Hola a todos/as. Antes que nada quiero pedir disculpas por haber tenido este fic un poco abandonado, pero me dio lo que yo llamo un calambrazo mental y esto unido a que he estado más volcada en mis otros fics me hicieron tomarme un descansito. Pero Ya me tenéis aquí de nuevo, con nuevas ideas para el final de esta historia… prometo no volver a abandonarla tanto tiempo y daros un final que espero os guste a todos.
Quiero darles las gracias especialmente a mis mortifagas (Anita Snape, Lisbeth Snape, Patty Sly y Amia Snape ) por azuzarme a continuar este fic y sobre todo a mi querida BlueMeanie76 que me ha ayudado a recuperar la inspiración con este capitulo… y por su puesto a todos los que leéis.
Un beso muy fuerte, gracias por vuestra paciencia. Y ya sabéis, espero vuestros reviews
35. Desata el Infierno.
El sonido de la bofetada aun resonaba bajo las gradas de Gryffindor.
-¿Qué mierda haces aquí? - Espetó haciendo acopio de todo su odio mientras taladraba al animago, que aun se frotaba la enrojecida mejilla, con la mirada. Nunca tenía que haberles hecho caso, nunca tenía que haber dejado la torre de Gryffindor por mucho que le atrajese conocer ese maldito deporte… Tenía que saberlo, ese chico era su ahijado… Se sentía como una idiota. Había caído en su trampa. De eso estaba segura, todo era una trampa para que volviera a humillarla de nuevo. De haber tenido su espada lo atravesaría allí mismo. Si, matarlo… su sangre seria lo único que podría acallar el condenado martilleo de sus sienes, lo único que podría limpiar su mancillado honor, aplacar ese deseo enfermizo…
Él simplemente se encogió de hombros, con gesto travieso y se cruzó de brazos recargandose contra la escalera de madera que subía hasta las altas gradas.
-Soy un Gryffindor, ¿Recuerdas? Y esta es mi ex escuela… - La miró con sorna y luego dirigió su vista hacia lo alto. - …Y mi grada.
La dama dragón dio un respingo, alzó la cabeza desafiante y pasó por su lado tratando de ignorarlo, pero una mano de hierro se aferró a su brazo. Ella lo miró con profundo odio, había fuego en sus ojos verdes chocando violentamente contra el hielo de los ojos acerados de Sirius.
-Suéltame, mago. - El tono fue frío, amenazante, tremendamente peligroso, pero para Sirius Black el peligro siempre había sido un aliciente. Y la forma en que ella le miraba… toda ella le hacía hervir la sangre como sabia que ninguna otra lo haría.
-No vas a seguir evitándome. - Siseó él, ejerciendo sin querer más presión en su agarre y sosteniéndole la mirada desafiante. -No desde lo de la otra noche.
-Eso fue un error. - Las palabras salieron de sus labios como un susurro tembloroso, su orgullo se vino abajo por un momento haciéndola apartar la mirada.
-¿Y por eso te escondes de ello? - Preguntó más gentilmente mientras su mano libre se dirigía al suave rostro de Melisande. - Para mí no lo fue. - Ella alzó la vista de nuevo hacia él. ¿Cómo era posible que su presencia, su tacto, su simple voz… fuesen capaces de ejercer ese efecto en ella? Sirius esbozó una seductora sonrisa mientras su pulgar se deslizaba por su mandíbula haciéndola temblar. - Bueno… al menos en una parte no lo fue.
El último comentario la hizo salir bruscamente del trance y se sacudió para librarse de él. No, el maldito bastardo no se burlaría de ella.
-¡No, mago! - Gritó llena de ira, casi al borde de las lágrimas. - ¿Acaso no te das cuenta? ¡No soy una de esas mujerzuelas que se han arrojado a tus pies!
-Melisande… - Susurró él tratando de retenerla. Rodeándola desde atrás sujetó sus muñecas con fuerza, no dejaría que se escabullera de nuevo, esa mula tozuda iba a oír todo lo que tenía que decirle. - Eres tú la que parece no darse cuenta…
-Aaaaaaaaahgggggggg. - Gritó de frustración tratando de zafarse de su agarre. - ¡Maldito seas, chucho! ¡Yo no soy un trofeo del que puedas alardear! Ni una más de tus conquistas baratas… Ni lo seré. ¡Nunca!
Black tragó saliva.
-Es que no eres una más… nunca podrías serlo. - Tomo aire profundamente. - No después de lo que pasó entre nosotros. - La fuerza de su agarre se suavizo, su nariz rozaba su cuello embriagándose de ese aroma que lo enloquecía. - Al principio si fue un juego, disfrutaba con tu ira como si volviera a ser un adolescente engreído e idiota… Pero ahora… No logro sacarte de mi mente, mujer. - Ella cerró los ojos y suspiró sintiendo el calor de su abrazo a su espalda. - Me faltaría el aire si no te tuviera.
-Yo… no puedo. – Melisande sentía su voz temblar por las lagrimas. - No puede ser. Soy libre, no puedo ser la esclava de ningún hombre…- Tomó aire de nuevo. - Mi pueblo… mi pueblo me necesita. – Casi no podía respirar, casi no podía pensar, la forma en que sus pulgares acariciaban sus muñecas le enviaba choques eléctricos por todo el cuerpo.
-No lo entiendes, mi harpía tozuda…- Susurró Sirius, acariciando su oído con su cálido aliento. – Lo que paso entre nosotros era algo que tenía que pasar. Es como si una fuerza desconocida me hubiera arrastrado a través de los siglos, solo para encontrarte. – Suspiró de nuevo. – Yo tampoco deseaba esto, mujer… Pero te juro que…
-Sirius… no puedes…
Era la primera vez que la oía pronunciar su nombre: no un insulto, ni chucho, ni mago, sólo su nombre. Eso fue lo último que necesitaba. En un movimiento la giró bruscamente hacia él y su boca cayó sobre la de ella con ansiedad, con hambre, más necesitada aún que la otra noche. Ella respondía sin pensar, sus lenguas invadían, acariciaban, exploraban… Era un fuego descontrolado, avivado por la tensión y la espera. ¿Cómo era posible que ese hombre que representaba todo lo que odiaba pudiera anular su voluntad de una forma tan avasalladora? Pero eso ya no le importaba, deseaba quemarse en ese fuego.
Sirius se separó de ella un momento, casi sin aire. La miró con una sonrisa de suficiencia, con esa mueca de sinvergüenza que a ella la derretía.
-¿Ibas a decir algo? – Ronroneó seductor.
-Calla, maldito cabrón bastardo, – espetó Melisande cogiéndolo de las solapas de la chaqueta de cuero y tirando hacia ella – antes de que me arrepienta y te abra en canal. – Esta vez fue ella la que lo besó con hambre.
-Tus deseos son… órdenes. – Murmuró Sirius en sus labios, mientras las manos del animago comenzaban a arremangar la túnica roja y dorada de la chica.
Otro grito de ovación resonó en las alturas. Para él sí que sería el mejor partido de la temporada.
Las dos chicas seguían el partido con diferente interés. Los marcadores se mantenían igualados, Hermione maldecía entre dientes cada vez que veía a su novio pasar verdaderos apuros para detener los tantos de Ravenclaw, su hombro parecía estar dándole problemas.
-Ese idiota… - Bufó la chica cruzándose de brazos. Selena la miró sorprendida. - Tenia que haber pensado en el partido antes de ponerse a jugar con espaditas.
-Pensé que no te gustaba este deporte. - Preguntó la unicornio, extrañada.
-Y no me gusta. - Replicó Hermione alzando la voz para hacerse oír por encima de los gritos del público. - Pero a nadie le gusta ver a su novio sufrir… - En esos momentos el pelirrojo se frotaba el hombro lesionado con cara de preocupación. - Mierda. ¿Y que está haciendo Harry?
Los ojos de la unicornio buscaron de nuevo al chico de ojos verdes, parecía de lo más inquieto dando vueltas alrededor del campo mirando en todas direcciones. Había estado todo el partido demasiado absorta siguiendo la estela negra e imponente del árbitro como para preocuparse demasiado del partido en sí. Algo más llamó su atención en ese momento. El cielo… El horizonte comenzaba a teñirse con los colores del atardecer, y un estremecimiento comenzó a recorrerle la espalda.
-¡Oh, mierda! - Gritó de nuevo Hermione, mientras la grada estallaba en abucheos y los Ravenclaw y Slytherin cantaban el nuevo tanto que Wesley a penas había podido rozar con los dedos.- Si Harry no atrapa la switch de una vez estamos apañados.
-Si. - Comentó Lavender desde dos asientos atrás. - No recuerdo un partido tan largo.
Los ojos castaños de Hermione siguieron la mirada de la unicornio. Su vista seguía clavada en el cielo, y una sombra de temor aparecía en sus ojos azules.
-Selena… - La unicornio se volvió hacia su amiga al sentir como su mano se cerraba sobre su muñeca. - Creo que deberíamos volver al castillo. - Ella alzó la vista una vez más hacia su caballero oscuro. Sus profundos ojos se encontraron con los de ella, y asintió imperceptiblemente. Era como si supiera perfectamente lo que cruzaba por su mente, él mismo se volvió a mirar la puesta de sol a sus espaldas. "¿Qué rayos estaba pensando esa jodida sabelotodo permitiendo que ella estuviera fuera tan tarde? ¿Acaso se le andaba pegando lo inepto del cazurro de su novio?"
-Si.- Susurró la joven volviéndose a su amiga con gesto grave. -Será lo mejor.
Las dos chicas se dirigían ya hacia la salida de la grada cuando todos se pusieron en pie y comenzaron a jalear. Ambas se volvieron, la snitch había vuelto a parecer y los dos buscadores se habían lanzado en una frenética ascensión vertical para atraparla, las dos escobas y sus conductores eran solo dos estelas rojo-dorada, y azul-amarilla que entrechocaban violentamente una contra otra, provocando los gritos del público.
Severus frenó su escoba en seco y se limitó a dar un resoplido y seguir con la vista a aquellos dos tarados. Nunca hubiera hecho semejante temeridad de joven y menos lo iba a hacer ahora con casi cuarenta, aunque ella estuviera mirando.
Ella.
-¡Maldita sea Granger! - Se volvió de nuevo hacia la grada de los leones, aún estaban allí junto a la salida, mirando embobadas la carrera de los dos buscadores. Empezaba a lamentar de veras no haberla atado a su cama aquella mañana, aunque bien pensado esa era una buena idea para cualquier momento.
Su atención se dirigió de nuevo hacia los dos buscadores, hacia cómo sus figuras se iban haciendo más y más pequeñas a medida que ascendían hacia el cielo. Jamás en su vida imagino que pudiera llegar a desear la victoria de Gryffindor con tantas fuerzas como lo hacía en ese momento.
-Están muy altos. - Bramó el speaker, por los altavoces. - Casi ni los veo con los anteojos… Potter… Sí, parece que la roza… - El público se puso en pie gritando y aplaudiendo enloquecido. -¿O no?… - Snape se volvió de nuevo a la grada de los leones. El sol casi había desaparecido en el horizonte y ellas seguían saltando en la misma puerta de acceso, pendientes del jodido juego. ¿Es que tendría que sacarla él mismo de allí? - Parece que… SIIII ¡LA TIENEEEE…!
Los gritos se hicieron ensordecedores, casi parecía que las gradas se fueran a derrumbar por la algarabía del publico, esa victoria significaba que Gryffindor ganaba de nuevo la Copa de las Casas… Al menos ese maldito partido terminaba y ella pronto estaría de nuevo a salvo entre los muros…
O no.
De golpe parte de los gritos se volvieron de otro tipo. Eran gritos de terror. Los ojos del ex mortífago se abrieron desmesuradamente al ver las llamas que estallaban con violencia en las gradas de Hufflepuff. Severus giró en redondo y buscó con desesperación a la joven de cabellos blancos, pero ella y su amiga habían desaparecido de la grada. Seguramente corrían a ponerse a salvo como todos los alumnos y padres que se movían desconcertados tratando de escapar de las llamas que comenzaban a extenderse por el perímetro del campo.
-¡Los niños! - Oyó gritar a la directora que junto a otros miembros del profesorado señalaban a un grupo de alumnos de los cursos inferiores que había quedado atrapado en las gradas de los tejones.
-¡Weasley! - La voz de Snape tronó por encima de los gritos y explosiones. Los dos hermanos pelirrojos acudieron en sus escobas con el desconcierto dibujado en sus rostros. - ¡Los niños! ¡Hay que sacarlos de allí!
Todas las escobas se apresuraron a atravesar el imponente muro de llamas. Los pequeños, que aun no tenían suficientes conocimientos para ponerse a salvo, se arremolinaban en la parte más alta de las gradas paralizados por el sofocante calor y el pánico.
-¡Profesor, mire!
La cazadora de Ravenclaw llamó la atención de Severus. La joven señalaba el cielo con el rostro pálido de pánico. No tenia sentido. La marca tenebrosa se dibujaba sinuosa en el cielo, despertando temores que llevaban un año sepultados…
-No puede ser…
Severus se volvió a su espalda. Su propio ahijado se había unido a la improvisada operación de rescate y le miraba desconcertado mientras afianzaba a un niño de segundo en su escoba y las llamas comenzaban a lamer peligrosamente los bajos de su capa.
- Padrino, no quedan mortífagos sueltos… ¿O si?
Severus frunció el ceño mientras protegía a dos pequeños de primero bajo su capa… No, aquello no era obra de Mortífagos. Ese olor a azufre comenzaba a ser asquerosamente familiar, aunque no descartaba que quizás alguien afín al Señor Tenebroso estuviera detrás de la maldita bestia. Selena. Tenia que encontrarla lo antes posible, sabía que Granger era una bruja muy capaz pero llegado el momento la situación le quedaría grande…. A ella y a cualquiera. Miró a su alrededor asegurándose de que todos los pequeños ya habían sido sacados de allí y se desapareció con los dos niños justo en el momento en que toda la estructura de la grada se venia bajo con estrépito.
Hermione tiraba de su amiga con desespero. Avanzar esquivando a la multitud que corría despavorida se hacia demasiado complicado, y tratar de desaparecerse hasta el castillo era inviable, pues las barreras antiaparición solo habían sido levantadas en los terrenos del campo de quidditch. Varias personas a su alrededor comenzaron a gritar señalando al cielo.
-No… es posible. - Balbuceó la prefecta, parándose en seco.
Selena miró con curiosidad la calavera y la serpiente que se dibujaban sinuosas en el cielo. Había visto antes esa señal, no hacia demasiado tiempo, durante la última guerra entre magos, cuando toda su especie había sido aniquilada.
-Había terminado… Todo acabo… Está muerto.
-No para ti, maldita sangre sucia.
Una voz conocida hizo volverse bruscamente a Hermione. Una chica de cabellos oscuros que reconoció como alumna de cursos inferiores de Slytherin la apuntaba con su varita y luciendo una maliciosa sonrisa en su pálido rostro. Con un movimiento brusco Hermione obligó a la unicornio a cubrirse a su espalda mientras encaraba a la chica.
-¡La guerra terminó! - Gritó con fuerza. - ¡Tu amo esta muerto, y con él sus locuras!
La risa burlona de la chica se elevó por encima de los gritos de la gente que huía a su alrededor.
-¡Estúpida! – Espetó, mirándola con burla. - ¿Crees que me importan algo las creencias de esos mierdas…? - Hermione empuñó la varita con fuerza.- Yo solo me sirvo a MI MISMA.
Un potente bramido hizo temblar el suelo haciendo que las tres jóvenes mantuvieran el equilibrio a duras penas. Otra de las gradas estalló en una enorme bola de fuego añadiendo más caos al ya reinante.
-Viene a por mí. - Musitó Selena con la mirada fija en la enorme bestia que emergía lentamente de entre las llamas: podía sentir su sed de sangre, sus ansias de matar y ella no debía permitirlo, no consentiría que ningún inocente sufriera por su culpa.
-¡JANE! - El berrido de Goyle hizo que la Gryffindor frunciera el ceño, el gorila corría hacia ella con la varita en mano. - ¡Ese monstruo! Tenemos que irnos… Tu tío…- La joven hizo un gesto de hastío mientras continuaba apuntando a la prefecta con su varita.
-A mi señal… - Comenzó Granger en un susurro hacia su compañera sin dejar de vigilar a las dos serpientes. - Corre hacia el castillo con todas tus fuerzas, allí estarás a salvo…
-No. No te dejare. - Los ojos azules se clavaron en los castaños llenos de determinación. - Nadie más va a sufrir por mí.
-¡Haz lo que te digo! - Bramó Hermione, empujándola con brusquedad.
Solo fueron décimas de segundo, y los dos destellos rojos chocaron violentamente iluminando la llanura.
La Directora de Hogwarts corría tratando en vano de dirigir el caos que la rodeaba. Miró una vez más al cielo tragando saliva. Esa marca. Pensaba que nunca más volvería a verla y allí estaba, sinuosa, amenazante, despertando miedos que muchos creían enterrados. ¿Podía ser que alguien del entorno del caído Riddle estuviera detrás de todo aquello? Y de ser así, ¿qué pretendían hacer con esa muchacha… y con esa bestia? ¿Intentar resucitar a su señor? Solo la Piedra de la Resurrección tenía ese poder y estaba perdida para siempre. Luego entonces… ¿Encumbrar a otro tarado en su lugar?
El fuerte estruendo la hizo volverse de nuevo hacia la grada en llamas, ahogó un grito al ver como la enorme estructura se desplomaba sobre sí misma envuelta en una bola de fuego. Estaba petrificada, solo podía pensar en los pequeños que podían haber quedado atrapados. Todo había sido su culpa. Tenia que haber suspendido ese partido, pero la necesidad de ocultar a la comunidad mágica lo que estaba ocurriendo, de tratar de mantener la normalidad después de la cruenta guerra, la había empujado a permitir que se celebrara… Y ahora su decisión podía haber causado una masacre. Sumida en sus pensamientos casi ni sintió cuando las enormes manos del semigigante tiraron de sus hombros tratando de alejarla de la lluvia de tablones ardientes.
-Estarán bien. Los chicos y el profesor Snape fueron por ellos. - La mujer se limitó a tragar saliva.
-¡Minerva!
La Directora se volvió bruscamente hacia Snape. Su capa, con la que aun envolvía a los temblorosos niños, estaba llena de chamuscones humeantes y su pálido rostro tiznado de humo y ceniza.
-Severus… ¿Cómo ha ocurrido algo así? - Su voz sonaba temblorosa, señaló el cielo de nuevo. - La marca… - El ex mortífago negó con la cabeza al tiempo que dejaba ir a los dos pequeños que se refugiaron junto al guardabosques.
-Esto no es obra de mortífagos, es… - Sus palabras murieron en sus labios, una segunda explosión hizo que el suelo bajo sus pies temblara, algo grande se removía bajo el montón de tablones en llamas, algo enorme… El poderoso bramido hizo retumbar todo lo que quedaba en pie. Los ojos de Snape se estrecharon peligrosamente mientras su mano aferraba automáticamente la varita. Minerva se llevo ambas manos al rostro cuando la llameante criatura emergió de las ruinas.
Sus ojos vacíos se encontraron con los pozos oscuros que eran los ojos de Severus. Sabía que ella estaba allí, podía olerla en él. Sus poderosas fauces se abrieron de nuevo en un potente berrido al tiempo que el acido chorreaba entre sus colmillos calcinando el suelo bajo sus pies. Había llegado el momento de la verdad para Severus. Selena, su vida con ella, ese futuro con el que se había permitido soñar los últimos días, todo dependía de poder vencer a esa maldita bestia.
-Sal de aquí, Minerva. – Severus empujó a la horrorizada directora hacia atrás con pocos modales, era la primera vez que la mujer contemplaba a aquella bestia mítica, era como si toda la maldad de la humanidad estuviera concentrada en aquellos ojos vacíos. - Busca a Selena. - Le suplicó, la mujer asintió aun en trance. - Asegúrate de que esté en el castillo.
Lentamente la directora comenzó a retroceder sin apartar sus ojos del enorme monstruo que tenia los suyos clavados en el maestro de Pociones. Miró una vez más a su compañero, como su negra capa y sus cabellos se sacudían por el viento mientras él avanzaba dispuesto a enfrentar al destino una vez más, siempre para protegerlos a ellos. No tuvo dudas en lo que tantas veces le había escuchado a Dumbledore… Si existía un hombre con una valentía digna del mismísimo Gryffindor, ese era sin lugar a dudas Severus Snape.
-Suerte, Severus. - Musitó casi para sí mientras se volvía y echaba a correr hacia el castillo llevando a los rezagados con ella.
-Bueno. - Gruñó el ex mortífago mirando al toro con gesto desafiante. - Aquí estamos otra vez, bestia asquerosa. - El enorme monstruo ladeó la cabeza y estrechó los ojos como si entendiera el desafío que le lanzaba. - Te juro que no voy a dejar que me la quites. - Sus pies se afianzaron más en el suelo dispuesto ha afrontar el ataque que se avecinaba. - Te estoy esperando, cabronazo. Ven si te atreves.
Algo más le llamó la atención a su espalda, alguien que llegaba corriendo casi sin resuello.
-¿Pretendías divertirte tu solo? - Jadeó un sofocado Sirius Black situándose a su izquierda varita en ristre.
Snape le lanzó una mirada inquisitiva. Su aspecto parecía mas desaliñado que de costumbre, despeinado y con la ropa mal colocada.
-A estas alturas no contaba contigo. - Gruñó el profesor con patente desprecio; el otro hizo una mueca de asco. - Con tu costumbre de desaparecer cuando hay "fiesta"…
-No me busques, Quejicus. - Amenazó. - Estaba teniendo un buen día.
-No lo dudo. - Rezongó el mago oscuro fijándose en sus pantalones mal abrochados.
Alguien más llegaba al trote haciendo que Black soltara una sonora maldición.
-¡Maldita sea, mujer! - Bramó volviéndose a la sofocada Melisande, que llegaba junto a ellos. Severus alzó una ceja al observar la revuelta melena de la joven… Si que parecía que el jodido chucho estaba teniendo un buen día de verdad. - Creí haberte dicho que te mantuvieras a salvo. - Ella se limitó a lanzarle una mirada burlona.
- A mi no me das ordenes, chucho. - Los ojos de Black se abrieron desorbitadamente.
-Estas desarmada. - Espetó de nuevo.
-Y te crees que con esos palitos le haréis algo. - Les gritó con furia. La bestia pateó el suelo, su gesto parecía impacientado ante los tres magos que tenia delante, sus poderosas pezuñas rasgaron varias veces el suelo como si estuviera dudando al lanzarse a atacar. - No me llaman "Dama Dragón" por nada. Así que os agradecería que me dejarais espacio.
Black la miró extrañado y Severus frunció el ceño. ¿De que hablaba esa tarada?
El monstruo abrió sus vacíos ojos y retrocedió un paso como si percibiera con recelo la poderosa corriente mágica que se acababa de desatar ante él. La joven guerrera, con los ojos cerrados y su cuerpo en tensión, había comenzado a recitar una extraña letanía en su lengua celta. Ambos magos la miraban atónitos cuando un poderoso pulso de energía surgió de su cuerpo y los lanzó despedidos a varios metros de ella. Black se apresuró a tratar de incorporarse, pero era como si su cuerpo pesara toneladas. El aire se había vuelto denso de pronto, aplastando a los dos brujos contra el suelo.
-¿Qué coj…? - Severus maldijo luchando contra el dolor, trabajosamente levantó la cabeza lo suficiente para ver como la tunica de Gryffindor de la muchacha de sacudía en el aire y comenzaba a arder como por fruto de una extraña combustión interna que surgía de su cuerpo. Sirius a su lado dio un grito de terror mientras trataba de arrastrarse hacia ella… En un ultimo momento la joven volvió su rostro hacia él, sus ojos eran dos llamas verdes, su piel había adquirido un tono azulado y oscuras venas en color verde pulsaban por su rostro.
-Si no soy yo, detenme. - Su voz no era la de ella, era grave como un rugido gutural que surgía de las profundidades. Otro fogonazo de llamas verde azuladas la envolvió completamente mientras el suelo se resquebrajaba bajo sus pies y la bestia de fuego rugía ante ella, desafiante.
Sirius conocía de sobra las transformaciones a las que se sometía un animago, pero aquello superaba con creces cualquier cosa que hubiera visto en este mundo y en el otro. Cómo su cuerpo se hinchaba desgarrando y calcinando sus ropas, cómo su delicada piel que momentos antes había saboreado con deleite se recubría de escamas con la apariencia del más frío acero, como sus extremidades se alargaban y sus dedos crecían y se tornaban en garras más afiladas que su espada, como su espalda se desgarraba y de ella surgían unas enormes alas membranosas del tono del hierro forjado.
-¡Merlín! - Balbuceó el profesor de Pociones al ver como la que hasta entonces había sido una joven de apariencia normal se transformaba ante sus ojos en una criatura de dimensiones y proporciones aterradoras.
-Melisande… - Fue lo único que escapó de los labios de Black antes de que su antiguo enemigo le hiciera apartarse de la trayectoria de la acerada cola del dragón. Pronto las bestias desatarían un infierno en el que, hasta entonces, había sido un tranquilo campo de quidditch…
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