25. Consecuencias de una Noche accidentada II.
-Maldito chucho asqueroso. – Gruñó la castaña, su mirada pérdida, mientras removía ausente con una cuchara el contenido de una copa con helado de vainilla y toffe. – Mil veces maldito.
Con un grito de rabia se puso de pie y estrelló la copa contra la pared de enfrente, un elfo domestico la miro con una mezcla de miedo y preocupación. Ella se dio cuenta de la mirada de la criatura, y lo que acababa de hacer. – Lo…siento…yo…- La mirada elfo se dulcifico, conocía de sobra las crisis emocionales de los humanos. - …Yo lo limpiare.
El elfo negó con la cabeza. – La señorita no debe preocuparse, esa es tarea de elfo bueno, elfo preocupado por señorita de ojos bonitos. –La joven sonrió vagamente, sentía una especial simpatía por esas serviciales criaturas de grandes ojos saltones. – Elfo bueno preparará una infusión para calmar nervios de la señorita bonita.
Lo vio marcharse con su alegre contoneo, con un respingo se hundió en su asiento, sacó su daga del cinto y comenzó a juguetear con ella. – ¡Maldito bastardo! – Volvió a gruñir, ya apenas recordaba el punzante dolor de su costado, y la quemadura del brazo izquierdo, le dolía mucho más la herida en su orgullo, el muy maldito la había salvado de esa bestia, se había interpuesto en ese último momento dejándola confundida y humillada.
Y luego para colmo, lo que había pasado en aquel pasillo. - ¿Cómo te atreviste? ¿Cómo? – Con fuerza clavó el puñal en la madera de la mesa, como hubiera deseado calvárselo a él. – Te matare.
Pero algo a parte de la rabia, hervía dentro de ella, sintió el rubor en sus mejillas, y esa sensación de ahogo. Como cuando estuvo desnudo ante ella, se sentía tan …desarmada. ¿Cómo era posible que semejante impresentable causase esas sensaciones en ella? ¿Cómo había osado llegar a tal atrevimiento? ¿Cómo había sido ella capaz de permitírselo?
Sentía que toda esa rabia que llevaba dentro desde la misma tarde estaba a punto de estallar, el muy cerdo la había espiado, a ella. Escondido tras un árbol como un maldito crio pervertido, y lo había humillado por ello, aunque ahora lamentaba no haberle cortado el cuello allí mismo, o tal vez otra cosa …Dio un fuerte grito de rabia, que asustó al pequeño elfo que en ese momento le traía la infusión.
Él la miró con cierto recelo, y coloco la humeante taza delante de ella en la mesa. – Tómese esto, le hará bien a la señorita. -Ella solo gruñó, el elfo sonrió y desapareció velozmente de las cocinas.
-Maldito chucho. – Escupió de nuevo, se llevó la taza a los labios y engulló el contenido de un sorbo, dejó la taza con un golpe seco.
Era un bastardo, un arrogante bastardo. La humillación a la que lo había sometido, no había servido de nada, al contrario, lo leyó en sus ojos al llegar a aquella cabaña, esa mirada arrogante, desafiante. La burla en su tono de voz, se vanagloriaba de despreciarla, a ella, que había sido pretendida por reyes y príncipes, a ella cuya hermosura y fiereza eran cantadas por los juglares de toda Britania. Y él osaba despreciarla, y burlarse de ella. – ¿Yo miedo? – Se jacto en voz alta. – Maldito seas, Sirius Black.
Y no se equivocaba, le temía, su trauma, su juramento de no pertenecer a ningún hombre que no fuera capaz de someterla por la espada, y aunque le doliera admitirlo, él lo había logrado, en aquel primer encuentro consiguió tenerla a su merced. Y la forma en que su cuerpo traidor ardía con sus miradas, con su cercanía, le aterraban.
Y aquella noche, todo había estallado.
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Después de su enfrentamiento con la bestia, él la había envuelto en sus brazos para sacarla de allí, por un momento perdió la noción de todo, el tacto de sus músculos firmes bajo sus ropas, y su masculino aroma la habían embotado sus sentidos, más allá de los efectos del hechizo de desaparición. No supo cuanto tiempo se quedo en sus brazos. Pero cuando fue consciente de lo que ocurría lo apartó de ella con un empujón, los dos se miraron, ella con odio, él como siempre con esa cínica sonrisa de seductor, que ella odiaba, o creía odiar. Sintió unas ganas terribles de golpearlo, y lo hubiera hecho de no ser que la unicornio estaba también en lo alto de aquella torre.
La muchacha les miraba angustiada al ver que Snape no había regresado con ellos, cuando le dijeron que se había quedado a afrontar al Toro, sintió una gran ternura y pena por ella. Su madre le había contado miles de veces la historia de Amalthea, a menudo lloraba al recordarla, aunque bueno su madre lloraba por casi todo. Por ella conocía su sufrimiento, su confusión, tenía una idea de lo que ella debía de estar sintiendo, conocía el destino que les podía aguardar a ambos. Una vez retomada su forma, el destino para ella algo mucho peor que la muerte, una eterna condena a la soledad y el remordimiento. Era algo tan cruel, tan injusto.
Todo fue muy rápido, la aparición de él en ese estado de shock, las carreras a la enfermería, los comentarios socarrones del maldito hacia su compañero. Miró de mala manera al animago, mientras este remoloneaba con esas estúpidas botellitas. ¿Es que acaso ese imbécil no los iba a dejar solos? ¿Es que no se daba cuenta de lo que la chica sentía? ¡HOMBRES!
-¡Imbécil! - Le había espetado dándole un empujón hacia la puerta. Y mirándole aun más irritada cuando él trató de protestar.
Sin más salieron a empujones por la puerta, y la cerró tras de sí. – Es que acaso tampoco tienes ojos, solemne majadero. Aquí sobramos. - Gruñó, mirándole con el ceño fruncido.
– No soy tonto, además molestar a Quejicus no tiene incentivo si esta inconsciente. -Con una amplia sonrisa plantó su mano que sostenía una botellita con un líquido azulado en su interior, ante sus narices. - Solo pensaba que necesitarías esto. – Ella lo miró interrogante. -Poción regeneradora, para las quemaduras.
Se llevó inconscientemente la mano al brazo izquierdo, la manga de su casaca de cuero estaba rasgada por encima del codo, palpó con cuidado la fea herida supurante que llegaba casi hasta su hombro, le dolía a horrores, pero aceptar su ayuda. -¡No necesito tu ayuda!, ¡para nada! - Bruscamente lo apartó de su camino, para encaminarse a la escalera. Su sarcástica risa la dejó clavada en el sitio, apretó los dientes con furia.
-No parecías tan autosuficiente hace un momento, nena. - ¿Nena? ¿La llamaba nena a ella?, Ella resopló tratando de contener su ira. - Te recuerdo que estabas algo indefensa allí tirada.
Se giró lentamente hacia él, sus ojos verdes destellaban en la penumbra del pasillo, el seguía cruzado de brazos, recargado contra la pared, mirándola con esa socarrona sonrisa en los labios. -YO-NO-PE-DI-TU-A-YU-DA. - Graznó con un tono de clara amenaza, que a él no le intimidó en absoluto. - Ni la he pedido ahora. - Se volvió bruscamente haciendo volar su revuelta melena castaña. Comenzó a caminar apresuradamente por el pasillo.
Apenas unos segundos y notó como el muy bastardo caminaba tras ella, tratando de alcanzarla. -Vamos, ¿Qué te enoja tanto? - Preguntó en tono de burla a su espalda. -¿Es por lo de esta tarde? No lo hice adrede, además creo que te resarcí plenamente. - "¿Resarcirme? ¡Pervertido asqueroso!" - ¿O por lo que te dije en la cabaña? - Sus ojos verdes se abrieron desmesuradamente. Él pareció notar su leve perturbación. - ¿O quizás el hecho de que te venciera?
Se paró en seco, Black rió tras ella. Se giró lentamente, el ceño fruncido, los ojos verdes entrecerrados brillaban como dos rendijas centelleantes, llenas de odio. -Tú no me…
-OHHH, nena sabes que sí. - Rió él con sarcasmo. - Te retorcías bajo de mi como una pobre anguila, a mi merced. - Chasqueó la lengua y la miró de arriba bajo. -Tal vez debería reclamar ese premio. -Ella palideció. - Si, ¿Cómo era aquello que dijiste? - Puso cara de estar pensando detenidamente, pero se notaba que estaba burlándose. - Que te entregarías a quien te venciera.
Aquello fue demasiado, la sangre le hervía en las venas, casi le salía fuego por las orejas.
-Y te guste o no, yo te vencí.
Fue en un fogonazo, su mano blandió su daga y se precipitó sobre él dispuesta a abrirlo en canal allí mismo, estaba completamente cegada por la ira. La sonrisa se le borró del rostro al ver el centelleante acero silbar hacia él, los frascos rodaron por el suelo, pero estaba preparado, con reflejos animales, aferró sus muñecas con sus fuertes manos. Ella jadeaba, y bufaba de rabia, su corazón bombeaba con fuerza, las sienes martilleaban. Se miraron un instante, sus rostros estaban muy cerca. - Si…y me temes, sabes que temes lo que te hago sentir…
-Bastardo. - Gritó, sacudiendo las manos tratando de zafarse, con furia sobrehumana lo empujó contra la pared. Pero él no soltaba su agarre. Trató de propinarle un rodillazo en sus partes, pero él adivinó su movimiento y se revolvió contra ella, girando y lanzándola bruscamente contra la pared, arrancándole un gemido.
Presionó su cuerpo contra el de ella para tratar de inmovilizarla. - …no puedes ocultarlo, todo te delata. - Susurró en su oído arrancándole un estremecimiento. - Tu respiración, el fuego de tus mejillas, ese leve temblor. - Ella dio otro grito de furia y trató de retorcer sus muñecas para liberase. Estaba tan furiosa, pero no solo contra él sino contra sí misma. -…tan furiosa, tan salvaje.
Ella gimió y cerró los ojos al sentir su cálido aliento en su cuello, como le susurraba en el oído. - …y sin embargo tan desvalida. - Abrió los ojos de golpe, sin saber cómo sacó fuerzas lo empujó hacia delante y enredó una pierna con las de él haciéndolo caer hacia atrás, pero él no la soltó, la arrastró en su caída rugiendo una maldición.
Ella gritó de dolor al golpearse el brazo herido, momento que él aprovechó para rodar de costado y quedar sobre ella sujetando sus manos a los lados de su cara, ella seguía aferrada a la daga. Se irguió levemente sobre sus manos que aferraban sus muñecas, la miró fijamente, despeinada, sus ojos verdes mirando con fiereza a los suyos, los pequeños rasguños de su rostro, las perlas de sudor que resbalaban por él, sus carnosos labios entreabiertos con la respiración entrecortada. -Yo no temo a nada. - Bramó de nuevo.
-Entonces…- Bajó su rostro más al de ella, su boca curvada en una seductora sonrisa. -¿Porque no lo …demuestras?
Ella soltó aire de golpe, ¿demostrar?, ¿Qué había que demostrar? Parpadeó varias veces tratando de volver a la realidad, su sonrisa, sus picaros ojos acerados mirándola, su masculino aroma, su fuerte cuerpo sobre el de ella, el recuerdo de la tarde anterior …y sentirlo de nuevo despertar contra ella a través de su ropa…¿Es que el muy bastardo pretendía volverla loca? – Ummm. Parece que tú y yo estamos destinados a terminar siempre en esta posición. – Rió de nuevo. – Y por si no te das cuenta volví a vencerte.
Gimió y se debatió de nuevo tratando en vano de librarse de su peso. -¿Qué…piensas hacer? – Musitó ella, no podía evitar temblar, con una mezcla de furia, miedo y excitación. ¿Por qué ese maldito ejercía ese efecto en ella?
Él dejó de sonreír, la miró con expresión más grave. –Nada que tú no quieras. – Susurró de nuevo en su oído. Sintió como aspiraba el aroma de sus cabellos. – Y ten cuidado mi lady, soy un ex convicto peligroso, muy peligroso
-Cerdo, aparta, suéltame o te juro…
Pero antes que ella hubiese terminado, los labios de Sirius descendieron para interrumpir su grito, ahogando el sonido que salía de su boca. Su sangre hervía, y ella forcejeó contra él, tratando de alejar sus labios insistentes. Lo único que logró fue sellar sus labios para prevenir la entrada de la lengua del animago. Su respiración pesada se movió de su mejilla hacia su oído, produciéndole un estremecimiento. Tan fuerte era su beso que ni siquiera podía sacar sus dientes morderlo.
Ella forcejeó con todas sus fuerzas. Pero él no daba señal de notarlo. De hecho, su beso se profundizó. Black quería detenerse. Se consideraba un maestro de la seducción, pero no era un violador. Él solamente había querido silenciar sus insultos, castigarla en su arrogancia. Pero ahora que podía saborear la dulce miel de sus labios y sentir el calor de su enojo, tan parecido a la pasión, era difícil desprenderse de ella. Sirius profundizó el beso, tratando de abrir sus labios, y un gemido de placer surgió de su garganta.
Sus pequeños jadeos de protesta finalmente despertaron su consciencia, y forzó a su bestia interior a calmarse. –"¡Por Merlin! ¡Que estoy haciendo!"
Pero en el momento siguiente todo cambió. Mientras él suavizaba su beso, la intensidad de su forcejeo disminuyó, y para su sorpresa, ella comenzó tentativamente a retribuirle el beso.
En algún momento en el medio de su enojo y resistencia, Melisande había dejado de pensar. Esa era la única manera de explicar su falta de voluntad para resistirse y el modo en que sus piernas y sus brazos se habían debilitado. Ella actuaba, o más precisamente, reaccionaba, no usando la razón, sino por instinto. - ¡¡Dioses!!- Sus labios eran suaves y cálidos, más cálidos de lo que ella había imaginado. Donde la había tocado, había dejado su carne caliente. Su barba raspaba su mejilla, pero ella apenas lo notó mientras su lengua se deslizaba lentamente a través de sus labios. Su aliento acarició su cara, y sus gemidos de placer despertaron algo muy primitivo dentro de ella.
Era como si cada nervio de su cuerpo convergiera en un mismo punto de contacto. Sus pechos ansiaban, su estomago temblaba, su ingle ardía. Su beso pareció traerla a la vida. Era una sensación embriagadora, una que la hacía sentir omnipotente.
Pero cuando él disminuyó la presión y retrocedió brevemente, dando a ella un respiro, algo de esa atmósfera sensual se disipó, y ella fue capaz de pensar racionalmente. Fue ahí que él murmuró, -¿Disfrutaste eso también, verdad, fierecilla?
Fue instantáneo, con toda su fuerza descargó un fuerte rodillazo en sus partes que lo lanzó de espaldas, hacia atrás con un alarido. Ella se puso de pie a trompicones, aun temblando por la sensación que le había producido, el corazón aporreaba su pecho con más fuerza que si se hubiera batido con el peor de los trolls, apenas podía sostener el puñal ante sí. Él recuperó vagamente la compostura, incorporándose de rodillas en el suelo, la miraba con el ceño fruncido, desafiante, esperando sin duda que le atacara en cualquier momento.
Pero no podía, abrió la boca para insultarle de nuevo, y ningún sonido pudo salir de sus labios, solo su respiración entrecortada, su mente apenas era capaz de razonar ante lo que él había hecho en ella. Algo tan devastador tan solo por un beso. Él tampoco decía nada, algo de su arrogancia desapareció de su rostro, la miraba de una forma, que hacía que se derritiera, simplemente no tenía fuerzas para afrontarlo. Apretó con fuerza su puñal, y con la frustración dibujada en su rostro salió corriendo por aquel pasillo, rumbo a ninguna parte, solo deseaba alejarse de él, de lo que le producía.
Y a saber donde habría terminado de no haberse encontrado con esa pequeña y amable criatura, de nombre Dinkye que la había llevado hasta las cocinas prestándole su asilo.
------------------------------------Fin del flasback------------------------------
Una taza se estrelló estrepitosamente contra la pared, junto a la puerta, justo en el momento en que esta se abría dando paso a una sorprendida Selena. La unicornio parpadeó varias veces mirando los trozos de loza en el suelo, alzó la vista hacia la otra chica, que seguía sentada en la mesa y la miraba avergonzada. – Perdona, yo no quería…- Musitó disculpándose.
Selena solo sonrió. – Los humanos y su afán por destruir cosas.
-Yo estaba enfadada.
La unicornio ladeó la cabeza y la miró sorprendida. – ¿Con la taza? – Preguntó con inocencia. - ¿Qué te hizo? ¿Una taza puede enfadar a alguien?
La castaña suspiró, era tan inocente. –No mujer, la taza no me hizo nada.
Selena se encogió de hombros y se sentó a su lado. – ¿Entonces?
Melisande emitió un gruñido. – El chucho. ¡El maldito chucho bastardo!
-¿Sirius? – La castaña asintió, su puño se cerró de nuevo en la empuñadura de la daga, Selena la miró interrogante.
El pequeño elfo apareció de nuevo distrayendo su atención. – Hola señorita, ¿Desea algo de Dinkye?
La unicornio, le dedicó una radiante sonrisa. – Hola. ¿Podría traerme algo de eso que llaman chocolate?- El pequeño asintió y una bandeja con pequeños pasteles de chocolate de diferentes tipos se materializó ante ellas. Esta vez fue Melisande la que la miró con el ceño fruncido y gesto interrogante.
-¿Qué es esto? – Rumio.
Selena suspiró cogiendo uno de los pequeños dulces con los dedos, y mirándolo con curiosidad. – Es chocolate, mis amigas humanas dicen que es genial para los nervios, la ansiedad, para aplacar la "mala leche", y como sustitutivo de eso que llaman sexo. – Con una sonrisilla, lo introdujo en su boca y lo degustó con cara de placer.
La guerrera, miró el plato, y pensó en su penosa situación. – Pues creo que yo lo voy a necesitar doble. – Agarró en trozo más grande y lo engulló de un bocado. – MMMMM…egsto…egsta…güenogz…- Gruñó con la boca llena.
La piedra, rebotó violentamente contra la superficie del lago, hasta cinco veces, antes de desaparecen en sus profundidades, una pata del calamar gigante, surgió de pronto, como protestando contra la rotura de la quietud de su hogar, y volvió a hundirse.
Black rió entre dientes, una risa histérica, casi de locura, giró sobre si mismo llevándose una mano al alborotado cabello, dio un bufido de frustración, y se sentó de golpe bajo el árbol, mirando las ondas que la piedra que lanzó, aun dibujaban en la superficie. A tientas buscó en el bolsillo de su chaqueta, algo de alivio para su acelerada mente. Extrajo la petaca plateada y la sostuvo ante sus ojos, sonrió vagamente, y destapándola dio un largo trago que le quemó la garganta. Suspiró con satisfacción, pero algo le llamó la atención.
-¿Fomentando sanas costumbres, Canuto? – La sedosa voz de Snape sonó a su espalda. ¿Es que el maldito gilipollas grasiento no tenía otra cosa que hacer que venir a dar la paliza?
-¿No tienes alumnos que atormentar, puntos que quitar, o calderos con los que jugar? – Comentó asqueado el animago.
Snape chasqueo la lengua con burla, y se apoyo despreocupadamente en el tronco del roble. – Por hoy ya superé mi cupo de puntos a Gryffindor con pociones de sexto. Últimamente McGonagall me tiene atado en corto. – Miró con interés la petaca plateada.
-¿Y se puede saber que haces por aquí?
Severus parpadeó varias veces, e hizo una mueca desagradable. – A veces uno necesita sus momentos de paz, lo último que esperaba era encontrarme un chucho pulgoso en mi árbol, ¿No habrás levantado la pata por aquí?
Black Gruño y alzó la vista, muy serio, encontrándose con la mirada divertida del profesor. – Vete a la mierda, anda. – Snape enseñó los dientes. - ¿Y desde cuando es TU árbol? – Pegó otro trago de whisky.
El profesor frunció el ceño, y se tocó el mentón en un forzado gesto pensativo. – Ummm, déjame pensar. Puede ser desde primero, desde que tú y tu panda de anormales hacíais que aborreciera cualquier momento en los pasillos. Y venia aquí leer tranquilo. – Escupió con indiferencia.
Sirius hizo una mueca de asco. – Pues como no hay cartel de propiedad, aquí me quedo. – Se recostó tranquilamente contra el tronco.
Snape suspiró con apatía. - ¿Y a que se debe tu presencia por estos parajes?
Sirius torció la boca en una mueca. – Aunque no lo creas yo también necesito tranquilidad de vez en cuando.
-Pensé que estabas en casa de Hagrid, cuidando de la "Princesa Guerrera."
-NO-ME-LA-NOM-BRES. – Siseó amenazante. Snape alzó una ceja con interés.
-No parecías odiarla tanto anoche, cuando salve vuestros traseros. – El recordarle lo imbécil que había sido aun le hizo sentirse más cabreado con el mundo, dejó escapar un gruñido, tenía tantas cosas dentro, y allí en ese instante solo el maldito murciélago. Tantos años, que se conocían, que se odiaban, que se despreciaban, y es ese momento era lo más parecido a un amigo que tenia.
Sirius suspiró con abatimiento, con una mueca de desespero miró a Snape que le observaba, con las cejas alzadas, expectante. - ¿Quién entiende a las mujeres? – Snape parpadeó incrédulo, ¿acaso el gran Casanova sufría una crisis existencial?… ¿por una fémina? ¿Acaso el no era el único idiota en sentirse desconcertado, por una mujer? – Dime Quejicus… ¿Por qué no traen un manual de instrucciones? Como una tele muggle o algo así.
Mirando al cielo y dando un respingo se sentó de golpe a su lado. Y con un rápido y brusco movimiento le arrebató la petaca de las manos.
-¿Qué haces? – Protestó Black.
Severus la destapó con una mueca de hastió en el rostro, y tras dudar un instante pegó un largo trago. Hizo un profundo gesto de asco por lo fuerte y lo malo del licor. – Si vamos a hablar de mujeres, creo que yo también necesito de un trago. – Y le tendió de nuevo la petaca a un perplejo Sirius Black.
