28. Recuerdos del Pasado.
Hagrid fumaba tranquilamente su pipa, plácidamente repantingado en su sillón, los pies en alto sobre una banqueta, Fang bostezaba a sus pies pesadamente. La noche anterior había sido muy movida, demasiado para la tranquilidad a la que se estaba acostumbrando tras la caída de Voldemort. Bostezó ampliamente y se acomodó algo mejor, mientras observaba las danzarinas llamas en la chimenea.
Pero por suerte, nadie había salido herido, no al menos gravemente, porque si sabía que el profesor Snape había permanecido toda la mañana inconsciente. De la chica no sabia nada, y Dios sabe donde andaría. Por su parte Black, apareció casi al amanecer, chamuscado y sucio, tras darse una larga ducha y tratar de dormir un poco, se levantó de muy malos humos y se largó con un portazo.
El semigigante miró a su perro y sacudió la cabeza, divertido. – Este muchacho no cambiara, ese carácter suyo solo lo mete en líos. – El perro emitió un leve gemido y alzó la cabeza, justo antes de que la gran puerta se abriera de golpe. Hagrid casi cae del asiento ante lo que vio, parpadeo varias veces.
-Hola…Haggriiid, ¿Qué tal…el día?- Un risueño Sirius Black lo miraba desde la puerta, con aspecto de ir borracho hasta las trancas, pero eso no era la novedad. El hecho extraordinario era que se mantenía de pie apoyando su peso sobre el hombro de un Severus Snape, que esbozaba una socarrona sonrisa en su cetrino rostro.
-¿Pero qué rayos? – Murmuró el guardabosque, incorporándose en su asiento.
-Esta como una cuba, ayúdame a acostarlo antes de que haga alguna estupidez más. -Graznó el maestro, entrando a trompicones en la casa con Sirius a cuestas. Hagrid saltó del sillón, y Fang solo movió la cola mientras los miraba con curiosidad.
-¿Borracho? ¿Yo? – Hipo Sirius. – Tú también has bebido Quejicus…tanto…como yo. Y tampoco estoy…borracho.
Severus lo miró alzando las cejas con sarcasmo. – Es que tú no sabes beber, chucho. ¡Y pesas mucho, desgraciado!
El semigigante lo tomo por el otro brazo cargándose casi todo el peso. –Creo que es mejor que no pregunte. – Musitó Hagrid.
Snape arrugo el ceño, su boca se curvo ligeramente en un gesto de desagrado. – No, es mejor que no.
Los tres avanzaron hacia el sofá y lo dejaron caer allí. Sirius no hacía más que reír como un idiota.
-Lo mejor sería que lo metieras en la ducha y le des algo para la cabeza. Los métodos muggles a veces con los mejores. – Severus volvió a mirar a Black que había dejado de reír y lo miraba divertido. – Tal vez café bien cargado, a mí también me hace falta. - El semigigante asintió mientras se rascaba la barba, y desaparecía en dirección a la cocina.
-Gracias Severus…- Los ojos del profesor se abrieron como platos, su cetrino rostro se crispó. – Creo…hip…que después de tantos…años…creo que…aun podemos ser…buenos amigos.
-En otra vida, Chucho. – Escupió con desprecio. – En otra vida.
El animago hizo ademán de levantarse pero su precario equilibrio le hizo caer de espaldas. – No…Severus…eres buen tío de verdad…- El profesor alzó una ceja, su boca se curvo enseñando los dientes.
-A ti quien te ha dado permiso para que me llames Severus. – Gruñó. El otro comenzó a reír de nuevo.
-Por cierto Black. – Irrumpió de nuevo Hagrid portando una bandeja con una cafetera enorme, Sirius lo miró con curiosidad. – Vi a Harry, como me pediste. Y me dio el mapa.
El animago pareció despejarse de golpe, y extendió la mano, ansioso. – Tengo que ir al castillo. Necesito saber donde está escondida…y decirle que me perdone.
-¡Pedazo de alcornoque! – Bufó Snape, engullendo de golpe una taza de café solo mientras Hagrid le servía otra al animago.- Tu no vas a ningún lado en ese estado. Después de lo que le hiciste, lo mínimo que ella podría hacerte es cortarte las pelotas. – Su boca esbozó una torcida sonrisa. – Aunque no sería gran pérdida.
Hagrid le entregó la taza de café al animago que este engulló con cara de asco.
-Hazle un favor a este idiota, y oblígalo a dormir. - Gruñó el profesor, dirigiéndose hacia la puerta con el revoloteo de sus túnicas negras. -Átalo si hace falta.
-¡Viejo cuervo! - Volvió a reír Sirius, la taza vacía le resbaló de las manos. - Te vas a buscarla, a que sí.
Snape se volvió y lo miró alzando las cejas con sarcasmo. - ¿Te he dicho ya que te vayas a la mierda?
-Si…- Parpadeó risueño.
Sin mediar más palabra, se volvió bruscamente y su capa negra desapareció tras la puerta que se cerró de golpe
-Idiota. - Murmuró Black, casi para sí.
Fang dio un ladrido seco, y Hagrid solo suspiró, y volvió a mirar a Black que lo miraba con ojos de cachorrito abandonado.
-Hagrid, viejo amigo. Vas a darme ese mapa, a que sí.
El semigigante retrocedió un paso, y arrugó el entrecejo. – Sirius, ya has oído al profesor Snape.
Los ojos del animago se tornaron vidriosos, su boca empezó a temblar haciendo pucheros. – Por…favor…
-NO. - Fang gimió.
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-Un día todo se rompió. – Sus arrugados ojos miraban fijamente la fotografía, la sonrisa de Helena. Aun la podía ver, montada en aquel caballo castaño, con ese traje de montar que realzaba tanto su figura, sonriéndoles con esa coquetería tan suya.
El mago permanecía en silencio, no se atrevía a preguntar, a interrumpir lo que fuera que estuviese pensando. No podía salir de su asombro, que Albus Dumbledore, quizás el mago más poderoso de todos los tiempos hubiera otorgado su amistad y sus conocimientos a un muggle. Era prácticamente una blasfemia.
-Aquel día el tiempo había empeorado notablemente. – Comenzó el anciano con voz entrecortada. – Nosotros teníamos urgencia por alcanzar unas cuevas en el acantilado. Albus estaba seguro que allí encontraríamos un antiguo mausoleo de magos muy poderosos, podía ser incluso la tumba del legendario Merlin. Y junto a las tumbas reliquias de un gran poder y valor. – Tomo aire de nuevo.
-¿Y encontraron lo que buscaban? – Preguntó el mago temeroso.
El viejo asintió con una irónica sonrisa.- Superó ampliamente nuestras expectativas. El sarcófago en mármol blanco, finamente tallado de los fundadores de una importante dinastía mágica, un hombre y una mujer, con las manos entrelazadas, junto a escritos de incalculable valor, tanto para el mundo mágico como para la historia muggle, y objetos mágicos que se creían perdidos. No puedes imaginar la euforia, reímos, lloramos, era increíble. – Su gesto se hizo aun más sombrío. – Pero la pena que llegó después superó con creces a la alegría.
Marcus solo lo miró interrogante.
-Mientras nosotros bebíamos y celebrábamos nuestro hallazgo en la cantina de la aldea, Helena… - La voz se le ahogó. – Ella era una excelente amazona, salía dar largos paseos a caballo todas las tardes. Pero aquella tarde no regresaba, la tormenta la sorprendió en el bosque. Salíamos de aquel bar, tambaleándonos y cantando bajo la lluvia, cuando un aldeano llegó corriendo hasta nosotros.
-La señorita. - Los dos nos quedamos petrificados. - La señorita no ha vuelto de su paseo.
- Los dos corrimos angustiados a buscarla, la llamamos durante horas, Albus uso sus poderes y llegamos a ella. Pero todo fue en vano. Ella estaba tirada, mojada y cubierta de barro, no se movía, no respiraba. Junto a ella el caballo se retorcía con una pata rota en el suelo, ambos sufrieron un accidente. - Unas lágrimas asomaron en sus ojos grises, dándole un rastro de la humanidad que había perdido hacia tantos años. - Me desplome sobre ella, llore, grite, la zarandee, pero ella no respondía, se rompió el cuello en la caída. Albus de pie, nos miraba sin hacer nada, yo le suplique.
_____________________Flash Back_________________
-Albus, tu eres mago, dime que puedes devolvérmela.
El le miraba con sus ojos azules llenos de tristeza. - No puedo Marcus. Ningún mago puede devolver una vida.
-Eso no es cierto. - Le grito poniéndose pie. Estaba cegado por el dolor y la ira. - Tú tienes poder, tú puedes hacer cualquier cosa.
-No puedo, ella también es mi amiga, pero no puedo.
-No puedes o no quieres. - Bramó el joven con los ojos llenos de ira. - Tu, y tus malditos magos, no haríais nada por una simple muggle, ¿Verdad?
-Eso que dices no es cierto. Tú eres mi amigo, los dos sois mis amigos.
-ENTONCES HAZLOO. Le gritó con los ojos llenos de lágrimas.
El mago apartó la mirada, apretando los puños. -No puedo.
-Maldito seas Albus Dumbledore. Tú y todos los tuyos. - Escupió con odio. – Vosotros, los malditos magos, creyéndoos siempre superiores, nosotros solo somos sucias ratas sin importancia.
Albus miró el dulce rostro sin vida. – Sabes que eso no es verdad. Pero no puedo. No. Tampoco pude hacer nada por mi hermana.
-Mentiroso. Te odio. – Sus ojos grises estaban inyectados en sangre. – Tú y los tuyos sois una maldita abominación. Algún día lo lamentareis, lo juro.
________________________Fin Flash back________________
-El simplemente me miró, la lluvia caía por su fino rostro, sus cabellos rojizos sueltos sobre sus hombros goteaban, pero no dijo nada, desapareció. Me dejó solo con mi pena y con ella. – Tomó aire profundamente. – Pronto llegaron más personas, se hicieron cargo del cuerpo. Mientras yo corría a aquella gruta, esperando encontrar algo que la salvara. Me descolgué por las cuerdas que bajaban el acantilado, sin importarme que el temporal me estampase contra las rocas. Entre en el pasadizo y llegue a la cámara. No me cabía duda de que él había estado allí, faltaban algunos de los objetos mágicos, pero los escritos, los rollos de pergamino seguían allí.
-¿Fue allí donde aprendió todo lo que sabe?
-Solo me mostraron el camino. – Dejó delicadamente la foto n su cajón. – Me costó mucho traducir las crónicas del Caballero del León, como le llamamos por los escudos blasonados con ese animal. Pero al final lo conseguí, allí conocí la historia de Lady Amalthea, la leyenda del Toro Rojo. Y a Mabruck el negro. Todo para conseguir convertirme en el mayor mago de todos los tiempos, más allá de lo que él lo seria en su vida. Diez años después, y gracias a la gran fortuna de mi familia pude encontrar el Grimuario, en él encontré la forma de vencer a la muerte, pero ya era demasiado tarde para devolvérmela, para cumplir mis sueños, en cambio si podría obtener el poder, engañar al tiempo y a la muerte y demostrar a los sucios magos que un pobre muggle podía superarlos.
El viejo aspiró profundamente, Marcus pudo ver como el brillo de maldad había vuelto a sus ojos. – Y ahora, después de tantos años, estoy a punto de conseguirlo.
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Selena permanecía sentada en el butacón frente al fuego, las llamas se reflejaban en sus pálidas facciones dándole un aire aun más irreal, suspiró y dejó caer el libro que leía en su regazo.
Al día siguiente era sábado, sus amigos saldrían de visita a Hogsmeade, Ginny le había dicho que le comprarían algo de ropa más moderna y alegre. Ella se quedaría como siempre encerrada, oculta en el castillo, pero por lo menos ya no se sentía tan sola, tenía a Melisande. Cierto es que las dos no habían comenzado con buen pie. Cuando por culpa de la unicornio la guerrera perdió a su presa. Pero después de varias conversaciones se había dado cuenta que las dos se sentían prácticamente igual de perdidas en aquel mundo, e igualmente prisioneras de ese castillo, aunque fuera por su bien.
Sonrió al recordar la cara de la chica cuando llegaron a la sala de los menesteres, se había quedado pasmada, y ella también. Una sala enorme, donde aparecía todo lo que la persona que la ocupaba necesitaba. Prácticamente saltó de alegría al ver su espada en su funda, sobre unas pieles junto a la chimenea. Los chicos se habían quedado pasmados, ante la apariencia que la sala tomó para la castaña. Una enorme sala de armas de su época, con todo lo que un guerrero podía utilizar para ejercitarse. Espadas, lanzas, arcos de madera.
Ron insistió en probar una de las espadas, bajo la mirada de indignación de su novia, y el cachondeo de la otra pareja. La chica asintió con una sonrisa divertida en el rostro. Apenas le había enseñado la forma correcta de sujetar una espada de batalla a dos manos, y cruzado un par de golpes "delicados" con él, cuando el chico dio un alarido y dejo caer la espada maldiciendo y doliéndose del hombro.
-Serás idiota. – Le regañaba Hermione mientras corrían a la enfermería. – Quien te mandará a ti jugar con espaditas. Y sin calentar.
-Pero nena. Yo soy un ídolo del quidditch, no puedo lesionarme tan fácilmente. Aii. –Trataba de justificarse el pelirrojo.
Harry rió tras ellos. – Pues tío no es por fastidiar, pero eso tiene toda la pinta de un esguince, así que…- Una mueca maligna se dibujo en su rostro. - …Ya no estás tan en forma, chaval.
-Vete a la mierda Harry. – Lloriqueó a la vez que su novia le daba una sonora colleja.
Ella les había seguido a la enfermería, mientras la castaña permanecía en la sala, ejercitándose.
La señora Pomfrey y ella misma se ocuparon del pelirrojo, que efectivamente se había hecho una brutal rotura de ligamentos.
Después de aplicar hechizos y pociones varias, el chico había recuperado la movilidad y el dolor había remitido, afortunadamente y con unas cuantas dosis más, estaría a tiempo para la final del domingo, lo cual no había evitado varias maldiciones por parte de él, y varios "Te está bien empleado", por parte de su novia.
Ahora, esperaba tranquilamente a Hermione, con aquel libro de pociones que ella le había prestado. "Pociones, él es profesor de pociones". Suspiró de nuevo y acarició la portada del libro, como le había acariciado a él la noche antes en la enfermería. Estaba tan ensimismada que no oyó a la gryffindor deslizarse por la puerta. Su compañera se quedó a unos pasos observándola con una sonrisa.
-¿No crees que deberías afrontarlo? – La voz de la chica la hizo saltar en la butaca, casi se cae, y el libro fue a parar al suelo.
La castaña, se acerco hasta ella, lo recogió y se lo entregó. La unicornio apartaba la mirada, con el rostro teñido por el rubor. Granger se limitó a suspirar, arrastrar otro sillón y sentarse a su lado. Permanecieron unos minutos en silencio hasta que la gryffindor hablo de nuevo.
-No pretendo incomodarte. – Hablo calmadamente. – Pero pienso que deberías ordenar tus sentimientos.
Selena la miró extrañada. - ¿Ordenar?
-Aclarar lo que sientes. – Granger suspiró y Selena solo se hundió más en la butaca. – Esta mañana no negaste que estabas empezando a sentir…
-Como una humana. – La interrumpió. – Cada vez más, es como si el unicornio que era se estuviera disolviendo en este cuerpo, en las nuevas emociones, en la nueva vida. – Sacudió la cabeza, con desesperación. – Y no me siento mal con ello, al contrario.
-Te sientes realizada.
La unicornio la miró. – Sí. Es como si toda la eternidad que he pasado bajo mi verdadera forma, hubiera sido vacía, sin nada, solo…dolor, miedo y soledad.
-Te está gustando demasiado ser una humana.
-Era confuso. Es confuso. – Murmuró cansadamente. – Los unicornios tenemos sentimientos, pero no al mismo nivel que lo que estoy sintiendo. Conocía la pena, la necesidad, el miedo, el instinto de proteger mi bosque, a los míos, pero todo a un nivel más…como podría decir.
-¿Suave? ¿Limitado?
Ella reflexionó un instante. – SI, con menos intensidad. La forma en que este cuerpo me hace sentir, es arrolladora. – Su compañera sonrió.- El sabor de las cosas que como o bebo, el placer de un buen baño caliente, el disfrutar de una velada junto al fuego con mis amigos. La risa, yo nunca antes había reído, nunca había sabido lo que era disfrutar, era algo estático, etéreo. Si volviera a mi forma original, me sentiría completamente vacía.
Hermione la tomo de la mano apretándola suavemente, ella respondió al apretón y la miro con una dulce expresión en su rostro. – ¿Pero hay algo más verdad?
La unicornio rio vagamente. – Es difícil ocultar las cosas a alguien tan inteligente.
Granger sonrió. – No, creo que Ginny también se ha dado cuenta, sobre todo desde lo de anoche. – Una leve risilla surgió de sus labios. – Las mujeres tenemos esa intuición. Los chicos son otra historia.
Selena hecho la cabeza hacia atrás y suspiró profundamente. – Es difícil sentir lo que siento, y sabiendo lo que se. Además, vosotros le odiáis.
-¡NO! – Exclamó la muchacha preocupada. – Eso no es así. Pero no te negare que el profesor Snape es alguien…- Vaciló un instante. -…Difícil. Durante siete años, Harry y él se odiaron, o al menos eso daba a entender él con esa actitud, tan ofensiva. Aunque si lo ves bien es igual para todos. Las cosas aun se pusieron peor cuando Snape tuvo que matar a Dumbledore mientras Harry lo veía todo.
Selena la miró con tristeza. - ¿Él lo hizo? ¿Lo mató?
Loa castaña asintió. – Pero todo fue planeado por el director. Él ya estaba muriéndose y sufría terriblemente, le había obligado a Snape a jurar que llegado el momento lo haría para evitar que uno de sus enemigos lo hiciera. El profesor solo le libró del dolor, y de ese modo se ganó la confianza de Voldemort, eso fue decisivo para ayudarnos a ganar la guerra, y de hecho él estuvo a punto de dar su vida a cambio.
-La cicatriz del cuello. – Musitó Selena, mirando el fuego y recordando la terrible cicatriz rojiza que portaba el profesor.
-Si, Voldemort le lanzó su serpiente cuando dejó de serle útil, y empezó a sospechar de él. Creímos que no sobreviviría, de hecho pensamos que llegó a estar muerto. En ese momento él le entregó a Harry sus recuerdos, los recuerdos de su madre, de Lily, de lo mucho que la amo, y de todo lo que había hecho estos años por él, para ayudarlo en su misión, el plan de Dumbledore, todo.
-Lily…- Susurró la unicornio encogiéndose sobre sí misma.
Hermione sonrió vagamente. – La madre de Harry, era su amor de juventud, pero parece ser que nunca fue correspondido, eran buenos amigos pero por culpa de él ella dejó de hablarle. Eso fue lo que le empujó definitivamente a unirse a los mortifagos.
Selena tembló levemente, recordó aquel primer encuentro con él, el dolor que compartieron en ese momento de unión de sus almas, los ojos verdes, los mismos ojos del muchacho.
-Cuando Harry supo la verdad, se sintió profundamente culpable, todos lo sentimos, por todos estos años en que lo habíamos insultado a sus espaldas, por el desprecio que le habíamos demostrado. Él se sacrificó, lo sacrificó todo por nosotros, y a cambio se lo pagamos con burla y soledad. – "Soledad, la misma soledad que ella había sentido durante todos sus siglos de existencia, la misma soledad que veía siempre en sus ojos."
