Un beso muy grande Amia Snape, Mi Psque que me animan continuamente con sus comentarios. Otro muy fuerte a Lylbet y a McGo ^^

Y a todos los que siguen este fic aunque no dejen review.

24. Consecuencias de una Noche accidentada I.

No podía ni abrir los ojos, un terrible olor laceraba sus sienes. Maldijo entre dientes y se llevó la mano a la cabeza.

Poco a poco consiguió abrir los ojos, parpadeo varias veces con la vista clavada en el techo, y resoplo con hastió.

-De vuelta entre los vivos. – Apretó los dientes, con un gesto de dolor, la cantarían voz de Poppy había sonado en su cabeza como un martillazo.

Sacudió la cabeza, cerró los ojos y soltó un quejido. Al volverlos abrir la vieja enfermera lo miraba con la misma cara que una madre a punto de abroncarlo.

-Severus Snape, Creo recordar que Dumbledore te advirtió del peligro de usar la legeremancia en el unicornio. – Le reprocho la mujer.

-No fue con ella. – Se justificó él, tenía la boca como si hubiera tragado cal.

La mujer frunció el ceño. – Ese ser es de su misma naturaleza, por lo tanto la advertencia era extensible. – Snape hizo una mueca de sarcasmo. – Sigues siendo el mismo cabezota insufrible que cuando eras un crio.

El hombre esbozó una medio sonrisa. – No eres mi madre Poppy, y ya no tengo edad para que me sermonees.

La Sra. Pomfrey rió alegremente. – Pues a veces no encuentro mucha diferencia entre tú y los chicos. – Severus alzó la cabeza y la miró enarcando una ceja. – Además llevo cuidando de ti casi desde que tenías 11 años, así que me creo con derecho a regañarte cuando lo merezcas.

-Si mama. – graznó con burla.

-Nunca cambiaras. - Suspiró la mujer.

Severus se removió lentamente en la cama, no tenía ni idea del tiempo que llevaba en la enfermería, pero por lo menos el dolor de cabeza comenzaba a remitir. La miró esbozando una medio sonrisa. - No te he dado las gracias por cuidar de mi otra vez.

-Ni tienes que dármelas, no me he enterado de nada hasta esta mañana. - Snape parpadeó sorprendido.

-Entonces como…

-Fue la Srta. Selena. - La mujer sonrío dulcemente. - Cuando llegue esta mañana, estaba sentada a tu lado, tomándote de la mano, parecía tan angustiada.

Él parpadeó incrédulo. -Ella…- Tartamudeó pasmado. - Ella…cuido de mí.

-Si, y lo hizo muy bien además, tiene las mejores dotes para medí maga que he visto en mi carrera.- Suspiró. -Esa muchacha es maravillosa, sería estupendo que me tomase el relevo cuando me jubile.

El mago abrió los ojos, y su rostro se tensó, con un rápido gesto alzó la sabana y se miró. Estaba en boxers, solo en boxers. Miró de nuevo a Poppy con cara de indignación. - ¿Has…?

-No deberías andarte con tanto remilgo, yo ya te tengo muy visto. - Rió de nuevo la mujer mientras preparaba una mezcla para la jaqueca. -Pero fue la señorita quien se ocupo de ti, ya te lo he dicho.

Ella, ella lo había desvestido, solo imaginarla, sus delicados dedos desabotonando su levita, rozando su piel a retirar la camisa le hizo estremecerse.

Salió de sus pensamientos, Poppy le tendía el vaso con la poción y lo miraba con una media sonrisa. -¿Qué hora es? ¿Cuánto he estado inconsciente?- Espetó cambiando de tema.

-Ya es pasado el medio día. - Contestó con tranquilidad.

Él se incorporó de golpe. - Mierda, mis clases.

-No te apures. Solo tenías clases con los de primero esta mañana y no creo que te hayan echado de menos. Minerva se ocupó de ellos.

-¡Menudo alivio! –Gruño de mala gana, engullendo la poción de un trago. Se sentó en la cama y apoyó los pies en el suelo.

-¿Dónde crees que vas? - Preguntó la mujer cruzándose de brazos con gesto de desaprobación.

Enarcó una ceja con sarcasmo. -Si me devuelves mi ropa a mi despacho, esta tarde tengo clase con Slytherin y Gryffindor de sexto, ni siquiera el señor tenebroso me pudo privar del placer de atormentarles.

La enfermera dio un respingo y sacudió la cabeza incrédula. - No cambiaras, no. - Abrió el armario y descolgó sus ropas negras.

Tomó las ropas que le tendía y comenzó a vestirse. Le importaban sus clases de la tarde, pero mucho más afrontar a cierta joven de profundos ojos azules.

-¿Estas bien? - Musitó Ginny Weasley, llevaba tiempo observando a la chica unicornio, su mirada perdida, suspiraba de tanto en tanto, las tres chicas descansaban en el dormitorio de Hermione antes de las clases de la tarde.

-Ese bicho apareció anoche otra vez, ¿Qué esperas mujer?- Espetó Granger.

Selena, miró a sus amigas. - Solo estoy un poco cansada.

-Todo por haber cuidado del Murciélago. - Dijo la pelirroja arrugando el ceño.

Ella le dirigió una mirada de reproche. -No…no me gusta que le llaméis así.

Hermione le dio un codazo a Ginny. Las dos se quedaron un momento mirando a la chica en silencio, estaba apoyada en el marco de la ventana, abrazada a si misma, con la mirada perdida en las profundas aguas del lago. La castaña se levantó de su sillón y se acercó a ella, miró un momento el paisaje, y luego a Selena. - ¿Sigues extrañando tu bosque?

Selena sonrío vagamente. - La sensación ya no es la misma que al principio, los echo de menos. - Suspiró. -Pero no es lo mismo.

-Ahora hay otras cosas…- Granger le pasó un brazo por el hombro en un gesto de afecto, ella no lo rehuyó, al contrario se sentía reconfortada por su abrazo.

-Si, hay otras cosas, otras sensaciones…-Musitó.

Ginny sonrió desde la cama. -Sentimientos.

Ella se volvió y la miró. -Sí, sentimientos.

La pelirroja miró el reloj, con hastío. -Se acabo la charla.

-Si tenemos transformaciones. ¿Estarás bien? - Le preguntó sonriente a la unicornio, ella asintió y esbozó una sonrisa. - Entonces te vemos luego.

Las dos jóvenes tomaron sus libros y salieron rápidamente por la puerta, dejando a su amiga sumida en sus pensamientos. Evocando cada detalle de esa accidentada noche.

La noche anterior había sido una pesadilla, Sirius y Melisande estuvieron a punto de morir por ella. Por un momento ella misma pensó que moriría, pero el Toro era demasiado poderoso, mucho más que su raza, inmune no solo a la magia sino también a la espada. Volvió a recordar todos los unicornios que habían caído bajo el acero, el grito que había resonado en su mente con cada uno de ellos.

Pero lo que más dolía era que él había estado en peligro, por ella. Se sintió turbada cuando la encontró en la escalera, mucho más cuando la siguió hasta la torre. Deseaba estar sola, pero la conexión entre ellos se había intensificado, extrañamente, mientras el poder del unicornio se iba desvaneciendo dentro de esa forma humana, otro tipo de conexión distinta a la magia surgía entre ellos, o tal vez era otro tipo de magia desconocida por ella. De algún modo el sentía su dolor, sentía cuando estaba en peligro, y surgía de las sombras para protegerla, como un caballero oscuro.

En ese momento, cuando el dolor la desgarró por dentro, y las tinieblas la cubrieron, de todos sus siglos de existencia solo una imagen apareció en su mente, la del joven de negros cabellos que dormía bajo su roble, sus ojos negros al despertar, mirándola con anhelo.

Pero no había muerto, sintió que alguien la llevaba en brazos, estaba tan fatigada, abrió los ojos lentamente y se encontró con que él también la miraba angustiado, se sentía tan bien en sus brazos. Le suplicó que corriera a ayudar a los otros, él vaciló un instante, no porque no quisiera hacerlo, sino porque temía dejarla sola, su nombre escapo de sus labios como un susurro. – "Severus." – E inconscientemente alzó su mano para posarla en su rostro, sintiendo el estremecimiento que su tacto provocó en él, el gesto de un impulso reprimido.

Y él desapareció, dejándola sola con sus pensamientos, con sus extraños sentimientos, y tan vacía.

Los segundos fueron eternos, hasta que en un destello blanco, aparecieron Black y Melisande, los dos aferrados el uno al otro, chamuscados, con algunas heridas. De golpe ambos se dieron cuenta de su cercanía y se separaron bruscamente, ella lo empujó con un gesto de indignación, los dos trastabillaron y casi cayeron al suelo. Black se giró y miró a la castaña con rabia.

-¿Estáis bien? – Había preguntado acercándose a la Dama Dragón que se frotaba el brazo izquierdo, tenía los dientes apretados en un gesto de rabia. Estaba más herida en su orgullo que en su cuerpo.

-Creo que sí, pero ese bicho es peor que lo que pensé. – Gruño el animago, volvió a mirar a la castaña con rabia, ella le devolvió una mirada de odio.

Selena sacudió la cabeza, eran tan complicados los humanos, tan raros en eso que ellos llamaban relaciones.

-Snape aun está allí. – Le dijo la chica, ella se volvió ansiosa hacia el lugar donde las llamas permanecían estáticas. La castaña la tomó de la mano tratando de calmarla.

-En cuanto apareció el Bicho acudió a él como a un imán. – Espetó preocupado Black.

-El Toro es ciego, de alguna forma sintió tu magia en él. Eso hizo que dejara de acosarnos.

Black se acercó a ellas, le sonrió. – Quejicus es un carbón con recursos. Dudo que esa cosa pueda con él.

Un remolino de humo negro se materializó a metros de ellos, la imponente figura envuelta en sus túnicas negras del profesor apareció. Ella no pudo retener el impulso de correr a él, necesitaba hablarle, tocarle, saber que estaba bien, pero se paró en seco.

Él estaba inmóvil sus ojos vacios miraban a la nada, su rostro había adquirido un tono aun más blanco y estaba cubierto por un sudor frio, su mandíbula estaba rígida, su mano aferraba la varita completamente agarrotada, todo él era como una estatua. Sus rodillas cedieron y cayó al suelo como un peso muerto.

Ella gimió y se precipitó sobre él, no parecía herido, pero su respiración era dificultosa. Melisande le ayudó a incorporarlo, seguía con los ojos abiertos y la mirada perdida.

-Mierda, ¿No habrá intentado…? – Masculló Black, blandiendo su varita. – Maldito murciélago cabezota, siempre haciendo lo que le sale de las narices…- Apuntó hacia él. Selena lo miró asustada, pero sabía que no le haría daño. –Finite incantatem.

Severus emitió un jadeo, sus ojos se cerraron, y la rigidez de su cuerpo desapareció, pero había perdido el conocimiento.

-¡Maldito idiota!, se merece que le deje aquí tirado. Albus le advirtió el uso de la Legeremancia, contigo o con ese bicho, y aun así lo ha hecho, ¡el muy imbécil!

-¿Legeremancia? – Preguntó la castaña.

-Si, el poder de introducirte en la mente de otro, Quejicus es un maestro en ello y el oclumancia. – Escupió el animago. – Pero esto le quedo grande.

Ella seguía ajena a la conversación, con la cabeza de Severus apoyada en su regazo acariciaba su rostro, estaba frio y húmedo.

Black se quedó callado y la miró. – Habrá que llevarle a la enfermería y avisar a la señora Pomfrey.

Ella negó con la cabeza. – Ayudadme a llevarle, pero no la despertéis, yo me ocupare, se lo que debo hacer. Solo necesita descansar, aunque cuando despierte tendrá una horrible jaqueca que le durará un par de días.

Black asintió, y levitando al profesor se dirigieron a la enfermería. Una vez allí lo tumbaron en una cama, ella le sacó los zapatos y se arrodilló a su lado y siguió acariciando su rostro.

Sirius la miraba con el gesto torcido. – Si que es un carbón con suerte. –Espetó para sí.

Melisande se giró hacia él y lo miró con gesto de reproche, él solo le dedicó una burlona sonrisa. Selena la miró. – Estáis heridos, y no…

-No te apures, solo son rasguños y alguna quemadura. – Le cortó Black, mientras agarraba unos frascos del armario cercano. – Con estas pociones, será suficiente, cuida del grasiento. – El animago le guiñó el ojo, con picardía haciendo que ella se sonrojase.

-Imbécil. – Gruñó la castaña empujándolo hacia la puerta. Black quiso protestar pero se calló al ver la mirada asesina de la guerrera.

Ella apenas se dio cuenta cuando los dos salieron de la enfermería, el eco de su discusión se fue oyendo cada vez más lejano, hasta terminar sumidos en el silencio. Cerró los ojos y se concentró en su estado, no se había equivocado, su magia actuaba en él, restaurando a mayor velocidad de la normal todos los daños que su intrusión en una mente inmortal habían ocasionado en la suya. – Ciertamente es un cabezota profesor. – Susurró con una sonrisa de alivio.

Lo miró confundida. Debía hacer algo, pero que. Poppy le había explicado cómo actuar con un enfermo, sabía que debía desvestirle y arroparle. Desvestirle. Sus ojos azules se fijaron en él, su pecho subía y bajaba con una respiración entrecortada, la interminable fila de botones de su levita, ella tragó saliva. Sus manos temblorosas se dirigieron a los botones, vacilante comenzó a despasarlos. Sintió el ardor aumentar en sus mejillas, y en sus entrañas a medida que avanzaba por la interminable hilera. Sentía un sinfín de emociones mezcladas, curiosidad, vergüenza, anhelo, timidez, casi le costaba más respirar que a él.

Con esfuerzo movió el cuerpo y retiró la chaqueta, la sostuvo un instante en sus manos y aspiró su aroma, finalmente la dejó cuidadosamente sobre una silla cercana. Volvió hacia él y comenzó con la camisa blanca, sintió un estremecimiento al sentir la piel de él en sus dedos al ir soltando los botones, sentía una desesperada necesidad de tocarle, de explorarle, estaba a su merced, y ella se sentía un poco mal por ello.

Poco a poco fue descubriendo su pecho, se quedó mirándolo fascinada como ascendía y bajaba al ritmo de su respiración, tan diferente a su cuerpo humano, a las redondeces de su cuerpo de mujer, era delgado pero sus fuertes músculos se dibujaban perfectamente bajo su pálida piel, y las cicatrices… un gemido de dolor se escapó de sus labios al verlas, las marcas blanquecinas que lo atravesaban por doquier, a cual más grande y más terrible. Acercó la mano y acarició su torso, sus dedos delinearon cada marca, sintiendo la textura suave de las mismas. – "Tanto dolor" – Musitó para sí.

Ella sintió un gran desasosiego, él había sufrido lo indecible, y había sobrevivido a todo ello. Sus dedos recorrieron una profunda marca que partía casi del hombro derecho y bajaba zigzagueante hasta perderse dentro del pantalón. Estaba segura, sin la protección que ella le había brindado aquel día, no hubiera sobrevivido a esas terribles heridas. Él suspiró en su inconsciencia, haciendo que apartase su mano bruscamente, ¿acaso él notaba lo que hacía? Lo observó por un instante, sabía que sus mejillas ardían, y él seguía tan pálido. Miró de nuevo su torso, la línea de vello oscuro que se perdía en el pantalón.

Ginny se lo había explicado, las diferencias entre el cuerpo de un hombre y el suyo, lo había apreciado viendo como les sentaban las ropas, pero poder verlo, tocarlo, era tan diferente, tan embriagador. Con sumo cuidado, comenzó a soltar la hebilla del cinturón, tenía mucho cuidado, sabia por lo que la pelirroja le había contado que allí estaba la "zona sensible" de los hombres, o como decía Hermione, "aquello con lo que principalmente pensaban". Esbozó una sonrisa al recordar el enfado de su amiga aquella noche, como ella le había mirado extrañada ante la afirmación, la chica se había reído a carcajada limpia al ver su expresión, le había dicho que no era algo literal pero que se podía aplicar en determinadas situaciones. Aquella había sido otra de sus "conversaciones de mujeres" tremendamente reveladora.

Se mordió el labio inferior, y con cuidado de no tocar demasiado bajó la cremallera del pantalón, bajo este el profesor llevaba un apretado bóxer verde oscuro, demasiado apretado, estiró del pantalón y con cuidado se lo sacó por los pies. Sus piernas fuertes y delgadas estaban igualmente llenas de cicatrices, las miró detenidamente, intentaba no mirar aquel bulto, pero no podía evitarlo, era tan grande. Las chicas le habían explicado, como eran y cómo funcionaban…pero verlo. Estuvo francamente tentada, sacudió la cabeza, no, no lo haría, eso sería demasiado. Tratando de desviar su mente de aquello, terminó de retirarle la camisa que dejó junto a la levita y el pantalón en la silla. Se volvió de nuevo a él, y sus ojos volvieron a fijarse en aquello.

Se encogió levemente, miró el rostro de Severus, sus rasgos parecían más relajados, las visiones habrían remitido paulatinamente al cortar el vínculo con el Toro. Se acercó de nuevo y volvió a mirar el bulto, sentía tanta curiosidad. Ladeó la cabeza y se llevó el dedo índice a los labios mordisqueándolo nerviosa. Se inclinó con cuidado, echando una ojeada de vez en cuando a su rostro. Su mano temblorosa se acercó al bulto en cuestión como si fuera un animal que pudiera morderla en cualquier momento, y sus dedos lo rozaron con cuidado, se estremeció al notar la textura de la carne y el musculo bajo la fina prenda, era mucho más diferente aun en esa zona, presionó un poco más, algo la sobresaltó, haciendo que retirase su mano de golpe, aquello se movió, apenas fue una pulsación hacia delante, hinchándose y endureciéndose un poco. ¿Podía ser acaso tan sensible? ¿Tenía vida propia? ¿Acaso pensaba como decía Herms?

Con sumo cuidado acercó de nuevo su mano, y lo rozó de nuevo con las yemas de los dedos, aplicando apenas una leve presión, y volvió a saltar, aquello volvió a moverse, pero esta vez él gimió en su inconsciencia. Ella emitió una risa nerviosa, se había atrevido a demasiado. Desecho cualquier idea de continuar con su "investigación".

Con cuidado lo arropó y se quedó sentada en el suelo, junto a su cama, sujetando su mano entre las suyas, dejando que su magia fluyera hacia él, acelerando su recuperación, apoyó la cabeza en la almohada junto a la suya, mirándolo. Acarició suavemente las duras facciones de su rostro, su nariz prominente, delineó con su dedo sus finos labios entreabiertos.

Sin saber como el sueño la terminó venciendo, y así la había encontrado Poppy por la mañana cuando apareció en la enfermería. La despertó con sumo cuidado, le ofreció una reconfortante taza de té, mientras escuchaba lo ocurrido la noche anterior. Cariñosamente la convenció para que se marchase a descansar a la torre Gryffindor, y a regañadientes accedió.

Lo miró un instante antes de salir y dirigirse a la habitación que compartía con la prefecta de Gryffindor, se cruzó por el camino con el barullo de alumnos que acudían al comedor a desayunar, pero ella parecía no verlos, solo podía pensar en él.

Llegó a la sala común donde Hermione y las demás la recibieron preocupadas, la castaña se había sobresaltado al no encontrarla en la cama por la mañana.

-Fue otro ataque, anoche. – Musitó suavemente. – Estoy bien de veras, solo necesito descansar.

Evitando sus preguntas encaró las escaleras para caer a plomo sobre su cama.

Se encogió y se abrazó a sí misma, cerró los ojos y evocó de nuevo la textura de su piel en sus dedos, su aroma inconfundible que aun inundaba sus fosas nasales, suspiró profundamente. Y allí se había quedado inmóvil hasta que sus amigas volvieron, con sus risas, sus preguntas y su alegre parloteo. Tuvo que contar lo que había ocurrido, como al final se había quedado en la enfermería cuidando de su arisco profesor. Mientras lo contaba, la forma en que la miraba su compañera de habitación le hacía pensar que sabía algo, de alguna forma Hermione sospechaba de sus sentimientos hacia él. Y sabía también que ella tenía algo más de aprecio por el "murciélago" que su amiga.

Trató de alejar sus pensamientos, ella era un unicornio, debía desterrar esos sentimientos, esas ideas absurdas, pero la superaba, ¿Acaso se estaba volviendo loca? Sacudió su cabeza, necesitaba comer, tal vez algo dulce la calmaría, eso que sus amigas llamaban divertidamente el sustituto del sexo. Y que le gustaba tanto, chocolate.

Sin pensarlo demasiado salió de la sala común y se dirigió a las cocinas.