30. Esa Cosa Extraña Llamada Amor.
De nuevo estaba en aquella torre, sintiendo el viento de la noche en su cara, en sus cabellos. Las estrellas iluminaban el cielo nocturno, algunas lechuzas volaban en busca de pequeñas presas, una de ellas se posó a su lado ululando y girando los ojos cómicamente. Ella acarició las blancas plumas de la cabeza, con una sonrisa, el animal emitió una especie de ronroneo. La joven suspiró, y dejando de acariciar al animal, apoyó su peso sobre el muro de piedra, y dejó caer su cabeza cansadamente sobre sus brazos cruzados. – Hasta el ser más insignificante parece buscar eso llamado amor. – Suspiró, mirando de nuevo a la lechuza que ululaba y rodaba la cabeza observándola.
Otro animal de plumaje más oscuro se poso en una almena más lejana, y emitió un suave sonido, su acompañante le contestó y las dos emprendieron el vuelo, jugando en el aire. Ella sonrió vagamente. – Si, supongo que sí.- Continuó contemplando el lago, las estrellas se reflejaban sobre las tranquilas ondas de su superficie, brillando como diamantes centelleantes.
Cerró los ojos y se dejó envolver por el aire de la noche, por el silencio y la quietud que se respiraba.
Tan absorta que no había notado la presencia oscura y alta que la observaba desde las sombras.
Ascendió sigilosamente los últimos peldaños que conducían a lo alto de la Torre de Astronomía. Las escaleras estaban completamente impregnadas de su aroma, a flores, a bosque después de la lluvia, era inconfundible y embriagador.
Una sensación extraña se apoderó de él, miedo, acaso el temido Severus Snape, el héroe de guerra, el espía que había burlado a Voldemort, el despiadado mortifago, tenía miedo. Miedo de lo que esa joven le hacía sentir, miedo a amar de nuevo, a romper esa promesa de tantos años. La voz de Lily volvió a resonar en su mente, tan clara. – "Vive de nuevo." – Sacudió su cabeza, era algo imposible, prohibido, ella, ese ser tan puro, que emanaba luz por cada poro de su ser, la encarnación misma de la magia más pura. Y él un miserable que se había dejado arrastrar al lado más oscuro de la magia, que había derramado sangre inocente, engañado, torturado. Debía dar la vuelta, si seguía manteniendo algo de cordura, volver a su despacho y lanzarse un Cruciatus a sí mismo por imbécil, pero sus pies seguían empujándolo a subir. Como podía él soñar siquiera con poder rozar esa pureza, un maldito como él, que lo mejor que merecía era la muerte, y aun así ella le había otorgado la vida. ¿Por qué?
La pregunta resonaba en su mente cuando cuidadosamente empujó la puerta que daba a la cima de la torre. Se deslizó en las sombras en silencio, ella estaba inclinada sobre las almenas, de nuevo cubierta con su propia capa, sus blancos pies descalzos sobre la fría piedra, la cabeza apoyada en una mano, mientras con la otra acariciaba una lechuza, y envidió profundamente al animalillo. Podía pasarse así toda la noche, simplemente mirándola, observando embobado el resplandor de sus cabellos desparramándose sobre su espalda. Su mente trató de imaginar cómo sería acariciar esos largos cabellos, desenredarlos delicadamente con sus dedos, una simple quimera.
Sin atreverse casi ni a respirar, se pego más contra la pared, refugiado en las sombras y se cruzó la capa sobre el pecho, como lo haría un oscuro murciélago con sus alas, simplemente a observarla.
Suspiró de nuevo, miró el cielo y cerró los ojos. Sabía que estaba detrás, en silencio observándola, no hacia ningún ruido, pero no hacía falta, lo sentía, sus sentidos seguían siendo más agudos que los de un humano normal, y su olor era inconfundible, ese aroma que la envolvía y la hacía soñar con lo que sería sentirse arropada por sus brazos. Tomó aire de nuevo, ladeó la cabeza pensativa. Sería posible que él sintiera lo mismo que ella, los dos había sentido esa pena, ese vacío, esa tristeza, que habían compartido en un pequeño instante, podrían acaso compartir otros sentimientos.
Se giró lentamente, sus ojos azules escrutaron las sombras, su figura oscura e imponente se recortaba contra el muro, la miraba con esos ojos negros brillando como carbones, su cabeza levemente inclinada hacia adelante, su negro cabello caía sobre su rostro enmarcándolo como dos cortinas. Los dos contuvieron la respiración, ninguno era capaz de romper el silencio, solo se miraban.
-Creo que sus amigos le están influenciando demasiado, con su falta de apego a las reglas. – Susurró con su voz fría y profunda. – ¿Merodeando de nuevo, fuera de su torre?
La muchacha tragó saliva, verdaderamente se veía tan amenazador.
-O tal vez debería quitarle puntos a sus "amigas", para que velen mejor por usted. – Continuó, sin apartar sus gélidos ojos de los de ella.
Ella no pudo evitar desviar la mirada, de esos pozos oscuros. -Yo…- Comenzó tímidamente. - Ellos no saben que salgo. No deseo causar más problemas. -La joven hizo ademán de marcharse, cuando él avanzó un paso, y su mano se cerró sobre su brazo.
- Yo, no quería ser…- Murmuró. - …Tan brusco.
La muchacha miró la pálida y fuerte mano que se aferraba a ella, un escalofrío recorrió su espina dorsal. Alzó de nuevo la vista, y sus ojos se encontraron. En ese instante su rostro había vuelto a ser el del joven del bosque. La soltó y ella retrocedió de nuevo hacia las almenas, sin dejar de mirarlo.
-Siempre viene aquí. - Su tono de voz se había tornado más suave.
Ella se volvió hacia el bosque, no se sentía capaz de sostener su mirada, esos ojos negros que le decían tantas cosas. - Mi bosque. Aquí me siento más cerca de él.
Oyó que él avanzaba otro paso hacia ella. - ¿Sigue añorándolo? ¿Tanto desea volver? - Había una nota de amargura en su voz.
Selena solo inclinó la cabeza hacia adelante. No, no deseaba volver, en el fondo quería más que nada quedarse, estar cerca de aquellos que le habían enseñado el cariño, la amistad, el amor…cerca de él. Volvió la vista hacia él, que seguía inmóvil a unos pasos. - ¿Por qué no me llama Selena? - Preguntó tímidamente. - Usted me dio ese nombre, y es el único que no lo usa.
El mago se quedó parado, no esperaba esa pregunta, vaciló un instante. - ¿Por qué no me llama Severus?- Sus facciones se endurecieron de nuevo. - Usted también me dio "algo" hace muchos años…
Ella se volvió y lo enfrentó, sus brazos caían a los costados, y apretaba los puños con fuerza. - Aquella noche en el bosque…- Susurró suavemente.
El solo asintió, en su oscura mirada había rabia, dolor, anhelo, reproche, y algo que no podía reconocer, quizás lo que más la turbaba. - ¿Por qué? - Articulo en un suspiro.
La unicornio solo apartó la mirada.
-Aquel día, solo quería morir, nada valía ya la pena para mí. Yo solo me ocupe de destruir todo lo que me importaba en mi vida…Lily. - El nombre salió de sus labios como un quejido. - Yo ya era una escoria, ya estaba podrido, sucio, corrompido por el Señor Tenebroso. Todo por intentar llenar ese vacío que ella dejó, sustituir ese amor por odio y rencor. - Su tono se fue elevando poco a poco, ella no se atrevía a mirarle, se sentía culpable por ese dolor. - Y sin embargo, tú me tocaste con tu gracia. - Abrió los ojos y lo miró, su rostro lleno de amargura. - ¿Por qué? ¿Qué me hizo digno de este don? De vivir….cuando ella está muerta por mi culpa. - Ahora lo sabía, tenía que haberlo sabido, la causante de aquel dolor era esa mujer, la madre de Harry, Lily. La había amado hasta la desesperación, y aun la amaba, en ese momento se sentía morir, era como si una garra invisible le estrujase el corazón. - Tantos han caído, y yo…debía haber muerto. Me lo merecía más que ellos, por todos los crímenes que cometí. - Se miró las manos con asco. - Mis manos, están manchadas…de sangre…de sangre inocente.
La joven retrocedió y apoyó su espalda contra el muro. ¿La odiaba? Sus ojos negros la fulminaban, sentía como los suyos le quemaban, le picaban, junto a la angustia, una sensación nueva, pero terrible. - Yo nunca quise…- Su voz temblaba. - Solo…quise…
¿Qué estaba haciendo? Fue como pulsar una clavija que le hizo volver en sí. ¿Cómo era capaz de decirle todo aquello? Apretó los puños y se mordió el labio inferior. Estaba siendo un completo imbécil. Tirando por tierra todo lo que podía tener con ella, lo que deseaba con todas sus fuerzas, le estaba haciendo daño. Apartó los ojos de ella, se sentía como una basura.
-Sentí el dolor…- Gimió, su cabeza inclinada hacia adelante, los cabellos blancos ocultaban parcialmente su rostro. -…Era tan parecido al mío…solo sentí…que debía….- Se volvió bruscamente y se apoyó en la repisa de piedra. Sintió la humedad inundar sus ojos, mojar sus mejillas. - Sentí tu alma…era hermosa…solo quise…tocarla, paliar ese dolor.
Unos fuertes brazos la rodearon desde atrás, suspiró al sentir su espalda recostada contra su pecho, su respiración profunda en su cuello. Sintió ese calor recorriendo su cuerpo, ese estremecimiento en cada poro. - Soy un torpe. - Susurró en su oído, su nariz enterrada en sus cabellos, aspirando ese aroma que lo enloquecía. - Un entupido y un torpe.
Ella tembló levemente. - Por siglos he sentido esa angustia, ese miedo, ese vacío. Deseaba morir, ahogar mis pesadillas en el tranquilo sueño de la muerte. - Tomó aire con dificultad, se ahogaba, su contacto la asfixiaba, pero deseaba seguir sintiéndolo, como una polilla no puede evitar a la llama. - Lo sentí en ti, esa misma angustia, pude sentir tu alma llorar. Me estremecí, una criatura mortal, con mi mismo dolor. Y quise aliviarlo, llevármelo, solo sabía que debía hacerlo, que lo necesitaba. - Sus brazos seguían aferrados a ella, sentía su rostro acariciar su cuello, el cosquilleo de su nariz junto a su oído, enviando oleadas de calor a su cuerpo.
Sintió que él se tensaba. – No deseo su compasión, ni ahora ni entonces. – Espetó en su nuca, pero seguía sintiéndose incapaz de soltarla, su contacto era como una droga de la que no podía prescindir.
Ella suspiró, inconscientemente recargó aun más su peso en su pecho, echó la cabeza hacia atrás buscando el contacto con su mejilla. –Nunca fue compasión ni pena. – Susurró, cerrando los ojos, sentía su aliento entrecortado. – Yo nunca había sentido algo así. Nunca como ahora. – Su corazón martilleaba en su pecho, sentía el pulso de él al mismo ritmo. –Es algo que temo, que temo tanto como a mis pesadillas. Yo no deseaba que murieras…todos estos años, sentía que seguías vivo, y yo…
La mente de Severus trataba ordenar sus ideas, fue como un fogonazo, salio de sus labios sin apenas darse cuenta. - …Un motivo para seguir viviendo…- Ella apenas asintió. – Tus ojos azules, creí que era un sueño, la forma en que me miraste. – Soltó aire. – Ella nunca me miró así.
-La amaste. Aun la amas. – Susurró la muchacha, en su voz había una nota de tristeza.
El se mordió el labio inferior, vaciló un instante. – La ame, con toda la fuerza del primer amor. Pero ella nunca me amo…fui un estúpido, cometí demasiados errores y ella murió por ellos. Tenía una gran deuda… - Sus manos comenzaron a acariciarla casi inconscientemente, ella tembló por su contacto. – Y todos estos años… ¿Fue amor? ¿O una obsesión? …y sin embargo en los momentos más desesperados, seguía viendo esos ojos azules, esos ojos que me transmitían tanta… paz
Las manos de ella buscaron las suyas, con un suspiró se posaron sobre ellas sintiendo la calidez de su piel, la piel que ella deseaba rozar, explorar, como la noche anterior.
Bruscamente, la soltó y se alejó de ella dos pasos, pero no podía dejar de mirarla. Ella se volvió y le miró, sus ojos azules estaban inundados en lágrimas, lagrimas humanas ¿Acaso se había vuelto tan humana que era capaz de llorar? Severus, se echo atrás el cabello con un gesto de frustración. - ¡Mierda! – Bufó, sus ojos negros se clavaron en los suyos, brillando de anhelo. – Yo no puedo, no puedo sentir esto. Yo no…
-Aun la amas. – Repitió la muchacha, su voz ahogada
Snape sacudió la cabeza con rabia. – No te das cuenta… Se fue, pague mi deuda y se fue, dándome otra oportunidad, que no merecía. Soy libre ahora.- Espetó. – En ese momento, en la oscuridad, solo quedaron esos ojos azules. Y luego apareciste, tan hermosa, tan pura, solo un sueño inalcanzable. No soy digno, soy un maldito. – Bufó lleno de frustración. - No puedo tocarte. No puedo besarte. Y oh, Merlín. ¡Como quiero!
Ella alzó la vista y lo miró perpleja. ¿Acababa de oír lo que creía? Él seguía parado, con los hombros hundidos, su gesto suplicante. Avanzó un paso de nuevo hacia ella.
-No puedes imaginar. Como deseo sentir tu piel bajo mis manos. – Murmuró febrilmente, ella lo miraba hipnotizada por sus profundos ojos negros. – Sentir tu sabor, escucharte gritar mi nombre…pero no puedo…no puedes olvidar lo que eres, no quiero que sufras más, yo no merezco la pena.
Selena avanzó un paso hacia él, toda ella temblaba ante lo que él le estaba diciendo, la amaba, a ella. – ¿Y si yo quisiera olvidar? – Su voz sonó firme, él la miró perplejo. - ¿Y si quisiera dejar atrás una eternidad de soledad y miseria? ¿Y si quisiera olvidar las pesadillas?, eso es lo único que quiero, ahogar esos recuerdos. Alejar aquello que solo quiere ser recordado. – Se paró frente a él, sus ojos se encontraron, diciéndose tantas cosas. – Hazme olvidar Severus.
Snape cerró la distancia entre ellos, las palabras sobraban, solo su mirada suplicante, sus labios entreabiertos en un ruego, su respiración entrecortada. Solo ella existía, Selena Einhorn, su mañana. Sus manos se aferraron a sus hombros, bajó lentamente el rostro hacia el de ella, sus ojos fijos en los de él, y entonces todo se paró a su alrededor, solo con un beso.
Fue suave, tímido, como si temiera que fuera a desvanecerse en cualquier momento, sus finos labios sobre los de ella, jugosos y suaves. Ella se estremeció con su tacto, al principio sus ojos permanecieron abiertos, clavados en él, pero lentamente se abandonó a las sensaciones abrasadoras, cerrándolos, solo sintiendo, disfrutando de su sabor en sus labios, con el corazón a punto de salirse de su pecho.
Se separaron tomando aire, volvieron a mirarse. –Eso fue…- Podía ver el negro de sus ojos fundirse con un interminable mar de emociones.
-Un beso. Interrumpió él acariciando sus cabellos.
Ella suspiró.- Ahora lo sé. – Susurró la chica, apoyando la mejilla en su hombro. Eso era lo que sentían sus amigos, cuando estaban juntos, esa felicidad, que la hacía sentirse llena, plenamente viva, algo como nunca pensó que sentiría. – Lo que sentí cuando vi al chico del bosque. – Snape beso su pelo suavemente. – Lo que desee de él. Porque envidiaba a los humanos. Lo que me dio Amalthea en esa playa, lo que ella misma sintió siendo humana.
Se apartó y lo miró con dulzura, el rostro de Snape se había relajado, casi rejuvenecido una década, se inclinó y apoyó su frente en la de ella. – Esto debe ser pecado, una blasfemia…lo que haces en mi. Yo estaba muerto…- Sus dedos rozaron su delicado rostro, delineándolo con suavidad, haciéndola suspirar de nuevo.
-Los dos hemos estado muertos. – Sus blancas manos buscaron a su vez el rostro de él, sus dedos recorrieron su mandíbula, cada línea, cada ángulo, sus labios que deseaba sentir de nuevo sobre los suyos, él depositó pequeños besos en esos dedos, haciéndola gemir débilmente, mientras una de sus manos la aferraba por la espalda, pegando su cuerpo al suyo.
La volvió a mirar, estaba ruborizada, tan hermosa, sus labios como una fruta jugosa, dispuesta para él. Era un hombre estoico, con un gran autocontrol pero le superaba. No pudo evitarlo, la besó de nuevo.
Ella sintió la presión de sus labios de nuevo sobre los suyos como una suave caricia, el hormigueo en el estomago se hizo más fuerte era como tener cientos de mariposas volando en su interior. No sabía lo que hacía ni lo que sentía, solo actuaba por instinto y sabia que necesitaba más, mucho más de él. Titubeante rodeo con sus manos su cuello al tiempo que él la tomaba por la nuca para profundizar más el beso, y la apretó más aun contra su cuerpo.
Delicadamente Severus comenzó a mordisquear su labio inferior en un ruego por adentrarse en su boca, ella emitió un gemido entrecortado, y él invadió la cavidad con su lengua recorriéndola, saboreándola, dejándose llevar por ese ardor la lengua de ella se unió a su juego encontrándose con la de él.
Sin aire tuvieron que separarse un instante, el apoyo su frente en la de ella que suspiró y se abrazó a él con fuerza. - Esto es una locura. - Murmuró Snape para sí. La miró a los ojos, estaban vidriosos, brillaban como nunca había visto, un rubor encantador teñía sus pálidas mejillas. - Tu…yo. - No pudo decir nada más volvió a asaltar su boca con desespero, la llevó inconscientemente contra el muro de piedra, apretándose más contra ella, sintiendo el contacto de su cálido cuerpo, sus bocas pugnaban una contra la otra, sus lenguas jugaban en un juego de intensidades. Pero necesitaba más, la amaba, de una forma avasalladora como nunca había amado a nadie, ni aun a Lily, ella ahora era suya, su alma estaba unida a la suya, podía sentir como su magia, vibraba con la de ella, con cada empuje de su cuerpo, con cada choque de sus bocas, en una sensación nueva y extasiante.
Dejó su boca y comenzó a besar su rostro, mandíbula, bajando hasta su delicado cuello, lo besaba y succionaba en profundidad. Ella gimió. - Severus…- Su nombre en sus labios, aun encendiendo más su deseo.
-Di lo que quieres amor…- Susurró en su oído al tiempo que lamia con dedicación el lóbulo de su oreja. Ella gimió de nuevo y la sintió estremecerse. –Pídeme que me arranque la vida y te la daré.
-Deseo…más…- Susurró entre respiraciones entrecortadas, casi no podía articular palabra, su mente estaba nublada por las sensaciones. ¿Era esto lo que le habían explicado? ¿Deseaba unirse a él, tal y como le habían contado? –Esto que me haces, lo que haces en mí, nunca imaginé algo así. Deseo sentirte…más aun. - El se apartó un momento, perplejo y se encontró con sus hermosos ojos azules que lo miraban anhelantes. -Quiero ser mujer, quiero ser mujer para ti, solo eso…una mujer.
La volvió a besar, sus brazos se aferraron a su cintura, mientras los de ella se enredaban a su pelo, era como si todos sus prejuicios, su lógica, sus miedos hubieran estallado en mil pedazos, que importaba lo que hubiera sido ella, ahora era humana, y sentía un deseo muy humano en su mirada, en sus besos, en la forma en que se aferraba a él. ¡Merlín! ¡Le estaba pidiendo que la hiciera suya! La idea hizo fluir un rio de fuego por sus venas. Ya estaba excitado, pero aquello era más de lo que su autocontrol podía aguantar, un torrente de excitación directo a su entrepierna. Una mujer, eso era, sin importar lo que hubiera sido antes. Una bella mujer, deseosa de despertar a la sensualidad, la mujer que le amaba. Sus manos comenzaron a desplazarse de su cintura, acariciando su cuerpo por encima del fino pijama de raso azul, ya no era capaz de hilar dos pensamientos seguidos, solo deseaba tocarla, sentirla. Un gemido de ella se perdió en su boca cuando una mano apretó suavemente un pecho a través del fino tejido, él suspiró, como pensaba, firme, lleno, desnudo bajo la tela. El sentía como las caricias de ella iban perdiendo su timidez inicial, tornándose más intensas, más audaces, bruscamente tomó su muslo para alzarlo y aferrarlo a su cadera, aumentando más si cabía el contacto entre ellos. Con un jadeo rompió el beso, buscando aire.
