23. Conexión a Tres.
Estaba leyendo en su despacho tranquilamente, sentado en su escritorio en la penumbra e iluminado tenuemente por las llamas de la chimenea, sobre la mesa su últimamente asiduo compañero, un vaso de whisky de fuego. El ritual que seguía todas sus noches de insomnio, desde los últimos 19 años, hasta que el cansancio le daba unas horas de tregua.
Las palabras de Albus y de Schmendrick resonaban en su cabeza, soltó una seca carcajada. ¿Acaso sería posible que el viejo fuera descendiente de aquel excéntrico hechicero? Y si no lo era, desde luego ambos estaban cortados por el mismo patrón, se habrían hecho muy amigos de vivir en el mismo siglo.
Dio un trago del líquido ambarino y suspiró con frustración. – Hablar con ella. ¡Ni que fuera tan fácil!- Masculló para sí. ¿Cómo? Reprocharle acaso que le diera un poco de paz en uno de los momentos en los que se había sentido más como la peor basura. Culparla por haberle dado la oportunidad de sobrevivir a todas las torturas y maldiciones, cuando él solo deseaba desaparecer en el infierno, y pagar por sus culpas. Gritarle por haberle permitido vivir, a alguien tan emponzoñado como él, mientras su dulce Lily moría sacrificándose noblemente por su hijo, el hijo de Potter. ¿Odiarla por ello?
¿Como podía culparla y odiarla? ¿A ella?...Cerró los ojos y sus dedos masajearon el puente de su nariz, se sentía tan confuso, tan indigno de lo que le había dado, tan culpable por lo que sentía. Sus ojos azules, que lo miraban con esa mezcla de inocencia y dulzura, había deseado encontrar de nuevo esos ojos desde que los vio aquella noche en aquel bosque, en aquel cuerpo de unicornio, esos ojos que le había hecho sentir algo hermoso. Y ahora la tenía tan cerca, en ese cuerpo de mujer. Un cuerpo cálido al tacto, con un corazón humano que se aceleraba cuando él la sostenía entre sus brazos, un cuerpo cuya imagen desnudo le perseguía en sus más ocultas fantasías. Algo tan prohibido.
-¡Esto es zoofilia Severus! – Graznó tomando un nuevo trago de whisky.
¿Zoofilia? - "¿Y si no cambia?" – Recordó cada una de las palabras de Dumbledore, lo que le habían hecho sentir. – "Y si la magia la cambio porque su destino es seguir así para siempre, como una mujer, humana, Severus."- Ella era una mujer ahora, eso debía ser lo único que le importase, olvidar sus estúpidos prejuicios. – "Creo que tú también mereces una oportunidad de saber lo que es amar y ser amado."
Sus ojos negros se giraron a las llamas de la chimenea. ¿Acaso alguien le había amado alguna vez de la forma que insinuaba el viejo? Su padre le había odiado y maltratado durante el tiempo que vivió junto a su familia. Su madre, aquella mujer destrozada, que lo quería, pero más como una tabla de salvación en su sufrimiento diario con un esposo que la despreciaba profundamente.
Lily, su Lily, ella lo había querido, sin duda, hasta ese nefasto día en que su maldita boca lo tiro todo al traste, pero era un sentimiento distinto a lo que él esperaba, ella lo quería, si, pero era un amor mas de hermano, amigo, confidente, y él nunca había querido verlo así, siempre se engaño a si mismo esperando algo más, algo que nunca llego y que le llevó a sumir su alma en tinieblas.
Y así había pasado su vida, rehuyendo el afecto de los demás, oculto en las sombras, odiando al mundo entero, por seguir viviendo. Acaso solo Albus le había dado afecto, el viejo loco había sido el padre que no había tenido. El amigo que recogía sus pedazos cada vez que volvía con el alma y el cuerpo destrozados después de esas misiones, hasta ese día, en que le había pedido que hiciera el más grande de los sacrificios.
-"Severus, por favor."- Le había rogado en aquella torre, después de múltiples discusiones en las que había tratado de convencerle en vano de que acabara con su vida. Y en ese momento, al ver sus ojos suplicantes, lo hizo, se clavó las uñas en la palma de la mano, mientras con la otra alzaba la varita apuntándolo y sus labios temblorosos pronunciaban la maldición imperdonable.
Ese día fue aun más odiado si cabía, el asesino de su maestro y amigo. Aunque tras la batalla final, sus propios recuerdos, y el testimonio del propio Albus le habían redimido y convertido en un héroe, seguía sintiendo esa culpa.
Sacudió la cabeza. No, él no merecía amar, ni ser amado, solo la soledad, esa era su merecida condena. Pero estaba ahí, ese deseo encendido, ese anhelo por estar con ella, por tocarla, por tenerla. Esa pasión prohibida contra la que tenía que luchar, por más que Albus o el otro viejo le dijeran lo contrario, él no la merecía, ella nunca lo correspondería, no sería suya, jamás.
Se levantó de su asiento y buscó su capa, se dispuso a salir, otra noche más a pasearse por los fríos pasillos, a matar su frustración quitando puntos y atemorizando a todo alumno que se encontrase en su camino.
Caminaba apresuradamente hacia los pisos superiores, como siempre completamente en tinieblas, tantos años recorriendo los mismos pasadizos hacían que pudiera moverse por ellos con los ojos vendados, el único sonido que se oía eran sus pasos y el deslizar de su capa tras él. Todo era normal, hasta que lo sintió.
Un fuerte malestar en el pecho, una sensación de desasosiego, apoyó la mano en la pared, y temblando alzó la varita ante él, el pasillo se iluminó tenuemente, estaba solo. De alguna forma sabia que algo malo ocurría.
Se rehízo rápidamente, y nervioso continuo su camino con solo una cosa en mente. Ella.
El dolor comenzó a remitir, volvió a erguirse en la escalera, debía subir, ver lo que ocurría. No le cabía duda, Melisande se enfrentaba al Toro, y tal y como sospecho desde un principio, los daños que sufría su enemigo la afectaban a ella de alguna forma. Seguramente, si lo mataba ella moriría también. Se dispuso a seguir ascendiendo por las escaleras. Pero una mano la asió por el hombro, y una siniestra risa se oyó a su espalda.
Lentamente se giró, y se encontró con aquel extraño hombre, la miraba con una torcida sonrisa por la que asomaban sus dientes carcomidos, su ralo pelo caía a los lados de su cara, sujetaba una lámpara en alto. – Vaya, vaya, ¿Qué tenemos aquí? – Gruño, con un gesto desagradable en su rostro.
Ella retrocedió un peldaño, el celador la intimidaba de veras.
-Si no me equivoco es la pupila de la señora Pomfrey. – Rió entre dientes. - ¿Acaso no le ha dicho que no se debe merodear por los pasillos de noche?- Su rostro se acerco más al de ella. – Creo que si no tiene sueño, podrá invertir su tiempo en algo provechoso. Limpiar la sala de trofeos, por ejemplo.
-Yo, no…- Pudo articular la chica, pero algo comenzó a rozarse con sus piernas, bajo la vista y se encontró con una gata que ronroneaba a sus pies.
Filch la miró desconcertado. – Señora Norris, ¿Cómo es posible? – La gata era tan insociable o más que su dueño, jamás se acercaba nadie más que a él, y verla frotandose contra la muchacha era lo último que se podía imaginar. – Pequeña traidora. – Espetó, la gata dio un lánguido maullido.
Ella estudió el rostro del hombre más detenidamente, podía ver al niño acomplejado y frustrado tras la máscara de odio y mal humor. El miedo inicial que le producía fue sustituido por un sentimiento de lastima. Ella le dedicó una dulce sonrisa, el viejo celador se sintió desarmado, nadie le había mirado así, solo su pobre madre, pero ella había muerto tan pronto. Abrió la boca para decir algo, pero confuso la cerró de nuevo.
La chica ladeó la cabeza y parpadeó sin dejar de mirarlo.
-Creo… que es mejor…que la acompañe a su sala común. - Musitó gravemente.
Ella miró nerviosa a lo alto de la escalera, necesitaba subir, necesitaba saber lo que ocurría. - Pero yo no puedo…- Replicó.
El rostro del celador volvió a crisparse, iba a tomarla del bazo para llevarla a la torre Gryffindor, pero un carraspeó a su espalda lo detuvo, se volvió de golpe y la varita del profesor de pociones lo cegó momentáneamente. - Profesor, esta joven estaba merodeando…- Trató de justificarse.
-Continúe su ronda Filch, yo acompañaré a la señorita. -Su voz sonó grave y profunda. Ella lo miró con el corazón encogido, alto e imponente, sus intensos ojos negros clavados en ella. Lo había estado evitando, y ahora estaba allí, en ese momento de angustia.
El celador se limitó a asentir, agarró a su gata y bajó las escaleras, pasando junto a Snape con la cabeza agachada y refunfuñando entre dientes. El profesor ni se movió, seguía inmóvil mirándola de esa forma que a ella le hacía estremecerse. - ¿Salvando otra alma podrida? - Susurró con amargura. Todos estos días observándola de lejos, pensando que decirle y en ese momento no se le ocurría nada más que un reproche. -"Severus, eres un imbécil." Pensó para sí.
Ella suspiró, sus ojos azul profundo mostraban una profunda tristeza, su mirada se desvió a lo alto de la escalera. - Yo necesito…
-Algo ocurre ¿verdad? - Murmuró él, avanzando hacia ella, la muchacha asintió, se giró y sin decir nada ascendió por las escaleras, sus manos se aferraban con fuerza a la barandilla, él se limitó a seguirla en silencio, temiendo lo que podían ver al llegar a lo alto.
Llegó a la cima, y llena de ansiedad, empujó la puerta, el viento golpeó su rostro, haciendo volar sus larguísimos cabellos a su espalda, miró a su alrededor en la penumbra y avanzó hacia el mirador, temblorosa. Snape salió tras ella, con todos sus sentidos en tensión.
No necesitaron buscar demasiado para encontrar lo que buscaban, entre el bosque y el lago, las llamas se elevaban por encima de los árboles iluminando la noche con un resplandor rojizo, los potentes rugidos rasgaban el aire, se movía deprisa, en dirección al lago, persiguiendo a alguien.
-Black. -Masculló Severus parándose tras ella.
Corrían sin mirar atrás, no les hacía falta, sentían su aliento de fuego tras ellos, quemándoles la espalda, saltaron a la vez sobre las rocas.
-Si que le has cabreado bien. -Gritó El animago a la joven guerrera.
-Necesito llevarlo a algún lugar donde no pueda maniobrar, y usar esta. - Alzó la lanza hacia él.
Black gruño. - Sigo dudando de ese pincho.
Llegaron a la orilla del lago, las altas moles de roca se erguían oscuras e imponentes. - Arriba. - Jadeó la castaña. - Tendremos más ventaja.
-Intentaré distraerlo. - Espetó el animago.
Ella lo miró con una mueca de burla. - ¡Si te crees capaz! Parece que le gustas.- Saltó con la agilidad de un gato sobre una roca más alta que un hombre adulto, otro salto y se encaramó a otra próxima aun más alta, Sirius la siguió como pudo.
El Toro irrumpió enfurecido, desgarrando rocas y árboles a su paso, rugió lanzando una potente llamarada contra ellos, Black apenas reacciono y con un protego genero un escudo que impidió que se achicharrasen. La bestia llegó a los pies de las rocas, alzó la cabeza y miró con esos ojos vacíos y sus fauces entre abiertas.
-Estuvo cerca. – Soplo el animago, secándose el sudor se la frente con la manga, se giró y miró a la joven subida en un bloque más elevado, empuñaba la lanza con ambas manos, sus ojos verdes fijos en los de la bestia, su mandíbula apretada con furia.
El monstruo bramó de nuevo, y embistió las rocas con furia, ambos magos tuvieron que hacer serios esfuerzos para mantener el equilibrio sobre ellas. – No puedo creer que los hechizos no lo dañen. – Gritó de nuevo Sirius, alzó su varita contra el Toro. – Bombarda Maxima.
Sus ojos se abrieron de par en par, y soltó el aire de golpe. Esperaba que el hechizo hubiera generado una explosión contra el bicho, que por lo menos lo hubiera hecho retroceder. Pero muy al contrario, el diablo aspiró profundamente al recibir la energía del hechizo, se hinchó más aun, sus llamas se hicieron más intensas.
-Ya lo dijo tu amigo. – Bramó la chica tras él. – Absorbe la magia, se alimenta de ella.
La sola mención de Quejicus como su "amigo" le hizo fruncir el ceño y dar un gruñido. - ¿Y como que tu ataque le afecto?
-Idiota. – Escupió ella. Él la miró indignado. – Eso no fue un hechizo, era la fuerza del rayo canalizada por mi espada. La propia fuerza elemental.
La bestia volvió a embestir, con más fuerza si cabía, la mole de roca donde se hallaba Black, se inclinó peligrosamente, con un ágil salto se encaramo a otra roca más alta. Arrancándole otro rugido al bicho que parecía más obcecado con él
-¡Ahora! – Gritó la chica. Saltó sobre su lomo con la lanza en vertical apuntando hacia él, tratando de cargar todo el peso de su cuerpo en la hoja.
Todo ocurrió ante los ojos de Black como fogonazos a cámara lenta. Ella elevándose por los aires en un potente salto, con los dientes apretados, sus ojos llameantes, su alborotado cabello sacudiéndose a su espalda. Dio un potente grito de guerra y cayó sobre él con todo su peso, el fogonazo.
Fue como si una nube de gas se hubiera incendiado, la deflagración, se elevó como una columna de fuego para luego desmoronarse y barrer todo a su alrededor como una bomba incendiaria. Black gritó cuando salió disparado con sus ropas ardiendo, impacto con fuerza sobre el suelo, y semiinconsciente comenzó a rodar sobre sí mismo para apagar las llamas que lo envolvían. Con su cabeza funcionando de nuevo se incorporó sobre sus codos, y ahogo un gemido de angustia.
Allí estaba de nuevo, furioso, con sus fauces goteando acido que hervía al tocar el suelo, la lanza estaba incrustada sobre su lomo, pero no parecía afectarle, rugió de nuevo, y sacudiéndose con violencia, su cuerpo se incendio de nuevo y la lanza se vio reducida a cenizas que se esparcieron sobre él. – "Melisande."- Su mirada vacía fija en la muchacha que se retorcía en el suelo a metros de él, su largo cabello estaba algo chamuscado, y se dolía de un costado. Lentamente y con un gesto de dolor abrió sus verdes ojos y miró al demonio a los ojos, estaba aterrada, pero no lo demostraría, lo último que le ofrecería a la bestia seria su mejor mirada de desprecio.
Ella se aferraba al muro de la torre tan fuerte que sus nudillos estaban blancos, estaba tensa, ansiosa, las llamas se reflejaban en sus ojos azules y en sus rasgos dándole un aire aun más irreal.
Severus a su espalda dudaba. Una parte de él debía acudir a enfrentar a la bestia, pero otra lo instaba a no dejarla sola, temía de veras por ella.
De pronto ocurrió, fue como un violento destello que pasó de blanco a anaranjado, fue como el estallido de una bomba muggle. Contuvo su respiración ante el espectáculo, esa horrible sensación había vuelto a su pecho, la columna de fuego incandescente te elevo en la noche con una altura que se perdía en las nubes, para caer hacia dentro en un colapso extenderse en una onda expansiva devastadora a sus pies. Y entonces ella gimió y se desplomó hacia el suelo como un peso muerto, apenas pudo sostenerla entre sus brazos.
La sostuvo contra sí. Por un instante pensó lo peor, no se movía, ni respiraba. La angustia se hizo aun más fuerte, su cabeza era un remolino de ideas y de sentimientos, no podía ocurrir, no podía perderla, ahora que la había encontrado. Todo su aplomo y auto control, fraguado en sus años como mortifago y espía, se estaba resquebrajando, se dejó resbalar de rodillas al suelo con ella en sus brazos. Con una mano temblorosa acarició su rostro, retirando los blancos cabellos de su rostro.
Miró al cielo y se maldijo por dentro. Tenía que haberlo sabido, ella misma se lo había dicho. Ella y el Toro eran las dos caras de la misma magia, si uno era destruido el otro lo sería también. Ella lo sabía desde el principio y aun así había callado. Hundido dejó caer su cabeza sobre la de ella, apoyando su frente sobre la de la chica, hubiera deseado tanto poder tenerla así, de otra forma, demostrándole todo lo que sentía.
Sus ojos negros, se abrieron de par en par al notarlo, la calidez de su débil aliento sobre su rostro, viva, estaba viva. Sintió un tremendo impulso de besarla, pero no se atrevió. De golpe se puso en pie y la cargó en brazos para llevarla a la enfermería.
Caminó apenas dos pasos y se acordó de ellos. Ella seguía viva, luego el Toro también, entonces Black y Melisande…se volvió de nuevo, las llamas había vuelto a su tamaño, pero había algo distinto en ellas, algo siniestro…mortal
-Sáquelos…de allí. - Bajó la vista a ella, sus ojos azules le miraban suplicantes, su hermoso rostro marcado de fatiga y dolor, sus puños se aferraban a su pecho. - Va a matar…quiere sangre.
-No puedo dejarla.
Su delicada mano acarició su rostro. - Severus…
Escucharla susurrar su nombre, la suave caricia de su mano, le hizo estremecerse de los pies a la cabeza, deseaba tanto besarla, parpadeó varias veces tratando de salir de su ensimismamiento. Resopló con desgana, miró al cielo e hizo una mueca sarcástica. - ¡Gryffindors! – Graznó, mientras la dejaba apoyar nuevamente sus pies en el suelo, bajo su rostro hacia ella, y esbozó una media sonrisa. – Siempre con su loca valentía. ¿Qué sería de ellos sin un Slytherin para salvar los trastos?
Ella se sintió vacía cuando la dejó ir de sus brazos, sin decir nada lo miró acercarse al borde de la torre. También sintió miedo por él, ¿Qué sería de ella si no volvía? Siempre había estado sola, desde el principio de los tiempos, y de pronto sentía que sin ese humano a su lado no era nada, lo necesitaba, sentía que su existencia tenía sentido solo para él.
Él se giró y le dedicó una última mirada, frunció el ceño con una expresión similar a la que usaba con sus alumnos. – No haga ninguna tontería, no se mueva de aquí. – Siseó.
Selena solo recostó su espalda contra el muro, y envuelto en una humareda negra se volatilizó en el aire.
La castaña retrocedía en el suelo, apoyando su peso en los brazos y empujándose con las piernas, sin apartar los ojos del monstruo, estaba como hipnotizada mirándolo, como si viera la misma imagen de la muerte en llamas. La bestia ladeó la cabeza, la miraba con un gesto de recelo en su fiero rostro, los ojos vacíos se estrechaban amenazadoramente, bufó con un ronquido, y avanzó un paso, consciente de su superioridad.
Su espada. Su mano la buscó a tientas en su cinto, pero había desaparecido, la explosión habría hecho que saliera despedida, tragó saliva, todo estaba perdido. Otro pasó más y el monstruo rugió lanzando sobre ella su ardiente aliento. Con un gemido se encogió sobre si misma tratando de cubrirse del fuego.
Abrió sus ojos verdes, al sentir la presión sobre su cuerpo, giró la cara hacia él, y abrió la boca tratando de protestar.
El maldito mago estaba sobre ella, cubriéndola con su cuerpo, sosteniendo aquel ridículo trozo de madera ante el Toro, una barrera blanca había impedido que las llamas la abrasasen, su adversario revolvió la cabeza, y los miró con odio. Black la miró con una sonrisa forzada. – Reacciona. ¿No esperaras que te cargue? – Espetó con burla.
Ella gruñó y con un seco empujón lo aparto de encima de ella, se incorporó a trompicones. – ¡No necesitaba tu ayuda! – Le gritó indignada.
Sin bajar su barrera y manteniéndole la mirada a la bestia, Sirius hizo una mueca jocosa. – OHHHH SIII. Disculpe su alteza, por evitar que este bicho la tostase vuelta y vuelta. – Gritó con su tono más burlesco.
-Imbécil. –Escupió la castaña, buscando su espada con la vista.
El Toro se limitaba a mirarlos, estudiándolos, sus vacíos ojos se estrecharon con una mueca de recelo. Algo más llamó su atención, sobre las rocas se formó un remolino de humo negro, con el acostumbrado revuelo de su capa negra, Severus apareció entre el humo. Sus ojos negros fijos en la bestia, eran dos rendijas llenas de odio, la comisura de sus labios se curvó levemente en una mueca de profundo asco, chasqueó la lengua, y el monstruo aspiró con un rugido. - ¿Qué pasa Black? ¿Jugando a los rodeos? – Escupió con profundo desdén. – Yo que pensaba encontrarte a la plancha y al punto.
Sin aviso la mano del animago se cerró en el brazo de la chica, que dio un grito de protesta. – Quien te dio vela, Quejicus. – Masculló.
Severus dirigió su vista hacia la extraña pareja, su ceja se alzó con su más puro gesto de sarcasmo. – No tenía nada mejor que hacer…además me encanta salvar tu culo de Gryffindor bocazas. – Chasqueó la lengua y sus labios se curvaron en una media sonrisa. – Así te lo podré restregar un par de años.
-¡Murciélago!
Los tres callaron un instante, el monstruo seguía con los ojos fijos en Snape, como hipnotizado, sus fauces entreabiertas dejando caer chorros de acido al suelo, su hocico parecía husmear el aire, buscándolo.
-Desaparécete, chucho, los dos estáis heridos, era lo que tenias que haber hecho de tener un par de dedos de frente. – Bramó desde la roca, su varita apuntando al Toro.
-Siempre dije que tenías mano con los bichos asquerosos. Creo que le gustas.
-La huele. – Dijo la castaña, llamando la atención de Black y Severus. – Siente su magia sobre él, la magia del unicornio.
-¡Iros ya! – Bramó desde la roca, cuando el toro comenzó a avanzar hacia él.
Sirius empujó a la chica bruscamente contra su cuerpo, y en un fogonazo se volatilizaron en el aire, dejando tras de sí el eco de un insulto de la chica
Solo frente a la bestia Snape aspiró profundamente, de nuevo lo observaba desde abajo con recelo, por algún motivo no se atrevía a atacar.
Su rostro se tensó más si cabía, y lo miró a los ojos. - ¿Quién te envía?, Maldita bestia, quien. – Despacio lo apuntó con la varita, Albus le había advertido del peligro que podía suponer entrar en la mente de un ser como aquel, pero debía intentarlo, necesitaban respuestas. – Legieremens.
El fogonazo sacudió su mente, miles de imágenes inconexas lo bombardearon de golpe, imágenes de épocas pasadas, el fuego, el odio, la sensación de vacío, la nada, la oscuridad que lo engullía y sobre todo el dolor, un dolor superior a cualquier maldición imperdonable que laceraba su propia consciencia. Algo se dibujó de manera más clara, un extraño medallón que desprendía una energía siniestra, del color de la sangre, luchó por mantener la conexión un instante más, y lo vio, algo aun más borroso, lo que parecía el rostro de un anciano, con una horrible mueca en su rostro.
El dolor casi lo llevó a desfallecer, dando un fuerte grito salió de su mente, se tambaleó, sobre la roca, a duras penas mantenía el equilibrio. La bestia lo miraba desconcertado, parpadeó varias veces, parecía tan afectado como él.
Apretando los dientes, alzó su varita y con sus últimas fuerzas, se desvaneció de nuevo en el aire.
