Saludos a Todos.

Advierto que la temperatura va a subir, el siguiente capítulo contiene escena ligeramente subida de tono.

21. Más problemas para Black.

Los rayos del sol se filtraban tenuemente entre las ramas del bosque, un enorme perro negro avanzaba husmeando el aire, con el ceño fruncido, de vez en cuando gruñía enseñando los dientes. - "Maldita harpía. " - Rumiaba la mente del animago, mientras encontraba el rastro de la chica de nuevo. - "Cuando te encuentre me vas a oír, y Minerva también me va a oír…"- Gruñó de nuevo. - "…Y el viejo loco…y el murciélago grasiento…él y sus malditas clases. Ahora tiene el terreno libre con la chica…"- El animal hizo una mueca.

Pensó en la forma en que ellos se miraban, y el insociable de Snivellus parecía no darse cuenta de que ella correspondía. Lo que más gracia le había hecho era el mosqueo que se pilló con el ramo de rosas. Movió el rabo alegremente. Si hubiera sabido que le sentaba tan mal le hubiera mandado muchas más. No es que la chica le gustase especialmente, pero era preciosa, y él le hacia la corte a las chicas guapas solo por deporte. Y si con ello le podía hacer la vida imposible al murciélago grasiento con más ganas aun.

Sus orejas se pusieron tiesas, el rastro era mucho más claro, y un sonido diferente llegó a sus oídos. Se dirigió con sigilo en dirección al sonido, como de un chapoteo. Varios pasos más y su apariencia volvió a ser humana, y siguió avanzando agazapado entre los árboles. Alzó las cejas con una sonrisa maliciosa, los chapoteos se hicieron más claros y una risa cantarina llegó a sus oídos, desde el claro del bosque que tenia a unos metros, se deslizó sigilosamente entre los gruesos arboles.

Tragó saliva, ante lo que vio, en el claro había una laguna de aguas cristalinas, el sol de primavera se reflejaba en el agua, y en medio de la laguna estaba su "horrible harpía"

Soltó el aire de golpe y se agachó tras el tronco. La chica chapoteaba alegremente en la laguna, dio unas brazadas, y se puso de pie en el agua, escurriendo el agua de sus cabellos castaños, y avanzó hacia la orilla absorta en sus pensamientos. El agua que la cubría hasta la cintura, resbalaba por su piel desnuda, iluminada por el sol en matices dorados, se echó la melena tras los hombros desvelando unos pechos grandes y firmes, como los había adivinado durante la cena en el torreón, tragó saliva de nuevo y notó una punzada en la entrepierna, eran los mejores pechos que había visto en su vida. - "Se nota que la condenada hace ejercicio." - Rumió en su interior sin poder apartar los ojos de su escultural figura, la cintura era estrecha y firme, sus caderas redondeadas y ligeramente anchas, no pudo evitar lamerse los labios.

Se recostó contra el tronco y respiró profundamente. - "¿Y ahora qué?" - Bajo su vista a su entrepierna hinchada. No podía salir sin más y decirle "hola", o comenzar a gritarle. - "Pues si que ocultaba algo bueno esa armadura." - Sacudió la cabeza con fastidio. - "¡Que mierda estas pensando Black!"

Casi peleándose consigo mismo se volvió de nuevo a observarla, casi había salido del agua, y podía contemplar su desnudez en toda su gloria, boqueó varias veces, parecía un besugo fuera del agua. Ella simplemente te estrujaba su melena castaña, de perfil tenía una vista privilegiada de su trasero, firme y redondo. - "Como disfrutaría de azotar ese trasero." - Volvió a sacudir la cabeza, y a recostarse contra el árbol con la respiración acelerada. - "¡Tanto tiempo en Azkaban!, me he vuelto un maldito pervertido." - Pero frivolidades aparte, le había llamado la atención el tatuaje que cubría su espalda, en color azul. Seguro tenía que ver con su apodo, ya que el tatuaje era sin duda un dragón, con las garras y las alas desplegadas.

Tomo aire otra vez, tendría un gran problema si la erección que tenia no bajaba pronto, y si no dejaba de mirarla eso sería un poco difícil. Pero ahí estaba él otra vez, agachándose para echar otro vistazo. - "¿Dónde?" - Su mirada la buscó por todo el claro, sus ropas seguían encima de una roca, pero la chica había desaparecido. Continuó buscándola con la vista. - ¡Esta tarada! - Masculló por lo bajo.

Un crujido sonó a su espalda, y entonces ya no tuvo tiempo de reaccionar. El frio filo de una espada reposaba sobre su hombro, contra su cuello. Aguantó el aire en sus pulmones. ¿Cómo era posible que lo hubiera detectado? ¿Y como él había estado tan imbécil de no darse cuenta? Soltó el aire de golpe. Y otra cuestión. Si su ropa estaba sobre la roca, ella estaba…

-¿Fisgoneando un poco, Chucho? - La voz de la chica sonó fría y amenazadora. - ¿Debería desollarte aquí mismo? - Presionó más el filo contra su yugular. - ¿Tu qué opinas?

Él continuaba de cuclillas, no se atrevía a moverse, el sudor caía por su espalda y su rostro, y la maldita erección no bajaba. - "Y encima te dejas la varita." - Pensó con frustración. Giró la cara lentamente para tratar de mirarla por encima del hombro, continuaba agachado y ella le apuntaba desde arriba. - Yo no pretendía…- Trató de explicarse con dificultad.

La chica rió con malicia. - Si, ya…tú no tratabas de espiarme… ¿no?

-¡A ti! - Ladró nervioso. - ¿Quién querría espiarte a ti? Si al menos fueras una mujer. -El acero presiono más contra su cuello, casi podía jurar que le había rasgado la piel, había percibido el temblor que sus palabras le causaron. – Vale, Vale. Te pido disculpas.

-No basta con tus disculpas, mago. – La voz de ella sonó amenazadoramente suave.

-Pues, ¿Qué quieres? – Bramó.

-UMMM. Déjame pensar. – Ella bajo la espada y golpeó sus muslos. - ¿Qué quiero? …Tu ropa interior.

-¡QUEEEEE! – Black abrió los ojos desmesuradamente, la muy zorra quería humillarlo, a él. – Ni lo sueñes.

Rápidamente la hoja volvió a estar en su cuello. – Vamos perrito bueno, es un trato justo por andar espiando a una doncella indefensa mientras se baña.

-NO. – Gruñó de nuevo.

Notó como ella se agachaba hasta su oído, su voz adquirió un tono duro. – Quítate la ropa, YA.

-NO. Repitió él en tono más duro.

-Eres peligrosamente arrogante. – Susurró, su cálido aliento le produjo un escalofrió que le recorrió el cuerpo, el aroma de su piel recién lavada, y la perspectiva de tener una hermosa mujer desnuda a su espalda no le dejaban pensar con claridad y hacia que su boca se secase. – ¿Realmente esto vale tu vida? – Susurró de nuevo en su oído.

Los ojos grises de Sirius brillaron desafiantes. – No me cortaras.

-No serias el primero. – Siseó. – No tientes más a tu suerte, chucho.

Había algo en su voz que le obligaba a creerlo. Chasqueó la lengua con desgana. – Seria un poco complicado en esta posición, "mi lady". – Remarcó las últimas palabras como si de un insulto se tratase.

Ella gruñó. – Pues levanta, estúpido insolente. Pero haz algo raro y será lo último. – Aflojo levemente la presión de la espada, el animago se movió apenas, y comenzó a incorporarse con recelo, y una sonrisa desafiante en los labios, lentamente comenzó a darse la vuelta para encararla. Contuvo la respiración ante la vista que se ofrecía.

Gracias a Merlín no estaba desnuda, pero la fina túnica de hilo blanco solo le llegaba a los muslos y no tenia mangas, dejaba nada a la imaginación. La tela se pegaba a sus curvas mojadas, transparentando su piel dorada y delicada, sus pechos redondos con sus pezones erectos se marcaban perfectamente bajo la húmeda tela, al igual que su vientre, y los rizos castaños de su sexo, resultaba incuso más excitante que si hubiera estado desnuda. El animago trago saliva, y su miembro volvió a latir, ella lo miró con ese brillo peligroso en sus ojos verdes, se mordisqueaba el rosado labio inferior. Merlín, como deseaba ser él el que mordiera esos labios. – "¡Que mierda estoy pensando!"

Ella lo miraba detenidamente, llevaba varios días conviviendo con él, pese a sus continuos enfrentamientos e insultos y por más que le fastidiase no podía evitar encontrarlo atractivo, demasiado atractivo. Sus ojos grises que brillaban con esa picardía y ahora escrutaban su cuerpo, tan ardientes, tan atrevidos, tan temerarios, tan insolentes, ese rostro aristocrático, su cuidada barba que enmarcaba esa boca seductora y carnosa, los cabellos que caían sobre sus hombros. – "Melisande, deja de pensar estupideces." – Pensó para sus adentros. Ella había esperado terminar con el asunto rápida y fácilmente, pero lo había subestimado. -¡Apúrate, ya! –Ordenó secamente.

-Como desees. – Escupió, mientras comenzaba a quitarse las botas, se desabrochaba el cinturón y tironeaba de sus pantalones, todo ello con deliberada tranquilidad.

Las palmas de las manos comenzaron a sudarle, la empuñadura de la espada estaba resbaladiza, si no era cuidadosa podía acabar cayéndosele. – Apúrate. – Ordenó de nuevo.

El rodó los ojos con fingida desgana, mientras terminaba de sacarse los vaqueros oscuros. – Paciencia mi lady. – Canturreó con un tono de burla que la crispó más aun.

Le entraron ganas de golpearlo, pero se contuvo, no debía saber como la provocaba. Ella fijó sus verdes ojos en el bóxer granate, sus dedos se movieron hábilmente por la cinturilla y sin dejar de mirar sus pechos con una mueca, tiró de ellos hacia abajo, deslizándolos por sus musculosos muslos. Las rodillas de ella se debilitaron.

La muchacha se ahogo, era como si no hubiera visto antes hombres desnudos. Habiendo pasado toda su vida entre ellos, combatiendo y viviendo como una de ellos, verlos sin ropa había sido algo inevitable y natural. Pero la mirada que ella le dedicó a sus partes, y la forma en que se mordisqueaba el labio inferior decían lo contrario. Era tan diferente de los toscos y sucios guerreros de su tiempo, y estaba tan bien…dotado. El miembro emergía semierecto entre la mata de bello rizado y oscuro.

Sus ojos brillaron peligrosamente. - ¿Y ahora qué? – Preguntó suavemente. - ¿Te gustaría ver si te cabe?

Pero el insulto pareció no afectarla, pareció recuperar toda su frialdad y altanería, y sus ojos mostraron una total indiferencia. Arrastrando un pie y sin dejar de apuntarlo con el arma acercó sus ropas hasta ella. El continuaba con sus penetrantes ojos grises fijos en ella. – Ahora mago, tendrás que volver al colegio.

Él se sonrió, nada más fácil, se transformaría en perro y…

Un carraspeo de ella interrumpió sus pensamientos, los ojos verdes brillaron con un destello azulado, sus labios se movieron susurrando palabras en una lengua antigua, al tiempo que él sentía un ardor en su cuerpo.

-¿Qué me has hecho, bruja? – Rugió de nuevo.

Ella rió por lo bajo. – Seria muy fácil que pudieras usar tus poderes. – Los ojos del animago se abrieron desmesuradamente su boca se tensó por la ira. – Pero tranquilo, no será permanente.

-Maldita arpía. – Ladro. – Te voy a…

Ella ladeó la cabeza con desdén. – No estás en condiciones de amenazar a nadie, mago. -Ella sonreía con descaro, le había superado, lo estaba humillando, y condenando a una tarde de vergonzoso paseo hasta la casa de Hagrid, con solo la camisa para cubrirse.

El se hundió de hombros soltando el aire de golpe. En su fuero interno rezó para no toparse con ningún grupo de estudiantes ociosos, o el cachondeo duraría por años. Pero en sus ojos continuaba habiendo un brillo de desafío,…y de deseo.

-Ahora, largo. – Rugió la chica, golpeándolo con la espada de plano sobre los glúteos. El dio un gruñido y con una burlesca inclinación de cabeza, se separó de ella en dirección a la salida del bosque.

Mientras se alejaba, pudo oír la risa de ella resonar entre los árboles. – Zorra maldita. Me las pagaras, todas juntas. – Silbó tirando de su camisa mientras caminaba para intentar tapar lo más posible. Pero no pudo evitar esbozar una sonrisa maligna al recordar la visión de ese magnífico cuerpo, expuesto ante él. Ya encontraría una forma satisfactoria de cobrárselo.

-¿Eso no deberías preguntárselo a ella? – La chillona voz de de Dumbledore, resonó desde el retrato. Snape se removió inquieto en su butaca y desvió su mirada hacia otro lado, se limitó a chasquear la lengua con desgana. Aun no sabía que lo había llevado a ir a ver al viejo esa tarde, quizás la necesidad de descargarse con quien siempre lo había escuchado, aun en sus momentos más terribles.

-¿Tu ya lo sabías verdad? – Murmuró él por lo bajo, se volvió hacia el retrato y sus ojos negros lo encararon fríamente.

El anciano se encogió de hombros. –No puedo negarte, que esa noche en la cena, note algo diferente en ti. – Comenzó el ex director. – Pero teniendo en cuenta que ella se había casado esa misma tarde, y lo que debías estar pasando no quise ahondar en ello.

Snape le sostuvo la mirada, sabía que había algo más.

-Fue mucho después, mucho después de que te unieras a los mortifagos, después de la muerte de Lily, cuando Voldemort volvió. – El anciano aspiró profundamente. – Debes reconocer que eras el más fuerte de todos, pocos habrían sobrevivido a lo que tú. Y yo lo veía, veía como en vez de sucumbir, te recuperabas de las heridas y te levantabas cada vez más fuerte, me sorprendía tu fortaleza. Y más me sorprendió verte sobrevivir a esa mordedura.

-Siempre creía que eran las pociones o mi propia cabezonería, no lo sé. – Suspiró el profesor. – A veces yo mismo no podía creer que terminara pudiendo arrastrarme hasta aquí, y mucho menos recuperarme de lo que ese loco nos hacía.

El anciano juntó las manos bajo su nariz y lo miró fijamente. – Y no te puedes ni imaginar cómo sentía ese dolor como mío propio, muchacho. No sabes como hubiera deseado ahorrártelo.

Snape se recostó hacia atrás en su asiento, soltó el aire con un gesto cansado. – Yo elegí mi propio camino Albus, y me merecía con creces cada Cruciatus. Desde el maldito día en que Lucius me llevó con él a esa primera reunión, después de llamarla Sangre sucia. – Su voz sonaba llena de amargura. – Acaso no lo entiendes, yo ya era un asquerosos mortifago cuando ella me toco. Y aun así me dio, esto…- Se miró las manos con gesto incrédulo. - …Mis manos ya estaban manchadas de sangre…y aun así lo hizo

-Te preguntabas porque Nagini no acabo contigo, porque volviste de ese túnel oscuro. – Dijo Albus suavemente. –Ahora ya lo sabes.

-¿Y acaso no es injusto? – Le preguntó con su rostro contraído. – No es injusto que otros mejores murieran, y yo…siga viviendo. – Apretó los puños. – Hice muchas cosas terribles, y no creo que la muerte del Señor Tenebroso pueda compensarlo. Los engaños, las vidas que tome, traspasar una y otra vez la línea entre la luz y las sombras. – Miró al ex director con un gesto de dolor. - …Lo que tuve que hacerte…- El anciano apartó la mirada.

-Se que te pedí demasiado, mi muchacho. Pero era necesario.

Severus cabeceó. – Se perdió demasiado, demasiadas vidas más valiosas que la mía, por uno y otro bando. – Se mordió el labio pensativo. – Y sin embargo ella me dio esto a mí. …¿Por qué?

Albus volvió a suspirar. – Habla con ella, Severus. No creo que sea tan difícil.

-Viejo loco, no lo entiendes. Ella ha estado evitándome desde que volvimos.

- ¿Y te has planteado el por qué?

El profesor de pociones hizo una desagradable mueca. – No hace falta esforzarse mucho para suponerlo. Se pasa el día con Potter y cuadrilla. Lo lógico es que a estas alturas ya piense también que soy un murciélago grasiento.

Dumbledore negó con la cabeza. – Después de lo que habéis pasado, aun sigues teniendo tus prejuicios contra el chico. – Severus lo miró enarcando una ceja. – Estás muy equivocado muchacho. Después de que le pasaras tus memorias y que supiera todo lo que hiciste el chico te ve de otra forma.

Snape soltó una seca carcajada. - ¿Y ahora me vas a decir que soy su puto ídolo?

Albus arrugo el entrecejo ante el sarcástico comentario del profesor. – Él no te ha dicho nada, pero se siente en cierto modo culpable, por todo lo que te hizo su padre, por todo lo malo que pensó de ti, y por haberte tenido cierto…"recelo"… todos estos años. – Snape continuaba riendo entre dientes, con su típico gesto de sarcasmo. – Mientras tú te esforzabas por mantenerlo a salvo.

-Si, y sabes que todo lo hice por ella, por ella y por ti viejo loco. Pero no espero gratitud ni de él ni de nadie. – Escupió con desgana. – Y tampoco la quiero, ni la necesito.

Albus suspiró con resignación. – El chico no te odia, ni él ni sus amigos, y no creo que le hayan hablado mal de ti.

Se irguió en su silla. – Hoy Potter y Weasley me dijeron que Granger y las otras se pasan el día con ella hablando de "cosas de mujeres". – Dumbledore rió por lo bajo ante el tono de indignación del profesor.

-Bueno, ella es una mujer y muy bella además, es normal que quiera conocer…y experimentar.

Snape abrió los ojos desmesuradamente. - ¿Experimentar?, Albus, por las barbas de Merlin, ella es un unicornio, esta confusa…esto…- Su cara estaba roja de indignación. - …cuando vuelva a ser lo que era, ella…

-¿Y si no cambia? – Dumbledore le interrumpió, el gesto de Snape se relajo, su cabeza era un hervidero de ideas descabelladas – Y si la magia la cambio porque su destino es seguir así para siempre, como una mujer, humana, Severus.

"Si eso pudiera ser posible." Snape se quedó en silencio mirando el perchero que ella había devuelto a la vida, unas delicadas flores blancas comenzaban a brotar, en él cayendo en racimos hacia el suelo.

-Te diré lo que ocurre muchacho, lo que os ocurre a los dos. – Murmuró el anciano espectro. – Tenéis miedo, miedo de lo que sentís el uno por el otro. – Snape volvió a mirarlo inquisitivo. – Tú tienes miedo de sentir de nuevo y volver a perderla, y ella tiene miedo de un sentimiento que desconoce. – Snape bajó la cabeza. – Ella no es Lily. Y creo que tú también mereces una oportunidad de saber lo que es amar y ser amado.

Snape bufo molesto. – Y yo te diré lo que te pasa, que cada día estás más viejo chocho, independientemente de estar en el otro barrió.

Albus sonrió. – Touche. – Murmuró ante su comentario, mientras se echaba uno de sus caramelos a la boca.

La joven Slytherin avanzaba con cuidado hacia la casa del guarda bosques. Miraba a su alrededor con recelo, no tenía ganas de toparse con nadie y tener que andar dando explicaciones. Vio a su derecha el campo con aquellas enormes calabazas, y ella no era corpulenta que digamos, se adentro en el campo y se oculto tras una de aquellas calabazas, lentamente fue deslizándose entre ellas hasta llegar lo suficientemente cerca de la casa para poder ver quien entraba y quien salía.

-Y pensar que ahora podría estar jugando a las cartas en la sala común. – Rumió para sí con desgana. – Fumando algún cigarrillo tranquilamente, o ojeando una de esas revistas llenas de muggles atractivos…o cualquier otra cosa.

Desde allí observó como ese estúpido semigigante jugaba a lanzarle palos a su perro, tuvo que contenerse para no estallar en carcajadas más de una vez, al ver la forma ridícula en que le hablaba al animal…"Un momento…Sirius Black" – Miró de nuevo al perro, nooo, definitivamente ese era el mismo Fang de siempre, feo, tonto y pulgoso. Pero la chica comenzó a preguntarse dónde andaría el famoso animago. La oportunidad de poder espiar a un mago tan rematadamente sexi le hizo olvidar cualquier otro pasatiempo que pudiera tener en mente. Y es que no podía negarlo tanto ella como la mayoría de chicas encontraban que el padrino de San Potter estaba muy bueno.

Estuvo durante un rato allí parapetada, mirando a Hagrid jugar con su estúpido perro, un buen rato. Hubo un par de veces que el perro miró en su dirección husmeando el aire, como si supiera que alguien estaba allí escondido, pero para su suerte el bicho era demasiado estúpido. Durante el rato que estuvo allí no pudo evitar fantasear con Black, seguro llevaría como siempre uno de esos trajes que le sentaban tan bien. Lo había visto en revistas y alguna vez en el comedor cuando venía de visita, y no se podía negar que el tipo tenía estilo, con esas chaquetas tan elegantes, las camisas siempre abiertas mostrando esos tatuajes de "chico malo", y esos pantalones ajustados marcando todo lo que tenían que marcar. La chica trago saliva ante la imagen mental.

Pero lo que Jane Grey no podía imaginar era lo que sus ojos estaban a punto de ver, y quedaría gravado en su retina para muchoooo tiempo.

Unos crujidos provenientes del bosque la sacaron de su letargo, se giró en su dirección fijando la vista, algo se movía sigilosamente entre los árboles. Una figura que no atinaba a identificar por la distancia, parecía esconderse de algo, ella se agachó más aun para no ser vista, ya que lo que fuera había llegado al lindero del bosque y desde detrás de un árbol inspeccionaba la zona cercana a la casa y el sendero que llevaba al castillo. Ella contuvo la respiración, ¿acaso podía ser el unicornio que buscaban?

Pero de pronto la chica tuvo que taparse la boca para no gritar ante lo que vio, los ojos casi se le salieron de las orbitas, ante el espectáculo. Caminando a saltos, maldiciendo consigo mismo, tratando de cubrirse tirando hacia abajo con su camisa, ¡era el mismísimo, él único Sirius Black!

-MIERDA, Mierda, Mierda…- Rugía al pasar junto al lugar donde se escondía la morena, sin reparar en ella.

La chica asomo ligeramente la cabeza y la ladeó para tratar de apreciar mejor el espectáculo. – Mierda, porque no tendré una cámara, una muggle al menos. – Se lamentaba por dentro la chica mientras se le saltaban las lágrimas, entre la risa y la emoción. Y es que el panorama era de primera, mientras tiraba de la camisa por delante para tapar sus partes nobles, descuidaba su retaguardia. – "Y que trasero. ¡DIOSS!" – No sabía si Malfoy tenía un culo mejor, pero el de Black superaba las expectativas, y conocía a más de diez compañeras que darían su alma por estar donde ella. Ese trasero firme, sus piernas atléticas y musculosas. Mordiéndose el labio nerviosamente. Vio como el hombre subía el porche a zancadas y entraba en la casa maldiciendo.

Hubo un incomodo silencio, y luego las carcajadas del semigigante retumbaron en el pacifico silencio de la explanada, haciendo huir a varios cuervos que picoteaban pacíficamente en el campo de calabazas y haciéndola a ella caer de lado. – RIETE, RIETE, PEDAZO DE CAB…- Gritaba fuera de si él animago, mientras se escuchaba al otro hacer infructuosos esfuerzos por reprimir la risa.

-No preguntare…j ja j, ja. – El guarda bosques casi se ahogaba. – Pero veo que te ha ido…muy bien…

-NO ME JODAS HAGRID.

-No, yo no. JA JA JA JA

-¡DEJA DE REIRTE!, ¡MALDITA SEA!, Y AYUDAME A LIBRARME DEL HECHIZO QUE ME HA ECHADO ESA MALA BESTIA. – Ya casi se había quedado afónico.

-Mejor busca primero unos pantalones, amigo.

-Lo que quiero es, que ese monstruo desaparezca, y poder librarme de ella de una vez.

La chica parpadeó, sigilosamente comenzó a retirarse, si había oído bien se referían sin duda a la "mascota" del viejo muggle tarado para el que trabajaba su tío. Y si estaban escondidos y podían librarse de alguien o algo cuando el desapareciera, era del unicornio, luego podía estar en la cabaña. Tenía que hablar con su tío cuanto antes.

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Hasta aquí el capitulo. Espero que les haya gustado.

Espero sus reviews.

Besos a todos