelo, las mujeres y niñas incluso más jóvenes que yo, abusadas y asesinadas. Mi padre no quiso que lo viera, pero yo no aparte la vista. Lo grave en mi memoria, cada herida, cada rostro deformado por la agonía. No les importó que estuvieran indefensos, mataron a todos los que no se llevaron como esclavos en sus naves. A los pobres monjes los crucificaron y les prendieron fuego junto a su pequeño monasterio.
La unicornio tembló al ir el tono de la voz de su compañera. – Nunca entenderé el afán del ser humano por destruirse a sí mismo.
-Ambición, riquezas, poder, esclavos. – Comentó la otra con un tono de voz neutro. – El afán por dominar y ser temido, los hombres del norte son expertos en ello. Ese día, supe que yo debía luchar, proteger a mi pueblo. A ellos no les importaría que fuera una mujer, si atacaban el castillo y nos vencían me matarían o me harían algo peor, y por eso rogué a mi señor Lir que me enseñase a empuñar la espada. Y él accedió complacido. Con 15 años ya era más hábil que él. Somos celtas, nuestro reino es pequeño, y muchos señores vecinos desean hacerse con él, por ello mi señor me nombro su heredera, él sabía que lo defendería hasta la muerte
-Eres muy valiente.
Ella rió por lo bajo. – O tal vez una loca temeraria. Tal vez debería haberme casado como mis hermanas mayores, pero no deseo la protección de ningún hombre, solo aquella que me puede brindar mi propio acero y la magia. Por eso nunca me casare, a no ser que sea con un hombre digno de defender estas tierras a mi lado. Y por ahora no conozco a ninguno. – Espetó con burla.
-Sigo pensando que eres valiente, tu gente te respeta.
-O me temen, dicen a mis espaldas que tengo el carácter de un dragón enfurecido. – Rió con desgana. – Y reconozco que tengo un genio terrible.
-A mi no me pareces terrible. – Murmuró Selena.
-Pues creo que tu amigo el de barba opina lo contrario.- Rió de nuevo.
-¿Black? – Musitó. – Su corazón es noble, pero tiene un ego muy grande, lo leo en él. La señora Poppy dice que es un príncipe para una princesa. – En ese momento fue ella la que rio.
La guerrera se removió incomoda. – Pues esta princesa no necesita ningún príncipe. – No era que no le pareciera tremendamente atractivo, mucho más que cualquier hombre que hubiera conocido, con buen porte, sus profundos ojos grises, su cuidada barba recortada, y esa sonrisa sarcástica en los labios. Pero igualmente ese aire de superioridad, de "soy el gran seductor", la repateaba los hígados. ¿Que se había creído el muy idiota?, ¿que podía conseguir cualquier mujer con solo chasquear los dedos? – ¡Idiota! – Murmuró para sí.
Selena sonrió de nuevo al oír el comentario, y continuó mirando el mar.
Alguien más no podía dormir esa noche, envuelto en su capa negra sobre un jergón en la sala común, no es que fuera especialmente incomodo, había pernoctado en cuchitriles peores en sus tiempos de mortifago. Pero si le parecía pintoresca la forma de vivir en aquella época y durante gran parte de la edad media. Miró a Black que roncaba plácidamente hecho un ovillo cerca de él, su boca estaba abierta en una mueca y un hilillo de baba caía por su barba, se notaba que dormía a pierna suelta. Después de Azkaban ese dormía donde fuera.
Se quedó un instante mirando al techo, los grabados de símbolos celtas sobre la roca parecían cobrar vida por los juegos de las llamas que ardían en la gran chimenea. Aspiró profundamente. Tenía pocas dudas, aquello era algún pequeño reino celta o picto del norte de Escocia ya que aun mantenían costumbres paganas, el anciano le había dicho que los monjes cristianos decían que era el año 716 de su Señor, en la plenitud de lo que se conocía como época heroica u oscura, la época de Merlín. Apenas había datos de esos tiempos, tan solo ruinas de piedras castigadas por los siglos, y él estaba allí respirando su aire, disfrutando sus banquetes. Pensó en Percy el Cansino. Su profesor de historia de la magia, aquello le habría emocionado profundamente.
Un movimiento llamó su atención al otro lado de la gran sala, luego la risilla de una mujer y un gruñido masculino. Sin duda algún caballero buscaba la compañía complaciente de una moza. Para alguien acostumbrado a la soledad y la privacidad del siglo XX podía resultar chocante, pero era algo común en aquella época en que clanes enteros se hacinaban en una sola estancia y la única intimidad que se tenía era la que te podía proporcionar una buena manta o unas pieles. Pronto las risillas dieron paso a gemidos, jadeos y respiraciones aceleradas, aquello le resulto demasiado incomodo. Demasiados años desde su última visita a las "damas alegres" del Callejón Knockturn.
Con el sigilo de una serpiente, se deslizó hasta la escalera que ascendía a los pisos superiores, intentando no despertar a los que allí dormían, pesadas cortinas de pieles cerraban las diferentes estancias, continua ascendiendo, hasta dar con una pesada puerta de madera entre abierta. La empujó y frio aire de la noche cargado de la humedad del mar le azotó el rostro. El cielo era el más claro que había visto en su vida, un manto de infinitas estrellas cubría el manto nocturno, en su época el cielo nocturno ya no se veía así, la mano del hombre, aquello que los muggles llamaban contaminación lo impedía. Avanzó hacia las almenas y recostó su peso sobre estas, miró hacia abajo, la altura sobre el acantilado era considerable, sin duda seria una de las torres más altas de su tiempo, se preguntó si quedaría de ella alguna ruina en su futuro.
-¿Impresionante vista, joven mago? – Le alertó una voz a su espalda. Se volvió de prisa, sentado sobre un banco de piedra estaba el anciano, con unos pergaminos en su regazó miraba las estrellas y hacia anotaciones en los mismos.
-Señor, no quería…
-Tranquilo muchacho, yo también soy de sueño ligero. Además estas noches son las mejores para poder hacer predicciones en las estrellas, es uno de mis pasatiempos. – Comentó despreocupadamente. – Acompáñame. – Palmeó en el hueco de la roca a su lado.
Snape asintió y se sentó pesadamente a su lado.
El gestó del viejo se hizo más grave, y carraspeó. – El cielo lleva tiempo hablándome de malos augurios. – Snape lo miró sorprendido. – No, nada que ver con vosotros. Pero si hablan del fin de una forma de vida, del fin del mundo que conocemos, de nuestros dioses y de nuestro reino. – El viejo suspiró cansado. – Como te conté he vivido muchos años, más de los que puedo recordar, y ahora las señales están claras. Poco a poco el nuevo Dios de los Cristianos se abre paso entre las gentes, desterrando a las viejas creencias, a la madre diosa y a la magia, muchos magos, druidas y hechiceras ya han sido expulsados de sus hogares e incluso asesinados por sus creencias, más al sur en tierra de sajones. Los reinos grandes, absorben a los pequeños. Primero fueron los sajones y ahora la amenaza de los hombres del norte. – Snape conocía de las terribles incursiones vikingas, que habían arrasado las costas de Escocia y toda Bretaña, pero pensaba que habían empezado a finales del siglo siguiente. - ¿Es el fin verdad, joven mago? – Le preguntó el anciano.
El vaciló un instante. – No debo…- La mirada del hombre se hizo más suplicante. – No puedo mentirle. Sus predicciones son ciertas. En los próximos años la magia se extinguirá. Pero no desaparecerá por completo, familias de magos y brujas las mantendrán en su vida, mantendrán las antiguas tradiciones, y mantendrán intacta su forma de vida en su propia sociedad, oculta de los demás, de los muggles. Así será en los siglos venideros y en mi época.
El anciano cabeceó y enrollo los pergaminos con gesto cansado. –Así en el mundo del que hablas es lógico que no haya unicornios. Si la magia ya no puede fluir libre, salvaje. Dime, si es así ¿Por qué deseas salvarla?
Severus frunció el ceño y apretó los puños en su regazo. –No lo sabría decir, algo dentro de mi me empuja a ello. Sin contar que luchamos contra alguien malvado y peligroso.
-La amas sin duda. – El profesor alzó la vista y lo miró perplejo. – He visto tu mirada antes, en alguien muy querido por mí, mi buen señor Lir. Y también he visto como ella te devuelve la mirada.
-De todos modos no tendría sentido, vos sabéis como acaba la historia. Y eso aun la destruiría más, igual que a Amalthea.
El anciano esbozó una sonrisa. – No creo que amar destruyera a mi dulce señora. Al contrario, hizo su existencia más plena. – Se echo hacia atrás recargando su espalda contra el frio muro de piedra, observo la cicatriz de Snape que asomaba levemente bajo el cuello de su camisa. –Una marca interesante, el veneno de esa serpiente es infalible.- Murmuró con interés.
Snape lo miró contrariado, instintivamente se llevó la mano al cuello, como si le ardiera. – Fue durante la última batalla sucedida en mi mundo. Y cierto, debí estar muerto, de hecho creo que llegue a estarlo, y no me hubiera importado no volver a este mundo. Aun soy incapaz de entender que fue lo que me hizo volver.
El anciano recostó la cabeza hacia atrás y aspiró como si hubiera tenido una revelación. – Solo existe una magia en este mundo capaz de vencer a la muerte, se la puede engañar, retrasar, pero no arrebatarle una presa una vez la ha tomado. – Sabia de lo que hablaba, era uno de los principios fundamentales de la magia, Black también había vuelto a la vida, pero lo suyo fue diferente, al caer en el velo del ministerio la había burlado, su cuerpo estaba suspendido en la frontera, pero no llegó a cruzarla. A la caída de Voldemort, sus maleficios y muchos de los de sus seguidores habían perdido su poder, al rasgarse ese velo, Sirius salió de él en un estado de coma del que tardo semanas en recuperarse.
Pero su caso había sido distinto, el veneno de Nagini era real, e invencible, lo sintió extenderse por su cuerpo a la vez que su sangre se escapaba por la herida. Con su último aliento le había transmitido sus recuerdos a Potter, los recuerdos de su madre, fue como si con ese acto se librase definitivamente de esa obsesión que había durado toda su vida. Vio su vida pasar ante él a flases, su infancia, su juventud, Lily, lo que sentía por ella, las humillaciones sufridas, la discusión, su perdida, el dolor que le hizo unirse a los mortifagos, todo… Luego las tinieblas más cerradas, una luz, su rostro que le sonreía, con sus ojos verdes, ella en verdad siempre había sido su amiga. – "Vuelve, vive de nuevo."- Otra imagen más nítida la sustituyó, unos ojos azules, una presencia cálida que hacia olvidar todo el dolor, deseaba perderse en esos ojos para siempre. – "Te doy mi don." – Esa punzada, y luego la blancura del techo de su habitación en San Mungo.
-Ella…- Murmuró apenas para sí.
El anciano afirmó despacio. –Solo un unicornio puede vencer a la muerte, y dar la vida a aquel que sea su protegido. – Los recuerdos del anciano vagaron hasta esa playa, el cuerpo yaciente de su señor, muerto por la embestida del Toro al interponerse ante ella para intentar salvarla, en un último gesto de amor desesperado y heroísmo. Fue su sacrificio lo que la hizo reaccionar y encarar al Toro de frente, con toda esa magia desplegada, y al final derrotarle. Como ella, majestuosa avanzó hacia él con sus ojos llenos de amargura. Grácilmente agacho la cabeza y rozó sus labios entreabiertos con su cuerno, el resplandor azulado que los cubrió. Luego cabeceó y se alejó por la pendiente, mientras el joven príncipe comenzaba a moverse como salido de un pesado sueño, Molly corrió a abrazarle y a ayudarle a incorporarse, mientras él perplejo la miraba, de pie sobre la colina, las estrellas reflejándose en sus crines sacudidas por el viento, miraba al príncipe con los ojos llenos de amor.- "Te recordare, te recordare." – Fue un susurró, luego desapareció en el viento. – Tú ya la conocías, no es así.
El mago oscuro asintió. – Durante años creí que fue un sueño, pero al volverla a ver supe que había sido real. Era muy joven y me había quedado dormido bajo un árbol, en su bosque, aquel había sido uno de los peores días de mi vida, solo deseaba morirme.- Se llevó los dedos a los labios. – Recuerdo su calidez, la sensación de paz que me embargo, su aroma, y una sensación ardiente, como un beso. Abrí los ojos y la vi, brillando ante mí, un instante, luego se desvaneció. – Él rió levemente. – Es curioso, nunca he contado esto a nadie, ni aun al hombre que he considerado como mi padre todos estos años, era mi sueño secreto.
-Ella te eligió ese día, por algún motivo, te dio su don, y ese don durmió en tu interior hasta que despertó librándote de la muerte. – El anciano reía alegremente, mientras Severus lo observaba incrédulo. – Es curioso que quien domina al Toro lo haga para nada. Ella ya eligió a su campeón y esa elección no tiene marcha atrás, tu vida y la suya ya están ligadas, para siempre.
Las primeras luces del día comenzaron a teñir el cielo, reflejándose en el mar cuya superficie parecía de oro. Snape aspiró profundamente, entrecerró los ojos cegado por los rayos del naciente sol.
-Siempre hay un mañana joven mago, aun tras la noche más fría y oscura, siempre termina saliendo el sol. – Murmuró el anciano. – Solo hay que esperar y dejar que nos caliente con sus rayos.
-He estado viviendo en las sombras toda mi vida. – Miró al viejo que le dedicaba una sonrisa y una mirada paternal como las que Albus solía dedicarle.
-Tal vez tu mañana haya llegado.
