27. Una vieja fotografia.

-Otro fracaso más. – Siseó el viejo, miró a su asistente con sus ojos inyectados en sangre. Algo había cambiado en él.

Desde un principio le había parecido un viejo repelente. Pero ahora se veía más demacrado, sus cabellos habían escaseado más aun, y se asemejaban a enredadas telarañas blancas. Su rostro estaba más afilado, mas arrugado y mas amarillo. Incluso sus dientes, ahora parecían más afilados, como los de un animal. Al mirarlo sentía algo extraño, le inquietaba, acaso podía ser que tuviera más edad de la que le había dicho. ¿Un muggle? Y todo eso desde que había realizado aquel ritual. Su carácter sombrío, también había ido a peor. Se pasaba horas en aquel antiguo calabozo, estudiando el viejo libro de hechizos, o en la cámara del Toro, simplemente mirando a los ojos a esa bestia, en silencio, como si de alguna forma pudieran comunicarse entre ellos.

Marcus simplemente, tragó saliva, los dientes amarillentos del viejo y la expresión de su rostro le daban una aspecto, casi demoniaco. Ni al mismo Señor Tenebroso en sus peores momentos, lo recordaba "tan guapo".

-La información de tu sobrina no fue, correcta. – Siseó de nuevo.

-Debió de haber algún motivo, señor. – Se intentó excusar. – Ella nunca nos habría pasado una información falsa, deliberadamente.

El viejo alzó las cejas. – Por la cuenta que le tiene.

-Señor, ha sido un simple error, mi sobrina es joven…

Rufus emitió un gruñido. – Ese error, ha causado daños a mi pequeño. – el mago parpadeo. "Su pequeño, ¿Pequeño? ¿Esa cosa?

-No volverá a ocurrir, la chica estará más atenta. – Se inclinó cortésmente. En su interior le repateaba tener que humillarse así ante un maldito Muggle, pero el viejo le tenía bien agarrado, teniendo en cuenta sus antecedentes como morfifago. Pero ahora le daba miedo de veras, si antes pensaba que estaba tarado, ahora estaba completamente loco, se estaba convirtiendo en un psicópata fuera de control.

Lo miró con una siniestra sonrisa en el rostro. – Pero tu pequeña Jane no le ha hecho tan mal. – Rió entre dientes. – Mi pequeño me ha enseñado cosas muy interesantes. – El mago alzó la vista y lo miró interrogante. – Si, ahora tengo claro que tus amigos de Hogwarts saben a quién están protegiendo y de que. De hecho, estaban esperando a mi criatura. Y se han procurado aliados muy poderosos. – El viejo se quedó un momento pensativo.

El mago se acercó a él, temeroso. – Señor…- No respondía, seguía petrificado, con esa expresión indescifrable y maliciosa en su rostro.

-Ese desgraciado…- Siseó entre dientes, Marcus lo miró sorprendido. – Olía a ella. Estaba impregnado de su esencia. – El mago parpadeó, sorprendido. ¿Acaso la unión entre el Toro y él era tan fuerte? – Mi mente es una con la de mi pequeño. – Murmuró, mirando al mago, con los ojos entre cerrados. Este retrocedió un paso inconscientemente, se sentía como si pudiera leer su mente. –Puedo ver lo que él ve, oler lo que él huele, sentir lo que él siente. Y pude verle a él. Creo que tú también lo conoces. Muy bien.

-¿Snape? – Preguntó el otro sorprendido.

El viejo asintió. – Ese maldito bastardo. Te lo he oído tanto nombrar, que es como si lo conociera. – Hizo una mueca de asco. – Tan teatral con esas túnicas negras, su pelo negro, y esa cara de estreñido. – Marcus contuvo una carcajada. – El muy prepotente intentó penetrar en la mente de mi pequeño, y le salió el tiro por la culata. – Un brillo apareció en sus ojos grises. – La he visto muchacho.

-¿Al unicornio? – Musitó el otro. - ¿Es hembra?

-Es una mujer. – Susurró con una mueca de triunfo, el mago simplemente se quedó con la boca abierta. – Es curioso como la historia puede volver a repetirse. Hace mas de mil años, mi pequeño reunió a todos los unicornios por orden de un viejo rey al que servía. Pero uno se le escapó. Ese último unicornio se acercó a él bajo la forma de una hermosa mujer, le arrebató sus secretos y propició su caída, junto al encierro de nuestro amigo.

-¿Está seguro, jefe? - Preguntó el otro.

El viejo rodó los ojos y chasqueó la lengua con desdén. - Ya te lo he dicho. Intentó penetrar en su mente, y como consecuencia la suya fue vulnerable. - El viejo rió entre dientes. - Y es una joven muy hermosa, muy muy bonita.

-Pero, jefe, si ella ya no es un unicornio…para que le servirá. - Preguntó el otro desconcertado.

-Idiota. - Susurró el viejo, rodando los ojos con desgana. -Por algún motivo ella sigue manteniendo su esencia, lo sentí en él. - Su rostro se crispo. - Ese maldito.

Marcus rió por lo bajo. Severus Snape, como siempre haciendo "amigos". – Puede ser que Dumbledore le haya encargado que sea su guardián.

Los ojos del viejo se estrecharon amenazadoramente. El mago se estremeció al ver la expresión de odio de su rostro. Albus Dumbledore, aun después de saber que había muerto, después de tantos años pasados, ese nombre le hacía revolver las entrañas con el odio más atroz. Y aun desde la otra vida seguía interponiéndose en sus propósitos. – No, vi algo más, mucho más.

La vieja mansión se estremeció, sacudida por un potente rugido, Marcus se tambaleó hacia la pared, mientras el viejo simplemente cerraba los ojos y aspiraba satisfecho, con ese gesto demoniaco. Algunos cascotes se desprendieron del techo de la mazmorra y chocaron contra el suelo. Si seguía así ese monstruo terminaría hundiendo toda la casa. Hagarth le dedicó una mirada envenenada. – Largo de aquí. – Espetó secamente. – Y di a tu pequeña serpiente que busque a una joven de cabellos blancos y hermosos ojos azules. Dile que no toleraré más fallos.

-Si, jefe. – Susurro, mientras salía de la estancia apresuradamente. Estaba temblando, no lo hacía desde la última vez que estuvo ante el Señor tenebroso, pero la mirada del viejo al nombrar al antiguo director Dumbledore...Aquel viejo era un misterio, nunca había sabido de un muggle con tanto conocimiento del mundo mágico, le había hablado de su afición por la arqueología, de sus descubrimientos…en su juventud…cuando ya conocía de la magia. ¿Y cómo podía acaso tener conocimientos de su mundo? A menos que…

Sonrió para sí, como su asistente personal tenia total acceso a sus habitaciones, nunca había tenido excesiva curiosidad por sus cosas, pero tal vez un pequeño vistazo podría aclarar sus dudas.

-¿Y de verdad te beso? – Preguntó la unicornio, chupándose los dedos de los restos de chocolate.

Su compañera simplemente asintió. - ¿Y tu desde cuando sabes de esas cosas? – Masculló. –No sé, se supone que…no eres humana, vosotros no sabéis de esas cosas.

La chica esbozó una sonrisa. –Bueno, siempre me ha gustado observar a los humanos, sus curiosas costumbres, era una forma de sentirme menos sola. Continuamente había visto a parejas de humanos hacerlo en el bosque, pero no tenía ni idea de lo que era, ni por qué lo hacían. Me parecía tan…extraño. – Rió. – Pero las chicas me lo explicaron, ellas me explicaron muchas cosas.

-Ya lo he visto, ya. – Rió tomando otro pastelito.

-¿Y cómo fue? – Preguntó dejando a la castaña clavada. – Las chicas dicen que es algo muy placentero. ¿Qué sentiste? – Selena apoyó su cara en sus puños y la miró interrogante.

-¿Qué sentí? – Se preguntó a sí misma. Su mente era un hervidero de ideas, ni ella misma lo sabía. Siempre había evitado a los hombres, salvo como subordinados, compañeros en el campo de batalla o adversarios. Consideraba a sus hermanas unas débiles por haber sido unas coqueas, deseosas de encontrar marido. Ella se había jurado no ceder ante alguno, a menos que la doblegase por las armas. Y este la había sometido. La había humillado, se había burlado de ella, la había menospreciado. Y lo despreciaba, lo odiaba, profundamente.

Suspiró con frustración, y miró sus puños apretados sobre la mesa. Ese beso. Había terminado por derrumbar su muro impenetrable. Si ya le había causado una gran perturbación el incidente del bosque, aquello ya había sido más de lo que su cabeza podía soportar.

Lo odiaba, si, profundamente, lo detestaba, más aun por la debilidad que le hacía sentir. Porque ese maldito perro asqueroso, era el único hombre que la había hecho estremecerse, que la había hecho arder, que le había hecho sentir mujer por primera vez en su vida. Y todo eso solo con ese estúpido beso. – Tenía que haberle cortado el cuello. – Escupió cansadamente, y engulló el pastelito de un bocado.

La unicornio parpadeo. – Eso no contesta a mi pregunta.

Melisande ahogó un lamento. – Si, maldita sea. Al principio quería matarlo, y mierda, tenía que haberlo hecho. Pero luego…esa maldita sensación en el estomago. – Suspiró frustrada. – Si, me gustó…- Espetó secamente. - …Maldita sea. Pero no había tenido que ser así.

Selena iba a abrir la boca, cuando unas voces conocidas resonaron en las cocinas. Sus cuatro amigos aparecieron discutiendo entre ellos, para variar.

-Ronald Weasley, es que acaso eres incapaz de pensar con algo que no sea tu estomago. – Le increpaba su novia un paso tras él.

El chico se paró en seco y la miró sonriente. – Oh, nena. ¿Quién te entiende? Otras veces dices que pienso con otra cosa. – La castaña cerró la boca indignada, Ginny soltó una risilla y Harry simplemente sacudió la cabeza con resignación.

Los cuatro se quedaron parados al ver a las dos chicas que los observaban desde la mesa con los ojos muy abiertos.

-¡Ves! – Espetó la pelirroja, señalándolas y mirando a su novio. – Ya te dije que estarían aquí.

El Niño que vivió apoyó las manos en la mesa frente a ellas y las miró con gesto enojado. – ¿Sabéis lo preocupados que nos teníais? – Espetó furioso.

La unicornio parpadeó confusa, su compañera sonrió peligrosamente y miró al chico. -¿No te habrá mandado el chucho asqueroso? – Siseó con odio.

Harry perdió un poco la compostura, ante la castaña. – Bueno, le vi esta tarde él estaba preocupado…

-Por mi se puede meter la preocupación en…- Ladró la chica, pero se calló de golpe al ver la mirada asombrada del chico. - …Y dile que no se me acerque.

Los chicos se miraron interrogantes, Selena simplemente suspiró, se encogió de hombros y tomó otro pastelito. - ¡Humanos!

-Oye, no sé lo que ha pasado con vosotros ni tampoco me interesa. – Comenzó de nuevo el chico recuperando la compostura. – Pero la directora ordenó que te quedases en la cabaña de Hagrid para no ser vista por el castillo.

-Y no estoy siendo vista por el castillo. – Contestó con tono aburrido. – Estoy aquí sentada, comiendo estos…choco lo que sea con mi amiga, ¿A que si? – Miró a Selena y esta asintió divertida. – Y no insistas no volveré.

-Pero…

-Y agradece que no le cortase el cuello o algo peor al desgraciado de tu padrino. – Harry palideció y los otros tres aguantaron la risa.

-¿Y qué vamos a hacer? – Preguntó el pelirrojo. – McGonagall se cabreará si alguien la ve.

Hermione se quedó un poco pensativa. – La sala de los Menesteres. – Su novio la miró con los ojos muy abiertos. – Podría quedarse allí, al menos hasta que se le pase el cabreo.

-Y no dudo que tendrá motivos… - Musitó la pelirroja con una risilla.

-¡Que lista eres amor! ¡Qué haríamos sin ti! – Exclamó Ron mirándola sonriente.

¬¬ - A lo mejor tu tendrías que usar la cabeza de vez en cuando, pero eso ya no tiene remedio. – Susurró por lo bajo, pero de manera que Ginny lo oyera, la chica miró a su hermano y rió entre dientes.

-Es una buena idea. – Murmuró Potter, volviendo la vista de nuevo a la chica que lo miraba interrogante.

-¿Qué es eso de la sala de los menesteres? – Preguntó.

-Es una sala secreta del castillo, donde te podrás acomodar con todo lo que necesites. – Contestó el chico.

-Bueno, mientras no aparezca este imbécil. – Espetó.

Caminaba sigilosamente por el oscuro corredor, otro temblor le obligo apoyarse en la pared. Marcus McDown, mago de familia sangre limpia, ex mortifago, a sus casi cuarenta años temblaba como una hoja cada vez que el Toro hacía notar su presencia en los subterráneos de aquella casa. Una mansión donde había vivido tantas cosas, y tan terribles.

Era curioso que tras apoyar incondicionalmente la causa del Señor Tenebroso, y desear exterminar a los muggles de la faz de la tierra ahora estuviera sometido a la voluntad de uno de ellos.

Se quedó parado junto a la oscura puerta de madera y escuchó en silencio, el viejo andaba seguro con su mascota, y tardaría en subir dándole margen de maniobra. Apuntó a la cerradura con su varita y esta se abrió con un "click" seco. Se deslizó en el interior del oscuro despacho en el que tantas veces se encontraba con el viejo, todo estaba en su lugar, las estanterías plagadas de libros, el elegante escritorio de madera de roble. Seguro que lo que pudiera buscar no se encontraba allí, tal vez en sus habitaciones privadas.

Se dirigió hacia la puerta, de nuevo tuvo que forzar la cerradura y otra vez el mismo orden. Era curioso pero pese al tiempo que llevaba a su servicio, no había entrado nunca en aquella estancia. El viejo gustaba de ordenarla él mismo, decía que un hombre debía mantener su parcela de intimidad, y desde luego era pulcro y cuidadoso. Ni una mota de polvo en los muebles, ni una arruga en la colcha.

Miró a su alrededor, curioso. ¿Dónde podría ocultar sus secretos? Había poco donde elegir. Un enorme armario vestidor de roble, una cama enorme con dosel, junto a dos mesitas de noche sin demasiada decoración. Entonces lo vió un pequeño escritorio de aspecto dieciochesco, lleno de compartimentos cerrados con llave, podía ser allí. Se acercó al mueble y pasó la mano por la delicada madera tallada, una pieza exquisita chapada en oro viejo y caobas. Unos cuantos folios en blanco reposaban sobre la parte de escritorio, junto a dos estilográficas de su colección. Comprobó los cajoncillos, cerrados como esperaba.

Miró una vez más sobre su hombro y escuchó el silencio de su respiración en la habitación. Apuntó con su varita y susurrando un "Alohomora", todas las cerraduras se abrieron.

Abrió el primer cajón, nada, varios talonarios de cheques de diferentes bancos muggles, los miró con interés, pero no era lo que buscaba. Otro cajón, y solo encontró cartas de sus miembros del consejo directivo apremiándole con posibles problemas de la bolsa y caídas del crudo. ¡Muggles y su estúpido petróleo! El tercer cajón, mas grande que los anteriores, y algo diferente…

Miró con miedo el raido papel fotográfico, estaba boca abajo, lo tomó con cuidado, y examino el borroso trazo de tinta de su dorso amarillento, soltó aire de golpe al ver la fecha. – Highlands, septiembre, 1912. – Con cuidado, volteó la foto.

La imagen en tonos sepia, mostraba de fondo un típico paisaje escocés, una pradera junto a lo que parecía el mar, se distinguían varias ruinas de piedras, y en primer plano un muro derruido. Delante de este dos hombres jóvenes sonrían a la cámara. Los dos vestían pantalones bombachos, zapatos de cordones, uno de ellos una chaqueta sobre un chaleco los dos a cuadros oscuros, tenía los ojos y el engominado cabello de color claro, se apoyaba despreocupadamente en una pala. El otro algo más alto llevaba un jersey cuello de pico sin mangas, oscuro, sobre una camisa clara y corbata oscura, en la cabeza lucia una gorra a cuadros, el pelo más largo que su compañero, guiñaba los ojos claros con un gesto pícaro. Sobre el muro una joven estaba sentada entre los dos, se apoyaba despreocupadamente en los hombros de ambos, era muy bonita, ojos oscuros y alegres, facciones finas, lucia el cabello recogido en la nuca y un coqueto sombrero blanco ladeado sobre la cabeza. Llevaba también un traje blanco de chaqueta entallada, y falda pantalón hasta los tobillos, donde asomaban unos botines con tacón oscuro, bajo el traje una blusa con encaje también blanca que se cerraba en el cuello con una lazada y un broche.

Se fijó más detenidamente en la foto, había algo en los dos hombres, extrañamente familiar, pero no sabía definirlo. Miró al hombre de cabellos largos, esos ojos alegres, la nariz partida…no podía ser.

-Albus Percival Wulfrick Brian Dumbledore. – La voz del viejo le hizo saltar sobre sí mismo, y soltar la foto que cayó sobre el escritorio. Se volvió y lo miró esperando encontrar una mirada enfurecida, todo lo contrario el hombre parecía más viejo y abatido.

-Señor, yo no quería. Trató de disculparse.

EL viejo negó con la cabeza se acercó y tomó la fotografía, mirándola con nostalgia. – Tarde o temprano lo habrías sabido, era inevitable. – El mago lo miraba interrogante. – Seguro te preguntabas porque un sucio muggle sabía tanto de vuestro mundo. Esta era la respuesta.

-¿Conoció al ex director Dumbledore? – Musitó el ex mortifago, el viejo asintió.

-Ya te dije que siempre creí en la magia, y en mi juventud me propuse desentrañar sus secretos. Fue en esa época cuando conocí a Albus, y a Helena. – Sus viejos ojos brillaron. – Fue poco después de que Albus derrotase al que fue su gran amigo, y yo diría amor, Gellert Grindelwald, sin duda has oído hablar de él. – Marcus asintió en silencio. – Por un tiempo Albus estuvo tan abatido que se juró no volver a usar sus poderes y se refugió en el mundo de los muggles, en la facultad de Historia en Oxford. Allí nos conocimos, yo tenía 20 años, él unos pocos más, era el asistente personal del profesor de historia del premedievo, el señor Stancy.

-Entonces, usted no tiene 65 años. – Musitó el mago perplejo, el otro sonrió y dejo ver sus dientes amarillos.

-Unos cuantos más, bastantes más. – El viejo rió de nuevo. – Fueron buenos años, frecuentando círculos literarios, sobre todo nos fascinaban las leyendas artúricas, yo entonces estaba fascinado por la figura de Merlín. Albus al principio sombrío y taciturno volvió a recuperar la sonrisa, era un joven verdaderamente seductor, fascinaba a todo el que tenía a su lado, éramos los dos solteros más cotizados de la universidad, buenos amigos y rivales. – Suspiró profundamente. – En aquel momento debí haber supuesto lo que era, porque él nunca me consideró un loco excéntrico, cuando hablaba de la magia. Fue en aquel verano cuando el Profesor Stancy me propuso participar con ellos en un estudio de campo en Escocia. Yo estaba entusiasmado, una autentica excavación, en unas ruinas de la época artúrica. Allí conocí a Helena, la hija de nuestro mentor, era la joven más encantadora que jamás había conocido, bella, alegre, inteligente, lo tenía todo. Me enamoré de ella como un loco. – Miró de nuevo la fotografía, Marcus observó como acariciaba la imagen de la joven con el pulgar. – Nos trasladamos a una casita de campo, cerca de la costa, donde teníamos las excavaciones, eran días felices, trabajábamos duro, pero las piezas que descubrimos, las piedras con gravados en celta, el esfuerzo merecía la pena para recuperar ese trocito de historia perdido.

-¿Y cómo supo que era un mago? – Preguntó tímidamente su asistente.

-Por un accidente, un día de lluvia hubo un desprendimiento en el acantilado donde trabajaba. Cerré los ojos al ver como las enormes rocas caían sobre mí, y de pronto todo se paró, al volver a mirar, Albus simplemente estaba allí, sosteniendo su varita, levitando las rocas, fue increíble. Cuando salimos del peligro, me apuntó con ella, me dijo que era mejor que olvidase, que alguien como yo no debía saber de su mundo, que no nos mezclábamos. Pero le suplique, le dije que era mi amigo, que le respetaba, le admiraba, que deseaba saber, más que nada, y se rindió. Continuamos una buena amistad, la excavación fue un éxito, los trabajos de traducción de Helena fueron de gran utilidad para apoyar los hallazgos. El hizo también grandes hallazgos para la comunidad mágica, esa era la razón por la que estaba allí, desvelar secretos de magia antigua, secretos que compartió conmigo.

Marcus lo miró con desconcierto. - Eso es algo inconcebible para un mago.

-Lo sé, pero el confiaba en mí y yo en él.

-¿Y qué ocurrió?

El rostro del mago se torno sombrío, pareció dudar en contestar. - Un día todo se rompió.

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Muchas Gracias a todos los que están dejando reviews (Amia Snape, LylaSnape, Mi Psique, Feanwen, Lylbet, Estrella, McGo…) Esta es una historia a la que le tengo especial cariño.

Un beso a todos