CAPÍTULO 02
Kurosaki esperaba volver a verlo, pero no en esas circunstancias. Caminó a través de los pasillos con el paso firme que todo doctor presume, no obstante esa energía fue menguando a medida que se acercaba a la habitación. Ingresó con el ceño fruncido, sin reparar en la sonrisita que su viejo gesto le había arrancado a Uryuu, fue él quien habló primero.
—Ok, Kurosaki, si vienes con esos ánimos puedes marcharte. —El muchacho de pelo naranja no se molestó en responderle, se acercó a la planilla al pie de la cama y la leyó.
—¿Cómo estás?
—Creo que bien.
—La sacaste barata.
El mismo reproche tácito en la mirada, suspiró volviendo a reiterar.
—Ya, tengo bastante con mi padre como para encima tener que soportarte a ti —murmuró e Ichigo desvió la vista a la planilla y garabateó en ella, luego volvió a mirarlo con la misma rudeza del inicio—. ¿Qué me miras así? —Se molestó el Quincy, podía tolerar un reproche de Ryuuken, bien o mal era su progenitor, pero no de cualquier otra persona.
—En el momento del accidente estabas muy alcoholizado, y se descubrió una sustancia en la sangre… —Fue sutil.
—Sí, ¿y qué?
—¿Desde hace cuánto que consumes?
—Solo son pastillas y nada más las tomo cada tanto —luego reparó en un detalle—; además, ¿qué carajo te importa?
—Soy tu doctor —se ufanó.
—¡En tus sueños! —Vio que asentía—. Pediré que me cambien de doctor entonces. —Intentó incorporarse para llamar a la enfermera, pero Kurosaki le puso, con delicadeza, una mano en el pecho.
—No te muevas, tienes que estar quieto.
—¿De verdad eres mi doctor? —consultó con evidente desesperación.
—¿Algún problema?
—Eres muy joven.
—Prejuicioso —espetó Kurosaki entre dientes cambiando el suero casi vacío por uno lleno, trabajo de las enfermeras, pero que no le costaba nada hacer—. Y no te preocupes, yo no lo soy.
—Entonces… ¿qué haces aquí?
Esa pregunta la encontró ofensiva. Ichigo tardó en responder, volteó y lo miró, ya no con dureza, su gesto neutro no le indicaba nada al Quincy. Parpadeó y realizó un movimiento con la cabeza instándolo a responderle.
—Es obvio. —Frunció la frente, parecía que quería decir mucho más, pero en eso quedó.
—¿Por qué es obvio?
—Eres mi amigo.
—Nunca lo fuimos —contradijo arqueando las cejas, con desmesurada y fingida felicidad. Como las viejas coquetas de alta suciedad que sonríen, pero en el fondo ven a uno cual escoria de la sociedad.
—Oh, vamos, Ishida —estaba harto de todo eso— ¿puedes madurar?
—¿Yo? —Se removió inquieto y el arnés acompañó el movimiento con el característico ruido—. Tú pareces haberte quedado en el pasado Kurosaki. Nunca fuimos amigos —recalcó con cierto deje de fastidio—. ¡No lo somos! Así que no tienes excusas para venir aquí.
—Eres una patada en el culo, como siempre, Ishida.
—Un placer —ironizó con exageración.
—Y un inmaduro —notó la mirada del pelinegro y agregó con énfasis—: ¡Sí! Un inmaduro. ¿Puedes dejar de actuar como si tuviéramos quince años? —Luego musitó con más calma—: El que se quedó en el pasado eres tú, por Dios… ahora somos adultos ¿o me saldrás con que los Quincy y los shinigami…?
—Cállate —lo censuró entre dientes y con profundo fastidio.
—Mira, Ishida, no sé qué mierda te habrá pasado —luego meditó sus propias palabras— o sí sé, no es el caso, pero esto no es Tokyo, es Karakura.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Tú sabes lo que quiero decir.
Sin más se fue de la habitación dando un portazo. Ishida lo maldijo, una y mil veces. Desde que le había soltado esa frase se quedó dándole vueltas tratando de encontrarle un significado. Quizás era cierto, desde que había llegado a Karakura no había podido desprenderse del papel que ejercía en Tokyo.
Allí era necesario estar a la defensiva, más en el ambiente donde él se manejaba. Las personas no eran tratadas como tal. Todos eran enemigos de todos, todos buscaban escalar posiciones sin importarle a quien destruían en el proceso para lograrlo. Todos eran poca cosa, en comparación a él (y en palabras de DJ, pues no había mejor adulador que él).
Se olvidaba que no estaba en Tokyo, que nadie quería quitarle nada, que no necesitaba apartar a las personas, que podía ser él y no fingir más ser alguien que no era y que no le agradaba, pero que en su momento necesitó creer para poder ser fuerte y triunfar.
(…)
Cuando su padre fue a verlo a la noche cayó en la cuenta de que se estaba quedando horas extras, ¿por él? No quiso ser tan ególatra. No parecía tan enojado como al inicio, pero se encontraba taciturno, como si buscara la forma de hablar con su hijo sobre un tema delicado. Al final no soltaron más que algunas escuetas palabras, Ishida hijo le recalcó al mayor lo mismo que a las enfermeras: No quería visitas, de nadie.
Su padre asintió y de inmediato Uryuu se sintió idiota: ¿Quién iría a visitarlo? Intentó no mosquearse por el pormenor, por caer en la cuenta de que no tenía nada, ni siquiera amigos que se preocuparan por él; la poca gente que conocía en Tokyo, a excepción de DJ, era gente superficial que no visitaba hospitales salvo por algo concerniente a ellos mismos. Además no le había avisado a nadie que estaba en Karakura.
Sólo Ichigo sería su constante y molestia visita, pese a que una y otra vez lo echaba con esa delicadeza tan especial que le había instruido Ryuuken. Era asombroso como año a año se parecía más a él. Huraño, distante, intratable. Esa tarde en particular estaba de notable mal humor, llevaba dos semanas postrador en cama y aunque le habían sacado el yeso del brazo por una rápida y misteriosa curación (luego descubrió que no era yeso sino algo similar para evitar el movimiento), seguía con medio cuerpo inmóvil.
Pensó, de inmediato, en Orihime y cuando Kurosaki lo fue a visitar el nombre escapó de sus labios.
—Inoue-san.
Pareció ser que había dicho una mala palabra en vez de un nombre, Kurosaki se quedó viéndolo y fue tanto el estupor que Ishida se quedó quieto, incapaz de decir algo, tratando de pensar qué pudo haber dicho o cómo para que Ichigo se quedara petrificado así. El shinigami perdió la mirada a la planilla y murmuró.
—¿Qué pasa con ella?
—Que venga a curarme.
—¿Y cómo le explicamos a todo el hospital de tu milagrosa recuperación? —cuestionó con tono tranquilo, empezaba a parecerse más a un doctor—. Además desde la guerra no ha usado sus poderes y parece que ya no puede. —Elevó apenas la mirada para estudiar la reacción del Quincy.
Le valía poco a él, quería a Orihime allí, cuanto antes, así podía mandarse a mudar. No obstante sabía que Ichigo tenía razón, una pronta recuperación sería tildada de milagrosa y, oh Dios, no quería medios de comunicación encima. Reparó en un detalle y trató de preguntarlo con calma, pero antes, la cuota diaria de antipatía.
—¿Qué haces aquí, Kurosaki, no te cansas de dedicarme tu lástima?
—Yo no te tengo lástima. —Luego meditó—. O sí, al ver tu comportamiento de adolescente, pero sólo en momentos como estos. —Uryuu hervía de la bronca, se notaba que estaba de mal humor y la presencia de Ichigo no ayudaba a hacer el día más llevadero—. ¿Almorzaste?
—¿La porquería que dan aquí? —exageró, la calidad de la comida era buena, más tratándose del hijo del director.
—Lo que sea, ¿comiste?
—Sí —musitó con molestia.
—Ayer tuviste fiebre a la noche, es normal.
—Ah, eras tú. —Recordaba una sombra difusa, vigilándolo y tocándolo… más bien acariciándole la frente.
—Ayer tuve guardia nocturna.
—¿Y qué haces aquí todavía? —El tono no perdía la dureza.
—Sigo. —Las ojeras hablaban por sí solas, ni siquiera tenía ánimos para sostener una disputa con el Quincy. Se produjo un breve silencio que fue apenas interrumpido por el ruido que ocasionaba el doctor buscando algo en una bolsa. Se cercioró de que todo estuviera y se acercó a la cama del muchacho—. Eres raro, pero traté de traer cosas que pudieran interesarte. —Qué considerado, pensó Ishida, pero no lo dijo. Estudió lo que había dentro de la bolsa con una curiosidad rayana lo infantil, arrancándole la primera sonrisa al sustituto quien no desaprovechó la oportunidad de reclamarle—: De nada.
El Quincy lo miró, reparando en él como si fuera la primera vez.
—Déjame ver que trajiste y después van las gracias. —Libros, en la mayoría compendios de escritores ya fallecidos.
—No hay best sellers, sé que no te gustan —aclaró y Uryuu reprimió una sonrisa.
Fue más fuerte que él, necesitaba hacerle entender cuál era su lugar.
—¿Y tú que sabes de mí? Hace diez años que no nos vemos. —Tenía razón, los gustos podían cambiar con el tiempo. Ichigo guardó silencio, como si estuviera dolido, entonces Ishida se vio en la obligación de agregar—: Pero tienes razón, al menos en eso no he cambiado.
—Y sí en todo lo demás —murmuró con calma, casi con dolor.
El Quincy levantó la vista escudriñando al shinigami, éste buceó en los ojos oceánicos de Uryuu; pudo verlo, detrás de esa muralla de hielo se escondía el Quincy altanero que él había conocido, ese que se preocupaba por sus amigos sin demostrarlo, ese que hacia todos sus movimientos, desde las sombras, para ayudar a sus seres queridos.
Se rehusaba a creer que ese Ishida había muerto; las personas pueden cambiar, pero en esencia siempre son las mismas. Lo vio con nitidez en la expresión del convaleciente, el Uryuu que él había conocido yacía allí, dormido. Esperando tal vez por el beso de su príncipe para despertar.
Uryuu sonrió, en su adolescencia su príncipe azul era ese chico de cabellera anaranjada; y la sonrisa se volvió carcajada al imaginar lo que pensaría Kurosaki de saber eso, que tan bien había sabido guardar.
—¿Qué es tan gracioso?
—La cara de idiota que tienes, Kurosaki —desvió.
—Bien, volvemos a los viejos tiempos.
Notó en el tono de voz que ya no había "distancia"; que ya no buscaba herirlo y apartarlo. Le había salido débil, cual protocolo que ellos han de seguir como regla Universal e inamovible.
—Gracias.
—Era hora —reprochó Kurosaki—. ¿Te están atendiendo bien?
—Como un príncipe —y no exageraba, no hubo sarcasmo en sus palabras—. Tanto que agobia. ¿Quién les dijo, por todos los dioses, que soy el hijo del director?
El turno de reír fue el de Ichigo, luego otro silencio de esos incómodos sobrevino, de repente ambos tenían mucho por decirse y preguntarse. De pasar a estar diez años sin saber en lo absoluto nada del otro, en dos minutos tenían esa imperiosa necesidad de saberlo todo y a la vez. Kurosaki pareció ser quien reunió coraje para abrir la boca, pero fue interrumpido por la enfermera de turno.
—Doctor —la chica, muy jovencita, señaló a sus espaldas—, la policía está aquí y quieren hacerles unas preguntas al paciente.
Kurosaki miró y vio a dos uniformados, pensó que tal vez por el accidente, aunque un poco tarde venían a acordarse, asimismo recordaba que ya habían estado el mismo día. Asintió permitiéndoles pasar, pero la expresión de Uryuu rogaba por lo contrario. Él sabía por qué estaban ahí y estaba dispuesto a declarar otra vez, pero la presencia de Ichigo le incomodaba.
Por fortuna fueron los policías quienes le pidieron que se retirara, aun así Kurosaki se quedó tras la puerta, Ishida pudo verlo a través de la persiana americana… eran tan idiota. Eso no se iba con los años.
Las preguntas obvias y las respuestas, por demás, obvias; ¿por cuánto tiempo más iban a seguir molestándolo con lo mismo? Además su abogado había arreglado todo, en teoría. Recordó el teléfono apagado, quizás había recibido un aviso o citación y no se había aparecido (lógico).
Cuando los policías se fueron Kurosaki ingresó de vuelta con el ceño levemente fruncido. Ishida tenía la mirada perdida, puesta en la blanca pared.
—¿Vinieron por lo del chico que falleció? —Por fin lo soltaba. La mirada del Quincy ahora se posó en él, con desesperación y fastidio.
—¡Vete! —¿Cómo lo sabía? ¿Desde cuándo lo sabía? ¿Por qué no le había dicho que ya lo sabía? Odiaba su vida pública, en el presente más que nunca—. ¡Vete, Kurosaki! —Tomó uno de los libros que el mentado le había traído y se lo arrojó por la cabeza, en su situación era lo único que podía hacer.
La intranquilidad de Uryuu no era nada sano, para ninguno de los dos. Ichigo suspiró y sin decir nada giró y se marchó de la habitación. Por fortuna terminaba su turno y podría irse a casa a descansar.
Uryuu arrojó el resto de los libros que estaban sobre la cama a un costado dando a parar sobre el piso, y se quebró. Quizás porque se había dado cuenta de que el tiempo no había cambiado a Ichigo, seguía siendo condenadamente adorable y sensible con el sentir de los demás. Eso le crispaba los nervios, no necesitaba su amistad ni su lástima, ni mucho menos su empatía.
El shinigami estaba al tanto, debía saber lo sucedido por culpa de las revistas; y algo en él, en su actitud de ir a romperle la paciencia día a día, le decía que no le importaba el escándalo… así era Ichigo a fin de cuentas. Pero iluso el Quincy si creía que con eso sería suficiente para derrotar al shinigami sustituto. Éste parecía insistir en busca de algo, o bien como si insistiendo lograra "algo", un cambio en Ishida o tal vez sacarlo de ese sopor. O sencillamente recuperar el tiempo perdido, ese que había dejado pasar por mera cobardía.
Se olvidaba que no existía pasado ni futuro, sólo presente; se olvidaba que el tiempo no se puede recuperar y que a veces sí es tarde.
Ishida intentó demostrárselo, pero era tan terco que al otro día, por la tarde, lo tenía de nuevo en su habitación. Era su divertimiento diario gritarle al shinigami, no obstante en esa ocasión y dado lo acaecido no pudo más que quedarse mirándolo con una expresión extraña. Mitad de vergüenza y mitad de enfado por hacerle sentir precisamente vergüenza.
Él no tenía por qué experimentar ese sentimiento, le valía poco lo que Kurosaki opinara sobre su vida.
¿A quien quería engañar? Desde chico, en el fondo, siempre le importaron las apariencias y el qué dirán.
—Empezamos bien —reparó el shinigami—, todavía no me has gritado.
—Ya me resigné —chistó, perdiendo la mirada.
Kurosaki se quedó de pie estudiándolo, parecía triste… no le gustaban las caras tristes, nunca le había gustado presenciar la tristeza de las personas, incluso siendo doctor era algo que no podía manejar muy bien. Se acercó al Quincy y tomó una silla, percibió el suspiro exagerado de él, pero no se inmutó.
—Ey, cuando salgas de aquí... —balbuceó, tratando de buscar algo que lo sacara de ese estado, ¡prefería que le gritara! antes que permanecer así en esa lejanía—. Me debes un café.
—No te debo nada, Kurosaki —murmuró sin mirarlo. Cerró los ojos, debía darle conversación por al menos unos minutos o no se iría satisfecho de allí—. ¿Y tu hija?
—Con Orihime.
La gran incógnita había sido por fin respondida. Poco a poco posó la mirada en el shinigami, éste parecía no querer hablar al respecto o al menos no había continuado con el tema.
—¿Es la madre? —Estupidísima la pregunta, pero salió sola, sin que pudiera detenerla. Ichigo sólo asintió en respuesta, entonces Ishida reparó en detalles -era bueno para eso- y necesitó saber más—. ¿Yuzu la cuida?
—Cuando trabajamos, a la mañana, porque a la tarde Amaya va a la escuela, igual es sólo por éste año… el entrante empieza la primaria, doble escolaridad. —Recordó el encuentro fortuito de su hija con el Quincy y agregó—: Los martes no puede porque a la mañana Yuzu va a la universidad, sigue la misma carrera que tú.
—Yuzu debe tener… —Hizo cálculos mentales.
—Sí, está grande, y siempre fue toda una madraza —arqueó las cejas—, el día que lo sea… —Volvió en sí—. Por eso con Orihime nos quedamos tranquilos sabiendo que la cuida ella.
—¿Y tu padre?
—¿Estás tratando de ser cortés? —Le sonrió, era un detalle encantador por parte de Ishida, más a lo que venía acostumbrado con él.
—Estoy aburridísimo, Kurosaki. —Se removió en la cama para sentarse un poco y el arnés acompañó el movimiento—. Hace casi un mes que estoy acá, le hablo hasta a las paredes. Sé la vida personal de cada enfermera.
Kurosaki rió con sentidas ganas y decidió darle un poco de conversación, le contó sobre los ex compañeros de secundaria y qué había sido de sus vidas, Uryuu no se sorprendió cuando la relación de Yasutora y Karin salió en la conversación, no supo por qué, pero le pareció natural, hasta casi previsible.
—Viven juntos, cerca de la estación de servicio —agregó como dato.
—¿Se van a casar?
Ichigo elevó los hombros, no lo sabía, pero era cuestión de tiempo, esos dos se querían de verdad y lo más loco es que se entendían a la perfección.
—¿Y Yuzu?
—A Yuzu no le conozco novio nuevo —la imagen de Kon surcó su mente como un cometa y frunció la frente ante la idea—, pero supongo que en eso andará y no ha querido decirme nada. —Volvió en sí agregando—: Vive todavía con mi papá, ella es muy apegada a él. Y Kon también… Kon se quedó con mi cuarto.
—¿Kon? —Sonrió, pero la sonrisa se tornó carcajada—. ¿Tiene un cuarto para sí solo?
Se imaginaba las visitas y la oportuna explicación: "Esta es la sala, éste es el baño y esta es la habitación del peluche", estalló en risas, Kurosaki entendió su postura y reveló con calma.
—Tiene gigai.
—¡No!
—Deberías verlo —asintió—, le queda muy bien aunque no parece japonés. —Carcajeó levemente.
—Tráeme unas fotos.
—Después te traigo, hay muchas.
—Pero ¿cómo… un gigai, Urahara…? —preguntó de manera inconexa.
—Urahara se marchó —negó perdido en el recuerdo—, volvió a la Sociedad de Almas. Le hizo el gigai a Kon poco antes de marcharse… Cronológico.
—Es decir…
—Que envejece con el tiempo, tiene un límite de vida coherente con la expectativa masculina de vida actual.
—O sea que saben cuándo…
—No —negó con firmeza, había entendido la media oración—, Urahara tuvo el cuidado de no decirnos, a ninguno, y me consta que ni siquiera a mi padre, cuándo dejará de funcionar o cuándo se apagará.
—Pero si eso pasa, Kon…
—Es un alma modificada —explicó con calma trayendo a la memoria las palabras del tendero—; pero un alma al fin, está ligada al cuerpo, si el cuerpo deja de funcionar también su alma. Ojo, que Kon lo quiso así.
—¿Sí? —Le sorprendió, aunque se preguntó si aceptaría la inmortalidad o casi perpetuidad como premio y no necesitó respuesta, era lógico. Debía ser espantoso ver como los seres más queridos dejaban el mundo mientras uno permanecía en él.
Un breve silencio se instaló, Ishida quería saber más, ahora sí; no obstante fue Kurosaki quien se le quedó mirando esperando por sus palabras, sin embargo él no estaba allí como visita, una doctora apareció para recordárselos, interrumpiendo la amena conversación.
—Kurosaki, te estuve buscando por todo el hospital.
—Hubieses empezado por aquí —se bufó.
Ishida sintió una pizca de ¿celos?, la muchacha era tan joven como Ichigo, quizás rondaba los treinta, pero era hermosa, de largo cabello negro y lacio, y le hablaba con demasiada confianza.
—El paciente de la 38 se queja de dolor, es tuyo ¿verdad?
—¿El de la gangrena en los dedos? ¿El indigente?
—Sí, además te busca asistencia social por ese tema.
Ichigo no parecía querer irse, pero no tenía opciones, miró a Ishida y se puso de pie con desgano para irse con ESA, así lo sintió el Quincy, pero de inmediato se reprendió sintiéndose estúpido. Lo que un poco de atención a su insignificante persona ocasionaba, se aferraba a Ichigo porque en ese momento y en esa circunstancia era lo único que tenía, o casi, ya que su padre ingresando le vino a demostrar que al menos algo -no material- en la tierra le quedaba.
Había estado diez años lo más bien y sólo por una tarde iba a sucumbir. Se consoló diciendo que cuando se fuera de allí esas ideas absurdas y ese sentimiento de necesidad lo abandonarían y volvería a ser el sarcástico, altanero y borde diseñador de moda que había sido en ese último tiempo, ese que no necesitaba nada de nadie y que lo tenía todo.
Sin dudas lo sería, su padre se apersonó para decirle que le sacarían los yesos y que pronto podría marcharse. Pensaba escaparse de igual modo apenas pudiera moverse. Como si fuera posible en ese hospital, parecía tener tatuado en la frente "soy el hijo del director".
(...)
Intuía que Ichigo estaba esperando a que comenzara a contarle de su vida, pero no le apetecía bucear en esa porquería.
Aborrecía los miércoles, era el día que la enfermera más joven tenía franco. Una chica admiradora de él, según supo, y que le permitía fumar un cigarrillo por las noches.
Por fortuna le habían quitado los yesos. A duras penas podía caminar luego de estar más de un mes en cama, pero se las ingenió para llegar hasta la ventana no sin antes retirar el paquete de cigarrillos escondido bajo el colchón.
Se recargó en ella observando el panorama ante sus ojos. La tranquila Karakura, en silencio. La diferencia con la bulliciosa Tokyo era acogedora, recordó así cuánto le gustaba vivir en ese sitio; ¿y por qué se había ido? Claro, para estudiar.
Le dio una fuerte pitada al cigarrillo, detestaba fumar a las apuradas, pero no tenía demasiadas opciones, tampoco era su intención comprometer a las enfermeras.
El cigarrillo se consumía lentamente entre sus dedos mientras permanecía absorto, perdido en los recuerdos. Odiaba pensar en la Guerra de Invierno, pero siempre fue consciente de que pisar otra vez Karakura representaba despertar esas reminiscencias.
Recordó el domo y a Orihime. Kurosaki no estaba casado con ella, pero tenía una hija. ¿Por qué pensaba en eso? Había dejado de ser adolescente desde hacía bastante, no estaba en ese momento de su vida para enrollarse y buscarse más problemas de los que tenía; pero su mente parecía no estar dispuesta a hacerle caso y los recuerdos manaban sin control.
La puerta se abrió, la enfermera de turno no podía ser, hacía quince minutos había pasado y a la noche los pasillos solían estar desiertos. Trató de tirar el cigarro por la ventana sabiendo que de todos modos el característico olor lo delataría.
—Fumando —reprochó el invasor viendo como el otro agitaba la mano tratando de disipar el humo en un intento vano de ocultar lo evidente.
—¿Qué quieres, Kurosaki? —Fue lo único que pudo decir, sabía que estaba en falta.
—Fumando —repitió en la penumbra, más allá de la sorpresa que le causó ver al chico que en un pasado era tan quisquilloso con la salud, no podía creer que fuera capaz de tener esos vicios en un lugar como ese y en esas circunstancias—. Es un hospital público. De más está decir que no puedes fumar y menos en tu estado.
—Entendido, doctor. —Llevó una mano a la sien, cual saludo militar.
—Conoces las consecuencias de fumar, ¿cierto? —reprochó, y pensaba valerse del mismo Ryuuken.
—No molestes, Kurosaki —solicitó hastiado—. Lo último que me faltaba, que tú vengas a sermonearme.
—No puedo creerlo de Ishida Uryuu —hubo algo de gracia en sus palabras—, siempre un chico tan sano —resaltó con fingido tono solemne.
—Ya has visto, las personas cambian. —Fue a recordárselo, para ver si de esa forma entendía que por mucho que quisiera no volverían el tiempo atrás.
—Veo —asintió tragándose todo lo que quería decirle, pero no pudo con su genio—; consumes drogas…
—Son pastillas nada más.
—Drogas al fin —remarcó—, alcohol —continuó enumerando—, cigarrillos —arqueó las cejas—. ¿Qué más? ¿Qué ha sido del Ishida que conocí?
—Tú no tienes una idea —musitó de manera apenas audible.
—¿De qué?
—Nada —negó, no tenía sentido hablar al respecto—, te puedo asegurar que en el mundo donde me muevo —dijo haciendo referencia a su profesión— no es nada, soy un niño de probeta.
—Oh, puedes ser si quieres un chico rudo, ¿no? —se burló e Ishida frunció la frente.
—Tuve posibilidades de probar otras cosas, pero no soy tan idiota como para caer en esas.
Se conocía; de aceptar las drogas que mil veces le ofrecían y circulaban frente a sus narices se hubiera vuelto irremediablemente adicto. Él era consciente de lo dependiente que solía ser, lo obsesivo-compulsivo y maníaco. En una época fue adicción a los libros, luego al estudio, más tarde a todo lo demás.
No, sí caía en esas redes no saldría jamás, por eso nunca se atrevió siquiera a probar algo más fuerte que una pastilla comercial.
—DJ siempre andaba detrás mío vigilándome —rememoró, con una sonrisa nostálgica, diciéndoselo más a sí mismo que a su interlocutor—. DJ es mi… —no supo cómo llamarlo— mi mano derecha —aclaró, ahora sí, mirando al sustituto.
—El chico que murió —Kurosaki no fue sutil, cierto, pero no encontraba otra forma de preguntarlo— ¿también estaba en las mismas?
Ishida no entendió la pregunta y aunque quiso molestarse no le salió gritarle como la vez que le había hecho una interrogación similar. Se limitó a callar, Ichigo tomó ese silencio como algo positivo y le dio tiempo, el que necesitara para hablar.
—Él consumía de todo. —Vio que el muchacho de pelo naranja se recargaba contra la pared dispuesto a escucharlo—. Vivía drogado —chistó con una mueca que simulaba una sonrisa.
—¿Y qué hacías con una persona así?
Uryuu elevó un hombro y trató de buscar la respuesta, como si nunca antes se hubiera hecho esa pregunta. Dio la vuelta para recargarse contra la ventana.
—No sé… supongo que… —calló de repente para mirarlo— supongo que me recordaba un poco a ti —luego le fue menester aclarar en qué—: físicamente hablando, además tenía tu mismo carácter de mierda. —Bien, eso por fin había callado al latoso shinigami. Sin embargo, pasada la sorpresa, Ishida caminó con cierta dificultad hacia la cama para acostarse, sentía que las piernas le flaqueaban por la falta de costumbre—. Me agradaba estar con él —reanudó, tapándose con las frazadas—, al principio por lo menos. —Percibió que Kurosaki lo estaba dejando hablar así que prosiguió sin esperar acotación alguna—. Él no era parte del mundo de la moda. Era un inmigrante, un chico de barrio, común y corriente, ni siquiera tenía dónde caerse muerto.
—Era menor de edad, ¿cierto? —indagó e Ishida asintió.
—Tenía diecisiete cuando lo conocí, yo en ese entonces contaba con veinticinco —evocó.
—¿Lo querías? —Breve elipsis. De nuevo Ishida parecía estar buscando la respuesta a una pregunta nunca antes hecha.
—¿Sabes? —fue su réplica— cuando pasó lo que pasó no lloré, supongo que siempre supe en el fondo que él iba a terminar así. Como cuando tienes a un ser querido con una enfermedad terminal, sabes que en cualquier momento va a morir. —Lo miró con reserva—. Sí, supongo que lo quería… y tanto que prefería verlo muerto, por duro que suene. —Sonrió—. Antes que en ese estado deplorable prefería verlo muerto —reiteró con convicción. Acomodó la almohada tras la espalda, a duras penas podía ver el rostro de Kurosaki en la media luz, pero percibía de igual modo la impaciencia de éste—. Él estaba conmigo quizás porque obtenía todo eso. Cuando organizaba fiestas iba gente de todo tipo y él se daba un gran banquete —dijo haciendo alusión a las drogas—. Eso nunca le faltó a mi lado.
Se cuestionaba el detalle en el presente. Se sentía responsable, desde ya; de forma directa e indirecta.
—La policía te busca por eso, ¿no?
—¿Qué pasa, Kurosaki? —preguntó extrañado— ¿Por qué tanto interés?
—Porque quiero saber de ti —respondió con calma—, quiero tratar de entenderte, nunca pude hacerlo, pero tengo fe en que algún día podré.
—¿Y por qué? —la pregunta fue capciosa. Ichigo sonrió de una forma muy nítida, lo habían cachado. Uryuu ignoró el gesto para continuar hablando, recién comprendía cuánto necesitaba hacerlo, cuánto necesitaba hablar de ese tema tan delicado con alguien como Kurosaki, que sólo lo escuchara, sin juzgarlo. Conocía a ese shinigami lo suficiente como para animarse a revelarle todas esas cuestiones que tenía guardadas—. La policía me está investigando por una supuesta red de narcotráfico —vio el rictus de Ichigo y se apresuró a aclarar—, no tengo nada que ver con eso aunque… —dudó en revelarlo—, aunque en un inicio necesité hacer algunos trabajos "sucios" —realizó un leve movimiento con la cabeza cual asentimiento—, vender —aclaró—. Necesitaba dinero. —Parecía estar excusándose.
—Bueno, lo de chico rudo se queda corto —bromeó elevando las cejas.
—Es un mundo de mierda el de la moda —reconoció, cuestionándose qué demonios hacia él metido en ese mundo. Ichigo parecía estar haciéndose la misma interrogación.
No lo supo, Ishida Uryuu no podía precisar con exactitud cómo fue que terminó en esas, sólo se encontró un día rodeado de gente importante, con conexiones, que él necesitaba para poder triunfar y salir del anonimato.
—Estuviste preso —pareció una pregunta, pero fue una afirmación.
—No, preso no —negó con firmeza—; detenido, que es distinto. Me indagaron por la muerte, desde ya, pero mi abogado arregló todo.
—¿Y para qué te buscaban el otro día? —Se sentó en la cama, cansado de estar de pie.
—Había sido citado a declarar y no me presenté. Por fortuna pasó lo del accidente así que tuve excusa.
—Por fortuna dices… —murmuró en son de reproche.
Se produjo otro silencio en el que pudieron observarse en la penumbra con una curiosidad nunca antes experimentada. Ichigo sonrió y pareció estar a punto de decir algo, se daba cuenta de la situación, el tema era saber si Ishida lo aceptaba, porque era claro para él también que se había instalado cierto clima entre ambos. Uryuu desvió la mirada cruzándose de brazos, tratando con el gesto de poner cierta distancia.
—¿Inoue-san como está?
La risa de Kurosaki fue transparente, Ishida se percató de lo poco sutil que había sido, pero a esas alturas ya no le importaba.
—Mira, Ishida —se rascó la cabeza en un gesto quizás de nerviosismo—, ella y yo no somos nada en la actualidad —aclaró. El mentado lo miró arqueando las cejas en un rictus de altanería suprema.
—¿Y? —cuestionó prepotente. Ichigo negó con la cabeza. Ishida era incorregible, por momentos parecía tener quince o diecisiete años todavía—. Es la madre de tu hija.
—Pero nada más —aclaró con gravedad, mirándolo de una forma tan intensa que le obligaba a cortar el contacto visual.
—¿Y qué pasó? —preguntó con tono casual, como si estuviera haciendo la pregunta por mera obligación y no por fidedigno interés.
—Pues —suspiró, era largo y difícil de contar, pero luego de las revelaciones de Uryuu sentía que era lo mínimo que podía hacer a cambio—, empezamos a salir desde muy chicos.
—¿Sí?
—Sí —afirmó protestando—, éramos muy chicos, ni sabíamos lo que era el amor. —Parecía estar quejándose.
—¿Alguien lo sabe? —murmuró retóricamente y percibió la carcajada apagada del shinigami.
—No sé, estuvimos de novios como por seis o siete años antes de que llegara Amaya —rememoró perdido en el recuerdo, asintiendo reiteradas veces con la cabeza—. Siete años —susurró, parecía tanto y tan poco a la vez.
—Ya, ella quedó embarazada y decidiste dejarla, muy lindo de tu parte. —Sintió que había sido un error bromar con eso al sentir la mirada de Kurosaki fulminándolo. Se tomó unos segundos en continuar hablando, tanto que Ishida estuvo a punto de pedirle perdón, sin embargo no fue necesario.
—Como era lógico, teníamos que casarnos —remarcó el "teníamos" como una obligación—. Yo acepté, era lo más coherente, ¿no? Sin embargo cuando empezamos a preparar todo, ya sabes… buscar salones, el buffet, las invitaciones —enumeró— me aterré.
—No lo puedo creer de ti, Kurosaki.
—Sí, me asusté. Me di cuenta de que mi vida iba a ser de una manera por siempre y no podía con la idea —negó casi con molestia por tener que reconocer el detalle—, sencillamente no podía. Había algo en mí que me decía frenar con todo cuanto antes porque después iba a ser peor.
—¿Qué hiciste? ¿La dejaste plantada en el altar?
—¡No! —Se espantó con la idea—. No llegué a eso. —Lanzó una risa de lástima—. Mi papá casi me mata, no le gustó mucho saber que yo no quería casarme, me dijo "¡Te vas a casar igual, Ichigo!", pero después de la primera bronca comprendió que no podía obligarme. La única que me apoyó y me entendió en ese entonces fue Karin.
—Seguramente destrozaste a Inoue-san. —Sonó como un reproche con toda la intención de serlo.
—Al principio sí —reconoció—, al principio incluso se enojó —remarcó con energía—. Las personas más tranquilas cuando explotan, explotan.
—¿Qué te hizo? —preguntó con gracia.
—No, nada —se frotó un ojo, como si estuviera agotado por tan sólo hacer el esfuerzo mental de recordar—; pero tuvo que pasar mucho tiempo para que me perdonase y entendiera que era lo mejor; no le quedaba otra de todos modos porque Amaya ya estaba en el mundo.
—¿Y ahora?
—Ahora —entendió la pregunta—, ahora las cosas están ahí, hablamos bien, pero siempre por causa de fuerza mayor, la nena y esas cosas. Pasamos las fiestas juntos, en casa de mi papá —explicó—. Bueno, pero tu papá ya te debe haber contado cómo es el asunto —sonrió—, somos una familia rara, ¿verdad? —Ishida arqueó las cejas, ¿por qué su papá debía saber cómo eran las fiestas de los Kurosaki? Ichigo entendió enseguida que había metido la pata hasta el fondo, tragó saliva buscando algo que lo ayudara a salir del trance—. Ya sabes, tu papá no tiene a nadie, tú estás en Tokyo —se encogió de hombros en un gesto de obviedad—, y con mi papá tienen una buena relación dentro de todo, en especial después de haber limado asperezas, y bueno… lo invitó hace unos años y ahora viene siempre…
Ishida no dijo nada, se había dado cuenta de que trataba de ocultarle algo, pero intentó no hacerse la cabeza con el tema, quizás era verdad eso de la invitación en plan de amigos. No obstante necesitó saberlo.
—Con que "somos una familia rara" —repitió, y antes de que pudiera hacer la pregunta a rajatabla el buscador del doctor sonó. Salvado por la campana.
Ichigo, sin perder el tiempo, se puso de pie excusándose. Elevó el aparato con una sonrisa en los labios, "Trabajo, debo irme. Nos vemos después, Ishida" y se marchó con notable prisa.
A primera hora de la mañana apareció su padre y tuvo tiempo entonces de darle vueltas a la frase, a atar cabos y rememorar viejas llamadas telefónicas, en cuanto lo vio lo primero que le nació fue el regaño.
—¿Cuándo pensabas contarme de Isshin Kurosaki?
Sabía que podía equivocarse, sin embargo también sabía que a Ryuuken no lograría sonsacarle nada si no era directo. Fue sutil, si sus conjeturas eran erróneas la pregunta no había sido por demás entrometida.
El doctor guardó silencio, en un inicio se quedó inmóvil en el lugar, pero se acercó a la planilla al pie de la cama sin posar la vista en su hijo.
—¿Y por qué debería contarte? —cuestionó sin saber bien qué debía decir en un momento como ese.
Había estado pensando al respecto, qué decir llegado el día de tener que enfrentar a Uryuu, pero sus fantasías estaban lejos de la realidad. No era fácil conversar de un tema así pese a ser consciente de que el menor no tenía derecho alguno a recriminarle nada, aun más teniendo en cuenta la vida que llevaba.
—¿Porque soy tu hijo? —increpó con tono de obviedad.
—Mi vida amorosa es algo que sólo me concierne a mí. —Maldijo a Kurosaki hijo en su interior.
—¿Desde hace cuánto? —Fue la siguiente preguntan incisiva.
—Unos años. —Dudó en responder, pero quería o más bien necesitaba sacarse ese peso.
—¿Cuántos?
—¿Importa? —Ahora sí lo miró, con seriedad, pero a la vez con culpa—. Unos cinco años.
Uryuu volvió a descansar la espalda en la almohada, aflojando los músculos tensos y perdiendo la mirada. ¿Por qué estaba tan molesto? No le perturbaba en sí descubrir que su padre se había hecho gay a la vejez, ¿qué era, entonces? Celos, tal vez bronca de comprobar que otras personas sabían más de su padre (como Ichigo) que él mismo.
—Felicitaciones. —Quiso decirlo para darle a entender a Ryuuken que no le molestaba conocerle una pareja hombre, no obstante el tono fue duro y dio a entender lo contrario.
—Tú no puedes decir nada. —Se valió de eso, o era matarlo por idiota.
—Yo no dije nada —se ofendió, qué ganas sentía, por momentos, de molerlo a golpes—; te dije "felicitaciones", por fin tienes a alguien en tu vida que no soy yo —lo dijo con verdadera aspereza.
Ryuuken lo contempló, como si recién comprendiera el verdadero mensaje detrás de las palabras de su hijo. Quizás debía pedirle perdón, explicarle que todo ese tiempo había sido un cobarde incapaz de decirle al menos por teléfono que tenía pareja. No lo dijo porque sabía que Uryuu de igual modo lo conocía lo suficiente para adivinarlo.
—Te darán el alta —musitó el doctor para cambiar de tema.
El semblante de Ishida hijo varió de manera abrupta al oír esas palabras, su rostro se relajó y sus ojos ya no mostraron ira. Suspiró aliviado, pero de inmediato sintió algo similar a la desesperación. Eso implicaba dejar el hospital y aunque estaba harto de permanecer postrado, caminando del baño a la cama y viceversa, algo en todo eso le agradaba.
Tal vez las atenciones de su padre, tan mal acostumbrado que estaba a su descortesía, o quizás a la presencia de Ichigo y a las conversaciones tan "amenas" que mantenía. Le ayudaban a recordar que él, en una época, tenía a su alrededor personas que quería, valoraba y necesitaba.
(…)
Era el día o que tenía pocas ganas de trabajar, pero se le hizo intolerable. Ansiedad. En cuanto pudo despachar a sus pacientes haciendo la ronda diaria se encaminó al cuarto de Ishida, tenía las fotos para mostrarle. Sabía que pronto le darían el alta, pero no imaginó que tan rápido.
La cama vacía y la enfermera cambiando las sábanas le daban la pauta de que había llegado tarde.
—¿Por qué no me avisaron?
La mujer regordeta, entrada en años, lo miró cual estiércol de vaca, "¿qué, había que avisarle al doctorcito?" parecía decir la expresión de su cara. Kurosaki, sin decir nada, dio la vuelta y se marchó. Cerró la puerta sintiendo ese vacío, como el que se experimenta cuando se saludaba por última vez a alguien que se iba de viaje para no volver jamás.
Disipó enseguida esa extraña sensación para ir hasta la oficina del director.
