Disclaimer: Los personajes son propiedad de Stephenie Meyer, sólo la trama es mía.
-8-
La última conversación normal que había mantenido con Alice no me sirvió en absoluto para que mi concentración mejorara. Mis exámenes finales no fueron tan bien como yo esperaba, aunque de todas formas aprobé todas las materias. Mis padres pusieron mala cara cuando vieron mis calificaciones, en especial al ver mi "bien" de historia cuando siempre sacaba "excelente".
Rosalie no dejaba de enviarme miradas indagadoras cada vez que nos encontrábamos en la misma habitación, así que me pasé la semana ignorándola. Con Alice no había hablado decentemente desde la tarde en la librería. Había estado evitándola, encerrado cada tarde en mi habitación fingiendo que estudiaba. No entendía qué era lo que le pasaba. Me parecía absurdo lo que me había dicho. ¿Cómo era posible que sintiera algo que no fuese odio por aquel que –según ella –tanto daño le había hecho? Me pasaba todo el día dándole vueltas al tema, pero el viernes por la tarde dejé de hacerlo ya que tenía que concentrarme en el partido. El último de la temporada.
Me encontraba sentado en el vestuario atándome los cordones cuando escuché la voz de Emmett delante de mí.
-Hey, Jazz. ¿Todo bien? –me preguntó sentándose a mi lado.
-Sí, como siempre.
-¿En serio?
Lo miré con una ceja levantada.
-Si estás intentando sonsacarme algo de parte de mi querida hermana, ya te digo que te vas a ir de aquí igual que has venido.
-¿Sonsacarte algo? ¿Eso significa que tienes algo que esconder?
-No. No tengo nada que esconder.
-Rose me ha contado que éstos días estás raro.
-Puede que sea por los exámenes que hemos tenido, o por el partido que vamos a jugar dentro de unos minutos, ¿no te parece? –le pregunté esperando que aquella excusa fuera bastante para aplacarlo.
-Tú nunca te pones nervioso.
-Alguna vez tenía que ser la primera, ¿no?
-Al final terminarás contándomelo. –me contestó con una sonrisita arrogante. La había sacado de Rosalie, seguro.
-Cómo tú digas. –le respondí con los ojos entrecerrados. En aquel momento el entrenador nos ordenó salir al campo. Respiré hondo y di un par de palmadas antes de empezar a caminar hasta el terreno de juego. Una vez allí, paseé mi mirada por las gradas y vi a mis padres con la cámara de vídeo. Con lo poco que me gustaba que me grabaran cada vez que acababa comiéndome el barro, y ellos siempre la llevaban encima. Vi que a su lado se encontraba Alice, que cuando se percató de que la estaba mirando, me saludó y me sonrió. Yo por mi parte me limité a desviar la mirada. Justo delante de nosotros estaban las animadoras. Normalmente me hacía gracia observarlas haciendo piruetas para animarnos, pero aquella vez me pasé toda la introducción mirándome los pies. Lo primero que vi cuando volví a levantar la vista, fue a María gritando mi nombre para "animarme" a la vez que agitaba los pompones. Resoplé por lo bajo. Me equivoqué al pensar que se había olvidado de mí.
Un pitido me sacó de mi ensoñación y al cabo de dos segundos me di cuenta de que el partido acababa de comenzar. Jugábamos contra un equipo del instituto de Seattle que no dudaba en dar patadas a diestro y siniestro cada vez que encontraban una oportunidad. Acabé varias veces en el suelo y con un mal de rodillas impresionante. Tuve alguna que otra ocasión de gol, pero aquel día no estaba lo suficiente concentrado, por lo que las desperdicié todas ganándome varios gritos de mi entrenador diciéndome que no dudaría en sustituirme si continuaba con aquella mala racha. Emmett se encontraba a unos metros de mí defendiendo nuestra portería, y no dudó en echarme una bronca monumental en los quince minutos de descanso.
-¿Se puede saber qué demonios te pasa? –me gritó.
-A mí nada. –me limité a contestarle mientras me secaba el sudor de la frente con la camiseta.
-Pues cualquiera lo diría, no tienes la cabeza en el partido.
-Hoy no estoy inspirado.
-Pues más te vale estarlo en la segunda parte. Necesitamos dos goles para ganar, así que ya sabes lo que tienes que hacer.
-Sólo es un partido escolar. –me enfadé por su seriedad.
-Sí, pero a algunos les importa de verdad. Deja de pensar en tu nueva amiguita y estate por lo que tienes que estar.
Reprimí un gruñido cuando mi entrenador se puso a mi lado, exigiéndome que me concentrara. Incluso me preguntó si quería sentarme en el banquillo en el último partido, y lo único que hice fue negar con la cabeza porque no quería discutir con nadie más. Al cabo de dos segundos pitaron el inicio de la segunda parte. Corrí todo lo que pude, me tiraron al suelo varias veces más e incluso me enfrenté a un imbécil que no dejaba de golpearme cada vez que cogía la pelota. Mi entrenador tuvo que separarme de él antes de que nos liásemos a golpes en medio del campo y el árbitro me sacó la tarjeta amarilla. El entrenador me dio un ultimátum porque se estaba cansando de mi actitud distante y violenta –según él –, así que me callé y continué con el partido. Tuve dos oportunidades más, pero no conseguí meter la maldita pelota en la portería, por lo que cuando el árbitro indicó el final del partido que habíamos perdido, me fui al vestuario entre maldiciones e insultos. Me metí en la ducha enrabiado.
-Vaya partidito has hecho, Jazz. –Emmett tenía ganas de discutir.
-Que te den. –le contesté secándome el pelo con la toalla.
-Tranquilo, vengo en son de paz. ¿Vas a explicarme cuál es tu problema?
-No tengo ninguno. Sólo tengo un mal día.
-De acuerdo, veo que te vas a enfadar si seguimos por ahí, así que mejor cambiamos de tema. ¿Vas a ir a la fiesta de María?
-Me temo que sí.
-¿Solo?
-Si me estás preguntando si voy a llevar a Alice, la respuesta es sí. –aunque en aquella semana se me habían quitado las ganas de ir con ella.
Asintió lentamente.
Estuvimos hablando durante un par de minutos más hasta que me decidí a salir del vestuario. Mis padres estaban fuera del instituto esperándome, al lado de Alice y de Rosalie.
-¿Qué tal, cielo? –me preguntó mi madre. Era normal que me preguntara eso aquel día. Normalmente, después de un partido solía decirme: "Qué bien has jugado, cielo".
-Ya habéis visto el partido que he hecho. Si la temporada que viene sigo jugando como hoy, me temo que me vais a ver más rato sentado en el banquillo que en el campo.
-No has estado muy fino. –coincidió mi padre. –Pero he grabado todas tus jugadas.
-¿Para qué? Si no ha habido ninguna buena.
-La mejor de todas ha sido cuando casi le partes la cara al imbécil del otro equipo. –intentó animarme Rosalie ganándose una mirada acusadora por parte de mi madre que odiaba la violencia.
-Me ha dejado la pierna hecha un asco. Si llego a pillarlo… -empecé, pero Emmett se unió a nosotros y me interrumpió para variar.
-¿Nos vamos? –le preguntó a mi hermana.
-¿Os vais a dónde? –preguntó mi madre.
-Es que…iremos a cenar y después nos iremos directamente a la fiesta de María. –le explicó Rosalie poniendo carita de cachorro abandonado para ablandarla.
-Déjales que vayan, tienen que celebrar que se ha acabado el curso. –intentó convencer mi padre a mi madre.
-Está bien. –contestó. –Jasper, ¿tú no vas a ir con ellos? –me preguntó al ver que no me movía del sitio.
-Nosotros cenaremos en casa. –le contesté evitando mirar a Alice.
-De acuerdo, entonces vamos.
En el coche nadie dijo nada, y mientras cenábamos me limité a escuchar la conversación distendida que mantuvieron mis padres. Cuando acabé, subí a mi cuarto para cambiarme de ropa, y después bajé hasta el salón. Alice bajó dos minutos después que yo. Se había puesto uno de los vestidos que le había comprado mi madre, y no pude evitar mirarla de arriba abajo cuando se puso a mi lado.
-¿Nos vamos? –me preguntó.
-Sí.
-A las dos os quiero aquí a todos. –nos exigió mi madre saliéndonos al paso.
-A las tres. –contesté yo.
-Dos y media.
-Todo el mundo se quedará hasta las tres. –me quejé.
-A las dos y media o no salís de aquí. –nos amenazó.
-Mamá, son las once, llegaremos a casa de María a y media.
-Y tendréis tres horas para divertiros.
-No, porque tendremos que salir de su casa a las dos para llegar aquí puntuales. –volví a quejarme y me sentí como un niño pequeño.
Mi madre suspiró, y supe que había logrado lo que quería.
-A las tres os quiero aquí. Ni un minuto más.
-Gracias, mamá, eres la mejor. –opté por hacerle un poco la pelota.
-Tened cuidado. –nos pidió cuando ya teníamos un pie fuera de casa.
Alice y yo subimos al coche rápidamente, antes de que se arrepintiera de habernos dejado más rato de lo acostumbrado. Nos invadió un silencio incómodo, pero yo no tenía pensado romperlo, por lo que me alegré cuando lo hizo ella.
-No quiero que estés enfadado conmigo. –me dijo jugueteando nerviosamente con sus manos.
-No estoy enfadado. Sólo estoy… Sólo intento entenderte. Pero no puedo.
-Mira, quiero que sepas que no estoy enamorada de él. En absoluto. No soy tan tonta como para querer a una persona que me ha hecho daño, pero él es la única persona que me ha cuidado desde que me quedé sola.
Asentí porque no sabía que contestarle. Lo que acababa de decirme me había tranquilizado, pero aún continuaba sin comprenderla. Si quería podía quedarse en mi casa porque estaba seguro de que a mis padres no les importaría, es más, estarían encantados de que así fuera.
-Dejemos este tema. –me pidió. –Pero prométeme que vas a dejar de evitarme y de ignorarme. Además, me gustaría que cuando tengas algo que decirme, me lo digas directamente.
-Está bien.
-¿Tienes algo que decirme?
-No. Al menos que yo sepa. –tal vez sí que tenía algo que decirle, pero me callé porque no estaba seguro.
-De acuerdo. –se acomodó en el asiento y suspiró.
Cuando bajemos del coche, se puso rápidamente a mi lado, observando la gran casa que había delante de nosotros.
-¿Estás preparada para entrar en el infierno?
Jejeje...solo os voy a decir que el proximo capitulo promete (y mucho ;P)
Ay, solo de imaginar a Jazz jugando al futbol me dan calores *se abanica*
¡Espero que os haya gustado el capi de hoy!
¡Nos leemos en el siguiente!
XOXO
