29. Pensando en ti.

"Soledad, la misma soledad que ella había sentido durante todos sus siglos de existencia, esa soledad que veía siempre en sus ojos." – Pensaba para sí la joven de cabellos blancos, su mirada se tornó triste.

-Después de la mordedura, Snape estuvo varias semanas en San Mungo, Harry fue muchas veces a visitarle, pero él seguía con su misma actitud fría y despectiva. – Su boca se torció en un gesto de desagrado. - ¿Te lo puedes creer? Después de salvar la vida, de que ganásemos la guerra, de tener una nueva oportunidad para vivir, él se comporta como si el hecho de sobrevivir fuera una tortura para él.

La unicornio agacho la cabeza con tristeza. – Sé lo que debió sentir. Cuando ella nos liberó del encierro en el mar, todo fue euforia, alegría, pero luego, el miedo fue prevaleciendo, el miedo a la soledad, a los siglos, al Toro, y al ser humano. – Se mordió nerviosamente el labio inferior. -Tienes idea de lo que es para una criatura mágica, ver que la magia que respiras, de la que vives, se desvanece a tú alrededor, que el mundo deja de creer en ti, que la magia se muere, y tus ganas de seguir existiendo mueren con ella. – Cabeceó frustrada. – Las pesadillas, reviviendo esas imágenes de fuego y agua, noche tras noche, año tras año, siglo tras siglo. Tener miedo a la vida misma, y terror a la eternidad, solo pidiendo que el sufrimiento acabe.

-¿Por eso los demás murieron?

Selena asintió. – El golpe de la espada es solo un segundo, un instante. Pero el dolor que sentimos lleva durando siglos, desgarrando el alma despiadadamente. Poder dejar de sentirlo es algo muy tentador. Yo misma estuve a punto, hace unos años, cuando ese monstruo mató a los últimos, y también estuve al borde de sucumbir a su llamada.

-Y aguantaste. Eres muy fuerte. – Sonrió la castaña, volvió a apretar su mano.

No había sido su fuerza, era ese extraño sentimiento hacia aquel muchacho de ojos negros, un sentimiento jamás sentido antes por un unicornio, al menos no en su forma verdadera, y que la empujaba a mantenerse con vida, con la extraña esperanza de volverlo a ver. – Es tan absurdo. – Se reprochó casi para sí. Granger la observaba como si pudiera leer en su mente.

-No, no es absurdo, tal vez es tu destino. Dumbledore dice que el destino es algo caprichoso, que podemos escondernos de él, esquivarlo, pero siempre nos acaba encontrando. Tal vez tu destino era poder vivir una vida como humana.

Ella sonrió. – El anciano mago que conocimos en nuestro viaje, la conoció muy bien, a ella, a Lady Amalthea.

-¿La otra unicornio? ¿La que os salvo?

Selena asintió. – Él me dijo que ambas nos parecemos mucho, casi dos gotas de agua…pero que mis ojos eran…más humanos. Tal vez esa parte humana ya estaba en mí antes y fue lo que me empujó a seguir viviendo.

-Pero ella conoció esos sentimientos solo bajo la forma humana. – Murmuró la leona, volviéndose a mirarla. Los ojos de Selena continuaban fijos en las llamas, su mente recreaba una y otra vez al joven Snape, durmiendo bajo el árbol, su respiración agitada, los surcos de las lagrimas resecas en su rostro, como su corazón se encogió al mirarlo, como había compartido su dolor. – Pero tú, has tenido esos sentimientos antes, y eso es lo que te hizo diferente.

La voz de su amiga la trajo de nuevo al presente. – Ella también se dio cuenta. – Susurró tristemente. – Cuando nos sacó del mar, y todos los nuestros huían camino de sus bosques, yo la busque. Y ya de por si era extraño, nunca uno de los míos ha necesitado del contacto de los otros, como os conté, es en muy contadas ocasiones cuando tenemos contacto, y por un instante muy breve. – Ladeo la cabeza con una vaga sonrisa. – Eso también es diferente en nosotros. Los humanos buscáis el contacto de otros de vuestra especie casi continuamente, era algo que me resultaba fascinante.

-Bueno, siempre hay excepciones. Como Snape por ejemplo. –Sonrió Hermione.

-Si supongo que sí. – Suspiró. –Pero el caso es que necesite buscarla, mirarla a los ojos. Y lo hice, las dos nos miramos, en aquella playa, durante unos segundos interminables. Sus ojos eran diferentes a los que hasta ese momento me había devuelto mi reflejo, a cómo eran los ojos de un unicornio. Lo vi a él, al humano que le había robado el corazón, que era el dueño de su alma, la inmensa pena de haberle perdido, tumbado inerte sobre la arena, a unos pasos de nosotras. Fue como si mi magia, mi alma, todo mi ser entrase en comunión con mi hermana.

-Y ella te traspaso parte de esa humanidad.

-No solo intercambiamos nuestra magia, sino también esos sentimientos humanos, eso fue lo que me cambio, y creo que ella lo hizo por algún motivo. Aun puedo oír su dulce voz en mi mente. "Mi hermana, tu eres diferente. Tú puedes cambiarlo. "– Miró a su amiga humana, su labio inferior temblaba levemente, parecía a punto de llorar. – Pero yo no soy diferente, no sé lo que debo cambiar, yo…no lo sé.

-Snape. – Sonrió su amiga. – Tú sientes algo por él. – Los ojos azules de la unicornio brillaron levemente. – La forma en que lo defiendes, como os miráis en el comedor, como te quedas callada cuando hablamos de él, cuando hablamos de si había alguien que te gustaba, la forma en que te quedaste velándole toda la noche. – Su voz era entusiasta. – Dios, como no darse cuenta, solo mi tontito de Ron no lo haría. Incluso en él se ha notado el cambio desde que llegaste. El día en que Black te regalo esas rosas. Fue el Record en puntos quitados por Snape a las casas, incluso le quitó más de 60 puntos a Slytherin.

-¿Qué…quieres decir?

Hermione se giró y la miró con sus intensos ojos melados, mientras la tomaba con fuerza de la mano. – Quiero decir, que él siente algo también por ti. Aunque el Murciélago amargado intente disimularlo muy bien.

-No le llames así. – Se quejó la otra.

-Lo ves. – Rió. – Ya lo estas defendiendo de nuevo.

-¿Y qué puedo hacer? –Preguntó en un susurro.

-Creo que deberías afrontar lo que sientes, dejar de negártelo. Los dos deberíais afrontarlo. – Aspiró profundamente. – Se que no es fácil, yo misma tuve que luchar mucho con migo misma cuando me di cuenta de que Ron me gustaba. ¡Imagínate! Yo Sabelotodo Granger enamorada del cabeza hueca de Ron. Y para colmo el salía con Lavender. – Su voz casi sonó con un chillido agudo, Selena la miró extrañada. – No puedes imaginar lo mal que se pasa cuando ves a la persona que amas besuqueándose con otra. Pero al final los dos demostramos lo que sentíamos. Y míranos, con planes de boda para el año que viene.

-¿Boda? Preguntó extrañada.

Hermione suspiró. – Si, es la ceremonia de casarse. Dos personas suelen casarse cuando se aman y desean pasar el resto de su vida juntos, tener hijos, esas cosas. – Se quedó pensativa. – Aunque también se puede simplemente vivir juntos, pero casarse es el método tradicional. Y los padres de Ron son MUYYYY tradicionales. – Concluyo con un tono frustrado en la voz.

Selena suspiró. –Tener a alguien a tu lado toda tu vida. Me pregunto cómo seria.

Hermione hecho la cabeza hacia atrás en la butaca y se estiró perezosamente. – Bueno, yo no creo en el "felices para siempre". En una pareja siempre hay problemas, si no míranos, siempre discutiendo. – Selena sonrió. –Pero sí que creo que tener a alguien que te de calor por las noches es algo bueno, desde luego mucho mejor que hundirte en tu soledad en una oscura mazmorra, o en lo profundo de un bosque, por muy mágico que sea.

-Pero el amor te hace sufrir. Yo no quiero sufrir. No quiero pasar lo mismo que ella. – Sacudió la cabeza con desespero, sus larguísimos cabellos blancos se desparramaron sobre sus hombros.

-Ummm. – Rumió la castaña, apoyaba su mejilla sobre su mano, pensativa. – Tal vez a eso se refería cuando dijo que tú podías cambiarlo.

Se echó la negra capa sobre los hombros y salió de su despacho con un portazo. En qué diablos estaba pensando esa tarde. ¿Él? ¿Emborrachándose con el retrasado mental de Black? Desde luego, eso tenía que ser algún tipo de secuela mental, por la cantidad de crucios recibidos en el pasado. Porque si no la cosa no tenía sentido.

El café solo y una ducha fría le habían ayudado notablemente a terminar de despejar su cabeza. ¡Merlin! Bebiendo con Black, esa porquería de whisky muggle. Y hablando mujeres, hablando de ella. Como si fuera su maldito amigo. –"Mierda, Severus, tú necesitas un psicólogo." - Un gruñido salió de su garganta al recordar la cara de perplejidad de Hagrid cuando los dos entraron por la puerta, simplemente no tenia precio. – "Y el maldito desgraciado lo estaba tratando como a un compañero de juergas, A ÉL. " – Sacudió de nuevo la cabeza y dio otro gruñido.

Algo le consoló en ese momento de sentirse como un completo imbécil, y es que el chucho asqueroso parecía estarlo pasando tan mal como él. Bueno, quizás incluso peor, él al menos tenía asumido que no había nada que hacer, su vida eran las clases, su mazmorra y los castigos…Suspiró con un gesto de aburrimiento…que no tendría suerte esa noche y pillaría algún mocoso en su camino para hacérselo pasar realmente mal, y aliviar su frustración y su mala leche....Una sonrisa siniestra se dibujó en su rostro y siguió avanzando por el oscuro pasillo. Si, él lo pasaba mal, aunque no quisiera reconocerlo. Pero Black…siempre tan suficiente, el gran juerguista, el que nunca respetaba las reglas…el héroe del quiddith, el que siempre se llevaba a todas las chicas, y por primera vez en su vida una se las hacía pasar realmente mal.

Recordó la mueca de su cara, cuando le contó lo que ella le había hecho la tarde antes. -"¡El chucho corriendo en paños menores por toda la llanura!"- Sus carcajadas resonaron por todas la mazmorras, tuvo que apoyarse en la pared para no caerse del ataque de risa, esa tarde el alcohol le afectaba lo suficiente para no haber sido totalmente consciente de lo ridículo de la situación, pero en ese momento ya estaba lo bastante sereno para reírse a gusto. Y hacia décadas que no se reía así. Se llevó una mano a los ojos para limpiarse las lágrimas que le brotaban, y trató de moderar sus carcajadas. Si alguien lo veía así, de seguro afirmarían que había perdido la chaveta.

Una caja de Whisky de fuego del mejor, eso le regalaría a la chica, solo para darle las gracias, por lo mucho que se estaba riendo a costa de Canuto y todo gracias a ella. Y de paso podría cobrarse un poco el mal rato de las rosas. – "Solo por diversión, el muy carbón se las mando solo para cabrearme." – Pensó con gesto sombrío. – ¡Bastardo! – Rumió entre dientes.

Aspiró profundamente, y se irguió de muevo en aquel pasillo tenuemente iluminado por antorchas, volvió a avanzar con ese paso suyo, enérgico y elegante, mientras su capa se deslizaba sobre el suelo. Subió a los pisos superiores, para comenzar su cacería de algunas parejas desprevenidas.

A penas media hora después una pareja de jóvenes Hufflepuff de sexto, se sobresaltaban en una escalera oscura, cuando la voz de su temido profesor de pociones hacia que rompieran su beso. - ¿Jugando a los médicos, jovencitos?

La pareja, un chico rubio, pecoso y una jovencita de cabellos cortos oscuros que trataba de acomodar su falda, lo miraron con terror, y a él le encantaba que lo mirasen así. - ¿P…Profesor…?

-Ummm…veamos…fuera después del toque de queda.-Comenzó con voz fría como el hielo. – Realizando actividades…poco adecuadas… ¿Cuántos puntos debería quitarles?

El chico vaciló, la muchacha solo apartó la vista avergonzada.

-Empecemos con 30 puntos. – La chica levantó la cabeza, aliviada. – A cada uno. – Ambos pusieron gesto de fastidio. – Y mañana a las 6 de la tarde, se presentaran ante el Señor Filch, estoy seguro que encontrará alguna actividad provechosa para ustedes. – EL gesto de fastidio se convirtió en asco. – En lugar de intercambiar saliva. Y ahora… ¡Largo de aquí!

La pareja salió corriendo en dirección a su sala común, mientras él continuaba su ronda con cara de satisfacción. La cacería del murciélago solo acababa de comenzar.

Suspiró cansadamente, y se volvió a mirar la tenue luz plateada que se filtraba por una alta vidriera. ¿La encontraría acaso esa noche de nuevo? ¿Volvería a verla en lo alto de la torre? Había tantas cosas que deseaba decirle, y se sentía tan torpe, tan estúpido. Sacudió la cabeza y continúo buscando niñatos a los que castigar.

Ella suspiró de nuevo, se volvió boca arriba en la cama, mirando fijamente al techo. Otra noche más de insomnio, las mismas pesadillas, y visiones de su pasado la perseguían una y otra vez, pero después de lo ocurrido la noche anterior dudaba de salir. Y si se encontraba de nuevo con ese tal Filch. Verdaderamente era un hombre desagradable, muy desagradable. Pero no era eso lo que más la inquietaba.

Era él, Severus Snape, temía encontrarlo de nuevo, siempre aparecía, era como una sombra guardiana que la vigilaba siempre. Incluso cuando no se habían encontrado en sus escapadas nocturnas, ella sabía que estaba cerca. Se sentía insegura de volver a enfrentar sus negros ojos, y más después de lo que había pasado la noche anterior. Temía que él fuera capaz de leer en sus ojos, las sensaciones que su pequeña "exploración" le provocaron. Trató de cerrar los ojos, pero volvió a verle, tumbado en aquella cama, su rostro cubierto de sudor frío. La sensación del tacto de su piel en sus dedos al retirarle la ropa, le provocaba una asfixiante sensación de calor. Se incorporó de golpe, y se quedó un momento sentada, abrazada a sus rodillas, mirando la nada.

-Si vas a salir otra vez. - Murmuró un voz conocida, somnolienta desde la cama de al lado. - No dejes que Filch te descubra.

Ella miró hacia la cama de Hermione, la joven se removió perezosamente, mientras abrazaba la almohada. - Yo no…

-No pienses más y vete. Aclara lo que sientes. - Bostezó de nuevo. - No me preocupare si no vuelves.

Parpadeó varias veces. ¿Qué estaba insinuando? Si no volvía al dormitorio, donde se quedaría. Ladeó la cabeza, los humanos y sus dobles sentidos, era una de las cosas que menos entendía de ellos.

Apoyó los pies desnudos en el frío suelo, le gustaba esa sensación, ese escalofrió que recorría su cuerpo, ese sentirse viva. Tomó su capa negra, y deslizándola sobre su fino pijama de raso azul cielo, salió de la habitación, en silencio. No sin antes darle un último vistazo a su amiga que había vuelto a pillar el sueño, y emitía pequeños ronquidos. Cerró la puerta con cuidado y se deslizó escaleras abajo hasta la sala común, apenas iluminada por los rescoldos de la chimenea.

Un leve gemido la hizo volverse hacia el sofá. Y no pudo evitar una sonrisa. Potter dormía plácidamente tumbado, su despeinada cabeza apoyada en un cojín, y una pierna colgando fuera del sofá, sobre él con la cara enterrada en el hueco entre su cuello y su hombro descansaba su novia. Los observó un momento con curiosidad y ternura, de las parejas que había conocido en el mundo de los humanos, ellos eran sin duda los que menos se preocupaban por ocultar ese sentimiento tan poderosos que se demostraban. La manta apenas los cubría, Harry llevaba la camisa de su pijama parcialmente abierto, mostrando su juvenil pecho, la mano de la muchacha reposaba sobre su piel desnuda. Mientras que la de él se perdía bajo la blusa de la muchacha. Sus rostros mostraban una gran paz, se veían simplemente hermosos.

Esbozó una amarga sonrisa, como podría sentirse simplemente así, sintiendo el contacto de su piel sobre la suya, acaso su alma podría tener algún día un poco de esa paz que el rostro de los dos adolescentes mostraba. La pelirroja se removió perezosamente, emitiendo un leve gemido, mientras rozaba su nariz con el cuello de su novio, y continuó durmiendo plácidamente.

Se deslizó sigilosamente hasta la entrada y salió al pasillo. La puerta se cerró a su espalda, la Señora Gorda la observaba con el ceño fruncido y las manos en las caderas.

-¿Otra aventura nocturna, señorita? – Bufó la mujer.

Ella sonrió. – Prometo no meterme en líos esta vez.

El retrato suspiró frustrado. – Es imposible retenerla, verdad querida.

-La cuerda que me retenga no ha sido trenzada, ni la jaula forjada. – Susurró enigmáticamente.

-Se lo que es usted. Aunque fuera ciega lo sabría, cosas de estar muerta. Pero tenga cuidado. – Le guiñó un ojo. – Puede haber otras formas de atraparla.

Apenas esbozó una tenue sonrisa, y se encaminó de nuevo hacia la torre. Mientras la Señora le apremiaba a no llegar demasiado tarde esa noche.

-No vas a soltarme ¿Verdad? – Suplicó de nuevo el animago atado de pies y manos a la cama.

Hagrid exhaló el humo de su pipa, y dejó la revista muggle que ojeaba en su regazo, mientras lo observaba divertido desde su cama. – No crees que ya te has metido en bastantes problemas con ella, Black. – Le reprochó. – Si no ha vuelto tampoco esta noche, es que no quiere verte.

-Yo…solo quiero pedirle perdón…- Articuló con dificultad.

El semigigante rascó la cabeza de su perro. – ¿Pero tú has visto el pedo que llevas? Snape tiene razón, duerme, despéjate y con la cabeza fría ya verás lo que haces.

Black levantó apenas la cabeza sobre la almohada. – Sí, estaba borracho, pero se me ha pasado. Snape también ha bebido y yo no he visto que nadie le ate a su cama. – Sonrió con malicia. – A mi no me disgusta que me aten a la cama, pero depende de quién y cómo. No tu, tío feo.

Hagrid solo bostezo. – Pues si ella te ata a la cama, no creo que sea para nada bueno.

-Hagrid, desatameeeee. – Gimió de nuevo.

-No.

-Desatameeeee, vaaaaa.

-No

-Pues no te dejare dormir, mal amigo. – Parpadeo varias veces, no escucho respuesta. Al momento los ronquidos del semigigante hicieron retumbar la habitación. - ¡Mierda! Ahora a ver como se despierta. – Bufó con frustración.

Siguió forcejeando durante un buen rato, las muñecas le ardían. Tomó aire y negó con la cabeza, cualquiera pudiera verlo así, atado al sofá cama en la habitación de Hagrid, pensaría que eran una pareja de pervertidos.

Suspiró. Todos parecían tomarlo como un crio, es que acaso no era un hombre adulto para tomar sus decisiones y arreglar sus propias cagadas. Lo del beso había sido una tremenda cagada, pero en ese momento simplemente le salió. No pretendía nada raro, solo pedirle disculpas por ser un gilipollas y un prepotente.

En ese momento sintió que las ligaduras desaparecían. Con gesto incrédulo se incorporó de la cama y se frotó las enrojecidas muñecas. Observó con malicia a su ruidoso compañero de habitación, seguía roncando a pierna suelta, solo Fang alzó la cabeza al notar que se movía, y lo miró con interés. El se llevó un dedo a los labios pidiéndole silencio.

Lentamente se deslizo hasta la cama del semigigante, necesitaba el condenado mapa. ¿Pero donde andaría? Escruto la desordenada mesilla de noche, y la luz se hizo en su cabeza. La chaqueta. Se abalanzó sobre la silla donde Hagrid había dejado caer su ropa y registró los bolsillos de sus diferentes prendas. Una sonrisa de triunfo se dibujó en su rostro al palpar el viejo pergamino, de un tirón lo sacó del bolsillo del pantalón. Tomó su chaqueta granate, su varita y de puntillas salió de la habitación y de la casa.

Mientras avanzaba hacia el castillo amparado por la noche, su varita apuntó al mapa. - Como en los viejos tiempos. - Suspiró. - Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas.- Observó con interés como las imágenes se extendían sobre el mapa, sonrió entre dientes. - Aja, con que ahí estas escondida, pequeña.