Disclaimer: Los personajes son propiedad de Stephenie Meyer, sólo la trama es mía.
-10-
Me desperté y nada más hacerlo volví a sonreír. Parecía un idiota, pero no podía evitarlo. Me metí en la ducha rememorando todos los instantes que valieron la pena de la noche anterior, igual que había hecho durante toda la noche. Se podía decir que había dormido unas cuatro horas en total, porque había estado dando vueltas en la cama pensando en como debía actuar aquel día con Alice. Al final decidí comportarme como siempre, porque de todos modos, sólo nos habíamos divertido un poco. Ninguno de los dos se había declarado al otro, y era normal. Ni ella estaba enamorada de mí, ni yo lo estaba de ella. O al menos eso creía.
Me vestí rápidamente y bajé a desayunar. Aquella mañana tenía mucha hambre, por lo que nada más entrar en la cocina me senté como un rayo, esperando que mi madre me pusiera rápido el desayuno. Tal vez nos malcriaba demasiado.
-Caray, buenos días. –me saludó sorprendida al verme tan enérgico.
-Buenos días. ¿Aún no se ha levantado nadie? –pregunté al ver que estábamos solos en la cocina.
-Pues no, aunque ya sabemos que tu hermana no se levantará hasta dentro de dos horas, por lo menos. –se rió mi madre, y tenía razón. Rosalie era una marmota.
Me colocó mi plato lleno de cereales y de leche y comencé a engullirlo, literalmente.
-¿Te encuentras bien, cielo? –me preguntó, sentándose a mi lado.
-Sí, perfectamente.
-Buenos días. –escuchemos detrás de nosotros y nos dimos la vuelta. Alice aún iba con el pijama, y con la tontería que llevaba encima, se me cayó la cuchara sobre la mesa causando un ruidito agudo que se metió en mis oídos.
-Buenos días. –le respondimos los dos. Mi madre se levantó y empezó a prepararle el desayuno. Alice se sentó a mi lado y me dirigió una mirada divertida que no dudé en devolverle. Me alegré de que no estuviera enfadada ni nada por el estilo. Al final nunca sabía como iban a terminar reaccionando las chicas con las que acababa teniendo algo, por lo que me tranquilicé al ver que se lo tomaba tan bien.
-¿Qué tal la fiesta, chicos? –nos preguntó mi madre.
-Pues…bien. –contesté con una sonrisita.
-¿Sólo bien?
-He estado en mejores, pero se puede decir que la de ayer la clasifico como una de las buenas. Al menos, por como terminó. –Alice carraspeó ante mi respuesta, y estuve seguro de que se estaba aguantando la risa.
-¿Y cómo terminó? -preguntó mi madre con la ceja levantada. A ella no se le escapaba una, pero no iba a explicarle lo que hicimos en el asiento trasero de mi coche.
-No seas fisgona. –le contesté cruzándome de brazos.
-Espero que no os metierais en ningún lío.
-Claro que no, -contestó esta vez Alice. –nos portemos muy bien.
Fue mi turno para evitar reírme.
-¿Eso significa que no bebisteis ni una sola gota de alcohol?
-Te lo aseguramos. Tal vez una gota sí, pero es que esa bebida era un asco. –recordé con una mueca de repulsión.
-Bueno, entonces mejor. ¿Viste a tu hermana y a Emmett por allí?
-Sí, pero sólo durante cinco minutos. Después…ya no supimos donde estaban. –aquello lo hacíamos siempre. Yo encubría a mi hermana y ella a mí, aunque estaba casi seguro de que nuestros padres sabían todo lo que hacíamos en las fiestas.
-De acuerdo. Terminad de desayunar. –nos pidió mi madre saliendo de la cocina.
Cuando estuvimos seguros de que ya no nos escuchaba, fue cuando empecemos a reírnos.
-Menos mal que tu madre no insiste demasiado. –murmuró Alice comiéndose su desayuno.
-Pues sí. –contesté. Entonces, una mancha en su cuello captó mi atención y recé por que no fuera lo que yo creía que era.
-¿Qué? –preguntó inquieta ante mi cara de angustia.
-¿Qué es eso que tienes en el cuello?
-¿Qué tengo? –preguntó asustada, y corrió hasta el espejo más cercano. Segundos después escuché un pequeño grito y agaché la cabeza. Mis súplicas no habían sido escuchadas. –No puedo creerlo. –se quejó entrando de nuevo en la cocina, tapándose el cuello con una mano. –No recuerdo que…
-Yo no recuerdo todo lo que pasó, si es que eso te sirve.
-No me sirve, eso no me va a quitar el cardenal.
Escondí una sonrisita tras mi cuchara y después terminé de desayunar. Mi madre entró en la cocina como una bala, y empezó a buscar algo por todos los lugares.
-¿Qué pasa? –le pregunté levantando una ceja.
-Que no encuentro el anillo que me regaló tu padre cuando cumplimos los veinte años de casados. –me explicó nerviosa.
-A lo mejor lo dejaste en tu habitación.
-No, ya he mirado por todos los sitios y no está. Tampoco está en el salón, y esperaba que estuviera aquí.
-¿Quieres que te ayudemos a buscarlo?
-Me haríais un favor. –aceptó.
Alice y yo comencemos a mirar dentro de todos los armarios, cajones y huecos que había en la cocina, pero no encontremos más que polvo y utensilios para cocinar. Tuve que reprimir más de una carcajada al verla buscando el anillo con sólo una mano, porque la otra la tenía alrededor de su cuello.
Cuando desistimos de buscarlo, mi hermana entró en la habitación.
-Buenos días. –nos saludó mientras bostezaba. Ella también iba en pijama, y eso significaba que el único aplicado en aquella casa era yo. – ¿Qué hacéis?
-Buscamos aquel anillo que papá le regaló a mamá por su veinte aniversario.
-¿No lo has visto en ninguna parte, cielo? –le preguntó mi madre a Rosalie, a lo que ésta negó. –Bueno, continuaré buscándolo. –nos comentó cuando acabó de prepararle el desayuno también a mi hermana, y después salió de la cocina.
-¿Qué tal lo pasasteis en la fiesta? –le pregunté a Rosalie.
-Bien, aunque era un poco aburrida. Casi no había ambiente.
-Ya, eso sí.
-¿Y tú? –me preguntó ignorando por completo a Alice, que aún continuaba tapándose el cuello.
-No estuvo mal.
-Yo voy…un momento a la habitación. –me dijo Alice, y entendí que iba a intentar tapar la marca que le había hecho.
Cuando salió de la cocina, mi mirada se encontró con la de Rosalie.
-¿Qué demonios hicisteis?
-¿A qué te refieres? –intenté hacerme el loco.
-Sabes muy bien a que me refiero. Dime, ¿qué le pasa a Alice? ¿Se ha levantado con mal de cuello? –preguntó sarcásticamente.
-Qué graciosa eres.
-No intentes escabullirte, hermanito, que no soy tonta. ¿Tú sabes la de veces que he tenido que tapar los cardenales que me deja Emmett para que ni papá ni mamá se enteren?
-Papá y mamá ya lo saben.
-Vale, pero deja de intentar escaparte. ¿Qué hicisteis?
-Ya lo sabes, no sé ni para qué me lo preguntas.
-Pues tal vez porque no quiero que esa te haga daño.
-Rosalie, sólo fue un lío, ¿vale? No sé si te has fijado, pero Alice no lleva ninguna alianza ni nada parecido. Fue algo espontáneo. Y lo hicimos porque tuvimos ganas. Se acabó.
-¿Con eso quieres decir que no significó nada para ti?
Me estaba poniendo nervioso con aquella conversación.
-Pues no lo sé, pero no quiero pensar en eso.
-Más te vale tener cuidado con ella.
Negué varias veces con la cabeza. Era imposible discutir algo con mi hermana porque era más terca incluso que yo, así que opté por no contradecirla.
-Agradezco tu preocupación, hermanita, pero sé cuidarme solo. –añadí dirigiéndome fuera de la cocina.
-Pues no lo parece cuando estás con ella. –llegué a escuchar justo antes de entrar en el salón. Mi madre se encontraba agachada, buscando debajo del sofá su anillo tan preciado.
-¿No lo has encontrado?
-No, ya no sé dónde buscarlo. –me contestó deprimida. –Si llego a perder ese anillo…
-No pasará nada, mamá. Ya verás como al final lo encontraremos.
-Eso espero.
Alice bajó en aquel momento vestida con una blusa y unos vaqueros, y me indicó con el dedo que saliera al jardín con ella. Dejé a mi madre seguir con su búsqueda y la alcancé.
-¿Has podido taparlo? –le pregunté una vez fuera.
-He hecho lo que he podido. Me he puesto pasta de dientes y maquillaje, y al final creo que se disimula bastante. –me explicó enseñándome el cuello. Aún se veía, pero no tanto como antes. Era mejor eso que nada, porque, obviamente, no podía ponerse ninguna bufanda ni ningún pañuelo ya que estábamos a mediados de junio. Sería demasiado obvio.
-Lo siento. –me disculpé.
-No pasa nada. Se puede decir que no fue sólo culpa tuya. –me excusó. –Y, además, me gustó mucho. –añadió en voz baja con una sonrisilla.
-A mí también.
La sonrisa de Alice se expandió y se puso a mirar hacia ambos lados. Cuando se aseguró de que no había nadie, se acercó y me dio un beso que me pareció demasiado corto.
-¿Vamos a pasear? –me preguntó tomándome de la mano, y sin que yo pudiera responder, me arrastró fuera de la casa.
Son mas pillines de lo que nos pensabamos, ¿verdad? Jijijiji...
Ya esta empezando la "accion" por decirlo de alguna manera, a partir de este capitulo empezaran a pasar cosillas... que no os pienso adelantar xD pero que serviran para capitulos futuros (se que me explico fatal, pero no quiero desvelar nada ;P)
¿Os ha gustado el capi? ¡Espero que si!
¡Hasta el proximo!
XOXO
