Disclaimer: Los personajes y los lugares son todos propiedad de Rowling, yo solo los utilizo sin ánimo de lucro.
N.A: En este capitulo he metido un lemmon, no es muy fuerte pero sí algo explícito, aviso para mentes y nocentes o aquellos a quienes no les guste. Este capitulo es algo más largo de lo habitual, espero que os guste
Una tarde que acaba de empezar puede ser desde un principio la peor tarde que has vivido, lo estoy comprobando en primera persona. Apenas llevamos una hora charlando, sentados en la sala común y ya estoy deseando que se acabe la tarde. La conversación escasea, Crabbe y Goyle no han mejorado en nada su sociabilidad y Blaise está apoltronado en la butaca, como ausente de la conversación, intentando disimular su incomodidad.
Draco, Crabbe y Goyle ya estaban en la sala común cuando Blaise y yo llegamos, sin poder retrasar más nuestra aparición. En cuanto a la reacción que esperaba de Draco ante el despampanante escote y la ceñida ropa, puede que haya sido lo único bueno de toda la tarde: se quedó un par de segundos mirándome, de arriba abajo, y luego esbozó una media sonrisa. Lo traducí como un wow.
―¿Qué tal os ha ido por Hogsmeade?—pregunté intentando evitar el silencio. Para mi fastidio, Crabbe y Goyle me respondieron con un encogimiento de hombros que, conociéndoles, supe que significaba algo así como no está mal.
―Las tres escobas estaba abarrotado― contestó Draco con gesto de disgusto―. Y por si no hubiera suficiente gentuza, llegó San Potter y un montón de niñatas se arremolinaron cerca, todo por ver al cara-rajada― bufé incrédula.
―No entiendo qué le ven a Potter― dije sabiendo que era eso lo que Draco quería oír.
―Sólo tiene la cara... rajada― dijo Goyle haciendo gala de su brillante intelecto aún por descubrir.
―¿Vosotros por qué no habéis ido?― preguntó Draco. Blaise se despegó del respaldo de la butaca y contestó:
―Demasiada gente, además el tiempo era un asco. Pansy y yo desayunamos juntos, frente al fuego de la chimenea, calentitos y resguardados de la lluvia― dijo eso con una voz seria que no terminaba de ocultar un tono cortante. Le miré sorprendida y él me envió una sonrisa algo forzada.
―Sí, yo estuve aprovechando para terminar trabajos atrasados. No creí que los profesores se iban a pasar tanto en este curso pero la cantidad de deberes que nos mandan es inhumano, dudo hasta que los ravenclaws no tengan problemas para acabarlos todos.
―Y eso que ellos son unas ratas de biblioteca― rió Crabbe.
La siguiente hora de la tarde la dedicamos a despotricar contra los profesores, los deberes y a quejarnos de todo el trabajo que teníamos que hacer. Cada vez Zabini participaba menos en la conversación y su actitud apática empezaba ya a crisparme los nervios. Tras una respuesta endemoniadamente lacónica por su parte no pude contenerme y le lancé una mirada envenenada.
Draco suspiró y se levantó del sillón con aire aburrido.
―No está la conversación muy interesante, me voy a dar una vuelta por los terrenos antes de que anochezca― me miró fijamente a los ojos durante unos segundos―. Si alguno quiere venir estaré cerca del lago.
Los latidos de mi corazón se desbocaron y el rubor se me subió a las mejillas de inmediato. ¿Eso había sido una invitación a un momento a solas? Tragué saliva de forma nerviosa y me levanté yo también de la butaca tras los segundos que tardé en reaccionar.
―Yo también me voy a dar un paseo... hasta luego.
Salí deprisa de la sala común y eché a andar todo lo rápido que pude hacia el vestíbulo, intentando alcanzar a Draco. Salía ya por la puerta del castillo cuando lo conseguí. Me detuve, jadeante, a tomar aliento y me puse a andar justo a su lado sin decirle nada.
―Veo que a ti también te apetece dar un paseo― dijo mirándome sin sorprenderse, sabía que iba a venir―. Con el ambiente que había ahí abajo no me extraña.
Asentí en silencio, aún nerviosa y preguntándome la razón por la cual quería pasear a solas conmigo. Mi corazón palpitaba alegra por la perspectiva más optimista, pero la cerré de inmediato, quizás quería hablar de su enfado conmigo.
―Ha pasado cierto tiempo desde que ya no salimos todos juntos, es normal― dije a pesar de saber perfectamente que eso no era la causa del fracaso de la tarde.
Draco caminó unos largos segundos y luego sus ojos grises taladraron los míos con una fuerza inusitada.
―¿Sabes qué es lo que le pasa a Zabini conmigo?― me preguntó. De forma inmediata negué con la cabeza― Le has visto esta tarde, no ha hablado casi y la única vez que se ha dirigido a mí no ha hablado cas y la única vez que se ha dirigido a mí parecía que quería matarme. Te lo pregunto a ti porque vosotros estáis muy unidos últimamente...
Así que eso era, Draco estaba preocupado por su relación con Blaise. No hay nada romántico en esta tarde, bueno, es algo totalmente normal, ellos eran muy amigos... Por otra parte, la poco sutil alusión a mi relación con Zabini ha hecho que el corazón me dé un vuelco. ¿Creerá Draco que estoy saliendo con él? Dos de las tres últimas veces que nos ha visto juntos nos ha visto besándonos o en medio de declaraciones de amor.. Tengo que hacerl ver que no estoy saliendo con él si quiero que se fije en mí.
―Él no me ha dicho que le pase nada contigo― dije y mis palabras eran estrictamente verdad―. Pero no sé, tampoco es que me cuente muchas cosas, no somos tan amigos.
Bien Pansy, mentira y de las muy gordas. Blaise no sólo no es tu mejor amigo y tu apoyo sino que ahora casi ni sois amigos, todo muy real y verdadero.
Draco me miró luciendo algo sorprendido y esbozó una breve sonrisa maliciosa.
―Bueno, ya lo averiguaré... Así que entre tú y Blaise... ¿no hay nada? Pobre muchacho, Pansy, mujer de hielo, le ha dado calabazas. ¿Ni siquiera Zabini es lo suficientemente bueno para ti?
Bajé la vista al suelo. ¿Por qué tenía que dar en el clavo? No sé cómo llega a la conclusión de que he "rechazado" a Blaise y tiene la cara de decírmelo.
―No seas entrometido― le repliqué sin ganas―. Además, son imaginaciones tuyas, no he rechazado a Blaise.
―¿Ah, no? Has dicho que casi ni habláis, creí que era por eso.
―Blaise y yo no tenemos ese tipo de relación―dije mirando al suelo―. Nosotros conectamos, tenemos muchos años de amistad, confiamos el uno en el otro y nos lo pasamos muy bien juntos... Pero es sólo eso, sólo somos amigos.
Draco me miró suspicaz y comentó con malicia:
―Parece que a la pequeña Pansy la ha llegado alguien al corazón, no eres tan mujer de hielo como pareces. A ti te gusta Zabini― me apresuré a responderle nerviosa y sin pensar siquiera.
―¿Blaise? Que va, Draco, estás alucinando. Te he dicho que sólo somos amigos.
―Vale, vale. ¿Y eso lo sabe él?
―Pues claro. Vamos no lo hemos hablado pero...
―Deberías hablar con él, bebe los vientos por ti y no me extraña.
El rubor subió a mis mejillas tan pronto como comprendí lo que pretendía decir. ¿Eso había sido un piropo? Decidí forzar mi suerte al máximo y, mirándole a los ojos, le pregunté:
―¿A qué te refieres?—no sé si le engañó mi pose inocente, porque sonrió con picardía.
―Mírate, vas provocando. Estoy seguro de que más de uno va a soñar contigo esta noche. Quizá debería interrumpirles el sueño...
―¿Ah sí? ¿estás celoso, Draco Malfoy? ―le pregunté con picardía, siguiéndole el juego mientras mi corazón se aceleraba.
―¿Celoso? ¿Yo? ¿Por qué iba a estar celoso de quienes no están a mi altura? ―preguntó― Sabes que yo te haría mucho más feliz que todos esos juntos― susurró acercándose a mí.
Luché por mantener mi respiración de forma regular mientras sus ojos grises taladraban los míos y sus labios, sus increíbles labios, se acercaban cada vez más a los míos, haciéndome desear besarlos, probarlos y multitud de cosas bastante más indecorosas.
―Eso es discutible― mi voz tembló―. Podría jurar que no eres tan bueno como la gente dice.
Detuvo el avance de sus labios, a punto de rozarse con los míos.
―No puedo creer que me hayas olvidado, el sabor de mis labios, mi aliento contra tu cuello, las caricias de mis manos, el roce de mi cuerpo... Voy a tener que recordártelo.
Él no esperó respuesta y estuve a punto de colapsar. Sus labios suaves como la seda rozaron los míos, los acariciaron y me regalaron un beso intenso, profundo y muy adolescente. Lancé con una pequeña parte de mi mente mis brazos entorno a él para acercarnos más, deleitándome con su firme espalda. Cuando nuestras lenguas se encontraron, él casi consiguió hacerme gemir con las caricias de sus dedos en mi cuello.
Desgraciadamente, Draco acabó el beso y separó nuestros rostros. Al abrir los ojos su mirada triunfal me hizo sonreír y ponerme colorada como hacía tiempo no me ponía.
Segundos después sentía su aliento contra mi cuello, sus manos acariciando mi cintura y un calentón tremendo. En un movimiento más que deliberado se apretó contra mí y noté la dureza entre sus piernas contra mi cadera. Él estaba tan excitado como yo. Separé mis labios del lóbulo de su oreja y le separé un poco de mí.
Sus ojos grises me miraron chispeantes y no dudó un segundo al ver la resolución en los míos. Me tomó de la mano y tiró de mí para ir hacia el castillo. Aguantamos sin besarnos hasta llegar a las escaleras de las habitaciones. Una vez allí nos comimos a besos mientras caminábamos a trompicones hacia la cama. Su lengua explorando mi boca, mis manos explorando su cuerpo, desabrochando a tirones esa maldita camisa... Me golpeé a ciegas las piernas con la cama y caí sobre ella, llevándole conmigo. Ya en ella, Draco se incorporó y me quitó la camisa. Le reclamé de nuevo con un gruñido, no había tiempo para palabras. Concentrada como estaba de nuevo en sus labios no sentí sus caricias hasta que sus suaves manos se colaron en mi sujetador, endureciendo aún más mis pezones. Me desposó del sujetador y sus ávidos labios buscaron mi cuello, mis hombros, mis pechos...
Merlín eso era el jodido paraíso, sentía vivamente su succión en uno de ellos mientras sus dedos acariciaban y pellizcaban el otro. Sí así se sentía con la mitad de la ropa puesta no podía imaginar cómo se debía sentir cuando estuviéramos rozándonos desnudos completamente. Se me escapó un gemido entre la expectación y el placer.
Terminé de desabrocharle la camisa a Draco y le miré: el pelo rubio revuelto, los ojos brillantes, su pecho asomándose entre la camisa, tan pálido y fuerte que debía ser pecado no tocarlo y la corbata, floja pero aún puesta, era mi Adonis personal, todo a mi disposición. No pude entretenerme más mirando, lancé la camisa y la corbata a alguna parte y entre temblores comencé a desabrocharle los pantalones. Él se impacientó, apartó mis dedos y se lo desabrochó el mismo, quedando sólo con la última prenda, aquel bóxer negro tan ajustado que podía ver perfectamente cómo su erección pugnaba por ser liberada. Esa vista me abrasó de deseo un instante, el único que tuve antes de que sus manos, impacientes pero a la vez tan placenteras, recorrieran mis muslos y me despojaran de la falda. El corazón me atronaba los oídos mientras veía cómo él besaba mi ombligo y, poco a poco, bajaba con sus manos mi ridículo tanga, más revelador casi que la propia desnudez.
Volvió a besarme, un beso en el que no pude concentrarme en absoluto, teniendo su erección, aún tapada, se rozaba contra mi pubis desnudo, volviéndome loca. Giré sobre él en la cama, dejándole debajo de mí y me dispuse a bajarle el bóxer. Lo intenté con los dientes, pero ni mi paciencia ni la suya estaban como para esperar. Aún así, yo era Pansy Parkinson, y no sería yo si le hubiera dejado a Draco montarme sobre sus caderas y empalarme de una sola estocada con su hambrienta verga. Metí las manos por dentro del calzoncillo y, de forma muy lenta, comencé a acariciarle, disfrutando al ver cómo sus ojos se cerraban y sus labios entreabiertos dejaban escapar un jadeo. Afortunada o desafortunadamente no duré mucho en esa posición. Draco me colocó de nuevo debajo de él y, de una embestida que al mismo tiempo me llevó al infierno y al mismísimo cielo, entró dentro de mí, al parecer hasta el fondo de la garganta.
Fueron unos intensos y breves minutos de maravillas en lo que el rubio de mis sueños me condujo varias veces al paraíso. Todo estaba a punto de acabar, lo sabía, cuando Draco se derramó dentro de mí nos separamos y, exhaustos, nos desplomamos en la cama, el uno al lado del otro.
―¿Me recuerdas ya? ―preguntó.
―Sí... ―dije intentando recuperar la respiración― No sé cómo pude olvidarlo.
Sonrió y le devolví una gran sonrisa, sin poder contener mi euforia. En ese momento, unos chicos entraron por la puerta y se nos quedaron mirando. Draco, bastante molesto les dijo antes de que yo pudiera reaccionar:
―¿Qué miráis? ¿Nunca habéis visto un dormitorio? ¡Largaos de aquí enanos! ―suspiró y, relajando algo el ceño, dijo para nosotros― Malditos cotillas, este colegio es un nido de chismosos...
―Y que lo digas, aunque bueno... hay rumores que no es malo que divulguen... ―dije. No me importaría en absoluto que en el colegio se supiera que estoy con Draco, alejaría a las lagartas.
―¿No es malo? Como se nota que vives en tu mundo. Si siguen chismorreando sobre mí van a acabar exagerando tanto que dirán que me acuesto con seis diferentes cada día. Eso espantaría a muchos ligues.
Me quedé helada, literalmente. Ahora mismo siento como los brazos cuelgan al lado de mi cuerpo, la sangre escapa de mis mejillas y vuelvo a respirar tras un segundo en el que no me funcionó ni el corazón. Me fallarían las piernas, pero no sé donde se encuentran en este momento. ¿Qué le espantaría muchos ligues? Acaba de darme el mejor momento íntimo de mi vida y él está pensando ya en quién va a ser la próxima. No puedo creerlo.
―¡Ey despierta! ―me dijo al verme quieta y callada.
U torrente de palabras pasó por mi mente, mi boca se llenó de todas ellas y las descargó en una sola, lanzada como si fuera un bofetón a su hermosa cara.
―¡GILIPOLLAS!
Pude detenerme a darle una bofetada, ahora que podía mover los brazos, o darle una buena patada, pero mis piernas me levantaron de la cama y echaron acorrer, huyendo del maldito que estaba haciendo que las lágrimas saltasen de mis ojos.
Corrí más rápido de lo que creí haber hecho nunca, hecha una furia y con los pensamientos golpeándome con furia en los oídos llegué y salí de la sala común, encerrándome en un baño de las mazmorras donde pude escucharlos golpear me mente.
Maldito Malfoy, altanero capullo hijo de su perra madre. ¿Se cree que yo soy una puta más? ¿Su perro faldero que va a estar ahí siempre? Cabrón malnacido, no va a jugar con Pansy Parkinson, no voy a ser una de sus furcias baratas. ¡ASCO! Me da asco, asco que me haya rozado, tocado con su sucio cuerpo harto de follar guarras...
Presa de la histeria y entre un mar de lágrimas abrí de golpe el grifo y con toda la fuerza que podía, me restregué los labios con agua y jabón. Dolía, pero el sentimiento de asco por tener su tacto, su sabor en mi boca, bien valían el dolor y las arcadas.
Así me encontró Blaise, alertado por el ruido de mis sollozos descontrolados e histéricos que oirán por el pasillo. Corrió hacia mí y me quitó el jabón de las manos.
―¡Pansy! ¿Qué estás haciendo? ¡Te vas a ahogar! ¡Para!
―¡No! ―protesté mientras seguía frotando mis doloridos labios― Estoy sucia. ¡Déjame! ¡Estoy sucia!
Aportando la calma que yo no tenía me sujetó las manos para que dejara de frotar y me quitó el jabón de la boca. Acusando el cansancio del ataque nervioso me dejé caer al suelo, llorando ya en silencio.
Blaise, sin una palabra, se sentó a mi lado y me abrazó. Pasaron los minutos y pareció que me había calmado un poco.
―Tranquila Pans― susurró―. No te hagas daño, no lo mereces, tú vales mucho más de cómo te trata ese malnacido ―sus palabras, como un arrullo, fueron calmándome―. Tranquilízate, estoy aquí contigo. No llores, no ensucies tus bonitos ojos por su culpa. Tranquila pequeña, ya estás bien― me alzó la cabeza para secarme las lágrimas―. Como vuelva a hacerte daño... ―su rostro se crispó― Juro que lo mataré.
Irreflexivamente, los sollozos se renovaron y volví a llorar con más fuerza. No quiero hablar de él, que no exista, que desaparezca de mi vida ese maldito bastardo.
Blaise, asustado por el nuevo ataque, volvió a acunarme entre sus brazos.
―No llores Pansy, no soporto verte llorar, princesa. No me hagas verte sufrir. Te quiero, no llores, no sufras Pansy...
Entre sus palabras y el paso de los minutos conseguí calmarme y dejar de llorar. Nunca podré agradecérselo lo suficiente.
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