32. Diferentes formas de Despertar.
Se removió lentamente, suspiró al notar su calor contra su espalda y se apretó más contra su cuerpo desnudo, una mano descansaba sobre su cintura desde atrás. Perezosamente abrió los ojos, parpadeó varias veces mirando al techo. ¿Cuánto había dormido? Los dos habían caído rendidos tras alcanzar el éxtasis una vez más, desde luego más de las tres o cuatro horas que solía dormir seguidas. No recordaba haber tenido pesadillas, solo había soñado cosas hermosas, cosas que tenían que ver con sus vivencias como humana, y con él. Sintió que unos dedos jugaban con su cabello. Lentamente de giró hasta encararlo.
-Buenos días. - Susurró él con una sonrisa, su rostro parecía mas joven, las ojeras habían desaparecido casi completamente, estaba recostado de costado hacia ella su brazo derecho sobre su cintura, y con la mano izquierda jugaba con su pelo, una sabana enredada a sus piernas apenas los cubría.
-Buenos días. - Contestó ella depositando un suave beso en sus finos labios.
Se miraron un instante mas mientras se regalaban caricias el uno al otro. - ¿Hace mucho que estas despierto?- Preguntó ella en un susurro.
El negó con la cabeza. - He dormido como un bebe. - Su largo dedo acarició su rostro y su cuello. - Aunque podría pasarme la vida mirándote dormir.
-¿Solo dormir? - Rió ella besando su cuello.
El se revolvió y quedó sobre ella apoyando su peso en sus codos para no aplastarla, sus ojos negros recorrieron su rostro sonrojado. - Eso implicaría compartir la cama…- Sonrió de nuevo. - …Una maravillosa perspectiva…
Ella lo miró intensamente, una nota de tristeza se adivinó en sus ojos azules. - No me dejes ir, Severus. - Su voz sonó entrecortada en una súplica, sus manos se aferraron con fuerza a la espalda del profesor.
El comenzó a cubrir su rostro y sus labios de besos ansiosos. -No te dejare ir, nunca. - Susurró en sus labios.
Ella lo separó y lo miró de nuevo. - Si vuelvo a cambiar, yo…
-SSHHHH. - La cayó poniendo suavemente un dedo en sus labios. - No hables de ello. - Susurró con ternura.
Ella ladeó la cabeza apoyando el rostro contra su brazo. - Puede ocurrir, Severus. Igual que me convertí en humana la magia puede cambiarme de nuevo…y yo…no quiero eso.
-¿Y tú que deseas ahora?
-Ahora. - Sus ojos brillaron. - Ahora ya no quiero volver. - Severus dio un suspiro al oírlo. - Ya no quiero dejarte, quiero seguir siendo humana, vivir contigo, seguir sintiendo esto que siento, envejecer a tu lado. - Los dos se miraron un instante a los ojos. - Y cuando llegue el momento…morir.
El parpadeó y retiró unos mechones de pelo de su rostro. - Y el último unicornio acabaría sus días junto a un viejo profesor de pociones. - Comentó con tristeza.
Una mano de ella comenzó a acariciar su cabello negro. - El mundo ya no necesita unicornios, quiero vivir, vivir cada instante, saboreándolo a tu lado, como nunca lo he podido hacer en siglos, he vivido suficiente, una existencia vacía, este es el camino que elijo, la verdadera y plena vida.
Las palabras de ella resonaron en su cabeza, ella le había regalado su vida de todas las maneras posibles, primero dándole un don que le había permitido vencer a la muerte y tener una nueva oportunidad, dándole una nueva ilusión creyéndose capaz de amar de nuevo, y ahora con su propio sentimiento, esa pasión abrasadora, la calidez de su cuerpo desnudo entre sus brazos. Por primera vez en su vida se sentía feliz, dichoso, completo. No necesitó decirle nada, solo la besó de nuevo con pasión, se separó con una exclamación de triunfo y rodó de costado apartándose de ella, con la felicidad dibujada en su rostro.
Ella le miraba con una dulce sonrisa mientras salía desnudo de la cama. - ¿Te vas? - Musitó.
Él no contestó, solo se volvió a mirarla, se agachó sobre ella, y con una mueca sarcástica tiró de su cuerpo cargándola sobre su hombro y arrancándole una protesta por su brusquedad. –Aun no me has oído decir que hayamos terminado. – Su voz sonó sedosa y profunda, la chica se quedó petrificada, sus ojos azules se abrieron ante lo que aquello implicaba, aspiró profundamente.
Así llevándola en volandas se encaminó hacia el baño. - ¿Qué haces? - Río la muchacha, pataleando.
El alzó una ceja de forma sarcástica, mientras ella se revolvía sin demasiada energía sobre su hombro. - Vas a vivir el maravilloso momento de un baño caliente. - Rió entre dientes. - Conmigo.
Harry y Ron charlaban animadamente, preparando estrategias para el próximo partido de Quidditch contra Ravenclaw. Hermione, miró a su novio con desgana, mientras removía cansadamente su café con leche.
-¿Y Selena? – Preguntó la cantarina voz de Lavender, sacándola de sus pensamientos.
Granger, vaciló un instante. – Salió temprano, tenia qua ayudar a la Sra. Pomfrey con unos conjuros. – Contestó nerviosamente.
Ginny la miró frunciendo el ceño, con cara de "No sabes mentir."
La rubia suspiró. – Que royo, si es sábado. Y que no pueda venir a Hogsmeade, pobre. Yo me volvería loca. ¡Qué vida tan aburrida! – Concluyó alejándose hacia la mesa de Ravenclav
La castaña, sonrió entre dientes, mirando de reojo el asiento vacío de Snape en la mesa de profesores. Ginny siguió su mirada y pareció entender.
-Pues yo no diría que es tan aburrida. – Susurró la pelirroja llevándose un codazo de su futura cuñada.
-Creo que habrá que modificar la lista de sus compras. Murmuró Hermione.
La pelirroja sonrió con malicia. – Sip. – Se acercó a su oído. (¬¬) - Habrá que incluir algún conjunto de lencería…negra.
Hermione se puso roja y se tapo la cara para evitar una carcajada. Miró de nuevo a su novio y su amigo, que seguían a lo suyo. Tan simples. Con ellos habría poco que disimular.
Melisande, no podía abrir los ojos, su cabeza martilleaba como una división de caballería pesada a galope colona abajo. Alcohol. Sí, eso había pasado, aquella condenada sala proveía a su morador de todo lo que necesitaba, y en su monumental cabreo, había conjurado un par de jarras de licor de fuego, del más fuerte. Era buena bebedora, en un castillo, siendo mujer, y guerrera tenía que tolerar el alcohol, mejor si cabía que sus propios hombres, pero esta vez se había pasado.
No sabía si sería buena idea moverse, y se estaba tan a gusto, entre aquellas pieles de lobo que arropaban su cuerpo desnudo, igual que en su torre, en su hogar. Hizo ademán de estirarse perezosamente…
Abrió los ojos de golpe, su rostro estaba blanco, un peso le impedía moverse…
Un grito de rabia resonó en las paredes del castillo. Hasta el punto de hacer salir disparada a la Señora Norris que paseaba tranquilamente por el pasillo.
En la Sala de Menesteres, la joven guerrera salía del lecho de un salto, mientras con una mano trataba de taparse con una piel oscura, y con la otra blandía una pesada espada de batalla, su rostro era un cúmulo de confusión, rabia, vergüenza…y mil cosas más.
-¿Qué…haces…aquí? - Gimoteó, intentando recuperar la calma.
En el lecho, entre las pieles, un desnudo Sirius Black la observaba con gesto divertido, se limito a incorporarse levemente, apoyando su peso en un codo. Alzó una ceja con sorna ante la indignación de la chica.
-CONTESTAAAAA. - Clamó de nuevo la joven, alzando la espada, la piel se le resbaló de las manos, revelando su maravilloso cuerpo, ella dio otro grito y trató de cubrirse de nuevo.
-Tsk Tsk. - Chasqueó la lengua con malicia, sus ojos grises la escrutaron con un malvado brillo. - Anoche no me pareciste tan tímida.
Melisande abrió la boca de par en par, casi se le caía la mandíbula, la espada cayó al suelo con un golpe seco. - ¿Q…que…insinúas? Su mente empezó a trabajar a toda velocidad. Se había despertado, desnuda, en su lecho, junto al chucho…también desnudo…y el desgraciado tenía una gran sonrisa de satisfacción…eso solo podía significar…- Nos hemos…
El animago le sonrió. - Creo que fue una buena noche, y lo disfrutaste mucho…- Hizo un gesto de indignación y señaló un feo corte en su abdomen. - No hay quien te entienda, primero intentas matarme y luego abusas así de mi inocencia…- Rió entre dientes. - Casi me violas, nena.
La chica solo atinó a sentarse de nuevo en el lecho, sujetando la cabeza entre las manos. - Yo…bebí mucho…demasiado…creo que…pensaba en ti…en el beso…yo…- Apenas pudo terminar la frase, unos tibios labios acariciaron su cuello arrancándola un gemido, sus fuertes manos se posaron en sus hombros.
-Me llamaste y acudí. - Susurró en su oído. - La sala cumple los deseos de quien la ocupa.
Se apartó de él bruscamente, su contacto le hacía perder completamente la poca cordura que le quedaba. Despejar su mente eso necesitaba. Un gran barreño de agua fría se materializó frente a la chimenea. Bruscamente, tomó aire y sumergió su cabeza en él, parpadeó varias veces mientras el aire escapaba de sus fosas nasales, cuando se quedó sin aire, emergió de golpe, jadeante, se llevó las manos a la cabeza y se escurrió el agua de su larga melena. Todo debía ser una pesadilla, una maldita pesadilla.
-Mmmm, así me gustas más, bien empapada. - El tono de voz burlón, la trajo de nuevo a la realidad, no era una pesadilla, era la absurda realidad. De golpe todos los recuerdos de esa noche llenaron su cabeza.
---------------Flash back--------------------
Dio un último giro en el aire, cortándolo violentamente con su espada, y cayó al suelo, de cuclillas, jadeante, el sudor caía a chorros por su cara, se deslizaba entre sus pechos. Con un gemido de frustración lanzó la espada al suelo.
Con un bufido se desprendió de la rígida casaca de cuero, y las botas altas, quedando en camisa y pantalones. Se sentó frente a la chimenea. El duro entrenamiento no había logrado sacar de su mente la escena de la noche anterior. La sensación asfixiante de su cuerpo sobre el suyo, sus labios abrasadores sobre los de ella. Se dejó caer frente a la chimenea, y su puño se descargo violentamente sobre el suelo.
-Si al menos pudiera olvidarte, por un rato. – Gruñó hastiada.
Entonces frente a ella apareció esa jarra, como si fuera la solución a todos sus problemas, la tomó bruscamente y acercó su nariz a ella. – Licor de fuego. – Murmuró con apatía. – Tal vez sea lo que me hace falta.
Sin más preámbulos empezó a beber directamente de la jarra, a grandes tragos, como lo haría el soldado más rudo, hasta que la jara estuvo del todo vacía. La dejó de nuevo frente a ella y se limpió la boca con la manga. No era tan bueno como el que preparaba su madre, pero era fuerte y tenía un pase.
Al instante vio como la jarra volvía a rellenarse sola, sonrió divertida, no podía desquitarse con el maldito chucho, pero alcohol no le faltaría para acallar a su orgullo herido. Cuanto le gustaría tenerlo delante para sacarle los ojos al muy desgraciado. Tomó la jarra bruscamente y la vació de un trago.
Ya no llevaba la cuenta de las jarras que había tomado, hipó y estrelló la última contra la chimenea. Se sentía lucida, dentro de lo que cabía. - Maldito chucho asqueroso. - Escupió. - ¿Por qué tuviste que besarme? - Su tono de voz sonaba frustrado. - Yo vivía muy tranquila, tenias que llegar y ponerlo todo patas arriba.
Suspiró y se levantó con dificultad para llegar hasta su lecho. - Y decirme que no soy una mujer. - Empezó a reír histéricamente. - Si estuvieras aquí te ibas a enterar.
Algo alertó sus sentidos, se giró hacia el muro, una pesada puerta de madera comenzó a dibujarse sobre él. Apenas dudó unos segundos, rodó sobre sí misma con la agilidad de un gato, y tomó su espada del suelo, blandiéndola sobre su cabeza en posición de guardia alta.
La puerta se abrió con un chirrido, y el maldito chucho entró a trompicones, como si se encontrase apoyado contra ella y no esperase que se abriera de golpe.
-TUUUUU. Bramó la castaña enfurecida, mientras avanzaba hacia él espada en mano.
El animago alzó las manos ante él con una sonrisa nerviosa, mientras caminaba de lado intentando evadirla. – Yo, no pretendía molestarte…bueno…no exactamente.
La chica estaba roja de ira. – Maldito desgraciado. Y te atreves a aparecerte ante mí. – Lo seguía como una tigresa a su presa.
Sirius sudaba, y miraba el acero con respeto, era una espada, no una daga, mucho más complicado. – Vengo en son de paz, no quiero líos. Arreglemos las cosas como magos civilizados.
La chica rió entre dientes, tenía una mirada de psicópata que ni una película de Hitchcock, sus ojos verdes inyectados en sangre, su fino rostro crispado. - ¿Civilizados, mago? Tu afrenta solo se limpia con sangre.
El siguió retrocediendo, su mirada se dirigió a donde estaba inicialmente la puerta, pero de nuevo se había desvanecido. – Mierda. – Mascullo para sí. – Pero ahora no estamos en tu tierra, aquí las cosas se arreglan hablando.
-Nadie te dice que no lo hagas. – Bufó la joven al tiempo que se lanzaba contra él y lanzaba una estocada directa a su cabeza.
Black rodó por el suelo para esquivar el acero que paso rozándole. – Yo quería disculparme. – Otro golpe impacto contra el suelo a su lado, mentalmente le daba gracias a Merlín por sus reflejos caninos.
-Demasiado tarde. – Bramó de nuevo, con un grito dio otro golpe de espada a la altura de su estomago, Sirius saltó pero aun así el acero rasgó su camisa y le hizo un pequeño corte en el abdomen.
Ella se quedó petrificada, mirándole, mientras él se palpaba la herida, y contemplaba la sangre de sus dedos entre perplejo e indignado. - ¿?
La chica pareció salir del trance. – Te advertí que sería capaz de hacerlo.
Él alzó la vista y la miró, sus ojos acerados brillaban con el fulgor del hielo, estaba verdaderamente enfurecido. – No sé en que estaba pensando. – Bramó. – Eres una maldita demente.
-Y tu un cerdo y un desgraciado. – Le replicó la castaña, alzando de nuevo la espada.
Él avanzó hacia ella, con su mirada llameante. – Una loca psicópata, eso es lo que eres. – Ahora era la chica la que retrocedía. – Eres todo lo contrario a lo que debe ser una mujer.
Melisande sentía que sus palabras le herían más que cualquier arma de sus enemigos, seguía sin poder apartar sus ojos de las dos llamas aceradas. Seguía retrocediendo mientras él continuaba su avance amenazante.
-Y aun pensaba disculparme. – Escupió. – Tú, no mereces eso. ¿En que podía estar pensando para hacer eso? Antes besaría el culo de Hagrid.
Ella temblaba, ¿porque le importaba?, ¿porque le dolía?, la espada le parecía que pesaba más que nunca, sus manos sudaban, pero si ella le odiaba. ¿O no?
Black se paró muy cerca de ella la miró intensamente. – No, yo nunca te besaría en mi sano juicio. Podía haberme envenenado con tu veneno. Víbora maldita. Eres lo peor de…
Entonces paso. El acero cayó al suelo con un golpe seco, ella cerró la distancia que los separaba y tomándolo por la nuca lo besó. Con ansia, con desesperación, él vaciló un par de segundos apenas, pero tras ellos sus brazos rodearon su cintura atrayéndola más hacia si. Su boca respondió profundizando el beso con toda la furia que llevaba contenida. Los dos eran dos bestias salvajes fuera de control. Sus lenguas pugnaban en una feroz batalla, los dientes de uno se clavaban en los labios del otro, las manos recorrían los cuerpos con frenesí, arrancando jadeos y gemidos.
Ella había sido la primera en arrancar de un brusco tirón la camisa de seda negra de Black, al tiempo que lo empujaba contra la cama. El animago se limitó a dejarse hacer, mientras trataba de deshacerse de su maltrecha camisa. - Me gustaba esa camisa. ¿Sabes lo cara que era? - Murmuró en tono divertido.
Ella se separó un momento y lo miró con esos furiosos ojos verdes. - Ya estaba rasgada. Y al diablo tu maldita camisa chucho. - Bramó mientras le daba otro empujón que le hacía caer de espaldas sobre las pieles del lecho. Miró divertido, como ella comenzaba a gatear a horcajadas sobre él, moviéndose como una sensual pantera. Lo miraba como un pastel a punto de ser devorado, suspiró con falsa resignación. ¿Dejarse dominar por una mujer? Se tenía por un excelente amante, le gustaba tener el control, dar placer a las mujeres, ese era el secreto de su éxito con ellas, conocer sus deseos de antemano, y llevarlos a cabo de la forma más exquisita. Pero Melisande, era fuego puro, un incendio imposible de controlar, y eso le excitaba más que nunca.
Observo con picardía como los ojos de ella, recorrían con deseo sus marcados músculos, no era un atleta, pero sí que tenía una buena forma física, le gustaba cuidarse. El corte del abdomen, seguía sangrando levemente, ella agacho la cabeza y comenzó a lamerlo, arrancándole un estremecimiento, la forma en que la lengua de la hechicera probaba su sangre era la cosa más excitante que había visto en su vida. - Mmmmm. - Gimió, al sentir como su erección se hinchaba en sus pantalones. - Podría pensar que eres un vampiro…y tampoco me importaría.
Ella alzó la vista hacia su rostro, sus labios estaba manchados con su sangre, había peligro en esos ojos verdes. Avanzó hacia él y volvieron a besarse, violentamente, él mordía su labio inferior arrancándole un gemido, degustando el sabor metálico de su propia sangre. Sus manos deshicieron el pesado cinturón de la chica, dejándolo caer. Busco a tientas los cordones de su camisa, ella pareció adivinar sus intenciones y se encargo de deshacer los cierres, mientras él jalaba hacia arriba, necesitaba recuperar algo de control, ella lo volvía loco.
Pronto sus grandes pechos estaban ante él, una visión maravillosa, los abarcó con las manos, duros, firmes, como los había visto en el bosque. Enterró la cabeza entre ellos, besando, lamiendo, succionando, ella solo gemía, y se balanceaba frotándose como una gata contra su prominente erección. - Sigues…diciendo que no soy una…mujer.
El animago solo gruño, mientras tiraba de sus pantalones, la necesitaba, la quería ya.
El resto de las prendas tardaron poco en ser lanzadas al suelo, ella continuaba a horcajadas sobre él, aferrada a sus hombros, mientras su boca continuaba trabajando en sus pechos, y las manos de él masajeaban sus firmes glúteos, se deslizaron entre sus muslos, para acariciar sus húmedos pliegues. La hechicera gimió y se arqueó hacia atrás, su alborotada melena caía a su espalda, dándole un aspecto aun más salvaje. Ella se posicionó sobre su miembro, sus ojos seguían fijos en los de él, su rostro tenso. Sin más preámbulos, comenzó a guiarlo dentro de ella, frunció el ceño y se mordió el labio en un gesto de dolor, él sintió la fina barrera romperse a su paso, eso aun lo desconcertó más. Era virgen, y sin embargo había tomado la iniciativa sin mostrar vacilación, las uñas de ella de clavaron en sus hombros, arrancándole un gruñido, al tiempo que se empalaba profundamente en su miembro con un jadeo, y su cabeza se desmoronaba hacia delante.
-Debías…haberme dicho…- Jadeó él, al tiempo que ella comenzaba a moverse arriba y abajo.-…que eras…virgen.
La chica se inclinó hacia él. - No…estamos aquí para…hablar. - Gimió mordiendo su boca de nuevo.
- Ohhh, siii. - Gimoteó el animago amasando los grandes pechos con sus manos. - Debo estar…soñando.
-Mmmm. - Melisande aumentaba el ritmo de sus movimientos y echaba la cabeza hacia atrás, el dolor había desaparecido, con los primeros empujes, y las olas de placer crecían más y más en sus entrañas. Las manos de Sirius se aferraron a sus caderas profundizando sus movimientos, no podría aguantar mucho más.
Él dio un gruñido profundo. - Vente…vente para mi, mi harpía. - Jadeó llegando a la cima.
Ella explotó, el potente orgasmo la hizo gritar y desmoronarse temblando sobre él, se revolvió en un último impulso, rodando y tumbándola bajo él, dos embestidas profundas más y lo arrastro al mejor clímax de su vida, viniéndose en su interior con un rugido salvaje.
Los dos se quedaron, uno encima del otro, jadeantes, sudorosos. Black, la miró con picardía y curiosidad, era sin duda el mejor polvo de su vida, con diferencia, la maldita se le había metido en la sangre, sentía que después de ella ya no podría haber otra mujer. Melisande, sonreía, incrédula, aun confusa, siempre había temido el sexo, pese a que sus hermanas le decían que era algo placentero, ahora que se había atrevido a dar el paso, había descubierto algo fabuloso, y lo más extraño es que fuera con ese desgraciado, y que le atrajera tanto. Ambos cerraron los ojos y agotados se quedaron dormidos.
----------------Fin flash back------------
Lo miraba, perpleja, su rostro enrojeció con violencia. ¿Ella había hecho eso? Al parecer si, y lo había disfrutado, mucho. Maldición, él le gustaba, aunque intentase evitarlo, había sido seducida por el maldito chucho. Se volvió para evitar mirarle, sentía tanta vergüenza.
Volvió a sentir su tacto a su espalda, sus dedos acariciando sus hombros, dibujando las líneas de su tatuaje, volvía a sentir ese fuego en las entrañas. Retiró su melena y comenzó a besar de nuevo su cuello. – Soy un imbécil. – Murmuró suavemente. – Lo de anoche…
-Fue un error. – Espetó secamente, apartándose de él con brusquedad, no debía caer en su juego, ser una más de su interminable lista, debía ser fuerte, era la Dama Dragón, ningún hombre podía ser su dueño, nunca.
- Yo no iba a decir…
-No digas nada. – Le interrumpió, mientras se alejaba y se cubría más con las pieles.
Black, de pie desudo, no entendía nada. Trató de balbucear, de explicarse pero ella no se lo permitía, su mirada volvía a ser de hielo. El solo quería decirle que sentía algo por ella, que era especial, tal vez… Pero se sentía incapaz de articular palabra.
-Te agradecería que te vistieras y te marchases. – Dijo de nuevo, con seriedad al tiempo que con su dedo índice señalaba la puerta que volvía a dibujarse sobre la pared.
Sin atreverse a mirarla buscó su varita entre sus ropas esparcidas, y con un movimiento, estas volvieron a cubrir su cuerpo, mágicamente. Se dirigió hacia la puerta, con la cabeza hecha un lio, se volvió a mirarla una vez más, ella le daba la espalda, y seguía abrazada a sí misma. Suspiró y salió con un portazo.
Ella oyó la puerta cerrarse tras de sí, supo que él había salido, se había quedado sola con sus sentimientos. Simplemente, se dejó caer de rodillas, se sentía derrotada, desarmada, hundida, y las lágrimas comenzaron a inundar sus ojos. Lloró, lloró como nunca antes lo había hecho, desde aquel día en aquella aldea arrasada. Sin saber cómo, había cometido el mayor error que podía cometer una guerrera como ella, enamorarse.
